La muerte para el mexicano
La muerte es un espejo que demuestra las vanas
gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones,
arrepentimientos y tentativas que es cada vida, encuentra en la muerte, ya que
no sentido o explicación, fin. Frente ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza.
Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte
violenta, solemos decir: “se lo busco”. Y es cierto cada cual tiene la muerte
que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de perro son
maneras de morir que reflejan las formas de vivir. Si la muerte nos traiciona
y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La
muerte es
intransferible, como la vida. So no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra
vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que
nos mata. Dime como muere y te diré quien eres.
Para los antiguos
mexicanos la opción entre muerte y vida no era tan absoluta para nosotros. La
vida se prolonga en la muerte, y a la inversa. La muerte no era el fin
natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y
resurrección eran estadios de un
proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenia función mas alta
que desembocar en la muerte, su contrario y complemento, a su vez no era un
fin en si; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre
insatisfecha. El sacrificio poseía un doble objeto: por parte el hombre
accedía al proceso creador(pagando a los dioses simultáneamente, la deuda
contraria por la especie);por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social,
que se nutria de la primera.
Posiblemente el rasgo más
característico de esta concepción es el sentido impersonal del sacrificio. Del
mismo modo que una vida no les pertenecía, su muerte carecía de todo propósito
personal. Los muertos desaparecían al cabo de algún tiempo, volviendo.