Disclaimer: Este es un relato Uber, por tanto los personajes te recordarán a los de la serie (Adivina, adivinanza. ¿Quién es quién?). La historia es mía y solo mía y los personajes también. Las dos protagonistas principales están basadas en Xena y Gabrielle, que no me pertenecen a mí, sino a la MCA Universal, Studios USA y Renaissance Pictures. He cogido prestados sus caracteres un ratito, espero me perdonen. No gano ni un duro con esto, solo me divierto y espero que vosotros también. Su reproducción se permite con previo aviso a la autora, es decir, yo.
Avisos de la autora: Esta historia está permitida para mayores de 13 años, porque en ella se narran sentimientos de amor y odio entre dos jóvenes chicas, así que si no cumples este requisito no se te ocurra seguir adelante y si lo haces, al menos pide permiso a tus padres, picar@!!. No hay vestigios de violencia, al menos no mucha, pero si aparecen palabras mal sonantes, así que cuidadín, cuidadín.
Acepto cualquier crítica, buenas y malas, pero que sean constructivas, los insultos dejadlos a un lado, escribidme a gioconda91@hotmail.com. Esta es una historia basada en un sueño, así que todo lo irreal o inexplicable que aparezca, ignórenlo por favor. Contestaré a todos los mensajes, palabra de chica amazona.


UN NO SÉ QUE

Sexta parte

Autora: Elora Danan

La Iglesia anglicana del Cairo era muy simple. Su estructura era rectangular, con tejados a dos aguas y una torre terminada en aguja. Por dentro, sin embargo, era una obra de arte impresionante. Lo más increíble y valioso, pensó Clau, era aquél retablo de la crucifixión, con Jesucristo en el centro, clavado en la cruz y mirando a los cielos con una expresión aterradora.
Una mano se posó suavemente en el hombro de Claudio. Él miró a la dueña de la mano y sonrió lánguidamente. Se levantó y la acompañó fuera de la iglesia.
- ¿Lara se encuentra mejor?.- Preguntó preocupado.
- Sí, solo quería decirte que saldremos esta tarde.
- ¿Conseguiste el permiso?.- Preguntó el hombre sorprendido.
- Joseph se encargó de eso. Todo está arreglado.- Explicó Alain.
- No es el mejor momento para ir allí.
- Lo sé, pero ya no hay marcha atrás. Estaremos protegidas en todo momento por un comando inglés.- Explicó.
- ¿Dónde os vais a alojar?.
- La primera noche la pasaremos en Bagdad, las restantes en Warka, en un campamento de acogida.- Alain echó a andar hacia la portada de la casa donde se encontraban alojadas.
- Ir a Irak, es una locura... Prométeme que la cuidarás. Ya he perdido a demasiados amigos este año. - Alain carraspeó incomoda.
- No te preocupes por nada.- Claudio agarró a la mujer por el brazo, justo enfrente del portal.
- No puedo evitar preocuparme. Lara es como una hermana para mí.- Alain miró a Claudio tiernamente.
- Te comprendo.
- ¿Qué es lo que comprendes?.- Lara apareció en el umbral de la puerta mirándolos a ambos con curiosidad.
- Alain me ha dicho que ya tenéis el permiso, solo espero que tengáis cuidado.- Dijo Claudio mirando seriamente a la rubia.- Esta vez no estaré allí par ayudaros.
- Estaremos bien.- Sentenció Lara.- ¿Estás lista?.- Preguntó dirigiéndose a Alain.- Salimos dentro de una hora.
- Sí, ya hice las maletas.- Contestó.- Claudio, me alegro de haberte conocido y una vez más gracias por todo.- Dijo Alain dirigiéndose al hombre rubio, Claudio asintió con diligencia.
Luego Lara abrazó a su mejor amigo con fuerza y le miró con firmeza. Claudio agarró su mano y de forma disimulada le puso un objeto sobre la palma.
- Cuídamelo.- Dijo y sonriendo se marchó hacia su habitación.
Lara miró con desconcierto su mano. Parpadeó incrédula al ver lo que sostenía. Era un rosario, de color negro y muy hermoso. Con delicadeza lo acarició, advirtiendo la frialdad del metal y aunque no era creyente se lo colgó alrededor del cuello. Alain sonrió con ternura.
- En momentos así es bueno tener un guía.- Dijo la morena mientras se perdía también dentro de su propia habitación. Lara sonrió perdida en las palabras de la morena.

A Lara le encantaban los trenes, sobre todo si viajaba en primera clase, en aquellos confortables y blandos sillones. Estiró las piernas acomodándose. Alain tomó asiento a su lado. Lara se había sentado junto a la ventana, porque una de las maravillas de ir en un tren era que podías observar las variedades de paisajes. Escuchó hablar a los pasajeros que iban detrás de ellas, pero no les prestó la mayor atención a sus palabras, ya que estaban hablando en un idioma que no manejaba bien. Entendía palabras sueltas que le enseñaron algunos de los egipcios que habían trabajado para ella.
- ¿En qué piensas?.- Preguntó la morena.
- En nada, en realidad.
- Es difícil no pensar en nada.- Contestó Alain con las cejas alzadas.- ¿Tienes miedo?. - Interrogó a la rubia.
- No, pero odio la incertidumbre.- Contestó Lara. La morena la miró desconcertada.
- Hace tiempo yo también odiaba la incertidumbre, pero aprendí a vivir con ella.- Contestó seria.
- ¿Lo dices por tu padre?.- Inquirió Lara.
- Nunca sabías cuando sería el siguiente día, el siguiente destino... odiaba aquello.
- ¿Qué ha sido de tu padre?.- Preguntó Lara.
- Murió de cáncer de pulmón. El tabaco acabó con él antes que el alcohol.- Contestó con rudeza. Sin embargo Lara advirtió que sus ojos brillaban de emoción.
- ¿A pesar de todo, le querías, verdad?.- Preguntó mirando a la morena con ternura.
- Era mi padre.- Contestó la morena sonriendo lánguidamente.
Lara decidió que era mejor cambiar de tema, sobre todo porque la idea de ver llorar a Alain le aterraba y no sabía exactamente por qué.
- ¿Cuánto crees que tardaremos en llegar?.- Preguntó la rubia.
- No mucho, estos trenes son rápidos. Calculo que unas 24 horas, un día más o menos.- Contestó la morena.
- ¿Cómo crees que estará la cosa por allí?.- Preguntó.- Hace mucho que no escucho las noticias.- Aclaró al ver que la morena la miraba extrañada.
- Bueno, siguen existiendo rebeldes que hacen de las suyas, y las tropas americanas siguen haciendo también de las suyas. Siguen muriendo civiles inocentes y el mundo sigue sin mover un dedo, incluida yo.
- Gracias a Dios que no decidiste ser periodista.- Comentó la rubia con una sonrisa divertida. Alain se echó a reír también.

Dejaron de hablar y ambas se acomodaron para dormir. Lara pensó en los egipcios que las acompañaban. Le apenaba que ellos tuvieran que ir en tercera clase, pero esas eran las desventajas de trabajar para Joshep, era un ruin. Por un momento se preguntó cómo era que Alain había acabado trabajando para él, tenía que estar muy desesperada para hacerlo. Bueno, de hecho, recordó que ella misma había acudido a él porque estaba desesperada, así que no podía echárselo en cara a su compañera de viaje.
- Me pica la cabeza. ¿Estás pensando mal de mí?.- Interrogó de pronto la morena.
- ¿Qué?.- Lara se preguntó si habría dicho algo en voz alta.
- Mi padre solía decir que si te picaba la cabeza era porque en algún sitio alguien estaba pensando mal de ti.- Explicó la morena.
- ¿Nunca pensó en piojos?.- Interrogó la rubia con media sonrisa.
- Nadie en mi casa ha tenido nunca piojos.- Contestó la morena simulando estar enfadada.
- Ja, habría que verlo.- Ambas se echaron a reír.
- ¿Cómo está tu brazo?.- Preguntó de pronto Alain, retirándole la camisa de exploradora color caqui a la arqueóloga.
- Mm, bien, mucho mejor, no hace falta...
- ¿Cómo que no?. ¿Y esto?.- Increpó la morena señalando la venda manchada de sangre.
- Ni siquiera lo he notado.- Contestó la rubia sorprendida.
- Vamos, debe de haberse abierto.- Dijo la morena levantándose.
- ¿Ir, a dónde?.- Preguntó Lara.
- Al baño, tengo que cambiarte esa venda, desinfectar la herida y cerrarla bien.- Explicó.
- Ah, no, me niego a que me vuelvas a coser. Eres una pésima enfermera.- Protestó la rubia. Alain no esperó más. Agarró a la rubia del otro brazo y la obligó a levantarse.
- Tu vienes.- Dijo mirándola desafiante. La rubia no se amedrentó.
- Pero si no me duele, de... de...- Pero la morena ya la arrastraba en dirección al baño.- Bruta.- refunfuñó la rubia resignada.

El cuarto de baño debía tener un metro por un metro de diámetro. Apenas entraba una persona. Lara estaba sentada encima del retrete, mirando a la morena que estaba de pie junto a ella con cara de pocos amigos. Alain rebuscaba en su botiquín.
- Vaya.- Murmuró Alain.
- ¿Qué pasa ahora?.- Increpó la rubia.
- Solo tengo esta aguja.- Alain enseñó una gruesa y larga aguja.- Es para animales.- Comentó seria.
- ¿Estarás de broma, no?.- Preguntó Lara.
- Nop, dejé olvidada las otras en la casa. Se las di a la casera para que las desinfectara.
- Lo siento, pero no estaba en mi plan de viaje sufrir torturas.- Murmuró molesta Lara, haciendo ya el intento de levantarse para marcharse.
- ¡Quieta ahí!.- le amenazó la morena, empujándola para que volviese a sentarse.- Solo estaba bromeando.- Dijo Alain enseñando la aguja normal y sonriendo.
- Muy graciosa.- Dijo la rubia cruzándose de brazos enfurruñada.
- Quítate la camisa, anda.- Lara obedeció pese a que le tenía pánico a las agujas y más si la sostenía Alain. Realmente era pésima como enfermera.
- Luego me las pagarás.- Advirtió la rubia. Alain no dijo nada. Estaba concentrada en limpiar la herida.
- ¿Te duele?.- Preguntó con una suavidad tal que a Lara no le pareció la misma persona que le había arrastrado hasta allí.
- Lo cierto es que no.- Contestó, mirando embelesada a la morena.
- ¿Qué?.- Preguntó la morena al notar que estaba siendo objeto de estudio.
- Nada, es solo que me he acordado de la vez que nos besamos.- Comentó con una gran sonrisa.
- Perdona, me besaste tu primero.- Corrigió la morena.
- Porque tu eres una cobardica.- Se defendió la rubia.
- ¿Y por qué pensabas en eso?.- Preguntó de pronto la morena al tiempo que empezaba a coser.
- Lo cierto que es no lo sé, simplemente me acordé. ¡¡AUUU!!.- Gritó la rubia al tiempo que alguien golpeaba la puerta.
- ¡¡¡ESTÁ OCUPADO!!!.- Gritaron las dos a la vez, luego se miraron y se echaron a reír.
- Ya sé que no te gustan los hospitales, ni las agujas, ni la sangre, así que intenta pensar en algo... algo que te distraiga.
- Ya estaba pensando en algo.- Contestó la rubia de forma pícara.
- ¿En qué?.- Preguntó la morena.
- Creo recordar que querías estudiar medicina.- Alain levantó el rostro y miró con una sonrisa alegre a Lara.
- ¿Te acuerdas?.
- Sip, lo recuerdo, y... por cierto... hiciste bien en no estudiar medicina.- Dijo y se echó a reír. Alain le volvió a pinchar.- ¡¡Auuu!!. Ten más cuidado.- Dijo Lara malhumorada.
- Pues deja de burlarte.- Le amenazó Alain.- Y deja de moverte, me pones nerviosa.
- Yo no me muevo.- Contestó Lara.- Es el retrete.- Explicó.
- Por cierto... yo creo recordar que querías ser antropóloga. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?. - Preguntó Alain mirando con curiosidad a la rubia.
- Es una larga historia.- Contestó pensativa.
- Tenemos tiempo.- Dijo la morena mirando la herida y dando a entender a la rubia que aun quedaban algunos puntos más por coser.
- Estupendo.- Contestó con sarcasmo. - Fue poco después de que te marcharas. Aquel verano di con un libro. Se llamaba los Secretos de la Atlántida. Me encantó y luego comencé a investigar acerca del tema. Al final decidí estudiar arqueología, e incluso hice mi doctorado sobre la Atlántida.
- No era tan largo.- Comentó la morena.
- Bueno, es que lo he resumido.- Se defendió la rubia.
- Ya, ¿por qué te interesa tanto?.- Inquirió Alain.
- No lo sé, después de mis investigaciones llegué a la conclusión de que encontrando la Atlántida encontraría muchas respuestas sobre nosotros, sobre nuestro origen. ¿Crees que es una locura?.- Preguntó.
- Para nada, me parece que la gente que no ceja en su empeño siempre consigue lo que busca. Además, tenemos pruebas de que la Atlántida existió, ¿no?.- Dijo Alzando una ceja y sonriendo.
- Así es y espero encontrar pronto algo más que pruebas.- Contestó Lara.
- Muy bien, esto ya está.- Dijo Alain tomando una venda y anudándola alrededor del brazo de la arqueóloga.
- ¿Ya?.- Preguntó sorprendida la rubia.- Parece que estás mejorando.
- Calla, pérfida.
Una vez más alguien llamó a la puerta, pero no insistió al escuchar la voz de la morena.

De pronto Lara notó que el retrete se movía mucho hacia un lado, levantándose prácticamente. Luego sintió un peso encima de ella. Abrió los ojos aturdida y se dio cuenta de que Alain se había caído encima de ella, de modo que los pechos de la morena habían acabado en su cara y sus manos apretaban el trasero de la mujer más alta, para evitar que ambas cayesen al suelo.
- Lo siento.- Se disculpó Lara retirando las manos del trasero de la mujer más alta.
- Debe haber cambiado de vía.- Comentó Alain retirándose de al lado de la rubia y carraspeando incómoda. Luego comenzó a recoger el botiquín.
- Oye.- Lara la llamó, aun sentada sobre el retrete.- ¿Estás saliendo con alguien?.- Preguntó al fin.
- No, no he tenido mucho tiempo para relacionarme desde que trabajo para Joshep.- Contestó sin mirar a la rubia.- ¿Y tu?.
- Tampoco.- Sentenció la rubia. Pasó un tiempo hasta que se decidió a realizar una pregunta que le rondaba la cabeza.- ¿Aun te gustan las mujeres?.- Inquirió mirando intensamente a Alain.
- Por supuesto.- Contestó Alain mirándola con picardía. Luego le guiñó un ojo y salió del baño, dejando a Lara con la boca abierta.

Neith se preguntaba durante cuanto tiempo más ocultarían la verdad. Su padre era un hombre muy cabezota y también muy desconfiado. No entendía cómo era posible que la heredera fuera una mujer y encima extranjera. Se intentó acomodar en los duros asientos de madera y miró a su alrededor. Su padre dormía a su lado, pero para él era imposible conciliar el sueño, el consejo le había permitido acompañar a su padre y a la heredera y eso era todo un privilegio. Se preguntó si la mujer conseguiría cruzar la puerta, si traería consigo el mensaje de los sabios tan esperado por el consejo. Su padre se movió a su lado y abrió los ojos enrojecidos por las horas de sueño.
- ¿En qué piensas Neith?.- Le preguntó el hombre más viejo.
- ¿Por qué tenemos que ocultarle la verdad?. Es como si le estuviésemos engañando.- recapacitó.
- El consejo así lo ha dictado, además, aun no estamos seguro de si ella es la heredera.
- Hicimos la prueba, tenía la mancha en la frente.- Dijo el chico defendiendo a la rubia.
- No debes sentir nada por ella.- Le dijo su padre frunciendo el ceño.
- No es eso, pero... estoy seguro de que es ella, me lo dice el corazón, padre.
- De todas formas no quiero que estés más tiempo del necesario con ella, no sabemos que le espera tras cruzar la puerta, ni siquiera sabemos si podrá cruzar.
- Bien.
- Duerme un poco.- le aconsejó su padre.
- Lo intentaré.- Contestó el joven. Sus ojos marrones y brillantes se volvieron hacia la ventana. Reconoció el paisaje arábico al instante. Calculó que debían quedar unos 6 o 7 horas para llegar.

En efecto, 7 horas más tardes, ambas mujeres esperaban en la estación, acompañadas por los egipcios. Los militares estadounidenses e ingleses estaban por todas partes. Había algunos agentes de policía iraquíes, algunos civiles cruzando las vías para coger su tren, pero ni un turista extranjero. De hecho, todos las miraban se centraron en ambas. Salieron fuera, a la espera del comando que vendrían a recogerlas. Lara esperaba ver la bandera del Reino Unido de un momento a otro, pero no fue hasta 3 horas más tarde cuando un jeep militar paró delante de ellos. Un hombre de unos 25 años bajó y se acercó hasta ellas. Les sonrió amablemente y las saludo con un apretón de mano.
- Soy el alférez Said.- Acompáñenme.- Miró a los egipcios con desconfianza.- ¿Ellos viene con ustedes?.- Preguntó con el ceño fruncido.
- Si.- Se adelantó a contestar la rubia.- Son de confianza e imprescindibles.- Aseguró seria. El militar sonrió con desgana.
- Está bien, irán detrás.- Aclaró. Luego miró a la mujer más alta y se la quedó mirando.
- ¿Ocurre algo?.- Preguntó Alain extrañada.
- ¿No nos conocemos?.- Preguntó él, mientras echaba a andar hasta el jeep.
- Puede ser.- Contestó Alain.- Mi padre era el Coronel MacAlister.- Aclaró Alain.
- MacAlister, creo recordar que trabajó con mi padre un tiempo, en Edimburgo.- Contestó el joven pensativo.- Bueno, subid, no tenemos tiempo que perder.- Dijo cambiando de tema.

Alain observó a los viandantes iraquíes vestidos con trajes de seda, a las mujeres con los habituales trajes negros y a los mendigos grandes y pequeños arremolinándose alrededor de civiles y militares. Había auténticos y falsos mendigos, mutilados, desechos, llagados, ciegos..., seguramente estaban así como consecuencia de la guerra. Estaban instalados en las puertas de los cafés y de los almacenes, junto a las taquillas de cine, en los centros mismos de la calle e incluso en las aceras. Algunos canturreaban mientras se paseaban de aquí para allá, otros se dedicaban a esquivar coches, carros y tranvías cargados de objetos viejos.
- ¿Por qué hay tantos mendigos?.- Preguntó Lara sorprendida.
- Una guerra provoca muchas miserias.- Contestó el alférez.
- Eso ya lo sé... pero se supone que estáis aquí para arreglar eso, ¿no?.- Increpó la rubia.
- Así es, el problema es que es difícil poder controlar... quiero decir...
- ¿Iba a decir controlarlos?.- Interrogó la morena entrando en la conversación.
- No, verá, intentamos cambiar un país y es difícil hacerlo cuando el 90 % de los habitantes escapan de tu control.
- ¿Por qué no dejan que ellos cambien lo que quieran?. ¿Es que tienen miedo de lo que pueda pasar?.- Interrogó la rubia mordaz.
- Es una cuestión complicada que podrán discutir con el coronel.- Dijo el joven apretando la mandíbula y concentrándose en la carretera.
Lara miró a Alain con una sonrisa de autosuficiencia. La morena sonrió divertida ante la reacción del militar.
- Eres muy mala, ¿lo sabías?.- Le susurró Alain al oído.
- No todo lo que podía ser.- Contestó ésta sonriendo.
Alain se recostó en su asiento y recordó de pronto a los egipcios. El hombre mayor estaba muy serio, con la mirada perdida en el paisaje. Neith, con el que ella había tenido más contacto, le sonrió amigablemente. Alain tuvo la extraña sensación de que los dos hombres ocultaban algo, lo supo cuando miró a la Neith, pero intentó no pensar en ello. Se concentró en mirar a los civiles iraquíes que andaban por las calles. Lara tenía razón, había muchos mendigos. Pero también los civiles llenaban las calles. Por un momento no distinguió entre una calle londinense y aquella. En cada esquina había un guardia impecable, guante blanco y casco blanco, simulando ordenar el desorden. Más allá algunos puestos ambulantes de helados, cacahuetes, flores, cerámica, etc. Había razas de todos los lugares, egipcios oscuros y delgados, judíos acerados, algunos beduinos iraquíes y de Siria, persas y finalmente ciudadanos iraquíes. Luego se distinguían por la actividad que realizaban, había pastores, camelleros, vendedores, ricos comerciantes, empresarios, estudiantes... Era una ciudad enfrebrecida y nerviosa, vacilante entre la paz y el rencor, entre las amenazas y las promesas, pero viva, llena de la luz del sol, de perfumes de flores y especias, de cantos y alabanzas.

Llegaron al campamento por la noche, cuando el sol ocultaba sus últimos rayos. Nada más entrar advirtieron el jaleo de las patrullas militares, las pisadas, los silbatos, la media docena de disparos aislados. El alférez Said les indicó que esperasen en el comedor. Al rato apareció Said seguido de un hombre mucho mayor que él. Se notaba a la legua que era americano.
- Buenas noches, señoritas.- Saludó el hombre secamente.- Soy el Coronel Stuart.
- Buenas noches.- Contestaron ambas a la vez.
- Están en su casa, doctoras.
- Gracias, es usted muy amable.- Contestó Lara.
- ¿Cuándo piensan marcharse?.- Preguntó el coronel.
- Mañana mismo por la mañana.- Contestó Alain.
- Bien, pondré dos hombres a su disposición. Lo mejor es que cojan el tren hasta Warka, ahora mismo es lo más seguro.- Aclaró el hombre.
- No hay problema.- Contestó Lara.
- El alférez Said las llevará hasta su dormitorio. En cuanto a ellos, pueden dormir en una tienda de refugiados, a mis hombres no les gusta tenerlos bajo su mismo techo.- Dijo el hombre mirando fríamente a los dos egipcios.
- También son personas.- Dijo Lara molesta.
- Dígaselo a mis hombres.- Dijo el coronel seriamente.- Said acompáñalas.- Y se marchó sin despedirse. Alain miró a Lara con reproche.
- ¿Es que no puedes estarte calladita nunca?.- Preguntó reprobadoramente.
- No lo puedo evitar... ¿crees que le caigo mal?.- Alain se echó a reír.
- Dalo por hecho.- Contestó y ambas se echaron a reír.

Contiunuará...


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