1. EL DESPERTAR
La luz inundó sus inmensos ojos verdes, abrasando la retina que ya se había acostumbrado
a la oscuridad eterna. Se revolvió dentro de la robusta caja de madera, inquieta, como
si acabase de darse cuenta de que no debía estar allí. Al sentir el dolor de su primera
bocanada de aire, se avalanzó sobre el borde, agarrándolo con sus finas y pálidas manos
y apretando con tanta fuerza que hasta hizo saltar las astillas. Un hilo de sangre se
escurrió por sus muñecas, mientras ahogaba en su garganta un sollozo. Escondió la cara
entre sus manos, deshorientada, sin recordar nada. Sollozó con desesperación durante un
período de tiempo que se hizo eterno, hasta que por fin sus lágrimas se secaron sobre
su piel y resolvió que esa no era la solución.
Fue entonces cuando alzó la vista, mientras sujetaba los doloridos y sangrantes
miembros que acababa de descubrir. Reconoció el lugar de un sólo vistazo. Estaba en un
tétrico panteón, rodeada de multitud de ataúdes de gente que jamás sabría quiénes
habían sido; la luz del sol se colaba por un pequeño ventanal orientado hacia el oeste,
estaba anocheciendo; la caja donde se encontraba estaba subida a un pedestal tan alto
que llegaba por encima de la cintura, pero parecía que no siempre había estado ahí. Un
bloque de piedra había sido arrancado por la fuerza y ahora se encontraba vacío. Quizás,
y sólo quizás, alguien le había salvado la vida.
Al final, mi figura fue lo suficientemente imponente por sí sola, ya que sin que yo
llamase su atención, dirigió su exquisita mirada verde mar sobre mi rostro, clavando la
calidez de sus ojos en los míos. Tenía los ojos más hermosos que jamás había visto,
aunque siempre había oído lo mismo cuando alguien admiraba mi belleza. Puede que no
siempre lo dijesen para salvar sus vidas... Siempre había considerado el azul de mi
mirada como un frío acero más que el oscuro cielo del atardecer. Pero los suyos... Esos
sí que eran algo realmente hermoso. Finas vetas de esmeralda se colaban entre largas
ondas del color del mar en calma. Habría podido quedarme mirando aquellos ojos
eternamente, dejándome inundar por la quietud que desprendían. Pero no había tiempo.
Tenía demasiadas cosas que hacer.
Al principio parecía desconcertada de verme allí, pero reaccionó rápido, dibujando con
sus finos y suaves labios rosados una sincera sonrisa de reconocimiento y presentación.
Algo que no dejaba de ser un saludo hacia su carcelero, una deliciosa ironía que me
facilitó poder devolverle el gesto. Casi sentía lástima por ella. Casi. Pero ¿por qué
preocuparme por un ser que ni tan siquiera estaba vivo realmente?
Su boca se abrió, dejando que la dulce melodía de su voz escapase entre sus dientes,
llegando hasta mis oídos con un tono claro y ligero. Me gustó su voz... No me había
equivocado al escogerla. Ella era todo lo que necesitaba en esos momentos: una mujer
hermosa, en la flor de la vida, con unos ojos que no me cansaría de contemplar. Lástima
que no fuese a durar lo suficiente para sacarle el mejor partido. Llegué incluso a
lamentar que fuese a devolverla tan pronto a sus cenizas, planteándome alargar la
experiencia algún tiempo más. Pero la magia no duraría eternamente, y yo sí. No podría
mantener a un cadaver más que un par de días.
Escuché ensimismada sus palabras, mientras apreciaba cada brillo del sol en su mirada,
cada destello reflejado sobre su perfecto iris. Jamás habría dicho que hacía unos
instantes era tan sólo huesos y piel seca. El hechizo había funcionado a la perfección,
trayendo de nuevo la sangre a sus venas, la suficiente para permitir que se sonrojase
al sentir mi mirada fija en ella.
- ¿Quién eres? ¿Dónde estoy?
Silencio de efecto, recuerdo haber pensado... Ella me miraba con curiosidad e inocencia,
tratando de cubrir su cuerpo desnudo con los brazos. Yo la miraba con una mezcla entre
burla y diversión sádica que había tardado muchos años en perfeccionar. Traté de hacer
lo más larga posible la espera. Hacía mucho tiempo que no practicaba mi crueldad con
nadie, y ahora tenía la oportunidad perfecta. Total, ¿quién me culparía por reírme de
un muerto? Pasé la lengua por mis lábios resecos, humedeciéndolos para que estuviesen
preparados para mi inminente discurso.
Ella me miraba cada vez más extrañada, o eso habría jurado de no saber que estaba sólo
ante un muñeco. Recogí una tela lisa de color ambar y la tiré sobre su piel, los actos
reflejos de su antigua vida parecían continuar haciendo efecto en el cuerpo reanimado.
Caminé a su alrededor, mirándo cada curva de su cuerpo sin ningún pudor, notando cómo
me seguía con la mirada. Le di la espalda durante un par de segundos. Ella permanecía
expectante, pero no volvió a preguntar. Me permitió tomar el aire suficiente para
responder, me permitió incluso recitarme mentalmente el discurso aprendido para estas
ocasiones. ¡Dioses! ¡Realmente estaba disfrutando con eso!
Un paso. Dos más. Otro pequeño. Media vuelta... Al final mi propia actitud me pareció
infantil, estaba perdiendo un tiempo valiosísimo. Tosí para aclararme la garganta,
volviéndome y mirándo directamente a sus preciosos ojos. Tragué saliva cuando aprecié
que ella también recorría mi cuerpo con una curiosidad que se suponía que no tenía.
Intenté dejar mis pensamientos a un lado y comencé a hablar:
- ¿Preguntas quién soy? No. La cuestión es ¿quién eres tú? ¿Sabes? Creo que soy la
única que puede dar respuesta a esa pregunta. O al menos puedo darte algún ligero
detalle.
Sus ojos me interrogaron ingenuamente, mientras yo disfrutaba con crueldad de cada
segundo, admirando sus gráciles movimientos sin perderme de vista al mismo tiempo.
- ¿No entiendes? Tranquila, lo harás -carraspeé suavemente antes de lanzarme-. ¿Crees
en la magia? -rostro incrédulo-. ¿No? Pues deberías, porque la magia está en todas
partes. Está presente en cada uno de los poros de nuestra piel; está en el aire, en el
agua, en el fuego y la tierra. La magia está ahora mismo corriendo por tus venas,
haciendo bombear tu corazón. Hace un rato no eras más que polvo. Hace un momento,
estabas muerta -mirada de confusión-. Sigues muerta, en realidad; me temo que si no
fuera por mi hechizo ni siquiera tendrías corazón que bombear.
"Verás, los órganos internos son lo primero que se pudre cuando estás muerto. La piel y
los huesos aguantan mucho más. Tu ya estabas un poquito reseca. Debías llevar unas
cuantas décadas muerta. Pero míralo por el lado bueno, ahora vuelves a ser tan hermosa
como cuando te enterraron... O quizás más... Por cierto, qué joven eras, ¿no? -su cara
de asombro me animaba a seguir; abrió la boca como para interrumpir, pero no estaba
dispuesta, todavía me quedaba cuerda para rato-. ¡Ah, no! No me preguntes cómo has
pasado a... mejor vida... Lo único que sé de ti es que fuiste enterrada en un panteón
muy, muy caro, con mucha gente más a la que no puedo dar nombre porque las lápidas se
han desgastado demasiado. Este sitio lleva abandonado una eternidad..."
"Lo que sí puedo decirte es por qué vuelves a estar aquí, con vida. Verás. Hay una
misión que tengo que realizar, de hecho no es una misión, en realidad es un encargo
personal... En fin, que todo esto no te interesará y supongo que querrás volver al
sitio en el que tan plácidamente descansabas. Lo que necesito de ti es que seas... Mmmm,
¿cómo puedo decirlo? Sí, será lo mejor. Necesito que seas mi esclava -una sombra cubrió
su rostro, una expresión que me molestó sobremanera, al arrebatarme la hermosura que la
hacía brillar hacía unos instantes; parecía que toda la ingenuidad se había caído a un
profundo pozo-. Mujer... Claro que si no quieres siempre puedo escoger alguno de estos
vejestorios de por aquí... Están deseando salir a dar un paseo. Pero tú también, ¿no?"
"No me obligues a escoger a otro, me da la impresión de que tu cuerpo es el más
apropiado -sujeté su cara entre mis dedos, con cierto desdén, mientras giraba su rostro
para verlo mejor, era realmente preciosa; dejé que su mirada volviese a posarse en mí,
y a pesar de lo impersonal de la expresión, sus ojos parecían despedir llamas de ira-.
¡Oh, no me mires así! ¡Es cierto! ¿Qué pasa? ¿No lo entiendes? Reclamé tu alma mediante
un hechizo y ahora me perteneces totalmente, para hacer contigo lo que desee -sin
soltarla, pasé mi lengua por el borde de su cara, me pareció notar el sabor salado de
una lágrima, pero era imposible-. ¿Ves? Venga, levántate. Esto empieza a ser aburrido y
tenemos todavía una infinidad de cosas que hacer. Además, la vida que te he dado sólo
durará el tiempo justo. No es cuestión de perderlo...
Sus ojos se ensombrecieron bajo la duda y la confusión que reinaban en ellos. Intentaba
hablar, pero parecía que las palabras se le atragantaban; que sus temblorosos labios
eran incapaces de dejar huir sonido alguno. Agachó la cabeza, ocultándome su mirada.
Creí ver otra lágrima resbalando veloz por su pálida mejilla; pero deseché la idea en
seguida; seguro que sólo había sido un reflejo. Ella sólo era una esclava traída a la
vida por medio de la mágia, para servirme en todos mis deseos. No tenía sentimientos.
El conjunto de luces y sombras del panteón me estaba jugando una mala pasada. Ella no
podía llorar. Pero no se movía, y yo empezaba a perder los nervios. La cogí por los
hombros y la zarandeé un poco para intentar que espabilase.
- No tienes que decir nada -atajé algo incómoda ya por la tardanza de su respuesta-.
Basta con que me obedezcas -la observé, pero no hubo el menor cambio en su expresión-.
Muy bien... Vas a obligarme a devolverte a tu ataud y buscar otro con el que funcione
el hechizo. Maldita sea... Con la energía que se necesita para hacer algo así...
La situación comenzaba a resultarme violenta: ella no se movía ni hablaba y yo empecé a
sospechar que algo no iba bien. Repasé mentalmente mis movimientos, mis palabras, cada
uno de mis gestos. Quizás me había equivocado en algo... La mejor solución era anular
el hechizo, así no tendría más problemas. Podía descansar unas horas y volver a
realizarlo sobre otro cuerpo. Y esta vez pondría más cuidado con lo que hacía. Saqué el
libro de hechizos y busqué la página que había utilizado. Pero por algún extraño motivo,
el libro no me permitía llegar a ella. De todas formas no fue necesario que anulase
nada, al fin reaccionó y dejé de martirizarme pensando en un posible error.
- Soy tu esclava, entonces -la voz sonó firme, pero tembló de un modo casi imperceptible
que me puso los pelos de punta-. ¿Qué debo hacer?
- No hay prisa, niña. Haré que comprendas antes de que actuemos. Sí, sí, sí. Creo que
podemos empezar por abandonar ese tétrico ataúd en el que tienes la mala costumbre de
dormir. Tranquila, mientras vengas conmigo te dejaré dormir en una cama. Y si no hay
probarás las delicias de dormir en el frío y duro suelo... Si yo puedo hacerlo, tú
también.
Le extendí mi mano para ayudarla a bajarse del pedestal, pero la rechazó de un golpe y
trató de incorporarse por ella misma. Le costó lo que me parecía una eternidad, pero yo
estaba más preocupada por el hecho de que rechazase mi ayuda. Supuestamente, había
creado un muñeco que cumplía mis órdenes a rajatabla, un pelele que se movía cada vez
que yo hacía un gesto y que saltaba a una sola orden mía. La miré mientras se alejaba
hacia la puerta del panteón. De dos zancadas la agarré y la volteé violentamente.
- Ey, nadie te ha ordenado que salieras. El camino está por aquí. ¿Por qué crees que he
entrado en esta cripta? ¿Por que te buscaba a ti? Me valía cualquiera... Anda, acércate
y ayúdame a mover esta losa, pesa demasiado para mí sola.
Se colocó frente a mí sin una sóla palabra y tiró de la losa cuando le di la señal.
Pero en lugar de esperarme, entró por el pasadizo que acabábamos de abrir. Cada vez
tenía más dudas, ¿habría utilizado el hechizo correcto? Se lo había pedido al maldito
libro, pero cuando lo pronunciaba un cosquilleo había martillado en mi mente durante
cada instante. El siguiente detalle que me haría dudar, el más doloroso, no tardaría en
llegar.
Fin del Primer Capítulo