El lápiz se arrastraba por la blanca superficie dejando marcas de sentimientos
encontrados; las abstractas formas se esparcían por todo el cuaderno, al lado de frases
de poesía inconclusas:
El suave anhelo de tu voz, se arrastra por mi piel, quemando las ilusiones y
volviéndolas realidad...
- Señorita De Olivery, recoja sus cosas y vaya a la dirección - la voz de su profesora
la lanzó hasta la realidad.
- Pero ¿por qué? No estoy haciendo nada.
- Precisamente por eso... no está haciendo nada - algunas risas se escucharon.
La chica agarró su bolso con su cuaderno y se levantó del pupitre, miró a la profesora
antes de salir y se encaminó hasta la dirección. Sus ojos azules recorrían la parte del
cielo que se podía ver desde el pasillo y su pelo castaño claro se movía al son de su
caminar; subió las escaleras (vía contraria a la de la dirección) pasó frente a varios
salones hasta detenerse en el que se encontraba al final del pasillo, e interrumpió la
clase.
- Buenos días, ¿Jennifer Jacsonville está en este salón? - un chico cercano a la puerta
reprimió una carcajada.
- Si soy yo - respondió alguien al final del aula.
- La solicitan en la dirección - la pelinegra que había respondido anteriormente, miró
a su profesor y emergió del salón, cerrando la puerta detrás de ella. Sonriéndole a Val,
la arrastró hasta el baño más cercano.
- Otra vez, ¿eh?
- Si pero no quiero calarme ningún sermón de los curas.
- ¿Y qué hacías? - aprovechó para lavarse las manos.
- Nada.
- Ah en química ¿verdad? - Jennifer la miraba con un reproche divertido.
- Si - Val sonrió igualmente - ¿de qué clase te saqué?
- Historia del Arte.
- Aburrido - se burló Val - los humanistas apestan - se acercó al rostro de su compañera.
- Los científicos son nerds - Val fingió haberse ofendido y retrocedió notablemente,
miró a lo lejos y con la barbilla exageradamente alzada dijo: - pues te esperaré afuera
del colegio - se dirigió a la salida, pero fue detenida por Jennifer.
- Sería bueno que no te escaparas así de clases - habló con tono serio.
- Solo falta una hora - miró su reloj - menos de una hora - corrigió.
- Bueno me esperas en la esquina de abajo, te invito a comer.
- Esta bien - besó la mejilla de la pelinegra y la abrazó - te quiero.
- Yo más - y correspondió el abrazo de su novia.
Valérian De Olivery y Jennifer Jacsonville se habían conocido hace un par de años cuando
la segunda entraba como nueva en el colegio; después de miradas inseguras, caricias
inocentes y abrazos de amistad, cada una afrontó su propia sexualidad, y después de
largas conversaciones mientras se fortalecía la amistad, empezaron los coqueteos, y las
miradas atrevidas hasta que una tarde de marzo, decidieron ser más que amigas.
Val bajó corriendo las esclaras (pues le robó un beso a Jennifer justo en las puertas
del baño), pasó debajo de los ventanales de la coordinación y la dirección, subió las
escaleras hasta primaria y salió por el portón principal.
Media hora después, Jennifer llegaba al lugar de encuentro, tomando aire para reprender
a Val, pero ésta se adelantó y le robó otro beso. Jennifer maldijo por lo bajo.
- ¡Val! Sabes que no me gusta - empezaron a caminar.
- ¿Qué, mis besos? - y le hizo puchero.
Jennifer tuvo que reírse - no el ser tan ¿pública?
- Lo se, pero es que simplemente no puedo reprimir mis antojos - le guiñó.
- ¿Y si un profesor nos hubiera visto? - Val se detuvo a pensarlo.
- ¡Lo secuestramos! - Asintió como si fuera la más maravillosa de las ideas - lo dejamos
en calzoncillos, lo amarramos con algo blanco (cuerda quizás), le ponemos una manzana
en la boca y le hacemos ver las películas de Barney que tiene tu hermanita - la
pelinegra levantó las cejas.
Había veces como estas, Jennifer tenía que detenerse y pensar por qué adoraba tanto a la
chica que planeaba el secuestro de un profesor-bocón imaginario; pero no lo pensaba,
solo tenía que verla a los ojos y sentir como el alma se le removía dentro del cuerpo.
El resto del camino se la pasaron discutiendo cómo secuestrar a 'ése profesor que las
hubiera visto' Val insistía en la tortura, y Jennifer prefería no secuestrarlo y ya. Al
llegar al Mcdonal's decidieron cambiar de tema, comentando cosas sueltas respecto al
colegio.
- Hay algo que te quería comentar - Jennifer miró a Val, esperando a que continuase -
¿sabes Tomás?
- Aja.
- Me escribió una carta - Jennifer se concentró en su comida.
- ¿Y?
- Lo mismo de siempre - Val se retrepó en su silla. Tomás era su ex novio, lo había
dejado para estar con Jennifer; éste no la había olvidado y aún seguía intentando volver.
A Jennifer le pareció sumamente interesante el pitillo de su refresco y jugó con él
esquivando la mirada de Val.
- ¿Sabes qué me recuerda esto? - preguntó Jennifer después de unos segundos de silencio.
- ¿Qué?
- a tu mamá - Val miró al cielo - no lo puedo olvidar es que digas lo que digas yo lo
sentí - sonrió amargamente - a veces me pregunto si ella tiene razón y tu estarás mejor
con él que con cualquier 'otro'.
- Jennifer...
- No no tengo ganas de discutir.
Val y Jennifer intercambiaron una mirada, y la pelinegra bajó la suya para terminar de
comer; tras unos minutos de silencio Val retiró su comida aún sin acabar, cruzó los
brazos frente a su pecho y miró fijamente a Jennifer, ésta evadió el contacto visual
deliberadamente:
- ¿Por qué tienes que ser tan infantil?
Jennifer observó en los azules ojos, llenos de reproche agarró su morral, se puso en
pie, y antes de marcharse:
- Hay algo en el estar enamorada que te hace revivir tus más infantiles miedos.
Val tenía ocho meses con Jennifer y era normal que discutieran pero Val presintió (igual
que la gente presiente accidentes) que ésta no era una discusión como cualquier otra:
no le había provocado ir detrás de su pareja, y no estaba ansiando el día siguiente.
Últimamente todo se había vuelto un reclamo permanente, la inseguridad de Jennifer
(pese a que Val estuviera totalmente enamorada de ella) era enfermiza, la pelinegra
interpretaba los silencios de su compañera como claros ejemplos de la disminución de
cariño, Val no creía poder soportarlo.
Al anochecer llegó a su casa, el cansancio de toda la semana empezaba a pagar su
factura "y apenas es miércoles". Gimió mientras arrastraba su pesado bolso hasta su casa.
El último año de la secundaria era un infierno: aún no terminaban los trabajos
escolares cuando ya el propedéutico la atosigaba con más deberesla labor social el CNU
las pruebas internas La tesis "¡Dios! La tesis" se apresuró a llegar a la puerta de su
casa, pero ni tan siquiera le dio tiempo de buscar sus llaves: la puerta se abrió de
golpe con su madre en el umbral, sostenía un papel apretujado en su mano derecha y
miraba a su única hija como si ésta acabara de manchar el apellido de su prestigiosa (y
pomposa) familia.
- ¿Qué papel juega Jennifer Jacsonville en tu vida? - Val sintió como se petrificaba
bajo las palabras de su madre.
- Tu la conoces, ella...
- ¡Claro que la conozco! - Tiró a su hija hacia el interior de la casa - la he tenido
bajo mi techo, la he tratado como a una hija.
- ¿Qué pasa?
- ¡Esto es lo que pasa! - le entregó a su hija el papel y Val lo desarrugó, era una
pequeña nota con la letra de Jennifer. Lo leyó apresuradamente: se trataba del miedo
que la pelinegra tenía de perder a Val, de lo mucho que la necesitaba, y de las
increíbles ganas de estar con ella para siempre. Val levantó la vista - ¡Te dije que la
quería fuera de tu vida Valérian!
- ¡Es mí vida mamá!
- ¡Yo te la di! No puedo creer que me hayas desobedecido, esa niña sólo te traerá
dolores de cabeza y no quiero ni pensar en lo que ocurriría si se enteraran en el club
sobre tu tu ¡tu enfermedad! Eres una enferma.
- Pues te guste o no - Val respondió serenamente - es lo que soy.
Val subió hasta el cuarto piso de la casa, que era donde estaba su alcoba. Era bastante
grande y llamativa: frente a la puerta habían puras ventanas que iban desde el piso
hasta el techo, mostrado una hermosa panorámica; las paredes estaban pintadas de negro
y de ellas colgaban pinturas y afiches; en la pared más próxima a la puerta, se erguía
un fantástico castillo dibujado en la pared. Los cansados ojos azules se abrían camino
por la mediana oscuridad en la habitación y se posaron en la lejana ciudad. La familia
de Val tenía una amplia casa en lo alto de una colina, adornada con preciosas
percepciones nocturnas y diurnas.
La visión del oscuro cielo se veía empañado, y nos damos cuenta de que Val derrama
silenciosas lágrimas.
Hacía ya bastante desde que su familia conocía su inclinación: su padre la apoyaba, a
sus hermanos les daba igual pero su madre se había negado plenamente a aceptarla. Se
pasaba el tiempo intentando persuadir a su hija de que saliera con jóvenes apuestos y
cuando la familia se reunía para cenar, disfrutaba criticando los programas homosexuales
y discriminando a la comunidad.
Val se desprendió de su ropa y se introdujo en el baño, dejando que sus lágrimas se
confundieran con el agua. No era la discriminación lo que la hería tanto, si no el
considerable vacío que su madre había dejado, era como estar sólo con su padre.
Al día siguiente no le dirigió la palabra a su madre, era más cómodo de esta forma;
apenas desayunó, pues el inminente recuerdo de tener que hablar con Jennifer le revolvía
el estómago. Seguro la pelinegra se sentiría culpable y la ojiazul tendría que luchar
con su inseguridad, repotenciada.
- Te llevo.
- Gracias papá. Aún seguía preguntándome cómo llegaría al colegio, aunque ¿sabes? Si me
dieras el carro no tendrías estas molestias - su padre se levantó de la mesa con una
risa suave.
- Cuando cumplas los dieciocho, pequeña.
Val sólo sonrió. Tenía tiempo pidiéndole a su padre un carro, eso le daría mucha
libertad. Tal vez su padre temía que Val se escapara de casa, cansada de su madre, o
quizá sólo era el hecho de que Val aún no fuera mayor de edad, pero él seguía negándose
rotundamente.
- ¿Qué pasó ayer con tu madre?
- Se encontró con una carta de Jennifer - habló sobre su hombro mientras atravesaban el
pasillo para salir.
- ¿Por qué te escribió la carta? - su padre abría el carro.
- Discutimos ayer - Val se sentó, mirando a lo lejos. El dolor descrito en sus
facciones.
- Inseguridad, ¿no? - Padre e hija se vieron fijamente en una mirada de comprensión y
agradecimiento mutuo. Padre e hija se fundieron en un abrazo de consuelo - ella te
adora, solo hay que tener paciencia has estado con ella siempre.
- Siendo ésa la palabra clave no creo estar segura sobre qué hacer - su padre la miró
un segundo antes de separarse y encender el carro.
- Pronto lo sabrás.
Val amaba a su padre, era el único amigo que tenía (aparte de Jennifer), siempre con una
respuesta, con una palabra con un abrazo a tiempo. Se quedó sonriendo, ensimismada en
pensamientos respecto su padre, viéndolo tararear las canciones populares entre los
jóvenes, sonriendo.
Normalmente Val iba hasta su colegio vía Metro, pero cuando iba con su padre llegaba con
bastante tiempo extra, y ese día, sabía bien en qué lo emplearía. Val se escondió en su
salón, pensando y no pensando realmente. Intentaba imaginar qué sentiría al separarse de
Jennifer, intentaba averiguar qué le diría hoy cuando la viera, intentaba averiguar el
por qué de la increíble necesidad que sentía por verla, pese a estar molesta.
- No pienses tanto - y ahí estaba ella, en el umbral de la puerta, con expresión de no
haber dormido en toda la noche, con expresión de tener ganas de llorar en ese mismo
instantecon expresión de estar perdidamente enamorada de Val.
- Hola tenemos que hablar - Val se había decidido.
- Yo también lo creo - se internó en el salón y se sentó un poco alejada de Val.
- He estado pensando mucho más aún desde que recibí tu carta anoche. Mi mamá la encontró -
oscuras cejas se alzaron en respuesta. Hubo unos segundos de silencio - tu inseguridad
nos esta matando. A mí, a ti, a nosotras. Ya no sé qué hacer para que confíes en mí, no
sé cómo hacerte entender que me muero por ti, ya no sé nada Jennifer no sé qué hacer.
- Haz lo que desees - fue un susurro.
- Quiero estar bien contigo - Val se estaba empezando a desesperar, la mirada inerte de
su compañera la irritaba - quiero que las peleas terminen, quiero que dejes de ser tan
insegura.
Jennifer abrió la boca para responder, pero el sonido del timbre ahogó sus palabras
cerró los ojos mientras se ponía en pie, finalmente miró en los ojos azules: - yo
también quiero lo mismo Val - la gente empezaba a invadir los pasillos próximos a los
salones - yo te amo.
Y la gente irrumpió en el aula, hablando animadamente sobre cosas que Val no podía
escuchar, tenía la vista fija en el punto donde apenas hace unos segundos, habían estado
los ojos de Jennifer. "Me ama".
El cerebro de Val jamás se enteró de lo que dieron ese día, pues su mente no prestó
atención a nada que no fueran sus confusos pensamientos. Tenía ganas de hablar con su
padre, pero sabía que no lo vería hasta la cena; deseó tener a alguien de confianza para
hablar, pero detestaba a la mayoría en ese colegio. Jennifer la amaba, y se lo había
dicho, ¿o sólo fue un intento desesperado de retener a Val? No, no puede ser, había en
su mirada tanta sinceridad, que no podría ser falso. La amaba Jennifer Jacsonville la
amaba "me ama" y en ese momento una vocecilla habló dentro de su cabeza "¿la amas tu a
ella?"
- ¿Estas bien? - Val pegó un brinco; miró a su alrededor: no habría nadie en el salón,
miró al chico frente a ella y lo reconoció como el chico que vio ayer en el salón de
Jennifer. "Jennifer".
- Si, si gracias.
- Mi nombre es Augusto, estoy con Jennifer en laboratorio de Artes, - se sentó en el
pupitre frente a Val - ella ha estado hecha un desastre el día de hoy, supuse que algo
pasaba entre ustedes, y me preguntaba si estarías bien.
- ¿Qué hora es? - Se sentía incómoda al hablar con alguien del colegio sobre su relación
amorosa, más con alguien que no conocía.
- Acaba de empezar el primer recreo - la miró a la expectativa. Val lo examinó: era un
chico común, con un pequeño aire de locura juvenil y con una mirada ligeramente
preocupada - ahm, ¿quieres hablar de algo?
- ¿Por qué te preocupas por mi? - él se encogió de hombros.
- ¿Y por qué no?
- No me conoces.
- Eso no importa. El hecho es que le he tomado cariño a Jennifer, es un ser bastante
bonito (Val sintió una punzada de celos) y me preocupo por ella, o sea, también por ti.
- Sólo discutimos.
- No es lo que parece. En fin, - se puso en pie - no vine a inmiscuirme en tu vida, sólo
pensaba que podrías necesitar hablar además, Jennifer tiene unos ojos hermosos como para
estar tan llenos de lágrimas (otra punzada más fuerte) - así se fue.
Val cerró los ojos. Podía sentir todos sus sentimientos batiéndose en duelo, adentro,
en su interior. Se recostó de la pared, y por un momento pensó (en realidad lo deseó)
que la pelinegra estaba cerca de ella, inclinándose para besarla: pero Jacsonville
estaba a cientos de metros de distancia, al otro lado del colegio, apurando su limonada.
La alta figura de Val corría por los pasillos, por los patios del colegio, alrededor de
las canchas, en el gimnasio y en el comedor fue donde la encontró, hablando
distantemente con una chica desconocida.
- ¿Podemos hablar? - Jennifer la miró, aún herida.
- Si ¿podemos hablar después? - se dirigió a la catira, la cual miró con reproche a Val
(¿¡Cuantas punzadas de celos podía sentir en tan poco tiempo!?)
- Tomás es irrelevante, no me importa en lo absoluto.
- ¿Y qué te importa a ti? - Jennifer preguntó de forma cortante.
- Tú, tu y yo, nosotras - las manos se entrelazaron - quiero estar contigo Jennifer,
hacerte sonreír, verte a los ojos y escucharte, sentirte a mi lado, no soporto estar
peleada contigo.
- Yo tampoco. Y me alegra que me hayas venido a buscar - confesó Jennifer - mi orgullo
se estaba doblegando demasiado.
Algún tercero se acercó:
- Es bueno verlas cerca - era Augusto. Ambas sonrieron - me preguntaba qué tan fuerte
era tu orgullo, Val.
- Hay cosas más importantes.
El cumpleaños de Val sería esa noche; La ojiazul deseaba sólo una pequeña reunión
(minúscula, a decir verdad), pero no, su madre se había empeñado en hacer una fiesta
por todo lo alto: algo con glamour y soltura, potente y caluroso, pomposo y moderno. Y
como su madre había dicho (para irritación de Val) - Después de todo, no siempre se
cumplen 18 años.
- Quiero que vengas - Val intentaba con pucheros.
- Pero tu mamá...
- ¡Es mí cumpleaños! Bebé te necesito ahí por favor - puchero - es demasiado importante
- puchero. Jennifer tuvo que sonreír. "Lograría cualquier cosa con esos pucheros" -
¿si?
- Aja - Val saltó hasta el regazo de su novia, besándola y dando pequeños gritillos de
victoria - no puedo creer que me convencieras de esto.
- Oh ¡vamos! Sabes que igualmente querías ir. Además, es tarde - miró su reloj - sip,
deberíamos ir al 'salón'.
- Son las dos de la tarde - Las piernas de Jennifer se liberaron del peso de Val - la
fiesta ésa es en la noche - Val tiró de su mano para incorporarla.
- Ya pero eso siempre está muy concurrido - le lanzó una mirada de fingida irritación:
- mujeres.
- Claro - y ambas salieron hasta la sala de Los Jacsonville, rumbo a la calle, donde se
dirigirían a la Avenida Principal, donde cogerían un taxi, el cual las dirigiría al
salón que frecuentaba Val. La ojiazul sabía que su madre seguramente desaprobaría la
aparición de la heredera a la fortuna Jacsonville, pero ¿y qué? Era su cumpleaños y
"Después de todo, no siempre se cumplen 18 años".
Jennifer logró sobrevivir a la experiencia en el salón de belleza, y la perspectiva del
evento de esa noche le estaba poniendo los nervios de punta. No se sentía cómoda yendo,
pero Val quería que ella fuera, así que estaba paseando de un lado a otro en su
habitación desarrollando monólogos sobre qué hacer si se armaba alguna especie de
'teatrito' con la madre de Val. Miró al cielo ante ese pensamiento. El sonido de su
propio nombre la sacudió hasta la realidad:
- Jennifer, llegarás tarde - su madre había ido hasta su habitación - tu padre te
llevará.
- Voy.
- Te ves preciosa hija - la mujer de pelo castaño le sonreía con cierto aire nostálgico -
estas creciendo.
- Gracias - sonrió tímidamente.
El trayecto hasta la residencia de la familia 'De Olivery' fue silencioso y sólo
incrementó los nervios de la pelinegra. Se había arreglado meticulosamente, su cabello
estaba reformado en un elegante moño, su vestido era simple pero elegante: le daba
cierto toque imperial. Inconcientemente esperaba impresionar a la madre de Val. "Como
si fuera así de simple" las cosas deberían ser más simples. Al llegar intercambió unas
palabras con su padre, y al emerger totalmente del auto alisó su vestido más como maña
nerviosa que por otra cosa.
Al divisar a Val se sintió más tranquila.
- Medio esperaba que no vinieras - dijo la ojiazul mientras reclutaba a Jennifer para
caminar por los jardines.
- ¿Por qué? - Val se escogió de hombros - no iba a dejar de venir por tu mamá.
- Mi mamá puede dar mucho miedo - hizo una mueca de recordar cosas desagradables.
- Te ves hermosa - y era cierto. Val se detuvo y miró alrededor, arrastrando a su novia
detrás de unos arbustos.
- Tu también te ves hermosa - sonrió y entrelazó sus manos con las de Jennifer, tomando
aliento. Jennifer observó sus manos entrelazadas y sintió una especie de sobrecogimiento:
las cosas venían tan simples que ni tan siquiera las notabas, y en el intervalo de una
mirada, te encontrabas rodeada del sentimiento sorprendida de su eternidad. - Hay algo
que debo decirte.
Jennifer frunció el ceño - ¿qué? - preguntó fríamente, incluso más de lo que pretendía.
Pero antes de que se pudiera responder esa pregunta una masculina figura había irrumpido
en su ambiente, ojos azules se sorprendieron ante el reconocimiento. Y aquellos ojos
negros se perdieron.
Jennifer se encontró atravesando la ciudad unos pocos minutos después. Perdida entre
las sombras de la noche y desorientada en todos los sentidos. Su madre la ayudó a
acostarse, después de llamar al médico de cabecera y asegurarse de que su hija se
repondría.
- Tal vez sólo sea cuestión de tiempo.
- ¿Tal vez? - el Doctor Méndez exhaló un suspiro.
- Si tal vez. Lo siento Señora Jacsonville, pero no hay nada más que yo pueda hacer.
- ¿Cariño? - Esther de Olivery intentaba persuadir a su hija. "No puede seguir ahí
encerrada" - ¡No puedes seguir ahí encerrada!
- ¡Val! - su padre también estaba empezando a desesperarse - por favor... no puedes huir
de tus problemas.
- ¡Si no abres esta puerta ahora mismo te juro que haré que la derrumben!
- No seas tan dura con ella - Alfredo De Olivery daba pequeños golpes sobre la madera -
esa no es la manera.
- ¡Lleva cuatro días ahí encerrada! - dijo señalando la puerta firmemente cerrada - ¡No
me pidas que no sea dura! - se volvió hacia la puerta - ¿Qué demonios estás intentando
Val?
- Valérian por favor.
- Me cansé - dijo más para sí misma que para su esposo. Giró sobre sus talones y
desapareció al final del pasillo.
- Val por favor, escúchame, podemos hablar, hija déjame ayudarte - "Es tan desesperante
escuchar tus sollozos sin poder hacer nada, por Dios" - ¿Val?
- Abre esa puerta inmediatamente, no importa si tienes que derrumbarla - detrás de la
madre de Val venía un hombre uniformado de verde, armado con un destornillador. Bastaron
unos minutos para que la puerta cediera, los padres de Val se precipitaron dentro: las
ventanas iluminaban toda la habitación dándole cierto aire desolado, la susodicha yacía
en la cama con la mirada perdida en aquel pedacito de cielo que se veía.
- ¿Ferrer?
- Presente.
- ¿González?
- Presente.
- ¿Hurtado?
- Presente.
- ¿Infantes?
- Presente.
- ¿Jacsonville? - silencio. El profesor de Filosofía levantó la vista, observando el
asiento vacío. Negó suavemente con la cabeza, y siguió pasando la lista.
- Para su deleite - la profesora de química recorrió a sus estudiantes con la mirada,
regocijándose ante las malas notas. Le divertía - les he traído sus trabajos,
corregidos - sonrió con cierto aire sarcástico. - Amanda entrégalos. Es así muchachos,
la teoría de la utilización de la química en la Segunda Guerra Mundial que deberían
haber explicado en sus trabajos, ha sido totalmente humillada. - se sentó detrás de su
escritorio mientras se formaba un pequeño tumulto de estudiantes preguntando las notas
de sus compañeros. Un solitario trabajo cayó delante de ella: Valérian De Olivery había
faltado nuevamente. - ¿Alguien sabe por qué la Señorita De Olivery ha faltado tanto
tiempo?
- Es lo mejor para ella.
- No lo se - la madre de Val tomó una mano de su esposo entre las suyas.
- Yo la amo, y ella no esta bien, tenemos que ayudarla - Alfredo De Olivery intentó
hablar, pero su esposa lo interrumpió - sé que la idea es bueno, da miedo, lo se cariño,
pero es lo mejor para ella.
- Entonces que así sea - el hombre se inclinó y besó la frente de su esposa. Podía ser
dura y fría en apariencia, pero realmente amaba a Val. Ambos, a decir verdad.
- ¡Jennifer! - Augusto atravesó el patio frente a la tarima para ir al encuentro con la
pelinegra. - Dios, me estaba preocupando demasiado - la envolvió en un abrazo. Al
instante llegó una chica catira que miraba a Jennifer con intrigada.
- ¿Estas bien? - preguntó la catira. Jennifer asintió desde los brazos de Augusto. Y
luego la abrazó a ella.
- ¿Valérian? - preguntó sabiamente el chico. Ojos negros lo miraron denotando dolor.
- Ella no ha venido tampoco - se adelantó Estefanía, poniéndose detrás de la oreja
algunos mechones de su catira cabellera.
- Ella sólo es un recuerdo - simplemente.
Jennifer Jacsonville culminó su último año de ciclo diversificado sin mayores sobresaltos.
Valérian no volvió al colegio y nadie supo qué le había pasado. El orgullo venció a los
deseos de buscar a la ojiazul y combatió las noches de soledad. Y en eso se convirtió
la mirada enamorada de Val, en un recuerdo olvidado por el dolor de Jennifer.
Nada más.