"Perseguir y cazar sigilosamente a la presa, siguiéndola con paciencia, esperando el
momento adecuado, acechando a cada instante, aguardando a hundir mis colmillos en la
carne tibia y latente, y ese reto que simboliza tu terso cuello, provocando un miedo
que corre por tus venas, que tratas de esconder, convirtiéndose en dolor, clavándose
tan profundo en tus entrañas, que es visible en tus facciones, cambiando tu pálido
rostro de ángel. Y yo mientras espero el sabor de tu sangre... pero aquí se mezclan
incoherentemente y sin saberlo, dos emociones, dos sentimientos, dos razones solo para
esta búsqueda.
El primero que busca complacer mi curiosidad para ejercer dominio sobre ti. Tratando de
satisfacer un instinto con tintes de salvajia y locura, pero el otro no puede
compararse con nada meramente animal, ya que es una razón completamente humana y lógica,
que cree con los sentidos pero afirma con la cabeza, y es tratar de formar algo parecido
a un lazo, atándote a mi, teniéndote en mi poder y dejando que sepas donde estas... mía
serás"
Morderte el cuello, eso es lo que ella quiere. Pero la miras enfundada en su disfraz de
alma mundana, que la obliga a comportarse como mujer de piedra. No mueve mas músculos
que los que tiene fríamente calculados, aunque en el fondo un torrente de dragones
amenaza con hacerla explotar, encender sus labios de color vino, destellar esos ojos
que mueres por apreciar bajo otra luz, y afilar sus garras de loba cazadora.
Si acaso te mira de reojo es para jugar contigo y medir tu valor. Pero se mantiene a
raya, donde tus impulsos animales no la pueden alcanzar, se mezcla dicha emoción, que
mas darías por tenerla cerca, pero de estar seguramente alejada.
La sonrisa cómplice que te obsequia es como quien lanza una hogaza de pan a la parvada
de cuervos hambrientos, al mismo tiempo te prende ver esa expresión.
En su hipotálamo esta creciendo un hongo atómico de lujuria, que en vano intentará
sofocar con suspiros agónicos como los de un niño que apaga las velas de su pastel. Pero
ella no te dará el placer de que sepas cuanto la turbas, con esa mirada fría, gélida...
Se lo guarda para si, por que eso te obliga a pasearte en la jaula como un león
claustrofóbico, como el corcel salvaje en los límites cruentos de un corral, el que
ella misma te impone.
Sus colmillos aparecieron blancos, duros como el metal escondidos entre las rosadas
encías, en espera de la orden de asalto y del ataque inmisericorde.
Y tu eres la presa que ruega con ser atrapada, que experimentaría un tren de orgasmos
si ella te despedazara de caricias, te masticará lentamente con el corazón y se llevará
tu alma líquida entre su lengua.
Por eso te sumerges víctima de un hechizo que se inocula por tus venas como el veneno
de una hermosa alacrana.
Sin embargo, ella despertó con apetito y por eso viene a ti y te toma de la mano. No
esta fría pero si dura como la roca.
- Soy inmortal.
Dice con una voz melosa que tiene un tono de advertencia pero que al mismo tiempo
consigue bajar a niveles insospechados, la frase es clara, pero es terriblemente sensual.
Se ha abierto de capa. Dejó escapar el espectro que guardaba en medio de los senos.
Tú le ibas a preguntar por qué te dice esas cosas, y disimuladamente bajas la mano como
si fueras a acariciarle los tobillos, pero en realidad tus dedos se aferran a la estaca
de madera que guardas en el portafolio. Inútil, tu mano es hecha prisionera por la suya,
de dedos suaves pero ansiosos como las zarpas de una hiena sobre el antílope muerto.
Se lleva tu mano con la suya y se la coloca, como un adorno, en el talle de la blusa.
Un hielo se desliza por tu garganta, refrescando el infierno que significa tragarse los
besos que no se atreven a ser dados.
- Yo también soy inmortal.
No consigues que tu voz suene como la de ella pero al menos le logras transmitir que
están en posición de iguales. Las palabras flotan como las plumas de un quetzal
alcanzado por las balas de los cazadores.
Tienes una certeza: ella sigue jugando, divirtiéndose con tu deseo, el mismo deseo que
la puede rebasar si descuidara su retaguardia.
¿Es parte de la estrategia que la gata se lama las garras? ¿Es para evitar que el ratón
sufra cuando le atraviese el pecho con ellas?
No cuenta con que el roedor tenga un as bajo la manga.
Te pones de pie, igual que ella.
Notas la diferencia de altura, así que tu mano se da la vuelta y aprisiona la suya
entre sus dedos. Le acaricias la mejilla izquierda. Sus ojos despiden una ternura
hipnótica... electrizante. La acercas hasta que tus labios y los suyos se acoplan...
¿Los habrá hecho Dios a la medida? ¿Se habrá divertido El tirándolos en cuerpos
separados y esperando a que, como imanes, esos pares de labios se encontraran un día en
un beso en medio de un lugar del mundo?
Cruel sería Dios, porque las bocas perfectas una vez selladas, se niegan a separarse.
Ella te acaricia la rubia nuca, indefensa ahora si, como tu.
La estrechas con más fuerza y te complace sentir que sus pechos crecen como copos de
algodón aplastados contra los tuyos mismos bajo tu playera.
El beso se rompe.
Los colmillos de ella recorren el lóbulo de tu oreja como la espada de un samurai a
punto de hundirse en el estómago estirado de su enemigo. Amenazan con llegar al cuello.
Se pasean con sadismo por la carne. El hambre de la diosa de la destrucción se
incrementa tanto como su placer. Tu boca junto a la suya luce desdentada, a la falta de
esos filosos y terribles colmillos.
Una vez separadas, descubres que sus alientos chocan por delante de sus labios, echando
chispas verde fluorescentes.
El aliento de ella es rojo; el tuyo azul. Y ambos se elevan hasta el techo de una
humareda violeta, los tonos de los solitarios.
- Me alimento de tu alma- te dice.
- Mi alma explotaría si te detuvieras- le contestas.
La tomas con tus pequeñas manos por la cintura, una vez mas deviene el aluvión de besos
mientras bebes de ella como una naufraga, aferrada a un tablón en medio del océano que
encuentras cuando separa los parpados.
Permanece con la boca entreabierta. Te dijo mil veces que la sed no se hizo para ella.
Así que le das de beber tus verdes ojos, tu boca, y hasta tus alas. Incluso si los
ángeles reflejaran sombra, se la ofrendarías como tributo.
Esa tarde, ambas yacen dentro del ataúd de ella, arrulladas por el murmullo de sus
cuerpos agotados de amar, condenadas a estar juntas.
FIN