alternative text. Perdido en las ilusiones del siglo Un hombre centenario, encerrado en una clínica psiquiátrica, sigue el consejo de un neurólogo extravagante: escribe y dibuja sobre los muros de su celda los recuerdos rotos que poco a poco va recuperando. Construir así su "Palacio de la memoria" lo lanza a una aventura desconcertante por las grandes ilusiones y desilusiones de su siglo. Y le hace descubrir las múltiples vidas que, como espejos rotos, habitan su cuerpo. Tiene que inventar a los ancestros que no recuerda. Y en su invención dejar que destile una verdad más profunda. Tiene que inventarse a sí mismo a partir de unos cuantos jirones de recuerdos o delirios. Su lucha es terriblemente fiel a la idea de Borges de que "somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos." Su misterio se va desentrañando con sobresaltos y sorpresas, silencios y desbordamientos, como muñecas rusas, unas dentro de otras: aparentemente es un mexicano emigrado a Estados Unidos, convertido allá en trabajador automotriz y sindicalista; enamorado frustrado de la mujer que sería luego seducida utilitariamente por el asesino de Trotsky. Emigrado de nuevo a la Unión Soviética, se vuelve obrero en la planta armadora que Henry Ford le vendió a Stalin para crear una utópica Detroit soviética. Fue tutor de inglés en Georgia de Sergo Beria, hijo del jefe de la Policía Secreta. Sería más de una vez peón y víctima de esos servicios secretos. Finalmente será el calígrafo y constructor de este frágil y peculiar laberinto de la memoria. En el centenario de la Revolución Soviética su testimonio es una cámara de ecos tan entusiastas como adoloridos. Su catatonia y su despertar son los del siglo. Y no han terminado.