Nueva Orleans (Estado de Luisiana)
Alrededores del Lago Pontchartrain
Le dolía el pecho, como si se lo aplastasen lentamente. El ardor era casi insoportable,
pero siguió corriendo como si su vida dependiese de ello, como si escapara de un ser
monstruoso o alguna aberración. Un hilillo de sangre resbalaba desde la comisura de su
labio hasta la barbilla y tenía un ojo amoratado y cerrado por el hinchazón. Su largo
cabello rubio caía desordenadamente sobre su espalda. Era una mujer joven, alta y
delgada y estaba completamente desnuda.
En su frenética carrera no pudo evitar tropezar con una rama y caer al suelo,
estrellándose contra la dura y fría arena. La noche se cernía amenazadoramente a su
alrededor y ella sabía, intuía, que ellos estaban allí, entre las sombras, escondidos,
observándola con sus aterradores ojos, esperando el momento preciso para atacar.
Dudó si levantarse o encogerse hasta desaparecer. Sentada sobre el suelo, apretó contra
su pecho las rodillas y escondió su cabeza entre ellas, deseando con todas sus fuerzas
no estar allí. Estaba tan cansada, tan abatida y desorientada, que el mundo comenzó
irremediablemente a parecerle un lugar inseguro e inestable. Cerró los ojos y, sin
poder evitarlo, cayó desmayada.
4 horas después
El sheriff German Cayce estaba orgulloso del trabajo que realizaba diariamente. Podía
sentirse satisfecho porque en sus 20 años de servicio nunca había dejado un caso sin
resolver. De todas formas, la ciudad de Nueva Orleans no era muy conflictiva en
comparación con otras ciudades norteamericanas. Sin embargo, en las últimas semanas, la
atmósfera de tranquilidad que se respiraba normalmente por allí se había enrarecido. Ya
eran 3 los secuestros en tan solo un mes. Las victimas eran elegidas al azar y todas
aparecían poco después con la misma inscripción grabada a fuego en su brazo izquierdo:
"Salutator inferorum". El secuestrador no las mataba, pero a juzgar por el
estado de locura en que reaparecían las víctimas, estaba más que claro para Cayce que,
fuese quien fuese el secuestrador (si es que se trataba de una sola persona), les había
hecho daño, mucho daño. Y este caso se le estaba resistiendo. Después de la primera
víctima seguían sin tener nada a qué recurrir, ninguna pista.
- ¿Qué tenemos?. Dime que tenemos algo.- Rogó German Cayce, mirando a otro agente de
policía.
- Tenemos algo.- Contestó el otro agente.
- Pero no lo hagas para contentarme, Richard.- replicó Cayce con el ceño fruncido.
- La chica está allí. Los sanitarios la están atendiendo. Ha sido imposible sacar algo
en limpio. Está demasiado trastornada.
- Sea lo que sea lo que les haga, ese tipo debe ser un mierda.- Dijo Cayce mirando a la
muchacha con una expresión de profunda pena.
- No sabemos nada sobre el secuestrador, ni siquiera su sexo o si se trata de una sola
persona. ¿No crees que deberíamos pedir ayuda?
- ¿Vas a hacer caso de ese estúpido mentecato de Cliff?.- Preguntó Cayce mirando al otro
agente.- Lo único que le interesa es acabar cuanto antes con esto.
- Es lo normal.
- Ya sabes a que me refiero, Richard. Nueva Orleans perdería su atractivo si esto
saliese a la luz.
- Oye, me da igual cuales sean los intereses del alcalde, pero este caso se nos está
escapando de las manos y la próxima vez puede que no tengamos tanta suerte.- Dijo
mirando a la joven.- Nos vendría bien algo de ayuda.
- No quiere matarlos, Richard.
- Eso no lo sabemos. Su psicosis puede ir a más. Por regla general eso es lo que ocurre
con los secuestradores.
German Cayce frunció el ceño, mientras miraba el lago. Los federales no le gustaban,
pero tenía que admitir que aquello no tenía ni pies ni cabezas. Miró a Richard, que le
miraba esperando un gesto, y asintió resignado.
Washington, D.C.
Oficinas del F.B.I.
La agente Avril Monagan trabajaba desde hacía un par de años en la sección de Secuestros
en el F.B.I. Tenía tan solo 31 años, lo cual significaba que era bastante joven. Su
compañero de sección, Scott Michell, tenía 10 años más que ella.
Monagan era una joven agente con una carrera prometedora. Estaba doctorada en Medicina
General por Harvad y Licenciada en Física. En solo dos años de servicio, su fama había
aumentado sin precedentes y era apodada "Implacable Monagan". Trabajaba en Secuestros
porque tenía una inteligencia innata para resolver todos los casos.
Scott Michell aportaba el lado psicológico y también brutal. Tenía varios expedientes
abiertos por culpa de su mal genio. Se había licenciado en Psicología en Harvard y había
sido el instructor de Monagan en la Academia. Siempre se habían llevado bien, pero no
podía decirse que fuesen "amigos" en el sentido real de la palabra. Solo se veían en el
trabajo.
- ¿Así que este caso nos lo han asignado a nosotros?- Preguntó con reticencia Scott
Michell.
- Bueno... no exactamente.- Avril Monagan sonrió con picardía.- Yo lo solicité.
- Lo imaginaba.- Murmuró su compañero.- ¿Por qué te interesa?
- Mira el informe policial.- Dijo entregándole a Scott una carpeta.- El secuestro dura
aproximadamente un día, las víctimas no recuerdan absolutamente nada pero todas tienen
una inscripción...
- Para, para.- La interrumpió el agente Michell.- Todo eso ya lo sé, pero te pregunto
que tiene de interesante para ti. Normalmente no te interesan este tipo de casos. Tu
prefieres los desafíos... digamos... más fuertes.
- Muy gracioso.- Contestó la agente Monagan sonriendo.- Me llamó la atención porque el
secuestrador no entra dentro del esquema general asignado a los secuestradores. No
parece que tenga ninguna intención clara, ningún móvil.
- Quizás solo esté loco.
- Sabes... dicen que un loco siempre reconoce a otro.
- Muy graciosa, Mona.- El agente Michell dejó que una expresión de resignación acudiese
a su cara.- ¿A qué hora salimos?
- Dentro de un par de horas. Cogeremos el vuelo de las 12:00.
Nueva Orleans (Estado de Luisiana)
Alrededores del Lago Pontchartrain
Jena Julien sabía que aquel caso nunca se lo habrían asignado a ella simplemente porque
daban por echo que los secuestros no podían tener nada de religioso. Pero había podido
ver las fotos y leer el informe policial y su intuición le decía a gritos que ese caso
tenía una motivación religiosa. Así que allí estaba, en la escena del secuestro, a pesar
de que el caso no era suyo y su superior pensaba que estaba de vacaciones.
Sus intensos ojos azules recorrieron la escena de palmo a palmo. Había un puñado de
agentes de la policía recopilando pruebas y, a unos 200 metros, el sheriff y otro hombre
parecían discutir.
- Perdón, ¿interrumpo algo?- Preguntó Jena Julien.
- ¿Quién puñetas es usted?- Preguntó malhumorado el sheriff Cayce.
Como respuesta, Jena Julien sacó su placa que la acreditaba como agente del F.B.I.
- Hola, soy Leonard Cliff, el alcalde. He sido yo quien les ha llamado.- Dijo el otro
hombre.
Jena lo observó. Era alto y rondaba los 50 años. Su cabello era casi gris, con algunos
mechones negros. Tenía los ojos grises, la nariz afilada y un rictus amargo en su
expresión.
- Agente Jena Julien.- Dijo estrechando la mano que le ofrecía el alcalde.
- Mucho gusto. Este es German Cayce, el sheriff del condado.- dijo señalando al otro
hombre.
- Hola.- Contestó Cayce con un gesto de cabeza, sin intención de estrecharle la mano a
Jena.
- ¿Pueden contarme lo que ha ocurrido?- Preguntó la agente.
- Es un chico, ni siquiera sabíamos que había sido secuestrado, su familia no lo había
dado por desaparecido.- Explicó el sheriff.
- ¿Dónde está? Quiero hablar con él.- Pidió la agente Julien.
- Me temo que eso será imposible.- Contestó el alcalde. Jena lo miró sin comprender.-
Está muerto.
- ¿Muerto?
- Es el primero de ellos que aparece muerto.- dijo el alcalde mirando al sheriff con
nerviosismo.
- Pero tenía entendido que no era la forma de actuar del secuestrador.
- Hasta ahora.- Contestó Cayce.
- Quiero ver el cuerpo.- Pidió Jena.
- Claro, aun no se lo han llevado. Sígame.
Jena siguió a Cayce hasta un descampado, justo detrás de unos altos arbustos. Allí,
sobre el suelo, estaba el cadáver del joven.
- La victima es David Taylor.- Cayce suspiró antes de continuar.- Era amigo de mi hijo,
¿sabe? Solo tenía 17 años. El año que viene iría a la universidad.
- Comprendo.- Contestó Jena asintiendo.- ¿Han encontrado alguna evidencia?
- Si se refiere a huellas o alguna pista sobre el secuestrador, no. Pero... quizás esto
le parezca interesante.- El sheriff señaló una inscripción que había sido escrita en la
tierra.
Jena la observó. Algunas letras no se entendían... pero podía leerse: D... ...erson.
- ¿Sabe que puede significar?- Preguntó Jena al Sheriff.
- No tengo ni puñetera idea.
Jena se agachó. El cadáver empezaba a oler mal. Leyó la inscripción que tenía en el
brazo y asintió para sí misma en silencio.
- ¿Sabe de la existencia de algún grupo religioso que opere por aquí?
- ¿Grupo religioso?- Preguntó Cayce confuso.- ¿Cree que esto es obra de alguna secta?
- Es posible.- Contestó Jena tranquilamente sin dejar de observar la inscripción.-
¿Entiende lo que pone aquí?
- No. ¿Y usted?
- Me temo que no. Sería interesante saber qué significa.- Recapacitó en voz alta Jena.
- Es latín... significa "Visitante del infierno".
Jena levantó el rostro y se encontró con el de una mujer joven. Su sobrio traje le hacía
parecer mayor, pero era hermosa. Tenía unos grandes ojos verdes y su sonrisa era dulce.
- Lo siento, no me he presentado.- Dijo recomponiéndose.- Soy la agente Avril Monagan
del F.B.I.- dijo, estrechando la mano del sheriff, quien le dedicó una sonrisa tímida.
- Sheriff German Cayce.
- ¿Y usted es?- Preguntó la joven agente dirigiéndose a Jena.
- Agente especial Jena Julien.- Dijo Jena levantándose y estrechando la mano que le
ofrecía.
- Perdón, ¿es usted agente del F.B.I.?- Preguntó sorprendida la agente Monagan.
- Sí, trabajo en la sección de...
- Crimenes religiosos.- Interrumpió Scott Michell, que acababa de llegar junto a ellos.
- Scott Michell, cuanto tiempo.- Dijo Jena sonriendo.- Me alegro de verte.
- Siento no poder decir lo mismo, Jena.- Scott la miró detenidamente. Sus ojos celestes
seguían teniendo la misma intensidad que le atrajo desde la primera vez que la vio.-
¿Que haces aquí?- Increpó molesto.
- Curioseaba.- Contestó Jena con una sonrisa forzada.
- Espero que tu curiosidad no llegue al extremo del caso Kepler.- Dijo el agente.
- No te preocupes... solo estoy de vacaciones.
- Bien, porque espero no verte más por aquí, este caso es mío.- Dijo Scott.
Mantuvieron una desafiante mirada que fue rota por un pequeño carraspeo de parte del
sheriff.
- Entonces, ¿qué hago con el cadáver?.- Preguntó mirando alternativamente a Jena y
Scott.
- Deberían hacerle la autopsia.- Contestó Jena. Iba a proseguir, pero la mirada de
advertencia del agente Scott le hizo detenerse.
- Llévenselo, mi compañera le hará la autopsia. Hay que determinar la causa de la muerte.-
Dijo Scott con resignación.- ¿Puede indicarme el lugar donde encontraron la última
víctima?- Preguntó Scott al sheriff.
- Claro, iremos en mi coche.
Scott siguió al sheriff, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que su compañera de
trabajo no le seguía. Estaba allí, parada frente a la agente Julien y, a juzgar por su
expresión, algo le atormentaba.
- ¿Vienes, Mona?- casi ordenó Scott.
- Ve tú, yo me encargo de la autopsia. Nos vemos en la comisaría.
- Está bien.- Contestó Scott.- Hasta luego, entonces.
Avril Monagan le vio alejarse en el coche, acompañado por el sheriff. Luego volvió su
mirada inquieta hacia la agente Julien.
- ¿Por qué está interesada en este caso, agente Julien?- Preguntó mirando a la mujer con
confusión.
- Tengo mis razones.- Contestó Jena secamente.
- ¿Cree que estas personas fueron secuestradas por una secta o por un loco fanático de
alguna religión?- Preguntó con sarcasmo.
- Puede ser.- Dijo Jena, agachándose de nuevo para apuntar en su libreta aquellas
palabras que estaban inscritas en la tierra.
- ¿Qué está haciendo?
- Tomar nota.
- ¿Creí que había quedado claro que este no es su caso?
- Y ha quedado claro.
- Pues no parece que haya tomado en serio la advertencia del agente Michell.
- Nunca tomo en serio lo que dice Michell.- Contestó Jena sonriendo a la otra agente.
Avril Monagan tuvo que admitir que su sonrisa era preciosa.
- Dígame, ¿por qué cree que estos secuestros tienen que ver con su sección?
- Hagamos un trato.- Dijo Jena incorporándose del suelo.- Yo le digo cual es mi teoría,
si usted me deja estar presente en la autopsia.
- Scott no lo aceptará.
- No tiene por qué enterarse.- Contestó Jena alzando las cejas.
Avril Monagan guardó silencio durante unos segundos, pensando si debía darle algún
crédito a lo que pensaba aquella mujer. Miró a la agente y algo en su mirada, en aquella
intensidad marina, le llamó la atención. Una pasión certera, que iba más allá de una
simple suposición.
La curiosidad la venció.
- ¿Trato hecho?- Jena sonrió abiertamente, ofreciendo su mano a la joven agente.
- Bien.- Contestó la agente Monagan.- Trato hecho.
- Venga conmigo. Quiero enseñarle algo.
La agente Julien se dirigió a su coche, seguida de la joven. Sacó un par de carpetas de
la guantera y se las entregó a la agente Monagan.
- Estos 15 jóvenes fueron secuestrados entre 1979 y 1980, en el barrio francés de Nueva
Orleans. Tenían entre 16 y 30 años.- la joven agente miró las fotos que adjuntaban los
informes.- Cinco de ellos murieron. Solo se le practicó la autopsia a dos de ellos. Se
determinó que habían fallecido por paro cardíaco. Todos tenían la misma inscripción
grabada a fuego: "Salutator Inferorum", solo que esta vez la inscripción estaba
en la base del cráneo. Los que no murieron aparecieron en un estado de shock muy fuerte
y cuando se recuperaron fueron incapaces de recordar nada de lo que les había ocurrido.
Tan solo uno de ellos, David Hanselm, aceptó someterse a una sesión de regresión
hipnótica. David aseguró que había sido secuestrado por una secta satánica llamada
"Limbo". Sin embargo el caso no se resolvió. ¿Los conoce?
- Nunca había oído hablar de ellos.- Contestó Monagan.
- Es natural, operan en secreto, pocos conocen su existencia.
- Pero no tiene sentido, nada de lo que usted me ha contado tiene sentido.
- ¿A qué se refiere?- Preguntó Jena.
- Bueno, sigue sin existir un móvil. Las víctimas no parecen haber sufrido ningún tipo
de abuso físico, a parte de la inscripción, y tengo entendido que una secta si ha
secuestrado a personas lo ha hecho con el único objetivo claro de sacrificarlas.
- Pero coincidirá conmigo en que las victimas han sufrido algún tipo de presión
psicológica.
- Pero eso sigue sin aclarar nada.
- Eso ya lo veremos.
Avril miró directamente a los ojos de la agente Jena. Algo le decía que la mujer le
ocultaba detalles.
- ¿En qué está pensando?
- Digamos que tengo un buen amigo que sabe algo de hipnosis.
- Scott...
- No lo aceptará, lo sé. Pero esa decisión les corresponde tomarla a las víctimas, no a
él.
La agente Monagan suspiró. Esta mujer, Jena Julien, era todo un misterio. Le gustaba la
forma en que defendía sus ideas, esa incandescente pasión que ponía en sus palabras, la
forma en que trasmitía sus conocimientos sin dejar de mirarla, como si pidiera a gritos
su apoyo, su comprensión.
- Bueno, ¿qué me dice? ¿Vamos a investigar que esconde la carne?- Preguntó con sarcasmo
Jena.
Monagan sonrió, dejando que la agente Jena viese por primera vez su amplia e infantil
sonrisa.
Nueva Orleans
Depósito de cadáveres
del Condado de Bisshop
El cuerpo inerte de un joven yacía sobre una fría camilla de acero. Se le había
practicado una incisión en forma de Y, así que tenía los órganos del torso al
descubierto. La caja torácica había sido recortada con unas tijeras médicas y las
costillas ya no estaban sujetas al esternón.
La agente Monagan vestía la bata para autopsias. Llevaba el pelo recogido en una cola,
aunque algunos mechones rubios caían descuidadamente sobre sus ojos. En frente de ella,
la agente Julien observaba con detenimiento y algo de repulsión aquella siniestra
práctica. No lograba entender como una mujer que parecía tan vulnerable como la agente
Monagan podía tener en realidad aquella entereza.
- ¿No le resulta violento?- Preguntó Jena.
Avril Monagan apartó su atención del cadáver por un instante y miró a la agente Julien
con el ceño fruncido.
- ¿Se refiere a mi trabajo?
- Me refiero a hurgar en sus entrañas.- Respondió Jena arrugando su larga y recta nariz.
- Si quiere verlo de esa manera...
- ¿Sabe? Los primeros forenses aparecieron en el siglo XVII y fueron considerados
lunáticos obsesionados con la muerte.
- Todas las ciencias han tenido que luchar contra la ignorancia.
- Es extraño que lo que pareciese una locura fuese la ciencia en aquel entonces. Hoy,
en cambio, nada tiene su explicación al margen de ella.
- No parece agradarle.- Comentó Monagan sin levantar la vista.
- Creo que existen fenómenos que no pueden ser explicados por la ciencia. Fenómenos
sobre los cuales no puede realizarse estadísticas y que no pueden ser catalogados.
- La ciencia es lenta, agente Julien. No evoluciona al compás del mundo. Fenómenos que
ahora escapan a nuestro entendimiento, quizás puedan ser explicados en un futuro por la
ciencia.
- Quizás, pero hasta entonces, siguen sin tener una explicación, aunque no por ello
dejan de ser reales.
- Nadie lo ha puesto en duda.- Contestó la agente Monagan, mientras se quitaba las gafas
protectoras, los guantes de látex y la bata.
- ¿Ha terminado?- Preguntó Jena.
- Sí.
- ¿Y cuál es la causa de la muerte?
- Si he de ser sincera, no lo sé.
La agente Jena levantó las cejas sorprendida.
- Parece que su ciencia no tiene explicación para esto.- Dijo señalando al cadáver.
- Aun tenemos que esperar los análisis del laboratorio.
- ¿En esos análisis es posible ver si la víctima ha sido envenenada o ha ingerido algún
tipo de droga?
- Puedo pedir un análisis toxicológico, si eso es lo que quiere.
- ¿Haría eso por mi?- Preguntó Jena sonriendo.
- No tiente su suerte.
- ¿Cuando los tendrá?
- Esta noche o mañana por la mañana como muy tarde.
- No tengo tanto tiempo.- Contestó Jena cogiendo su chaqueta y dirigiéndose hacia la
puerta.
- ¿A dónde va?
- A hacer algunas visitas, ¿quiere acompañarme?- Preguntó deteniéndose en el umbral.
- No creo que sea buena idea.
La agente Julien sonrió comprendiendo. Asintió con resignación y salió por la puerta sin
decir nada más. Llegó al aparcamiento y subió a su coche. Ya había arrancado cuando de
pronto la puerta del copiloto se abrió y la figura de Avril Monagan apareció muy seria
y sin aliento. Luego entró sin preguntar y se sentó en al asiento delantero.
- Está bien, ¿a dónde vamos?.- Dijo Avril Monagan esforzándose por recuperar el aliento.
Como única respuesta recibió una gran carcajada.
42 de la Calle Smelthing
Hogar de los Ryardom
Nueva Orleans
Ellen Ryardom estaba fregando los platos, cuando oyó el timbre de la puerta. Miró
extrañada el reloj de la cocina y se secó las manos. No podía ser su marido porque tan
solo eran las 18:30 de la tarde, y Kevin salía del trabajo a las 20:00 horas. Además
siempre habría con su llave. Vio por la mirilla de la puerta a dos mujeres trajeadas.
Una de ellas, la más alta, atrajo su atención de inmediato. Estaba mirando al jardín y
no podía ver su rostro, pero su pelo era lacio y largo, de un negro casi azulado. La
otra mujer era mucho más bajita, iba vestida con un traje pantalón verde oscuro.
- ¿Puedo ayudarles en algo?- Preguntó la señora Ryardom nada más abrir la puerta.
- Buenos días, soy la agente Julien y ella es la agente Monagan. ¿Podríamos hablar con
su hija?- Preguntó la morena al tiempo que le mostraba su placa de identificación del
F.B.I.
- El F.B.I. ya ha estado aquí. Ese hombre del pelo rizado, tan alto, le hizo muchas
preguntas.- Dijo la mujer recelosa.
- ¿Se refiere al agente Scott Michell?- Preguntó Monagan.
- Sí, creo que se llamaba así.
- Señora Ryardom, es necesario que hable con su hija. Será solo un momento.
La señora Ryardom bajó la cabeza dudando. Deseaba que cogiesen a la persona que le había
hecho aquello a su hija.
- Está bien. Pasen.- Accedió finalmente.
- Gracias.
La señora Ryardom las condujo al segundo piso, hasta la habitación de Alice Ryardom.
Llamó quedamente y pocos segundos después una joven muchacha de unos 20 años abrió la
puerta. Tenía grandes ojeras y era fácil adivinar que había estado llorando a juzgar
por sus ojos enrojecidos.
- ¿Qué ocurre mamá?- Preguntó con voz débil mirando a las dos extrañas.
- Estas agentes quieren hablar contigo, cariño.
- Ya he hablado con todos ellos. ¿Qué mas queréis de mí?- Preguntó a punto de echarse a
llorar.- Ya les dije que no recuerdo nada.
- ¿Podemos pasar?
Alice bajó el rostro cohibida. Con un gesto de su mano les dio paso y luego se sentó
sobre la cama. Jena se sentó a su lado y tomó un libro que estaba abierto. Avril
permaneció de pie, junto a la señora Ryardom.
- ¿Te gusta Dante Alighieri?- Preguntó Jena enseñándole el libro.
Tanto la agente Monagan como la madre de Alice se mostraron sorprendidas por la pregunta.
- Es una lectura obligada en la Universidad.- respondió cabizbaja Alice.
- No te he preguntado eso.
- Sí, me gusta.- respondió finalmente la chica.
- ¿Has leído la "Divina Comedia"?
- Sí.
- ¿Qué parte es la que más te gusta?
- La parte de la bajada al Infierno, el canto quinto.- Respondió Alice.
- Ahmm... "Los lujuriosos y pecadores carnales", si no me equivoco.
- Sí.- Contestó Alice dejando escapar una pequeña mueca que casi era una sonrisa.
- Dime, Alice, ¿has tenido pesadillas últimamente?- Preguntó Jena.
- ¿Pesadillas?
- Sí.
Alice miró a la otra agente como pidiéndole una explicación. Monagan solo se limitó a
encoger los hombros sin entender nada.
- Bueno, la verdad es que si.- Contestó Alice mirando a su madre consternada. Ella no lo
sabía.
- ¿Y en qué consisten esas pesadillas?
- Desde mi... mi secuestro, no he dejado de soñar lo mismo. Me veo rodeada de seres
monstruosos.
- ¿Qué tipo de seres?- Preguntó Avril con curiosidad acercándose a Alice.
- Son como sombras, con una alas parecidas a las de los murciélagos. Sus ojos son rojos
y alargados.
- ¿Esas sombras no tienen una forma concreta?- Preguntó Jena.
- No, solo puedo ver sus ojos, lo demás está borroso.
- ¿Te dicen algo?
- No, uno de ellos se acerca a mí. Parece que quiere decirme algo pero me despierto
antes de oír nada.
- Comprendo.- Jena se levantó de la cama y miró con seriedad a la joven.- Alice,
¿aceptarías someterte a una sesión de regresión hipnótica?
- ¿Para qué? Yo solo quiero terminar con esto de una vez por todas.
- Lo sé, pero para ello tendrás que ayudarnos a atrapar al culpable.
Alice dudó un instante. Miró el libro de Dante, lo cogió en sus manos y acarició la tapa
pensativa.
- Está bien. Lo haré.
Carretera Condal
Camino a la Comisaría
Iban camino de la comisaría. La agente Jena Julien conducía. A su lado estaba sentada la
agente Monagan con una expresión algo confusa.
- ¿A qué ha venido todo eso?- Preguntó Monagan.
- ¿El qué?
- Todas esas preguntas extrañas.- Jena permaneció en silencio.- ¿Qué es lo que me oculta,
agente Julien?- Insistió.
- No puedo decírselo.
- ¿Por qué no?
- Porque no me creería. Acabaría pensando que estoy loca, y la verdad es que no me
gustaría que usted pensara eso de mí.- Jena miró a Monagan con sus intensos ojos azules.
- Pruebe.- Contestó Avril arqueando las cejas y dejando escapar una pequeña sonrisa
traviesa.
- La descripción que Alice dio de los seres monstruosos encaja con la descripción que
aportaron una serie de personas que estuvieron al borde de la muerte. Se les conoce como
Mothman.
- ¿Hombres polilla?
- Un nombre ridículo, porque en realidad no son hombres, ni tienen ningún parecido con
las polillas.- Siguió explicando Jena tranquilamente.- En realidad son demonios.
- Me está tomando el pelo, ¿no es cierto?
- Le dije que no me creería.- Repuso Jena.
- Está bien, siga.- Dijo Avril intentando esconder una carcajada que amenazaba con salir
a flote.
- Entre 1966 y 1969, en los alrededores de Point Pleasant, en Virginia Occidental, hubo
un centenar de testigos que aseguraron ver a estos "hombres polilla".- Explicó
serenamente Jena.
- Está bien. Suponiendo que realmente esos "hombres polillas" existen, ¿qué tienen que
ver con este caso?- Preguntó Monagan.- ¿Cree que secuestraron a esos jóvenes?
- No, eso sería improbable. Estos demonios no pueden salir del infierno, de hecho la
única forma de poder verlos es estar entre la vida y la muerte.
Avril Monagan parpadeó varias veces sin poder creer lo que estaba escuchando. La agente
Jena la miró un par de veces esperando con ansiedad su respuesta.
- Está loca, ¿lo sabía?- Dijo finalmente Monagan.
- Escuche, creo que alguien está secuestrando a esos jóvenes con el objetivo de
encontrar respuestas.
- ¿Respuestas?
- ¿Qué sabe de la catábasis?
¿La qué?- Preguntó Monagan sin salir de su asombro.
- Es un estado a través del cual se consigue que las almas de los vivos hagan un pequeño
viaje al reino de los muertos. Se consigue mediante una serie de rituales.- Explicó Jena.-
Se sabe que algunas sectas satánicas antiguas la han practicado con el objetivo de
obtener respuestas del inframundo.- Jena se detuvo un momento para tomar aire.- Eso
explicaría la inscripción que las víctimas tienen en su brazo: "Visitantes del infierno".
- Es ridículo.- Repuso Monagan.
- No lo es tanto. Creo que las víctimas son drogadas, probablemente con una fuerte dosis
de belladona pura. Son siempre jóvenes porque un hombre mayor o un niño tienen menos
defensas y son más propensos a fallecer de sobredosis. Tengo la certeza de que la última
víctima murió porque la dosis fue demasiado fuerte y es probable que tuviese algún
problema de corazón.
Llegados a este punto, el rostro de la agente Monagan se contrajo en una expresión de
sorpresa, que no escapó para Jena.
- ¿Qué?- Preguntó Jena al verla tan sorprendida.
- David Taylor tenía la pupilas dilatadas, pero no encontré ninguna explicación para
ello.
- ¿Y?
- No lo había pensado, pero la belladona contiene un alcaloide, la atropina, que provoca
la dilatación de las pupilas.
- Ahí lo tienes. Lo más probable es que el encargado de suministrar la belladona no
calculase bien la cantidad. Lo cual significa que su intención no era matar a David
Taylor. Su muerte fue un error.
- Está bien, estoy dispuesta a "abrir mi mente" y creer en tu versión de los hechos,
pero lo que me niego a aceptar es lo de los "hombres polilla". - replicó Monagan.
Jena detuvo el coche frente a la comisaría. Sonrió y sacó su teléfono celular, ignorando
a la otra mujer. Viendo que Jena esperaba que ella abandonase el coche, la agente
Monagan se apeó algo turbada.
- Eh, agente Monagan, ¿dónde se aloja?- Preguntó Jena asomándose por la ventanilla,
todavía con el teléfono móvil en su oreja.
- En el Motel Dooley.- Contestó Monagan.
Jena asintió, desapareció tras la ventanilla y puso en marcha el coche, alejándose por
la carretera. Avril Monagan suspiró apesadumbrada viendo como se alejaba el coche con
los puños cerrados a los costados. Esta mujer conseguía sacarla de sus casillas.
Nueva Orleans
Motel Dooley
10:30 de la noche
Sentada sobre la cama de su habitación, Monagan doblaba y desdoblaba una hoja del
informe que Denver le había enviado vía Internet. Era el expediente de la agente Jena
Julien. Lo había leído un par de veces y había quedado sumamente sorprendida.
Jena Julien tenía 35 años. Era doctora en Historia de las Religiones y estaba licenciada
en Antropología por Yale. Ingresó en el F.B.I. con 27 años y trabajó durante cuatro años
junto con Scott Michell en la sección de Asesinatos con motivación religiosa. Por falta
de casos, la sección fue cerrada y mientras que la agente Julien fue a parar a la sección
de Crímenes Violentos, Scott fue destinado a Secuestros. Poco después, la insistencia
de la agente Julien provocó la apertura de una nueva sección: la de "Crimenes con
motivación religiosa", que no solo investigaba los asesinatos de estas características,
sino cualquier tipo de crimen con matiz religioso. Eso le daba a Jena Julien un amplio
margen de acción. Scott Michell solicitó su entrada en la nueva sección, pero Jena
convenció al jefe de sección de que ella sola se bastaría y argumentó que Scott Michell
haría un trabajo más eficaz en donde estaba. Esa probablemente era la razón de la
enemistad entre los dos agentes.
De repente, a su mente vino la imagen de Jena Julien defendiendo su teoría sobre los
Hombres polilla. Si había defendido aquella locura con tanta fuerza, no le extrañaba en
absoluto que hubiese logrado convencer a su jefe de sección. Por un momento se la
imaginó con su expresión serena y segura, defendiendo su postura y un remolino de
sensaciones recorrió su estómago. Le costaba admitir que sentía admiración por la
agente y, que de alguna manera, se sentía atraída por sus creencias.
- Hombres polillas...- Murmuró con escepticismo.
Sin embargo, no podía dejar de pensar que parte de la teoría de Jena Julien encajaba.
Dejó el informe sobre la mesilla y se quitó las gafas. Vestía un chándal y llevaba el
pelo recogido en una cola. Se tendió sobre la cama boca arriba y miró al techo pensativa.
Scott ya había descubierto que la agente Julien había estado presente en la autopsia.
Se mostró sumamente enfadado, pero Monagan no hizo nada al respecto. Era imposible
razonar con el agente Michell cuando estaba enfadado. Si se le alentaba su histerismo
podía llegar a cotas insospechadas.
Monagan estaba pensando en ello, cuando oyó unos golpes en su puerta. Seguramente se
trataba de Scott que venía a pedirle perdón. Si algo bueno tenía su compañero, era que
los enfados no solían durarle mucho. Abrió la puerta y su expresión neutra cambió
bruscamente a una de asombro. En el umbral de su puerta estaba nada más y nada menos que
la agente Julien, vestida con un chándal y un suéter azul de cuello vuelto. Su pelo
estaba recogido en una cola y llevaba puesta una gorra azul marino de NY.
- ¿Usted?
- ¿Puedo pasar?- Preguntó la agente Julien.
- Claro.- Monagan se echó a un lado para dejarle paso.
Nada más entrar, la mirada de Jena Julien se posó sobre una carpeta que estaba en la
mesilla. Su curiosidad se disparó, pero no se atrevió a preguntar.
- ¿Está ocupada?- Preguntó la agente Julien.
- No, estaba a punto de acostarme.- explicó Monagan.- ¿Desea algo?
Por un momento la mirada de Jena Julien brilló mientras observaba a la agente Monagan de
arriba abajo y una mueca burlona se instaló en la comisura de sus labios.
- Agente... ¿se encuentra bien?- Preguntó Monagan mirándola confusa.
- Me estaba preguntando si ha descubierto algo más.
- No, y aunque me parezca terrible, por ahora la única teoría que se me ocurre y que
tiene algo de sentido es la suya.
- Comprendo.- Jena se dejó caer en la cama con familiaridad, peligrosamente cerca del
informe que descansaba en la mesilla. Monagan lo notó, captando la mirada ávida de
curiosidad de la agente y sonrió.
- ¿Quiere algo más?- Preguntó sentándose en la única silla que había en la habitación.
Jena asintió.
- ¿Y?- Insistió Monagan.
- Un vaso de agua.- Contestó Jena sonriendo inocentemente.
Mongan suspiró poniendo los ojos en blanco.
- Tengo una botella por aquí.- Dijo levantándose y rebuscando en su bolso.- Tome.
- Gracias.- Jena le dio un pequeño sorbo.- Bueno, voy a dar un paseo, ¿le apetece
acompañarme?
- ¿A estas horas?
- Venga, será divertido, llevo cerveza...- Jena sonrió ante la cara estupefacta de la
agente Monagan.- Es broma.
- Lo sé.- Monagan le devolvió la sonrisa.- ¿Cómo ha descubierto cual es mi habitación?
- Tener una placa del F.B.I. a veces resulta tan provechoso...
- Ya veo. ¿Ha venido a contarme alguna más de sus locas teorías o simplemente quería un
vaso de agua?.- Repuso Monagan con sarcasmo.
- ¿Me está echando?
- Sí.
- Ouch, eso ha dolido.- Bromeó Jena levantándose y dirigiéndose a la puerta.- ¿Vendrá a
la sesión de regresión hipnótica? Me he encargado de buscarle un buen asiento en primera
fila.
- Muy considerada.- Respondió divertida Monagan.- Buenas noches, agente Julien.
- Buenas noches, Monagan.
Con una inconsciente sonrisa bobalicona, Avril Monagan se dejó caer sobre su cama. Los
muelles crujieron bajo su peso, pero Monagan no les prestó atención. Tomó de nuevo la
carpeta con el expediente impreso de la agente Julien, deseando, por alguna razón, poder
ver la foto de una joven Jena sonriente. Sin embargo su sorpresa fue mayúscula cuando se
dio cuenta de que dentro de la carpeta no había nada.
- Hija de...
Bosque Brees
Nueva Orleans
11:53 de la noche
Lisa no necesitaba salir del coche para comprender que fuera hacía un tiempo de mil
demonios. Gruesas gotas de agua repiqueteaban sobre el parabrisas y los árboles se
movían hasta casi doblarse por la fuerza del viento. A su lado, un chico algo mayor que
ella, Evan Cayce, estaba abriendo una botella de cerveza para ambos. Lisa se quedó
mirándolo. No debió hacerle caso cuando la convenció para que le acompañara al bosque.
¿Cuáles eran las verdaderas intenciones de Evan? El chico le gustaba y estaba dispuesta
a dejarse manosear un poco, pero de ahí a hacer el amor con él...
Detuvo sus pensamientos, cuando su estómago se revolvió sin previo aviso.
- Lisa, ¿estás bien?- Preguntó Evan preocupado.
- Sí.
- ¿Quieres irte?- Preguntó el chico pasándole la botella de cerveza.
- No... no.- Contestó Lisa cogiendo la cerveza y dándole un trago.- Estoy bien.
- Ya verás, lo pasaremos estupendamente.
- Evan, yo...
No pudo terminar la frase porque unos golpes en la puerta del copiloto les hizo voltearse
a ambos con el rostro desencajados por el temor. Lisa miró a Evan pidiendo su consejo,
pero el joven no reaccionaba. La puerta se abrió y Lisa chilló aterrada. La lluvia le
azotó el rostro cuando unas manos lograron sacarla del coche tirándola sobre el suelo.
No sabía qué era ese dolor, pero estaba segura de haberse hecho daño en alguna parte.
Levantó la mirada y vio a aquel hombre, alto y delgado. Estaba de espaldas a ella y
estiraba de Evan para sacarlo también. Evan cayó a su lado. Se encogió junto a ella
como un bebé, a pesar de sus 18 años. ¿Cómo podía haberse fijado en él? Tan solo era un
cobarde, pensó Lisa mirando al chico con asco.
Cuando el hombre se volvió hacia ellos, Lisa miró su rostro, pero estaba oculto tras un
pasamontañas. Sacó una jeringa y se la inyectó a Evan. Lisa vio con pavor como el joven
se desmayaba al acto. El hombre del pasamontañas lo cargó en brazos y se alejó en la
espesura del bosque. Lisa respiró aliviada, pero no tardó en levantarse y salir
corriendo del lugar.
Desde luego, no le apetecía quedarse allí esperando a que aquel hombre volviese.
Nueva Orleans
Motel Dooley
12:51 de la noche
El aire dentro de la habitación era cálido, pero una humedad pegajosa estaba empapando
su ropa. Fuera no dejaba de llover y el viento rugía chocando contra las paredes de su
habitación. Las ramas de un árbol cercano golpeaban peligrosamente el cristal de la
ventana.
La agente Jena retiró las cortinas para mirar al exterior.
Le gustaba ver el desorden y el caos que producía una tormenta, mientras ella estaba
resguardada y a salvo en la habitación. Estiró la mano y tomó un vaso lleno hasta la
mitad de wisky que había sobre la cómoda. Tomó un pequeño sorbo y puso cara de asco. No
solía beber, pero hoy... Hoy quería borrar los recuerdos de un pasado no muy lejano que
habían emergido de su memoria con la sola imagen de Scott Michell. Y también estaban
aquellas hojas impresas que le había "tomado prestadas" a la agente Monagan, por
supuesto sin permiso de la misma.
En fin, las había robado pensando que podía tratarse del expediente de alguna de las
víctimas o del perfil del secuestrador, pero no esperaba encontrarse con su propio
expediente, ni con aquella foto que reflejaba la imagen de una joven, casi adolescente,
Jena Julien. Se había sentido impresionada, pero luego la ira la recorrió sin previo
aviso. ¿Quién se creía que era para andar hurgando en su pasado? ¿A qué venía aquel
interés? ¿Y por qué demonios le importaba lo que Monagan pensara?
Lo cierto era que su primera impresión sobre la agente Monagan había sido buena y
alentadora. Por primera vez había una persona que aunque pensase que estaba loca, la
escuchaba con atención y que incluso no descartaba sus teorías. Pero ahora no sabía qué
pensar y la idea de que Monagan rebuscase en su pasado y descubriese algo que no le
gustara, le daba náuseas.
Se frotó los ojos, rojos ya por el cansancio, y se echó de lado en la cama. No podría
dormir y lo sabía, así que cogió el frasco de Valium que había guardado en el primer
cajón de la mesilla y se metió una cápsula en la boca, justo en el preciso instante en
que alguien golpeaba su puerta. Se levantó extrañada, tomó su arma que estaba sobre la
mesilla y lentamente abrió la puerta.
Monagan la miró de arriba abajo, expectante y divertida. Jena pensó en lo que podía
estar haciéndole tanta gracia. Se miró esperando no haber salido en ropa interior o
algo peor, pero entonces se dio cuenta. Tenía el arma en su mano fuertemente sujeta.
- ¿Qué pasa?- Preguntó secamente.
- Ehm...- Monagan hizo una pausa para levantar la vista hasta la cristalina mirada de
la agente Julien.- Otro secuestro... pensé que querría saberlo.
- Gracias.
Se quedaron mirándose en el silencio de aquella noche tormentosa. Monagan advirtió que
la actitud de la agente Julien había cambiado. La miraba con recelo, con desconfianza.
¿Sería por lo del Expediente? Quizás le había sentado mal que ella lo leyese...
¡Qué estupidez!
Pues claro que le había sentado mal.
- Oiga.- Dijo rompiendo el silencio tan repentinamente que Jena saltó asustada.- Quería...
uhmm... quería pedirle disculpas por lo del Expediente.- Dijo suavemente.
Julien la miró con escepticismo, pero asintió sin decir nada.
- No era mi intención... yo solo quería saber, bueno, no sé exactamente por qué lo hice,
pero mi intención no era mala...
- No tiene por qué darme ninguna explicación, pero podía haberme preguntado simplemente.
A usted se lo habría contando.- Dijo remarcando sus últimas palabras.
- Supongo que pensé que no lo haría, como también pensé que sería incapaz de robar mi
trabajo.- Susurró quedamente.- Me voy, Scott me está esperando. Vamos a rastrear el
bosque y a hablar con la testigo.
- ¿Hay una testigo?- Preguntó Jena más interesada.
- Sí, una chica joven.- Se detuvo un instante sopesando sus palabras.- Hay algo más.-
Jena arqueó las cejas esperando.- El chico es el hijo del sheriff.
- Eso complica las cosas.
Bosque Brees
Nueva Orleans
01:15 de la noche
- Fue secuestrado entre las 12:00 y las 12:30, la chica dice no recordar con exactitud
la hora.- Explicó el sheriff notablemente nervioso y preocupado.
Tanto, que Jena casi pensó que iba a ponerse a llorar.
- ¿Cómo está la chica?- Preguntó la agente Monagan.
- Solo tiene un fuerte golpe en la cabeza, pero el secuestrador no la ha tocado en
ningún otro sentido.
- ¿La conoce, sheriff?- Preguntó Jena.
- Bueno, creo que salía con mi chico... pero no la conozco personalmente.- Explicó el
sheriff alterado.- Se llama Lisa, solo tiene 15 años.
- Hablaremos con ella.- Intervino Scott con sequedad.- Vamos.- Insistió mirando a
Monagan.
- Voy.- contestó ésta cabizbaja, siguiendo al agente Michell.
Jena la vio irse tras él. Resignada, tomó una pequeña linterna de su bolsillo y comenzó
a rastrear el lugar. Media hora después, los ojos le pesaban, comenzaba a sentirse
mareada y la cabeza casi se le caía sobre los hombros. Recordó que probablemente el
Valium estaba haciendo su efecto. Casi era incapaz de sostener entre sus manos la
pequeña linterna. Suspiró impotente. Monagan se acercaba hasta donde ella estaba. Vio
su mirada preocupada y supo que le estaba diciendo algo, pero no la oía. La tierra
comenzó a moverse en lentos vaivenes bajo sus pies, haciendo que perdiese el equilibrio.
- ¿Se encuentra bien?- Preguntó Monagan agachándose junto a ella.
- No.- Contestó con esfuerzo.- Necesito que... me ayude.
- Claro, apóyese en mí.- Pidió Monagan ayudando a la agente a que se levantara.- La
llevaré al motel.
Nueva Orleans
Motel Dooley
07:32 de la mañana
Jena Julien abrió los ojos lentamente. Le dolía la cabeza tanto que pensó en
arrancársela de cuajo. Era la primera y última vez que mezclaba Valium y alcohol. Se
incorporó lentamente y se asustó al ver la figura de alguien a los pies de la cama. Por
el pelo rubio con tonalidades rojizas, supo en seguida que se trataba de la agente
Monagan. ¿Pero, qué hacia ella allí? Estaba sentada en la silla, con la cabeza apoyada
en la cama. Jena recordó de pronto lo que había pasado. Se había desmayado y Monagan la
había traído hasta el motel. Recordaba muy fugazmente una conversación breve mantenida
en el coche de camino al motel y la sonora carcajada de Monagan, pero ni siquiera sabía
de que habían hablado.
Se levantó y caminó en silencio hasta el baño. Se refrescó la cara y no pudo evitar de
ningún modo una crispada mueca de desprecio ante la imagen que se reflejaba en el espejo.
Su pelo estaba un poco desordenado, su cara estaba más lívida de lo común y tenía los
labios agrietados. Cuando volvió a la habitación, la agente Monagan se había despertado
y estaba recomponiendo su ropa.
- Por la postura, pensé que luego tendría dolor de cuello.- Bromeó Jena.
- Me quedé dormida.- Se excusó Monagan avergonzada.
- No importa, estaba en su derecho, después de todo me acompañó hasta aquí.- Murmuró
Jena, intentando alisar una arruga que cruzaba su camisa.
- La próxima vez tenga más cuidado con las mezclas, agente Julien.- Jena asintió sin
decir nada.- Tengo que irme. No he hablado con el agente Michell desde anoche.
- Estará preocupado.- Opinó Jena.
- Supongo que sí. ¿Se encuentra mejor?
- Sí, gracias.- Monagan sonrió más tranquila, luego se dirigió a la puerta.- Espere,
¿qué dijo la testigo?
- ¿Sabe que esa información es confidencial?- Jena torció el gesto molesta.- Me parece
que estoy siendo demasiado permisiva con usted.- Se excusó Monagan.
- Scott le ha comido el tarro, ¿no? ¿Qué ha sido esta vez? Le ha dicho que estoy
chiflada. Bueno, eso no es nuevo, todo el F.B.I cree que lo estoy.- Murmuró molesta.
- Scott no me dijo nada, de hecho esa es la razón por la cual me tomé la libertad de
investigarle. Y no comparto la idea de que esté loca, pero creo que actúa usted
demasiado impulsivamente.
- Estoy orgullosa de mi instinto, nunca me falla. Apuesto lo que quiera a que encuentro
algún tipo de conexión entre las víctimas de este caso.
- ¿Cree que esto es un juego?- Preguntó Monagan con incredulidad.- Le recuerdo que hay
vidas en juego.
- La vida es un juego, agente Monagan.- Murmuró Jena convencida.
- La chica solo nos contó que estaba con Evan Cayce, la víctima, en el momento del
suceso.- dijo Monagan cambiando repentinamente de tema.- Solo tiene 15 años y sus
padres desconocían su romance con el hijo del sheriff, así que solía escaparse para
quedar con él. Anoche era la primera vez que iban al bosque.
Jena sonrió pícaramente, ante lo cual Monagan puso los ojos en blanco.
- Dice que no vio el rostro del secuestrador, pero creemos que se trata de un hombre.
Scott está realizando su perfil.
Pensativa, Jena se dejó caer sobre la cama.
- ¿En qué está pensando?- Inquirió Monagan, todavía de pie junto a la puerta.
- Bueno... es probable que el secuestrador fuese alguien cercano, no un familiar, pero
sí alguien con quien las víctimas solían hablar.
- ¿En qué se basa para creer eso?
- En que el secuestrador supo la hora y el lugar exacto donde quedarían los chicos.-
Contestó Jena con determinación.
- Es un argumento muy flojo, agente Julien.
- Entonces, ¿cree usted que simplemente el secuestrador pasaba por allí? Y, oh, que
casualidad, se encontró con dos jovencitos. Luego decidió a piedra, papel, tijeras a
cual de ellos se llevaría...
- No quise decir eso, simplemente creo que esa persona espera agazapado entre la maleza
a su víctima, como si de un cazador se tratase.- Dijo Monagan interrumpiendo a la
agente Julien.
- ¿Y eso no es un argumento flojo? Me cuesta pensar que nuestro tipo decida quedarse
agazapado bajo unos matorrales, mientras llueve sin parar, y esperar a que pase alguien
por allí.
- Es una posibilidad.
- No, en realidad no. Nuestro hombre es demasiado inteligente. Es mucho más selectivo.
Elige a sus víctimas mucho tiempo antes del secuestro.- Monagan seguía su explicación
con interés.- La chica no vio su cara porque llevaba el rostro cubierto. ¿Y por qué lo
llevaba cubierto?- La agente Monagan abrió la boca para decir algo, pero Jena la
interrumpió.- Obvio, sus víctimas podrían reconocerle.
Monagan se quedó en silencio. Tenía una mano sobre el pomo, pero se alejó de la puerta
lentamente y se sentó sobre la silla de nuevo. Estaba pensativa.
- ¿Y qué propone?- Jena sonrió abiertamente.
- Tenemos una cita con Alice, quizás ella pueda resolver muchas lagunas y con mucha
suerte puede que incluso averigüemos la identidad del secuestrador.
- Bien.- Dijo Monagan levantándose.- Espéreme, iré con usted si no le importa.
- Claro, pero... hazme un favor.
Monagan arqueó las cejas esperando.
- A partir de ahora tutéame. A fin de cuentas, eres una de las pocas personas que me ha
visto drogada.
Monagan sonrió y luego abandonó la habitación.
Nueva Orleans
Comisaría Local
09:12 de la mañana
Estaba nerviosa, tanto que no dejaba de mover las manos. Se resistía a creer que la voz
de aquel tipo conseguiría adormecerla, sin embargo, asustada y contrariada, vio de
repente que todo a su alrededor desaparecía cubierto tras una espesa bruma. Los ojos le
pesaban y se vio obligada a cerrarlos por completo. Entonces estaba de nuevo allí,
rodeada de aquellos seres extraños.
- Alice, ¿me oyes?- Oyó que le preguntaban. Ella asintió.- ¿Dónde te encuentras ahora?
- Hace calor. Me quema los ojos.- Gimió asustada.
- ¿Hay alguien contigo ahí?
- Ellos me miran.- Dijo protegiéndose con los brazos, como queriendo apartarlos de su
lado.- Sus ojos... son rojos y pueden mirar a través de mí, los siento en mi mente,
rebuscando dentro de ella.- Gimió más fuerte.
La señora Ryardon se levantó asustada, pero Jena la tranquilizó.
- ¿Les conoces?- Preguntó el hipnotizador.
- Nunca antes los había visto, pero son horribles.
- ¿Qué dicen?
- Discuten entre ellos. El más alto me dice que no es el momento, que no hay respuestas
para él.
- ¿Quién es él?
- No lo sé.- respondió apabullada y de repente comenzó a llorar compulsivamente.
- ¿Qué ocurre ahora?
- Una mano me arrastra, me sujeta con fuerza, me hace daño, pero me siento más tranquila
porque me aleja de ellos.
- ¿Quién es? ¿Quién te ha sujetado?- Pregunta el hipnotizador nervioso.
- No le veo, tiene el rostro cubierto y lleva una toga negra que le cubre todo el cuerpo
hasta los tobillos.- dijo más tranquila.
- ¿Qué hace ahora?
- Me pregunta cuál es la respuesta y se lo digo. Está enfadado y tira una jarra con un
líquido amarillento al suelo.- Balbuceó Alice, encogiéndose asustada.
- ¿Ves algo especial en él, alguna cosa que nos ayude a identificarle?
- Un anillo, tiene un anillo de oro, con un símbolo. Creo que es la cabeza de un
carnero.
- ¿Algo más?
- Sus ojos.- Hizo una pequeña pausa para respirar con fuerza.- Son fríos y acuosos,
grises... son grises.
- ¿Reconoces el lugar?
- No, pero hace calor y huele a húmedo. No hay ventanas, está todo muy oscuro. Escucho...
escucho el rugido del viento... y el aullido de un lobo.
- Bien... - El hipnotizador miró a Jena como para pedir su asentimiento. La joven agente
asintió.- Cuando cuente hasta tres despertarás y te sentirás relajada y libre de estos
recuerdos.- Dijo el hombre.- Uno, dos...
Nueva Orleans
Comisaría Local
10:08 de la mañana
- ¿Realmente crees que fue eso lo que ocurrió?- Preguntó Monagan aun sentada sobre la
silla de la habitación en la que había transcurrido la sesión de hipnosis.
- El sospechoso es un hombre, alto y fornido. Tiene los ojos grises y probablemente se
mueva en el entorno de las víctimas. Es posible que se trate de un hombre de mediana
edad.- Murmuró Jena dando cortos paseos por la habitación.- Tiene además un anillo de
oro con una cabeza de carnero... una cabeza de carnero, ¿de qué me suena eso?
- ¿Has escuchado lo que he dicho?- Preguntó Monagan molesta.
- ¿Qué?- alzó el rostro con confusión.
- Olvídalo. Esos datos son insuficientes para realizar un retrato robot y mucho menos
para pedir a las autoridades que busquen a alguien que encaje con esa descripción,
basándonos en una fuente que cuanto menos es... es insustancial.- Replicó Monagan.
La agente Julien se encogió de hombros.
- Es mejor que nada.
- Está bien. Admito que al menos tenemos algo...
- Tenemos más que algo, Monagan, tenemos un móvil y una escena.
- No comprendo.
- Ya sabemos qué quiere el secuestrador, que es lo que gana secuestrando a sus víctimas
y mandándolas al infierno.
- Perdón, ¿he oído bien? ¿Has dicho infierno?- Preguntó Monagan con una media sonrisa
incrédula.
- Infierno, sí. Aunque te pueda parecer ridículo, este hombre utiliza a sus víctimas
como un enlace, como una forma de comunicación.
- ¿Para hablar con quién?
- Con Lucifer.- Sentenció Jena.
Monagan le miró sorprendida, sin poder creer lo que estaba escuchando.
- ¿Recuerdas lo que te dije esta mañana, eso de que no pensaba que estabas loca?- Jena
asintió.- Bien, pues lo retiro. No es solo ridículo sino incoherente, improbable y
cuanto menos... estúpido. Todo el mundo sabe que el infierno es solo una eterna amenaza
irreal, una forma que ha inventado la iglesia para tener a todos sus feligreses
atemorizados.
- Tu problema es que te niegas a mirar más allá de la simple visión.- Dijo la agente
Julien sentándose a su lado. No estaba enfadada, solo se sentía impotente.- Si eres
incapaz de creer en mi teoría, ¿por qué estás aquí?
- Supongo que hay ciertas cosas que encajan...- Contestó Monagan dubitativa. Su voz
temblaba levemente.- Es probable que incluso tu teoría sea en parte cierta y hasta puedo
aceptar parte del testimonio de Alice bajo hipnosis como cierto.
- No me basta solo con eso.- Dijo Jena levantándose, mientras miraba a la agente Monagan
con resignación.- Si no te importa, prefiero seguir la investigación por mi cuenta.
La agente Julien se puso su chaqueta y salió de la habitación sin decir nada más. Atrás
dejaba a una mujer confusa, ofuscada consigo misma y avergonzada porque, en el fondo,
sabía que la agente Jena, de alguna forma, tenía razón.
Nueva Orleans
Biblioteca universitaria
11:44 de la mañana
Las bibliotecas estaban hechas para atraer el silencio, para incitar el estudio y la
concentración. Y aunque Jena intentaba entender lo que estaba leyendo, lo cierto era
que su mente estaba en otro lugar. No dejaba de pensar en la agente Monagan, en su
maldita racionalidad, en lo pronto que habían congeniado y en lo rápido que todo había
acabado. Quizás le exigió demasiado. Monagan no era como el resto con los que había
trabajado... se veía que tenia un interés real en resolver los misterios.
La chica que tenía en frente comenzó a recoger los libros, sacándola de su
ensimismamiento. Pasó las hojas de su libro, una tras otra sin encontrar nada. Quizás
solo era un anillo más, quizás el carnero no tenía por qué representar nada en absoluto.
Sin embargo, su intuición le decía que era una clave.
Alzó la mirada para despejarse. Se frotó los ojos bajo las gafas de lectura y suspiró.
Se disponía a volver a la lectura, cuando la vio, allí parada, en la puerta de la
biblioteca. Llevaba en su mano derecha una carpeta y miraba a su alrededor buscando algo
o a alguien. Su traje verde oscuro hacía resaltar el verde de sus ojos a aquella
distancia y su piel blanca y tersa resplandecía contrastando con sus labios rojos.
Jena tomó aire y parpadeó varias veces.
Desde aquella distancia, la agente Monagan parecía un ángel... Un ángel hermoso y
misterioso. De pronto los ojos de ella se detuvieron en los suyos, la había visto y
ahora se dirigía con paso resuelto hasta donde estaba sentada. Cuando llegó junto a
ella, sonrió tímidamente. Jena fue incapaz de responder a su sonrisa.
- ¿Puedo sentarme?- Preguntó tímidamente.
- Eh... sí, claro.- Contestó Jena.
- Tengo los resultados del análisis toxicológico de la víctima.- Dijo sopesando sus
palabras.- Pensé que querrías verlo.
- Mmm... gracias.- Contestó la agente Jena tomando la carpeta que le ofrecía la agente
Monagan.
- Te dejo seguir con lo que sea que estabas haciendo.- Dijo la joven agente levantándose,
pero Jena la tomó por el brazo, obligándola a que se sentase de nuevo.
- ¿Qué has descubierto?- Preguntó señalando la carpeta con su mirada.
- Indicios de una cantidad excesiva de belladona, como sospechabas. De hecho, se ha
determinado que la causa de la muerte fue sobredosis.- Jena asintió.- Eh... yo... estuve
pensando en... en lo que dijo Alice sobre el lugar donde la mantuvo el secuestrador.-
Jena alzó las cejas sorprendida sin dejar de mirar a Monagan.- Pensé que probablemente
el lugar estuviese cerca del escenario del secuestro. Me puse a investigar y descubrí
algo curioso.
- ¿Qué descubriste?- Preguntó Jena impaciente.
- La existencia de una pequeña casa de campo deshabitada cerca del lugar.
- ¿Qué hace una casa en medio del bosque?
- No lo sé, pero me tomé la libertad de investigar a sus últimos dueños. La casa
perteneció a un tal Jeremia Geiderson y a su mujer Laura. A la muerte del matrimonio la
casa fue donada a la parroquia de Santa María, situada en el barrio francés.
- ¿Has dicho Geiderson?
- Sí.- Contestó Monagan sonriendo con más seguridad.- ¿Recuerdas las palabras que la
última víctima gravó en el suelo?
- Mmm...- Jena sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de su chaqueta y completó
las palabras que había grabado en el cuaderno.- Encajan.
- Sí. Pero... el nombre no encaja.- Dijo Monagan dejando caer sus hombros en un gesto
de derrota. Pero pronto volvió a recuperar su gran sonrisa.- Sin embargo, investigué si
la familia Geiderson tenía algún hijo y...- hizo una pausa dramática.- ... adivina,
tuvieron un hijo, Danny Geiderson, nacido en 1960...
- ¿Entonces, le tenemos?- Interrumpió Jena.
- No me has dejado terminar.-Dijo Monagan muy seria.- Falleció hace dos años.
- Que extraño.- Murmuró Jena pensativa.
- Se me olvidaba, encontré algo más.- siguió diciendo Monagan con una sonrisa traviesa.-
He investigado a varias sectas satánicas que operan por el lugar.- Las cejas de la
agente Julien se dispararon hacia arriba.- Solo hay dos, pero una de ellas me interesó
especialmente por un hecho.
- ¿A qué te refieres?
- Los líderes suelen llevar un símbolo que los diferencia de los demás miembros.
- Déjame adivinar, un anillo con la imagen de un carnero.- Dijo Jena casi molesta por
no haber pensando en ello antes.
- Pero, espera a escuchar lo mejor, la secta se llama...
- Limbo.- Le interrumpió Jena.
- Si, así es.- Dijo Monagan mirando a la agente Julien extrañada.- ¿Ya lo sabías?
- No, pero lo intuí, como también creo intuir quien fue el posible fundador de esa secta.
- Geiderson.- Dijo Monagan, con una sonrisa misteriosa.- No me mires así, yo también
tengo intuición.- Jena la miró dudando de su palabra.- Está bien, también lo investigué.-
Dijo sonriendo al tiempo que levantaba las manos en son de paz.
- Lo imaginé.- Dijo Jena levantándose y cogiendo su chaqueta del respaldo de la silla.
- ¿A dónde vas?- Preguntó Monagan sin atreverse a mirar a la agente Julien directamente.
Solo veía sus manos largas y sedosas.
- A investigar esa pequeña casita abandonada.- Hizo una pausa breve y luego añadió: -
¿Piensas quedarte ahí sentada todo el día o vas a brindarme con tu amable compañía?
Monagan solo sonrió mirando a la otra mujer a los ojos, mientras se levantaba y seguía
sus pasos.
Nueva Orleans
Propiedades de la Parroquia Santa María
Bosque Brees
12:59 de la mañana
Se trataba de un lugar tranquilo, escondido estratégicamente en la espesura del bosque
y ahora completamente descuidado. Unas cuantas yerbas altas rodeaban toda la casa,
exceptuando la entrada. Las paredes estaban enmohecidas y las maderas de la valla
resistían medio podridas, condenadas por la acción de los agentes ambientales. El aire
permanecía enturbiado por una humedad rancia junto a un excéntrico hedor cítrico a
orina, contrastando asombrosamente con el fresco aroma de flores silvestres.
La agente Jena tomó su arma y se encaminó despacio y en silencio hasta la entrada. Tras
ella iba la agente Monagan, con el arma igualmente desenfundada.
- ¿Crees que pueda estar aquí?- Susurró la agente Monagan.
- Estoy segura.
- Este no es el procedimiento habitual.- Murmuró Monagan.- Deberíamos avisar a Scott y
pedir refuerzos.
- Ya es tarde.- respondió Jena con tranquilidad.- ¿Tienes miedo?- Preguntó con una
sonrisa burlona, dándose la vuelta para mirarla.
- No.
- Bien.
Jena miró al interior. La puerta tenía dos ventanas, pero la textura de las cortinas
era demasiado gruesa para poder ver nada a través de ellas. Tomó el pomo y lo movió. La
puerta cedió sin ningún problema.
- Esto no me gusta.- Siseó Monagan.
Sin embargo, después de un rato revisando el lugar, constataron que no había nadie allí,
ni siquiera indicios de que alguna persona hubiese pisado la casa recientemente.
- La casa está tal como la debieron dejar su antiguos dueños.- Recapacitó Monagan
mirando las fotografías familiares que había sobre la chimenea y a lo largo de los
oscuros pasillos.
- ¿Por qué un hombre que es el líder de una secta satánica, donarían su casa a una
parroquia?- Preguntó Jena mirando también algunas fotografías.
- No lo sé, quizás quisiera redimirse en el último momento.
Jena la miró con incredulidad.
- Bueno... o quizás solo quería aparentar algo que no era.
- O quizás tenía algún vínculo con la parroquia.
Jena levantó un marco con una fotografía del matrimonio junto con un joven muchacho,
extremadamente parecido al señor Geiderson, vestido con sotana y alzacuellos.
- No puedo creerlo. ¿Danny Geiderson era cura? -se asombró Monagan.
- Probablemente aun lo sea.
Monagan la miró sin comprender.
- Está muerto, ¿recuerdas?
- Es probable que se cambiara el nombre y simulara su propia muerte.
- ¿Con qué sentido?
- Para huir de algo o de alguien. Probablemente de su propio padre. Vamos a comprobarlo...
De pronto un quejido leve y lejano interrumpió a la agente Julien. Su corazón empezó a
martillear con fuerza y alzó su arma con desconfianza. Monagan la imitó. La puerta de
la entrada se cerró empujada por una corriente de aire súbita.
- ¿Qué está ocurriendo?- Preguntó Monagan.
- No lo sé.
Volvió a oírse el quejido, esta vez más cercano y más fuerte. La casa retumbó como
consecuencia de un golpe.
- Vino de ahí abajo.- Dijo Jena señalando el suelo con su arma.
- Debe haber alguna trampilla.- Murmuró Monagan, levantando la alfombra y descubriendo
que efectivamente tenía razón.- Yo abro.- Se aventuró temblorosa, sin embargo, con
pavor tras sus pupilas acuosas probablemente de pánico.
- Déjalo, lo haré yo.- Dijo Jena apartándola a un lado.
La agente Monagan se sintió indignada. No necesitaba que nadie la protegiera.
- Puedo hacerlo, ¿vale?- Dijo susurrando con rabia.
- Está bien... pero yo entraré primero. No quiero que te ocurra nada por mi culpa.- La
confesión de la agente Julien tomó a Monagan sin defensas y una sonrisa amable se escapó
de sus labios.
- Está bien.- Contestó Monagan. Luego con manos temblorosas levantó la trampilla. El
olor a orina y a sangre se hizo con desagradable intensidad más latente.
- Creo que hemos encontrado el lugar.- Dijo Jena asqueada por el olor. Sonrió a pesar
de ello para tranquilizar a Monagan antes de comenzar a bajar por unas escaleras de
madera que llegaban hasta el suelo.- Ahora es cuando debes llamar a los refuerzos.-
Murmuró antes de perderse en la negrura.
Monagan sacó su teléfono y marcó automáticamente el número de su compañero.
- Scott.- Se oyó al otro lado de la línea.
- Scott, soy Monagan. Necesito que vengas a la altura del km 14, por la carretera del
Bosque Brees. Encontrareis un camino sin asfaltar que lleva hasta las propiedades de la
parroquia Santa María. Trae refuerzos.
- ¿Qué has encontrado?- Preguntó Scott con recelo.
- El lugar donde el secuestrador trae a sus víctimas, pero no sabemos si él está aquí.
Hemos oído quejidos.
- ¿Hemos?
- La agente Julien y yo.
- ¿La agente Julien? Por favor... ¿crees lo que dice? ¡Son una sarta de locuras!
- No es momento para sacar a relucir trapos sucios, Scott. Ven rápido.- Colgó sin más
al oír la voz de la agente Julien.
- ¡¡¡Necesito ayuda, agente Monagan, he encontrado al hijo del sheriff!!!
1 hora más tarde
¿Y qué más le daba lo que Scott opinase? ¿Qué le importaba las miradas incrédulas y
burlonas que le dedicaban los demás agentes de policía? Al mirarla junto al chico,
sonriéndole con la más dulce de sus miradas, Monagan supo que Jena Julien era una mujer
especial, que escondía un misterio íntimo, dulce y amargo al mismo tiempo. Un misterio
que resueltamente se propuso averiguar algún día.
Scott hablaba con el sheriff y otros agentes, dándoles ordenes que Monagan no se paró a
escuchar cuando pasó por su lado. Los sanitarios habían insistido en curarle un pequeño
corte que la joven agente se había hecho al bajar al sótano. Jena estaba bien o por lo
menos aparentaba estarlo. Sus ojos se volvieron repentinamente hacia Monagan y su
mirada cristalina le atravesó cuando ésta se paró a su lado.
- ¿Qué tal esa herida?- Dijo levantándose y cogiendo su pequeña mano suavemente entre
las suyas.
La ternura que expresó con su mirada le dejó sin aliento y con disimulo la agente
Monagan se deshizo del contacto.
- No es nada.- Dijo Monajan con nerviosismo.
- Deduzco que ya sabes quien es nuestro hombre.
- No, no lo sé, dímelo tu.
- Está claro, Monagan, es el hijo de los Geiderson.
- Jena.- Se sorprendió a sí misma por llamarla con su nombre de pila.- No quiero
recordarte que el hijo de los Geiderson está muerto.
Como única respuesta Jena sonrió de lado, misteriosamente y le pidió a Monagan que la
siguiese. Tomó la foto que mostraba al joven Danny con sus padres y se dirigió hacia el
sheriff.
- Sheriff, disculpe un momento.- Dijo interrumpiendo a Scott, el cual se mostró muy
molesto.- ¿Conoce a este hombre?- El sheriff cogió la foto y abriendo los ojos con
sorpresa asintió.
- Es el padre Thomas.- Levantó la vista nublada por la rabia.- Es nuestro confesor en
la parroquia Santa María. ¿Es él, verdad?
- Eso creo.- Contestó Jena.
- Maldito hijo de puta. Voy a matarle si se cruza en mi camino.- Dijo con rabia
apretando los puños.
- Tranquilícese sheriff.- Dijo Scott.- Todavía no sabemos cual es su implicación en los
secuestros.
- Vamos Scott, está más que claro.- Intervino Jena.- ¿Qué más necesitas para creer en
mí?
- Tendría que ocurrir un milagro para que acabara creyendo que este hombre secuestra a
sus víctimas para establecer un enlace con Lucifer.- Se oyeron risas alrededor de ambos.
- Perdóname Scott, sé que es terrible que yo haya resuelto el caso y tu solo puedas
recurrir a antiguas rencillas olvidadas.- Contestó Jena saliendo de la casa y dejando a
Scott Michell con la boca abierta.
- Quiero que arresten a este hombre.- Dijo Monagan dirigiéndose a los policías.
- ¿Bajo qué acusaciones?- Preguntó Scott dedicándole una mirada de rabia.
- Bajo la acusación de asesinato y secuestro, ¿tienes suficiente o quieres seguir
pensando que la agente Julien se equivoca?- Scott no contestó, pero se dio la vuelta y
desapareció de la escena.
Nueva Orleans
Motel Dooley
16:34 de la tarde
Su maleta hacía media hora que estaba lista. No había traído más que un par de trajes y
algunos enseres. Estaba enfadada y se sentía impotente, pero, ¡qué demonios! Si Scott
quería dejar a ese tipo en libertad por su estúpida obsesión personal, él sería el único
responsable. Esta vez no iba a sentirse culpable. Pegó una patada a la pata de la cama
y gruñó por el dolor. Unos golpes interrumpieron sus pensamientos. Alguien llamaba a la
puerta suave y cadenciosamente. Era ella, se había aprendido su forma de llamar sin
apenas dificultad.
Cuando abrió, Monagan le dedicó una amable sonrisa. Jena se la devolvió y luego la
invitó a pasar. Esto de hacerse visitas la una a la otra se estaba convirtiendo en una
costumbre.
- ¿Te vas ya?- Preguntó Monagan mirando la maleta que estaba en la esquina de la
habitación.
- Sí, no tengo más nada que hacer aquí.- Dijo Jena con reproche.
- Tenías razón, era él. Lo confesó hace un par de horas.
- ¿Lo confesó?- Preguntó Jena con sorpresa.- ¿Le habéis cogido?
- Sí, yo di la orden de arresto y Scott no se atrevió a contradecirme. Puede ser un poco
cabezón, pero cuando lleva las de perder siempre da el brazo a torcer.
- No necesito que me cuentes como es, yo trabajé con él cuatro años.- replicó Jena con
sequedad, pero luego se dio cuenta de lo cortante que había sonado y se disculpó.
- No importa.- Murmuró Monagan con la cabeza agachada.- Confesó haber secuestrado a las
cuatro víctimas y lloró cuando se enteró de la muerte de Taylor. Dijo que no pretendía
que él muriese.
- No ha mentido. Creo que no pudo dejar a un lado su parte salvaje. El misticismo que
rodeaba los rituales que su padre realizaba con sus amigos, cuando él tan solo era un
niño, lo acompañaron siempre, sin llegar a entender el poder que había tras aquellos
rituales. Lo atraían salvajemente, pero al mismo tiempo sentía terribles remordimientos
por lo que estaba haciendo.
- Parece que lo hubieras conocido.- Dijo Monagan sorprendida.
- Supongo que estudié muchos casos parecidos.- Contestó la agente Julien encogiéndose
de hombros.
- Dijo que el fantasma de su padre le atormentaba y que quería saber cuando sería el
momento.
- ¿El momento de qué?- Preguntó Jena sentándose en la cama y mirando a Monagan pensativa.
- Ni siquiera él lo sabe. Es un hombre trastornado por lo que pudo ver en su infancia.
Probablemente fue testigo de atrocidades que no deberían llevar nombre. Eso vuelve loco
a cualquiera.- Explicó Monagan sentándose junto a ella.
- Es posible... sin embargo no descarto que lo que dice sea cierto.
A pesar de que esperaba que Monagan la mirase con incredulidad, ésta solo le acarició
suavemente la espalda y sonrió dulcemente.
- ¿Piensas que estoy loca?
- Pienso... pienso que tienes un conocimiento que nadie más posee y que ese conocimiento
tiene que ver con tu capacidad innata para resolver estos casos.
Jena alzó las cejas siguiendo con interés las palabras de Monagan.
- Supongo que hay cosas que no podemos explicar y tu forma de ver ciertos hechos es una
de ellas.
- Me siento como un extraterrestre.- Bromeó Jena.- Pero gracias, viniendo de ti, creo
que es todo un halago.
- Según Jung todos poseemos un inconsciente colectivo, herencia de nuestros más remotos
antepasados. El conocimiento de ritos y actitudes olvidadas, pero latentes en nuestra
memoria más profunda.- Monagan se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta.-
Quizás tu has comenzado a recordar.- Suspiró sabiendo que era el momento de la
despedida.- Ha sido un placer trabajar contigo.
La agente Julien no contestó. Su mente estaba ausente, pensando aun en las palabras que
Monagan acababa de decirle. Cuando salió de su distracción, ella ya se había marchado y
sintió que había descubierto lo que realmente era la soledad.
Washington, D.C.
Edificio Edgar Hoover.
Oficina del Director Adjunto Albert Strong.
Tres días más tarde
Era extraño que el Director Adjunto Albert Strong hubiese requerido su presencia. No
era su jefe, pero Monagan supuso que probablemente le pediría ayuda en algún caso o la
colaboración con alguna de las secciones bajo su mando. ¿Y si había sido la agente
Julien? Descartó esa idea cuando recordó que después del caso, se habían cruzado varias
veces en los pasillos, y Jena ni siquiera se había molestado en mirarla. Fue tan
desconcertante que se propuso no sentir que su indiferencia de alguna forma le dolía.
La secretaria de Albert Strong le dijo que ya podía pasar. Ella se levantó tímidamente
y le sonrió amablemente a la joven secretaria. Llamó a la puerta y una voz aguda le
dijo que pasara.
Se quedó parada en el umbral de la puerta, estática, sin poder dar crédito de lo que
veía. Jena Julien estaba allí, sentada frente a la mesa del Director Adjunto Strong y
la miraba con una sonrisa misteriosa.
- Pase, agente Monagan, y siéntese.- Pidió Strong amablemente.
Monagan tomó asiento junto a Jena sin intercambiar ninguna palabra con ella.
- Ella es la agente Jena Julien, se encarga de la sección de Crímenes con motivación
religiosa. Creo que ya se conocen.- Dijo Strong.
- Sí.- Contestó Monagan sin dudar.
- Verá, la agente Julien ha solicitado un compañero de sección y ha pensando
concretamente en usted, ya que tiene muy buenos conocimientos de medicina y física.-
Monagan no pudo evitar mirar de reojo a Jena, pero esta estaba mirando seriamente a
Strong.- No es necesario que conteste ahora... tiene todo el tiempo que necesite para
recapacitar sobre ello.
- Gracias, señor, pero estoy muy satisfecha con mi trabajo en la sección de secuestros.
Ahora fue Jena quien la miró directamente sorprendida.
- ¿Eso es una negativa?.- Preguntó Strong.
Monagan abrió la boca, pero guardó silencio.
- Señor, es posible que haya malinterpretado las cosas, pensé que a la agente Monagan
le interesaba está sección, pero creo que lo único que he conseguido es ponerla en un
compromiso. Le pido disculpas si ha sido así.- Dijo Jena con expresión de decepción,
mirando a Monagan.
- Bueno, viendo que esta reunión ha resultado ser una perdida de tiempo.- Dijo Strong
mirando con reproche a la agente Julien.- Creo agente Monagan, que puede marcharse y
siento haberle molestado.
Monagan se levantó estrechando la mano que Strong le ofrecía y luego se dio la vuelta
para marcharse, pero solo había llegado a dar dos pasos cuando repentinamente se volvió
a sentar. Strong y Julien la miraron sorprendidos.
- Mi... mi trabajo en la sección de Secuestros ha sido muy satisfactoria señor, pero
debo reconocer que mientras colaboraba con la agente Julien me he sentido... atraída
por la sección de Crímenes con motivación religiosa.- Strong se volvió a sentar, a la
par que Julien.
- ¿Eso quiere decir que acepta trabajar en ella?- Inquirió Strong impaciente.
- Sí, señor.- Fue la escueta respuesta de Monagan.
- ¿Está segura?
- Totalmente.
Jena la miró de nuevo sorprendida. Había aceptado ya su negación.
- Bien, en ese caso podrá incorporarse a ella mañana mismo. Ahora si me disculpan, tengo
que atender otras reuniones.- Dijo Strong, volviendo su mirada a los papeles que había
sobre su mesa.
Jena y Monagan salieron juntas del despacho. Monagan iba cabizbaja, pensando en lo
repentina que había sido su decisión y en lo pronto que había abandonado su prometedor
futuro en secuestros por el misterio que representaba Jena Julien.
- Míralo por el lado bueno.- Oyó que decía Jena a su espalda.- Podrás llevarme la
contraria siempre que quieras.
- ¿Por qué lo has hecho?- Preguntó Monagan, encarándola.
- Porque te necesito.- Respondió la agente Julien, rozando por un momento con su mano
la mano de la agente Monagan.- Porque necesito tu visión de los hechos, porque sin
ellos no sé distinguir entre realidad y ficción.
Monagan bajó la cabeza con timidez. Sentía unas ganas inmensas de abrazar a Julien.
Inspiró con un pesar dulce al levantar la mirada y encontrarse resplandecida en ese
azul prístino, esa mirada anhelante y perdida que Julien le dedicaba justo allí,
plantada delante de ella, envuelta en una aura que no correspondía a la mujer fuerte y
de creencias firmes que esperaba. No, ahora no le devolvía la mirada a esa misteriosa
mujer de hierro tan segura de sí misma. Ahora le parecía estar contemplando,
irremediablemente enternecida, a una niña pequeña, una Julien pequeña y desesperada, en
plena y ardua búsqueda de la comprensión del mundo de los adultos. Un mundo, ese mundo,
donde no acababa ni en ocasiones la dejaban acabar de encajar del todo.
- Te veré mañana.- Dijo finalmente sonriendo y dirigiéndose hacia el ascensor.
- Eh...- Jena se acercó lentamente a ella.- Esto es para ti.- Puso en sus manos una
cadena de plata con una pequeña cruz.
Monagan la miró sorprendida.
- No puedo aceptarla.- Dijo titubeante.
- No puedes rechazar la fe que pongo en ti.- Dijo Jena con expresión anhelante.
Monagan bajó el rostro muy seria y apretó la cruz en su mano.
- No lo haré.
FIN DEL PRIMER CAPÍTULO