DISCLAIMER: todos los personajes (menos Perséfone y Orfeo, claro) pertenecen a Renaissance Pictures -traidores- y la historia es mía.
COMENTERIO: espero que os guste, soy nueva. Creo que no hace falta decir que en esta historia existe una relación lésbica entre algunos personajes, bla, bla, bla... Si no eres partidario del subtexto, no la leas. Es más, ¿por qué estás en esta sección? Ah, por cierto, recomiendo que la leas con Ana Torroja de fondo, en especial, A contratiempo, (la letra no coincide mucho, pero bueno).


AUSENCIA ECLIPSADA

Por Nictea

Gabrielle estaba asomada por la borda, intentando una vez más no pensar en aquel fatídico día en el que perdió todo por cuanto había luchado, en el que perdió a su mejor amiga. Hacía ya un año que había ocurrido, y ahora volvía de allí porque había ido para... ¿Para qué? Lo cierto era que aún no lo tenía muy claro, pero algo le había dicho que debía volver a Japa y recordar. Todo este tiempo lo había pasado con las amazonas, pero había sido una reina un tanto ausente.
La noche ya llegaba y los marineros no se arriesgarían a continuar, así que bajó a su camarote, no sin antes mirar cómo estaba Argo, la fuerte yegua baya. Ya entre las mantas, Morfeo la acunó relativamente pronto entre sus brazos, con un sueño intranquilo. No llevaba mucho tiempo durmiendo cuando se despertó con un sobresalto.

-¡Bajad a la bodega, rápido! No parece que haya nada valioso pero, al menos, tendremos comida y provisiones. -"¡Piratas!" pensó ella.

Inmediatamente cogió sus sais y subió a la cubierta procurando no hacer demasiado ruido. La oscuridad fue su cómplice y, gracias a la protección que ésta le ofrecía, noqueó y esquivó a varios bandidos. Cuando ya estaba arriba, la luna iluminaba las caras llenas de cicatrices.
Salió de las escaleras con sus armas en las manos, defendiéndose de cada atacante con la eficacia conferida por esos seis años de adquisición y perfección de técnicas. Por un momento, luchó con un báculo que había colgado en un mástil, aún conservaba la magnífica táctica aprendida de las amazonas. Alguien desde atrás le golpeó en una rodilla, que quedó flexionada. Pasando el peso, y el equilibrio, a la otra pierna, derribó a su oponente de una patada en el estómago, pero la dejó en desventaja. En su posición inferior, elevó los brazos y cruzó los sais para parar en ese mismo instante, un movimiento de espada que pretendía cortarla en canal.

-¡Autolycus! ¿Desde cuándo usas esta arma?
-¡Gabrielle! ¿Qué haces aquí? -El ladrón estaba confundido, pero abrazó a su amiga-. ¡Eh, cambio de planes! ¡Devolved las cosas, nos vamos! ¿Vienes, rubia?
-¡Claro! -dijo Gabrielle-. Por cierto, si abandonas tan pronto un abordaje, tus aprendices van a perderte el respeto.


Se encontraban en el barco de los ladrones, en el camarote de Autolycus, hablando sobre todo el tiempo que había pasado.

-¡Mírate! No estás nada mal para tener... ¿cuánto, cuarenta y cinco años? -opinó Gabrielle.
-Tú lo has dicho, creo que me voy a retirar. ¡De verdad! -afirmó él cuando vio la cara de incredulidad de su interlocutora-. Viviré en una granja y trabajaré el campo, y no rob... Pensándolo bien, ¿quién mejor que yo para ser el Rey de los Ladrones? Y tú, ¿qué piensas hacer?
-No lo sé, ahora estoy... -se detuvo al ver la mirada de su amigo. "¿Bien? ¿A quién quiero engañar?" Ambos se abrazaron. Sin duda a Autolycus le había llegado la noticia de la muerte de Xena, después de todo, hacía ya un año.


Al mismo tiempo y en otro lugar o, para ser más exactos, en otra dimensión, la Princesa Guerrera conversaba con su hijo y su hermano en los Campos Elíseos, cuando vieron acercarse a tres soldados hacia ellos.

-¡Xena! La reina Perséfone te llama. Ven con nosotros.

Ella, un tanto recelosa, los siguió tras despedirse de Solan y Lyceus. Atravesaron la puerta que dividía aquella magnífica zona de su opuesto: el Tártaro. Antes de comenzar a sentir los efluvios de su opresiva atmósfera, llegaron frente al trono de la soberana.

-Te he visto sufrir en cada momento en el mejor lugar que encontrarás en toda la Tierra -dijo después de saludar con un movimiento de la cabeza.
-Para mí no es tal cuando siento este vacío tan grande... Pero no me molestaré en dar explicaciones: habrás aprendido de tu difunto esposo Hades. ¿Me vas a proponer un trato "justo", como a Orfeo?

La expresión de Perséfone se volvió totalmente impenetrable al escuchar la frase de Xena, y una señal de su mano indicó a los guardias que las dejaran solas. Su comentario había hendido su carne, como tantos otros que, diarios, acudían a ella cada vez que alguien la miraba. Y desde su estrado, impasible, ignoraba como mejor podía las injurias. La morena guerrera tomó asiento en una roca, situada delante de la regente con ese mismo fin, porque intuyó que el diálogo sería intenso.

-Te equivocas, Xena -dijo con un tono vacío, aunque no recriminatorio ya que comprendía su situación y, así, su confusión-. En efecto, he aprendido de su maldad. Precisamente por ese motivo intento enmendar sus errores. Te he hecho llamar para eximir tu mente de toda culpa moral, pues pareciera que no hayas olvidado la condena de aquellas cuarenta mil almas de Japa.
-Ahora eres tú la que se equivoca: no es ese el mal que me acecha, sino la ausencia. Estoy al lado de dos de las personas a las que más he querido en vida, sin embargo, aún hay algo...
-O mejor dicho: alguien. En ese caso, no habías más que mencionarlo. De todos modos, siempre pensé que te quedaba mucha vida por delante.
-Pero, ¿y el trato? -intervino Xena-. Yo debía morir y...
-En realidad, no era estrictamente necesario. -La guerrera abrió los ojos como nunca lo había hecho-. Verás: en mi cautiverio, Hades me permitía ascender a la superficie terrestre y permanecer allí durante seis meses junto a mi madre, ya ves que tenía su lado bueno. Bien, pues una de esas veces, Alguien me dijo que cualquier problema se solucionaría con amor y sentido común.
-¿Sentido común? -Xena dudó de la veracidad de la historia, pues había captado lo referente acerca de quién era ese "Alguien", pero no estaba segura de que ella conociera el significado de aquella expresión.
-Resultó ser cierto -continuó la reina, intentando en vano disimular una sonrisilla-, ya que, después de mucho pensar he comprendido el verdadero sentido de deber morir por la salvación de esas almas. En un imperdonable error, quien afirmara aquello no debía tener demasiada fe en tu persona, pues debido a tus equivocaciones del pasado, creyó que tu estado en los Campos Elíseos era indispensable para que fueras conocedora de tu inocencia. Esos desaciertos fueron fruto de la ambición que, a su vez, nació del odio que te produjo el asalto a Anfípolis cuando no eras más que una niña. El oponente a todos estos sentimientos es, evidentemente, el amor. Y aquí entra el sentido común antes citado: estas situaciones de salvación de almas y culpabilidad e inocencia son cuestiones morales, razón por la cual reclamé tu presencia, si no me equivoco. Ahora bien; como ya he dicho, este tipo de dilemas no se rigen por una norma fija, sino que su resolución depende del criterio de cada uno.
-Admiro tu elocuencia, casi tanto como la de Gabrielle.
-Gracias. La soledad y el silencio de este lugar ofrecen mucho tiempo para pensar. Ésta es la respuesta que sin duda buscas: esas almas se condenaron únicamente porque tú no te habías perdonado. En el momento en que lo hagas, en que estés completamente segura de esa inocencia... -Perséfone se interrumpió para sustituir sus palabras por un gesto de sus manos, que expresaba a la perfección y, al fin y al cabo, resumía lo que venía diciendo a lo largo de toda la conversación.
-¿Quieres decir que me resucitarás? -preguntó Xena llena de alegría.
-Bueno, yo no he dicho eso exactamente. Únicamente te he dado el permiso para abandonar el inframundo que, por otra parte es algo que pocos se han ganado. Ahora has de buscar la forma de hacerlo.
-"Yo lo he hecho varias veces". Te lo agradezco, Perséfone.


Arriba, en la tierra firme, Gabrielle, sobre Argo, ya había llegado al lugar donde se asentaba el poblado de las amazonas y se había separado de Autolycus. Antes de volver a la aldea, decidió que descansaría en el bosque aledaño. Se sentó en un tronco que había junto a un lago que relucía bajo los rayos del Sol. De repente, el resplandor de las aguas se intensificó ligeramente hasta convertirse en un brillo que cegaba la vista. En aquella luz se distinguió una silueta femenina que fue tomando cuerpo hasta acudir a saludar a su vieja amiga.

-¡Afrodita! -Las dos amigas se abrazaron-. ¿Cómo van las cosas por ahí arriba?
-Psss... No me gusta el nuevo.
-¿Te refieres a lo que predica Eva? -Ella asintió con hastío.
-Es aburrido y, además, ¡tergiversa mis palabras! No te gustaría escuchar lo que opina de t... Bueno, es igual. La cuestión es: ¿cómo estás tú?

Gabrielle arqueó la espalda para volver a colocar los codos sobre sus rodillas y hundir la cabeza en su pecho. Ante esto, la diosa se sentó a su lado y la escuchó.

-Siento... un incomparable vacío. Últimamente, todos mis pergaminos se llenan de dolor. Cada día intento contener las lágrimas, pero ya es mucho tiempo y soy incapaz. -La joven ratificó esto al elevar su rostro y descubrir dos argénteos ríos surcando su tersa piel-. En su ausencia todo es más difícil. Cuando algo ocurría, tenía la certeza de que, a la vez fuerte y elocuente, su mano me apoyaría siempre. Su mano, su esbelta mano...
-Cuenta con mi amistad. Yo puedo ser esa mano -dijo la divinidad rodeando sus hombros con el brazo. Ella la miró con enorme gratitud frente a aquel gesto.
-Ninguna como la suya, Afrodita, tú debes entenderlo; eres la diosa del...
-¡Dilo, Gabrielle! Yo, soy La Diosa del Amor.
-Lo sé, hemos...
-Chisst, guarda tus palabras de bardo para cuando Xena regrese -interrumpió una vez más.
-¿Qué? Pero, ¿cómo...
-Mi querida Gabrielle, aún conservo algo de ambrosía.
-¡Afrodita! Pero, ¿y la condición? Ya sabes, aquello de que Xena debía permanecer muerta para asegurar la salvación de las almas de Japa. -La poetisa se sorprendió de haber podido terminar una frase al fin.
-¡Bah! Eso no tiene importancia, te lo explicaré.


La etérea figura de Xena acababa de salir de Anfípolis. "Si supiera dónde se encuentra Gabrielle" pensó, y, casi al instante intuyó que podría estar en el poblado de las amazonas. "Cuánto me gustaría volver a ver las colinas donde jugaba de pequeña". Xena se giró para divisar dichas colinas, que estaban allí, no sabía cómo ni por qué, pero no le dio mayor importancia. Siguió caminando distraídamente, o más bien, levitando distraídamente. "Sería una suerte poder subir hasta ahí arriba y avistar el terreno". De pronto, una molesta luz venció a sus ojos y se sorprendió a sí misma sobre aquella cima que había evocado momentos antes.
Y entonces cayó en la cuenta de lo que pasaba: como le había dicho Perséfone, ahora que estaba muerta todo dependía de la seguridad de su espíritu, es decir, de su mente, así que no tenía más que desear o afirmar algo que le concerniera tan sólo a ella y ocurriría. "Vaya, esto es nuevo -se dijo, divertida-. Nunca antes lo había experimentado, y eso que he muerto ya varias veces. Bueno, ya es hora de partir: me gustaría tanto llegar al lugar donde se encuentra Gabrielle en este momento" y volvió a sentir esa intensa luz para aparecer en un bosque en el que, creyó, estaría ella. "¡Estupendo, soy tangible! Bien, ahora debo ir a buscarla". Avanzó hasta alcanzar el final del bosque y una vez allí, fuera de la bóveda arbórea, observó el nublado, grisáceo cielo.


Gabrielle hablaba con unos viajeros de aspecto poco fiable, pero viajeros al fin y al cabo.

-¿Habéis visto por casualidad a una mujer rubia, alta, vestida con una túnica rosa y blanca?
-Lo sentimos, preciosa, no la hemos visto. Por una parte, mejor para ti, si lo hubiéramos hecho, no creo que la encontraras tal y como describes su vestimenta -los demás rieron estruendosamente la gracia del que parecía su cabecilla.
-"Dudo que ella cayera en manos de un cafre como tú". Está bien, gracias de todos modos.
-¡Gabrielle! -dijo la recién aparecida Afrodita gritando a todo pulmón- ¡Ya he traído la ambros... upsss!
-¡Ambrosía! -Los hombres se tiraron encima de la mujer, pues siempre hay alguien dispuesto a convertirse en dios. Suerte que le dio tiempo a esfumarse y reaparecer en otro lugar, cerca de Gabrielle. Le lanzó un cordón de cuero del que pendía un pequeño tarro y ella lo atrapó y se lo colocó.
-Tú la cuidarás mejor. -Y dicho esto se materializó en lo alto de un árbol, donde nadie pudiera dañarla, pero pronto tuvo que bajar, ya que la lucha se iba alejando poco a poco y, mientras ella avanzaba, llevaba consigo a Argo.

La pobre Gabrielle casi no podía más, pues siete eran demasiados para ella. Xena escuchó los inconfundibles sonidos de una batalla que se acercaba y se aproximó al lugar de donde provenían los ruidos. No tuvo tiempo de alegrarse por haber encontrado a Gabrielle y la joven bardo ni siquiera la vio, enzarzada como estaba en la lid. Y Afrodita... Afrodita corría delante y detrás de la contienda, manteniéndose al margen, claro, mientras profería quejas y protestaba sin cesar. "No tiene remedio" pensó Xena con un elocuente movimiento de cabeza y una sonrisa por volverla a ver.
Con un grito, llamó la atención de los hombres y éstos se repartieron entre las dos: cuatro para la morena y tres para la rubia, y aun así el combate estaba igualado. Los dos núcleos quedaron separados por una decena de metros y el chakram volaba de uno a otro en una danza interminable, las dos se complementaban ahora más que nunca. Pronto, todos los atacantes huyeron excepto dos de ellos, los más difíciles de abatir.
Xena comenzó a desvanecerse. Al verlo, Afrodita se fue acercando cautelosamente, si se puede calificar así a patear el suelo y pegar tirones de las riendas de la pobre yegua.

-¡Vamos, Xena! Has de resistir, por Gabrielle, resiste.

La guerrera hacía un esfuerzo supremo, no aguantaría mucho más tiempo. Evocó cada recuerdo, uno a uno, casi estimó que todas las lides habían sido en vano. "No, mi voluntad no ha de fallarme". Gabrielle estaba exhausta, pero hizo acopio de todas sus fuerzas e intentó llegar hasta ella, si éste era el verdadero fin no dejaría que ocurriera en su ausencia, otra vez no.
Ahora, una fina lluvia caía sobre todos ellos. Uno de los guerreros que allí quedaban comenzó a perseguirla, el otro retrocedió unos pasos, espada en mano, para abalanzarse sobre Xena; la bardo corrió, corrió hasta creer que sus pulmones iban a estallar, el colgante golpeaba su pecho, el agua caía desde su áureo cabello; en un arranque de furia, la morena se giró y propinó un puntapié en la barbilla a su oponente y éste fue a dar con sus huesos en el suelo; Gabrielle lanzó la preciada materia a Afrodita, quien se la tendió a su destinataria; Xena realizó un último esfuerzo para mantener su solidez y la ingirió, y el perseguidor de la rubia la alcanzó con su puñal en el hombro antes de unirse a su compañero a causa de un resbalón.

Los dos viajeros, algo aturdidos aún, huyeron junto a sus camaradas, que ya estaban en el bosque. Ya todo había acabado. Cuando la ambrosía recorrió su garganta, Xena sintió que no debía luchar para mantenerse en un estado decente y, sin perder más tiempo, giró la cabeza hacia Gabrielle. Ésta esbozó una sonrisa, que desapareció para ser sustituida por un rictus de dolor. El arma que parecía no servir más que para cazar, que había realizado una herida en principio superficial, resultó estar emponzoñada.

Xena recogió a la malherida mujer entre sus brazos. Se arrodilló junto a ella y la acarició con ternura mientras la sostenía en su regazo. Las dos sabían lo que ocurriría en cuestión de minutos, pero, aun así, no se atrevían a mediar palabra.

-Xena...
-Gabrielle, encontraremos un antídoto, como otras veces. Por los dioses, tan sólo has de aguantar un día, es el tiempo necesario. ¡No me hablaste de esta condición, Perséfone! -dijo al borde de la desesperación viendo cómo aquellos ojos verdes comenzaban a adquirir un brillo vidrioso y se perdían en la delicada lluvia que paliaba los efectos del dolor-. ¡No! No quiero mi vida a cambio de la tuya, no he resucitado para verte morir a ti... por favor...

El agua confundía el salado líquido que brotaba de su intenso azul. Se acercaba despacio al rostro de Gabrielle, quien entornó los párpados para sentir el contacto de sus labios, para despedirse. La distancia era cada vez menor y, cuando prácticamente fue nula, una voz resonó en los tímpanos de ambas, obligándolas a interrumpir aquel momento crucial. No supieron sentir nada: ira, impotencia, dolor...

-Xena, ¿se puede saber qué has aprendido? ¡Yo sólo necesitaba una demostración de que habías logrado tu propósito con verdadero amor, no me pongas esa cara! -Tras escuchar la sentencia de la reina del Tártaro, sonrieron con alivio y se abrazaron a Afrodita.

Al separarse, la diosa vio cómo las dos amigas intercambiaban una anhelante mirada. "Aquí ya está todo hecho" pensó, satisfecha. Y después ató a Argo en un lugar seguro, gesto que las guerreras recibieron con asombro.

-Aún no entiendo por qué Perséfone la dejó salir -dijo Gabrielle dirigiéndose a la divinidad.
-Bueno, una vez le dije algo muy útil, sobre todo para ti, Xena.
-Gracias, Afrodita, muchas gracias.
-Bah, no tiene importancia -dijo mientras su silueta se mezclaba con el aire-. Después de todo, ¿qué habría sido de la Diosa del Amor sin vosotras?

Gabrielle buscó de nuevo los brazos de la mujer. Las nubes que les habían ofrecido la suave lluvia desaparecieron ahora para dejar ver la muerte del astro rey y dar la bienvenida a una Luna aún tímida y su séquito de incipientes estrellas.

-En cuanto a lo que ha dicho ella -empezó Xena cuando se hubieron separado-; debemos hablar.
-Sí. -Ambas se sentaron en un anciano tronco. La vista en aquel lugar era fantástica. Las altas y oscuras montañas, erguidas sobre la hierba de la llanura, se cubrían del verde que le otorgaba la poco elevada vegetación. Pero, para ellas, esa belleza hubo de esperar.
-Xena, durante todos estos años, hemos perdido mucho tiempo.
-Hemos ocultado lo evidente y hemos intentado ignorarlo.
-Xena, -su voz emergía, entrecortada, desde la profunda desesperanza vivida -esta vez sí creí haberte perdido.

Las manos de la guerrera -sus esbeltas manos- la acariciaban y se cruzaban con las suyas y, poco a poco, se dejó acunar por la tibieza y suavidad de su proximidad.

-Te amo, Gabrielle -le susurró antes de que el llanto venciera a las palabras; carecían de ellas en tal situación. Respiraban de forma agitada; el agua aún resbalaba por su piel. Se separaron del nuevo abrazo y unieron sus labios lentamente, con la tranquilidad nacida de un largo tiempo de espera. La morena enjugó con cuidado el rostro de su amada y recibió la enorme recompensa que era volver a ver su dulce sonrisa. La cabeza de Gabrielle descansó en el pecho de Xena, y la barbilla de ésta quedó apoyada sobre su cabello, como tantas veces. Sin embargo, ninguna fue tan especial como aquélla. A los ojos de ambas afloraban abundantes lágrimas.

-Mi bardo, mi pequeña bardo...

FIN


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