Y apareciste tú en aquel arroyo;
y de nuevo el fuego abrasó mi piel;
y salvé la barrera que era mi escollo,
y mi amor sangró al volverte a ver.
Recordé que hacía ya cien lunas
afirmaron que era lo acertado
desposarte sin conciencia alguna
y que lo demás quedara olvidado.
Grande mi pesar en la ignorancia
al vivir en ausencia de ti.
Maldita, maldita la vergüenza
cuando tu destino conocí.
Del amor la burda imitación:
siegan tu alma broncíneas hoces,
falsa alegría del corazón,
no le ves, amas lloras ni conoces.
Confinada en su ingenua mentira,
negada tienes la libertad,
impasible quedas ante su ira,
inmersa, oculta en tu verdad.
Los pétalos de marchitas rosas
el viento ajeno hasta mí llevó
y con ellos tuve la certeza
de que alguien tu pureza mancilló.
Alguien que no supo ver
tu sobrecogedora belleza:
la que sorprende por sencillez
y la que a la vista se niega.
Y en mi desgracia me pregunto
de qué, de qué me puedo quejar,
acaso de la magna desdicha
que, a la vez mía, has de soportar.
Sigo manteniendo la consciencia
de saber que siempre en la constancia
sin rielar sobre la demencia
se ha de vivir de la esperanza.
Pues no se retrasará el momento
en el que la oscuridad venza al día,
pueda yo admirar el firmamento
y reinen Luna y sabiduría.
Y yo comparo ahora las penurias,
en mi egoísmo, que he de sufrir
mientras escuchas viles injurias,
las que nadie pueda concebir.
Dulce es el fruto de tu piel,
argénteos los ríos que la surcan,
y en la albura de mi amanecer
con el Áureo Tirano se mezclan.
Y en el arroyo casi olvidado,
donde aquella tarde te encontré,
donde renació el amor cuitado,
y tras la luz te volví a ver,
tu mirada buscó a la mía
y cerca de ella la encontró
a la vez que el Astro Rey caía
y, con impotencia, la lloró.
Comparé el sufrimiento en el río
mas supe del perdón al mirarte.
"Parto entre lágrimas, amor mío"
y por despedida me besaste.
Gabrielle.
FIN