Rodolfo se escondió en el minirefrigerador de su cuarto para no hablar conmigo.




Traía puestas sus pantuflas para evitar un resfriado y esos pantaloncitos caqui que le resaltan los glúteos.
La espantosa camiseta gay de los babasónicos que le trajeron después de tanto buscar desde Argentina (hace falta tener mal gusto para comprar eso y un corazón cegado para ponérsela) y por supuesto llevaba su pulserita reggae que no se quita ni para hacer el aseo.

Yo entré a mi exparaíso, sólo por descuido del roomie, torso de venado desnudo, que abrió la puerta después de que yo diera tres portazos.

Rodolfo me vio entrar (por sus ojos polígono parecía que pensaba que yo iba a asesinarlo, pero yo no traía soga, cuchillo ni arma de fuego) me saludó en reversa veloz, de lejos hizo un esbozo con la mano izquierda que atrapé como un intento de saludo y trastabillando con los taburetes y los envases de cerveza, tomó de espaldas un calcetín y comenzó a limpiar lo que un día, fue nuestra alcoba.

- Necesito hablar contigo, le dije.

Rodolfo dio un salto de bombita que lo absorbió por completo y en un segundo ya estaba dentro del minirefrigerador: con las piernitas dobladas, los hombros un poco encogidos y la barbilla pegada a su lindo pecho, levantaba solo un poco los párpados tumbados por sus pestañas dizque para verme, la ceja izquierda por encima de sus entradas y la boquita a medio abrir (previa a ese tic que tiene mientras disfruta). Con la manita izquierda comenzó a mover el calcetín en círculos torpes para sacarle brillo interior al general electric.

La salsa y la mayonesa, chocaban una con otra de vez en cuando, mientras el calcetín percudido se embarraba un poco de alguna sobra.

La puerta estaba abierta a noventa grados y la botella de dos litros de coca cola, le servía para apoyarse un poco cuando el calcetín iba encontrando su sitio.

Rodolfo de afanador, es todo un performance.

- Mejor hablamos mañana, mañana ¿sí?, ahorita estoy muy ocupado, me dijo.

Yo hasta le ofrecí mi ayuda al ver lo dispuesto que estaba a realizar la limpieza e imaginé las diferentes posturas que podíamos alcanzar para limpiar el refri y darnos algún tipo de cariño, imaginaba como siempre: tal vez, mientras yo iba a enjuagar el calcetín o intercambiábamos en pareja el orden del queso por el pan, yo podía preguntarle al querubín: oye, ¿porqué ya no me contestas el teléfono? o ¿es ella más que yo, ella?
Pensaba, ¿qué tanto se puede tardar en limpiar ese minirefrigerador? y más con el vigor que está dejando en cada movimiento.

- Oye Kena, de veras, es que estoy muy ocupado, además tengo que limpiar bien esta puerta, porque no he tenido tiempo.

Y sujetando fuertemente el calcetín, tomó la barrita donde van los huevos y de un fuerte jalón, cerró el minirifrigerador, quedando todo él envuelto en una cajita de aluminio bien lustrada por dentro y por fuera.

A mí me dio un poco de temor que se fuera a quedar atrapado ahí solo, dentro de un lugar tan frío, que aunque estaba bien iluminado, no le daría la calidez ni el sosiego que yo podía ofrecerle afuera, entonces toqué suavemente la puerta para ver si me atendía.

- ¿Rodolfo estás bien? pregunté.

-Sí, sí, este mira, yo tengo otras cosas que hacer todavía, unas cosas aquí adentro y tengo que instalar unos paquetes en la compu, pero te hablo mañana, ¿sí?
¿Sí?, mira Kena, ya me estoy desesperando.

Algo muy dentro de mí me decía que la situación no estaba avanzando, pero no quería ser imprudente y molestar al joven en su trabajo.

-Me puedo esperar un rato, si quieres, le dije...

Ya no me contestó, así que me quedé.
Al rato llegó un amigo que traía unas calcomanías para pedirle un trabajo, pero yo le rogué que guardara silencio, para no interrumpir la labor de Rorris. Me enseñó las fotos de sus sobrinos y me invitó también a la piñata que con dora la exploradora y Supermán, amenizarían... Después llegó el otro bulto inseparable, que parecía que era el jefe de Rodolfo y que lo estaba esperando, pues empezaban a hablarse en clave y me miraba como si fuera una intrusa que estaba quitándole tiempo a su empleado-amigo.

El tiempo seguía pasando y el frigobar permanecía inmóvil, los amigos fumaban y fumaban y dentro de mí crecía la desesperación por saber que rinconcito estaría Rodolfo limpiando.
Ya no puedo esperar más, pensé, y ante el asombro de los amigos que también estaban estáticos y solo reían asincrónicamente, me dirigí al minirefrigerador, con toda mi fuerza contenida jalé olímpicamente la puerta del refri y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Rodolfo salió disparado, volaba en posición de cunclillas, cubierto todo de escarcha y completamente congelado, el calcetín mostraba la punta gris un poco fresca, pero todo lo demás estaba enteramente tieso. De la fuerza y el golpe, Rodolfo y el calcetín me tumbaron y quedamos los dos sobre la cama, yo con él encima de mí, acostada con un rodolfo de hielo.

No tuve otra opción que respirar y soplarle un poco para ver si se movía, los amigos se salieron al patio pensando que tal vez podíamos arreglar las diferencias, pero todo el esfuerzo fue en vano. No sabía si dejarlo ahí y esperar a que comenzara a derretirse o meterlo en el horno de microondas.

Esperé...

La primer parte de Rodolfo que comenzó a reaccionar fue su ojo derecho, que movía constantemente de un lado a otro con un toque nervioso, yo seguía agarrándolo con mis manos, acostada boca arriba y sosteniéndolo como a una estatua.
Rodolfo empezó a llorar ¿o era un trocito de hielo en su pestaña que se iba derritiendo?

- ¡Chingado!, dijo. Estos güeyes ya se lo fumaron todo.

Me incorporé a la realidad sentándome sin soltar con mis manos la escultura de hielo y algo muy dentro de mí me decía que la situación no estaba avanzando.

Tomé mi pequeña bolsa (fiel compañera) y me retiré.

- Ya me voy, le dije.

No se molestó en acompañarme, ni en decirme que me quedara a dormir esa noche, después de todo, creo que Rodolfo tenía que instalar unos programas y escuchar unas canciones en su compu.


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© maría eugenia garza oyervides - elcuartodekena - méxico
octubre 2006