7. SHEELA
La noche se me antojó demasiado efímera... ¡Me sentía tan bien con su cuerpo entre mis
brazos! Era una sensación cálida que hacía mucho tiempo que no sentía. Y además estaba
ese sentimiento que había comenzado a crecer desmesuradamente dentro de mi pecho, al que
no podía dar nombre, pero que me inundaba cada vez que me acercaba a ella. Era algo que
podía recordar, pero dolía demasiado hacerlo.
Estaba tan cómoda, que comenzaban a cerrárseme los ojos. Pero no debía dormirme. La
Bestia podía volver a atacar en cualquier momento. Al menos podía distraer a mi mente
contemplando a la hermosa mujer que se apoyaba sobre mi pecho y desentumecer mis brazos
acariciando su sedoso cabello dorado. Fijé la vista en la pequeña hoguera, admirando
cómo se consumía la madera entre las llamas, hasta que sólo quedaron rescoldos.
Finalmente se consumió por completo.
Escuchaba sus reposados latidos, su tranquila respiración resbalando por mi cuello,
erizándome la piel; sentía su cabello haciéndome cosquillas en la mejilla, la calidez de
su mano en mi vientre, el calor de su cuerpo, ligeramente inclinado sobre el mío... Una
larga noche en vela convertida en sólo un instante huidizo, que permanecería en mi mente
por toda la eternidad. Cerré los ojos unos instantes, para sentirlo todo con mayor
intensidad.
Aspiré el frío aroma de la mañana, descubriendo un antiguo perfume que me traía recuerdos
dolorosos. Era el perfume que llevaba la sacerdotisa la noche en que la había asesinado
con mis propias manos; la misma noche en que había salvado mi vida, condenando mi alma a
la profunda oscuridad en la que llevaba tanto tiempo sumida. De pronto una rama seca se
partió, produciendo un sonido que me alejó subitamente de mis cabilaciones. Abrí los
ojos, permaneciendo alerta a cualquier movimiento. Había alguien más allí.
Sientiéndolo con toda mi alma, agarré entre mis brazos el cuerpo pequeño y ligero de la
chica rubita, para apartarlo del mío. De pronto la mañana parecía más fría sin su calor...
Me agaché sigilosamente a su lado y le coloqué un pequeño mechón de pelo que le hacía
cosquillas en la nariz, mientras cogía el puñal que sugetaba en mi bota. No pude evitar
sonreír al apreciar la paradoja. Antes de levantarme, besé su tibia frente y una sonrisa
asomó en sus labios. Se veía tan dulce... Pero alguien espiaba desde los primeros
árboles del claro, y debía protegerla.
Caminé silenciosamente hacia donde me había parecido escuchar el sonido, justo detrás de
una palmera. Me alejé del lago junto al que nos habíamos acostado, agachada, empuñando
la daga. Cuando ya había perdido de vista la figura de mi acompañante, surgió a mi
espalda una sombra que me sobresaltó, haciéndome dar la vuelta. Y allí estaba ella, tan
hermosa como siempre, incluso más de lo que yo podía recordar. Su larga melena caía por
su espalda semidesnuda, como una espumosa cascada de obsidiana; sus manos suaves
recorrían las tensas cuerdas de un arpa, lanzando al aire una melodía ligera como la
lluvia de verano; sus ojos marrones se clavaron en los míos, como la tierra de un cabo
se adentra devastadoramente en el mar...
Me quedé paralizada, de pie ante ella, con cara de idiota mientras la miraba fijamente.
Ella me mostró su sonrisa, la más hermosa que nunca vi ni veré: con amabilidad, con
dulzura. Parecía querer decirme que todo iba bien. La melodía llegaba a su fin y ella
inclinó su cabeza hacia atrás, como solía hacer siempre que tocaba, para disfrutar mejor
de las últimas notas. Cuando los ecos cesaron, se levantó con lentitud, tardando lo que
se me antojaba toda una eternidad. Caminó hacia mí, tan despacio que creí que mi corazón
se pararía, pues cada paso suponía un aumento en la fuerza de cada latido. Levantó su
mano hacia mi rostro y lo acarició con suavidad.
Las lágrimas luchaban por escapar de mis ojos, pero había algo que intentaba convencerme
de lo irreal de la situación. Mi mente me gritaba que todo lo que estaba viendo no era
más que el producto de mi retorcida imaginación, que trataba de jugarme una mala pasada.
Su piel rozaba la mía, pero no me decía nada, no despertaba mis recuerdos, no hacía
saltar a mi alma hasta llegar al paraíso como lo hacía antes... Sus caricias fueron
descendiendo, provocándome escalofríos. Sus brazos rodearon mi cuerpo, acercándolo al
suyo. Sus labios comenzaron un intenso viaje através de mi cuello, de mis mejillas, mi
boca... Siguió de largo hasta que se colocó detrás de mí, sin dejar de abrazarme, y
alcanzó el oído para susurrarme con una voz extremadamente grave, plagada de pasión:
- Te echaba de menos, cariño...
Entonces el escalofrío fue tan terrible que la quise lejos de mí y la empujé con toda la
fuerza que pude reunir. Cerré mis ojos, intentando alejar su imagen seductora de mi
mente y de mi corazón. No podía ser ella, tenía que ser un sueño... Ella estaba muerta,
¡¡¡YO LA HABÍA MATADO!!! Era un sueño... Tenía que serlo... Un sueño...
- ¡¡¡YO TE MATÉ!!!
Abrí los ojos incorporándome violentamente, con la respiración agitada y bañada en sudor
frío. Miré hacia los alrededores, buscando algún indicio de que ella había estado allí
de verdad. Pero no encontré más que la arena ardiendo a mi alrededor.
- ¿Qué ocurre?- susurró una inocente y dulce voz amodorrada desde mi pecho-. ¿Estás bien?
Me pareció que gritabas...
- Tranquila. No ocurre nada. Es muy tarde, me he quedado dormida. Tendríamos que partir
cuanto antes o la noche nos cogerá antes de que podamos llegar al pueblo. Y eso no nos
conviene.
Esta noche me había dejado preocupaciones muy profundas. La Bestia de mi interior
trataba de reirse de mí mediante mis sueños y pesadillas. Esto sólo era un aviso. Pronto
me atacaría, pronto me demostraría que tenía más ganas que nunca de regresar al poder...
Y eso era algo para lo que ni el mundo ni yo estábamos preparadas.
*****
Caminábamos en silencio. Todavía quedaba medio día de viaje antes de llegar a nuestro
destino. Mi mente vagaba con libertad por mis recuerdos, que ya no estaban reprimidos
en lo más oscuro de mi mente, sino que recorrían impunemente cada uno de mis pensamientos.
Estaba tan sumida en mí misma que no había reparado en el intenso verdor de sus cálidos
ojos buscando a los míos desesperadamente. Trataba de descubrir el resto de la historia
de mi vida. La complacería, pero no podía mirarla. No tenía las fuerzas suficientes
tras todo lo que había pasado esa noche.
- Dejé la cueva antes de que mi hermano despertase- comencé justo cuando en su boca se
dibujaba el inicio de una pregunta-. El dolor era insoportable, pero tenía que alejarme
de allí con las pocas fuerzas que me quedaban. No sabía si esa Bestia mantendría su
palabra. No pondría a mi hermano en peligro de nuevo. Pero a cada paso me daba cuenta de
que iba perdiendo pedacitos de mi ser, poco a poco, como si alguien me estuviese robando
el dominio sobre mi cuerpo. Y lo estaba haciendo.
"Podía sentir cómo perdía el control lentamente, si prisa, pero a una velocidad que a
mí se me antojaba vertiginosa. Podía escuchar su voz en mi cabeza, colándose como un
veneno, ganándole terreno a mi cordura. Cuando quise darme cuenta, mi cuerpo seguía
moviéndose, pero no era yo quien lo guiaba. Me convertí en mera espectadora de sus
deseos. Y eso no resultó ni fácil ni agradable. La primera derrota me llevó a una serie
de batallas perdidas en las que me convertí en una sombra de lo que había sido, un
fantasma, un espíritu atrapado entre mi propio cuerpo y una mente sádica y malvada que
no me dejaría marchar.
"Fue el comienzo de una vida de horror como testigo eterno de la crueldad de la criatura
más perversa del infierno. Tanto mi piel como mi ser se verían mancillados por la sangre
de miles de inocentes que corrió desde entonces por mis manos. Sangre, sudor y lágrimas...
Es lo que más recuerdo. Esforzándome puedo entrar en detalles macabros de cada una de
mis víctimas... De SUS víctimas. Pero no creo que desees oírlo. Mi sed se sació de esa
manera, sin que pudiese hacer nada para evitarlo. Pero lo peor, es que en algún momento,
tras todos esos años, llegué a encontrar placentero el sabor de una vida.
Seguía caminando, con la cabeza alta, con la muerte invadiendo mi retina, trayendo de
nuevo los olvidados recuerdos; me daba la impresión de que esa ya no era mi historia.
Habían pasado tantos años, tantas cosas... Demasiado tiempo culpándome por crímenes de
los que sólo había sido testigo. La sangre se convirtió en algo ajeno a mí, a pesar de
que había llegado a disfrutar con ella.
- No podría concretar cuanto tiempo me mantuvo durante su tortura, que cada día se
volvía más y más mía, más rutinaria... Y entonces llegó ella. No creo que existiese en
el mundo una mujer más poderosa. Sheela... Era la sacerdotisa mayor de la Orden del Lobo
Blanco. Incluso la Bestia la temía. ¿Cómo no hacerlo? Su luz quemaba la oscuridad de mi
interior. Después de tantos años a la sombra, sin poder controlar mis movimientos, ella
me devolvió lo que me pertenecía.
"Recuerdo lo primero que hice... Salté sobre ella, tratando de dañarla con todas mis
fuerzas y dejando escapar las lágrimas. Aunque eso era común en mí, era lo único que la
Bestia me había dejado. Cada vez que asesinaba, cada vez que mancillaba los cuerpos de
los inocentes, nuestros ojos dejaban caer las lágrimas. Sólo ellas expresaban mi opinión.
Cuando la vi a ella no pude evitar que un desbocado torrente de emociones se agolpase
dentro de mi ser. Pero no sólo había llorado por ella, sino por cada hombre, mujer y
niño cuya alma había arrebatado. Admito que he cambiado mucho desde entonces...
"La Bestia retrocedió ante la luz de su alma, devolviéndome la esperanza, algo que había
olvidado por completo. Mi corazón volvió a sentir algo más que maldad... Ella...- sin
poder evitarlo, una lágrima cristalina huyó de mi dominio resbalando por mi mejilla y
estrellándose en el ajustado corpiño-. Ella me salvó. Encerró con sus hechizos al
demonio en lo más profundo de mi alma, en el rincón más oscuro y secreto. Abandonó la
orden por mí, para quedarse a mi lado como mi mentora y maestra, enseñándome todo lo que
debía saber para contener para siempre la maldad de mi interior. Juntas estudiamos un
modo de devolverla a las tinieblas de las que había surgido. Pero...
- ¿Pero? ¿Qué ocurrió?- la dulzura de su tono me animaba a continuar con la historia que
más dañaba mi alma y que jamás había contado a nadie.
- Yo no quería que sucediera... Fue un accidente, ¡no pude evitarlo!- mi voz comenzaba
a romperse a medida que se habrían las puertas del recuerdo y las viejas heridas del
corazón volvían a sangrar-. La Bestia volvió. Fue una fría noche de invierno. Yo...
perdí el control por un instante que para ella fue suficiente. Se apoderó de nuevo de mi
cuerpo. Ocurrió todo tan despacio que se me grabó en la memoria inevitablemente. Me dejó
ver, oír, oler, sentir... Pude ver sus ojos marrones perdiendo todo brillo de vida,
apagándose como las estrellas cuando sale el sol; pude oír su respiración agitada
entrecortándose mientras la sangre invadía sus pulmones, el sonido de su dulce voz
agrietado por el dolor; pude oler su sangre, saliendo a borbotones de la herida que yo
misma le había provocado, su perfume inconfundible y penetrante que siempre me había
encantado; pude sentir los latidos de su corazón perdiendo su fuerza, cada vez más
lentos, la suavidad de su piel junto a la empuñadura, la calidez de su pecho y de su
sangre... Tenía poder suficiente para haberme detenido, para acabar conmigo y con la
Bestia juntas. Pero cometió un grave error: se había encariñado conmigo... Decidió que
mi vida valía más que la suya. ¡Dioses, qué gran error!
"¿Sabes lo que se siente cuando ves cómo la vida huye de los ojos de alguien a quien
amas? ¿Sabes qué se siente cuando escuchas sus gemidos de dolor? ¿Sabes lo que es
sentir que tus manos empuñan la daga que atraviesa su pecho? No, espero que nunca llegues
a saberlo. Ese es el infierno para mí, cada segundo de aquel momento... Eso es lo que
me hiciste revivir al arrastrarme al fuego.
"Pero aquel no fue el final... Habiendo sido testigo de cómo todo por lo que ella
luchaba se perdía, acercó su cuerpo al mío, clavándose la daga todavía con más fuerza.
Sonrió, con esa preciosa sonrisa suya que intentaba decirme que todo iría bien; y me
besó. Juntó sus labios con los míos, entregándome todo su poder. Una intensa luz blanca
penetró en mí como una marea salvaje que arrastró toda la oscuridad de mi alma al rincón
que le correspondía, asegurando los barrotes y dándome absoluta libertad. Pero para qué...
para verla morir entre mis brazos, sonriéndome, mirándome...
Se hizo el silencio a nuestro alrededor. Las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas.
Mi garganta seca me impedía tragar con normalidad y me obligó a romper nuestro mutismo
con un ligero carraspeo. Ella levantó la cabeza y me miró con los ojos anegados. No
sabía qué decir, así que simplemente se quedó en silencio, dándome la oportunidad de
ser yo quien continuase o no la conversación.
- Jamás volví a perder el control. No puedo permitirme algo así, no puedo volver a
aquella vida. No podría soportarla, ni creo que el mundo la soportase... Pero cuando tú
apareciste...- levantó el rostro, mostrando en sus dulces rasgos una mezcla de
culpabilidad y miedo-. No quiero mentirte: corres peligro a mi lado. Cuando me
arrastraste hasta el infierno los barrotes que la encerraban ardieron hasta convertirse
en cenizas.
"Ella vuelve a estar libre para atacarme y tratar de tomar el control. Pero ahora tengo
mucho más poder que antes, así que le será un poco más difícil arrebatarme el mando.
Pero mientras duermo tiene cierto poder sobre mí. Ella es más peligrosa cuando no hay
nada con qué combatirla. Y los pensamientos suelen ser tan efímeros... El mundo de los
sueños sería la perdición para cualquiera. Pero también sé bastante sobre ese lugar...
Quizás pueda defenderme.
- ¿Quién es? ¿Por qué hace todo eso?
- Mi mentora me enseñó mucho sobre la Bestia. Conocí su origen, sus intereses... Aprendí
incluso a engañarla si fuese necesario. Poca gente tiene tanta información sobre ella
como yo. Sé cómo puedo matarla, sé cómo puedo liberarme de ella para siempre. El libro
de hechizos es la posesión más preciada que tengo. Él me dio casi toda la información.
Él me guió hasta ti. Pero acabar con Ella no es una tarea fácil. Es maldad pura. Nunca
se me ocurrió preguntarle cómo llegó hasta la cueva, pero lo cierto es que nunca debió
haber salido de allí. Jamás debió existir.
- Dices que el libro te guió hasta mí. ¿Por qué yo?
- No lo sé. Pero fue él quien me dio el hechizo equivocado y dijo que sólo tú cumplirías
la misión... A él le debo el haberte conocido.
Sonrió con dulzura, mientras sus mejillas se sonrojaban. Miró hacia el camino,
percatándose de lo distraída que estaba mientras escuchaba mi historia, pues le
sorprendió estar en las primeras casas del pueblo en el que pasaríamos la noche.
- ¿Pararemos aquí?
- Sí. Escucha. Nos acercamos a la gente y eso puede ser muy peligroso, tanto para ellos
como para mí. Tengo que pedirte algo antes de que lleguemos.
- Adelante- musitó-. Te ayudaré en todo lo que me pidas.
Continuará...