La muerte psicológica
Todos tenemos miedo y, en
el fondo, todos los miedos son un único miedo: el miedo de la muerte. No
tenemos paz ni cordura. Intentamos anular el único acontecimiento
absolutamente cierto esforzándonos por no hablar de él. Nuestra civilización
destierra la muerte de nuestros pensamientos diarios polarizados
sistemáticamente hacia el bienestar temporal. La mayor parte de las empresas
de pompas fúnebres, cuyo único negocio es la muerte, han acicalado
meticulosamente su vocabulario, de modo que la palabra muerte y todos los términos que a
ella se refieren son totalmente evitados. Pero damos pena igualmente cuando
hablamos de ella con engolamiento de vocablos elevados: la muerte nos enturbia
los ojos y serpea viscosa en los tuétanos de nuestro ser...
Se ha dicho que sólo el
cuerpo muere, no el hombre. Pero sabemos perfectamente que es verdad
precisamente lo contrario: muere el hombre entero, en cuerpo y alma, y ninguna
ditirámbica inmortalidad del espíritu tal como la cantó el decrépito
iluminismo, será capaz de consolarnos. Porque la idea platónica, cartesiana y,
finalmente, idealista de un alma que se sirve del cuerpo como de un
instrumento y que, en cuanto pensante y al margen del cuerpo constituiría el
hombre real, no es defendible en absoluto, sea desde el punto de vista de la
tradición cristiana, que desde las perspectivas antropológicas escolásticas y
contemporáneas. La inmortalidad del alma de cuño idealista se basa en una
sobrevaloración fanática del espíritu humano, que, por sus propias fuerzas,
continuaría existiendo cuando, por medio de la muerte, se elevará de una vida
imperfecta y sensual a una vida perfecta y espiritual (Kant
De todos los males humanos, el peor es la muerte. Ella constituye el dolor
más extremo de todos los que el hombre puede padecer, porque nos despoja del
más amado de todos los bienes: la vida. La muerte es algo natural, pues todo
lo que nace está destinado obviamente a morir, la muerte continúa siendo para
todos, si somos sinceros, no sólo algo espantoso, sino algo incomprensible...
Pero todos, sin excepción, nos esforzamos por vivir como si la propia muerte
fuera real tan sólo en teoría, en abstracto, no algo concretísimo y
personalísimo que poco a poco se nos avecina.