Después de mucho tiempo, dos, tres años quizás, le llegó una nota al buzón, una carta
lacrada, de estas con sello en color rojo, en plan molón. Una nota firmada, una
completa conocida-desconocida, una vaga sensación, una cita en su mansión, lista de
asistentes incluida, más que una invitación parecía un desafío.
Que gracia, medio chat del subtexto invitado, medio blog, medio foro, medio todo,
imposible que ocupe todo el mundo allí, una broma pesada, gente que me suena, otras que
conozco, ¿el resto?, no he oído ni hablar de él.
Supongo que va en serio, aunque no me fío, la confirmación del resto del personal
parece fiable, firmas de su puño y letra, aunque se podrían falsificar.
Todo mujeres, menuda orgía se va a montar, la mayoría de ellas lesbianas, al menos las
conocidas, se puede inducir a las demás al lado oscuro, me incito a mi misma el placer,
pensando en hacer el amor con alguna de ellas llego al orgasmo.
Iré, lo tengo decidido, para la "primera vez" que lo llamo yo, la presentación en
sociedad, hay que ir disfrazada, será divertido. Pone un teléfono de contacto, no me
sorprende, ya me lo se. Llamo. Descuelga.
-Mi estimada señorita Peñalver, dígame que esto no es una broma.
-No lo es señorita Galán, no lo es. ¿Fin de la conversación?
Sonrío pero no me ve, lo sabe de todas maneras. Le doy una leve indicación personal y
cuelgo.
"Día D", llegar al chalet no tiene pérdida ni equivocación. No están todas las que son,
pero son todas las que están, suficientes, unas movidas por lo desconocido, otras por
reencuentro, la mayoría por amistad.
Van como se les había pedido, también llevan trajes o vestidos de gala y ropa informal
en sus maletas, tres días en esa casa van a dar para mucho, aunque sean sólo tres. Están
todas, los coches y alguna moto en los garajes. Una mora, una payasa, una fantasma, una
muerte, una griega, una pirata... falto yo, para no variar.
Esperan en la entrada, saludadas han quedado todas, la señorita Peñalver les ha dicho
amablemente que no se impacienten por entrar, tampoco cree que haya prisa. Dice que
falta alguien vestida de militar, que no tardará, y es que primero ha ido a ver una nota.
-Pues por ahí viene.
-El traje es el del ejército de tierra, ¿verdad?
-Los galones la hacen teniente... u oficial, sólo le faltaría el caballero.
Se ríen por la broma, algunas matan con la mirada pero callan, mientras, ven como
acerco la Yamaha un poco más, la dejo a la sombra de un ciprés y me bajo.
Arreglo alguna arruga del traje, coloco las gafas de sol donde deben estar y me acerco.
Hago el saludo militar, alguna me responde y estrecho manos en vez de dar dos besos,
preguntan, respondo que aún estoy de servicio, sonrío, a veces sólo yo entiendo mis
bromas irónicas, empiezo a besar.
Se acaba de hacer el "paripé", no me voy a quitar las gafas, si no también quitas la
gracia del disfraz. Compito con una Noe-Gabrielle a ver cual de las dos está más sexy...
está rara de rubia y con su operación de estética, pero es lo que una vez prometí, lo
que siempre había querido... de todas maneras le sienta bien esa similitud a lo Renée
O'Connor española. También está Xena, pero no le va, hay gente que no le pega nada su
disfraz.
Estando dentro de la casa se está bien, es fresca, hay picoteo de canapés en el balcón,
estoy perdida en el paisaje, oigo que alguien se acerca, demasiadas miradas, comentarios
por lo bajo los cuales a veces hago, pero hoy no, demasiado callada quizás, aunque
dicen que nada es demasiado.
-¿Dónde estás?
Me pregunta, yo sonrío levemente y me doy la vuelta, muy despacio.
-No digas aquí porque se que no es verdad.
La miro tranquila, bajando algo las gafas para esa mirada pícara que hace que se
despreocupe y se sonroje... sabía que se iba a sonrojar. Pero después de ese breve
instante se lanza.
-Quisiera bailarte la danza de los siete velos... a solas.
Tenía que apuntillar, ya se que es "a solas", que me quieres bailar esa especie de
cortejo nupcial, hace más de un año que estás interesada, antes por amor, ahora sólo
sexo, el caso es tenerme de alguna manera. Sonrío irónica y algo forzada.
-No, gracias.
Se queda parada.
-Era la última vez que lo pedía.
-Mejor, no prometí nunca nada.
-Se ha cabreado.
-Ya lo se. Se le pasará.
-Está bastante buena.
-Como si el físico fuese lo único que me importase, además perfecta y fácilmente puede
encontrar a otra a quien...
-... ¿Incordiar?...
-Si... ¿lo ves?, presa fácil.
-Compadécela.
-Lo siento, mi alma la vendí al diablo hace mucho, ni siento ni padezco.
Ojos como platos. Guiño uno de los míos mientras guardo momentáneamente las gafas en el
bolsillo de la chaqueta, bromeaba. Se queda un tanto pasmada ante esa capacidad de
humor mordaz.
Entramos de nuevo en casa para la comida, algunas parejas se la han saltado he ido
directamente al postre en su habitación, designada en el piso superior. Luego se que
habrá sorteo, para dormir de dos en dos, juntas, que no revueltas, o si, lo que se
disponga.
De todas maneras una cosa es con quien me gustaría dormir y otra muy distinta es con
quien el sorteo manual, estilo amigo invisible, diga que lo haga. No se puede cambiar,
otra cosa es que por pacto mutuo se quede con la otra en un intercambio de parejas,
sonrío al pensar el trasiego que habrá esa noche.
Le he lanzado unas cuantas miradas a la muerte, con ella siempre suelo congeniar, Laura
lo sabe desde hace exactamente los mismos años que por última vez se volvieron a
encontrar.
Me entran las ganas. No quiero mojar el pantalón porque el dichoso cóccix me vuelva a
supurar. Sexo, baño, ahora. Cojo otras bragas, se que me tendré que cambiar. Al resto
le da igual, ni se entera, al menos puedo presumir de ser discreta. Cierro la puerta
con pestillo, se que nadie me oirá gritar, me bajo los pantalones y las bragas.
-Fóllame puta.
-Sí, mi general.
Ya estoy mojada, así que lame. Más fuerte. Penetra. Jadeo. Después de una sucesión de
"ah" le doy las gracias. Respiro despacio.
-Sigues enamorada de ella, ¿verdad?
Eso si que no me lo esperaba. Me pongo seria, muy seria, quizás sea tristeza, no lo se.
-Tu mirada a veces habla por si sola.
-La muerte siempre me va a gustar.
-Ni hacía falta que lo dijeras.
-Me haces sentir culpable.
Intenta encontrarse con mi mirada pero yo la esquivo.
-Hay cosas que nunca cambiarán.
-Quiero otro polvo.
-Si, mi general.
Vuelve a lamer, a meter sus dedos.
-Di su nombre. Dilo. Grítalo con todas tus fuerzas.
Y lo digo mientras me corro y me pongo a llorar. Ella se va. Yo me relajo, me cambio y
vuelvo a colocarme las gafas de sol. Bajo. Empezamos a comer. Las charlas van y vienen,
si juntas palabras sueltas haces una conversación surrealista. Sonrío. Tampoco me he
perdido tanto de lo que decía la payasa, la pirata y la bailarina de streaptess.
Me hacía gracia la bailarina, no iba tan desnuda como debería, ni tan vestida como para
quitarse luego la ropa. Lo curioso de la concentración era que no se podía repetir
disfraz. Iba a ir de motera, pero ya lo habían cogido, el de sadomasoquista también, el
ángel y el diablo. De todos modos me apetecía traje y corbata, así que me vino bien el
de militar. La disciplina ya lo ponía la que en su día fue futbolista, trofeo a ese
honor incluido.
Detrás de las gafas de sol la muerte muchas veces no se daba por aludida, o si, no lo
sabía, era misteriosa toda ella en su conjunto, el traje se le ceñía a unas sinuosas
curvas las cuales debía dejar de pensar, no quería subir y volverme a cambiar.
Brindamos al final, por lo que nos había reunido, por las allí presentes. Después del
café jugamos al trivial. Yo me limitaba a mirar, estaba de comodín para cualquiera de
los equipos, a veces acertaba, a veces no, al menos estaba. Me preguntaban sobre todo
cuando me veían callada, con esa típica sonrisa de "esta respuesta me la se."
Apostaron la tableta de chocolate para las ganadoras, todo el mundo cogería, para quien
no le gustara había caramelos y gominolas. Se acabó el juego y se fueron a dar una
vuelta, creía que nadie notaría mi ausencia, las vi marchar desde el balcón, estaba
algo ensimismada cuando noté su presencia.
Apoyé los codos en la barandilla de piedra, estaba fabulosa y con la puesta que iniciaba
el sol aún más. Esperé a que se acercara, era demasiado fácil imaginar que se acercaría
de frente. Me di la vuelta de nuevo y seguí contemplando el paisaje. Para su timidez en
esos momentos le era más cómodo abrazarme por la espalda.
Me dio un escalofrío. Su mano derecha hizo un recorrido. Pecho. Vientre. Para, mi sexo
no deja de latir como para que lo excites más. Se reía y yo me sonrojaba.
-Iba a darte una vuelta con la moto, pero prefiero que nos vayamos a la cama.
La ropa tirada. Los cuerpos desnudos. Hacíamos el amor con ansia, hasta la extenuación.
-Nunca había estado con tan bello militar.
-Ni yo había tenido nunca una muerte tan dulce.
Sonrisas.
-¿Otra vez?
Risas.
-Otra.
Nos vestimos despacio, mutuamente, me hizo el nudo de la corbata y yo le subí la
cremallera del vestido. Nos añadimos al grupo que ya venía. Me preguntó si ya había
tenido lo que quería.
-Si, contesté, siempre la quiero y la voy a querer, pero nunca será mía.
La noche la pasé en parte con la que iba de fantasma, aunque tanto regodeo, con el traje
y sin él, me harían tirar la cena. Me hubiese cambiado de habitación pero no la quería
molestar. Sabía a lo que iba. Tres noches seguidas quizás suponían demasiado.
Salí al jardín trasero. Sonreí al recordar ciertos pijamas. Me quedé mirando las
estrellas.
-Es un carro.
Me reí.
-No está en esta época del año, pero es una osa.
Saqué la lengua. Se sonrojó mientras sonreía. Se sentó a mi lado.
-¿Como sabías que estaría aquí?
-Suposiciones.
Estuvimos en silencio un buen rato. Vio como tamborileaba mis dedos izquierdos en la
mano derecha. Puso su mano encima. Su derecha y mi izquierda encima del asiento del
banco. Primero con carantoñas, después se la llevó a sus rizos, estaba empapada.
-Ven conmigo.
La llevé al cobertizo. La empotré en la pared mientras la besaba. No debía besarla pero
me moría de ganas, infringir la regla no me importaba. Jadeaba. Mis embestidas eran más
fuertes. Me encantaba verla llegar al orgasmo entre mis brazos. Se estremecía si lamía,
besaba y succionaba.
-Teniente, no sea mala.
Le acaricié el rostro mientras lo decía. Me llevó al limbo con algún relincho de fondo
y durmió conmigo acurrucada. Ahora tan sólo quedaban dos días.
-El plazo se acaba.
-Lo se, pero así son mejor las cosas, sexo sin compromiso.
-¿Aunque tú sigas enamorada?
-¿Tienes que repetirlo cada vez?
-Esta vez puede ser diferente.
-No me voy a hacer ilusiones.
-¿Vas a desaparecer de nuevo?
-Probablemente.
-Habla con ella.
-Me lo pensaré.
Hoy día informal. Una vuelta en la moto. Sexo en el refugio de montaña. Duermes, o eso
pienso mientras hablo conmigo misma.
-Me gustas demasiado muerte y eso no puede ser.
-Teniente, hay decisiones que no puede tomar sola.
-No me pegues esos sustos ¿quieres?
-Tenemos que... beso.
-Ahora no... baja por el cuello.
-Después de tus pechos... -río.
-Ahí no, ahí no, ah... -gruño.
Tarde de paseo a caballo. Noche de jugar a las películas. Ligoteo desinhibido entre
muchas, se anotaban las falsedades y ciertos comentarios para cotilleos posteriores.
Algunas no eran tan amigas como decían. Otras se odiaban civilizadamente.
-Segunda noche de orgasmos pletóricos entre la teniente y yo.
-¿Desde cuando te gusta?
-Más de lo que ella se imagina, no importa el cuando.
-¿Y por qué no se lo dices?
-No quiere escuchar.
-O no se lo espera.
-¿Qué quieres decir?
-Que lleva esperando un "te amo teniente" en sueños más de dos años, toda su vida
prácticamente, que salga de tu preciosa boca es demasiado bello como para creerlo.
-Quizás, siempre hay un quizás, condicional condicionado.
Tercer día. Desayuno. La teniente baja con un cojín en forma de caramelo bajo su brazo.
Es adorable su toque infantil. Vuelvo al café, ahora no es precisamente el momento de
pensar.
-General.
La llaman, no me hace gracia la distinción. Se acerca a quien la nombra. Desde las cinco
estuvo durmiendo, si es que durmió, en su cama, ahora son las diez, la pierna la tiene
como si hubiese sido arrollada por un elefante... una de dos, la envía a la mierda,
educadamente, o la mata y fulmina con su mirada, aunque optaría por ambas opciones.
Efectivamente, mantiene la compostura escuchando esa especie de charla-sermón. No creo
que sea el momento apropiado. Habrá que maniobrar una emboscada para salvar a la
teniente. Me levanto sigilosa. Voy a la cocina. Taza de yogur bebido quiera o no.
Pastilla. Hielo. Trapo de cocina.
-Ejem.
Toso forzada.
-Disculpa, si me permites una observación, aquí está a punto de formarse un desastre
nuclear. No creo que sea bueno para tu reputación, ni de la invitada, montar un
escándalo por una nimiedad de la cual ella se arrepentirá, más que tú, dalo por seguro.
Así que antes de que pase todo eso, ¿qué tal si la dejas desayunar y que se desahogue
fuera, o con quien le apetezca, todo lo que quiera? Después te doy mi palabra que te la
devuelvo sana, salva y con ganas de hablar, y con su sentido del humor, por supuesto.
-Locuaz.
-Gracias.
-De acuerdo, toda tuya.
Le dedico mi sonrisa de niña buena y me llevo a la teniente al sofá. Me mira algo
perpleja. Sigue sin decir nada. Bebe y traga la pastilla. Pone cara de circunstancias
con el hielo.
Me hace una señal con el dedo índice, que me acerque más, el sofá de al lado no es
suficiente. Me pongo de cuclillas. Su mano izquierda en mi rostro, enredando mi pelo.
Me acerca. Su nariz en mi oreja. Respiración pausada.
-Es la primera vez que alguien viene a rescatarme.
Se que para "su estado", decir eso supone un grado tal de amalgama de sentimientos
encontrados (dolor, ternura, rabia, cariño, frustración, amor), que para mi supone el
mayor piropo que me hayan podido haber dicho en mucho. Después se apartó y esquivando
mi mirada visualizó la nada. Cerró los ojos y se durmió.
-¿Por qué no quiere saber nada?
-Porque piensa que es lo mejor, por eso está abrazada al cojín de caramelo llorando a
moco tendido en vez de estarlo contigo, así no se hace ilusiones porque sabe que es
mera fantasía.
Me alejo pensando. Se que la teniente está en las mismas. Por una parte necesitaríamos
tiempo, pero se acaba, por otra necesitamos un intercambio de pareceres con carácter
urgente.
El transcurso de la mañana la pasan meditando cada una sus palabras. Por la tarde se
evitan en una especie de mutuo acuerdo para hablar a la noche.
Última noche. De gala. Luciendo las mejores perchas y escotes, también alguna espalda
semidesnuda.
La muerte va con un vestido rojo burdeos, cremallera a un lado, con un ligero corte para
lucir pierna izquierda.
La teniente va de negro, negro noche, se han intercambiado algo los papeles, no suele
llevar vestido pero es una ocasión especial.
La anfitriona va de blanco. El resto es una gama de azules y ocres. El contraste es
espectacular. Parece que todas se lo pasan bien en la fiesta.
-¿Bailarías conmigo?
-¿Sin que se note que está preparado?
Laura ríe.
Suena In demand de Texas. Juego de miradas y de quehaceres manuales. Le pasa un dedo
por la espalda y me recorre un escalofrío. La vuelta es a centímetros de sus labios, el
vestido no ayuda a disimular el sonrojo por pensar que "esa" también quiero ser yo, ni
el rojo de mis celos.
El baile va acabando. La lleva de la mano, le acaricia el rostro, vuelta, miraditas,
cercanía, otra vuelta y su espalda se apoya en su pecho, pechos que yo quiero reclamar
como míos, a centímetros de otro beso, la teniente se aleja muy digna, media vuelta,
guiño.
Todas ríen por el espectáculo de índole subtextual.
-Como somos amigas....
Le encanta jugar con la ambigüedad mientras opina que la coreografía no es para tanto.
La noche va llegando a su fin. Muchas tienen horas de camino regreso a casa, así que se
despiden todas, algunas es que no quieren ni verse al día siguiente.
Ella se queda, siempre, le atrae esa serenidad que le da el campo. Sabe que estamos
solas. Que esto no se repetirá. Una oportunidad en la vida que no quiere desperdiciar.
Duda. Me mira. Muchas preguntas reflejadas. Esta vez empiezo yo.
-¿Dónde vives?
Eleva su ceja, sonríe, sabe que necesito saber ciertas cosas.
-París.
-Me lo temía, a veces se te nota el acento. ¿Con cuántas?
Suspira seria.
-Cuatro, medio año cada una, nadie aguanta más, perdón, intentaba...
-Lo se, ¿qué hay de la mora?
-Siempre ha venido detrás, nunca he querido nada con ella, descubrí como era y no me
interesa.
-¿Y Laura?
-Ha sido mi última pareja, sólo es sexo, pensamos en otras.
-¿En quien pensabas cuando os fuisteis al baño?
Se sorprende un poco, vuelve a suspirar.
-Mi respuesta lo cambiaría todo.
-Los cambios son buenos.
Sonríe. Niega con la cabeza y se marcha. Se que va al cobertizo. No tengo prisa por
seguirla.
Se desnuda meticulosa, suspira cada vez que se quita una prenda. Me acerco.
-¿Siempre me tienes que encontrar?
-Siempre.
Coloco sus manos en mis caderas mientras la beso despacio. La boca, el cuello, sus senos
en los cuales me regodeo. Está excitada, pero hay dos puntos por aclarar y tenemos toda
la noche. Sigo bajando, me encanta besarla, toda entera para mi.
-Vas a decirme dos cosas antes de que siga o te haré gritar.
Ríe en un tono más grave.
-Si no, tendré que atarte.
-Hazlo.
Le entusiasma ponernos a prueba a las dos. Tararea Lía mientras coloco cada muñeca en
un poste, podría desatarse fácilmente de los pañuelos pero quiere disfrutar del
espectáculo. Vuelvo a besarla desde los muslos hasta sus pechos. Introduzco dos dedos,
eleva sus caderas para mi mayor comodidad.
-Me voy a desnucar.
Río.
-No lo permitiría... dime... -lamo, beso y succiono, se que le vuelve loca- ... ya
infringiste la norma de besarme... -cosa que hago con pasión, no quiere dejar mi lengua,
ni que mengüe el ritmo de mis dedos en su interior.
-¿La persona en quien pensabas en el baño es la misma de la cual estás enamorada?
Muevo la mano, más deprisa el índice y el grandullón del medio.
-No quiero que llegues sin que tenga respuesta.
-Cuando me corra te lo contesto, dice entrecortada.
Acerco mi boca a centímetros de la suya, con la mano izquierda le sujeto el cogote.
-¿Es la misma persona?
Intenta ladear la cabeza pero no puede. La beso.
-Si -jadea.
Y antes de que pudiese preguntar algo más...
-Eres tú -me dice mientras me mira antes de besarme apasionadamente llegando al placer.
El movimiento de mis dedos los suavicé, le bajé la cabeza y deshice las ataduras, nos
seguíamos mirando sin decir nada, ella porque intentaba pausar su respiración, yo
porque estaba anonadada, en parte lo quería y deseaba pero quizás es que yo tampoco me
lo esperaba.
Le acaricié el rostro.
-No quites la otra mano, me gusta tenerte dentro.
Me sonrojaba por momentos, esquivaba la mirada.
-Ey -dijo mientras tiraba de mí hacia ella, quería que me acurrucara, quizás me iba a
dejar un poco la muñeca derecha pero no importaba. Con su izquierda me acariciaba la
espalda, con la derecha mi cara.
-Esquivar la mirada es algo que sólo debía hacer yo.
Sonreí. Seguía moviendo acompasadamente sus caderas.
-Tampoco es tan malo, ahora te desnudarás, llegaremos juntas al orgasmo, veremos
amanecer y cada una volverá a su camino.
Me había ayudado a desprenderme de lo poco que me quedaba de ropa, ya que con una mano
yo sola lo tenía complicado.
-Hay algo que no te he dicho y creo que tú a mi tampoco -era lo más coherente que salía
de mi boca mientras la suya se deleitaba con mis pechos y mi sexo.
En más de un par de ocasiones tuvo que corregir la postura de mi mano porque me iba.
Ahora estábamos al unísono.
-¿Y si no decimos lo mismo? -pudo susurrar.
-No importa -sentencié.
Contamos mentalmente hasta tres, quedaba poco.
-...
-...
-...
-Te amo
-...
Nuestras bocas se buscaban con pasión, ella que se suponía más sorprendida no dejaba de
hacerlo mientras me recorría de nuevo.
-Para... para... -le dije entre risas.
Estaba alterada y emocionada cosa evidente.
-¿Es el mejor orgasmo de nuestras vidas?
Nos reímos a mandíbula batiente. Me besaba despacito.
-Es que me hacías cosquillas -dije entre beso y beso, sonreía sin dejar de hacerlo.
En brazos de la otra cada una viendo amanecer.
-¿Entonces vendrás conmigo?
-¿No sería más correcto y concreto preguntar vivirás?
Está apoyada en mi pecho pero se que se ha sonrojado.
-Oui -le contesto.
Sonríe. Levanta la cabeza, me mira.
-Te quiero.
La beso.
Fin