LA BESTIA

Cala_Ithil

3. PESADILLAS

Las dos piras funerarias se dibujaron ante mis ojos, tan altas como torres, tan imponentes como el cielo del atardecer que las acompañaba. Podía distinguir hasta el más mínimo detalle: cada rama del solitario ciprés, cada una de sus hojas; cada una de las cruces del cementerio, cada uno de los ramos que descansaban sobre las tumbas; cada rostro de los asistentes al funeral, que abandonaban el recinto uno a uno, con rostros pesarosos; cada leño que componía los lechos funerarios; los rostros de mi madre y mi hermano, tan pálidos que apenas podía reconocerlos... Encendieron las dos columnas con el fuego abrasador que se llevaría sus almas hacia la Eternidad. Al fin descansarían como lo merecían. Lejos de toda duda, lejos de todo mal, en un lugar por el que sólo los elegidos pueden caminar. Descansarían en paz.

Una figura sombría se alzaba en la penumbra, vigilando atentamente. Creí reconocerme en aquella macabra silueta dibujada tras el único árbol del lugar, que se acercó lentamente cuando ya no quedaba nadie, cuando las llamas todavía lamían los cuerpos de mis seres queridos, lanzando al interior del fuego dos hermosas rosas rojas, que se fueron marchitando ante mis ojos, consumidas por el mismo dolor que anidaba en mi interior. Me volví, para evitar ver el resto de la escena, pero perdí el equilibrio y me precipité al vacío, rodeada de oscuridad.

La caída fue angustiosa, tan larga como el camino que habíamos hecho hacía tanto tiempo hacia el infierno. ¿O había sido justo ese día? Ya no podía recordarlo. Pero lo peor todavía estaba por llegar. La sensación que sentí, fue como si hubiese caído desde mucha altura al mar, zambulléndome con miles de salpicaduras. Sin embargo, tenía la sensación de que el líquido que me acogía era más espeso. Abrí los ojos asustada, intentando convencerme de que aquello no podía ser cierto, de que no podía estar sucediendo. Pero era real, al menos mi mente así me lo hacía percibir. Estaba completamente bañada de sangre, cubierta hasta el más recóndito rincón de mi cuerpo. Ni tan siquiera podía respirar sin tragar el nectar que durante tantos años había saboreado como si se tratase del vino más exquisito. Cerré los ojos de nuevo, para tratar de apartarme de esa locura, pero no parecía posible librarse de las sensaciones. Finalmente no pude aguantar más y abrí la boca de par en par, intentando tragar algo de oxígeno que me salvase la vida, pero sabiendo que sería imposible. Para mi sorpresa, en mi garganta no entró más que aire.

Volví a abrir los ojos, encontrándome en un lugar que reconocía vagamente, pero que no acertaba a situar. Era oscuro y lúgubre, parecía una sucia e inmunda caverna. Se parecía al lugar en el que Ella... ¡No! ¡Era ese lugar! Ella estaba allí, podía sentirla a mi alrededor. Luchaba por entrar dentro de mí, como había hecho la primera vez. Golpeaba mi cabeza como si fuese un martillo descargando su atronadora fuerza sobre un yunque. Luchaba por volver a liberarse y yo no tenía la fuerza suficiente como para impedírselo. Comenzó a desgarrar la poca cordura que me quedaba con su afilada lengua bífida y su terrible y estridente voz chillona. Alcé las manos para defenderme, pero sólo apresé entre mis brazo el vacío del aire. Grité de impotencia mientras la brecha se abría en mi alma, en mi mente y en mi corazón a la vez. Una lágrima escapó de mis ojos y resbaló huidiza por la mejilla, cayendo al suelo. En cuanto tocó el suelo, un pequeño temblor, que fue creciendo progresivamente, separó el suelo de la cueva en dos mitades. De la grieta surgió un lazo invisible que se ató alrededor de mi cintura, tirando de mí con la fuerza de cien hombres y arrastrándome a un abismo peor que los que ya llevaba vividos. Durante unos instantes, sentí como si me hubiese desmayado, y el tiempo parecía volar a mi alrededor. Caí contra el suelo, y permanecí allí largo rato.

Cuando conseguí ponerme en pie, parecía como si no fuese yo misma. Miré mis manos y en una de ellas había un cuchillo, una pequeña y afilada daga labrada y teñida de negro. Reconocía perfectamente esa daga. Quise gritar, llorar, hundir en mi pecho el oscuro filo, pero mi cuerpo no me respondía, no era mío. Ahora le pertenecía a Ella. Comencé a verlo todo teñido de rojo, como si la sangre que había consumido durante tantos años se agolpase ante mis ojos creando un sádico velo que me impulsaba a realizar actos macabros. Entonces ella apareció de nuevo ante mí, tendría que volver a vivir el doloroso recuerdo que atormentaba cada una de mis noches, cada día de mi vida. Volvería a vivir el momento en el que el puñal se clavaba en el pecho de la única mujer a la que había amado, el mismo cuchillo que sostenían mis manos. Sus oscuros ojos marrones me miraban suplicantes, con tristeza e impotencia, y yo no podía hacer nada por impedirlo... Sentí la agitada respiración sobre mi rostro mientras la empuñadura llegaba hasta su piel. Y su sonrisa, su hermosa sonrisa teñida de carmesí; su beso, el roce de sus labios con los míos cuando dejó que toda su magia entrase en mi cuerpo, cerrando la herida que se había abierto. Mientras moría, no dejaba de mirarme, mientras yo iba tomando de nuevo el control de mi cuerpo y la abrazaba sin poder creer lo que había sucedido. Cuando se apagó la luz de sus ojos, sus brazos dejaron de abrazarme y cayeron inertes hacia su costado, mientras la sangre continuaba goteando por todo su cuerpo, empapando el mío.

Pude sentir la rabia surgiendo de lo más profundo de mi ser, emitiendo un salvaje rugido que rasgó el fino entramado de mis pesadillas por un instante... El tiempo suficiente para sentir la suave caricia de una mano sobre mi rostro, guiando mis pasos hacia la más densa oscuridad. Conseguí enfocar mi vista lo suficiente como para vislumbrar la luz que irradiaba su corazón, calmando ligeramente mi dolor y permitiéndome seguirla hasta las profundidades del Averno. Me invadíauna extraña tranquilidad que actuaba como un bálsamo sobre mi dañado espíritu; pero pronto otra sensación se apoderó de mí. Mientras ella recitaba un hechizo que me resultaba vagamente conocido, la oscuridad se desmoronó un instante. El temor, el miedo más intenso que jamás había sentido, se instaló en mi pecho mientras contemplaba en el centro del abismo la oscura forma de un cáliz completamente negro.

Lo había encontrado. Recuerdo el terrible escalofrío que recorrió todo mi cuerpo cuando mi piel se puso en contacto con el frío metal; recuerdo la cálida caricia de su mano en la mía, guiándome de nuevo hacia el exterior, recomponiendo mi fragmentada cordura. Si no hubiese sido por el contraste de su mano, habría tenido que soltar la copa. Mi mente comenzaba a despejarse levemente y el ataque de las pesadillas parecía desaparecer cuando ella estaba cerca. Atravesamos de nuevo las puertas y fue como si el peso del mundo dejase de descansar sobre mis hombros. Me sentía liviana y ligera, mientras la red de pesadillas se iba desmoronando poco a poco, convirtiéndose tan sólo en dolorosos recuerdos.

Pero mi cuerpo no opinaba igual que mi mente y se dejó caer a la entrada, no pudiendo soportar más tensión. Cubrí mi rostro con las manos, tratando de alejar lo más posible las imágenes que luchaban por volver a mi mente una y otra vez. Y con el alma en pedazos, atisbé por entre mis dedos su claridad, su pureza, casi como si se tratase de una diosa... Extendió de nuevo su brazo hacia mí, mirándome con un gesto que dejaba entrever lástima y piedad. Y su luz me quemó. Se encendieron las llamas en mi interior, abrasándolo todo a su paso, surgiendo del oscuro rincón que hacía mucho tiempo que yacía olvidado en mi memoria. Ella regresaba de nuevo, y esta vez no se conformaría sólo con dañarme; esta vez destrozaría mi alma en pedazos... Susurraba a mi oído seductoras palabras de venganza, que me incitaban a dejar fluir mi ira hacia el despreciable ser que me había empujado hasta el infierno, hasta el dolor, hasta el sufrimiento. Era más de lo que podía soportar y... cedí.

Dejé que el velo sanguinario cubriese de nuevo mis sentidos, guiando mis pasos y mis actos. Pude notar cómo se tensaba cada músculo de mi cuerpo antes de saltar sobre la indefensa e inocente mujer, cegada por el odio. Mis pálidas manos rodearon su frágil y delgado cuello. Podía sentir los desesperados golpes del bombeo de su sangre, el aire silvando a través de la tráquea, al no encontrar el espacio suficiente para escapar. Sentí cómo dejaba de respirar, sumisa, sin resistirse a mi abrazo mortal. Me entregaba su vida sin reservas... Y el recuerdo de una mujer morena, con los ojos marrones más hermosos que nunca había visto, volvió a mi mente, confundiendo la escena actual con la que protagonizaba mis pesadillas de cada noche. La impotencia ardía de nuevo en mi corazón, al no poder evitar arrebatar una vida inocente. Mi conciencia gritaba desesperada: "¡BASTA YA!".

Ella continuaba susurrando en mi oído con su dulce y amarga voz tentadora que acabase de una vez, que le robase el alma, que bebiese su sangre... Pero me negué a escucharla; esta vez no. Luché con todas mis fuerzas, empujándola de nuevo a la oscuridad de mi alma, con una fuerza que jamás habría soñado tener. Y vencí. La niebla sangrienta que cubría mis ojos se desvaneció por fin, dejándome a solas con mi conciencia y con una vida inocente entre las manos, que pronto dejaría de existir. Poco a poco la presión que ejercían mis dedos alrededor de su garganta se fue aflojando, mientras el oxígeno comenzaba de nuevo a circular con dificultad, tras tener tanto tiempo obstruida la garganta. Tosió repetidamente, regalándome una media sonrisa.

- Después de todo...- articuló entre jadeos- ... yo tenía razón. Has... has sobrevivido al "tormento... eterno"... Espero que entiendas por qué he hecho esto... Yo... Bueno, mira... ¡No me importa si no lo entiendes! ¡Ojalá hubieses muerto allí dentro!

Sollozó con desesperación. No entendía por qué la había dejado con vida. No entendía que yo no quisiese cargar con otra vida sobre mi conciencia. Pero si me dejaba tiempo, le enseñaría el por qué, le mostraría el tormento que me había hecho recordar, le mostraría la locura que habitaba en mi corazón. Pero ella no quería darme tiempo. Ella sufría al mirarme. No sabía ni cuanto más viviría... Las fuerzas me abandonaron del todo, haciéndome caer sobre las rodillas, tan agotada por la lucha que había librado que me daba la sensación de que no podría volver a levantarme jamás.

- Pero de todas formas morirás aquí fuera- susurró cuando me vio caer-. Nadie vendrá a ayudarte... Y yo voy a hacer contigo lo que pensabas hacer conmigo... Te dejaré a tu suerte, más muerta que viva, para que te pudras en el lugar que te corresponde: en el infierno- se alejó unos pasos, pero cambió de idea y se volvió para despedirse-. Adiós. Te diría "hasta luego", pero si te soy sincera, espero no volver a verte jamás.

Caí de rodillas sobre el suelo empedrado, intentando calmar mi respiración. No moriría, saldría adelante, pero su discurso me hería como nunca antes lo habían hecho las palabras. Intentaba pensar en qué debería hacer en cuanto saliese de allí, pero su veneno penetraba velozmente por mis oídos, contaminando cada uno de mis planes. No podía evitar escucharla, oír esa tenue y dulce voz melodiosa profiriendo palabras de odio hacia mí... Era todo un desperdicio que su hermosa voz pronunciase esas palabras. Cuando se hizo de nuevo el silencio, alcé la vista. Cumplía su palabra, me abandonaba. Pero no me importaba. Que hiciese lo que quisiese. Yo sobreviviría, como siempre.

Pero entonces me fijé en el objeto que transportaba en sus manos. Se llevaba el Cáliz Oscuro, el objeto que yo tanto necesitaba para mis planes futuros. Intenté ponerme en pie, pero mi cuerpo ya no me respondía. Sólo pude reunir las fuerzas suficientes para exhalar un último grito, un aullido de rabia y dolor que la obligó a volverse hacia mí y mirarme fijamente. Todo comenzó a emborronarse mientras perdía la consciencia. Era como si una fría y espesa niebla empapase cada uno de mis sentidos. Lo último que recuerdo antes del frío tacto del suelo sobre mi mejilla, es la visión de su rostro confundido, como si luchase consigo misma, como hacía yo unos instantes antes; contra su conciencia, contra la idea de abandonarme a sabiendas de que moriría, contra la esclavitud que supuestamente la ataba a mí... Pero perdí el sentido antes de saber quién había ganado la batalla. Casi sin darme cuenta, la suavidad de los sueños me fue envolviendo, encerrándome en un mundo que conocía mejor que ninguno, y al que casi podía llamar mi hogar.

Continuará...


Indice Fan Fiction

Página Principal