5. SUEÑOS
Sostenía entre mis manos el oscuro cáliz, tan pesado como una roca, pero suave y frío al
tacto, como cualquier otro metal. Su superficie negra creaba en mi rostro extraños
brillos que más parecían sombras. Lo alcé lentamente hacia el cielo, como ofrendándolo
a los dioses. Pero mi intención era muy distinta. Estaba brindando; alzaba la copa como
haría en cualquier brindis. No pude evitar que la copa se moviese entre mis dedos,
derramando el líquido rojizo que contenia en su interior. Era el momento de beber.
Bajé la copa hasta la altura de mi barbilla y la acerqué con parsimonia hasta mis labios.
La incliné ligeramente, para que el líquido oscuro inundase mi boca con su placentero
sabor. Un hilillo del preciado néctar se escapó de entre mis labios. Sonreí antes de
pasarle la lengua para aprovechar al máximo cada gota. Me volví con solemnidad y apoyé
la copa sobre una mesilla convenientemente colocada cerca de mí.
Recogí mi bastón del suelo, acariciando su tacto rugoso y áspero. Me sobresalté al sentir
el dolor de la astilla que se me clavó en la palma de la mano, pero al ver la herida no
pude evitar soltar una carcajada. Qué apropiado era todo eso... Mi sangre escurriéndose
a lo largo de mi muñeca; el sabor que todavía quedaba en mi boca; el olor de la muerte
acercándose a hurtadillas...
Pronuncié lentamente cada palabra, con cuidado, eligiéndola de mi memoria con más
facilidad que nunca. Formé con mi voz la forma del cruel hechizo que transformó mi arma
en otra mucho más mortífera, en una espada forjada por el fuego de la magia. La blandí
en el aire, distraída, pensando en el curioso brillo negro que despedía el filo, casi
como si se tratase del caliz en el que había bebido hacía tan sólo unos instantes.
Pero era incapaz de borrar su presencia de mis sentidos... Su olor penetraba como un
ataque a mi olfato, obligándome a prestarle atención. Y sus jadeos comenzaban a volverme
loca. Al fin me decidí a mirarla. Allí estaba, indefensa ante mí, sobre el frío suelo de
piedra. Sus ojos me atravesaban como una aguja, avivando mi interés por ella y por su
magnífico cuerpo. Sentí los efectos del deseo antes de darme cuenta de que me atraía. Mi
corazón empezó a latir más deprisa, quizás tratando de igualar el ritmo del suyo.
La miré de arriba a abajo, dejando que mis ojos surcasen cada curva de su cuerpo, algo
que deseaban hacer mis manos... Descansé la mirada sobre su sedoso cabello rubio, que
despedía destellos dorados y rojizos, como el trigo en la época de sega; me sumergí en
sus ojos verdes, oscurecidos por la ausencia de luz que despedían tanto la espada como
el cáliz; reposé en sus finos labios rosados un destello de deseo, traducido en una
pequeña mordedura en los míos; me detuve en su pecho agitado por la respiración... Y
ahí me decidí a atacar.
Me acerqué a ella, sin dejar de mirar su precioso busto. Quería besarlo, morderlo,
saborear la sal de su sudor... Pero no era el momento. Tenía cosas más importantes que
hacer con ella... Sus pálidas manos sujetaban todavía la herida de su cuello, de la que
manaba la sangre que llenaba la copa de la que ya había bebido. Y la sed volvió a
llamarme... Agarré su mano con firmeza, apartándola de su cuello y atrayéndola hacia
mis labios. Recorrí con la lengua la suavidad de su piel, buscando de nuevo el excitante
sabor de su vida. Hundí mi rostro entre sus cabellos, buscando desesperadamente su
cuello, aspirando su incomparable aroma de mujer, mientras jadeaba en mi oído al ritmo
que marcaba mi lengua sobre la llaga.
Me alejé lo suficiente como para admirar la belleza de su rostro una vez más. Sus
ardientes ojos verde mar me atravesaban con pánico, con terror, con el dolor de ver
traicionada su confianza en mí; pero mantenían una chispa de deseo que encendía en mi
cuerpo un fuego imposible de aplacar. Agarré su pelo con violencia, sin importarme su
suavidad y su brillo. Sólo quería acercar su rostro al mío... Me dejé caer dentro de la
inmensidad de sus ojos, mientras acortaba más y más la distancia que nos separaba.
Cuando sus labios rozaron los míos, sentí el calor de su cuerpo, que me abrazaba y
deseaba aquel momento tanto como yo. Cerré los ojos, tratando de sentir al máximo cada
roce entre nuestros cuerpos y nuestras lenguas, que mantenían una batalla a muerte.
Fue entonces cuando dejó de luchar. Su cuerpo desfalleció entre mis brazos. Me aparté
para mirarla. Sus ojos perdían poco a poco la luz que hacía unos instantes los había
encendido. Su piel comenzó a enfriarse, dejando fluir el arrebato de pasión que nos
consumía. Miré su cuerpo con frialdad, desganadamente, como si ahora que la vida
escapaba de él, ya no me impactase tanto. Y así pude ver lo que la había matado... Mi
espada se le había clavado en el pecho, la había atravesado completamente y la sangre
goteaba por el filo como si fuese la lluvia en una tormenta.
Dos sentimientos se cruzaron de pronto sobre mi pecho. Por un lado, sentía la necesidad
de reír, de despreciar al ser débil que había muerto entre mis brazos. Pero por otra,
necesitaba gritar, quería abrazar su cuerpo, besarlo, verter mis lágrimas sobre él. Sin
embargo fue el sentimiento sádico el que prevaleció en mi cuerpo y una sonora carcajada
brotó de mis labios manchados de sangre mientras me levantaba con su pelo todavía entre
mis dedos. Luché desesperadamente contra mí misma, tratando de evitar el dolor que le
estaba causando a mi propio corazón. Y surgiendo del centro de mi pecho, de las
profundidades de mi alma, se alzó de pronto otro sonido: un rugido que se elevó como un
ciclón, borrándolo todo a su paso. Me di cuenta enseguida de que no conseguiría aplacar
ese grito ni con toda mi voluntad.
Me desperté temblando, empapada en sudor, con los ecos de mi voz resonando todavía entre
las paredes de la cripta. Sentía un frío intenso en mi corazón que me impedía abrir los
ojos y mirar a mi alrededor. Tenía miedo de no haber estado soñando. Pero, de pronto,
sentí su cálido abrazo, sus suaves caricias y su dulce voz susurrándome al oído.
- Shhhh, tranquila. Estoy contigo. Ya ha acabado todo. Sólo era una pesadilla. Despierta,
cariño. No temas nada. Yo estoy aquí para protegerte...
Mis ojos se abrieron y contemplaron su hermoso rostro, tan cercano al mío que mi pulso
no pudo evitar acelerarse ante la perspectiva de que la ínfima parte agradable del sueño
pudiese hacerse realidad. Aspiré su dulce aroma y dejé que mis labios y mi voz me
traicionasen.
- No permitas que te haga daño- susurré abrazándola entre temblores-. Nunca...
Su mano atrajo la mía hasta su pecho, dejándome sentir el acelerado latido de su corazón.
Estaba tan acelerado como el mío.
- Si está latiendo, te lo debo a ti. Aunque todavía debo averiguar si ha sido un regalo
o una maldición...
Besó mi frente con dulzura y descansó su cabeza sobre mi pecho. Prolongué la situación
durante unos instantes, hasta que el primer rayo de sol, colándose entre las rejas de
una de las ventanas altas, cayó sobre mi rostro como un puñal que me recordó mis tareas
pendientes y rasgó la tranquilidad del momento como si fuese una simple tela de seda.
- Debemos irnos- atajé con desgana-. El camino es largo y el tiempo apremia.
- ¿Crees que puedes viajar en tu estado?
- No temas. He viajado en condiciones peores. En marcha. No hay tiempo que perder.
Continuará...