Nota: No tenía idea de cómo iniciar esta nota-dedicatoria pues hay veces en que la impersonalidad que se pretende lograr no es tan impersonal para quien se dirige. Yo opino, si es que se me permite opinar y espero que así sea puesto que ya lo estoy haciendo, que no quiero dedicarle este relato a nadie que no sea a la del aroma propio, del tiempo propio, la exterior, la interior, la de la eterna búsqueda. Venga Musa este va para ti, que tu me das tanto que si no te dedico algo no estaré contenta. Epa! Soy egoísta ¿recuerdas? Para ti, que me das tanto para pensar: un pensamiento.
OTRA NOTA: La historia es fría y rápida. Y tiene algo de lenguaje vulgar y un poco de sexo. Supongo que a poc@s gustará y que much@s la odiarán... de todas formas, si te gusta o la odias y quieres decirlo, dilo a fosyf@hotmail.com.

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!
Alejandra Pizarnik, de La última inocencia, 1956


IMPERSONAL

Fosy

18 de mayo

Hubiera dormido por lo menos dos horas más de no ser por el teléfono repiqueteando como si tuviera al Diablo dentro. Me despertaron los dos primeros timbrazos; decidí levantarme al cuarto; llegué hasta el aparato al sexto y fatídicamente nunca hubo un séptimo repiqueteo. Vaya resumen de mi vida: jamás a tiempo para saber quién me busca.
Y no se trata de cuestión de enfoque, en realidad mi vida está llena de intentos fallidos, en pocas palabras: soy una perdedora; una más del montón de los que la sociedad, aparentemente, se empeña en producir. ¡Ni para eso soy original! Soy solo una mancha en la mesa de un puesto de tacos insignificantes y grasosos.
Sí, eso es lo que soy: una miserable mancha. Con un poco de jabón me borrarían fácilmente y más fácilmente con un poco de blanqueador, o cloro.
El olor del cloro no me desagrada, de hecho me produce cierta nostalgia, era el aroma de las manos de mi mamá los sábados por la tarde, después de lavar todo el día las montañas de ropa sucia de los inquilinos de la casa de mi abuela. A mi abuela me la recuerda el aroma a chocolate y para eso, no tengo explicación.
Sin embargo, pensándolo bien y dando cuerda hacia atrás, el aroma del cloro no siempre no me desagrada, cuando recuerdo el olor del semen me desagrada mucho, son muy parecidos y francamente la casi inexistente experiencia con esa excreción masculina no es algo que quisiera narrar en este mi diario íntimo.
No sé muy bien como funciona un diario íntimo. La verdad, tomé la idea de empezar uno gracias a una película gringa que me llevó a ver Ana.
Ana es mi mejor amiga, bueno, lo más cercano que tengo a una, de hecho, se parecería bastante al concepto general y convencional de "mejor amiga" de no ser por el excelente sexo que nos permitimos una vez cada quince días, cuando en la mercería nos entregan el bendito sobre amarillo con los mil quinientos pesos que poco rato después se verán algo reducidos por la cerveza y los cigarros y por el cuarto de hotel. Jamás tenemos sexo en casa, eso sería ser novias, dice Ana, por mí está bien ¿quién no disfruta el sexo sin compromisos? Además, Ana es bellísima y buena en la cama, por eso Pablo se hace pendejo una vez, cada quince días.
Yo soy lesbiana, bien lesbiana, y ya que lo escribí no volveré a mencionarlo, no me gusta esa palabra. Nadie es nadie para andar clasificando a la gente, eso me lo enseñó mi tía Clara; para eso se supone que tengo un diario íntimo, para poder decir bien claro lo que a veces una necesita gritar, pero entre tanto ruido, ni una misma se escucha.
Decidí que hoy comenzaría a escribir porque, porque hoy no pasó nada. Porque hoy no me ocurrió ninguna desgracia; porque vi televisión; porque comí frituras; porque escuché música; porque me dormí para no escuchar coger a Ana y a Pablo; porque dicen que hay que empezar con poco y como hoy no hice mucho, supuse que era poco.
Voy a dormir, hoy no es quincena.


20 de mayo

Ayer no escribí. No me importa, después de todo no soy la persona más constante; si he durado ya seis meses en la mercería es porque los listones, los botones, el encaje, las agujas y los alfileres no son tan fastidiosos. Me gusta trabajar en la bodega porque no tengo que fingir cara de entusiasmo y alegría por vender una miseria a alguna vieja amargada con las chiches hasta el ombligo que no entiende la diferencia entre la hilaza de algodón y la seda aunque se lo hayan explicado un centenar de veces. ¡Caramba! Ahora resulta que soy toda una experta en hilazas.
Mi mamá llamó esta tarde, quería saber cómo me va en todo. Como siempre, dudé unos segundos entre decirle la verdad y escuchar sus sermones durante una hora o mentir y colgar en diez minutos. Por obviedad y bienestar de mi psique y de mi ánimo, decidí lo segundo. Mi mamá, ella es feliz sabiendo que en la Universidad de fines de semana me va bien. ¡Ja! Como si tuviera mayor ciencia estudiar a unos tarados que pretenden entender lo que un niño hace, dice y piensa. Estudio para cerrarle la boca a mi madre mas que por gusto. Yo soy feliz en la bodega de la mercería ¿Tan malas son las cosas simples?


21 de Mayo

Hace un calor de la puta madre. Son casi la una de la mañana y pareciera que fuera a dar la una de la tarde. Ana llevó el ventilador a su lado del cuarto; al principio me pareció buena idea, ella y Pablo seguro sentirán, con tanto movimiento, más calor que yo; sin embargo, la ventilación no resultó ser mi aliada y regó el olor a sexo hacia mi lado.
Huele a semen. Definitivamente el olor no me gusta; en cambio, la porción del aroma de Ana, que conozco muy bien, me fascina en un nivel morboso, poco ético y quizás hasta perverso.
Para distraerme, intenté leer el artículo de uno de los autores referidos en la bibliografía de este semestre, pero no pude. Pablo gime mucho. Ana también gime pero está fingiendo, lo sé, la conozco lo suficiente.
Han cogido toda la semana, al parecer les importa un bledo mi presencia. Si lo vuelven a hacer mañana me voy a un hotel y esta es una advertencia para mí. No voy a volverme a arriesgar a que el puto de Roque me pesque durmiendo en la bodega y me joda un día se sueldo.
Voy a dormir, ya me harté de escucharlos gemir.


24 de Mayo

Yo soy todo lo que se puede ser si quiero, pero ladrona no.
Cuando Roque empezó a acusarme de robar quinientos pesos de mercancía no pude resistirme a soltarle la bofetada que le solté y nada me ha satisfecho tanto en mucho tiempo como la cara de humillación que el pobre imbécil puso. ¿Para qué carajos querría yo un montón de hilos y estambres? Una puta mierda. Me corrieron.
En seis días se vence la renta y si no pagamos nos vamos a la calle y si Ana paga todo nos quedamos sin dinero para comer. Estuve a punto de sugerirle que le pidiera dinero a Pablo, pero definitivamente es mala idea, yo no acabo de entender por qué Ana, siendo tan inteligente y hermosa, pierde su tiempo con un hombre casado que no puede ni quiere ofrecerle mas que cogidas y salidas al cine a media noche.
No voy a pedirles dinero a mis padres, me costó tanto trabajo dejar de depender de ellos que ahora no voy a regresar con el rabo entre las patas pidiendo ayuda; es una estupidez, lo sé, pero es mi estúpido orgullo. Sólo queda conseguir otro trabajo y rogarle al nuevo jefe que me adelante el primer pago.
La frase favorita de mi mamá es: "todo pasa por una razón", pero yo a esto no le encuentro razón ni por el coño.
Siempre ser una mediocre, fracasada y pinche casimujer, parece ser mi único destino.
A veces la salida más fácil es tan atractiva: casarme con un hombre, tener un trío de hijos correteando por ahí con mis ojos (porque tengo que decir que mis ojos me gustan, son azules, como los de mi abuelo), una casa con baranda verde como los ojos de Ana (que son otros ojos que me encantan) y hasta un perro, creo que me siento hasta capaz de tener un perro, uno de esos arrugados y chaparros que babean mucho. Pero eso no es lo que quiero, no puedo; eso sería prostituír mi espíritu y ya nos lo prostituyen tanto desde pequeños como para que ahora lo haga yo por iniciativa propia. Yo quiero la casa con la baranda verde, el perro, quizás un bebé con mis ojos y... lo que quiero es una mujer que me haga sentir tan completa que sienta la necesidad de salir de mí para continuar expandiéndome y que no importe si esta es una expresión egocéntrica, que le dé razón al segundero del reloj, a la que no necesite decirle lo que pienso o siento porque ya lo sabrá con solo verme, una mujer que permita que le entregue mi alma, a quien pueda sostener y hacer sentir segura... alguien que me necesite, que me complete, a quien completar.
Sin embargo todo esto es tan lejano. Ni siquiera puedo retener por más de un mes a una chica. Y el problema es mío, no de ellas, yo soy la que tiene miedo, la que no tiene ganas de lograr lo que desea, lo que ansío en mis cortos periodos de lucidez existencial antes de cerrar los ojos y entregarme al mundo de los sueños.
Ana dice que las cosas se van a arreglar, ella siempre es así y nunca me ha defraudado; no sé cómo lo hace pero las cosas siempre se arreglan, tal como ella dijo que lo harían y, sin embargo, esta vez me falta fe. Aunque quizás, en algún momento inspirado por algún suceso extraño a mi pensamiento, me inunde un momentáneo y nada duradero optimismo de reserva; pero la verdad es que ni el tierno beso en los labios que Ana me regaló hace quince minutos en el sofá, me ha animado.
Es la primera vez que lo hace en casa. Fue un lindo gesto; quería consolarme, me vio muy desesperada. Ella dice que soy muy fatalista, yo le digo que es conciencia de la realidad.
Insistió en que me fumara un pase de marihuana con ella para tranquilizarme, pero francamente no quiero que mi cerebro esté licuado para el examen de Conductismo del sábado, conociéndome, sé que no pararé hasta que todos los cigarros desaparezcan entre el pesado humo dulzón.
Conozco mis límites y me emputan y más me emputa romperlos. Creo que me emputa existir sin tener idea de para qué carajos existo.


25 de Mayo

Hoy puedo jurar que caminé por toda la ciudad y me gustaría decir que lo hice para buscar empleo, pero no es así. Sólo caminé. Me gusta caminar. Es mi equivalente a volar. Algunos patinan en rampas, otros se dejan ir en interminables inclinaciones de concreto sobre sus bicicletas, otros rompen las reglas de tránsito conduciendo a más de 180, pero yo soy simple, sólo camino.


27 de Mayo

Ana está enferma. Lleva dos días de mareos y vómitos. Está pálida, tuve que rogarle para que no fuera a trabajar a la mercería, realmente luce fatal.
El cabrón de Roque mandó a decirnos con Jorge, el chofer, que también Ana está despedida. Ahora ya no tenemos ni el sueldo de Ana ni el mío, en diez días se vence la renta y Doña Erubijes no se va a tocar el corazón para echarnos a la calle.
Yo ya estoy resignada. Aún no encuentro trabajo. Sin embargo eso pasa a segundo término. Lo primero es la salud de Ana. No tenemos dinero para un doctor o para medicinas.
La miseria siempre había sido mala pero nunca tan insoportable.
Pablo ni siquiera se ha asomado.
Hace rato volvió a besarme aquí, en nuestro cuarto, esta vez sentí su lengua con su ligero sabor a tabaco, es la cuarta vez que lo hace, rompiendo nuestras reglas, las que siempre habíamos obedecido, las que siempre habían trazado las fronteras de lo que éramos y lo que nos permitimos ser por razones que no vienen al caso señalar, cosas que ni siquiera conozco. Y es que es tan extraño como puede hacerme sentir un sólo roce de sus labios, tan extraño y tan indebido y tan perfecto y tan anhelado, no, anhelado no, porque no puedo anhelar algo que sé que jamás será mío, que puede ser de alguien que con un par de pelotas y un pene le ofrezca la vida normal que yo jamás le podré dar. No, no me interesa. No anhelo a Ana, sólo la quiero mucho y, a veces, la deseo.
Me gusta mucho el sabor de su saliva, esa mezcla de humo y cereza; es fresca; sus labios son suaves, carnosos, deliciosos al tacto de todas las partes de mi cuerpo.
No quiero parecer paranoica pero noto que me mira distinto, como si... no. No es posible, es Ana. Si vuelvo a notar esa mirada le preguntaré, somos amigas, podemos preguntarnos esas cosas.


28 de Marzo

Hizo mucho calor. Pablo no aparece. Mi vida es un desastre. Ana sigue enferma.
Se permite el egocentrismo para señalar que soy la inútil más grande de todos los tiempos.


29 de Marzo

Hoy fui al billar porque necesitaba otro aire. Sin embargo mi conciencia me dice una y otra vez que no fue lo correcto pues regresé muy tarde y encontré a Ana muy preocupada. Su salud no mejora y yo la dejé sola para ir a beber dos cervezas que me invitó una rubia algo masculina, sin embargo, los sagrados alcoholes no se le niegan a nadie.
Regresé muy tarde. No consigo empleo todavía.
Estoy algo atrasada con las lecturas de la escuela. Ana no deja de verme acusándome de algo, de dejarla sola, supongo, pero yo no la dejé sola, bueno, sí lo hice pero eso no tiene nada de malo, así que debo de dejar de molestarme porque ella esté molesta. Su estado de ánimo está de lo peor, espero que se recupere pronto ya que si se vuelve una costumbre encontrármela en casa enferma y fastidiosa, empezaré a pensar que el hecho de ser amigas no es tan bueno.
La verdad es que estoy malhumorada, quizás hubiera sido mejor continuar aceptando cervezas y acostarme con la rubia para liberar estrés.
Hay nubes muy moradas; quizás llueva; deseo que eso ocurra. Me gusta escuchar el ruido que provocan las interminables gotas de agua al chocar contra la superficie latosa de las láminas que forman el desagüe de la azotea. Es relajante y armónico ese plip, plap, plip, plap que luego se convierte en una sinfonía sin tiempo.
Ya empezó a llover y Ana respira profundamente, ya duerme. Mi nuevo pasatiempo será estudiar el perfil de mi amiga. Me gustan su nariz y su boca (me gusta mucho más su boca cuando sonríe), me gusta el tono de su cabello, sus párpados cerrados que albergan el par de ojos más hermosos que haya visto. Pablo es afortunado por tenerla porque es hermosa, sin embargo, Ana es más que un trofeo u artefacto para aumentar el ego masculino. Ana es calor humano, alegría, sensualidad, armonía, dulzura, inteligencia.
Después de todo, no fue mala idea regresar a casa.


30 de Marzo

No entiendo a este clima, no puede ser que en pleno marzo esté lloviendo a las doce del día, bueno, aparentemente sí puede ser.
Párate y mira, mira como se mueve, mira como baila, mira como salta, párate y mira... no se ha dado cuenta, sigue con su juego... esa canción es una de las que Ana pasa tarareando cuando está lavando su ropa. Sin embargo los delicados y prudentes movimientos de cadera que el lavadero le permite, son nada a comparación de los movimientos de los que es capaz en una pista de baile. Yo no bailo, pero mi corazón y mis hormonas bailan al ritmo de un bello cuerpo femenino. Y es que Ana, la lluvia y yo, tenemos historia. Me gusta ser su amiga, me gusta ser, por unas horas, su amante y me gusta ser su juguete.
Una noche, después de salir de trabajar de la mercería, comenzó una lluvia torrencial con granizo; las calles habían quedado desiertas a las diez de la noche. Ana y yo nos refugiamos bajo un letrero grande con letras verdes y todo hubiera estado en calma de no haber sido por un taxi, que pasando frente a nosotras a toda velocidad, nos empapó con el agua sucia de una charca. Quedamos caladas de pies a cabeza. Yo empecé a maldecir al detestable chofer mientras Ana estallaba en una carcajada que me sorprendió muchísimo.
Cuando por fin se tranquilizó y nos vimos de frente, me di cuenta de lo linda que se veía con su cabello mojado, enmarcando su rostro. Como un acto reflejo, que siempre he atribuido a su presencia pues es con ella con quien me sucede con mucha frecuencia, recorrí su cuerpo. Al llegar a sus senos, mis ojos debieron reaccionar ante la presencia notable del efecto del agua y el aire frío. Inmediatamente regresó mi mirada a su rostro y me sorprendí mucho cuando me encontré directamente con un mohín de sonrisa indescifrable, perturbadora. Recuerdo que me quedé sin habla, completamente apenada pues de seguro se había percatado de la dirección que mis ojos habían tomado, sin embargo nada me hubiera preparado lo suficiente para lo que siguió al mohín, "¿Te gusta lo que ves? Porque a mí me gusta lo que veo", fueron sus palabras. Mi rostro se encendió, mi cabeza y mi cuerpo no reaccionaban con razón y lógica, que hubiera sido la de echarme a reír y tomar a broma el comentario de mi amiga, sin embargo sentí un cosquilleo por todo el cuerpo. ¡Por supuesto me gustaba lo que veía! Ana soltó de nuevo una risotada, acercándose a mí, empezó a jugar con el borde de mi camiseta y con la pretina de mi pantalón. Yo moría por besar sus labios que jugaban acercándose y alejándose de los míos, provocándome una especie de caída vertical que culminaban de manera fulminante en sus ojos. Y de pronto, sentí una descarga eléctrica indescriptible, cuando noté una delicada caricia en mi pezón izquierdo, sin embargo, lo que en definitiva me cortó el aliento, fue la mirada de Ana, ese par de lagunas profundas y pantanosas estaban absortas en el movimiento circular de su pulgar sobre mi blusa, sobre la piel erecta, sensible en exceso por su contacto. Tenía las mejillas rojas, el cuello ligeramente tenso y respiraba al ritmo del movimiento. Esa noche, aún sin ser día 15, hicimos el amor hasta el amanecer, gastándonos la semana de comida en un cuarto de hotel. Ninguna de las dos ha vuelto a mencionar esa noche, quizás porque tuvimos que trabajar doble turno para recuperarnos económicamente o quizás porque hay cosas reales y hermosas que no necesitan hablarse.


2 de Abril
Mi jornada en busca de empleo resultó un fracaso de nuevo. La salud de mi amiga me preocupa de sobremanera y no tengo cara para llegar de nuevo a casa diciendo lo mal que me fue.
Hace frío. Qué clima tan raro éste. Quizás no se trata del clima exterior, bueno eso es algo que no viene al caso puesto que el clima que yo siento es el único que existe para mí. Sopla un aire perverso, perverso digo por el sonido que produce al colarse entre las ramas y hojas de los árboles que se esfuerzan por superar esta loca estación. Estoy fumando un cigarro sentada en una banca del parque central en el que rara vez me fijo. Hay una muchacha bastante bonita tras el mostrador de una cafetería sin nombre y una niña en harapos pide limosna sin que nadie se ennoblezca y le dé algo de comer. Ni yo. Ya se acabó mi cigarro, seguiré caminando en dirección a casa. Esto de medir el tiempo con humo de tabaco es paradójico, jamás retendré al tiempo, ni al humo, si no hay vacío. Un vacío lleno supongo, un vacío lleno que yo no puedo tener porque mi vacío es vacío completo. ¿Me explico? Qué impersonal.


3 de Abril

Ana no está enferma, está embarazada. Me lo dijo llorando ésta mañana cuando le di la última barra de fruta que quedaba en el paquete. Dejé que llorara un rato, no supe qué hacer, solo la tomé de la mano y esperé a que se tranquilizara. Sostuve su mano durante dos horas en que palabras inservibles de consuelo y frases de esperanzadora ayuda salían de mi boca como cascada sin inicio ni final. En mi mente se forjaban miles de ideas sobre cómo matar a Pablo. Sentí la necesidad de arrancarle las entrañas y luego escupir sobre su cadáver. Aún hierve esa necesidad dentro mío, recorre las palmas de mis manos en forma de un cosquilleo molesto. Ana lloraba y lloraba sin consuelo. El bebé tiene ya mes y medio, dejó pasar tanto tiempo guardando la esperanza de que Pablo dejaría a su esposa para casarse con ella y poder así al fin lograr culminar las promesas que el muy cabrón le planteaba una y otra vez en sus sesiones de sexo adúltero.
Ana es una imbécil que guarda la esperanza de una vida con Pablo. Eso aumentó mi rabia, eso la mantiene a flor de piel y lo peor es que no puedo hacer nada mas que apoyar su estúpido castillo en el aire. No puede hacer otra cosa que sentirme su mejor amiga y decirle que si Pablo y ella se aman, al final estarán juntos, con su hijo de ojos verdes, con su hijo con mis ojos verdes.
Aún no sé qué siento al respecto. No estoy segura de que me importe qué siento al respecto. Necesito aire pero Ana me necesita más, así que aquí sigo encerrada escuchando sus sollozos desde su cama. Mi amiga se toma el vientre y pierde la vista llena de agua salada en la pared, perdida en quién sabe cuántos pensamientos y yo, me pierdo en mi inutilidad, prometiéndome desechar mis anhelos de asesinato para poder brindarle a Ana el alma tranquila que necesita. Acaba de pedirme que vaya a su cama y duerma con ella.
He resuelto pedirle el dinero a mis padres, por Ana, solo por ella.


4 de Abril

Necesito unos brazos que me sostengan porque ya no reconozco a quien me sonríe de vuelta en el espejo. La sonrisa me queda tan falsa, y sin embargo tuve que pintármela para lo que me resolví a hacer. Ana está desesperada por ver a Pablo así que esta mañana fui a buscarlo. Quien me abrió la puerta, después de llamar tres veces, fue su esposa, con su cara de resignada y eterna perfecta mujer de hogar, me reconoció, supongo, como la mujer que acechaba la perfección aparente de su también aparente hogar ideal, bastó una mirada para que me reconociera como mensajera de una noticia importante para su esposo. Lo llamó desde el umbral sin invitarme a pasar dentro. Pablo me encaró furioso, sin embargo, el respeto de mi estatura y de mis potentes sentimientos de odio hacia su persona, mantuvieron un frágil estado de comunicación. Me limité a pedirle que viera a mi compañera. Quedó en venir mañana por la mañana. Se lo comuniqué a Ana y la acompañé en otro ataque de llanto al que correspondí, como buena amiga, rodeándola con un abrazo y conteniendo mis propias ganas de llorar.
Ojalá pudiera hacer algo más, ojalá pudiera darle la libertad a Pablo porque sé que es eso lo que necesita mi amiga. Y sin embargo, sigo creyendo que no es lo que Ana necesita, quizás hay otra forma, pero esta es la que ella considera única.
Mañana cobraré el giro que le pedí a mis papás. Lo de la renta quedará solucionado. Pablo vendrá y eso también quedará solucionado. ¿Cuándo me solucionaré yo?


5 de Abril

Pablo llegó muy temprano a aporrear la puerta. Estuve a punto de mandarlo a la chingada pero recapacité en treinta segundos, la misma cantidad que utilicé para vestirme y dejarlo a solas con Ana.
Una sabe cuando un lugar no es el suyo. Pablo se quedó con ella. Aproveché para ir a saldar la cuenta de la renta y comprar algunos víveres con el dinero extra que mis papás enviaron, también aproveché para buscar trabajo, por algún motivo no quería regresar demasiado pronto a casa; encontré un puesto decente en una peluquería. Cuando regresé por fin, como a eso de las cuatro de la tarde, ellos ya estaban haciendo el amor. No pude siquiera entrar, apenas escuché los leves gemidos al introducir la llave en la manija de la puerta, me alejé inmediatamente. Agradecí en voz baja no haber gastado todo en víveres. Con todo y las tres pesadas bolsas de plástico blancas, comencé a caminar sin rumbo; llegué al bar sin proponérmelo y la suerte quiso que Adriana estuviera en turno. Pedí un par de cervezas, que mi conocida compañera de cama circunstancial se apresuró a servir haciendo dos o tres comentarios sobre mi mal aspecto y las tres bolsas llenas de artículos domésticos. "¿Te corrieron de casa?" Me preguntó sin tapujos. "¿Tu amiga por fin se dio cuenta de que estas totalmente enamorada de ella y te echó para no tener que soportar la cara de imbécil que le pones?" Y sonrió; quizás fue esa última sonrisa de inusual camaradería lo que me llevó a meter una mano por debajo de su corta falda. Ella soltó una carcajada vulgar y lascivamente atractiva y susurró en mi oído que la esperara, que su turno terminaba en dos horas y que pronto, como siempre lo hacía, permitiría que desahogara la rabia y la frustración en alguna cama de hostal. Lo cierto es que en ese momento deseaba con ansias sus piernas abiertas. Entre columnistas regulares, chismes de estrellas, desvío de fonos, deforestación y goleada a la selección nacional de alguna isla del Caribe, pasé las dos horas que me separaban del alivio que definitivamente sería superficial.
Desperté hace un rato, para ser precisa a las doce del día, con una resaca infernal. El hueco que había aún lado mío sobre las sábanas apestaba a sexo y licor. Y yo, patética de mí, intento desahogar el cargo de conciencia que digo que no me importa escribiendo otra página más en este diario. Estúpido cargo de conciencia que comenzó cuando llegué a casa y me encontré con Ana furiosa. Bla, bla, bla, bla... Las palabras de Ana taladraban mi cerebro y no presté atención a lo que decía, solo entendí que estaba preocupada. "Sé cuidarme sola, simplemente pasé la noche con Adriana". Fue lo que alcancé a decir. Quería que lo supiera, Adriana y ella se detestan, y yo quería que le doliera, que sintiera una mínima parte de lo que yo estaba sintiendo, sin embargo poco me duró el gusto cuando me di cuenta de que no funcionaría porque simple y sencillamente como las amigas que somos, a Ana no le importa mi vida en la cama. "Te gusta mucho esa mujer". "Me gusta la forma en que me toca". "No me agrada". "Que bueno que no se mete en tu cama". Vi algo en sus ojos, desilusión, coraje... algo. "No entiendo como tienes estómago para acostarte con quien se te ponga enfrente". Me dijo. "No se como puedes fingir que te gusta lo que Pablo te hace, por lo menos yo no finjo gemidos". "Vete al carajo... no finjo con Pablo". "Vete al carajo tú, te conozco perfectamente, conozco el sonido de tu respiración excitada y los gemidos auténticos que escapan cuando te acarician la espalda". "¿Cómo sabes que no finjo contigo?" "Porque jamás has podido mantener los ojos abiertos cuando te beso". Y la besé y me besó con sus ojos cerrados y luego me apartó. "¡Apestas!" me gritó y se tiró en su cama llorando llena de rabia y entonces me di cuenta de que mi peste también era de ella, y saberlo no se si me pone contenta, quizás si no estuviera embarazada la invitaría a ducharse conmigo, y si no la invito es porque sé que se siente sucia para mi... que extraño momento en mi vida, jamás hubiera considerado ser la más limpia de las dos.


6 de Abril

Hoy fue un relativo buen día. Me parece raro encontrar paz entre fotocopias y una pizarra; las clases se alargaron un par de horas más. De las ocho de la mañana hasta las once de la noche estuve metida en la escuela esforzándome todo lo que podía para mantenerme concentrada y alejada del ajetreo en mi casa.
Inclusive, en lugar de ir a comer me di una vuelta en la biblioteca y me encontré con algunos de los ejemplares que habían poblado mi preparatoria hace, parece, tanto tiempo que no es tanto. Intenté interesarme por la melancolía del pasado pero caí rápido en la cuenta de que en el pasado no tenía nada que recordar, lo que valía la pena siempre viene sin esfuerzo y no en forma de recuerdos del pasado, sino como un elemento fundamental para que mi presente funcione o desfuncione, presentes en el presente. Claro que si me hubiera puesto a pensar un poco más, habría caído en la cuenta de que el presente tampoco existe y me hubiera dolido la cabeza y me habría puesto de mal humor y hubiera arruinado mi buen día; por eso decidí quedarme con mi ausencia de recuerdos y tomé un libro que, por la cantidad de polvo y el buen estado de la portada, no parecía ser frecuentado. Me di de hocico con estrofas sueltas que me recordaron la verdadera melancolía de mi pasado y presente y la increíble soledad e ignorancia de mi alma; "yo no sé de pájaros, no conozco la historia del fuego. Pero creo que mi soledad debería tener alas" y la tal Pizarnik tiene tanta razón, mi soledad debería tener alas para poder volar lejos, sola. Tomé el delgado volumen y lo metí cuidadosamente en mis bolsas, espero que nadie lo extrañe y si así lo fuera no me importa porque estas palabras y yo tenemos mucho que revelarnos mutuamente.
Llegué a casa e ignoré a Pablo y a Ana; pareció no importarles y me metí a la cama... acabo de terminar de leer varias páginas y creo que continuaré leyendo tras poner este punto y final.


8 de Abril

Hoy me crucé con un tipo raro en la peluquería. Usaba un sombrero café como los de antes, una camisa blanca impecable, pantalones oscuros con raya perfecta, zapatos relucientes de charol con tacones laminados que tronaban al caminar y unos bigotes tan tupidos de color negro que contrastaba con su cabello canoso.
Solo pidió un lavado de cabello y un recorte del bigote.
Don Ramiro, se llamaba, exigió que fuera yo quien atendiera sus necesidades, nadie le objetó y yo, sin hacer algún comentario, me encontré enjabonando y aclarando un cabello de abuelo completamente limpio. No imaginaba a qué se debía tan extraño proceder del viejo. El bigote tampoco representó mayor trabajo puesto que con dos tijerazos certeros quedó totalmente parejo.
Don Ramiro vio su reflejo en el espejo y sin más se dirigió a la salida. Yo me apresuré a darle alcance para que liquidara su cuenta pero doña Berta, la dueña de la peluquería junto a su esposo Juan, me lo impidió. La señora le preguntó al viejo: "¿Contento?" "Sí. Listo para ir a ver a mi novia".
Todos volvimos a nuestras labores y me quedé sin explicación hasta que a la hora de cerrar uno de los empleados me contó que el viejo era el padre de doña Berta, quien tras perder a su esposa por un terrible cáncer de pulmón, vagaba todo el día por los alrededores en busca de su eterna novia, perdido en la locura del pasado donde era feliz, ajeno a su hija, ajeno a todo el mundo, torcido divinamente para que la soledad y el dolor fueran más llevaderos.
Me parece fascinante el fenómeno de la locura, ese desprendimiento de la cárcel de huesos que todos creen que se llama vida. Yo no sé que pensará don Ramiro, pero sé que es un loco con suerte por suspenderse en una fantasía alegre y no en aquella llena de sombras, voces, miedo y persecución.
Le agradezco a don Ramiro las horas de lucidez que me da esta noche, que de otra forma sería insoportable.


9 de Abril

El mundo puede girar tantas veces en un día.
Llegué a casa muy cansada. En realidad desperté muy cansada después del sueño espantoso que tuve y que, por cierto, ya no recuerdo pero trataba de algo así como heridas que no sangraban; todo el día me mantuve tentada a embriagarme y escuchar música deprimente acostada en mi cama, sin más compañía que la del techo del que no apartaría la vista.
Sin embargo, ya debería tener bien claro que mi casa dejó de ser un refugio, tuve que hacer acopio de fuerzas que ya no tengo para entrar en ella después de ver a Ana y Pablo despedirse con un caliente beso con el cuál concluían una movida tarde de arduo sexo.
Suponiendo que Ana seguiría enfadada conmigo, puesto que llevaba días sin dirigirme la palabra más que para lo estrictamente necesario, entré sin saludar y me acosté en la cama, sintiendo de inmediato el aroma de sudores y excreciones y esa punzada de rabia que se conmisera de la impotencia.
Ella me duele, me hiere y despiadadamente no sangro y sigo respirando sin ganas de hacerlo. Eso estaba pensando, con los ojos cerrados, ajena a lo externo, cuando una suave caricia en mi frente me llevó a un ataque incontrolable de llanto. Me abracé a Ana sin darle tiempo para reaccionar y sin darme tiempo para pensar. Ana, supongo, estaba asustada con mi comportamiento, fue unos minutos después que empezó a consolar el dolor, que no sabía que ella provocaba, con delicadas caricias en mi espalda. "¿Qué ocurre?" Me preguntó cuando mi llanto se convirtió en hipos menos estruendosos. No pude contestarle y ella debió adivinarlo puesto que no esperó mi respuesta para agregar que todo estaría bien. Otros minutos después se recostó junto a mí y me rodeó totalmente con sus brazos, su rostro frente al mío; besando mi frente me condujo a un cretino mundo de sueños turbios de más heridas no sangrantes.
Desperté repentinamente cerca de la una de la mañana, me encontré directo con los ojos consoladores de Ana, oscuros por la noche. "Está bien, estoy aquí". Me dijo y entonces, traicionada por la excesiva lucidez posterior al momento onírico, solté sin pensar: "No, no está bien. Tú no estás". Los ojos de Ana se llenaron de comprensión, aflojó su abrazo y cuando empezaron a poblarse con compasión, huí de sus brazos y me senté en la orilla de la cama lista para empezar a correr a donde fuera, pero lejos de ella. ¡Yo no quería su lástima, puta madre! No tenía porqué compadecerme porque ella es mía, porque no puede ser de Pablo porque yo la amo tanto que ni siquiera me importa que su cuerpo apeste al de él.
Noté un cambio de peso en el colchón y a Ana abrazada a mi espalda que nuevamente se convulsionaba ahora de rabia, una rabia que surgía desde las entrañas mismas de la loca que sentía crecer dentro mío dispuesta a arrancarle la piel con tal de que volviera a nacer para mí y luego... luego escuché un susurro que me arrancó de las garras del infierno que amenazaba con ahogarme; "Tonta. ¿No te has dado cuenta de que eres el único lugar donde estoy?"
No necesitó explicarse ni yo necesité que lo hiciera. Tampoco necesito escribir a dónde me llevó tal confesión. De pronto el mundo se movía debajo de nuestro beso, un beso que no exigía otra cosa que entrega del alma, de la vida en una lucha incontrolable de lenguas que se rozaban para sellar la pertenencia que debía ser, ella me pertenece y yo le pertenezco desde el principio de este amor que me ciega y que me obligaba a morder su labio inferior una y otra vez para arrancarle susurros en medio de la penumbra de la cama. Quería destrozarla con mis besos para que quedara claro que su alma es mía, que yo soy el demonio que debe condenarla a la tortura del deseo y del amor puro. Tocar a Ana se convirtió en mi razón de existir, en el primer y séptimo cielo. Mi piel quemaba y mi sangre hervía debajo de sus manos y su boca. Aún las siento, siento su aliento desgastado sobre mi cuello y siento el flujo de su sangre palpitando en mis labios. Me alejé un momento de la cama para encender la luz y entonces regresé a su lado y la coloqué frente a mí para comenzar a desnudarla lentamente. Ella no se movía, dejó que yo guiara el descenso de toda su ropa hasta el piso, mi garganta seca y sus ojos brillando convirtieron su deseo en mi poder, porque solo yo podía saciarla, porque solo yo sería suficiente. De pronto me abofeteó el recuerdo de quien, unas horas antes, había contemplado lo que a mis ojos llenaba y de nuevo la rabia me hizo derramar tres lágrimas imbéciles que evidenciaban todo lo vulnerable de mi ser incompleto y me congelé y entonces, Ana hizo lo que nunca había hecho y lo que me devolvió a la vida: ella también me desnudó, consultando cada movimiento a mis silenciosos ojos. Entonces, empecé a rendirle culto a su cuerpo desnudo. La toqué tanto, ya reconociéndola como mía. Erizando el delicado y suave vello que cubre su hermoso cuerpo y poniéndole la piel de gallina, mis manos marcaron el camino de su cuello hasta su pecho. Sus senos con los pezones erectos me resultaron irresistibles y llevé mi boca hasta ellos para que salaran mi gusto, sus gemidos alimentaron mi lívido, chupé, mordí y besé cada rincón del cuerpo de mi preciosa Ana. En ese momento sería mía. Besando bajé a su vientre, metí mi lengua en su ombligo y cuando arqueó la espalda supe que ella se sentía como yo, a punto de explotar. La piel de su cadera es suave; mis manos exploraron ligeras sobre ella; Ana cadenciosamente acompañaba cada avance mío con alguna caricia sobre mi espalda que incrementaba el ritmo de mis besos y caricias. Descendiendo nuevamente, apenas rocé sus rizos rubios y aún así alcancé a sentir en mi rostro la humedad que emanaba producto de su necesidad de mí. No me detuve, continué bajando provocando un sonoro gemido de desilusión y molestia. Yo tenía el poder, yo era su dueña en el mismo nivel en que ella siempre había sido mi dueña. Besé sus piernas, deteniéndome en sus rodillas y sus tobillos. Y entonces, ascendí lentamente otra vez, dejando besos por doquier. El aroma de su humedad impregnó mis sentidos y no pude soportarlo más y bebí como la primera vez, llena de admiración, de respeto, de lujuria y también bebí como la auténtica vez, con amor... la penetré lentamente, primero con un dedo y luego con dos, abriéndome paso dentro de ella hasta tocar su alma y su orgasmo me llevó también a mí al cielo, porque verla arquear la espalda y exhalar tremendo suspiro y luego convulsionarse y luego secar sus lágrimas, solo podía ser amor. Conozco la manera de hacernos sexo, conozco de memoria su cuerpo y sin embargo no fue solo sexo y descubrí su cuerpo por primera vez. La amo. Me ama. Y por lo pronto no sé nada más.
Ahora duerme a mi lado, ambas desnudas y Ana se niega a separar su cuerpo del mío, lo cual agradezco. Yo ya no sé si soportaré mañana tener que separarme de ella, necesito que este momento sea eterno, que el tiempo pare y que alguna fuerza superior retenga a esta mujer a mi lado, porque ella es mi vida, porque yo quiero ser su vida, porque simplemente nadie la amará jamás más que yo.
Duerme Ana y recuerda que soy la única persona en la que estás.


11 de Abril

Lo hizo, dijo que me amaba, lo dijo la mañana después de que hicimos el amor y esa misma tarde estaba cogiendo de nuevo con Pablo.
Hace diez minutos lo volvió a decir y le grite que era una puta, lloró, mucho y no me importa, no puede decir que me ama y compartir su cuerpo con alguien más. Sé que ella tiene dentro al hijo de Pablo, pero Ana ya no es una niña y sabe que yo querré a ese bebé simplemente porque es parte de ella y, en este mundo cabrón lleno de prejuicios y estupideces contra homosexuales, estoy dispuesta a luchar y encarar lo que venga solo para que me permita estar a su lado, ser su familia.
¿Por qué dijo que me amaba?
Lo peor es que lo sé, sé que me ama tanto como la amo yo, pero ya no soporto el dolor, es como si me clavaran un cuchillo a mitad del pecho y lo remataran en el estómago, en un corte perfecto que duele pero no te mata, que si te mata, te mata de dolor. Me dan ganas de vomitar, de gritar, de tirarme al primer crucero y que me destripe un automóvil viejo. No soporto ver sus ojos verdes rogando mi comprensión y perdón y entregándome un amor que jamás será totalmente mío. No lo entiendo. Ya no puedo más.


12 de Abril

Hoy evité preguntarle por qué lloraba. Dejé que Ana se abrazara a mi cuerpo durante toda la tarde, pero no dije una sola palabra. Volvió a decir que me ama, que soy toda su vida, que quiere estar conmigo y luego agregó el asesino "pero no puedo" y entonces fui yo quien deshizo el abrazo y salí a caminar largo rato. Tentada a una aventura en la cama con Adriana y asqueada inmediatamente después del pensamiento, tomé quince cervezas y llegué a casa lo suficientemente ebria para echarme a dormir. Son las tres de la mañana y siento que la cabeza se me parte en dos. Ana respira acompasadamente en la otra cama. Quiero ir hasta ella y sin que importe nada, encontrar el alivio de cualquier dolor inhalando el aroma de su cabello.


13 de Abril

Se acabó, la relación de Ana con Pablo se acabó. Me lo dijo apenas llegué a casa y luego me besó y sonreía, sonreía auténticamente como desde hacía mucho tiempo no lo hacía y me dijo mi amor. Platicamos un largo rato, disfrutando por primera vez de nuestra pertenencia mutua, me parece un sueño y ya no tengo más que decir.


16 de Abril

Me iré con ella lejos, muy lejos a donde podamos empezar de nuevo. Donde yo jamás haya sido insignificante, donde sea completa, porque lo soy desde que estamos juntas, desde que Pablo no aporrea la puerta.


19 de Abril

Puta madre.


3 de Mayo

Se siente un vacío de existencia que ahoga.


5 de Mayo

Mi agonía de estos últimos días ha sido acompañada por el eco de la voz de mi padre cantándome en las noches en que las pesadillas me arrancaban el sueño con un grito de terror.
Un elefante se columpiaba sobre la tela de una araña, como veía que resistía fueron a llamar a otro elefante...
Dos elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante...
Tres elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante...
Cuatro elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante...
Cinco elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante...


6 de Mayo
Era medio día. Estaba emparejando la cuarta cabellera. Pablo entró corriendo a la peluquería, pálido, transparente. Dejé que me llevara hasta la nefasta clínica sin preguntar nada, dejando que mi corazón muriera poco a poco con cada paso que daba en dirección a la maldita habitación que pregonaba mi muerte sin piedad.
La vi tendida en la improvisada camilla, el fruto de su vientre ya desecho, el color de su piel era el de los huesos frescos y el montón de toallas empapadas de sangre me lo dijo todo sin necesitar explicaciones. Tres personas la limpiaban, aterrorizados con la fuga de vida. Corrí a su lado, tomé su mano helada, sus ojos perdían color, se iban volviendo blancos. Te amo, dije. Te amo dijo y tembló, yo habré gritado algo que no alcancé a escuchar antes de que me partiera en mil pedazos. Murió.


9 de Mayo

Tú, Dios mío, eres un puto bastardo.


10 de Mayo
Feliz día de las madres


Nada queda por escribir de mí. Ya nada queda de mí. Mañana estaré contigo mi hermosa Ana, este par de dulces filos que brillan con la luz que da tu cama, servirán para que pasemos juntas la eternidad en el infierno. Te amo. Hasta pronto.

FIN


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