Site hosted by Angelfire.com: Build your free website today!

La Lengua ; El Miembro Ingobernable/ capitulo 4

La Biblioteca y Homepage

Home Page
La Biblioteca del Pastor Pentecostal

La Lengua: El Miembro Ingobernable

Por David K. Bernard

“Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal” Santiago 3:8. “Sean gratos los dichos de mi boca delante de ti, Oh Jehová” Salmo 19:14.

El miembro ingobernable.

La lengua es el miembro del cuerpo más difícil de dominar, y tiene la posibilidad de ocasionar el mayor daño. La manera en que usted usa su lengua es un indicio bueno de su relación con Dios. La lengua habla lo que está en el corazón. Si usted habla mal, eso significa que hay maldad en su corazón, “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). “Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre” (Mateo 15:18). Santiago enseñó fuertemente acerca de lo que concierne a la lengua. “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Santiago 3:2). Él compara la lengua a un freno en la boca de un caballo que controla los movimientos del caballo, al timón pequeño que controla a una nave grande, y a un incendio pequeño que puede ocasionar grandes problemas. La lengua puede contaminar al cuerpo entero. Solo el poder de Dios puede dominarla (Santiago 3:1-13). Estas es una de las razones por qué Dios ha escogido el hablar en lenguas como la evidencia inicial del Bautismo del Espíritu Santo (Hechos 2:4, 10:46, 19:6). Recibimos el Espíritu Santo cuando nos arrepentimos, creemos, y nos rendimos completamente a Dios. Nuestra lengua es el miembro más difícil de dominar, entonces es la última parte de nosotros mismos de rendirse a Dios. Cuando hablamos en lenguas por primera vez bajo la inspiración del Espíritu, eso significa que por fin Dios ha entrado y ha tomado control completamente. Santiago dice claramente que es fácil pecar con la lengua, que la lengua es muy peligrosa, y que podemos destruir completamente nuestra santidad si pecamos con la lengua. ¿Cuáles son unas de las maneras en que podemos pecar con la lengua?

Chismear.

Esto es uno de los pecados más maliciosos. Es la herramienta principal que Satanas usa para destruir a la iglesia desde adentro. Puede destruir la confianza hacia otros, hacer daño a los inocentes, e impedir a los arrepentidos. La lengua divide a algunas iglesias, desalienta a los creyentes, y desilusiona a los nuevos conversos. La Biblia nos enseña que no debemos hablar mal de nadie, especialmente de nuestros hermanos y hermanas en el Señor (Tito 3:2, Santiago 4:11). “Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré” (Salmo 101:5). La mayoría de las personas reconocerá fácilmente las maldades del chisme, pero el problema es que ellos no lo pueden identificar en sus propias vidas. Esta es una área de gran dificultad práctica en las vidas de muchos cristianos. Queremos describir explícitamente lo que significa el chisme o la habladuría con la esperanza de despertarles a algunos a la realización de lo que ellos realmente están haciendo. Básicamente, chismear significa contar cosas de una naturaleza personal, íntima, o sensacional. Incluye el hecho de esparcir rumores que pueden hacer daño a alguien, e incluye también el hecho de calumniar, es decir contar cosas escandalosas acerca de alguien. Nótese que el chisme incluye no solamente contar mentiras acerca de alguien o esparcir rumores no verificados acerca de alguien, pero incluye también contar hechos de índole personal que el chismoso no tiene ningún derecho de hacer conocer. Contar una verdad puede considerarse chismear si se la cuenta como un chisme a uno que no debe saber de ello. Dios ha ordenado que haya organización y autoridad en la iglesia (I Corintios 12:28, véase el Capítulo XII). Cuando los problemas surgen en la iglesia, los que ocupan puesto de autoridad deben ser informardos. Sin embargo, no es bueno contárselo a otros miembros de la congregación. Los laicos en la iglesia no deben juzgarse entre sí (Romanos 14:10, 13, Mateo 7:1, Santiago 4:12). En la iglesia, el Liderazgo puede y debe juzgar a fin de proteger al rebaño (Mateo 18:18, I Corintios 6:5). Esto significa que el Liderazgo tiene la responsabili-dad de encargarse del pecado que se halla en la iglesia. También significa que los laicos no tienen aquella responsabilidad. A veces, hay que contar ciertas cosas para hacer una aclaración, para instrucción, o para una verificación. Sin embargo, en casos generales contar cosas que pueden ser dañinas a otros no está bien en los ojos de Dios. El chisme va en contra de la Palabra de Dios. “Sin leña se apaga el fuego, Y donde no hay chismoso, cesa la contienda. Las palabras del chismoso son como bocados suaves, Y penetran hasta las entrañas” (Proverbios 26:20, 22). ¿Cuántas iglesias tendrían paz si sus miembros realmente creyeran esta escritura? Para usar un ejemplo práctico, ¿qué debe hacer usted si aprende que un cierto hombre, que está en la iglesia y que se considera a sí mismo como un hermano, ha cometido el adulterio? Usted no puede esconder el pecado, porque no tiene tal autoridad. Usted debe informar a la persona que ocupa el puesto de autoridad. Si aquella autoridad es el pastor, el presbítero, o el superintendente, depende del puesto que ocupa la persona que está involucrada en el pecado. Entonces, el asunto llega a ser la responsabilidad del líder. Después de esto, usted llega a ser un chismoso si cuenta el asunto a todos los demás en la iglesia. Hay una razón para contárselo al pastor puesto que él debe proteger al resto de la iglesia y deber tratar de ayudar al hermano errante. No hay razón, sin embargo, de contarselo a nadie más. Si el hermano se ha arrepentido, ¿por qué contarle a alguien más acerca del pecado? ¿Cómo le ayudará contarles a todos los demás de su caída? Como un ejemplo mas, suponga que un miembro laico cae en el pecado, se arrepiente, y cambia su membresía a otra iglesia. El pastor anterior debe informar al nuevo pastor para que él le pueda ayudar a aquel miembro, pero no se lo debe contar a los otros miembros de iglesia. Estos ejemplos explican dos escrituras sobre chisme. “Él que anda en chismes descubre el secreto; Mas el de espíritu fiel lo guarda todo” (Proverbios 11:13), “Él que cubre la falta busca amistad; Mas el que la divulga, aparta al amigo” (Proverbios 17:9). Note que usted nunca tiene la autoridad de cubrir un pecado no arrepentido no obstante si es su amigo quien anda metido o no. Tampoco puede cubrir un pecado que, según la Biblia, le descalificaría a un hombre de ocupar una posición en la iglesia En ambos casos, él que ocupa el puesto de autoridad debe saberlo. A la vez, usted no debe contar el pecado de su amigo a otros. Eso es algo que está entre él, sus superiores, y Dios. Básicamente, un pecado privado llega a ser un problema de la iglesia cuando la persona no se arrepiente sino vive como un hipócrita, o cuando él trae deshonra y reproche sobre la iglesia. Esta es especialmente pertinente cuando alguien que ocupa una posición de Liderazgo ha pecado. Por ejemplo, ¿qué se debe hacer si un diácono en la iglesia comete adulterio, pero se arrepiente? El pastor siempre debe ser informado porque esto es un asunto que puede deshonrar la iglesia entera y porque el diácono ya no reune los requisitos del Liderazgo, específicamente el buen testimonio. La persona con quien él ha pecado así como también alguien que se entere del pecado perderá confianza en la iglesia si nada se a hecho al respecto. Esto no quiere decir que el pastor debe hacer un anuncio público del pecado arrepentido. Él debe silenciar al hombre si él se ha arrepentido, y no decirle a nadie porque lo ha silenciado. En muchos casos, el pastor puede poner a alguien en disciplina o silenciarle por un cierto período de tiempo. Por supuesto, la gente no debe especular y chismear acerca de lo que ha sucedido. Si usted oye que otro creyente ha dicho algo contra usted, a hecho algo contra usted, o ha sido indiscreto en algunas áreas, ¿qué debe hacer? En primer lugar, el amor no piensa mal, entonces usted no debe creer el rumor. Olvídelo. Si después de orar sobre el asunto, usted no lo puede olvidar, vaya entonces a la persona involucrada, escuche la historia directamente de él o ella, y resuélvalo (Mateo 18:15). ¿Qué debe hacer si usted oye un rumor serio acerca de alguien? Si no lo puede ignorar, entonces hable acerca del asunto con el pastor. Entonces él debe hablar con el individuo que está implicado. Si él se convence que el rumor es falso, entonces debe hablar con las personas que lo han oido. Si él siente que es cierto, él tiene el deber de resolver el problema. Él no lo puede ignorar. No importa lo que haya sido el resultado, usted no debe repetir el rumor a nadie más. Si el pastor oye un rumor serio acerca de usted, él debe hablarle y decirle lo que ha oido. Si usted explica la situación y es el resultado de un malentedido, usted no debe tener una actitud negativa. No debe tratar de averiguar quién comenzó el rumor ni quién está hablando, pero debe estar agradecido que el pastor está tratando de ayudarle a usted. Deje que él aclare el asunto. Si usted trata de averiguar quién contó al pastor, está manifestando un espíritu de venganza y malicia. Deje que el pastor reprenda al que comenzó el rumor. Si usted es realmente inocente, la persona que le informó al pastor del rumor le ha hecho un favor a usted, especialmente si aquella persona no lo esparció a nadie más.

Sembrar discordia.

El tema del chisme es tan importante porque que es un medio principal de sembrar discordia entre hermanos. Sembrar discordia es uno de las siete cosas que se enumeran como abominaciones (Proverbios 6:19). Una abominación es algo que Dios odia, y no le dejará entrar en el cielo (Apocalipsis 21:8). Sembrar discordia significa ir de persona en persona causando la aversión, la desconfianza, y la división por contar cosas confidenciales o por hacer críticas constantemente. La clase de persona que siembra discordia por medio de palabras es uno que piensa que puede contar toda clase de cosas en dondequiera, a cualquier hora, y a cualquier persona. Estos individuos repiten las cosas que oyeron en la confianza y obtuvieron mediante la amistad. No tienen miedo de criticar a nadie. Pruébese a usted mismo en esta área. ¿Le gusta chismear acerca de otros? ¿Le gusta oir cosas malas acerca de otros? ¿Le gusta contar todo lo que sabe? ¿Le gusta criticar o echar la culpa a otros? ¿Es usted la causa de problemas, disenciones, y desacuerdos? Si es así, usted debe tener cuidado. No importa si usted es el mejor predicador en cuanto a la capacidad de hablar, si siembra la discordia, tiene problemas con Dios.

Jurar.

“Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento . . . para que no caigáis en condenación” (Santiago 5:12). Jesús dijo, “No juréis en ninguna manera” (Mateo 5:34). ¿Qué significa esto y cuál es la razón por este mandamiento? Jurar significa afirmar que algo es cierto, o hacer una promesa, bajo juramento. Un juramento es una afirmación o negación de una cosa poniendo por testigo a Dios. La enseñanza es que no debemos jurar por nada ni debemos obligarnos a cierta cosa o unirnos a cierto grupo por medio de un voto. Jesús dijo que la ley permitía jurar por el Señor, pero que nosotros no deberíamos jurar por el cielo, la tierra, o aún por nuestras propias cabezas. La razón es que no tenemos el poder de cambiar ninguna de estas cosas o de imponer nuestros votos (Mateo 5:35-37). Dios puede jurar por Sí mismo porque Él tiene el poder de cumplir lo que Él dice. Si no era así antes, llega a ser cierto el momento que Él lo dice. Cuando el sistema judicial nos obliga a jurar algo, podemos decir simplemente “Yo afirmo.” Afirmar significa declarar positivamente, confirmar, o aseverar que algo es válido. Como seres humanos, no tenemos el poder de jurar por juramento, pero podemos afirmar que lo que estamos diciendo es cierto. Como Cristianos nuestra palabra siempre debe ser cierta, y nuestra promesa debe ser tan valida como cualquier juramento. No tenemos que usar las palabras “Yo juro” para probar que por lo menos ahora estamos diciendo la verdad. No juramos porque no podemos controlar las cosas sobre las cuales juramentamos, pero podemos asegurar que siempre digamos la verdad y que cumplamos nuestras promesas al máximo de nuestra capacidad.

El Nombre del Señor.

“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Éxodo 20:7). Los mandamientos que son pertinentes hoy pueden agruparse en dos categorías: amar a Dios y amar a su vecino (Marcos 12:28-31). Este mandamiento tiene que ver con nuestro amor hacia Dios. Está diseñado para enseñarnos el uso apropiado de Su nombre. Se refiere a todo uso profano, vano (inútil), trivial, e irreverente del nombre de Dios. Incluye también cualquier abuso de Su nombre en la brujería y en las religiones falsas. Se usa apropiadamente el nombre de Dios en la alabanza, la profecía, la predicación, la enseñanza, la adoración, la meditación, y la oración. Hay una bendición para los que piensan en Su nombre (Malaquías 3:16). Lamentablemente, muchos Cristianos ignoran a este mandamiento. ¿Cuántas veces ha oído usted las palabras Dios, Señor, Jesús, o Aleluya (que significa en el Hebreo “alabanzas al Señor”) usadas en una manera inútil o ligera? A muchos el uso de una de estas palabras es cuestión de un hábito. Si están alegres, enojados, tristes, desilusionados, o asustados, ellos usan una de estas palabras como una mera interposición. ¿Por qué se debe usar una palabra que se refiere a Dios en una situación así a menos que nos estemos comunicando sinceramente con Él? Esto se aplica también al uso en una manera irreverente de los cantos y las frases de adoración. Podemos aprender una lección del Judíos. Eran tan cuidadosos de no tomar el nombre del Señor en vano, que no pronunciaban el nombre Jehová. Al citar o copiar las escrituras del Antiguo Testamento, ellos subsistuían la palabra griega Kurios que significa “Señor.” Si usted tiene el hábito de usar “Jesús” o “Señor” o “Dios” sin ningún pensamiento verdadero de alabar, adorar, u orar, entonces ¿por qué no rompe ese hábito? Puede ser que, sin darnos cuenta, estemos tomando en vano nombre del Señor.

La jerga.

También, todos nosotros, pero especialmente el ministerio, debemos tener cuidado cuando usamos expresiones de jerga. Muchas de las palabras de la jerga tienen connotaciones malas, y podemos formar un hábito de usarlas sin darnos cuenta de lo que estas palabras realmente significan. ¿Qué de los eufemismos? ¿Si no queremos usar ciertas palabras, ¿por qué debemos usar sus derivados y sustitutos?

Las palabras deshonestas.

“Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Colosenses 3:8). “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca” (Efesios 4:29). Somos el templo del Espíritu Santo. No podemos permitir que los chistes colorados o sucios, las palabras deshonestas, y las gestos sucios procedan de nosotros. Las palabras que insinuan algo indecente no deber proceder de los labios de un cristiano. ¿Pueden las alabanzas y las palabras deshonestas salir de la misma boca? ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:11-12). Pablo nos dice que no debe haber “ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías” (Efesios 5:4). “Necedades” significa hablar palabras vanas o ridículas. “Truhanerías” viene de la palabra Griega eutrapelia, que el Diccionario Griego del Nuevo Testamento editado por Strong define como “bufonadas o payasadas, es decir (en un sentido vulgar) algo obsceno,” se refiere a palabras obscenas o vulgares. En otras palabras, los cristianos no deben tomar parte en las historias, los cuentos, los chistes, las bromas o los gestos que se orientan en una rar, u orar, entonces ¿por qué no rompe ese hábito? Puede ser que, sin darnos cuenta, estemos tomando en vano nombre del Señor.

La jerga.

También, todos nosotros, pero especialmente el ministerio, debemos tener cuidado cuando usamos expresiones de jerga. Muchas de las palabras de la jerga tienen connotaciones malas, y podemos formar un hábito de usarlas sin darnos cuenta de lo que estas palabras realmente significan. ¿Qué de los eufemismos? ¿Si no queremos usar ciertas palabras, ¿por qué debemos usar sus derivados y sustitutos?

Las palabras deshonestas.

“Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Colosenses 3:8). “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca” (Efesios 4:29). Somos el templo del Espíritu Santo. No podemos permitir que los chistes colorados o sucios, las palabras deshonestas, y las gestos sucios procedan de nosotros. Las palabras que insinuan algo indecente no deber proceder de los labios de un cristiano. ¿Pueden las alabanzas y las palabras deshonestas salir de la misma boca? ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:11-12). Pablo nos dice que no debe haber “ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías” (Efesios 5:4). “Necedades” significa hablar palabras vanas o ridículas. “Truhanerías” viene de la palabra Griega eutrapelia, que el Diccionario Griego del Nuevo Testamento editado por Strong define como “bufonadas o payasadas, es decir (en un sentido vulgar) algo obsceno,” se refiere a palabras obscenas o vulgares. En otras palabras, los cristianos no deben tomar parte en las historias, los cuentos, los chistes, las bromas o los gestos que se orientan en una de la ciudad de Betel se burló de Eliseo. Le llamaron “Calvo,” un insulto y una burla en el Antiguo Testamento, que significaba “una persona inservible.” Le ridiculizaron, diciendo, “¡Sube!” eso es, “Trasládate tal como dices que Elías fue trasladado.” Eliseo los reprendió en el nombre del Señor. Mas tarde dos osos salieron y despedazaron a cuarenta y dos de ellos. La primera cosa que debemos notar aquí es que esto ocurrió durante el tiempo de la ley, antes de la enseñanza de Jesús, y antes que fuera dado el bautismo del Espíritu Santo. También debemos darnos cuenta que Eliseo realmente no condenó a aquellos hombres. Ellos eran de Betel, una de las dos ciudades en el Reino Norteño de Israel que tenían los becerros de oro (I Reyes 12:29), y se estuvieron burlando del profeta de Dios y del poder de Dios. Durante el tiempo de la ley, aquellos hombres ya habían sido condenados a morir a causa de su idolatría (Deuteronomio 13:12-15). Dios ya los había condenado, y la cuestión era simplemente cuándo el fallo se efectuaría. Porque Dios no siempre ejecuta imediatamente despues de la sentencia, los hombres piensan que Dios está ignorando su pecado (Eclesiastés 8:11). En este caso, Dios simplemente había demorado la ejecución de la sentencia hasta que ellos empezaron a burlarse de Su profeta. Si Eliseo hubiera pronunciado una maldición o no, no hizo ninguna diferencia en cuanto al juicio de Dios. El segundo caso concierne a Ananías y Safira. Esta pareja trató de engañar a la iglesia y al Espíritu Santo por medio de una mentira. Dios le dio a Pedro una palabra de conocimiento y le hizo saber lo que era la verdad. Pedro no maldijo personalmente a Ananías y Safira. Él simplemente le dijo a Ananías que él estuvo mintiendo. Un poco después Dios le dio de nuevo una palabra de conocimiento, y él profetizó que Safira iba a morir en la misma manera que murió su esposo. De todos modos, Dios usó esto como un ejemplo para la iglesia. Todos los hipócritas en la iglesia hoy no son matados inmediatamente por Dios. Esto sirvio de un ejemplo especial a principios de la iglesia del Nuevo Testamento, tal como Dios mató al hijo de Aarón por la desobediencia después que la ley fuera dada en el principio (Levítico 10:1-2). En ambos casos, la sentencia se ejecutó inmediatamente como un ejemplo, y en ninguno de los dos casos pronunció un hombre una maldición sobre los ofensores. El último caso concierne a Pablo y el hechicero Barjesús, quien se opuso a la predicación del evangelio en Chipre. Esto es simplemente un caso donde Dios le dio a Pablo una palabra de conocimiento y Pablo profetizó a Barjesus. Dios le impresionó a Pablo con respecto a lo que Él iba a hacer, y Pablo le dio a conocer al hombre. Pablo dijo, “Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego” (Hechos 13:11). No había nada de odio personal aquí. Un ministro verdadero del evangelio nunca odia y nunca busca la venganza. Estos ejemplos no constan la autoridad de maldecir, sino constan el juicio de Dios. Maldecir a alguien estaría en oposición directa a la Palabra de Dios. ¿Piensa usted que Pablo pudiera haber escrito, “Bendecid, y no maldigáis” en Romanos 12:14, y después haber hecho lo contrario? Cuando un individuo comite una ofensa, la actitud que el cristiano debe tomar es, “Dios, ayúdale a comprender su error. Ten lástima de él. Ayúdale a obedecer Tu palabra y no llegar a ser un apóstata.” Cuando alguien comete una ofensa contra nosotros personalmente, debemos pedir que Dios le ayude y debemos orar que Dios nos dé amor.

Maldecir.

“ni los maldicientes . . . heredarán el reino de Dios” (I Corintios 6:10). “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere . . . o maldiciente” (I Corintios 5:11). Maldecir significa abusar con palabras. Puede significar regañar o usar palabras duras, insolentes, o abusivas. Digo una vez más, somos el templo del Espíritu Santo. Por lo tanto, debemos tener cuidado de no seguir nuestras emociones carnales. No hay absolutamente ninguna circunstancia en que uno se justifique en maldecir a alguien, aún cuando le ha tratado mal o le han juzgado injustamente. No podemos usar la excusa, “Bueno, todos tenemos emociones personales,” porque el Espíritu Santo nos es dado para ayudarnos a conquistar nuestras emociones carnales. I Corintios 4:12-13 nos dice cómo debemos reaccionar cuando otros nos maldicen. Los apóstoles eran difamados, perseguidos, insultados, y tratados como la inmundicia del mundo. Su reacción era de bendecir. Pablo fue reprendido porque había injuriado al sumo sacerdote durante una interrogación por el consejo del Sanhedrín (Hechos 23:1-5). Ananías, el sacerdote, mandó que alguien abofeteara a Pablo y eso era contrario a la ley. A la vez él trató de juzgar a Pablo por la ley. En seguida Pablo le dijo a Ananías que él era una “pared blanqueada,” es decir, un hipócrita, por haber hecho eso. Cuando Pablo dijo esto, los que estuvieron presentes le reprendieron por haber injuriado al sumo sacerdote de Dios. Cuando Pablo se dió cuenta que Ananías era el sumo sacerdote, pidió disculpas. Él citó Éxodo 22:28 que prohibe maldecir a un líder, y explicó que no supo que estuvo hablando al sumo sacerdote cuando habló así. O Pablo no supo a quien estuvo hablando o no reconoció la usurpación del hombre de aquel oficio. De hecho, según la historia, Ananías usurpó ese oficio del cual él había sido expulsado anterioramente por los Romanos a causa de unos crímenes. Pablo reconoció que aunque le condenaron injustamente, no podía maldecir al sumo sacerdote, debido a su oficio. Aun Miguel el arcángel no se atrevió a proferir juicio de maldición contra el diablo cuando contendió con él, sino él simplemente dijo, “El Señor te reprenda” (Judas 9). Miguel no abusó ni aun a Satanás con palabras, porque sin duda recordó que en el principio Satanás había sido creado como un querubín ungido. Judas contrasta la actitud buena de Miguel con la mala de los apóstatas quienes desprecian el dominio, hablan mal de las dignidades, y hablan mal de las cosas que no conocen (vs. 8, 10). Asimismo, Pedro describe a los que son apóstatas, es decir, los que se han apartado de Dios hasta el punto donde ellos no temen la Palabra de Dios. “y mayormente a aquellos que, siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor” (II Pedro 2:10-11). Nótese que a estos no les gusta que nadie los mande. Ellos no aceptan la corrección. No tienen miedo de hablar mal de las potestades superiores. Sabemos que el temor del Señor es el principio de la sabiduría (Proverbios 9:10). Aquellos no tienen ni respeto ni reverencia hacia el Señor, Su Palabra, Su iglesia, o Sus líderes que Él ha comisionado, entonces no tienen miedo de maldecir tal como la gente del mundo. Según Pedro y Judas, estas personas deben aprender de los ángeles. Los ángeles que tienen la responsabilidad de presentar un informe a Dios sobre estos mismos apóstatas no los acusan imprudentemente ni los condenan amargamente. Ellos meramente presentan un informe de los hechos tales como son sin maldecir y sin denostar. Ellos son corteses en sus informes, aunque tienen más poder que los seres humanos. Entonces vemos que los apóstoles, incluyendo a Pablo, y los ángeles, incluyendo a Miguel, sabían que no deberían maldecir. Pero tantos ministros y tantos creyentes no tienen miedo de hablar lo que les da la gana de las dignidades y de las potestades superiores. Los creyentes hablan mal de sus pastores, y los ministros hablan mal de otros ministros. ¿Cómo puede ser esto? Aun cuando alguien haya pecado, hay un proceso por el cual el asunto puede ser tratado ante el pastor, el presbítero, o la mesa directiva. No está mal informar a la autoridad apropiada de los hechos, pero sí está mal ser malicioso y maldecir al presentar el informe. Son malos los informes descorteses. Aun los ángeles tienen cuidado en esta área al presentar sus informes a Dios. La santidad demanda que no hablemos mal, es decir, que no denostemos a nadie. En caso que una persona se haya caido aun al pecado mas bajo, no le podemos denostar. Debemos tener un cuidado especial de no denostar a los líderes. Los que denostan hacen algo que los apóstoles, Pablo, Miguel, y todos los ángeles tienen miedo de hacer. Debemos pedir que Dios forme en nosotros una buena actitud hacia todos.

Mintiendo y diciendo falso testimonio.

“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Exodo 20:16, Marcos 10:19). “Todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8). En estas y muchas otras escrituras, Dios nos muestra cuánto Él odia las mentiras. Nada que hace una mentira, sea por el discurso o la acción, entrará en la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:27). En Proverbios 6:16-19 hay una lista de siete cosas descritas como abominaciones, es decir, cosas que Dios odia. Dos de ellas son una lengua mentirosa y un testigo falso que habla mentiras. Dios quiere que cumplamos con nuestras promesas aún cuando ellas nos causen daño (Salmo 15:4). Todas estas escrituras dicen claramente que “el que habla mentiras no escapará” (Proverbios 19:5). Mentir significa hacer una declaración sabiendo que es falsa, especialmente con el intento de engañar. Puede incluir dar una impresión falsa a propósito o confundir el asunto con el fin de evadir la verdad. Podemos mentir aun en ciertas situaciones por retener información que es vital para que el oidor pueda comprender correctamente una situación. En otras palabras, podemos mentir si ocultamos una parte de la verdad que debe ser revelada. Podemos mentir por medio de nuestras acciones así como también por medio de nuestras palabras si a propósito engañamos o creamos una impresión falsa. No importa cuan pequeña sea una mentira, no importa a quien se cuente una mentira, y no importa con qué propósito la mentira se cuente. Una mentira es una mentira. Queremos dar unos ejemplos como una ilustración. Supongamos que dos personas tienen una disputa y rehusan hablar el uno al otro. Una tercera persona decide actuar como mediador y le dice falsamente a cada uno que el otro ha pedido perdón. Aunque esto resulte en una reconciliación, la tercera persona ha dicho una mentira. El fin, aunque culmino en un buen resultado, no justificó los medios. Supongamos que hay una persona joven a quien sus padres no le dejan asistir a la iglesia. ¿Puede decir que va a irse a otra parte y en cambio irse a la iglesia? No, porque es una mentira. Usted no puede pecar a fin de irse a la iglesia y esperar estar bien con Dios. Supongamos que una mujer paga los diezmos de su esposo, pero él es un incrédulo. Cuando se da cuenta de esto, él le hace prometer que no vaya a seguir pagándolos como una condición de su asistencia continua a la iglesia. ¿Puede ella pagar sus diezmos de todos modos? No. Ella ha dado su palabra, y ella estaría mintiendo si la quebrantara. Ella estaría defraudando a su esposo y estaría destruyendo su confianza en ella. Aun si usted está ayudando a la iglesia, si su método está mal, está pecando en los ojos de Dios. Algunos creen que la historia de Rahab prueba que el fin justifica a los medios. Ella mintió a la gente de Jericó a fin de esconder a los espías Israelitas. Sin embargo, debemos darnos cuenta que ella era un gentil que no conocía la ley de Dios. Simplemente había oído acerca de las grandes cosas que Jehová habido hecho por Israel, y tuvo fe en Él. Como resultado, ella escondió a los espías. Ella no fue salvada por su mentira, sino por su fe que fue respaldada por sus obras. El plan de Dios era de mostrar Su poder por medio de Israel para que todas las naciones, al verlo, creerían en Él, y se salvarían. Rahab era una persona que hizo exactamente así. Si Rahab hubiera conocido la ley de Dios, Dios podría haber proporcionado una manera de salvarle a ella y a los espías sin una necesidad de que ella mintiera. Queremos mencionar un otro ejemplo del Antiguo Testamento. Abraham mintió en dos ocasiones al decir que su esposa, Sara, era solamente su hermana (Génesis 12:10-20, 20:1-16). Él hizo esto para que los reyes extranjeros no lo matarían a fin de casarse con Sara, quien era muy hermosa. En ambas oportunidades este engaño casi le condujo al desastre, puesto que cada uno de los reyes trató de tomar a Sara como su esposa, pensando que estaba bien. Solo la intervención de Dios hizo que ellos se la devolvieran a Abraham. Abraham fue reprendido por su engaño cada vez, y aun fue expulsado de la tierra una vez. Estos incidentes muestran que la mentira es mala cuando se cuenta a fin de proteger a alguien, que conduce al desastre, y que Dios nos puede librar sin que recurramos al engaño. Son también ejemplos que enseñan que uno miente al decir solo la mitad de la verdad y al crear a propósito una impresión falsa, porque Sara realmente era la media hermana de Abraham. Recuerde, es posible “hacer una mentira” por medio de las acciones. Suponga que usted muestra un certificado falso de graduación como si fuera suyo? Está defraudando y mintiendo por dar una impresión falsa. Suponga que alguien le da a usted una cierta suma de dinero específicamente para hacer una cierta cosa? Entonces suponga que logra hacerlo por menos, pero usted altera el recibo para mostrar la cantidad mayor. Esto es un fraude y usted ha mentido por lo que ha hecho. Así mismo, suponga que usted solicita una cierta suma de dinero para una cosa pero gasta una suma menor. Si usted guarda la diferencia sin autorización y sin ofrecer un reembolso, usted está engañando y mintiendo. Como cristianos no tenemos que mentir. Si no hemos hecho nada mal, podemos confiar que Dios nos ayude y nos protege en las situaciones difíciles. En cuanto a nuestra relación con Dios, el antiguo refrán es cierto: La honestidad siempre es mejor.

Las palabras ociosas.

Jesús dijo, “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36-37). Él también nos dijo en Mateo 5:22 que deberíamos tener cuidado de no llamar a alguien un necio (lo que conota una persona que ignora a Dios o que es un reprobado, véase el Salmo 14:1).

La importancia de la lengua.

Las declaraciones de Jesús que un hombre será o justificado o condenado por sus propias palabras nos hacen ver cuán importante es la lengua. También tenemos la enseñanza de Santiago que dice que un hombre con una lengua desenfrenada tiene una forma de religión que es inútil y vana, pero que un hombre que puede controlar su lengua es perfecto y puede controlar su cuerpo entero. Esto significa que si queremos ser santos, debemos tener “palabra sana e irreprochable” (Tito 2:8). “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6). En el análisis final, debemos fijar nuestra atención en Dios; porque solamente Él nos puede ayudar a controlar nuestras lenguas. “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios“ (Salmo 141:3).