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AL CALOR DEL VERANO
BAJO EL ALMENDRO
Nira
La primera vez que ocurrió estuvo a punto de llamar a la policía, de hecho lo hizo pero
justo al marcar el número apareció. La alegría inicial de verla bien y entera, sin
heridas aparentes, se fue transformando en enfado y en reproches. Había estado más de
cinco horas buscándola por cada rincón de la casa y preguntando a cuanto vecino
localizó, lo que provocó que algunos se organizaran para ayudarla. Era un pueblo
pequeño y todos se conocían bien.
"Mi mundo está aquí, abrazada a tu cuerpo y escuchando tu respiración. Mi mundo eres
tú, esté con quien esté, es tu amor quien me alimenta y me da vida, el sentido de mi
existencia, la razón de mi pasión".
Su avanzada edad y su estado de salud le llevaron a pensar lo peor, sufriendo cada
minuto con la idea de no volver a verla y más aún con no haber tenido la ocasión de
despedirse.
- Sólo fui a dar un paseo, necesitaba aire -.
Eso era lo único que le contestó como explicación y aquello hizo aumentar su enfado
hasta el punto de no dirigirle la palabra durante dos días, algo que constituyó más un
castigo para ella misma que para su abuela, una mujer más bien parca en palabras, sin
embargo, ella no conseguía aguantar diez minutos sin hablar.
- Abuela, esto no te lo perdono -.
- Ah, ya hablas -.
Sentadas una frente a la otra disfrutaban de una taza de café con hielo pues el calor
comenzaba a apretar a medida que el verano avanzaba. Aunque tenían los mismos gustos
para algunas cosas nadie podía averiguar a simple vista su parentesco. Eran muy
diferentes la una de la otra, la anciana de tez blanca, ojos verdes y con su aún rubia
cabellera contrastaba con el largo pelo negro de la joven y su mirada de un intenso
azul. Por eso cuando era una niña, su abuela, conciente del profundo cariño que su
nieta le profesaba, le hacía rabiar diciéndole que en realidad no eran familia y que su
madre la había encontrado debajo del viejo almendro, eso provocaba un gran enfado en la
pequeña y siempre temperamental, Andrea.
Cada tarde se sentaban en la pequeña terraza frente a la casa, en invierno delante de
una taza de café caliente, en verano con una taza de café con hielo, era un momento que
siempre reservaban para ambas, pasara lo que pasara, exceptuando los años de universidad
en donde decidió su camino, no sólo su profesión de médico rural sino descubriendo el
gran amor que sentía y las profundas raíces que la ataban a su pueblo natal, a pesar de
todos los problemas que eso pudiera ocasionar en el presente y en el futuro.
- ¿Por qué siempre me decías aquello abuela? -.
- ¿El qué? -.
- Cuando era niña me contabas que mi madre me había encontrado bajo el viejo almendro,
no sabes como me hacía rabiar -.
- Me encantaba la carita que ponías, toda roja pero sin atreverte a levantar la voz -.
- Sin embargo, nunca vas por allí, ¿por qué no vas?, es un lugar precioso -.
De nuevo su abuela contestaba con el silencio, siempre lo hacía cuando un tema la ponía
incómoda, sencillamente se callaba dejando que el tiempo pasara y que quien hablase se
olvidara del tema, ya fuera ella o cualquiera del pueblo.
La segunda vez que ocurrió, no supo que pensar ni que hacer, no quería volver a llamar
a la policía ni alertar a todo el pueblo, ya había sido demasiado bochornoso la primera
vez. Decidió buscar por su cuenta por toda la casa y por los alrededores. Esa vez duró
más, casi seis horas estuvo desaparecida y sus nervios se encontraban ya a flor de piel,
ni siquiera acudió a su cita diaria con el café a la sombra del pequeño porche.
"Quisiera tener tu fuerza y coraje para enfrentarte al mundo, para defender lo que
consideras tan justo, y me lamento, me odio por no ser como tú, por ocultarme, por
mentir, por ser tan cobarde. Y no lo entiendo, no sé por qué sigues aquí conmigo cuando
tantas veces he negado lo único que me mantiene viva".
De nuevo la vio llegar, aunque con apariencia cansada, la expresión de su cara era
indescriptible y casi se asustó al verla, pues nadie como ella la conocía y de sólo un
pequeño vistazo podía adivinar su sentido de ánimo. Pero en esta ocasión era un completo
misterio. Aún así no le preguntó pues sabía que hubiera sido en vano tratar de
averiguar nada, se cerraría en banda como siempre hacía.
- ¿Estás bien? -.
Se encontraban sentadas en el porche a la hora del café. Desde la tarde anterior ambas
se habían comportado como si nada hubiera pasado y eso a Andrea la estaba matando.
Intentaba convencerse de que aquellas desapariciones sólo eran manías de la edad, no en
vano acababa de cumplir noventa años y tantos años siempre acaban pasando factura de
una manera o de otra.
- Perfectamente, cariño - le cogió la mano y la miró a los ojos - No te preocupes por
mí, ¿de acuerdo? -.
- ¿Cómo no preocuparme abuela?, eres mi familia y sabes que te quiero mucho, si te
pasa algo cuéntamelo, por favor -.
Se limitó a darle un beso y aquel gesto, lejos de calmarla, hizo que su preocupación
aumentase aún más.
Aquellas desapariciones, a las que finalmente llamó paseos para desdramatizarlas,
comenzaron a repetirse cada semana, descubriendo que no eran aleatorias, se producían
todos los jueves desde las tres hasta alrededor de las ocho de la tarde, y sin poder
evitarlo una idea comenzó a rondarle por la cabeza. Sabía que su abuela se enfadaría si
la descubriera, pues su intimidad siempre fue muy importante para ella. Sin embargo,
aquella sensación no la dejaba dormir.
"Aquí me siento segura, entre tus brazos, sintiendo cada una de tus suaves caricias
en mi pelo, con tus dulces besos en mi piel, con el amor que me regalas sin merecerlo,
me entrego a ti desde lo más profundo de mi ser. Un día, sólo uno. Una única tarde que
sin embargo hace que todo tenga sentido, transformando mi confusión en ilusión. Aquí,
sólo aquí está mi hogar y todo lo demás es mentira, aquí dónde sin darme cuenta te
apoderaste de mi, de mi débil corazón y mi tembloroso cuerpo. ¿Por qué tanto odio amor?,
¿por qué?".
No sabía cómo lo hizo pero había conseguido burlarla, todo el día permaneció atenta a
cada uno de los movimientos de su abuela por la casa y, sin embargo, ya no estaba. Una
vez más volvía a buscarla por cada rincón sin hallar el más mínimo rastro de ella.
Decidió salir a pasear, simplemente no se preocuparía más, llevaba desapareciendo todos
los jueves desde hacía más de un mes y siempre volvía sana y salva, aunque cada vez más
fatigada.
"Este es mi hogar, nuestro hogar. No quiero irme, no te voy a dejar sola, no quiero
volver a una vida que no es la mía, a un amor que no es el mío, a una pasión que sólo
lleva tu nombre y que sin embargo está tan lejos de ti. No me voy, te lo digo y te lo
repito, me quedo aquí contigo pase lo que pase. Si te vas me iré contigo, lo
afrontaremos juntas, pero no me dejes sola, sin ti no podré seguir adelante, no tendré
motivo para ello."
Una sensación de angustia se clavó en su pecho y sin darse cuenta apretaba el paso
haciendo más largas sus zancadas. Al poco tiempo corría sin saber por qué y, sin
embargo, por absurdo que pudiera parecerle, por primera vez, sabía exactamente dónde
buscar, sabía que estaría allí y lo que era peor, sabía que tenía que darse prisa.
"¿Por qué te odian?, ni siquiera te conocen, sólo dices la verdad y eso no lo
soportan, tu corazón es el más puro que jamás halla conocido y sólo la más cruel de las
ignorancias es incapaz de valorarlo... No, no me iré, pase lo que pase no me alejaré de
ti, que nos maten si quieren hacerlo, si eso les hace felices, vivir más tranquilos...
Que nos maten pero no me iré, moriré contigo... ¿Por qué?, no lo entiendo, ¿por qué
llamarle a él?, ¡sólo dime por qué le has llamado!, él no lo entiende, nadie lo
entiende, sólo tu y yo... ¡¡déjame, suéltame!!... ¡¡¡Alba me iré contigo!!!...
¡¡¡¡Alba, no me dejes!!!... ¡¡Albaaaa!!!"
Nada pudo hacer, había llegado demasiado tarde. Las horas siguientes fueron las peores
y las más largas de su vida, horas de reproches a si misma por no haberlo visto venir,
de enfado hacia ella por no contarle que algo pasaba. La encontró tumbada a la sombra
del viejo almendro, desde el principio supo que no dormía, supo que se había ido de
allí y además había elegido la manera de irse. Quizás era lo que buscaba cada tarde de
jueves.
- ¿Estás seguro de qué es esto lo que quería? - dijo mirando a Adrián, el viejo amigo
de su abuela.
- ¿Quieres volver a leer su carta? -.
- No, no hace falta, es sólo que ....- se encontraba algo confusa con todo aquello -
... siempre pensé que la enterrarían junto a mi abuelo, en fin, con su marido -.
- Esta fue su última voluntad -.
- Pero, ¿por qué?, no entiendo nada, ¿qué tiene este lugar? -.
Una ligera brisa movió las hojas del viejo almendro bajo el cual enterraban las cenizas
de su abuela tal y como fue su último deseo y que dejó escrito en una escueta carta,
demasiado simple como para poder dar respuesta a tantas dudas que se le acumulaban.
Al día siguiente se encontraba completamente sola, sentada en el fresco suelo a la hora
del café, hora que quería compartir con ella pues su muerte aún reciente le resultaba
muy difícil de aceptar. Lentamente se dejó llevar acostándose debajo de aquel viejo
almendro, observando sus hojas, estudiando su tronco como si en él se hallase la
respuesta a todas las preguntas que se le acumulaban en la garganta.
- Hola -.
No pudo evitar emitir un pequeño grito, no obstante se encontraba completamente sola.
De un golpe se levantó quedándose sentada y girando su cabeza en dirección al lugar
donde había sonado aquella extraña voz femenina. Observó a su dueña y de un solo
vistazo supo que no era del pueblo y, sin embargo, había algo extrañamente familiar en
ella.
- Disculpa, no quería asustarte -.
- Pues lo has echo - sonrió un momento - Creía que estaba sola -.
- ¿Eres Andrea? -.
Esta vez la miró fijamente, ¿cómo sabía su nombre?, estaba segura de no haberla visto
antes por el pueblo. Su mirada transmitía bondad a través de dos intensos ojos verdes y
ayudada por una tranquila sonrisa, su pelo rubio completaba una imagen que le hacía
recordar a su abuela. "Así tenía que haber sido de joven" - pensó para si misma.
- Sí, soy yo -.
- Siento lo de tu abuela -.
- Ah, gracias, ya era una persona mayor - suspiró pues seguramente alguien le habría
hablado de su situación.
- ¿Qué edad tenía? -.
- Acababa de cumplir noventa años -.
- Vaya... te importa si... - señalaba el sitio en el suelo junto a ella.
- No, siéntate, este lugar es de todos, pero te advierto que está algo húmedo - sonrió
y ella le correspondió sintiendo una pequeña y extraña punzada en su corazón.
Aquella joven la miraba tan fijamente que sentía su cara empezar a ruborizarse, algo
que nunca le pasaba y, sin embargo, estaba cómoda a su lado. Nada sabía de ella, pero
un vínculo desconocido para ambas comenzó a tejerse en aquel momento.
- Perdona que te lo pregunte pero no te he visto nunca por aquí, ¿estás de vacaciones
o algo así? -.
- Es la primera vez que vengo... -.
Conversaron como harían dos viejas amigas que acabaran de encontrarse después de muchos
años, hablando de todo lo que ha sido la vida de cada una, poniéndose al día. Descubrió
que su familia vivía muy cerca de allí pero ella había nacido y crecido en la gran
ciudad, desde siempre su padre le contaba sus vivencias de niño en aquel pueblo y de
cómo eran sus gentes. A pesar de lo mucho que sufrió adoraba aquel lugar, y en el,
habían personas que siempre valdrían la pena.
- ¿Por qué sufrió tanto tu padre? -.
Su mirada era imposible de descifrar para Andrea, y, sin embargo, lo interpretó como
que se estaba metiendo donde no debía.
- Lo siento, no es asunto mío -.
- Sufrió mucho por su madre -.
- ¿Por tu abuela? -.
- Sí -.
- Conozco a tu familia pero nunca he oído nada de tu abuela -.
De nuevo el silencio envolvió la conversación y decidió no preguntar más, al fin y al
cabo, acababa de conocerla.
- Se está muy bien aquí, bajo este almendro -.
- Sí, quizás por eso quiso que la enterraran aquí -.
- Andrea... -.
La miró fijamente pues notaba algo en su voz que hasta ahora no había sentido,
comprobando lo hermosa que se veía en aquel momento, su suave perfil y el bello
contorno de su rostro.
- A mi abuela la asesinaron -.
Aquella inesperada confesión hizo que se incorporara completamente pues hasta ahora
había permanecido casi acostada sobre la tierra, aplastando la pequeña y fresca hierba
que allí crecía.
- ¿La asesinaron? - se sorprendió pues nunca había escuchado nada parecido - ¿En este
pueblo? -.
- Sí -.
- ¿Estás segura? -.
- Ocurrió aquí -.
- Perdona, no es que dude de ti, es que... no sé, me parece increíble, jamás nadie me
contó nada sobre un asesinato... en este pueblo -.
- Fue aquí, Andrea, bajo este almendro -.
No pudo aguantar más y de un salto se puso de pie mirando fijamente a la rubia que con
endereza lograba no desviar su mirada. No sabía que pensar sobre ella, sobre lo que le
estaba contando, pero algo se revolvía en su interior y sabía que, aunque le asustara,
tenía que escucharla.
- Eso no puede ser, tienen que haberte contado mal esa historia, yo nací aquí y he
vivido aquí la inmensa mayoría de mi vida, jamás he escuchado nada parecido -.
- La enterraron aquí -.
Aquellas palabras se repetían una y otra vez en su cabeza mientras intentaba pensar
sobre lo que estaba pasando.
- Estás... ¿estás segura de eso? -.
- Mi padre me lo dijo y sus tías, en realidad primas de mi abuela, me lo han
corroborado, las pobrecitas lloraban al pensarlo -.
La miraba lo más fijamente que sus ojos azules podían mirar, casi la atravesaban
intentando ver en su interior algo que le indicase si todo aquello era verdad o si se
trataba de un broma cruel o sencillamente aquella chica estaba loca.
- ¿Las Sras. Farias?, eso no puede ser, ellas jamás tuvieron una prima... que yo sepa -.
- Sí que la tuvieron pero renegaron de ella, la olvidaron, no sólo enterraron su
cuerpo, también su recuerdo -.
Algo le decía que aquella chica no mentía, parecía una locura pero quizás, sólo quizás,
aquella historia podría explicar el extraño deseo de su abuela.
- ¿Por qué? -.
Ahora era ella a la que dos ojos verdes miraban fijamente antes de contestar.
- Por ser como yo y... como tú-.
Las preguntas sobraban, hubiera sido un insulto formularlas, a lo largo de la tarde y
de su larga conversación inicial quedó claro que existía atracción entre ellas, y es a
ese sentimiento al que se estaba refiriendo. Su abuela lo supo antes que ella misma, la
apoyó siempre a pesar del rechazo que en un principio ocasionó entre su familia, sus
padres y hermanos que hacía muchos años se habían ido del pueblo, y el propio rechazo
de sus vecinos. Ahora, aunque seguían sin entenderlo y recibía miradas extrañas cuando
la veían, todo era distinto. Poco a poco se habían acostumbrado y comenzaban a aceptarlo,
al menos buena parte del pueblo, siempre había gente, fuera donde fuera, que la miraba
con asco e incluso con odio.
Volvió a sentarse a su lado y comprendió que aquella historia era verdad y que
necesitaba oírla pues allí encontraría la explicación a todas sus dudas.
- ¿Qué pasó? -.
- Mi padre me lo contó hace algún tiempo, pero no me dijo quién era -.
- ¿No te dijo quien era tu abuela? -.
- No, yo ya sabía de ella... mis tías me lo han confirmado -.
- No te entiendo -.
- Esto no va a ser fácil para ti -.
- Quiero oírlo - la miró a los ojos descubriendo, una vez más, lo mucho que su mirada
la atraía - Necesito oírlo -.
- Cuando mi abuelo murió siendo aún muy joven, mi abuela se encontró sola con un niño
de dos años, lejos de asustarse siguió hacia delante... por lo que mis tías me cuentan,
mi abuela se casó por imposición paterna con el mejor partido del pueblo, al parecer
era una mujer muy guapa... -.
- Eso no lo dudo, viendo a su nieta - sus palabras salieron de su boca sin control y
sintió como su cara volvía a ruborizarse, lamentando no haberse podido controlar - Lo
siento - a cambio de su disculpa aquella bella joven le regaló una tierna sonrisa.
- ... pero mi abuelo resultó ser un cafre, abusaba de ella e iba contando por ahí que
era una mujer muy frígida, que jamás le correspondía, así que por muchas razones su
muerte casi fue un alivio para mi abuela, no sólo no le soportaría más sino que tenía
la mejor de las excusas para no volver a casarse jamás -.
- ¿Cómo sabes que tu abuela era...? -.
- Espera -.
- Perdona, sigue -.
- Una tarde su madre, es decir, mi bisabuela la sorprendió besando a una chica sobrina
de un vecino que, por lo visto, pasaba los veranos aquí -.
- ¿Y qué pasó? -.
- Imagínate, hasta llamó al cura para sacarle el demonio de dentro pero ella nunca lo
negó, lo sabía todo el pueblo, la insultaban, la trataban como a una loca pero aún sí,
nunca negó su amor por una mujer -.
- ¿Tanto amaba a aquella chica? -.
- No, eso sólo fue pasajero, su amor le pertenecía a otra mujer del pueblo -.
Su mente se negaba a asimilar lo que su corazón supo desde el primer instante,
simplemente no lo entendía.
- ¿Estás bien? - le preguntó al observar su cara un tanto pálida.
- Sí, es sólo que... sigue, por favor -.
- Con ella se reunía aquí, donde ahora estamos tú y yo, está apartado y poca gente
caminaba por aquí, bajo este almendro se demostraban su amor lejos de las miradas de la
gente del pueblo y de su odio hacia ella -.
- ¿Alguna vez supo alguien quién era la otra mujer? -.
- No, siempre lo ocultó. Una tarde alguien la sorprendió bajo el almendro sin que
pudiera ver quién era su amante, avisó en el pueblo y algunos hombres y mujeres fueron
a buscarla, sus gritos e insultos las alertaron y obligó a su amante a marcharse antes
de que nadie llegara, aquellos fanáticos la mataron aquí mismo y enterraron su cuerpo,
declarando esto como lugar de Satán -.
- Era mi abuela, ¿verdad?... su amante era mi abuela -.
- Es lo que pensé cuando escuché que una anciana quería ser enterrada aquí -.
- Esa sería la única explicación - su mente daba mil vueltas - Pero... no lo entiendo,
ella fue la primera en saberlo de mí, lo supo antes que yo misma, siempre lo hablé todo
con ella, ¿por qué nunca me dijo nada? - las lágrimas volvían a sus ojos sin poder
controlarse - Nos lo contábamos todo -.
- Debió sufrir mucho -.
- ¿Y mi abuelo?, siempre creía que se amaban y todo era... mentira -.
- Lo siento, eso no puedo saberlo -.
Sintió la mano de aquella chica sobre su hombro y un escalofrío recorrió su cuerpo,
dejándose llevar por el gran dolor que sentía en ese momento se abrazó a ella, abrazo
que fue correspondido.
- ¿Sabes algo?, te llamas igual que mi abuela -.
Se separó de su abrazo sintiéndose un poco mejor y la miró a los ojos un tanto
sorprendida.
- ¿Tu abuela se llamaba Andrea? -.
- Sí, es un nombre precioso - le apartó un mechón de pelo negro de la cara en un gesto
tan tierno que todo el cuerpo de la morena tembló con aquel tacto.
- Fue mi abuela quien me puso ese nombre -.
- ¿En serio? -.
- Sí - de repente se rió.
- ¿Qué? -.
- Ella siempre me decía que yo no era su nieta, que mi madre me había encontrado
debajo de este almendro -.
- ¿Por qué te decía algo así? -.
- No nos parecíamos mucho, en realidad, nada. Yo morena de ojos azules y ella rubia de
ojos verdes, yo alta y ella baja -.
- Igual que yo -.
- Sí, muy parecida a ti -.
- ¿Y cómo se llamaba? -.
- Alba -.
Observó la expresión de su cara y como la miraba fijamente.
- ¿Qué pasa? -.
- Yo también me llamo Alba -.
- No -.
- Sí, mi padre me lo puso en honor a su madre -.
- ¿No la odiaba?, quiero decir... por ser así -.
- Él era aún muy pequeño cuando eso pasó pero desde que conoció la historia siempre se
sintió orgulloso de su madre por tener la valentía de enfrentarse al mundo en un época
como aquella -.
- Debe de ser un gran hombre tu padre -.
- Sí -.
Un silencio las envolvió, lejos de ser incómodo se convirtió en una forma de unión,
pues cada una asimilaba no sólo la historia que allí habían vivido sus abuelas sino de
que manera las había unido a ellas mismas.
- Es extraño -.
Alba la miró admirando sus profundos ojos azules y sus labios que cada vez la atraían
más sin poder remediarlo.
- ¿El qué? -.
- Me siento mucho mejor ahora -.
- ¿Por qué? - se acercó un poco más a Andrea que observaba el suelo con una suave
sonrisa en sus labios.
- No lo sé... por fin están juntas, ¿verdad? - miró aquellos ojos verdes que la
llamaban sin control - Tuvo que ser un gran amor, un amor digno de una novela con final
trágico, y mi abuela tuvo que sufrir muchísimo, ver como mataban a su amor y
ocultándose a pesar de todo -.
- Quizás por eso nunca habló -.
- ¿Por qué? -.
- Se sentiría demasiado avergonzada por no haber podido evitarlo, o por no haber
hablado entonces -.
- Sufrió mucho, viviendo en el más absoluto silencio -.
- Pero ya están juntas - pegó su cuerpo al de Andrea rodeándola por la cintura con sus
brazos y dejándose llevar, sencillamente no quería pensar.
- Las dos amantes vuelven a reunirse donde viven libres -.
- Ahora puede ser diferente -.
Se miraron a los ojos descubriendo su mutua atracción y unos sentimientos que poco a
poco comenzaban a surgir, pensando en el amor que sus abuelas vivieron en aquel mismo
lugar, sus rostros se acercaron lentamente hasta fundirse en un tímido pero dulce beso
que constituyó el principio de un gran amor, de una pasión sin mentiras, donde serán
dueñas de sus vidas, en una unión que nada ni nadie podrá romper jamás.
FIN
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