2. CAMINO AL INFIERNO
Caminamos durante horas por senderos cuya existencia está oculta para la mayoría de los
mortales, con ligeras excepciones... Eran senderos que yo conocía mejor que los de mi
propio cuerpo, tan familiares como el sonido de mi voz, como las líneas de mis manos,
como el sabor de mi sangre... Nos internábamos cada vez más en las profundidades de la
tierra, desde aquel panteón en el que había utilizado la mágia para despertar a mi
silenciosa acompañante. Dejábamos atrás negras y oscuras cavernas iluminadas tan sólo
con la ligera luz de una antorcha en mi mano. Buscábamos las perdidas puertas del
infierno, prohibidas a los humanos, pero situadas en un lugar donde pudieran encontrarlas.
¿Por qué? Seguramente para tentarnos con su conocimiento y su poder y atraparnos para
siempre entre sus llamas abrasadoras, pagando el precio de nuestra infinita curiosidad.
Había oído muchas cosas sobre el lugar, sobre el dolor infinito que representaba, la
muerte y la agonía eterna que algún día yo podría disfrutar... si cumplía mi con mi
deber. En alguna ocasión había recorrido ese camino, pero nunca me había aventurado a
acercarme lo suficiente para poder verlo, sabía que eso no resolvería mis problemas,
los empeoraría. Para eso necesitaba a una esclava, para que entrase en el infierno en
mi lugar...
- Cuando lleguemos a las puertas, te adentrarás en la oscuridad. Tienes que caminar
alejándote de las llamas. Sólo hacia la oscuridad. Cuanto menos veas más acertada será
la dirección que tomes- la miré de reojo, era tan hermosa que se me escapaban las
palabras con un tono de humildad que jamás habría utilizado-. Cuando no logres caminar
más, cuando sientas como si un muro frenase tus pasos, es entonces y sólo entonces
cuando tienes que recitar el hechizo que yo voy a darte.
"Sentirás frío, como si te quemases con algo helado. Tendrás que palpar lo que antes
era una pared para encontrar un hueco. Allí dentro hay un cáliz. Eso es lo que debes
coger. Seguramente te hará daño mientras lo tengas en la mano, pero no debes soltarlo
en ningún momento hasta que no hayas salido del infierno. ¿Lo has comprendido?"
- ¿Tengo que entrár en el infierno para robar una absurda copa?
- ¿Absurda? ¡¡¡IGNORANTE!!! ¡Es el Cáliz Negro! Cualquiera que beba de él puede lograr
el poder más absoluto. Es la fuente de magia más grande de la que jamás se han tenido
noticias.
- Una copa mágica... ¿Y tengo que entrar sólo por eso?
- ¡Es lo que te he ordenado!- empezaba a exasperarme ante su falta de obediencia-. ¡Si
yo te digo que saltes, tú darás un bote!
- ¿Y si no?
- Si no te torturaré de un modo tan cruel que jamás podrías llegar a imaginarlo,
haciéndote sentir el dolor más intenso de toda tu vida, tu muerte y tu condena eterna.
El infierno sería un paraíso comparado conmigo.
- ¿De dónde me sacaste?
- ¿Cómo?
- ¿Cielo o infierno?
- ¿Cielo? No, lo dudo...- recogí un mechón de su cabello y aspiré su fragancia,
contemplando cómo se estremecía bajo mi roce-. No tengo el poder suficiente para
arrancar un alma del paraíso. Lo más lejos que puedo llegar es al purgatorio. Supongo
que vendrás de allí, porque tu olor es demasiado puro para haber surgido del infierno.
¿Por qué lo preguntas? ¿Ya quieres volver?
- Sólo quería saberlo...
- Bueno, pues ya lo sabes. Y ahora camina calladita, no quiero más interrupciones.
- Como ordenes.
Sentí cierto toque de ironía en su voz. El corazón se me salía del pecho cada vez que
demostraba que tenía libre albedrío. No había la menor duda. Pero ¿cómo? El libro me
había señalado aquel hechizo. No lo habría hecho de no haber sido el que necesitaba.
Tenía que haberme equivocado en algo. O quizás mi poder no llegaba a cubrir la
dominación, sino que se había limitado a resucitar a la chica.
Miré hacia el suelo, mis botas levantaban un polvo rojizo y amarillento. Empezaba a
apestar a azufre y en mi cabeza empezaban a aflorar los remordimientos. No había jugado
con un muerto viviente sin sentimientos, sino con una mujer hermosa y pura. Pero pronto
dejaría de preocuparme, porque el efecto del hechizo se rompería en cuanto posase en
mis manos el maldito Cáliz Negro. Volvería a convertirse en polvo. Y a pesar de que
sabía que era lo mejor para ella, no pude evitar que me importase.
Una brisa cálida agitó mis cabellos, recordándome que ya debía estar lo bastante cerca
como para comenzar a inquietarme. Detuve nuestros pasos agarrándola del brazo y
mirándola fijamente a los ojos, mi mano vagabundeó por su hombro, hasta llegar a su
cuello y luego a su mejilla. La había tratado demasiado mal, trataría de enmendarme.
Pero no podía permitirme el lujo de volver, ella tenía que darme lo que necesitaba.
- ¿Entiendes lo que quiero de ti?
- Creo que sí- murmuró casi sin voz-. Lo que no sé es si quiero hacerlo.
- Esa no es una opción. Eres mi esclava- bajó la mirada como si el término la avergonzase-.
A ver, repasémoslo. Cuando atravieses las puertas...
- Me dirijo hacia la oscuridad más profunda y arranco con mis manos el cáliz de su
interior. Lo sé, lo sé. Que sea tu... esclava- se extremeció al pronunciar la palabra-,
no significa que no tenga cerebro.
- Mmm... No deberías tenerlo... ¡Maldito libro!- mi prolongado estado de soledad me
jugaba malas pasadas, había desarrollado la estúpida costumbre de pensar en voz alta
para sentirme acompañada- ... Vamos, ya estamos cerca.
La miré con cierta lástima cuando comenzamos a caminar de nuevo. Seguramente me
considerase parte de una cruel pesadilla en medio de la que se había despertado. Pronto
aprendería que yo no era la mala a la que debía temer. Pronto lo aprenderíamos las dos.
Sólo podía resultar brusca y cruel, cuando sabía que no haría daño a nadie. Pero hasta
yo podía cometer errores. Pero ya lo había descubierto y no pensaba ensañarme más. No
le daría órdenes ni volvería a llamarla esclava. Pero ella tendría que cumplir el
cometido para el que la había despertado. La crueldad que yo le había mostrado era una
buena acción comparado con lo que tendría que sufrir si yo fracasaba en mis empeños. Si
ella no me traía el caliz tendría que volver a la cripta y resucitar a otro, y eso me
agotaría demasiado. Era mi única oportunidad... por el momento.
No conservo muchos recuerdos de aquel impío lugar. Dos columnas de fuego se alzaba ante
nosotras, bailando en el aire y provocando sombras que aterrorizarían al más cuerdo.
Entre ellas había una profunda oscuridad que te absorvía con que la mirases un solo
instante. Comencé a sentir la presión de la visión que se abría ante mis ojos. Algo en
lo más profundo de mis entrañas luchaba por escapar a mi dominio. La Bestia estaba
encerrada, pero al acercarme tanto al lugar en el que más poderosa era, estaba tentando
a la suerte. Si no tenía cuidado escaparía a mi dominio.
No podía imaginar lo que supondría atravesar esas puertas si con sólo verlas mi cuerpo
temblaba y se doblaba como una hoja enfrentada a un vendaval. Sería como internarme en
un mundo de caos, tinieblas, locura y dolor; supondría la muerte, o algo aún peor...
Sin duda algo peor... Empecé a sudar y tuve que apoyar una rodilla en el suelo. Estaba
débil y la chiquilla rubia no tardó en darse cuenta. Me habló desde cierta distancia,
con una voz fría y apagada, como si hubiese hecho caso a la inscripción que figuraba
ante nosotras, grabada en el suelo: "El que atraviese estas puertas, que abandone toda
esperanza."
- Así que ahí es donde tengo que entrar... No es un lugar muy grato...
- "Sólo aquellos que sufrieron el tormento de la muerte pueden soportar las llamas del
infierno sin perderse en los inciertos caminos de la locura..."- recité-. No tiene que
gustarte. Sólo hazlo, por favor.
- Sabes demasiado sobre la muerte...- añadió distraída-. Quizás tú también podrías
entrar...
La miré, fulminándola al instante con la espesura de mis ojos oscuros y profundos ojos
azules. Y ella, lejos de asustarse, amedrentarse o de mostrar cualquier reacción que un
siervo pudiese tener ante un reproche de su señor, sonrió. Era cierto. Estaba
completamente libre de ataduras mágicas, eso ya me lo había demostrado con creces. Pero
no podía dejar que se confiase. Ahora era débil y necesitaba su ayuda para conseguir
superar ese momento. Sin ella no tenía ninguna posibilidad. No conocía mis dudas y mis
pensamientos, pero se daba cuenta de que podía hacer todo lo que se le pasase por la
cabeza sin que yo lo impidiese. A pesar de todo eso, parecía dispuesta a hacer lo que
le pedía.
- Antes de entrar, quiero que me respondas a algo- buscó con su mirada mi aprobación,
con cierta ansia que no logró disimular-. ¿Qué será de mí cuando haya hecho lo que me
pides?
- Volverás al lugar que te corresponde, sea cual sea. Eso no depende de mí, el hechizo
se acabará pronto.
- Tenía que haberlo imaginado- susurró con una extraña expresión en el rostro-. ¿Y si
no cumplo lo que me pides?
El miedo a que pudiese darse cuenta de que no tenía motivos para obedecerme comenzó a
crecer en mi pecho. Pero me mantuve firme, aparcando mis dudas para que ella olvidase
las suyas.
- Si te negases... Te haré atravesar esas puertas para siempre. Y te aseguro que no será
nada agradable...
- Entiendo...- susurró de nuevo, perdiendo su mirada en la profunda oscuridad rodeada
de llamas que se extendía ante nosotras- Infierno... Purgatorio... No creo que se
diferencien tanto. Y no parece que tengas muchas fuerzas para cumplir las amenazas que
estás lanzando. No tengo nada que perder...
Se quedó inmovil unos instantes. Tenía la sensación de que lo que ocurriría a
continuación sería algo terrible. Pero mi cuerpo se negaba a obedecerme. Parecía que la
rodilla que había clavado en el suelo pesaba más de mil toneladas, no podía despegarla
y las piedrecillas estaban empezando a incrustarse en mi piel. El sudor resbalaba por
todo mi cuerpo, empapando mi camisa y el corpiño de terciopelo. Comenzaba a costarme
respirar. Ella tenía razón. Ahora estaba completamente a su merced. Ya podía intentar
matarme, que yo no levantaría una sola mano para defenderme.
Mis brazos caían inertes a ambos lados de mi tronco. Pronto pesaría tanto que tendría
que bajar la otra rodilla. Pero me negaba a perder así. Traté de recordar algún hechizo,
pero resultó imposible. También mi mente se había realentizado. Intenté levantar la
cabeza hacia ella, sin saber si en mis ojos mostraría súplica o ira, pues ambos
sentimientos luchaban con todas sus fuerzas para superponerse uno sobre el otro. Cada
vez me costaba más llenar mis pulmones de aire, como si se negasen a cumplir su función.
Se me iba nublando ligeramente la vista, pero todavía podía verla ante mí, erguida y
orgullosa, sin mover ni un sólo músculo.
- No pareces tan poderosa ahora- murmuró mientras su bota se apoyaba en mi hombro y me
tiraba hacia atrás con un leve empujón-. Ni siquiera puedes levantarte.
- No tientes...- dije en un susurro agitado- ... a la suerte.
Seguía empujándome a patadas, acercándome más y más a las puertas del infierno. Comencé
a distinguir claramente su presencia dentro de mí. Si no me alejaba inmediatamente de
allí, Ella acabaría escapando, y entonces tanto la estúpida rubia como yo misma
estaríamos en peligro. No era consciente de la amenaza que estaba a punto de desatar.
Pero no la culpo. Ni lo hice entonces ni lo hago ahora. No sabía lo que sucedería como
consecuencia de sus actos.
Ya no veía nada más que las llamas cuando por fin se detuvo. Estaba tendida boca abajo,
mordiendo el polvo de azufre y resoplando con violencia para intentar recoger algo de
oxígeno. Ella agarró mi cabellera y levantó mi cabeza ligeramente. Pensé que todo
acabaría, que me llevaría lejos de la oscuridad de las llamas infernales. Pero se acercó
a mi oído y susurró en palabras crueles una terrible maldición.
- Arderás en el infierno junto a mí.
Y ante mi total impotencia, sostuvo mi peso colocando uno de sus brazos bajo mi cuello
y el otro bajo las rodillas. Se detubo un instante, recelosa de lo que se encontraría
al entrar. Yo lo sabía, yo conocía exactamente lo que sucedería: entraría en mis peores
pesadillas y permanecería ahí durante el resto de la eternidad. Tenía que tratar de
evitarlo, tenía que decirle lo peligroso que era, tenía que advertirle de que si me
adentraba más en ese camino, no sería yo quien volviese, sino La Bestia.
Abrí los ojos y traté de articular un mensaje, pero mi voz se ahogaba incluso antes de
que pensase las palabras. Lo único que pudo escaparse de mi boca fue un quejido
lastimero que provocó una irónica sonrisa en su precioso rostro. Me había vencido y lo
sabía. No había manera de detenerla. Podía sentir cómo las imágenes llegaban ya a mi
mente, y ante ellas no había manera de cerrar los ojos, aunque lo intenté con todas mis
fuerzas. Sentí su mirada durante unos segundos, pero luego la apartó, desviándola sin
ninguna duda hacia las llamas.
- Reza lo que sepas. Yo haré lo mismo.
Y con un suspiro de resignación, casi un lamento susurrado, avanzó paso a paso hacia el
interior de la más completa y ardiente oscuridad, llevándome sobre sus brazos, hasta
que tanto ella como mi propio cuerpo desaparecieron de mis sentidos al recibir el
primer ataque de mis pesadillas. En el último instante reuní todas las fuerzas que me
quedaban y lancé al viento un aullido feroz que la hizo retroceder, soltándome en el
vacío del dolor, de donde ya no podría volver a salir.
Continuará...