Xena estaba sentada observando. Observaba a Gabrielle durante su inquieto sueño. La
chica había enfermado dos días antes y sólo había conseguido empeorar, aunque Xena había
hecho el mayor esfuerzo por cuidar de ella y darle las hierbas que deberían hacerle
sentir mejor.
La guerrera suspiró; mientras continuaba afilando su espada, tenía los ojos y oídos
alerta de cualquier cosa que pudiera anunciarle que el jefe militar Andrus estaba en la
zona. Lo último que necesitaba, además de que Gabrielle estuviera enferma, era una
confrontación con él.
Andrus se había enterado de que Xena, una vez más, había sido más lista que Draco, lo
que no era realmente difícil dado que era Draco, pero Andrus estaba molesto y
había puesto una recompensa de diez mil denarios por la cabeza de Xena.
Ella hizo inventario de todo lo que andaba mal en su mundo en ese momento. No tenía
ejército y estaba sola. Varios de los hombres se habían sentido traicionados cuando
abandonó el campamento y rápidamente se aliaron con otros jefes militares con la
esperanza de obtener venganza.
No tenía dinero y pocas esperanzas de obtenerlo en estos momentos. Había pasado tanto
tiempo sin que se viera en la necesidad de ganar dinero, que el concepto ya no le era
familiar.
Las provisiones menguaban y la llegada de su nueva "amiga" no ayudaba en absoluto a la
situación. Gabrielle no podía aportar mucho, pero si podía comer. Además la inclemencia
del tiempo en estos últimos días había convertido la búsqueda de alimentos en un
verdadero reto.
Xena se rascaba la mejilla mientras observaba cómo la joven comenzaba a inquietarse
nuevamente. Se levantó en silencio del tronco donde estaba acomodada y cruzó el
campamento.
Al tocar la frente de Gabrielle, no le sorprendió encontrar que la fiebre estaba
subiendo otra vez. Agarró un pañito de una pila cercana al fuego para mojarlo con el
agua de un odre, y lo colocó en la cabeza de Gabrielle.
Tontita. No tienes ni idea. Ni idea de lo que soy o de lo que quieres.
Lentamente le pasa el paño sobre la frente febril. Debería llevarte a tu casa. No me
importa si te fugas otra vez. No debes ser problema mío.
Gabrielle se despertó y abrió los ojos; se veían hinchados e inyectados en sangre por
la falta de descaso.
-Deberías descansar.
-No puedo.
-¿Por qué?
-Primero, necesitas que alguien te cuide, y segundo, Andrus o alguno de sus hombres
pueden estar al acecho.
-Todo saldrá bien.
-Eso no cambia el hecho de que podamos sufrir una emboscada por un grupo de guerreros
sedientos de sangre. -Se tomó unos minutos para preparar en una taza de agua caliente
otra dosis de medicina. Ayudó a Gabrielle a sentarse mientras le colocaba la taza en sus
labios-. Bebe.
Gabrielle no había estado mucho tiempo con Xena, pero ya sabia que era mejor no
discutir, aunque el brebaje era lo más horrible que ella había probado desde que su
madre le obligaba a tomar medicinas cuando era pequeña. Respetuosamente se tragó la
mezcla, logrando controlar sus deseos de vomitar.
Así que -Xena colocó la taza en un lado-, ¿es ésta la aventura que tenías en mente?
-¿Qué quieres decir?
-Dormir sobre el duro suelo, en el frío, con muy poco que comer, y enferma como un perro,
mientras nos persigue alguien que me quiere muerta.
Gabrielle logró dirigirle una pequeña sonrisa.
-Seguro. Esto si es material hecho para grandes historias.
Xena sólo sacude la cabeza, mientras tira las pieles hasta la barbilla de su compañera.
-Ya sabes, quizá no puedas ser la chiquilla que tus padres querían, pero seguro que eres
algo más.
-¿Algo más en el buen sentido o en el malo?
-Todavía no lo he decidido.
-Gracias -respondió con cansancio.
-Un placer. Vuelve a dormir, Gabrielle. Necesitamos ser capaces de movernos a primera
luz del día.
-¿Trataras tú de descansar?
Xena no podía ayudarse a si misma; una sonrisa cruzó sus labios espontáneamente.
-Lo intentaré.
-Vale.
Gabrielle suspiró y cerró los ojos, volviendo rápidamente al reino de Morfeo. Antes de
moverse, Xena acarició con sus dedos los cabellos de Gabrielle. Descansa, mañana
será un largo día.
Tomando una pequeña piel, se apoyó sobre un tronco, cubrió sus piernas y cruzó los brazos
sobre su pecho cerrando los ojos.
Cuando Gabrielle despertó, notó que el campamento estaba casi recogido y del fuego no
quedaba más que un rescoldo ardiendo lentamente en el agua que en apariencia Xena
acababa de tirar allí. Ella se prometió a sí misma en ese momento y lugar, que a partir
de entonces iba a hacer todo lo posible para ayudar más y no resultar una carga.
Lentamente se incorporó, sintiéndose un poco mareada en el intento, pero se impulsó
rápidamente sabiendo que debía lograr ese movimiento o arriesgarse a ser dejada en la
siguiente ciudad, o peor, ser enviada a casa.
Estaba enrollando su manta de dormir cuando Xena regresó al campamento. Gabrielle la
miró y observó que su amiga sostenía un bulto.
-¿Qué tienes ahí?
-Bueno, realmente no es mucho, pero me figuré que podrías tener hambre. Son sólo algunas
nueces y bayas, pero esto es mejor que nada.
Gabrielle se levantó y aceptó el pedazo de tela ofrecido.
-Gracias. Eso es muy amable.
- Gabrielle, yo soy muchas cosas, pero amable no es una de ellas.
-Tienes tus momentos. -Levantó el montoncito-. Te guste o no, esto fue amable. No
tenías que buscármelo. Pudiste haberme hecho esperar hasta después.
-Has estado enferma. -Se dobló y recogió las mantas del suelo-. Necesitas comer.
-Ves. Amable -Gabrielle bromeó mientras observó a Xena ir donde Argo y guardar el resto
de las cosas. Decidió no seguir molestándola cuando escuchó un gruñido que venía de la
misma dirección de Argo, y nunca había conocido a un caballo que gruñiera.
En vez de montar a Argo, Xena caminó junto a Gabrielle, pendiente de ella en caso de
que su amiga enfermara nuevamente.
-¿Cómo te sientes?
-No tan mal. Pero mi estómago está un poco indispuesto.
-Eso explica las dos docenas de veces que te has detenido para ir a los arbustos.
-Sí, lo explica. No tienes que recordármelo.
-Bueno, eso sólo quiere decir que lo que iba mal está saliendo por sí mismo de tu
sistema.
-Oh, eso es un pensamiento bonito. Gracias.
-Para eso estoy aquí. Para enseñarte los secretos del viajero -Xena no pudo resistirse
e hizo un gesto hacia el área abierta a su alrededor-, para mostrarte los por qués y las
destrezas para sobrevivir por ti misma.
-No tengo que hacerlo por mí misma.
-¿No?
-No. Te tengo a ti.
-Hasta que alguien me mate.
Gabrielle tomó el brazo de Xena y la detuvo. -No hables así. Vas a estar bien. Vamos a
estar bien. Somos amigas, y nos cuidaremos la una a la otra.
-No puedes ignorar el hecho de que no hace mucho no era una persona muy buena y mucha
gente me quiere muerta.
-¿Acaso son mejores que tú?
-¿Qué?
-¿Qué sí son mejores que tú? ¿Pueden pelear mejor que tú?
-Sí así lo fuera, hace mucho tiempo que estaría muerta... -se detiene dedicándole a su
amiga una mueca- Eso ha sido trampa.
-Muy bien, agrega eso a mis nacientes habilidades, puedo ser muy tramposa si se requiere.
-Al menos eso es bueno para las dos. Quizá necesitemos convertirte en ladronzuela para
sobrevivir.
Gabrielle mira hacia el frente decidida.
-Puedo hacerlo.
-Claro. -Xena retoma el paso de nuevo, mientras Gabrielle la sigue como un fiel cachorro.
-En dicho caso, podría sacarte de la cárcel.
-Lo harías, ¿eh?
-¿El qué?
-Eso, sacarme de la cárcel. Es decir, no me dejarías pudrirme ahí dentro. ¿Has estado
alguna vez en prisión?
-¿Me lo preguntas en serio? ¿Parece como si alguna vez hubiera estado en una?
-No es un buen lugar para estar.
-¿Ya has estado ahí?
- Sip, hace mucho tiempo yo formaba parte del ejército de un señor de la guerra llamado
Cantus, entonces era joven y estúpida; traté de robar un caballo cuando el mío se
reventó -se detiene para observar como un halcón cruza el cielo-, él me dejó allí.
-¿Cómo lograste salir?
-Maté al carcelero y escapé.
-¡Oh!
-Ya te dije que no soy muy amable.
-Tal vez no en aquel entonces, pero...
-No lo digas.
Entran al pueblo poco antes de anochecer. Xena logra conseguir una cuadra para Argo en
el establo y un cuarto con comida para ella y Gabrielle.
Una vez adentro Gabrielle se tira sobre la cama, gimiendo con absoluto placer por la
sensación ligera del colchón de plumas. No le importaba que el soporte del colchón
fuera viejo y no le diera tanto apoyo como otras veces, era una cama suave y con eso
era suficiente.
-Oh, esto es estupendo.
Xena avienta las alforjas sobre el piso, se quita sus brazaletes y los tira encima de
las mismas.
-Estoy segura de que lo es. Disfrútala, será la última cama que verás en mucho tiempo.
Acabo de regatear mi última herradura por ella.
Gabrielle se apoya sobre los codos y observa a Xena sentarse en el piso junto a la
chimenea para quitarse las botas.
-¿Por qué hiciste eso?
-Necesitábamos un lugar cálido donde quedarnos.
-Nos podíamos haber quedado en el establo.
-Gabrielle, los establos son fríos y apestan. Prefiero un lugar cálido esta noche y sin
olores de estiércol tomando por asalto mi nariz cada vez que respire.
La joven mira a la guerrera poner sus botas a un lado de las alforjas, sacar su hato de
dormir y extenderlo.
-¿Qué es lo que estás haciendo?
-Lo mismo que hago casi todas las noches, Gabrielle. Me preparo para dormir.
-¿Sobre el suelo?
-¿Si?
Gabrielle se levanta de la cama y cruza la habitación hasta detenerse frente a Xena con
los brazos en jarras.
-Bueno, eso sí que tiene sentido. Alquilar un cuarto para poder dormir sobre el piso
duro y frío.
-Sólo hay una cama.
-Ambas somos adultas, bien podemos compartir una cama sin problemas.
Xena le dirige una mirada a Gabrielle a la par que pasa junto a ella de camino a la
escuálida cama.
-El problema es que no creo que soporte el peso de las dos sin derrumbarse.
-Sólo hay una manera de averiguarlo, vamos Xena, ya me siento bastante culpable de que
tuvieras que negociar para alquilar este cuarto. No me hagas sentir peor al dormir en
el piso.
-Pues deja de sentirte culpable por una pequeñez como esa.
-Quizá cuando pueda ser de más ayuda que estorbo lo haga, pero ahora mismo tú te estás
haciendo cargo de mi y yo no hago nada.
-Ya cambiará eso, no te preocupes.
Gabrielle le sonríe.
-¿En serio?
-Tiene que mejorar, ésa era mi última pieza.
-Vamos, Xena, a la cama.
Gabrielle se acuesta primero y trata de mantenerse en una esquina de la cama, mientras
Xena con cuidado hace lo mismo del otro lado. Una vez que Xena se recuesta, Gabrielle
se relaja. De repente la cama se derrumba, y se encuentran compartiendo el mismísimo
centro del viejo colchón. Gabrielle queda a la altura del pecho de Xena, sus ojos justo
a ese nivel, traga audiblemente antes de decir: -Al menos estaremos calientitas.
-Espera un momento -Xena se acomoda hasta quedar justo en el medio y con Gabrielle
encima de ella.
-Oh, sí, mucho mejor.
-¿Podrás relajarte? Todo va bien.
-Xena, seré una joven de una villa pequeña, pero sé cuando algo no va bien. Parece como
si fuéramos, fuéramos... -se sonroja profusamente, incapaz de terminar.
-Bueno, no lo somos, sólo estamos buscando una posición cómoda para dormir, es todo.
Xena espera pacientemente hasta que Gabrielle deja de moverse por la cama, para terminar
recostada sobre el hombro de la guerrera.
-¿Está bien así?
-Sí Gabrielle, duerme.
-Ya sabes, he tenido que compartir antes una cama, con mi hermana. Esto es algo parecido.
-Sólo recuerda, no soy tu hermana.
Gabrielle se acomoda más sobre Xena y sonríe.
-Bromeas.
-Duérmete.
Cuando Gabrielle se despierta a la mañana siguiente, Xena no está. Nada está. Siente
pánico. Se levanta de la cama y rápidamente se pone su blusa, encuentra sus pequeñas
botas y se las coloca. Mirándose, se da cuenta de que parece como si hubiese dormido
vestida, lo cual es verdad, pero realmente no le importa. Necesita encontrar a Xena.
Saliendo de la habitación, se detiene en el fondo del corredor al escuchar voces fuertes.
Despacio se asoma a la esquina para ver a Xena en el salón principal, rodeada de seis
hombres bastante grandes, que no parecen ser sus amigos.
-Bueno, Xena, ahora parece ser que Andrus me dará los denarios a mí.
Xena se ríe silenciosamente pero sin humor.
-¿Realmente piensas que te pagará?
-Dio su palabra.
-Y siempre ha cumplido con su palabra.
-¡Agarradla! -ordenó a sus hombres, que miraron a Xena y luego a su jefe-, es sólo una
mujer. ¡Agarradla!
La guerrera únicamente sacudió la cabeza antes de proceder a romperles sus cabezas.
Gabrielle sólo podía mirar asombrada a Xena que lanzaba a su alrededor a cinco hombres,
como si no fuesen nada más que sacos de grano. Y mientras ella trataba con dos de los
rufianes, Gabrielle pudo ver como el líder iba a atacarla por la espalda.
-Xena, ¡cuidado! -Gabrielle gritó a la vez que entraba corriendo al cuarto, sólo para
darse cuenta de que estar en medio de la pelea no era su lugar, por lo que trató de
decidir que hacer.
Xena alejó el ataque de atrás con poco esfuerzo, y cuando se giró, manejó al jefe del
grupo con completa eficiencia. Mirando alrededor, se encontró que Gabrielle se mantenía
fuera del alcance de un hombre con una silla, pero perdía terreno rápidamente, ya que
la acorralaba en una esquina.
La guerrera fue hacia el hombre desde atrás y le tocó el hombro. Al instante en que él
se giró, ella lo golpeó fuertemente con su puño, estrellándolo contra el piso.
-La próxima vez, escoge uno de tu tamaño.
Extendió su mano y tomó a Gabrielle por la muñeca.
-Vamos, esto no es seguro.
-¿Tú crees?
-¡Vamos! -Xena le da un tirón y se encuentran de salida hacia la puerta antes de que
Gabrielle lo pueda pensar dos veces.
Una vez afuera, las cosas fueron de mal en peor al encontrarse cara a cara con Andrus y
sus hombres, que eran casi una veintena.
-Grandioso -gruñe Xena al tomar una posición defensiva y mover a Gabrielle a su espalda-.
Cuando te diga que todo está despejado, corre.
-No te dejaré.
-Oh, sí, lo harás.
-No, no lo haré.
-No discutas, sólo haz lo que digo Cuando te diga, corre hacia la parte trasera de la
taberna.
Andrus sonríe desde su caballo al observar la conversación.
-Oh, Xena, te diré que hoy me siento generoso. Suelta tu espada y dejaré ir a tu
amiguita.
-Claro, y supongo que los últimos niveles del Tártaro se han congelado.
-No podría decirlo. La oferta es genuina. No tengo interés en tu actual distracción.
-¿Qué? -pregunta Gabrielle al moverse hacia un costado de Xena-. ¿Su qué?
-No importa, Gabrielle. Hace referencia a algo del pasado.
-Sip. -Andrus se inclina sobre la silla de montar, observando desde arriba a Gabrielle
con una risa lasciva-. El gusto exótico de Xena para su compañía.
-No hay nada exótico en mí. ¡Soy de Poteidaia! -Los hombres rompen a reír y Xena se
pregunta si es posible que Gabrielle pueda ser más ingenua-. ¿Qué?
-Nada. Por favor no...
-Muy bien, el tiempo se ha terminado, Xena. -Andrus desmonta su caballo y saca su espada
en un movimiento fluido.
Ella suspira y gira su espada.
-Realmente deberías marcharte, Andrus. No pudistes ganarme antes, y no vas a poder ganarme
ahora.
-Sí, pero he escuchado que te has vuelto suave.
-Escuchaste mal.
-Eso lo veremos. -Arrojó su capa a un lado y se puso en guardia. Xena aceptó el desafío
y la pelea comenzó.
Andrus era un hombre apto, bien entrenado y un soldado competente. Xena sólo usó su
habilidad innata. A lo largo de los años ella, naturalmente, había aprendido muchas
cosas cabalgando con ejércitos y comandándolos. Sin embargo, esta mujer simplemente
manejaba el arma con la mano de forma natural.
Gabrielle observaba mientras los dos batallaban de atrás para adelante. Se estremecía
con el sonido del choque de espadas. Se había acostumbrado, en el poco tiempo que había
pasado con Xena, a que esto fuera una parte habitual de su vida, pero el sonido aún le
hería los oídos y le asustaba muy profundamente.
Xena usó el borde de la capa de Andrus para limpiar la sangre de su espada, mientras él
yacía boca abajo en la tierra con un gran charco rezumando por debajo de él. Xena miró
al resto de sus hombres.
-Tenéis alrededor de diez segundos para largaros antes de que os dé a probar lo que él
acaba de recibir.
Los hombres giraron sus caballos y cabalgaron rápido y fuerte fuera del pueblo. Ella los
vió alejarse y se volvió hacia Gabrielle, quien estaba apoyada contra una pared, mirando
al cuerpo y volviéndose ligeramente verde.
-No tuve otra alternativa -dijo Xena suavemente.
-Lo sé. -Gabrielle se separó de la pared y apuntó hacia el cuerpo-. ¿Qué vamos a hacer
con él?
-Ya no es mi problema. Deja que los aldeanos lo entierren.
-Xena, mm, bueno, creo que deberíamos encargarnos de eso.
-Eso crees. -Suspiró y colocó su espada de regreso en su vaina-. Muy bien, lo
enterraremos a la salida del pueblo. -Se agachó y lo envolvió en su capa. Levantó el
cuerpo y lo lanzó sobre el lomo de su caballo, agradecida de que sus hombres no se
hubieran preocupado de llevárselo con ellos. El miedo por lo general hace que los
hombres brillantes hagan cosas estúpidas, estúpidas.
Tomando las riendas del caballo lo empezó a guiar, mirando de reojo a Gabrielle que
contemplaba fijamente el gran charco de sangre que se había formado en el piso.
-Esto no se pondrá mejor, si es que te quedas conmigo.
Gabrielle tragó fuerte y alzó la vista.
-Sí que lo hará.
-Optimista.
Avanzaron hasta los límites de la villa donde Xena empezó a recoger rocas para la pila
funeraria. Gabrielle permanecía cerca del caballo observando el cuerpo cuando algo sobre
la alforja llamó su atención. Lentamente lo sacó, temerosa de que Andrus volviera a la
vida y le sujetara la mano. Extrajo una pequeña bolsa y la abrió, encontrando dentro un
puñado de denarios. Muchos denarios. Al levantar la vista se encontró con la mirada de
Xena, que había arrojado dos rocas más sobre el claro. Ésta se limpió el polvo y miró a
la rubia.
-¿Qué es eso?
-Oh, bueno, es su monedero.
Enarcó una oscura ceja y se acercó, estirando la mano hacia la bolsa en ademán silencioso.
Gabrielle depositó la bolsita en su mano, provocando que ésta tintineara un poco. Xena
abrió el monedero y le echó un vistazo.
-Bueno, al menos nos será de utilidad.
-¿Nos lo vamos a quedar?
-Ciertamente a él ya no le sirve de mucho, ¿eh?
-Supongo que no.
-Gabrielle, piensa en esto como consecuencia de la guerra, eso es todo. Lo maté y me
quedo con su denarios.
-¿Y si hubiera sido al contrario?
-Él te hubiera tomado.
-¿Disculpa?
Xena dejó escapar un suspiro antes de sentarse sobre el suelo, palmeando a su costado
para indicarle a su compañera que se le uniera.
-Ellos te hubieran tomado y ultrajado o te hubieran vendido como esclava, o las dos
cosas.
-Oh.
La alta guerrera se volvió hacia su compañera.
-Gabrielle, deja que te lleve de vuelta a tu casa, este lugar no es seguro.
-¿Y mi pueblo sí? Xena, ¿te acuerdas dónde estaba cuando me encontraste? Draco, ¿te
suena familiar?
Xena recogió una flor y comenzó a sacarle los pétalos, lentamente.
-Está bien, te puedes quedar; pero en cuanto encuentres un lugar que te guste más que
éste, te irás, ¿de acuerdo?
-Pareciera que no disfrutas mi compañía.
-¿Y de dónde sacas esa idea? -El claro sarcasmo en el tono de la pregunta hizo que
Gabrielle dudara de su deseo de viajar con la guerrera.
-Lo siento -susurró la rubia-, de verdad no quiero ser una molestia; sólo necesitaba
alejarme, no sé si lo entiendes.
Xena asintió con la cabeza, dejando escapar un suspiro.
-Sí, la verdad es que sí lo entiendo. -Se volvió hacia la mujer que rápidamente se
estaba convirtiendo en una amiga que la guerrera no sabía si deseaba tener-. Y no eres
una molestia, lo que pasa es que no estoy acostumbrada a andar con alguien que quiera
estar conmigo por voluntad propia.
-Pues yo quiero y prometo que me esforzaré más.
-Sé que lo harás.
Xena le lanzó una moneda al posadero.
-Vamos -le dijo a Gabrielle, poniendo una mano en su espalda y guiándola hacia la parte
posterior de la posada, donde se encontraba el cuarto por el que acababa de pagar.
El cuarto estaba bien amueblado, con dos camas grandes y una chimenea en la que ardía
un pequeño fuego.
-En el cuarto contiguo hay una tina. Puedo llenarla si te quieres dar un baño. -Xena
dejó su espada en la cama más próxima a la puerta.
-Puedo hacerlo yo misma; en mi pueblo siempre solía acarrear agua. Me gustaría mucho
darme un baño y lavar mis ropas.
-Sí -Xena se rascó la barbilla-, deberíamos conseguirte ropas nuevas, para que puedas
cambiarte de vez en cuando.
-¿Había empezado a ofender tu olfato? -preguntó Gabrielle sentándose en la cama y
sacándose las sandalias.
-No. Sólo que parece que probablemente no suelas llevar puesta la misma cosa un día sí
y el otro también. Y necesitamos conseguirte un par de botas también; las sandalias no
están bien para la clase de viajes que haremos.
-¿Todos los viajes que nosotras haremos? -Una frente rubia se alzó.
-Sí, pero pienso, Gabrielle, que si encuentras un lugar...
-Tú serás la primera en saberlo.
-Continuemos, consigamos un agradable baño caliente. Y disfrutémoslo. Podría ser el
último que consigamos en un tiempo.
-Gracias.
Xena miraba a su compañera de viaje dejarla mientras empezaba a quitarse sus propias
botas. Se preguntaba, mientras ella las arrojaba al rincón, por qué había dejado que
esta muchacha estuviera con ella. No era seguro, no era lógico y no estaba bien.
Porque ella es tu amiga. Su mente le decía mientras se despojaba de sus pieles y
las dejaba sobre la cama. Y tú necesitas una amiga. Más que nunca la has necesitado
antes.
Suspiró y se dio la vuelta, mirando fijamente a la puerta que las separaba. Lo
entenderás y cuando lo hagas te marcharás. Sólo espero que lo comprendas antes de que
te hieran. No necesito que otro inocente resulte herido.
Gabrielle abandonó definitivamente el baño con una gran pieza de lino cubriéndole el
cuerpo. Ella notó que el fuego ardía lentamente y fue a asistirlo, tratando de no
despertar a Xena, que parecía estar dormida.
-¿Tienes hambre?
La pregunta sobresaltó a la rubia que dejó caer un tronco en su pie.
-¡Au! ¡Maldición! -se detuvo tan pronto su cerebro asoció la obscenidad. Se sentó sobre
su cama y frotó su pie mientras las lágrimas asomaban en sus ojos.
Xena se sentó, encontrándose sorprendentemente preocupada.
-¿Estás bien?
-No. Me herí el pie, maldije y me asustaste.
En ese punto Xena se echó a reír. Supo enseguida que no haría sentir mejor a Gabrielle
y probablemente sería peor. Finalmente, logró pararse y se arrodilló, tomando el pie de
Gabrielle en su mano.
-Déjame verlo.
-No es divertido.
-Lo sé. Lo siento. No quise asustarte.
-Pensé que estabas dormida.
Xena examinó cuidadosamente el pie de la rubia y lo frotó donde empezaba a amoratarse.
-No está roto, pero estará dolorido durante un par de días.
-Viviré. Como decía mi madre, "está demasiado lejos del corazón como para matarte".
-Mi madre solía decir, "sanará antes de que crezcas y te cases".
Gabrielle sonrió, mirando hacia el pie que Xena aún frotaba.
-Supongo que eso servirá para demostrar que nuestros padres no lo saben todo, ¿eh?
-Tu mamá tenía razón. Está demasiado lejos de tu corazón como para matarte.
-Gracias. -Gabrielle retiró su pie y colocó ambos pies debajo de sí-. Aún hay agua
caliente si quieres un baño.
-¿Estoy empezando a apestar? -Xena sonrió ampliamente cuando los ojos de Gabrielle
descendieron-. Está bien, puedes decirme la verdad.
-Ehm, bueno, sí, Xena, hueles un poco mal.
-Es sudor de guerrera. Ése es el efecto. -Le dio palmaditas a la rodilla de su amiga-.
Iré a lavarme.
-Vale. Intentaré una vez más hacer la fogata.
Xena comenzaba a decirle que no se molestara, que ella se ocuparía de eso después de su
baño, pero se detuvo y asintió con la cabeza.
-Muy bien, hazlo. Luego, después de la cena, te enseñaré como hacer un buen estofado de
cordero. -Levantó la barbilla hacia un paquete que habían comprado antes de llegar a la
posada, el cual contenía todos los ingredientes requeridos.
-Yo puedo cocinar -se ofreció Gabrielle discretamente.
-¿En serio?
-Sí, y soy muy buena cocinando.
-Bueno, entonces creo que ésa es tu nueva tarea para nosotras. Te hago un trato. Yo lo
cazo y tú lo cocinas. ¿Te parece justo?
-Totalmente. No hay problema. Quiero hacer lo que me corresponda.
-Lo sé, pero en esta situación, tu parte tendrá que aumentar a lo largo del tiempo. Va
a ser una aventura interesante.
-Ya lo es.
-A mí me parece que las encuentro en los lugares más extraños.
Gabrielle sonrió porque el estilo de la conversación entre ellas estaba comenzando a
cambiar. Cada momento que pasaba Xena se volvía menos rezongona y ella esperaba que eso
continuara.
-Ve a tomar un baño. Prepararé la cena.
La guerrera le guiñó y se volvió hacia el cuarto de baño.
Gabrielle colocó todo en una pequeña marmita y lo puso a cocer en el gancho sobre el
fuego. Luego su natural curiosidad la venció y comenzó a revisar el cuarto. Al abrir las
puertas de un pequeño armario en la pared encontró una bolsa de cuero, aparentemente
abandonada por el último ocupante de la habitación. La tomó, notando que estaba cubierta
con una buena cantidad de polvo. Estornudando, la llevó a la cama y se sentó antes de
abrirla.
En su interior encontró un par de plumas, un pequeño frasco de tinta y algunos pergaminos.
También había una carta, la cual parecía bastante vieja y crujió ruidosamente cuando
desdobló el papel. Acercándose al fuego, sostuvo la carta de manera que pudiera leerla.
A veces ocurren cosas en tu vida que nunca esperarías.
Que nunca podrías prever, que nunca creerías aunque el mismo Zeus descendiera del Olimpo
y te lo dijera.
Eso me ha ocurrido.
No soy más que un hombre viejo, un narrador con algo de reputación en mi región natal.
Ahora me encuentro lejos de mi hogar y al final de mi vida. No saldré de esta pequeña y
encantadora posada.
Gabrielle levantó la vista y miró a sus alrededores, todo era adecuado, pero de ninguna
manera encantador.
-También hace un tiempo que estuviste aquí.
Volvió a levantar el papel y continuó leyendo.
Sólo tengo unas pocas cosas, la mayoría de las cuales se las he dado a la gente de
este pueblo en pago por su bondad con este viejo. Lo único que me queda es esta bolsa y
estas pocas herramientas de un bardo. Nadie de aquí las quiere, así que te las dejo a
ti.
Por favor, toma este regalo que has descubierto. Tal vez dentro de ti hay un bardo
esperando a salir. Quizá esta noche sea la noche en que tu musa se pose delicadamente
en tu hombro y susurre calladamente en tu oído las voces que te guiarán a relatar
grandes historias y a contribuir al cambio del mundo a través de las palabras.
También encontrarás una moneda en la bolsa. Recuerda tener una para que siempre tengas
suerte en tus aventuras.
Carpe Diem
Gabrielle aún veía la última frase con la que no estaba familiarizada, cuando Xena entró
al cuarto. Estaba envuelta en uno de los largos linos y usaba otro para secarse el
cabello.
-La cena huele bien.
-Gracias. Mira lo que encontré.
Xena se sentó a su lado en la cama y miró la bolsa.
-¿Qué tienes allí?
-Parece la vieja bolsa de pergaminos de alguien. Creo que ha estado aquí mucho tiempo.
Mira esto -entrega la carta a Xena y la mira mientras lee-. ¿Qué quiere decir? -señala
las últimas dos palabras.
-"Carpe Diem." Está en latín, significa aprovecha el día.
-Parece un buen consejo.
-Depende de quién esté aprovechándolo y por qué.
-¿Qué tal si solo fuera para vivir? ¿Sólo para disfrutar la vida? ¿Valdría la pena?
-Supongo que si -Xena se encogió de hombros.
-También valdría la pena si alguien quisiera cambiar su vida.
Lentamente, surgió una sonrisa en la cara de Xena y miró de lado a Gabrielle.
-Valdría la pena, ¿eh?
-Seguro. ¿Y sabes qué lo haría mejor?
-¿Qué?
-Si la persona que quisiera hacerlo tuviera una amiga que quisiera ir con ella y
ayudarla.
-Si, creo que sería una gran diferencia.
-Creo que sería toda la diferencia del mundo.
Xena reunió todas las cosas y le entregó la bolsa a Gabrielle.
-Quédate con esto. Tú sí que sabes expresarte, eres una bardo por naturaleza.
-¿Significa que me puedo quedar?
-Si, si, te puedes quedar.
-Gracias. No te arrepentirás, te lo prometo.
-Lo sé.
Fin... de hecho, es sólo el principio...