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La Vida Cristiana ; capitulo 2

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En Busca de la Santidad

Por David K. Barnard

La Vida Cristiana; capitulo 2

“El justo por la fe vivirá” Gálatas 3:11. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, pacien-cia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” Gálatas 5:22-23.

Los conceptos básicos de la vida cristiana.

Cuando los cristianos hablan de la santidad, es fácil enfatizar reglas y reglamentos, y las cosas que debemos y no debemos hacer. En un libro de esta clase es difícil ser específico, sencillo, y honesto sin correr el riesgo de aparecer como un legalista. Este capítulo intenta poner las cosas en su perspectiva propia por medio de una descripción de la naturaleza básica de la vida cristiana. La vida cristiana es una vida de fe y de libertad, y no de legalismo ni de obras. En vez de meramente esforzarnos en no hacer lo malo, estamos tratando de producir fruto agradable a Dios. Simplemente dicho, queremos imitar a Cristo. Este capítulo definirá la esencia de la experiencia cristiana. Los capítulos subsiguientes analizarán lo que creemos que son las áreas problemáticas de importancia en el mundo de hoy. Pero fíjese que estamos basando el libro entero sobre los conceptos presentados aquí; específicamente, que vivimos por la fe y no por las obras, que la experiencia cristiana es una de libertad personal del pecado y de la ley, que la vida cristiana es una vida de consagración personal a Dios, y que exhibimos la santidad por imitar la vida de Cristo y producir el fruto del Espíritu.

El propósito de la santidad en nuestras vidas.

La primera razón para la santidad es de agradar a Dios en consideración a Él. Él nos compró con Su propia sangre y no pertenecemos a nosotros mismos sino a Él (I Corintios 6:19-20, I Pedro 1:18-19). Por lo tanto, no podemos vivir para nosotros mismos, sino debemos vivir para Cristo (II Corintios 5:15). La segunda meta de la santidad es la de comunicar a Cristo a los demás. Atraemos y ganamos a otros a Dios por medio de nuestras vidas. Finalmente, nos damos cuenta que la vida cristiana de santidad es el mejor plan para nuestras vidas. Nos beneficiará tanto ahora como en la vida venidera.

La fe y las obras.

Para que podamos vivir para Dios, debemos comprender primeramente que somos salvos por la fe y no por obras (Gálatas 2:16; Efesios 2:8-9). La fe nos conduce al arrepentimiento. La fe verdadera nos obligará a obedecer la Palabra de Dios. Nos conducirá al bautismo en agua y al Bautismo del Espíritu Santo (Marcos 16:16-17; Juan 7:38-39). Nuestro motivo para vivir una vida santa debe ser la fe y no las obras. Obedecemos la palabra de Dios porque creemos que es verdad y que es buena para nosotros. No seguimos la santidad a fin de ganar nuestra salvación o a fin de ganar favor con Dios; porque no podemos hacernos santos a nosotros mismos ni podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestra salvación depende totalmente de nuestra relación con Jesucristo. Aunque no somos salvos por medio de nuestras obras, la fe nos motivará a hacer ciertas cosas. Motivará una manifestación exterior; porque “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17). Demostramos fe en Dios y en Su Palabra por medio de nuestras acciones y nuestras vidas diarias. Santiago dijo, “Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18). Pablo escribió una carta a Tito para “que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tito 3:8). La conclusión es esto: no podemos ser santos por medio de nuestros propios esfuerzos. Sin embargo, podemos ser santos si ponemos nuestra fe en Jesús y dejamos que Su Espíritu obre en nosotros. Jesús vino a librarnos de la ley y su orientación hacia las obras. Él también nos libró del cautiverio del pecado. Ya no somos siervos del pecado ni de la ley, sino somos libres para hacer una elección. Somos libres para hacer la voluntad de Dios y para vivir una vida victoriosa sobre el pecado. Tenemos la libertad cristiana, pero no debemos usar aquella libertad para participar en actividades carnales, o de un carácter que serviría de tropiezo para otros. “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13). No tenemos necesidad de la ley, porque si andamos en el Espíritu cumpliremos automáticamente toda la justicia que la ley trataba en vano de impartir. Antes de Cristo, los hombres trataban de cumplir la ley por medio de sus propios esfuerzos y obras, pero fracasaban porque eran débiles en la carne y sujetos al pecado. Después de Cristo, somos libres del dominio del pecado y de la debilidad de la carne. Somos capaces de seguir al Espíritu y así cumplir la justicia de la ley (Romanos 8:1-4).

La obra del Espíritu.

El Espíritu nos bautiza en el cuerpo de Cristo (I Corintios 12:13) y nos adopta en la familia de Dios (Romanos 8:15-16). En otras palabras, el Espíritu nos da una nueva naturaleza. Esta nueva naturaleza es nada más que el Espíritu de Cristo-Cristo en nosotros (Romanos 8:9, Colosenses 1:27). Tenemos la mente de Cristo (I Corintios 2:16, Filipenses 2:5). Cristo ha sido formado en nosotros (Gálatas 4:19). El Espíritu de Dios nos hace conformes a la imagen de Cristo (Romanos 8:29). Podemos vivir vidas santas si dejamos que la mente, la personalidad, y la voluntad de Jesucristo tomen el lugar de nuestras propias mentes, personalidades y voluntades. Jesús moró en la tierra por treinta y tres años con el propósito de darnos un ejemplo que seguir (I Pedro 2:21-24). Él murió y resucitó nuevamente para vencer sobre el pecado y la muerte y para darnos el poder de seguir Su ejemplo (Romanos 8:3-4). Esto es lo que la santidad realmente significa: dejar que el Espíritu y la personalidad de Cristo brillen através de nosotros. Queremos manifestar a Su Espíritu. Queremos agradarle y ser como Él. Queremos vivir como Él vivía y hacer lo que Él haría. Queremos manifestar las características de Jesucristo. De esta manera llegamos a ser ejemplos vivos del cristianismo. Llegamos a ser cartas abiertas de Cristo al mundo, escritas por el Espíritu (II Corintios 3:2-3). Las obras buenas que Él produce en nosotros atraerán a los hombres a Dios y ellos le glorificarán (Mateo 5:16).

Las características cristianas.

¿Cuáles son las car-acterísticas que los cristianos muestran? Gálatas 5:22-23 nos da una lista excelente que se llama el fruto del Espíritu (nótese la mayúscula). Si tenemos al Espíritu en nosotros, produciremos aquel fruto. Puesto que el hablar en otras lenguas es la evidencia inicial de recibir el Bautismo del Espíritu Santo, la evidencia a largo plazo que el Espíritu Santo mora en una vida es la manifestación del fruto del Espíritu. Pablo enumera nueve elementos del fruto Espiritual: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza. Pedro enumera ocho características que nos harán fructíferos en Cristo: fe, virtud, conocimiento, dominio pro-pio, paciencia, piedad, afecto fraternal, y amor (II Pedro 1:5-10). La fe y la templanza (dominio propio) se encuentran en ambas listas. La virtud y la piedad son aspectos de la bondad y el afecto fraternal es un aspecto del amor. También, I Pedro 2:21-24 registra algunas características de Cristo que debemos imitar. En este pasaje, Pedro nos dice que en Cristo no había ningún pecado o engaño, y describe Su amor, Su paciencia, Su templanza, y Su fe mientras sufría por nuestros pecados. Estaremos hablando acerca de todas estas actitudes y características através del libro. A fin de colocar un fundamento, queremos discutir brevemente el fruto del Espíritu que contiene nueve partes tal como está descrito en el libro de Gálatas. Mientras que usted lo lee, recuerde que esto es el fruto que Dios quiere que produzcamos, y esto es el fruto que atraerá a los pecadores al mensaje del evangelio.

Amor. El amor es el elemento más básico de nuestra vida cristiana. Es la única motivación aceptable para servir a Dios. Tenemos el mandamiento de amar a nuestros hermanos cristianos, de amar a nuestros prójimos, y aún de amar a nuestros enemigos. Si no amamos a nuestros prójimos, no amamos a Dios. Si amamos al mundo, no amamos a Dios. El amor es la mejor prueba del cristianismo verdadero. Si comprendemos lo que el amor realmente significa, podemos cumplir la enseñanza bíblica acerca de la santidad. Por ejemplo, el amor hacia los otros eliminará los celos, la disensión, el chisme, la murmuración, y la amargura. El amor hacia Dios eliminará la mundanalidad y la rebelión. Por otra parte, si no amamos tanto a Dios como al hombre, nada nos justificará en los ojos de Dios. Las doctrinas correctas y las obras buenas no pueden tomar el lugar del amor. Lo más que nos acerquemos a Dios, más amor tendremos. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). A causa de su importancia, estudiaremos el amor nuevamente en el Capítulo III y daremos referencias bíblicas extensivas.

Gozo.

Tal como con los otros aspectos del fruto Espiritual, recibimos el gozo del Espíritu Santo (Romanos 14:17). Nuestra experiencia con Dios es “gozo inefable y llena de gloria” (I Pedro 1:8). Podemos tener el gozo de Dios no obstante lo que nos pueda suceder. Este tipo de gozo no es el gozo que el mundo da; porque no depende de las circunstancias. Sin considerar las condiciones externas, podemos regocijarnos siempre en nuestra salvación y en el Dios de nuestra salvación (Lucas 10:20, Habacuc 3:17-18). El gozo es una arma que podemos usar y es una fuente de fuerza en tiempos de prueba. “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Nehemías 8:10). Cuando el desánimo viene, podemos disponernos del gozo del Espíritu y recibir fortaleza. La manera de vencer es “tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2). Podemos alabar a Dios hasta que ganemos la victoria. ¿Cómo podemos obtener el gozo en el tiempo de necesidad? Como acabamos de ver, siempre podemos conseguir gozo de nuestra salvación. “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. Y diréis en aquel día: Cantad a Jehová, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras, recordad que su nombre es engrandecido” (Isaías 12:3-4). Los Salmos nos hablan de dos otras fuentes de gozo. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Salmo 126:5). Si plantamos la buena semilla con lagrimas y oraciones, cosecharemos buenos resultados con gozo. También, el Salmista dice, “En tu presencia hay plenitud de gozo” (Salmo 16:11). Si nos acercamos a Dios y entramos en Su presencia, tendremos gozo perfecto. Podemos entrar en Su presencia con cantos, con acción de gracias, y con alabanzas (Salmo 100).

Paz.

Podemos también gozarnos de la paz en el Espíritu Santo-la paz que sobrepasa todo entendimiento y la paz acerca de la cual el mundo no sabe nada (Romanos 14:17, Filipenses 4:7). No importa lo que nos pueda suceder, podemos tener la paz dentro de nosotros. Jesús dijo, “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). No solo podemos tener la tranquilidad mental, sino también podemos tener paz con otros. De hecho, Dios espera esto de nosotros. “Seguid la paz con todos” (Hebreos 12:14, véase también Romanos 12:18). Jesús dijo, “Benaventurados los pacificadores”-los que hacen las paces donde no hay paz, los que traen la paz a una persona inquieta o a una situación inquieta (Mateo 5:9). ¿Cómo podemos obtener y mantener la paz en nuestras vidas? Tendremos la paz perfecta si enfocamos nuestras mentes en Dios y si confiamos en Él. “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3). También, debemos aprender a regocijarnos en el Señor, a ser templados, a no afanarnos, y a hacer conocer nuestras peti-ciones conocidas a Dios mediante la oración y la súplica con acción de gracias. Si hacemos esto, entonces tendremos la paz de Dios (Filipenses 4:4-7).

Paciencia.

La paciencia es muy importante en nuestra experiencia cristiana. Jesús dijo, “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (Lucas 21:19). Producimos fruto con la paciencia (Lucas 8:15), corremos nuestra carrera con paciencia (Hebreos 12:1), y obtenemos las promesas por la fe y la paciencia (Hebreos 6:12). “Porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36). Ser sufridos implica tener paciencia o indulgencia en nuestras relaciones con otros. Pablo nos implora a caminar como es digno de nuestro llamamiento, “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:2- 3). La paciencia viene con la mansedumbre, el amor, un deseo para la unidad, y un deseo para la paz. La paciencia viene por medio de la prueba de nuestra fe y por la tribulación (Romanos 5:3, Santiago 1:3). Si dejamos que la paciencia haga su obra perfecta, tendremos la experiencia, la esperanza, y todo lo demás que necesitamos (Romanos 5:4, Santiago 1:4).

Benignidad.

La benignidad no es lo mismo que la debilidad. Ser benigno significa ser cortés, de buenos modales, bondadoso, paciente, sereno, y no duro, violento, o áspero. Jesús era cortés en su trato con la gente, pero a la vez era firme y decisivo cuando era necesario. El Señor quiere que seamos benignos hacia todos los hombres (II Timoteo 2:24). Su benignidad nos engrandecerá (Salmo 18:35).

Bondad.

Esta palabra incluye la justicia, la moralidad, la virtud, y la excelencia. Debemos recordar que “Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” (Marcos 10:18). Cualquier cosa buena que tenemos proviene de Él (Santiago 1:17). Nuestras justicias propias son como trapo de inmundicia en Sus ojos (Isaías 64:6), y solo la justicia de Cristo nos salva. Cuando tenemos fe en Él, Dios nos imputa la justicia de Jesús a nosotros (Romanos 4:5-6). Seremos salvos solamente si perseveramos en la bondad de Dios (Romanos 11:22). Fe.

Ya hemos hablado acerca de la fe y como está relacionada con la salvación. (Véase también el Capítulo XIII para una definición de “creyente.”) No solamente tenemos necesidad de la fe para ser salvos, sino que necesitamos la fe para seguir en nuestra vida cristiana. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La fe hace que nos demos cuenta que todas las cosas les ayudan a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28). La fe nos asegura que Dios nunca permitirá que seamos tentados más de lo que podamos resistir y que Él siempre proveerá una salida (I Corintios 10:13). La fe producirá oraciones contestadas, necesidades abastecidas, y promesas cumplidas. “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22, véase también Marcos 11:22-24). La fidelidad también significa ser leal, fiel, y constante. ¿Cómo conseguimos la fe? En primer lugar, tenemos que darnos cuenta que Dios ha dado una medida de fe a cada uno de nosotros (Romanos 12:3). Todos tenemos un poco de fe. Ciertamente tenemos tanta fe como un grano de mostaza, y si ejercitamos aquella cantidad de fe, nada nos será imposible (Mateo 17:20). La Biblia dice, “Así que la fe es por el oir, y el oir, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Reforzamos la fe principalmente por medio de oir la predicación de la palabra de Dios y por leer las promesas en la Palabra de Dios. También podemos aumentar nuestra fe por oir los testimonios de otros y por recordar nuestras propias experiencias pasadas con Dios. La fe también puede venir en un momento crítico como una dádiva sobrenatural del Espíritu (I Corintios 12:9).

Mansedumbre.

Ser manso significa ser paciente, apacible, y no dispuesto a la ira o al resentimiento. Otra vez, esto no significa la debilidad o la falta de la valentía. La mansedumbre incluye la humildad-una realización de que somos nada sin Dios y que tenemos que tener Su ayuda. La mansedumbre es una cualidad importante que los líderes deben tener. Moisés era el hombre más manso de su día (Números 12:3), y Jesús se describió a Sí mismo como manso y humilde (Mateo 11:29). Jesús dijo que los mansos heredarían la tierra (Mateo 5:5). El Señor quiere que exhibamos la mansedumbre a todos los hombres (Tito 3:2). Aquí hay algunas cosas que la Biblia dice que se deben hacer con mansedumbre: predicar la Palabra (II Corintios 10:1), recibir la Palabra (Santiago 1:21), ayudar y restaurar a un hermano errante (Gálatas 6:1), mostrar la sabiduria (Santiago 3:13), y adornar nuestras vidas (I Pedro 3:4). La mansedumbre es una actitud que debemos conscientemente esforzarnos en desarrollar en nosotros mismos. Se requiere un esfuerzo de nuestra parte. “Someteos, pues, a Dios . . . Humillaos delante del Señor” (Santiago 4:7, 10).

Templanza.

Esto abarca el dominio propio y la moderación. Cualquier placer puede llegar a ser dañino si es llevado a un exceso, y cualquier cosa buena puede ser arruinada si se lleva a un extremo. En I Corintios 9:24-27 Pablo ilustra el concepto de la templanza por medio del ejemplo de un corredor en una carrera. Para poder ganar su carrera, un corredor debe ser “templado en todas las cosas.” Debe tener disciplina y dominio propio. Debe tener un programa de entrenamiento bien equilibrado y debe ser moderado en sus actividades. Asimismo, Pablo practicaba la disciplina y el control. Él dijo que sabía lo que era su meta y que él mantenía su cuerpo en servidumbre. La templanza es un atributo que debemos exhibir en todo momento. “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres” (Filipenses 4:5). Para más sobre la templanza, véase el Capítulo VIII.

La sabiduría en la administración pastoral.

Antes de concluir este capítulo, queremos hablar acerca del papel del ministerio en la enseñanza acerca de la vida cristiana. Como ministros, necesitamos la sabiduría en esta área cuando enseñamos y predicamos. Erramos si igualamos el cristianismo con un sistema de reglas. Como cristianos hacemos cosas porque queremos agradar a Dios y no porque alguien nos obliga a hacerlas. La santidad es positiva. Significa tener cualidades como Cristo, producir el fruto del Espíritu, usar el poder del Espíritu, y ser libre de la esclavitud del pecado. Hablando personalmente, tenemos convicciones fuertes relacionadas con la santidad como usted verá mientras lee este libro, y no abogamos por un compromiso de ellos. Los que no enseñan la santidad y los que son muy dispuestos a cambiar sus creencias bajo la presión que viene del mundo han hecho mucho daño. Sin embargo, también mucho daño ha sido hecho por la enseñanza, que solamente tiene la apariencia de la santidad, hecha por los que enfatizan la parte negativa y por los que carecen de la sabiduría en tratar con visitantes y nuevos conversos. Como una regla general, creemos que los predicadores deben limitarse a los temas básicos de la santidad en sus mensajes y deben enfatizar la naturaleza positiva del evangelio. La santidad no se debe predicar con condenación vehemente, sino se debe enseñar con amor, paciencia, y comprensión. Podemos usar el mismo enfoque a la santidad como hace el Nuevo Testamento. Por ejemplo, podemos exhortar a la gente a seguir la modestia y la templanza, y a evitar pecados tales como la mentira y la fornicación. Las áreas de problemas específicos pueden ser dejadas para los consejos y la exhortación pastoral. En cuanto a los visitantes, debemos darles la bienvenida y debemos amarles tales como son. No debemos juzgarles o condenarles. Dejemos que Dios les dé la convicción. Después de todo, se requiere que el Espíritu Santo traiga a los hombres al arrepentimiento y les dé a los hombres el poder de cambiar su manera de vivir. Un creyente no debe decir a los visitantes lo que deben hacer. Si ellos tienen preguntas, denles respuestas bíblicas. Use la sabiduría y refiéraselos al pastor en situaciones delicadas. Si están en el proceso de arrepentirse, quizás el pastor tendrá que aconsejarles acerca de los pecados en sus vidas. Sin embargo, tenga presente que ellos pueden recibir el Espíritu Santo instantaneamente, si manifestan el arrepentimiento, la fe, una disposición de cambiar su vida, y un deseo de hacer la voluntad de Dios, lo que eso pueda significar. Si ellos manifiestan estas actitudes, pueden ser llenos aunque no tengan una comprensión de ciertas doctrinas y de ciertos puntos. Después de recibir el Espíritu Santo, les será mucho más fácil solucionar sus problemas, aprender acerca de Dios, y limpiar sus vidas. Cuando trabajamos con los nuevos conversos, es importante tener paciencia y tolerancia. Ellos necesitan mucho aliento, enseñanza positiva, y comprensión. Deben ser enseñados cómo pueden ser sensibles al Espíritu y cómo deben usar el Espíritu para ayudarles a vencer en sus pruebas y tentaciones. Hemos visto a muchas personas que recibieron una experiencia genuina de Dios pero que fueron alejadas de la iglesia por la severidad, la intolerancia, la admonición demasiada celosa, y la falta de sabiduría (de parte de un ministro o un creyente). Se ahogaron con la carne espiritual que tuvieron que comer cuando realmente necesitaron la leche y el tiempo para crecer. Dele a Dios tiempo de obrar por medio de Su Espíritu, la predicación de la Palabra, y el ejemplo de la congregación. Pastores, si sienten que es absolutamente necesario tratar con una situación específica, deben usar sugerencias individuales en vez de órdenes. Si es posible, explíquen por qué algo les será beneficioso, pero no usen las amenazas. Tampoco deben obligarles a hacer algo. Nunca debemos subestimar el poder de Dios para cambiar las vidas. Una buena manera de enseñar a los nuevos conversos es de tener clases especiales para ellos en que se les explica porque hacemos ciertas cosas y en que se contestan cortesmente todas las preguntas, usando la Biblia y no la tradición como su guía. Cuando ellos quieren ser miembros votantes, maestros, ujieres, o miembros del coro, aquel momento es una buena ocasión de pedir que ellos reunan ciertos requisitos. Generalmente, se puede tratar con los creyentes establecidos por medio de conversaciones individuales. Un tiempo bueno para fijar ciertas normas de la iglesia es en una reunión del coro, en una reunión del personal de la Escuela Dominical, o en una reunión que está limitada no más a los miembros de la iglesia. Si se debe tomar una acción correctiva, hágala tranquila e individualmente. En esta manera, usted puede mantener normas altas para su iglesia y a la vez no alejará a los visitantes y no destruirá a los nuevos conversos.

La santidad como un modo de vida.

En el análisis final, nosotros como los autores no podemos decirle a usted como un lector lo que debe hacer; solamente podemos dar unas sugerencias y compartir los resultados de nuestra oración, estudio, y experiencia. La vida cristiana es una relación personal e intima con Dios. Es una búsqueda constante de la santidad y un intento constante de acercarnos más a Dios y de llegar a ser más como Él. Si dejamos que Su Espíritu nos guíe y si cultivamos el fruto del Espíritu, entonces la santidad vendrá natural y fácilmente. Será un gozo y no una carga. Será un modo normal de vida.