Alberto Ruy Sánchez

 

ESE MALENTENDIDO

QUE ME QUEMA

Puedes ser un ángel, y no lo eres:

 esa es la cualidad que distingue a los demonios.

José Martí

 

Ha venido tu lengua, está en mi boca

 como una fruta de la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame amor mío, la sombra.

Antonio Gamoneda

 

Estoy cansado de que me pregunten por qué nos separamos. Cuando una relación amorosa comienza nadie interroga a los enamorados. Cuando termina debería ser igual. ¿De dónde viene esta idea de que enamorarse no necesita razones y desenamorarse sí?

       En mi caso, además, la pregunta siempre ha venido con juicio y condena. Cada vez que estoy, como ahora, en el vértice doloroso de una separación, incluso cada vez que tengo problemas de cualquier tipo con alguna mujer, todos a mi alrededor piensan inmediatamente que se deben a mi trabajo como editor de la revista erótica El jardín perfumado.

Me imaginan, confesó una amiga, rodeado las veinticuatro horas de modelos desnudas enlazando sus piernas con las mías, empujando mi larga nariz para abismarla en sus abultados escotes. Me imaginan como parte de una caricatura.

Tal vez la rabia que me da ser visto así cuando tengo problemas  me ayuda a no caer en el melodrama: nunca he podido concentrarme en el sufrimiento de mis separaciones. Sin duda soy más colérico que melancólico. Ni el despecho cuando he sido abandonado, ni la depresión han podido durar en mí. Siempre llega a predominar el aguijón de la rabia y la risa: detesto el equívoco que me define ante los ojos ajenos y finalmente ante los míos. Si todo enamorado tiene algo de ridículo visto desde afuera, todo enamorado que se está separando va un poco más allá del ridículo y se vuelve grotesco.

El otro domingo, en un restaurante hubo una reunión de varias parejas entre las cuales yo era el único solo. Gerardo, un amigo que me conoce desde hace muchos años estaba hablando de mí, casi a mi lado, y me dejó boquiabierto cuando lo escuché decir: “porque Sebastían, que es un mujeriego...?

“Te equivocas, lo  interrumpí enojado, yo soy lo más alejado de un mujeriego que puedes encontrar. Lo que dices es falso y  es grotesco. Y no condeno a quienes sí lo sean. Me da lo mismo. Pero me niego a ser clasificado así.?

Me miró con una sonrisita de pícaro, hizo un gesto de complicidad que me pareció repugnante y, tratando de ablandar mi enojo pasó a perdonarme la vida y justificarme: “Bueno, con ese trabajo que tienes es imposible no serlo.?

Para colmo, al día siguiente de mi reclamo furioso, Gerardo me habló para decirme que no me enojara tanto, que lo había dicho sin intención despectiva, más bien elogiándome, y que soy su envidia. ¡Qué tontería! Y que además, según él, soy un mentiroso: esa mañana una amiga suya, a quien yo no recuerdo, le contó que la semana anterior me había visto en el restaurante libanés Adonis cenando con cuatro mujeres bellísimas vestidas de forma muy provocativa. Que a la hora de bailar las cuatro se convirtieron en una especie de ramillete de odaliscas con el vientre desatado. Y que, rodeándome y acercándose a mí, “untándome su sexo?, como decía su amiga, escandalizamos a más de una pareja en el lugar.

Unos días antes, como una forma de agradecimiento, yo había invitado a cenar a mis amigas del grupo de danza árabe Las Gacelas. Ellas habían bailado la semana anterior durante la presentación de uno de mis libros y generosamente, en vez de cobrarme, decidieron que las invitara a cenar. Bailaron como ellas bailan siempre. Como se baila la danza del vientre de manera tradicional. Bailaron a mi alrededor y en el baile mismo hay una puesta en escena de la seducción, del coqueteo. Culmina con el vientre vibrando enloquecido, feliz de moverse libre como el viento. Por eso, en otra ocasión, cuando me pidieron que pusiera nombre a uno de sus espectáculos lo llamé: “El vientre, espejo del viento?. Nada más alejado de algo que me convirtiera en amante de las cuatro o de alguna.  Y eso a pesar de la tontería galopante de aquella pobre mujer escandalizada por nuestros “untos?.

Le dije a Gerardo que personas de mente tan estrecha como su amiga seguramente tenían una vida sexual igualmente estrecha y que deberían suscribirse a El jardín perfumado y leerla completita porque en la revista siempre tratamos de mostrar que en el mundo hay maneras muy distintas de vivir la danza, el desnudo, el cuerpo, el amor, etc.

 El se rió de mi inocencia y me hizo ver de nuevo lo que ya sé:  que mi comentario es inútil y que la imaginación prejuiciada pesará siempre mucho más que todo lo que yo pueda decir para transformar sus impresiones, para hacerlas más sutiles. El malentendido seguirá reinando siempre que dos cuerpos aparezcan ante un tercero perturbado por esa presencia.

Aunque no puedo afirmar que mi trabajo sea por fuera lo contrario de lo que esa gente imagina. Por dentro todo es otra cosa. Incluso un beso tiene para la pareja un significado preciso que nadie desde afuera puede cabalmente descifrar.

Gerardo me recordó lo que sucedió precisamente aquel domingo que estábamos a la mesa, el día de mi enojo con él. Cuando acabábamos de sentarnos pasó una chica que trabaja en la oficina y me saludó dándome dos besos muy lentos, uno en cada mejilla. Y me acarició el lóbulo de la oreja mientras me saludaba. Yo no puse atención especial a ese detalle porque así me saluda todas las mañanas. A mí y a casi todos en la oficina. Pero a Gerardo y a algún otro amigo les produjo una perturbación memorable. Equivocadamente dedujeron que entre nosotros “había algo?. Desde fuera y desde dentro todo es distinto: sabe, huele y significa otra cosa. Y nadie parece querer aceptarlo, entenderlo.

 Debo reconocer que el grado de intensidad erótica que vivo socialmente en ocasiones es muy alto. Me emociona de pronto terriblemente ver a una mujer y tocarla. Sin más. Creo que esa intensidad social es más grande cuando menos se nota. Pero no se debe al desnudo constante que nos rodea o a la gran disponibilidad para abrazarnos con afecto o besarnos dos veces, que por lo visto practicamos quienes participamos en la edición de El jardín perfumado. Desnudos abundantes y besos dobles, dos realidades innegables alrededor nuestro. Pero son más naturales y por lo tanto más inocentes de lo que supone esa gente tan fácilmente escandalizable.

Pero la intensidad erótica de la que hablo se debe tal vez a algo menos evidente y más sutil. Y en ocasiones hasta más secreto: a la necesidad humana de ser cada vez más creativos en nuestros deseos y en nuestros rituales amorosos. La gente imagina poco y mal lo que sucede de verdad entre las personas que se aman. Y vivimos tan esclavos de la imagen externa del acto amoroso, de las fotografías y las películas porno, que se nos olvida con frecuencia esta verdad simple: hacer el amor es antes que nada entrar físicamente en un delirio, rendirse a una sinrazón compartida.

Dos cuerpos enlazados, compenetrados, viven algo más parecido a la locura y a un sueño desmedido que a la descripción de la mecánica de sus cuerpos penetrándose. Si esos mismos dos cuerpos deciden vivir juntos, tal vez tener hijos, compartir las horas, las aspiraciones, las cosas buenas y malas que les va ofreciendo su existencia, se están lanzando a la aventura de desear que se vuelva permanente su delirio. Se lanzan a lo imposible, al vacío. Y algunos hasta tienen éxito. Al menos lo creen y eso les basta. En amor, religión y política, “la realidad es lo que la gente realmente quiere creer?, decía un teólogo polaco. El malentendido sostiene estas tres actividades humanas.

Yo no sé por qué cada vez que me he divorciado la gente me mira como a un pobre enfermo cuando yo siento que me sucede justamente lo contrario. Uno tiene que divorciarse porque deja de funcionar el malentendido feliz que nos ataba. En ocasiones es muy triste, es cierto. Pero tan sólo como es triste y doloroso dejar una adicción.  Si el matrimonio es siempre una patología, tan extraña que en ocasiones es buena para nosotros y nos ayuda a vivir, la separación es, entre otras cosas, una forma de alivio.

Nadie parece entender de verdad qué es una separación en todas sus dimensiones. Ni yo mismo que las he experimentado en exceso. Antes de la separación el amor se vive como un malentendido feliz, el amor se acaba como un malentedido infeliz y desde fuera se ve siempre como otro gran malentendido. Quienes nunca se separan viven otros malentendidos, felices o infelices. Allá ellos. Pero que nadie venga con cuentos: un matrimonio largo, insisto, es otra patología. No es ejemplo de salud, de comprensión o  entendimiento.

Mi malentendido público más reciente: acabo de separarme de Susana, la mujer con la que compartí una intensa vida sexual por más de treinta años. Cuando lo digo, la gente se ríe incrédula. Nadie vive con verdadera intensidad treinta años una relación sexual con una sola persona.  Pero es mayor su sorpresa cuando les cuento que en estos treinta años he vivido tres divorcios pero que, hasta ahora, había  tenido a la misma amante, Susana.

Normalmente hombres y mujeres cambian de amantes y conservan a sus parejas institucionales. Yo he hecho justamente lo contrario: he tenido muchas esposas y una sola amante.

Casi todos los días me encuentro a personas llenas de prejuicios que comienzan a interrogarme en cuanto se enteran de esto. Mis amigos me presentan como una especie de monstruo, una rareza. Hacen chistes sobre mi extraña fidelidad inversa. Y siempre terminan obligándome a dar explicaciones.     

Estoy cansado de este “acoso del por qué? cuando la razón es tan pobre para explicar la intensidad de nuestros impulsos amorosos. Como si no quisiéramos aceptar que en muchas dimensiones de la vida somos definitivamente más animales que humanos. Y que justamente en la vida erótica no es la razón sino la imaginación, tal vez, lo que primero nos distingue. Pero cómo hacer que la gente acepte que me divorcié porque la imaginación se me llenó de raspaduras, la boca de sabores amargos. Porque a los ojos imaginativos de la otra persona los enamorados podemos convertirnos en seres repugnantes, en monstruos. Cómo explicar que somos y no somos al mismo tiempo eso que mutuamente nos imaginamos.

Cómo hacer para que la gente acepte argumentos del delirio, con frecuencia más verdaderos que muchos otros que pasan por racionales. Como por ejemplo los argumentos legales. Para formalizar cada divorcio he tenido que inventar, obedeciendo a obscuros abogados, razones y frases que a mí me parecen absurdas e imprecisas pero que son las únicas que entienden y pueden juzgar “las autoridades judiciales?, que por lo visto, al llegar al tema del amor y el deseo tienen la cabeza llena de palabras vacías. Palabras que por supuesto funcionan muy bien mecánicamente dentro de su propio mundo cerrado. En “su jurisdicción?.

 Con un vocabulario muy distinto sucede algo similar: un amigo científico se llenó la boca el otro día con argumentos bioquímicos para explicarme que los humanos no somos por naturaleza monógamos, pero que vivimos por un tiempo la ilusión de serlo. Gracias a una sustancia que secretamos por un tiempo corto. Como si la persona amada fuera una droga cuyo efecto se acaba tarde o temprano. Toda explicación absoluta del desamor sigue siendo insuficiente y ridícula por ambiciosa. La vida amorosa, desde cualquier ciencia es un malentedido permanente. Nadie comprende de verdad la naturaleza de eso que, intempestivamente, nos hace unirnos o nos separa. Nadie entiende. Punto.

Y no dejan de preguntarme ¿por qué me separo ahora de Susana, mi amante de todos estos años? ¿Quién podría de verdad entender esta historia? Todo comenzó en uno de sus viajes de trabajo. Ella es la fotógrafa principal de El jardín perfumado.  Hace poco fue enviada a Japón en una misión especial. Retratar desnudos a algunos miembros de la mafia nipona. Los famosos yakuza que llevan el cuerpo completamente tatuado. Una sociedad clandestina con obras de arte escondidas bajo la ropa, en la piel.

 La Fundación Polaroid apoyó su proyecto prestándole un estudio y una cámara experimental que usa negativos muy grandes (50 por 60 cms). Ella estaba feliz de poder registar imágenes a tamaño real. Algo de verdad excepcional. Importante especialmente cuando se trata de fotografiar la piel, donde cada detalle transforma el resultado.

Todo parecía perfecto pero había un problema grave: nadie logró antes entrar con una cámara en la intimidad de los yakuza tatuados y salir con vida. Susana lo hizo pero nuestra relación desde entonces no fue la misma.

 En un largo proceso que duró varios meses, Susana fue presentada e iniciada a ese mundo secreto por Horikin, el más grande artista vivo de esto que llaman irezumi: tinta injertada. Aunque, según él, sería mejor llamarle con su nombre antiguo, horimono: cosa esculpida. “Porque uso al cuerpo pero no para dibujar sobre él sino para cincelarlo y darle una forma distinta. No es un lienzo, es un volumen. Y se trabaja como si algo extraño, algo que la persona tatuada lleva dentro, empezara a brotar compulsivamente al ser tocado por mi aguja de tinta: un oleaje desmesurado, un dragón inquieto, un temible guerrero, un tigre entre las rocas. Un buen tatuador libera las formas vivas escondidas entre los músculos y abajo de la piel.?

       Antes de cargar su aguja, Horiki pasa días enteros con su paciente conociéndolo para averiguar qué cosa o qué ser lo habita. Lenta pero ávidamente, sus manos tienen que recorrer mil veces esa piel, esos músculos y huesos. Y sus dedos deben entrar donde se pueda. La lengua, el olfato, también le ayudan.

Así, el tatuador ve antes que nadie lo que brotará de cada cuerpo. Y antes de verlo lo siente porque el irezumi nunca es tan sólo dibujo para los ojos: aparece de adentro hacia afuera y se lee antes que nada con los dedos. Si no hay empatía entre el artista y su cliente el ritual no puede ser realizado por sus manos.

 “Afortunadamente Horiki me enseñó a usar las mías para que mis fotografías fueran fieles al espíritu de cada yakuza. Me enseñó a tocarlos como él sabe.?

Sentí una punzada de celos. Imaginé al tal Horikin tocándola profundamente. Y luego a ella tocando a los yakuza. Esperaba tan sólo que nadie le hubiera robado para siempre el corazón. Y por suerte no lo hicieron. Pero la obra de Horikin en ella caló más hondo. Por desgracia para mí su poder de transformación fue más profundo.

Susana me contó fascinada cientos de detalles sobre ese asombroso ritual de tinta. El proceso de tatuaje dura muchos años. Es tan doloroso que son pocos los que regresan a la segunda sesión. Cuando resisten y continúan ofeciendo su piel al artista ritual, éste siempre encuentra algo más que cubrir de tinta. Hasta las bolsas de los testículos y las cabezas de los falos yakuza tienen motivos peculiares. Muchos llevan ahí bocas que con la erección extienden su sonrisa y bigotes rizados que se alacian. Entre más cubierto de tatuajes está un hombre más apreciado es por su grupo pero también más rápidamente se acerca a la muerte. Porque una piel totalmente pintada es una piel que no respira y el cuerpo termina envenenándose. Muchos se van de la vida antes de que el ritual de cubrirlos se considere terminado.

Por otra parte el color rojo es muy peligroso porque contiene una sustancia muy tóxica, a base de estaño, que da un brillo único a esa tinta. Quienes más rojo llevan en la piel más cerca han estado de la muerte. En una de las fotografías que tomó Susana se ve a un hombre convertido en un estanque donde nadan y saltan miles de esos peces japoneses que se reproducen locamente: las carpas cara de gato. Todos los peces son rojos carmesí y chapotean en una escasa agua azul que emana como torbellino de espuma en oleajes espirales desde el ombligo.

Algunas de estas pieles maravillosas han llegado a valer más de cien mil dólares subastadas en el mercado del arte. Así que algunos yakuza, en caso de emergencia, las han vendido por adelantado especificando que a su muerte tal museo o tal coleccionista se quedaría con su piel independientemente de lo que quisieran hacer sus familiares. Pero en algunos casos que la piel fue dañada por perecer en un accidente o en un asesinato, la familia quedó endeudada para siempre y hasta fue a la carcel. Por eso últimamente para ese tipo de venta se necesita también la aprobación de los familiares más cercanos.

Muchos yakuza mueren en vendetas familiares, batallas de clanes y guerras internas de las mafias. Por eso la policia tiene siempre entre sus empleados a un historiador del arte experto en tatuajes irezumi.  Así logra saber, a través del análisis de la obra de arte, a qué banda yakuza pertenecía la víctima y deducir a cuál otra sus ejecutores.

En el teatro Kabuki hay personajes cuyo carácter se hace evidente al público por su tatuaje. Y como los dibujos sobre la piel se transforman al moverse la persona tatuada, el efecto dramático es muy fuerte. Entre las obras de teatro que Susana presenció, una mostraba a una mujer que había tenido un amor fugaz con un bandido tatuado. El huyó y, muchos años después, para ser reconocida por el bandido que regresa, ella le muestra en el brazo un tatuaje igual y complementario al suyo: prueba de amor apasionado. Y prueba de que ella creía en la certeza del encuentro futuro. Además, llevando el mismo tatuaje sus dos almas se encontraban según ella creía, en alguna región de lo invisible.

En otra pieza Kabuki, un tatuaje de dragón crece cada día en un hombre bueno, metiéndose hasta en sus sueños, haciéndolo ir a la carcel porque lo confunden con un miembro de la mafia yakuza que lleva el mismo tatuaje vivo, y que al final lo devora cruelmente.

Al amanecer, mientras escapa volando, el dragón devorador, sin quererlo produce la lluvia que necesitaba desesperadamente el campo luego de una cruel sequía que él mismo había provocado con el fuego de su boca al iniciar el relato.

Susana afirmaba que detrás de cada obra de arte irezumi hay un viaje espiritual que transforma al tatuado para siempre. Y lo transforma en todos los sentidos acoplándolo a una cualidad interna que podría haber estado oculta, reprimida. Susana nunca se dio cuenta, tal vez, de que ella misma avanzaba en un camino sin regreso hacia una realidad fascinante pero terrible dentro de ella, un territorio donde ya no sería posible acompañarla.

“Horikin prácticamente salvó mi vida al explicarme que, en contra de lo que se cree, los yakuza no temen ser fotografiados para evitar que la policia los identifique. Eso los tiene sin cuidado. Lo que odian es que una fotografía no muestre con decidida fuerza el poder interno que aflora sobre cada milímetro de piel tatuada. Una fotografía equívoca, infiel al rugido de su alma es una traición que se paga con la vida tanto del retratado como del fotógrafo.? Mis celos se multiplicaron pensando que ella se había entregado a los nueve yakuza desnudos cuyas fotos me mostraba eufórica. Tenía que haberlos conocido físicamente muy a fondo. De otra manera no estaría viva contándomelo.

       Esa noche de su regreso, mientras hacíamos el amor a oscuras, sentí que otro par de ojos me observaba sobre su vulva hambrienta, escondidos en la maleza de su pubis. Pero nunca los volví a ver. ¿Un tatuaje fugaz? Y, un poco después, mientras estaba adentro de ella de una manera tranquila pero tan intensa que, creo, nunca había experimentado, sentí que un brazo largo, escamado y caliente ataba dos y tres veces mi cuerpo al suyo, más cola de dragón que serpiente. La piel se me vuelve a erizar al recordar ese abrazo.

       Antes, a ella le gustaba sentirme dentro alineando mi pene con su columna vertebral y que yo la acariciara desde el cuello bajando por sus vértebras. Como si adentro y afuera un mismo movimiento la tomara.  Esta vez, de pronto, reacomodó mi pene por dentro alineándolo no ya con la columna sino con su continuación hacia el otro extremo de su cuerpo, con lo que yo sentía como esa cola serpentina. La lanzó de un lado al otro llevándome en ella. Luego, apretándome en la base y dejándola inmóvil, hacía girar el extremo de esa cola de dragón a toda velocidad en círculos y la sangre parecía escapárseme por la punta del pene. Eso sentía o imaginaba estando en ella.

El placer era inmenso, pero el vértigo crecía. Comenzó a devorar todas las sensaciones y el dolor se volvió insoportable. Y, fatalmente, mi delirio amoroso terminó por subordinarse al dolor. Cada parte de mi cuerpo era lastimada por un monstruo de aspereza inconcevible y olor insoportable.

       Yo viví esa transformación como una realidad absoluta. Claro que al despertar ella aparentemente era la de siempre. Ni siquiera tenía una escama de tinta del dragón irezumi que se me aparecía en la obscuridad de mi cama a través de su cuerpo. “Al despertar el dragón ya no estaba ahí?, como dijo, haciendo un chiste muy privado, un amigo guatemalteco cuando le conté esta historia. El dragón había volado de Susana o se hundió de nuevo en su piel. Pero lo que con certeza sí estaba dentro de ella y de mí  era un equivalente a la rosa de Coleridge: esa que un visitante cortó en el paraíso mientras soñaba. Pero que luego, al despertar, llevaba aún entre las manos como prueba de su visita. Salvo que la rosa de Susana en vez de pétalos tenía más espinas.

Aunque los signos externos de cambio en su cuerpo fueran mínimos, cada uno significaba para mí alguna otra cosa más grave. A partir de ese día dejó de usar crema y toda su piel fue tomando una textura de codos abandonados, cubierta aquí y allá de ligerísimas escamas. Su aliento cambió volviéndose un poco más fermentado. Comenzó a roncar y lo hacía más fuerte cada noche. El aliento de su vagina tenía algo de sulfuroso. Y me parecía que un olor a carbón nos rodeaba siempre. Aunque sólo yo era capaz de detectarlo. Tal vez porque había dejado de fumar hacía muy poco. Pero sobre todo, mi adoración por ella se fue convirtiendo en un vago sentimiento de temor creciente que aún no alcanzo a definir del todo. El día que mientras hacíamos el amor sentí quemaduras por todo el cuerpo, como si cientos de cigarros hubieran sido apagados sobre todos los rincones de mi piel, decidí que no podía más. Aunque una horas después de bañarme nada se notara, yo tenía viva aún la memoria de esas quemaduras

       ¿Y me siguen preguntando por qué nos separamos? ¿Alguien puede entender de lo que hablo cuando digo que mi amante se volvió un monstruo? ¿A alguien puede parecerle razón suficiente de separarnos que su piel ya no sea la misma, que sus uñas se hayan vuelto robustas y su voz gruesa? Que comenzó a fumar. Hay quien piensa, al oír estas razones y sinrazones, que soy injusto y estoy loco. Nadie entiende. Nadie puede de verdad entender la naturaleza de cada separación amorosa. Y lo que vemos, insisto, nunca es exactamente lo que parece.