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Manuel Mejia Vallejo: el hombre y su obra.

Jorgelina Corbatta

Wayne State University

I. Manuel Mejía Vallejo, el hombre.

Bueno, Jorgelina, aquí te llegan estas coplas de un trovador frustrado. Ojalá te gusten.

Cordialmente, Manuel Mejía Vallejo.

Ziruma, Julio 11, l987.

Me siento a escribir estas páginas sobre Manuel Mejía Vallejo, tras su muerte reciente, y al abrir uno de sus libros al azar --titulado prácticas para el olvido-- saltan desde la portada los trazos gruesos de la dedicatoria que me hiciera cuando lo entrevisté en Ziruma en l987 . Hojeo las coplas todavía sumida en la remembranza de aquel encuentro en el frío de la montaña afuera y la calidez de la casa llena de recuerdos, libros, fotos, pinturas, música. Y en los trazos impresos de sus coplas recupero su voz, gruesa por el tabaco y el aguardiente; sus ojos mansos; sus bellas manos; sus maneras a un tiempo elegantes y campesinas. Las imágenes saliendo quién sabe de dónde se arremolinan: el Manuel parrandero infatigable, el padre tierno y el entrañable amigo de sus amigos, el querido maestro al frente del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y, de pronto, la memoria caprichosa selecciona una imagen y se queda fija. Ahí está el paisa Manuel abrazando al canadiense Kurt Levy, ambos agradecidos de la mutua amistad. Vuelvo a la introducción de las coplas, escrita en noviembre de l977, en donde Manuel acompaña una foto suya con una autobiografía que transcribo.

Este soy yo, el que se va. Mirada larga para las cosas, angustia lenta en las soledades. El vecino de la muerte, ahí, como quien respira, sobre los hombros un abrigador de lana india, en la mano un cigarrillo y un sombrero de paja. Y el amor, prolongación de todos los tiempos sin conjugación posible./.../

Este soy yo, mil novecientos setenta y siete, un hombre en vísperas de largarse, otra canción ligeramente derrotada, polvo y ceniza que no piden perdón porque siguen viviendo. Este soy yo, más convicciones que opiniones. Caído-salvado-del lado izquierdo, con tantas preguntas y tan pequeñas respuestas. Aterrado a veces, enamorado, venido a menos: un hombre más que ha hecho algunas cosas y ha dejado de hacer la mayoría de esas cosas. Novela, cuento, dibujo, periodismo, vida, andando caminos ajenos, andando propios caminos. También escribe versos. Y entre ellos, coplas de amor llevar. /.../

Este soy yo, el que vivió cerca del revolucionario honesto, para quien la vida se abre como la esperanza; de los flotantes, para quienes esa misma vida carece de interés porque desde antes sabían el final del cuento; de los desolados para quienes el tiempo es a modo de viento de la eternidad. El parlanchín de noche de parranda, el hacedor de silencios, el que fabrica su muerte hilo a hilo. El que oye tangos y cumbias y rancheras y bambucos de amor desamparado. El que se va.

 

 

 

 

Manuel Mejía Vallejo nace el 23 de abril de l932 en Jericó, un pueblo del suroeste de Antioquia. En una entrevista con Augusto Escobar Mesa evoca una infancia feliz, en medio de un paisaje bellísimo. Sus primeros recuerdos son eminentamente sensoriales: "El primer recuerdo de mi vida es un recuerdo auditivo: el sonido de la navaja de afeitar sobre el rostro áspero de la cerrada barba de mi padre. Y otro recuerdo, que lo tengo siempre presente en el olfato es el olor de los caballos sudados que había en nuestra casa de campo" (31). Respecto de sus padres: "Mi padre era un hombre fuerte, poderoso y nosotros lo veíamos así; pensábamos cuando estábamos chiquitos que si mi padre tuviera una pelea con el diablo, mi padre le ganaría al diablo" (28). Evoca a su madre como a una mujer inteligente, culta y con "un escudo contra las acechanzas del demonio y el castigo de Dios, una oraciones bellísimas que ella rezaba." Más adelante la califica de mujer fuerte, llena de bondad, poseedora de "un concepto muy especial de las cosas, de la vida, del mundo que la rodeaba, no parroquiano, siendo muy de allá, muy de su gente" (30). En otra ocasión recuerda a su familia como "llena de contradicciones, con las virtudes más acendradas y la locura también más exhorbitada" (29). De Jericó pasan luego a Jardín, otro pueblo del suroeste antioqueño, en donde Manuel hace sus estudios primarios y los secundarios en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Luego hará cursos de periodismo en Venezuela y en Guatemala. Aquel pueblo de la infancia estará presente en toda su obra y constituirá una experiencia determinante en su vida. En la entrevista conmigo acota: "...yo nací en un pueblo y me crié en la finca y en el pueblo hasta los trece o catorce años. Por eso mi literatura está untada de campo, de montaña y--también--de ciudad." Y junto con la pervivencia del pueblo se dará una visión del mundo de carácter mágico-real o lo que Carpentier llamara "lo real maravilloso" porque, explica Manuel, "esa gente venida del campo a la ciudad seguía hablando de espantos, de brujas, de las casas abandonadas." Y también la tradición porque reconoce que, en su propio caso, "la migración hizo que en mí resaltara--por contraste--lo que yo traía de mi pueblo porque uno a veces ve mejor lo propio desde afuera: los refranes, las canciones, el modo de ser de la gente, las costumbres." La ciudad, por su parte, se vincula con sus experiencias de bohemia y de iniciación en la vida adulta. Guayaquil, el barrio malevo por donde deambulan los protagonistas de Aire de tango, es donde el mismo Manuel se amanece con sus amigos y con las prostitutas que constituyen una figura recurrente en su obra. Ciudad, bohemia, tango, desadaptación y soledad parecen ser entonces términos equivalentes, al menos en esa época juvenil. En mi entrevista pinta al Guayaquil de entonces, su gente, la nostalgia y la soledad evocadas en las letras de tango y con las que los migrantes se identifican.

[En] Guayaquil había gente desadaptada, gente que había dejado su pequeña patria, su pequeña tierra--Jardín, Urrao, Bolívar, Andes, Jericó, Salgar--todos los pueblos de Antioquia y se venían acá. Estaba el campesino, estaba la muchacha que dio el mal paso y se vino como obrerita o como mesera o como prostituta...entonces el tango aparece como la canción de la soledad, el tango les decía su propia soledad--más que el pasillo o el bambuco, que era lo se escuchaba en las serenatas-. El tango era soledad y ciudad. Y al escucharlo se identificaban con lo que les decía el tango: la amada ausente, la madre lejana, la familia, el barrio. Porque al llegar aquí se los tragaba la ciudad y el tango les daba una forma de expresión a esas experiencias nuevas, desconocidas. Porque el tango fue hecho también por expatriados, fue inventado por los inmigrantes más que todo--españoles e italianos que llegaban a Buenos Aires--y nació en los prostíbulos.

 

 

 

 

 

 

 

A las prostitutas, por su parte, Manuel las evoca con cariño y respeto: "eran amabilísimas, queridísimas y con nosotros fueron siempre muy atentas; yo les rindo un homenaje en casi todas mis novelas, en Aire de tango, en El mundo sigue andando, en Tarde de verano." Evocación tierna y agradecida que se contrapone a menudo con la presencia rígida e incomprensiva de la novia, regida por convenciones de pureza católica y egoísmo. Entre los amigos que lo acompañaban en sus noches de bohemia, tragos y mujeres recuerda a Oscar Hernández, poeta, narrador y autor de tangos; a Carlos Castro Saavedra ("autor de una novela titulada Adán Cenizas, un poco surrealista y escrita en prosa poética"), a Balmore Alvarez "un cantante muy bueno que nunca se dejó grabar" y a quien mataron. Tambien a Tartarín Moreira, León Safir, Luis Gutiérrez ("estos era de una generación anterior a la nuestra pero que nos acogieron muy bien a Carlos Castro Saavedra y a mí"). Grupo, a su juicio, trágico: "Por ahí en una charla yo hablaba de eso, de que fue una generación un poco trágica la nuestra..." y --en tanto creadores--bohemios. Le dice a Augusto Escobar: "Todo escritor era un bohemio, un perdido, la oveja descarriada de la familia.. . Cuando publiqué La tierra éramos nosotros ... el padre Restrepo quemó tres libros sobre las piedras en Jardín, en auto de fe. Yo era un corruptor de las costumbres de un pueblo sano" (26). Sacrilegio, juegos juveniles, imposturas e imitación del compadrito porteño que sufren un vuelco cuando llega el 9 de abril de l948 y tiene lugar el "Bogotazo": "entonces nos dimos cuenta--dice--de que Colombia se estaba derrumbando, de que era un país que era un volcán y que tenía que estallar en alguna forma". Considera que en ese momento el arte empieza a cambiar--pasa del romanticismo a la protesta y al testimonio tanto en la plástica (Gómez Jaramillo y Alipio Jaramilo--pintores, el escultor José Horacio Betancour y el caricaturista Ricardo Rendón) como en la narrativa, en el ensayo y en la poesía (cita a Osorio Lizarazo, César Uribe Piedrahita, Luis Tejada). Momento en que "se buscaba investigar una realidad, estudiar a los personajes en rebelión con un costumbrismo que no pasaba de la fachada exterior". Y respecto del grupo de bohemia de Guayaquil, considera que sus integrantes tenían preocupaciones de justicia social a la vez que una actitud completamente anárquica respecto de la religión católica: "estábamos en contra de esa dictadura que ejercía la religión sobre las costumbres y sobre la política; porque aquí la curia y el obispado eran prácticamente los que elegían presidente y candidatos y lo quedijera el cura en el púlpito, en la ciudad y en los pueblos, eso se asumía como verdadero."

En ese contexto social, y dentro de la bohemia, la música tiene gran importancia. En la entrevista conmigo afirma categórico: "Yo vivo escuchando música, especialmente tango. Tengo la radio prendida todo el día y eso me evoca otros tiempos y otros personajes... En mi caso la música popular obra a la manera de la madeleine de Proust en En busca del tiempo perdido." Por un lado la música popular colombiana: "Soy el folclórico, el rural, porque/ creo en el habla del pueblo,/ adoro el pasillo, la cumbia,/ el mapalé, el bambuco;/ me gusta la narrativa popular..." (líneas de Manuel Mejía Vallejo citado en la convocatoria del "Homenaje al Hombre. Concurso Nacional de Ensayo Manuel Mejía Vallejo",. Por otro, el tango--omnipresente en la novela titulada Aire de tango en donde Mejía Vallejo transpone la visión del mundo de toda una época: la bohemia de Medellín de los años 40--; un espacio, la zona del barrio llamado Guayaquil y un proceso de transculturación, el del tango rioplatense en el área paisa con sus préstamos, compromisos linguístico y socio-culturales, su pintura de costumbres.

 

 

 

 

 

 

En Aire de tango , dentro de los préstamos que se actualizan en ese proceso de transculturación ya mencionado (Angel Rama lo acuñó para definir la intertextualidad/ interculturalidad de la América latina) ocupa el primer lugar la figura de Carlos Gardel. Mito, leyenda y realidad; ficción y crónica periodística; letras de canciones, imágenes de sus películas así como la interpretación personal y colectiva están presente en ese doble Gardel-Jairo que Mejía Vallejo acuña en su novela. En el citado reportaje Mejía Vallejo se detiene a considerar la homosexualidad de Jairo.

"[Jairo] es un personaje no representativo, es un poco insular. Aquí antes el homosexual se escondía, no ostentaba eso; el que rompió con esa característica fue Barba Jacob que cantó al homosexualismo pero fue la desverguenza (entre comillas) que él confesara públicamente sus extravíos. Carrasquilla, por ejemplo, nunca mencionó el hecho de ser homosexual porque era gente muy discreta, muy señor y no un corruptor de menores...[La homosexualidad] era un cosa de consumo personal que es muy distinto al cinismo de ahora en que les gusta el exhibicionismo. En el caso de Jairo yo conocí un personaje que se le parecía; tenía ciertas características de Jairo: su delicadeza, su capacidad de ternura, su galantería, su mirada enamorada. A él le gustaba mucho la belleza, la admiraba--fuera en un hombre o en una mujer, era un sentido como griego de lo perfecto, de la armonía de la forma... Era un personaje más o menos culto y cantaba; le gustaba mucho la canción triste que cantaba con una voz muy cálida; tampoco grabó nunca. Físicamente se parecía a Jairo, y también dudaba de su origen. Pero era un guapo de verdad. No era ostentoso, al contrario le gustaba tener muchas amigas pero siempre digo que le gustaban más las chupaditas de pecho que no fueran muy mujeres o sentía una gran ternura por las señoras viejas porque, de algún modo, él les rendía homenaje a su madre, a sus tías.

Otro rasgo importante del antioqueño que Manuel reconoce es la adicción a la bebida y que, en cierta forma, está representado en el otro personaje, Ernesto quien, al salir de la cárcel después de veinte años de reclusión por matar a Jairo, cuenta la historia a quien lo quiera escuchar porque, "para no morir del todo tiene que revivir el pasado y por eso va contando la historia a lo largo de la noche. El tiene que hablar para entenderse, para situarse, para estar vivo." Y en el curso de la entrevista mencionada es Manuel quien trata de hacerme entender la categoría del ‘coliador’: "Yo te explico un fenómeno que es muy antioqueño: aquí hay un tipo que llaman el "goterero’ o el ‘coliador’--es el que no tiene con qué beber pero tiene qué contar...Y Ernesto Arango es un goterero, un coliador y él se jacta de eso, de que se bebió hasta los más difíciles...Además el antioqueño es muy conversador, también exagerado y mentiroso".

Manuel fue también un maestro infatigable, profesor de Literatura en el Liceo de la Universidad de Antioquia en l948-9 y en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín desde l967 a l981; profesor de Historia del Arte en el Instituto de Artes de Medellín en l965-66 y Director del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín desde l979 hasta su muerte en l998. En una entrevista con Augusto Escobar Mesa dice Manuel: "Me ha gustado siempre la enseñanza, más que todo por el contacto con la gente joven. Es una manera de no envejecer. Siempre me ha gustado hablar con los muchachos y desde hace muchos años, con los niños, porque es más lo que yo aprendo que lo que aprenden ellos" (15). Y cuando se jubila de su cargo de profesor en la Universidad Nacional, lee un discurso paródico y humorístico (citado por Augusto Escobar) del que extraigo lo siguiente:

Como estoy en una desesperada búsqueda de desempleo equivalente a mi jubilación y convencido de que ni la Universidad ni yo servimos, me permito presentarle mi renuncia en mi calidad de profesor, cargo que durante catorce años he desempeñado sin vigilias ni desvelos, aunque no haya seguido ciertas normas oficiales ligeramente absurdas a mi modo de no ver las cosas. El contacto con tres mil alumnos debió ser benéfico para ellos y para mí, sin embargo, espero retirarme a ejercer las labores propias de mis oficios y a pensar en qué forma provechosa pude haber dedicado tantos años de universidad (16).

También su labor como periodista es extensa y fructífera: redactor en el Diario de Occidente de Maracaibo (Venezuela) entre l949 y l952; periodista y corresponsal viajero en Centroamérica entre l952 y l956; Director de la Imprenta Departamental de Antioquia entre l957 y l962 y de La Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia en l963. Como escritor participó en Congresos y Jurados literarios en Rusia (l975), en Cuba como jurado de Casa de las Américas en l978, como invitado especial del "Primer Encuentro de Escritores Latinoamericanos en la Sorbona, Paris, l980. Presencia constante en los congresos de la Asociación de Colombianistas de la que fuera socio-fundador y en una de cuyas reuniones tuvo lugar el emocionado abrazo con Kurt Levy que evocaba al principio del trabajo. Y, como decía antes Manuel fue ante todo un hombre sereno y sabio, entrañable amigo de sus amigos, hombre de familia en el espacio creado por Dora Luz--su mujer--y sus hijos Mateo, María José y Adelaida, maestro siempre y digno a la vez que humilde en su rica, honda humanidad.

II. La obra.

Este es un pueblo en donde la violencia es un estado permanente, la muerte, un sentimiento muy cercano; un pueblo acechado por los terremotos, el paludismo, la mordedura de la serpiente; un pueblo rodeado de peligro, donde la naturaleza toma el aspecto de deidad, como en una tragedia esquiliana. Todo aquí es terrible: las tempestades y el terremoto, el amor y la soledad, la mujer y el hombre. Un cazador o campesino que se hiere en el campo tiene que andar tres días para encontrar un médico. La selva atrae como el abismo. Hay gentes que se van por unos días y no vuelven jamás. (Entrevista con Augusto Escobar: 27).

En varias ocasiones me he referido a Aire de tango, la novela que transcurre en Medellín y en la que Manuel Mejía Vallejo recrea el grupo de ‘gente de la noche’ o ‘los saraviaos’ girando en torno a Jairo-Gardel y deambulando en medio de la bohemia del barrio Guayaquil. Otro aspecto de la vasta producción de Manuel Mejía Vallejo es aquel que tiene que ver con la Violencia en Colombia. La novela El día señalado (Premio Eugenio Nadal l963) trata de la violencia y se estructura sobre la base de cuatro de sus cuentos: "Aquí yace alguien" (l959), "Las manos en el rostro" (l959), "Miedo" (l956) y "La venganza" (l960). La acción transcurre en un pueblo llamado Tambo en donde se entrecruza una doble violencia--la de los soldados y guerrilleros por un lado; la de la gallera, y las riñas de gallos, por el otro--enfrentada a la presencia de un sacerdote recién llegado quien no tarda en palpar la atmósfera de miedo en el pueblo. Al igual que en otros sitios "...[a]l comienzo aquel miedo despertó cierta desesperada vitalidad que se manifestó en la lucha; después el sentimiento de la derrota convirtió el terror en indiferencia hasta llegar al cinismo. Y la violencia que de ahí siguió no fue otra cosa que la extrema manifestación del miedo, de parte y parte" (20-1). Al igual que en otra gran novela latinoamericana, Pedro Páramo de Juan Rulfo, se aúnan la violencia del entorno socio-político y la violencia interior en ese hijo abandonado que busca al padre para matarlo. Todo ello en una atmósfera de tragedia clásica que equilibra las pasiones irracionales y la fatalidad, individual y social. En cuanto a esta última, la novela narra el conflicto recurrente entre la estructura de poder--vinculada con el gobierno y el ejército--y la guerrilla campesina. En el medio, como elemento humanizador, la figura del sacerdote en contacto con la naturaleza y sus verdades eternas.

El sacerdote ojeó el volcán, los altos páramos, los repechos de la cordillera lejana. De allá venía un brisa con olor de musgo, y pensó que venía de su infancia, de un tiempo antiguo que aureolaba la figura de su padre. Porque él era más su propio padre que él mismo, dejaba llenarse de aquella figura compactada por los años en muro sobre el que recostaba sus vacilaciones. Aquella seguridad que daba el saberse copartícipe de algunas verdades que no mueren con el hombre, de sentirse respaldado por la eternidad en cada gesto suyo. (142)

En l989 Mejía Vallejo gana el premio Rómulo Gallegos con su novela La casa de las dos palmas, su novela favorita y que dedica al escritor colombiano Alvaro Mutis en la frase entrañable del epígrafe: "Que nos acoja la muerte/ con todos los sueños intactos". Se la ha encuadrado dentro de la literatura regionalista situada en un pueblo imaginario que recrea al Jardín de su infancia y al que llama Balandú. Lo mismo que el Macondo de García Márquez, la Santa María de Onetti o el Comala de Rulfo, Balandú forja desde la literatura una comarca imaginaria compuesta por los rasgos distintivos del pueblito antioqueño de ese momento. Es esa patria pequeña, como se lee en la novela: "El hombre no puede carecer de una patria pequeña porque carecerá de antecedentes, de la amistad verdadera. Carecerá de lenguaje" (La casa de las dos palmas, 39). Allí se cuenta la saga de los Herreros, "en sus actos mejores, en sus descensos". En una entrevista que le hiciera en Radio Bolivariana de Medellín Mejía Vallejo filia los personajes de la novela: ""Efrén Herreros es en parte mi abuelo don Manuel María Vallejo, se llamaba lo mismo que yo. Mis abuelos eran primos hermanos y mis padres eran primos segundos." En medio del ámbito pueblerino de chismes y anónima crueldad dictada por los prejuicios se destaca la figura de Zoraida, una mujer de moral no convencional, y la del ebanista cuya creatividad sencilla lo enriquece y la brinda paz espiritual. A lo largo de la novela el personaje de Zoraida se va invistiendo de nueva fuerza narrativa a la vez que moral en la medida en que entabla una lucha con la ceguera progresiva en la que el cultivo de los otros sentidos, y el canto, tienen una dimensión importante.

Y escuchaba la vida en el golpe del martillo, en el trajín de serruchos y garlopas, en el choque de maderas contra maderas. El agua en la poceta, los cantos mitigados del monte, el viento en el roble o en el madroño, el roce de la escoba en las piedras, el suavizar de la trepadora en los pilares interiores, el hervor del agua. Voces, música, susurros; olfato, gusto, oído, tacto, sobrepasaban los cinco sentidos. Y el sueño, último de los sentidos (49).

La música, omnipresente en la vida y en la obra del autor, trae sosiego al personaje femenino y armonía al entorno: "...oírla era mirar todo en otra forma, la música sería como un fantasma de los instrumentos, un fantasma del mundo en sus voces mejores..." (63). Efrén Herreros, por su parte, encarna al patriarca antioqueño poderoso pero justo, de sentir hondo y parco de palabras, cuyo dominio excede la política y el dinero para concentrarse en el dominio de sí mismo en la soledad de la Casa de las Dos Palmas en cuyo portón la presencia de un letrero expresaba al dueño de casa: "En esta casa nadie será forastero. Caminante, siempre habrá un sillón, una cama, un vaso para tu fatiga" (31).

 

 

 

 

Efrén Herreros no tenía voluntad de dominio. Por ser el más culto buscaban su consejo en Balandú, y presidió el cabildo durante varios años: las mejores obras del pueblo se debieron a su iniciativa: Hospital, Casa Campesina, Teatro, reforestaciones...Representante al Congreso, huyó de la vanidad política hecha a base de compadrazgos, tramoyas y genuflexiones. El regreso a la tierra era su destino; pero una tierra donde pudieran sentirse acompañadas sus fuerzas. Y solas, con otra soledad de las alturas. (25)

En la mejor tradición de un Tomás Carrasquilla, Mejía Vallejo concilia la tradición de Antioquia (canciones, refranes, juegos de palabras) junto con los valores prominentes de su gente: hospitalidad, determinación, gozo de vivir, amor a la naturaleza y al trabajo duro que conquiste la naturaleza circundante y la domestique.

Para terminar esta evocación-estudio quiero referirme a la poesía de Manuel Mejía Vallejo, a la que vuelve al final de su vida como una forma de recuperar la tradición oral de su tierra conjuntamente con su propia experiencia que se enuncia en textos cada vez más breves. Las dedica a Tina, su hermana, "que le está contando el mundo a Pablo Mateo." En ellas se dan diferentes variaciones de dos tópicos fundamentales: el amor y la muerte (Eros y Tanatos que, según Freud, constituyen las fuerzas en conflicto que rigen la existencia del hombre). Se evoca a la amada en relación con las fuerzas naturales "Puse tu nombre en el viento/cuando empezaba a llover./ Agua y viento han de saber/ lo que perdí en un momento." Se la identifica con el sueño "Tanto he soñado contigo/ que tu vida está en mi sueño/ te quedarías sin dueño/ de no despertar conmigo?" y con el olvido "Hasta ahora no he sabido/ el para qué ni por el por cuánto:/ alcancé a olvidarte tanto/ que viví para tu olvido." Amor, sufrimiento y deseo de olvidar se transforman en equivalentes y para sobrellevarlos no cuenta la experiencia sino la ignoracia "Nunca me digan qué hacer/ cuando llegue un amor nuevo:/ en amor, por los que llevo, / lo importante es no saber." El humor armoniza con un sufrimiento que se ve siempre desde la distancia de un presente temperado: "Quería tirarme al tren/ anoche cuando te fuiste, /pero el tren llegó tan triste/ que me tiré en el andén." Y la muerte como destino ineluctable "Partir es sólo el destino/ de quien no puede llegar;/ llegar sólo es regresar/ a donde empieza el camino.

 

Obras consultadas

Escobar M., Augusto. "Manuel Mejía Vallejo: de la Trashumante Bohemia a la escritura de la vida. Entrevista." Manuel Mejía Vallejo en la literatura colombiana. Medellín:
Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia, l981.

Levy, Kurt. "Sobre temática y arte en La casa de las dos palmas. En Literatura Colombia hoy. Imaginacion y barbarie. Karl Kohut ed. Frankfurt, Madrid. Vervuert Verlag, l994 (107-117).

Mejía Vallejo, Manuel. Aire de tango. Bogotá: Plaza y Janés, l979.

El día señalado. Barcelona: Ediciones Destino, l964.

La casa de las dos palmas. Bogota: Planeta, l988.

prácticas para el olvido. Medellín: Fenalco, s/f.

Y el mundo sigue andando. Bogotá: Planeta, l984.

Siguiendo los caminos... Homenaje al hombre. Manuel Mejía Vallejo. 74 años de vida y obra. Medellín: Biblioteca Pública Piloto, l997.

Williams, Raymond Leslie.The Colombian Novel 1844-1987. Austin: University of Texas Press, l991.