UNA HISTORIA CASI REAL

Eugenia

La tristeza entró en mi vida cuando me di cuenta de que yo no tenía a nadie a quien amar ni nadie que me amara. Me siento vacía por ello. Todos los días es la misma rutina. Llegué a casa después de un día duro de trabajo, mis pies doloridos me hacían saber que necesitaba un descanso, así que sin cenar ni nada me tumbé en la cama. No quería pensar, no quería ver nada de lo que me rodeaba. Cerré mis ojos verdes que ya estaban cansados, y simplemente rogué para que esta noche fuera distinta a las demás.

No se cómo llegué aquí, pero lo cierto es que tampoco me importaba. Estoy en el quiosco esperando para comprar el periódico. Hay una mujer delante de mí. Puedo ver que es mucho más alta que yo, su pelo negro como el carbón cae por debajo de sus hombros. Creo que no se ha dado cuenta de que estoy detrás de ella. Tal vez sea por mi mediana estatura. Una vez paga lo que ha comprado se gira para marcharse pero en ese instante choca contra mi menudo cuerpo.

- ¡Vaya! lo siento, no te había visto - se disculpó amablemente.
- Tranquila, no ha sido nada.
Mis ojos verdes pidieron piedad ante aquellos ojos azules, era la mirada más intensa y profunda que había visto en mi vida. Nos miramos durante una pequeña eternidad, era como si ninguna de las dos supiera qué decir. Tal vez me equivoque, pero sentí como ella se perdía en mis ojos esmeralda. Rompiendo el contacto visual me adelanté para pedir el periódico. Lamentablemente no quedaba del que yo quería. Resignada tenía pensado ir a otro quiosco que no estaba muy lejos de aquí, hasta que la voz que antes se disculpó por haber chocado conmigo volvía a hacerlo.

- Lo siento, creo que yo me he llevado el último - me dijo aquella mujer.

Yo me giré para encararla y tal vez volver a perderme en su mirada.

- No te preocupes, tampoco me es tan importante, sólo quería mirar la sección de venta de pisos - dije con una sonrisa.

La mujer abrió su periódico y buscó en él. Una vez encontró lo que buscaba, me ofreció unas páginas del mismo.

- Ten, a mí esa sección no me interesa.

Por primera vez me sonrió. Su dentadura es totalmente blanca. Tiene una sonrisa preciosa. Lo cierto es que es una mujer realmente atractiva. Le devolví la sonrisa con la mía propia.

- Gracias, al final me ha salido gratis - le dije riendo.
- ¿Quién ha dicho que sea gratis? - su rostro ahora era serio.
- Oh... yo... pensé que...

Mi mirada bajó hasta mis pies, avergonzada por pensar aquello traté de excusarme, pero mi voz me estaba jugando una mala pasada, las palabras parecían no querer ser pronunciadas por mis labios.

- Te invito a un café.

Su voz volvió a acariciarme los oídos. Levanté mi vista para encontrarme con esa sonrisa que tanto empezaba a gustarme. Mis labios dibujaron una similar. Me extendió su mano para que la acompañara, dudé un instante, pero al mirarla nuevamente a los ojos me vi reflejada en ellos. Eso me dio confianza, nunca antes me había visto reflejada en los ojos de nadie. Extendí mi mano para aceptar la suya, nuestras manos se unieron en un suave agarre. El tacto de su piel hizo que todo mi cuerpo se estremeciera, mi respiración se aceleró. Ella me sonrió más si es que era posible, creo que notó el efecto que causó en mí con sólo tocarme.

Tras un corto paseo llegamos a la cafetería. Pedimos dos cafés y decidimos que era momento de conocernos.

- Así que estás buscando piso.
- Sí, tenía pensado buscarme algo más pequeño ¿tú vives por aquí?
- Sí, vivo justamente a dos manzanas de aquí.
- Nunca te había visto por esta zona.
- Trabajo mucho, por eso no suelo salir mucho.
- Ya veo, a mí me pasa lo mismo, nunca tengo tiempo para salir y lo cierto es que tampoco tengo con quien salir - mi tono de voz tornó a triste.
- Eres una chica muy guapa, seguro que pretendientes no te faltan - me dijo sonriente a la vez que me guiñaba un ojo.
- Gracias.

Me quedé embobada con su comentario, pocas veces eran las que me decían algo así, por no decir ninguna. Sin darme cuenta me quedé mirándola fijamente. Me sumergí en mis pensamientos. Me he dado cuenta que desde que ella está conmigo he dejado de sentir ese vacío, esa tristeza... desde que estoy con ella me siento completa. Ahora no siento esa tristeza, ahora siento miedo, miedo por dejar de sentirme así... completa. Seguimos hablando muy animadamente. Cada hora para mí era un minuto, a su lado el tiempo se me pasaba volando y eso era algo que me disgustaba, quería parar el tiempo sólo para estar con ella. Las dos horas que estuvimos hablando nos sirvieron para conocernos mucho más, de seguro no conocíamos todo la una de la otra, pero con lo que nos dijimos fue suficiente para saber que tal vez habíamos encontrado a la persona que estábamos buscando.
Paseábamos tranquilamente por un parque. El viento movía mi corta melena, los rayos del sol hacían que mi pelo rubio brillara más. El silencio se instaló en nosotras, no era un silencio incómodo. A pesar de que no habláramos las dos estábamos tranquilas sabiendo que la persona que queríamos caminaba a nuestro lado. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban, sonrisas se instalaban en nuestros labios.
No me di cuenta en el momento que ella me cogió la mano, nuestros dedos estaban entrelazados. Yo no dije nada, sólo quise perderme en este momento, perderme en una pequeña eternidad.
Caminamos durante largo rato, hablando de varias cosas, las dos coincidimos en que nos gustaba bailar, y qué mejor que bailar un rato para conocer nuestras habilidades. Entramos en un bar que parecía bastante animado, parecía que lo que más se bailaba era salsa. La pista de baile estaba a rebosar, pero no nos importó, enseguida estábamos en medio de la pista bailando. Yo bailaba bien, pero ella... sus movimientos eran seductores, rítmicos... todo su cuerpo irradiaba música. Al principio bailamos separadas hasta que pusieron una canción más lenta. Nuestros cuerpos se pegaron disfrutando de aquel contacto, apoyé mi cabeza en su hombro y rodeé su cintura con mis brazos y noté como ella me envolvía en los suyos, cerré mis ojos y me concentré en el latido de su corazón que ahora parecía calmarse. Seguimos bailando pegadas aunque la canción no lo pidiese.
Oí como su corazón se aceleraba a la vez que noté el roce de sus labios en mi oído y su cálida voz golpeó todos mis sentidos.

- Creo que me estoy enamorando de ti.

Un escalofrío incontrolable recorrió todo mi cuerpo, aquellas palabras golpearon en mi mente una y otra vez, y no fueron sólo las palabras, sino la manera en que lo dijo. Me apreté contra ella lo más que pude y elevé mi cabeza para que mis labios llegaran hasta su oído.

- Yo estoy segura... de que me he enamorado de ti.

Un suspiro acarició todo mi cuello, su mano descendió por mi espalda hasta posarse en mi cintura, me separé lo suficiente de ella para mirarla a los ojos, pero los tenía cerrados. Apoyó su frente en la mía a la vez que musitaba la primera canción de amor que bailamos. Seguimos bailando sin decir nada, sólo sintiéndonos la una a la otra y compartiendo este amor en silencio.
El cansancio dejó huella en nuestros cuerpos y decidimos que era hora de descansar un rato.

- ¿Te... te gustaría venir a mi casa? - le pregunté vacilante.
- Me encantaría - me respondió ella con su sonrisa perfecta.

Mi casa no era gran cosa, era pequeña, pero bastante acogedora, al menos para mí. Estábamos enfrente de la puerta de mi casa cuando me disponía a introducir la llave, sentí su presencia muy cerca de mí, más de lo que me podía imaginar. Unas manos firmes sujetaron mi cintura y tiraron de mí hacia atrás para apoyarme en ella, me abrazó entre sus fuertes brazos y hundió su cara en mi cuello y rodó sus labios por él. Un suspiro se escapó entre mis labios, sentí la necesidad de probarlos, quería que sus labios se unieran a los míos, me giré en sus brazos quedando frente a frente, estaba tan cerca de ella que respiraba su mismo aire, ninguna de las dos pudo aguantar más y la distancia que nos separaba fue rota por nuestra pasión. Nuestros labios por fin se unieron en ese ansiado contacto, al principio fue dulce, lento... luego se fue intensificando, nos aferramos la una a la otra como si fuera el último día de nuestras vidas. Cuando el aire comenzó a faltar nos separamos para llenar nuestros pulmones y mirarnos. Ella aún me tenía sujeta por la cintura, parecía no tener intención de soltarme y lo cierto es que tampoco quería que lo hiciera. Con un movimiento de cabeza me indicó que abriera la puerta, me giré en sus brazos y así lo hice. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotras volví a sentir su cuerpo detrás de mí y sus brazos rodearme nuevamente.

- Yo también estoy segura de que me he enamorado de ti.

Su suave voz rozó mi piel y sus palabras despertaron en mí algo que pensé que no sentiría, la pasión, la necesidad de amarla y ser amada. No me contuve más, me giré rodeando su cuello con mis brazos y la besé con toda la pasión y todo el amor que sentía en ese momento. Fui correspondida de la misma manera, nuestras lenguas luchaban en una batalla desesperada, cada una quería conquistar a la otra. Abrazadas y sin dejar de besarnos seguimos adentrándonos en la casa hasta llegar a mi habitación. Nos paramos enfrente de la cama, despacio dejamos de besarnos a la vez que nuestra respiración agitada trataba de calmarse. Elevé mi mano hasta su rostro y la acaricié, ella se apoyó en la caricia cerrando los ojos.

- Pareces cansada... - ella abrió los ojos lentamente.
- Ha sido un día largo, pero inolvidable - se acercó hasta pegar su mejilla con la mía y nos acariciamos lentamente.
- Cualquier momento contigo sería inolvidable - le susurré.

Se separó de mí lo suficiente para mirarme a los ojos, despacio se acercó, nuestros labios se acariciaban en suaves roces, y ese fue el momento en el que ella decidió con una palabra cual sería mi destino.

- Te quiero - me besó como jamás antes nadie lo había hecho.

¿Mi destino? Amarla cada segundo de mi vida. Me aferré a ella con todas mis fuerzas, necesitaba sentirla ahora más que nunca, necesitaba sentir la realidad de este amor. Sus besos bajaron por todo mi cuello, sus manos se metieron por debajo de mi camisa quemándome la piel. Yo también quería tocar su piel, despacio le desabroché la camisa a la vez que besaba todo su cuello. Su camisa se deslizó por sus hombros dejándolos desnudos y castigando mis ojos con tanta belleza. La entrega había empezado, pero no nos conformábamos, queríamos más, mucho más. Nos quitamos la ropa entre besos y caricias. Nos tumbamos en la cama, ella se puso encima de mí, disfrutando el tacto de nuestros cuerpos completamente desnudos.
Sentí sus labios recorrer todo mi cuerpo seguido por sus manos. Cada beso y cada caricia eran un suspiro mío. Siguió amándome con todo su cuerpo, llevándome a un mundo muy diferente del mío. Quise quedarme allí para siempre. Lo que ella me había hecho sentir en un día no lo había conseguido nadie en mis veinticinco años de vida.
Sus brazos calmaron mis convulsiones después de que me amara hasta el punto de dejar de respirar. Mi cabeza estaba apoyada en su pecho, su respiración estaba tan agitada como la mía. Me abracé a ella con las pocas fuerzas que me quedaban, escondí mi cara en su cuello y aspiré con fuerza para llenarme de ella. Mi gesto debió hacerle cosquillas ya que su risa rompió el silencio de la habitación. Yo sonreí aún con la cara en su cuello, le di pequeños besos por él y fui subiendo por su mandíbula hasta llegar a sus labios. Los besé prolongadamente, quería grabar en mi mente cada movimiento. Me separé de ella lentamente, abrí mis ojos para adentrarme en el mar de los suyos, nos miramos detenidamente expresando con nuestra mirada aquello que las palabras no alcanzaban a decir.

- ¿Es posible enamorarte de una persona a la que acabas de conocer... y amarla como si los mejores años de tu vida los hubieras pasado con ella? - le pregunté.
- Estoy segura de ello, a mí me ha pasado - me respondió sonriente.
- Te quiero - le susurré en sus labios - cuando estoy contigo, el vacío que he sentido toda mi vida... desaparece.

Nos besamos una y mil veces. Entre besos y caricias volvimos a amarnos. No sé cuánto tiempo estuvimos amándonos, pero me daba igual, estaría amándola toda la vida. Abrazadas caímos en los brazos de Morfeo, quien nos acunó toda la noche dándonos los más dulces sueños.

La luz del sol dio de lleno en mi cara, despacio abrí mis ojos hasta que se acostumbraron. Me extrañé al sentir que estaba vestida. Cerré mis ojos y dejé que una lágrima cayera de ellos. No me hizo falta mirar a mi lado para saber que ella no estaba, sentía el vacío más doloroso que jamás había sentido. ¿Todo había sido un sueño? pero ¿por qué? ¿por qué pedí que esta noche fuera diferente a las demás? no podía creérmelo... me cubrí la cara con las manos y lloré con todas mis fuerzas, sentí cómo mi alma se quebraba y caía al vacío más profundo. ¿Cómo iba a olvidar ese día, esa noche? Me enamoré profundamente de una mujer en un día, hice prácticamente todo lo que dos personas que se conocen de hace años pueden hacer en un día, y me entregué a ella en cuerpo y alma... ¿ella? no existía un ella, me entregué a un sueño, un sueño que por mucho que quisiera no podría olvidar.
Cuando me quedé sin lágrimas decidí levantarme de la cama y darme una ducha. El agua templada resbalaba por todo mi cuerpo relajando mis músculos. Cuando la esponja empezó a recorrer mi cuerpo, imágenes de ella comenzaron a golpear mi mente, sus besos, sus caricias, el tacto de su cuerpo... quise volver a llorar pero no pude, me abracé a mi misma tratando de protegerme de aquel dolor sin conseguirlo. Salí de la ducha arrugada por quedarme tanto tiempo bajo el agua. Me envolví en mi toalla y me fui a mi habitación a coger la ropa. Sonreí tristemente al darme cuenta de que había cogido la misma ropa que llevaba en mi sueño. Una vez me vestí fui a la cocina a prepararme algo para desayunar pero antes de llegar me di cuenta de que no tenía ganas de comer nada. Cogí las llaves de casa y me fui a dar una vuelta.

Caminaba por las calles absorta de todo, caminaba sin rumbo, solamente quería andar y alejarme de todo. Los movimientos de mis pies eran lentos y acompasados. Miraba hacia delante sin ver, me encontraba en otro lado hasta que choque con un hombre, me dio la impresión de acabar de despertarme. Me disculpé y seguí caminando lentamente. Un nudo de nervios se me puso en el estómago cuando me di cuenta de dónde estaba. Delante de mí estaba el quiosco, el lugar donde la conocí. Me acerqué con paso vacilante, por una extraña razón decidí comprar el periódico, cambiarme de piso no me pareció tan mala idea. Me puse en la cola para comprarlo, delante de mí había un hombre, por un momento me la imaginé delante de mí, su cabello largo cayendo por sus hombros, su alta figura, sus ojos azules... no olvidaría esos ojos aunque pasaran mil años. Volví a la realidad cuando el hombre que estaba delante de mí se fue, me acerqué hasta la ventanilla y pedí el mismo periódico que pedí en mi sueño, con la diferencia de que ahora sí lo tenían, pagué al hombre y me giré para irme cuando choqué con alguien.

- Lo siento, ¿le he hecho da...

Traté de disculparme pero el corazón se me puso en la garganta al ver a la persona que tenía delante, no podía creer lo que estaba viendo, mis ojos amenazaban con inundarse pero luché por contener las lágrimas.

- ¿Se encuentra bien? - su voz retumbó en mis oídos, esa cálida voz que pensé no volver a oír jamás se adentró en ellos.
- Sí... yo... lo siento, no le vi - respondí mirándole fijamente a los ojos.
- No pasa nada, tranquila - y me sonrió como sólo ella podía hacerlo.

Pasó por mi lado dejando su aroma en mi camino, cerré mis ojos y disfruté de él mientras duró. Me giré y la vi comprando en el quiosco, no pude evitar oír lo que pedía, justamente el periódico que yo tenía en la mano y al parecer el último, se giró con la intención de irse pero antes de que eso pasara...

- Lo siento, creo que me he llevado el último - ella se giró y me miró.
- Tranquila, no pasa nada, sólo quería... - antes de que acabara le ofrecí el periódico quedándome yo con la sección de venta de pisos - pero...
- Tranquila, a mí las demás secciones no me interesan - le sonreí.
- Gracias, al final me ha salido gratis - dijo casi riendo.
- ¿Quién ha dicho que fuera gratis? - vi el rubor cubrir sus mejillas.

Sonreí para mí, sabiendo que lo que para ella podía llegar a ser una nueva historia, para mí sería la continuación de una historia casi real.

Fin


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