Enero de 2001I

nforme especial 
Vida y obra del yaguareté

 
El yaguareté es uno de los animales americanos cuya supervivencia, como consecuencia de las conductas del hombre, está en un real peligro. El control vía satélite y otras medidas tienden a evitar su extinción.
 
 
 

 


 

Por Nicolás Elebi Ramó

7

Cuando en febrero de este año comenzaron a ser vigilados vía satélite, el riesgo de extinción de los yaguaretés comenzó a disminuir.
En Yungas, provincia de Salta, en el norte de la Argentina, y hasta febrero de 2002 científicos de la Universidad de Jujuy y un grupo de ecologistas controlarán con un collar satelital el recorrido habitual de cinco de esos animales, con el objetivo de evitar su desaparición.
Esta selva salteña –de alta biodiversidad–, se encuentra amenazada por el gasoducto Norandino, la extracción de hidrocarburos, y la tala de árboles. Estos, entre otros factores, hacen que su recuperación sea prácticamente imposible, más aún si se tiene en cuenta que sólo el 10 % del área que ocupa no sufrió –a lo largo de la historia– ningún tipo de modificaciones.
Pero la supervivencia de este animal no sólo es puesta en riesgo por los cambios en el ambiente que habita. El alto valor de su piel en el mercado ilegal estimuló también una caza sin control que, específicamente en la Argentina, aniquiló la población en varias provincias de las que eran habituales, como Formosa, El Chaco, Santiago del Estero y Jujuy. Hoy en día sólo hay grupos estables en Misiones y Salta.
La campaña de investigación y preservación en la ya casi desaparecida espesura salteña fue financiada por 700 socios de la asociación Greenpeace, quienes donaron en total 50.000 dólares, de los cuales quince mil fueron dispuestos para la compra de las cinco gargantillas digitales.
Los ambientalistas consideran al yaguareté como una especie "paraguas": si ellos sobreviven, otros también podrán.

Tienen cabeza grande y ancha, con orejas redondas y chiquitas, patas cortas, cinco dedos en las extremidades de adelante y cuatro en las de atrás, todos con uñas curvadas, con las que arañan los troncos de los árboles para demarcar sus territorios.
Su mandíbula es fuerte: desgarra a sus presas. Es solitario, sólo puede vérselo acompañado en la época de celo. 
Sus rugidos también son potentes, especialmente en la ceremonia sexual. 
Quienes suelen cazarlos, usan su piel para tapados o para alfombras; o sus cabezas para trofeos. Él, libre, en su selva, es un paradigma del poder. Muerto, sólo como piel, o como botín, es usado por otros para ostentar un mando falso, no basado en la energía de la vida sino en la destrucción que significa la muerte. 
El yaguareté –"verdadera fiera" en idioma guaraní"–, ha sido bautizado de varias maneras en el Continente Americano: jaguar, tigre, tigre americano, overo o tigre overo (en la provincia de Salta), nahuel (por el pueblo mapuche), otorongo en Perú, Tig marque en la Guayana Francesa, Penitigri en Surinam, Yaguar en Venezuela y onça, onça cangaçu y onça pintada en Brasil.
Su piel fue utilizada por los pueblos indígenas para la confección de distintos utensilios de uso cotidiano, desde alforjas hasta mantas y gorros.
Según las leyendas, el zorro siempre fue su amigo, aunque no desperdició ninguna ocasión de tomarle el pelo. Y en más de una oportunidad, el rey de la selva americana fue engañado por monos, cuises y otros pequeños roedores. Una vez, suelen contar los aborígenes matacos y tobas, un tatú o armadillo, a quien el yaguareté le había comido sus hijos, dijo estar enfermo y le pidió al gran gato que le diera una mano. Fue así como el tigre introdujo inocentemente su cara en el abdomen del tatú, quien "se cerró", asfixiándole y dándole muerte.
En otra oportunidad, un yaguareté aseguró: ¡Cuándo me enojo, soy muy feroz!, y para demostrarlo, se paró delante de un árbol y comenzó a extraer su corteza con las garras. El oso, ni lento ni perezoso, buscó un árbol rajado, que quebró con apenas tirar  de una rama. Desde ese día, el yaguareté le teme, piensa que es más poderoso que él, e intenta evitarlo.
Una de esas viejas leyendas explica el origen del animal. Según el relato, hace cientos de siglos, un indio, como consecuencia de una brujería, se convirtió en un tigre más feroz que un tigre común, al que todos comenzaron a llamar "Yaguareté Abá". Aún los más viejos de las tribus del Noroeste argentino y de la región de Cuyo –en las provincias de Mendoza y San Juan– narran los relatos sobre el poder diabólico que tiene su cuero.

El yaguareté, el más poderoso de los felinos americanos, vive desde el sur de los Estados Unidos hasta el norte de la Argentina, pero especialmente en las densas selvas de América Central y Brasil, aunque también en bosques tupidos, tacuarales, picadas y especialmente en zonas cercanas a los ríos.
Un ejemplar maduro mide entre 112 y 185 centímetros, sin incluir la cola, y hasta 60 centímetros de alto. Su pelaje es entre amarillo fuerte y rojo oxidado, y ocasionalmente negro. Su piel suele tener grandes florones negros, cada uno compuesto por diversos círculos de puntos rodeando un punto central. Su cola es manchada, y tiene anillos en su tercio posterior. Los ejemplares de áreas abiertas son, además, más grandes que los que habitan en zonas boscosas. 
La cabeza y el cuerpo son macizos, y las patas relativamente cortas y gruesas. Experto nadador y trepador, se alimenta de un amplio rango de animales arbóreos, terrestres y acuáticos, tan diversos como el tapir, el pecarí, el oso melero, el coatí, el venado, el yacaré, la tortuga, o animales domésticos como los perros, caballos y vacas. 
Aunque es temible, el yaguareté extrañamente ataca humanos. En las civilizaciones precolombinas de Colombia y Perú era adorado como un dios. Hoy los yaguaretés son cazados porque los dueños de los ranchos de ganado los acusan de atacar a sus animales, aún cuando, según los estudios, esos asaltos no son muy frecuentes.
Comúnmente, no tiene una época especial de apareamiento. Tras un período de cerca de tres meses de preñez, la madre da a luz –en un refugio previamente escogido– entre uno y cuatro cachorros, que permanecen junto a la hembra aproximadamente hasta los dos años de edad.
En cautiverio, los yaguaretés han llegado a vivir hasta 22 años. Forman parte de la familia "Felidae" en tanto que su nombre científico es "panthera onca" u "onca palustris".
Vivió en la poblada provincia de Buenos Aires hasta principios de siglo, y de hecho, la turística localidad de Tigre, a escasos 50 kilómetros del centro de la capital argentina se llama así porque los yaguaretés solían ser vistos comúnmente en esa zona, delta de los ríos Paraná y Uruguay, atiborrado de islas, ríos y arroyos.

La correa de cuero que envuelve los cuellos de los yaguaretés de la selva de Yungas son discretas pero efectivas: su conexión satelital le permite a los científicos seguir durante dos años el rumbo de cada animal sobre la pantalla de una PC. Gracias al  experimento, se está recabando información al detalle sobre las costumbres de cada felino: sus horarios, sus momentos de óseo o sus incursiones en "ambientes más civilizados", a los que se acercan en búsqueda de ganado.
Cada félido se desplaza en una zona de sesenta kilómetros cuadrados, dividida en un área exclusiva para los machos, y otra que comparten con las hembras. 
La realidad de la selva de Yungas y la conservación del yaguareté también se encuentra en peligro por la construcción de un gasoducto que ha levantado polémica entre empresarios, autoridades y ambientalistas, y que ha motivado la oposición de las comunidades indígenas de la zona y la defensoría del pueblo de la Nación.
Las tareas de conservación no se limitan sólo a la provincia de Salta. En Misiones, la situación es más compleja por la cercanía del Parque Nacional Iguazú y de los vecinos cuyos animales domésticos y de granja se ven amenazados por el yaguareté.
En esta región –donde el animal es considerado Monumento Natural–, se ha confeccionado un listado de instituciones y personas capaces de recibir denuncias sobre el tema en las ciudades de Andresito, Montecarlo y Ruiz de Montoya. El objetivo final resulta ser darle cause a los problemas de la gente, compatibilizando la conservación de la especie con el trabajo de los ganaderos.
En 1996 se inició en esa provincia el "Proyecto Tigre", apoyado financieramente por una fundación privada y coordinado por un grupo de científicos del Centro de Investigaciones Subtropicales del Parque Nacional Iguazú. Su primer objetivo fue trabajar en la difusión de la problemática del yaguareté, entre los niños de la zona –con vista a futuro–, vecinos y productores. A través de reuniones en centros productivos y escuelas, los encargados del proyecto y los habituales residentes analizan cómo evitar que el animal ataque los rebaños, y a la vez, cómo lograr que los rancheros no les disparen a matar. 
Sucede que los vecinos suelen ser pequeños granjeros muy pobres, y uno de estos felinos puede convertirse en un terrible enemigo capaz de matar hasta 12 ovejas en una sola noche. Por eso para ellos, la situación del ecosistema y las leyes que castigan con altas multas a quienes atacan especies protegidas poco les importan.
Fue así como, con el asesoramiento de la Fundación Vida Silvestre Argentina, se desarrolló un estudio de "encierro anti-ataques", que consiste en la instalación de cercas eléctricas para obstaculizar la entrada de yaguaretés a zonas de animales domésticos.
Especulando con la timidez de los animales, las primeras cercas tuvieron un alto de ochenta centímetros. Pero contra lo supuesto, un ejemplar saltó el alambrado. Hoy se trabaja en darle más altura a las vallas, y en conseguir fondos del Estado para soportar estos gastos de los que los pobladores no pueden hacerse cargo por su realidad económica.
¿Pero por qué los animales se aproximan a los humanos?. De acuerdo con los investigadores, los felinos se acercan a las haciendas cuando falta el alimento en su hábitat natural. El yaguareté se ubica en la punta de la pirámide alimentaria, por lo que, su supervivencia también tiene que ver con la equilibrada existencia en el ambiente de los otros animales de los que él se alimenta. La caza indiscriminada sobre otras especies pone entonces en peligro la existencia de estos grandes gatos, de muy poca capacidad de adaptación. 
La comunidad científica busca otras alternativas para evitar su extinción, como por ejemplo, su reproducción asistida en cautiverio. En este sentido, un grupo de veterinarios de la Universidad Nacional del Noreste, la Universidad de San Pablo (Brasil) y el Complejo Ecológico Municipal "Roque Saenz Peña", del Chaco, logró con éxito, la inseminación artificial en esta especie, aunque no se concretó la fecundación. Sin embargo, la experiencia permitió considerar la factibilidad de este tipo de inseminación (llamada "por videolaparoscopía") como así también la trascendencia de la criopreservación (congelación) del semen del yaguareté, por su trascendencia genética.
Queda claro entonces que la lucha por la supervivencia del yaguareté está directamente ligada con la pelea por mantener su ambiente natural: la selva, hábitat que en buena parte no se recuperará. Al menos, el trabajo conjunto de profesionales de diversas disciplinas parece lograr, sobre principios del siglo XXI, cierto control de la especie y su más que necesaria reconciliación con el hombre, su histórico enemigo.
 
 

 

Volver a página principal