ADVERTENCIA: Esta historia es subtexter.
DEDICATORIA: Para Anastacia, por ese pedazo de nuevo videoclip de L.O.S.A., reeditado para un país que no la aprecia como se merece.

Para críticas instructivas o intercambio de opiniones, escribidme a:
lady_bardo@hotmail.com


EL RELOJ

Lady_Bardo

Tercera parte

Andando por los pasillos lentamente y en completo silencio, Gabrielle sentía como sus ojitos se cerraban lentamente a cada paso que daba. Xena andaba junto a ella, mientras todos los esclavos que siempre las acompañaban, las escoltaban a su alrededor. La bardo hizo un esfuerzo por apartar el sueño de su cabeza, aunque hiciese breves momentos que se había despertado. Sintió que al recordarse durmiendo placidamente, un fuerte bostezo se hacía con ella.
Bostezó silenciosamente, pero no pasó desapercibido para Xena. La guerrera sonrió, antes de volver a serenar su rostro y decirla seria y firme:

"No bosteces. ¿Quién te ha dado permiso?" Xena se moría por reirse al ver la cara atónita de Gabrielle. Sin embargo la guerrera aguantó la risa al tiempo que Gabrielle comprendía que no podía contestarla, pues para todos los que la rodeaban ella tan solo era una esclava sumisa. Ya se vengaría más tarde, decidió Gabrielle, mientras entraban al comedor otra vez.

Como siempre Kambara las esperaba ya sentado y con el esplendido desayuno servido sobre la mesa. Pero aquella mañana algo era diferente: los diez guardias colocados a las espaldas del dictador.
Gabrielle respiró hondo al ver aquello y buscando no parecer temerosa miró al suelo con la cabeza gacha, como una buena esclava. Sin embargo no podía dejar de temer aquella extraña situación, ¿las habría descubierto? En ese caso estaban perdidas.
Xena debió de adivinar que suposiciones pasaban por la cabeza de la bardo, o quizás ella tambien pensaba lo mismo, porque le susurró:

"No te preocupes, actua natural. Verás que no ocurre nada" fue un siseó casi inaludible, pero Gabrielle lo entendió y la obedeció mientras andaban hacia la mesa. Igual que siempre, Xena tomó asiento, mientras que Gabrielle se quedaba de pie a unos metros detrás de ella.

"Buenos días" dijo al fin Kambara.

"Buenos días" respondió sonriendo Xena. "¿A qué se debe ese despliegue de soldados?" preguntó como si de lo más normal se tratara. Como siempre no importaba que el peligro fuera obvio, su templanza la acomapañaba en cada sílaba.

"Tengo un pequeño problema" comentó Kambara. Aquella frase sonó tan amenazante que Gabrielle echó en falta sus sais. "Creo que algo no va bien" añadió, mirando al instante a los ojos de la bardo. Nunca la miraba y menos directamente, siempre la ignoraba. Algo iba realmente mal. De nuevo echo algo más de menos, el chakram de Xena. Quizás si salía corriendo podría conseguir las armas y...

"Explícate. Odio a quienes se andan por las ramas" le exigió Xena, mientras se sentaba a la mesa y comenzaba a ojear el desayuno que habían servido.

"Tu fiel sirviente, Sofía, creo que no es tan fiel".

"Sigues andando por las ramas" bramó Xena.

"¿Cómo se llama? La que te acompaña a todas partes y es digna de tu confianza, ¿cómo se llama?"

"¿Cómo?"

"Ya que no respondes tú, lo haré yo. Se llama Gabrielle, y algunos la conocen como la bardo de Potedaia" comentó el dictador con gesto furioso. Gabrielle mantuvo su mirada en el suelo, y se obligó a mantener el cuerpo libre de tensiones, a pesar de que todo él quiso contraerse del terror ante aquellas palabras. El dictador volvió a hablar, ¿aun tenía más que añadir? Pensó angustiada. "Sin embargo otros la conocen como la compañera inseparable de Xena, la Princesa Guerrera" gruñó. Sus hombros se tensaron, Gabrielle lo había visto, Xena se puso nerviosa y tensó los hombros. Si Xena se agitaba, ¡Gabrielle perdía los nervios! "Sofía..." farfulló aquel desagradable hombre "... espero que tú no supieses nada de esto" declaró. Gabrielle se quedó atonita, ¡Kambara no se había dado cuenta de nada!

Xena se tomó su tiempo, levantó el rostro y le miró con calma, como inspecionándole, antes de contestarle. "¿Bromeas? ¿Cómo no iba a saberlo?" preguntó como si fuese lo más lógico del mundo. Gabrielle miró a su amiga, ¿Qué iba a hacer? Quizas confesaría su auténtica identidad, se descubriría ante Kambara y todo su plan se iría al garete, tan solo porque a ella la habían reconocido.

"Señor, yo..." se adelantó Gabrielle.

"¡Calla!" la ordenó Xena. La bardo acató sus palabras al instante, mirándola extrañada. Xena debía tener otro plan pensado, en lugar de descubrirse, porque sino no la hubiese hablado asi. Perfecto. "No te he dado permiso para que hables. Ademas no hace falta que te excuses. Lo haré yo" comentó Xena, sentada a la mesa y sin girarse hacia Gabrielle mientras se dirigía a ella. De nuevo tocó el turno de hablar con Kambara. "No tomaré represalias pues se lo importante que es la seguridad para sobrevivir en los tiempos que corren, pero esta insolencia bien podría haberte salido cara. Asi que te aconsejo que los hagas desaparecer antes de que me ofenda".

"Pero..." reclamo él.

"Ahora, ¡a todos!" aclaró Xena firmemente.

"Es... esta bien" respondió, acatándola como si él fuese el esclavo. A su señal cada hombre de su guardia volvió por donde habían venido.

"Bien. Y en cuanto a la cuestión que planteabas, ¿Cómo no voy a saber quien es esa mujer?" preguntó desayunando al mismo tiempo, con toda la despreocupación del mundo. "¿Cómo crees que llegó hasta mi?"

"¿Por un mercader de esclavos?" preguntó.

"¡No! Esos solo tienen hombres viejos y zarrapastrosos. ¿Acaso no oiste que Cesar logró acabar con Xena, la Princesa Guerrera?"

"No te sigo".

"Es sencillo, para esa... asquerosa mujer, solo había un destino, la cruz. Oí que permaneció una semana viva, sin lograr acabar con su agonía, y después un mes colgando su cadáver" relató fingiendo disfrutar con lo morboso de la historia. "Pero quedaba la cuestión de su compañera, una agradable pueblerina que permaneció junto a Xena amenizando sus últimos años" comentó. "Cesar no sabía que hacer, pero desde luego no pensaba gastar una cruz con ella, asi que la pedí para mí. Fue algo así como un regalo especial, y asi me quedé con ella en lugar de que Cesar ordenase a alguno de sus hombres que la matase, quizás con una flecha en el corazón".

"Entonces, ¿desde el principio sabías quien había sido esta mujer?"

"Nadie se convierte en mi doncella de confianza, sin que yo confíe en ella. Se cada trapo sucio de esa mujer, y desde luego se todo su pasado".

"En ese caso, no sabes cuanto lo lamento" respondió. "He de admitir que ordené a uno de mis hombres que averigüase... cosas sobre tu cirada".

"Cosas... ya" jadeó Xena.

"Si, a mi tambien me gusta asegurarme de que puedo confiar en quienes me rodean" se excusó con una sonrisa torpe. "Y al proporcionarme aquella información..., no sé, no imaginé que tú te mezclases con alguien que peleó contra Roma. Y luego pensé que quizás no lo sabías".

"Quizá ese es el problema. A veces no es bueno pensar mucho" respondió ella, fingiendo estar ofendida.

"Supongo. Perdóname" pidió. "¿Desayunamos?" Las tripas de Gabrielle se quejaron con un fuerte sonido. La angustia de momentos anteriores había desaparecido y con ello había regresado el hambre. ¡Y cuanto hambre!


"¿Y esto?" preguntó Xena observando lo que contenía el envoltorio. Se encontaba paseando con Kambara por los jardines que rodeaban su palacio. Caminaban los dos absolutamente solos y con cada paso que daban, Xena echaba más de menos a la bardo. Pero Kambara, ajeno a todo aquello, le había dado un regalo. Se trataba de un paquete, en el cual, tras abrirlo, la guerera encontró una piedra preciosa. "¿Por qué me lo das?"

"No lo se. No tiene motivo alguno. Tan solo quise regalártelo. Una mujer tan bella como tu se merece este tipo de regalos".

"Lo cierto es que es una joya bellísima" sonrió Xena, fingiendo que le interesaba. Seguramente cuando todo aquello acabara y volviese al camino junto con Gabrielle, lo venderían en el primer mercado. "No será un sutil chantaje para que olvide tu error del desayuno, ¿verdad?" inquirió mirándole a los ojos. El comenzó a tatamudear.

"Bue... bueno, quizás sí. Tan solo quiero que me perdones".

"Esta bien..." siseó mirando la joya, y guardándosela. "Pero creo que no será suficiente".

"Yo opino igual que tú" comentó sonriente. "Tengo algo más preparado".

"¿El qué?"

"No puedo decirte lo que es, pero si te diré que con ello espero convencerte para que me recomiendes a Cesar y el construya aquí su embajada".

"¿En qué estás pensando?" quiso saber, completamente intrigada.

"Esta noche te mostraré como logro mis victorias".

"¿En serio? ¡Eso es fantástico!" celebró.

"¿Sí?" preguntó el eufórico.

"Sí" respondió ella, igual de contenta. Por fín vería el reloj y quizás por fín lograría recuperarlo y devolverlo. Y entonces lograría acabar con todo aquel aburrido teatro. "Me parece una idea magnífica. Y si no te importa, me retiraré a mi aposento hasta la cena, con el fín de escribir a Cesar. Le contaré todo mi viaje y las buenas noticias".

"Estupendo" sonrió Kambara, no creyendo su suerte y como había cambiado de un momento a otro. "Entonces no te entretengo más y te dejo volver a palacio".

"Por fin veremos el reloj" celebró en un susurró Xena, mientras andaba por los pasillos, camino a su habitación. "¡Por fín!" celebró. Alcanzó la habitación y abrió la puera con prisa, deseando contarle a Gabrielle las buenas noticias "Gabrielle, est..."

Un litro de agua empapó a Xena por completo.
Se miró de arriba abajo, atónita, sin entender que había pasado. Solo era capaz de pensar que estaba empapada y calada hasta los huesos, cuando oyo una risa sincera y alegre, que siempre la hacía sonreir.

"Gabrielle..." gruñó la guerrera, mirando hacia la puerta. Sobre esta, en el marco, había una trampa estrategicamente colocada. Volvió a mirar a la bardo que continuaba sin parar de reir. La bardo la miró también y entre carcajadas pronunció:

"Perdonad, mi señora, ¿me daís permiso para reirme de vos?"

"Te mato" la amenazó apartándose los pelos, que empapados se habían pegado a su rostro.

"Eh, eh, te lo advertí, te dije que no te aprovechases y lo hiciste. Asi que..." no pudo evitarlo y volvió a reírse. Pero algo detuvo sus carcajadas al instante: Xena cambió el rostro. Borró su enfado y la sonrió. La bardo tembló por entero, al no poder imaginarse que estaría tramando.

"Tienes razón" exclamó Xena, cerrando la puerta de la habitación y mirando fijamente a su amiga. "Me aproveché de ti y tu situación. Esto ha sido un castigo justo" admitió derrotada, caminando hacia ella. "Asi que, hagamos las paces..." murmuró dando algunos pasos más en dirección a una bardo que no se creía aquel farol "... y dame un abrazo como confirmación de esa paz" sonrió picaramente.

"No, no, Xena, ¡ní se te ocurra!" gritilló, antes de que la guerrera se lanzara sobre ella. Echó a correr por la habitación, intentando escapar de ella. "Déjame, jajajaja, déjame".

"¡No!" contestó Xena, agarrándola al fín por detrás y dándola un estrecho abrazo.

"Estás empapada..." gimió Gabrielle entre carcajadas. "¡Me estás empapando!" protestó mientras Xena reía feliz por su victoria.

"Es culpa tuya" respondió Xena, escurriendo su pelo sobre la espalda de la bardo. Toda ella tembló por un escalofrío, pero Gabrielle no sabía con seguridad si lo provocó aquellas frías gotas por su espalda o el acogedor abrazo de Xena.

"Me estás helando" murmuró Gabrielle, mientras Xena, satisfecha con la revancha, se separaba de ella.

"¿Empate?" preguntó la guerrera tendiendo su mano.

"Estaaaa bien" gruñó la bardo, con una sonrisa resignada. "Pero no se te vuelva a ocurrir prohibirme bostezar, ¿vale?"

"Prometido. Perdóname, no lo volveré a hacerlo" le sonrió Xena dulcemente. Gabrielle, por efecto dominó, también sonrió sin apartar la mirada de los ojos de su amiga.

"Estás perdonada, lo sabes" respondió.

"En ese caso me iré a dar un buen baño" comentó dirigiéndose a los aseos. Gabrielle, observando su andar, no pudo evitar sonreir. Le encantaban aquellos momentos con Xena, aquellos juegos y aquellas situaciones. Esa faceta de su amiga, a veces tan oculta, pero por otro lado maravillosa, le mostraba la parte más humana, divertida y dulce de ella. Y aunque aquel tipo de momentos tan solo lograban enamorarla más de la guerrera, le gustaban. Eran como una dulce tortura.

Continuará...


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