Premio Juan Pablos

 al Mérito Editorial

Otorgado por la

Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana a

 Alberto Ruy Sánchez

por su trayectoria profesional

 

Mi agradecimiento, enorme, a cada uno de quienes decidieron que llegó para mí el momento de recibir este premio, el más importante en México para nuestro oficio. A quienes generosamente me propusieron y a quienes votaron dándome ahora esta felicidad, muchas gracias.

Gracias a quienes han trabajado conmigo tantos años: al equipo, a los socios y a la comunidad de Artes de México, esa utopía encuadernada de comprensión y difusión de lo mejor de México: de su cultura, que cumple este año su 18 aniversario.

Gracias especialmente a Margarita De Orellana, mi esposa y cómplice en este oficio y en la vida. Sin ella sería imposible que yo estuviera aquí. Hace 33 años comenzamos nuestra aventura vital guiados por una curiosidad mutua que se ha ido convirtiendo en curiosidad por el mundo. Y seguimos intrigados.

Cuando nos conocimos, entre otras cosas, hablamos de  nuestras lecturas. Y la poesía muchas veces nos ha ayudado a reencontrar nuestros cuerpos. Y nuestro lugar en el mundo.

Cuando surgió en nuestras vidas, unos cuantos años después, la posibilidad de ser editores, encontramos una manera de compartir con otros, a través de páginas impresas, nuestro intenso placer de admirar, estudiar y tratar de comprender a México a través de sus cosas creadas.

Son 27 los años que he dedicado de una u otra manera al oficio de la edición. Paralelos e intercalados, antes y ahora, con el oficio de escritor.

Escribir y editar han sido dos retos creativos, dos pasiones muchas veces terriblemente celosas una de la otra, pero siempre en mi cuerpo complementarias.

En ambas he creído que es posible una labor de filigrana, de cultivo esmerado del contenido y de la forma, en ocasiones más allá de lo económicamente razonable.

Ambos oficios se han alimentado mutuamente, han multiplicado en mi delirio, creo yo, sus posibilidades obsesivas.

He creído tenazmente que hacer una página es siempre hacer una composición. Y que poner atención en la dimensión estética de la vida, afirmar la importancia de la vida como composición, es también ejercer una forma de política.

La más fuerte de las acciones políticas a las que una sociedad puede aspirar es a la defensa y al derecho de la vida como una estética. Cuando logremos que nuestro asombro coincida en una forma creada por las manos de alguien, una forma que todos consideremos maravillosa, seremos un mejor país.

Siempre he creído y me he empecinado en demostrar que entre las cosas más admirables que se pueden hacer en México están los libros.

Y que los ciudadanos de nuestro país deberían tenber entre sus derechos el de tener librerías, libros y bibliotecas.

Es imposible que mencione a todos aquellos que en 27 años me han enseñado algo del oficio: he aprendido de maestros y de alumnos, de jefes, compañeros y subordinados. Creo sinceramente que, mientras se esté vivo, hay que mantener la certeza de que uno siempre es aprendiz.

He aprendido en muchos talleres y empresas de diferentes países. A todos siempre he llevado conmigo, como un fetiche que antes fue útil y ahora es curiosamente obsoleto, un solo objeto: un tipómetro. Esta regla de medidas extrañas que servía para componer letras y líneas y cajas en una página.

 Es el tipómetro que me regaló mi padre cuando yo era niño. El fue ilustrador de libros y revistas en una época en la que todas las letras sobre las portadas tenían que ser dibujadas a mano. Con él aprendí que cada letra es una modesta pero completa obra de arte. Que sirve pero que también en sí misma es a veces bella y siempre expresiva. Una letra nos ayuda a decir pero también le habla a los sentidos con su firmeza, su inclinación o sus curvas.

Con esta regla de tan extrañas marcas laterales que sirven para medir proporciones y realidades implícitas en la página -que el ojo del lector percibe aunque no tenga conciencia de ellas-, con este tipómetro en la mano mi padre me enseñó que editar es aprender a leer y a escribir otro lenguaje, el lenguaje de la forma.

Por eso me atrevo a decirles aquí que, para mí:

 

Editar es atrapar pájaros al vuelo y mostrarlos cuando aletean de nuevo escapando de nuestras manos.

Es convertirse en eco del grito adolorido de otros. Pero también del grito de placer y de asombro.

Editar es hundir la mano en agua negra y encontrar la manera de aclararla.

Editar es mirar por un hueco y hacer que otros puedan ver también por él un extraño objeto escondido. 

Editar es poder decirle al poderoso que un libro dura más que un Imperio, Pero que aún siendo fuerte es muy frágil al mismo tiempo.

Y, definitivamente, decirle que un libro nunca será un zapato. Que aprenda por favor a ver, a vivir la diferencia.

Editar es amar desmesuradamente la delgadez de una línea cuya sensualidad a otros escape.

Editar es buscar con terquedad neurótica la perfección imposible de la página y odiar con rabia la tenacidad roedora de la errata.

Editar es provocar en los lectores un fuego interno, una comezón de las ideas, una contemplación entusiasta, una certeza o una duda,  rigor o dejadez, dolor o placer, casi siempre, un tipo peculiar de aventura, de entrar a lo indeterminado.

Editar es saber que un libro es todavía tecnología de punta (declarado por los  más avanzados investigadores que trabajan en la elaboración del ebook del futuro) ) y al mismo tiempo es una invención muy antigua.

Editar es saber que la tecnología cibernética no es enemiga del libro pero que sí puede serlo la tecnología de cobrar impuestos cuando ésta frena o castiga su naturalmente lenta circulación.

Saber que el libro pertenece a la primitiva economía del exceso, de la fiesta ritual: de la creación de comunidades a su alrededor. Aunque tiene que vivir entre modernos que tienen poca autoestima estética y nos hacen soportar que ahora algunos le llamen pobremente: “el producto?.

Editar es saber que una librería es ninguneada si se le llama “punto de venta? y que es un centro cultural donde el exceso riguroso es necesario.

Editar es recuperar el viejo significado de la palabra empresa: en las novelas de caballería tenían una empresa los caballeros andantes que deciden rescatar a la princesa, encontrar el Santo Grial (que ni siquiera estaban seguros que existiera), lograr lo que parecía imposible.

Editar es retar a la economía, hacer con ella malabarismos, demostarle que ella puede ser imaginativa.

Editar es saber que la lectura es tan importante como alimentarse, vestirse y estar sanos, salvo que cínica o implícitamente se acepte o se desee un ser humano mucho menos humano.

Editar es enterarse con sorpresa agradecida que algunas personas encuentran en tus páginas una parte sustancial de sus deseos. Y en ocasiones incluso los deseos que le dan sentido a su vida.

Por eso editar es explorar los mundos del deseo, dar materia a lo invisible, ejercer la imaginación deseante.

Editar es tantas cosas diferentes como títulos distintos hay en el mundo. Es la diversidad por excelencia.

Editar es a veces también la alegría enorme de recibir un premio, este premio.

Muchas gracias.

 

 

Alberto Ruy Sánchez

10 de noviembre 2006