4. PODER
El sabor de mi propia sangre inundaba mi boca. La cabeza parecía que quería estallar en
millones de pedacitos que se esparcirían por los alrededores... Tenía la impresión de
que estaba muerta, y que tenía que estar en el cielo, pues el infierno ya lo conocía y
no tenía mucha comparación... Pero si aquello era cierto, resultaba demasiado doloroso
para ser el paraíso. Mis brazos, tan agarrotados que se negaban a moverse apenas,
descansaban sobre mi pecho. Era todo demasiado real como para pensar siquiera que
pudiese ser un sueño... Estaba claro que seguía viva, aunque eso no era una sorpresa.
Lo que sí era extraño era la comodidad... Recordaba haber caído sobre un duro y frío
suelo de piedras, pero en su lugar me encontraba en un mullido y caliente lecho.
Haciendo un esfuerzo que casi me pareció sobrehumano, conseguí abrir los ojos,
encontrando una suave atmósfera poco iluminada, que infundía una tranquilidad
reponedora. Reconocía el lugar perfectamente, ojalá no fuese así... Quería estar soñando,
pero todo indicaba que estaba despierta. El dolor, la sangre, mis propios recuerdos...
TODO. Estaba en el sombrío cementerio donde habían comenzado todos mis problemas.
Entonces oí de nuevo la dulce armonía de su voz, entonando una melancólica canción, o
algo más similar a un hechizo. Sonaba lejana, como si estuviese en el exterior del
panteón. Intenté incorporarme, pero estaba dentro del astillado ataúd y mis manos se
hirieron con la madera. Justicia poética... El dolor se iba mitigado poco a poco, hasta
casi desaparecer. La luz también se hacía más suave: estaba anocheciendo.
Conseguí levantarme y caminar hacia la puerta, tambaleándome peligrosamente. Una fresca
brisa sacudió mis oscuros cabellos, impidiéndome ver más allá de la primera fila de
lápidas y cruces. Cuando conseguí dominar ese caos, conseguí ver la silueta de una
mujer recortada a la luz de la luna. Parecía que bailaba. Tenía la mano alzada hacia el
cielo de la negra noche estrellada, dando pasos perfectamente sincronizados. El viento
trajo a mis oídos palabras mágicas, envueltas por la dulce y melodiosa voz. Creí
distinguir un libro apoyado en su antebrazo, pero no estaba segura... Entonces mi mente
empezó a atar cabos. Era su voz, era ella; tenía mi libro de hechizos; recitaba y
danzaba al son de... ¡¡LOS HECHIZOS!!
Mis piernas crujieron y se resintieron bajo la presión de todo mi cuerpo cuando comencé
a correr desesperadamente. No sé de donde salieron las fuerzas, pero llegué a su lado
en apenas unos segundos, a pesar de que sentía las punzadas de dolor en cada fibra de
mis huesos, a punto de quebrarse por el esfuerzo. Extendí el brazo, alcanzando el libro
con una velocidad que me sorprendió incluso a mí. Cubriéndolo con mi cuerpo, dejé
escapar un gruñido gutural, casi animal, de lo más profundo de mis entrañas. Ella
retrocedió, asustada.
- ¡¿¡QUÉ DEMONIOS SE SUPONE QUE HACÍAS CON MI LIBRO!?!
- ...aprender...- su voz inocente y sincera consiguió tranquilizarme ligeramente-.
Siempre es útil saber algo de magia, ¿no crees? Me fue muy útil para curarte...
- Esto... ¡Bueno! ¡Pero no aprenderás con este libro! ¡Es muy poderoso y peligroso!
- Lo sé, es muy sombrío. Si hasta tiene vida propia. Parece como si en vez de leerlo te
hablase directamente a la mente...
Respondí con una sonrisilla sarcástica. Ella no tenía ni idea de qué era ese extraño
tomo que había tenido la desgracia de caer entre mis manos. Jamás entendería lo
peligroso y valioso que era. Era mi posesión más preciada, una compilación de magia de
todo tipo, desde la de las palabras hasta la del pensamiento; de la oscura a la divina...
Y ella estaba jugando con él. No, nunca llegaría a averiguar el riesgo que corría con
sólo abrirlo.
- No vuelvas a tocarlo. Podrías hacerte daño. ¿Entendido?
Me devolvió la sonrisa, de un modo extraño que no supe descifrar. Levantó los brazos al
cielo y comenzó a elevar un cántico que no tardé demasiado en reconocer. Era uno de mis
hechizos más poderosos; uno que había tardado una eternidad en aprender y dominar
correctamente. Era una ingenua si pretendía realizarlo sin apenas entrenamiento. Pero
ante mi sorpresa, chasqueó la lengua, movió sus manos dibujando con ellas círculos y
estrellas, envolviéndose con los versos mágicos que brotaban de sus suaves labios; sus
ojos chispearon y de sus manos nacieron dos pequeñas columnas de luz que se
transformaron en unas pequeñas llamaradas azules y anaranjadas, que se sofocaron con la
misma rapidez con la que habían sido creadas. Sus rodillas se hundieron en la tierra,
mientras jadeaba con fuerza, dando claros síntomas de fatiga. Todos mis años de estudios
habían sido ridiculizados por una niñata que estaba viva por accidente y no tenía ningún
respeto por la magia. Una carcajada salió de su boca. A mí me sentó peor que si me
hubiese escupido a la cara. Sabía lo difícil que era ese conjuro y me había mostrado
que, a pesar de no tener muchos conocimientos, podía utilizar mi libro mejor que yo.
- Si yo tuviese tanto poder como tú, jamás lo dejaría escapar. No huiría de él ignorando
que existe. Es una veta de oro y te niegas a excavarla. Tú decías que el conocimiento
es la llave del poder, ¿no? ¿Entonces por qué te niegas a aprender? ¿Por qué tienes
miedo?
Me sentí tan decepcionada de mí misma que podía sentir cómo crecía la ira dentro de mí,
desatando las sombras y haciéndome perder el control de mis actos. Pero antes de que
esto sucediese, tenía que alejarla de mí. No podía correr el riesgo de volver a hacerle
daño. Porque si le sucedía algo yo... Volvería a perderme. Y no podía permitirlo.
- Vete- susurré apenas sin fuerza.
- Pero...
- ¡¡VETE!! ¡¡AHORA!!
Salió corriendo, más decepcionada que asustada. No se había dado cuenta de lo que había
despertado en mí. El conocimiento, en mi caso, no estaba al alcance de la mano; se
escondía tras una barrera inmensa, y atravesarla suponía arriesgar mi cordura y miles o
quizás millones de vidas inocentes. No sería la primera vez... Me arriesgaba a mí misma
cada vez que intentaba alcanzar mi potencial, así que había decidido no volver a tratar
de llegar a él. Pero ahora estaba tan cerca... a tan solo unos pasos... Estiré los dedos
para tratar de llegar, pero comenzó a invadirme el fuego, la oscuridad, el dolor, la
locura... Quería rendirme, pero entonces recordaba sus palabras: "tanto poder como tú"...
"no huiría"... "El conocimiento es la llave"... "la llave"... El suave tacto que
recordaba de mi desafortunada estancia en el infierno me guiaba ahora también.
Me encontraba ante la puerta que jamás me había atrevido a atravesar; pero esta vez
sería distinto, porque tenía el valor necesario para adentrarme en mi propia alma, lo
más desconocido para mí. Fue como un ataque inesperado de millones de voces hablándome
a la vez, inundando mi cabeza, susurrando todo lo que sabían, para que yo pudiese
aprenderlo. Al principio me desorientó, no sabía a cual atender primero, pero poco a
poco me di cuenta de que no me hacía falta atender a ninguna en particular, porque todas
se adentraban dejando huellas en mi mente aunque yo no me diese cuenta.
Los barrotes de la jaula fueron cediendo, y el poder me envolvió como la marea que
choca contra las rocas en un acantilado. Por un momento pensé que me ahogaría, pero al
final descubrí que la sensación era bastante placentera. Entonces empecé a darme cuenta
de la vida a mi alrededor, dentro de mí... El mundo se abrió ante mis ojos con una
nueva apariencia. Sentía el frío sudor corriendo por mi espalda; el suelo húmedo y
lleno de minúsculos organismos que se afanaban por sobrevivir; una caricia tan suave
como el terciopelo sobre mi rostro; un perfume dulce, el olor de una mujer; la luz que
intentaba atravesar mis párpados sin piedad... Y, a pesar de que me cegaba, abrí los
ojos para poder ver su rostro sublime, como el de un ángel dispuesto a guiarme a cada
paso que daba.
Llevé mis manos al pecho. El libro de hechizos estaba sobre él, en contacto con la piel
de mis manos. Comenzó a susurrar dentro de mi mente cada uno de sus hechizos, con voz
clara y grave. Era mucho más poderoso de lo que yo misma había imaginado. Ahora lo veía
claro. Cruzar la puerta prohibida fue como inhalar algún tipo de droga que aumentaba
todas mis capacidades, multiplicándolas hasta el infinito. Podía sentir cómo fluía el
poder por mis venas, como si se tratase de un torrente desbocado estallando en mis
sienes y en mi pecho. Todo parecía más claro, más fácil... Miré hacia el ángel celestial
que tenía a mi lado. Cogí su mano y entonces entendí el motivo por el que se había
quedado conmigo, un motivo que ni siquiera ella conocía todavía. Sonreí sinceramente,
de una manera de la que jamás había sonreído.
- ¿Estás bien?- preguntó mirando mis labios un tanto extrañada-. Empezaba a preocuparme.
Después de que me... echases... tardabas demasiado, así que vine a buscarte. Pero no
conseguía hacerte despertar. Me estabas asustando...
Se había quedado a mi lado por su propia voluntad, se preocupaba por mí... Puede que no
le debiese la vida, pero tenía una enorme deuda de gratitud con ella. Además ella sí
creía haberme salvado. Y no pensaba contradecirla, al menos de momento... Pero ella
parecía seguía pensando que era mi esclava... Tenía que acabar con ese error, tenía que
regalarle la libertad. Al fin y al cabo se había quedado a mi lado en lugar de
abandonarme ante las puertas del infierno.
- Escucha- conseguí articular lentamente cada palabra, con una voz tan ronca que
cualquiera me habría confundido con un muerto de verdad-. Me equivoqué contigo. El
hechizo al que te sometí no era el que debí haber usado. Al devolverte la vida, te di
también la libertad... Nunca fuiste mi esclava. Todo lo que hiciste fue por voluntad
propia. No me perteneces; nunca lo hiciste...
- Pero... ¡No pude dejarte! Cuando te vi allí, algo en mi interior me obligó a volver
contra mi voluntad. ¡Te juro que no quería volver!
- Tienes un gran corazón, niña; y el alma más pura que jamás había visto... No sé qué
demónios falló en el hechizo, pero el caso es que eres una persona completamente libre y
viva. Así que puedes hacer de tu vida lo que te plazca. No tienes por qué seguir conmigo...-
y sin embargo me moría por que decidiese quedarse, aunque sabía que después del dolor
que le había probocado era desear en vano-. Siento haberte tratado así. Yo... Me
equivoqué. Vete a donde quieras. Me las arreglaré sóla.
- ¿Irme? ¿A dónde? Este es el único lugar que conozco... No consigo recordar nada de
antes de morir... Sólo te tengo a ti...
Sonrió con dulzura, pero no pudo ocultar una mirada de tristeza que me hizo
arrepentirme de haber jugado con su alma en mi búsqueda de poder.
- Yo... Siento haberte arrastrado hasta el infierno...- susurró-. No sé en qué demonios
estaría pensando...
- Me lo merecía, cariño. No te preocupes. Me repondré. He vivido infiernos peores en la
tierra...
- Ya pero... yo... querría compensarte. Verás... La única manera que se me ocurre es
acompañándote, ayudándote en lo que quiera que estés haciendo... Sin preguntar nada,
por supuesto. No seré tu esclava, pero puedo servirte...
Tendió hacia mí su suave mano, para que yo la estrechase, pero con la cabeza gacha, sin
atreverse a mirarme directamente todavía. Quería estrecharla, pero todo mi cuerpo me
pedía a gritos que lo dejase caer. No era capaz de mover ni uno solo de mis músculos. Y
ella seguía esperando...
- No puedo...- cerró los ojos y se dispuso a recibir la negativa-. No puedo mover los
brazos...
Alzó la mirada desorientada, como si no esperase lo que acababa de oír. A cambio, le
regalé por primera vez la calidez de mi sonrisa.
- Acepto encantada- añadí-. Aunque tenemos que discutir muchas cosas...
- Sí. Pero ahora no es el momento. Deberías descansar. Temo haberte provocado un daño
demasiado serio...
- No, querida- repliqué -. Me has dado mucho. El conocimiento es poder...
Deslizó su brazo por mi espalda, provocándo que ambas nos estremeciésemos. Cargó con
todo mi peso sobre sus hombros y me arrastró como pudo a mi improvisado y macabro lecho.
Ella había arrancado las tablas que lo cerraban y ahora era más amplio y menos
claustrofóbico. Me encontraba muy débil, pero extrañamente contenta. Necesitaba
descansar después del esfuerzo titánico que acababa de acometer. Desde que ella me
había dejado, al anochecer, hasta bien entrado el amanecer, había desatado todo el
poder que había en mi alma, pero todavía tenía que aprender a controlarlo. Y no había
manera mejor que dejándome viajar al mundo de los sueños, el mundo que durante muchos
años había sido mi refugio y mi hogar.
Reposé la cabeza sobre su pecho y me sumergí en la profundidad de mi mente. El sueño me
abrió las puertas, ofreciendo a mi cuerpo y a mi alma unos breves pero apacibles
instantes. Ella se quedaría a mi lado, velando mi descanso, así que no tenía nada que
temer. Un error me había llevado a encontrarla, pero había resultado ser más leal que
una esclava. Antes de dormirme completamente, sentí su última caricia en el rostro. Y
con una sonrisa me abandoné definitivamente a las quimeras de mi imaginación.
Continuará...