Esta historia ha sido traducida por problem brujita, miembro de Xenafanfics. Cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en Internet.
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Revisado por Mendhi

Titulo Original: Falling


Disclaimer: Los personajes de la Dra. Janice Covington y Melinda Pappas pertenecen exclusivamente a MCA/Universal y Renaissance Pictures. Cualquier otro personaje pertenece al autor. No se pretende infringir ningún copyright al escribir esta historia.
Advertencia de subtexto: ¡Oh cielos, tenemos subtexto aquí, y es el texto principal! Aunque está en un estilo particular que no es explícitamente gráfico. Por consiguiente, esta historia implica una relación amorosa entre dos mujeres adultas con su consentimiento. Si eres menor de 18 años, y este tipo de lectura es ilegal en el país/ciudad donde vives o si este tipo de lectura te ofende, corre fuera de la habitación y gritando ahora, no vuelvas nunca.
Notas del autor: Bien, debido a la demanda popular, he continuado con la saga de Molinos & Dicha de nuestros dos queridos personajes, Janice y Mel. No tenía idea de que a este género le iría tan bien (¡no pensé ningún juego de palabras!). Por consiguiente, esta historia está escrita en el estilo de un M&D "que desgarra las vestiduras". Puesto que este estilo debe ahora ser considerado como una serie, ayudaría mucho que leyeras la primer historia Subiendo, antes de la presente, que retoma eventos directamente relacionados con esa otra historia. ¡Discúlpenme por presentarla un poco tarde, pero también tengo que hacer esa cosa llamada arqueología real!
Palabras de advertencia: Como la historia es de estilo M&D, encontrarás cantidades abundantes de adjetivos, símiles y metáforas. Oh sí, y hay unos explícitamente coloridos también aquí.
Reconocimientos: Me gustaría dar un gracias grande a todas las personas que se tomaron el tiempo para leer los primeros escritos al estilo "que desgarra las vestiduras" y vuelven a mí con sus pensamientos. Esta historia es para todos ustedes y sobre todo a Wendy. ¡Feliz Cumpleaños Wendy, aunque retrasado!
Comentarios: Por favor envía los comentarios a archaeobard@hotmail.com


CAYENDO

Por Archaeobard

Charles Trendall estaba furioso, con ese tipo de enojo ardiente que empieza en el hueco del estómago y recorre su camino biliosamente hacia la garganta, en un violento torrente de potente rabia. Paseaba de un lado a otro en el estudio de Melinda con pasos feroces, su cabello negro normalmente inmaculado, colgaba desordenado sobre sus claros rasgos cincelados.

-¡¿Cómo se atreve esa mujer?! -Puso una poderosa mano sobre su mandíbula cuadrada, áspera por el crecimiento de barba de una noche, y agitó su cabeza. Todavía llevaba su esmoquin de la fiesta de la noche anterior, aunque ahora su chaqueta colgaba abierta en un estado claramente arrugado por haber dormido incómodamente sobre una silla-. ¡¿Cómo se atreve?! -Siguió repitiendo las malditas palabras para él mismo, llevando la cólera a un estado casi frenético. Él era Charles Trendall, hijo de Richard Trendall, y miembro de una de las familias más prósperas en el sur. Su musculoso pecho exhaló con emoción cuando evocó la escena de la noche anterior-. ¿Cómo pudo hacerlo?

Había esperado sinceramente que las historias que su hermana, Sofie, le había divulgado, fueran falsos, pero después de dar testimonio de los hechos por sí mismo, no pudo negarlo por más tiempo. ¡Melinda Pappas había bailado con esa, esa... mujer! Luego había desaparecido de la faz de la tierra como si inexplicablemente hubiera sido succionada por las mandíbulas de un agujero negro. ¡Melinda Pappas era suya! ¡Él se casaría con ella y así fortalecería el poder financiero de los Trendall; y ninguna pequeña perra rubia iba a detenerlo! Juntos, los Pappas y los Trendall, serían económicamente invencibles. ¡Cómo se atreve a arriesgarse así Melinda! ¡Y el escándalo! Era inconcebible, se estropearían su nombre y reputación, quedaría completa e inflexiblemente arruinado.

Su cabeza chasqueó cuando oyó un juego de llaves que arrojaban descuidadamente sobre la mesa del café. No había oído que ella entrara, y ahora él estaba mirando fijamente la surrealista figura de Melinda Pappas, ligeramente despeinada y aún despampanante. Echó hacia atrás su cabello largo y oscuro rápidamente, descubriendo su cara y sus ojos, que parecían cansados, aunque estaban brillando fríamente con una intensidad oculta.

-¿Dónde has estado? -Charles le riñó mientras permitía a su mirada casi oscura vagar sobre la mujer.

-¿Qué estás haciendo aquí, Chuck? -Melinda le regresó la mordida, ignorando la pregunta.

-Esperándote, ahora dime -dio unos pasos por el cuarto-, ¿dónde has estado?

Melinda ahogó un resoplido con el dorso de su mano.

-Fuera, donde no es de tu incumbencia. No tengo que defenderme de ti en mi propia casa. Ahora podrías irte por favor -no fue una pregunta.

Los ojos de Chuck se estrecharon peligrosamente.

-¿Qué has hecho que necesitas defender? -preguntó él, mientras permitía que parte del enojo que sentía resbalara accidentalmente en su voz-. Estuviste con esa mujer, Covington, ¿o no?, es decir, si puedes llamarla una mujer -dijo secamente.

Mel se rió, echando su cabeza hacia atrás con exasperación.

-Oh Chuck, realmente no tienes ni idea, ¿o la tienes? Un consejo, deja de escuchar a esa zorra que llamas hermana y entonces quizá puedas entender.

-¡Cómo te atreves! -Chuck humeó, intentando destacar por encima de Melinda, pero la verdad, ambos eran de la misma estatura, y su postura normalmente imponente tenía poco efecto en Melinda Pappas.

-Te advierto, Chuck, no intentes amenazarme. Sabes quién yo soy y sabes de lo que soy capaz. Si quieres conservar la seguridad financiera de tu familia, harías bien en mantenerte fuera de esto -el comentario era mordaz y sincero, la familia Pappas era más que capaz de comprar a los Trendall, probablemente tres veces más.

Chuck rechinó sus dientes pero no cedió. En cambio, cruzó a zancadas el estrecho espacio que los separaba y agarró a Melinda por los hombros, presionándola hacia él. Y antes de que ella pudiera protestar, Chuck apretó de golpe sus labios rudamente con los de ella, moliendo con fuerza intencionada. Mel intentó levantar sus brazos para empujarlo lejos, pero él era demasiado fuerte, demasiado poderoso. Finalmente Chuck la retiró hacia atrás enérgicamente, sosteniendo a Mel en el extremo de sus brazos, con los dedos clavándose dolorosamente en sus bíceps. Mel lo miró fijamente con una mirada furiosa y deliberada, toda la cólera y la ofensa de lo que él acababa de hacer era evidente en sus ojos.

Chuck sonrió perversamente y asintió con la cabeza.

-Tú... ¡tú eres mía, y no lo olvides! -le soltó antes de empujar a Mel, y avanzó a zancadas hacia la puerta.

Mel se quedó de pie en silencio, como consecuencia de la tormenta que era Charles Trendall. No se movió cuando escuchó el golpe de la puerta principal detrás de él. Estuvo de pie, mirando fijamente a los estantes de cedro que se encontraban en las paredes.

*****

Janice Covington se sentó en el escritorio de su oficina, en el pequeño museo de Charlestown. Había aceptado el trabajo de conservadora para poder estar cerca de Melinda. Una proximidad que nunca había soñado que se convertiría en otra cosa que un imposible capricho. Todavía, mientras descansaba en su silla con una de sus botas sujeta contra el escritorio, y resoplando satisfecha su cigarrillo, no podía si no recordar los eventos de la tarde anterior. Su cuerpo aún le dolía por el precioso reconocimiento de Melinda Pappas. Sopló el humo hasta el otro lado de su escritorio antes de respirar profundamente para calmar su pulso acelerado. No podría ayudarla, Melinda tuvo un efecto en ella como ninguna otra mujer que alguna vez hubiera conocido. Incluso el solo pensar en la mujer era suficiente para enviar a la arqueóloga dentro de un frustrado pánico.

Lo que las dos habían compartido era tan intenso en su constitución que todos los otros pensamientos no eran nada comparados con el infierno ardiente de pasión que había pasado entre ellas. Aún ahora, mientras estaba sentada, el recuerdo de los acontecimientos de la tarde anterior era lo suficientemente potente para excitarla. Janice gimió y echó su cabeza hacia atrás, mirando fijamente al techo, enfocando sus ojos en la escarapelada pintura y los diminutos crujidos, esparcidos como telas de la araña en la superficie. No eran nada bueno, las emociones y sensaciones permanecieron, más insistentes ahora que Janice estuvo intentando sacarlos de su mente. Así que cedió, mientras se perdía en el recuerdo del deseo. Cerró sus ojos y se permitió flotar en medio de los recuerdos de las caricias, besos, palabras y olores. Tan feroces eran los recuerdos, como si pudiera sentir casi la presencia de la sureña al lado de ella, contra ella, dentro de ella.

-¿Pensando en mí? -la voz sofocante se filtró despacio en la conciencia de Janice. Sus ojos se abrieron rápidamente, su cabeza se levantó y casi se cayó de la silla.

-¡Jesús! -exclamó ahogadamente, su mirada se encontró con los profundos ojos azules, brillando del otro lado de su escritorio.

-Tomaré eso como un sí -Melinda sonrió con lascivia cuando se inclinó lánguidamente por el escritorio y recuperó la mitad del cigarrillo que Janice fumaba, agitando los dedos-. Aunque, no debes fumar si piensas en mí, podría ser peligroso.

Janice se sacudió cuando Mel pasó los dedos con la similitud de una pluma desenfrenada sobre el dorso de su mano. Se lamió los labios nerviosamente y tomó aire estremeciéndose cuando Melinda se inclinó más cerca, cerrando los ojos para tomar una respiración profunda de ella misma.

-Me gusta el olor de éstos en ti -dijo despacio antes de retirarse aplastando el pequeño cigarro, para después hundirse lentamente en la silla reservada para las visitas en el dominio de Janice.

-Jesús -Janice masculló de nuevo, sintiendo cómo un escalofrío la atravesaba por el gesto de Mel y su declaración. Era tan simple, tan expresiva, que Janice se vio en creciente dificultad para formar una frase coherente.

-¿En qué estabas pensando? -Mel preguntó, mientras cruzaba sus piernas, permitiendo que la grieta de su falda se abriera hasta la mitad de su muslo. Janice dejó caer los ojos y su mirada se plantó firmemente en la carne expuesta por la sureña.

Con un esfuerzo consciente, Janice obligó a las palabras a formarse en su cabeza y articularlas.

-Estaba recordando -fue todo lo que pudo manejar con voz jadeante que desmentía la verdadera naturaleza de sus pensamientos.

-Así que era yo.

-Jesucristo, Melinda, ¿tienes alguna idea de lo mucho que te deseo ahora mismo? -Janice entonó, cada parte de su ser clamando por la mujer sentada como un torturador a cuatro pies de distancia frente a ella.

-Creo que tengo una idea -ahí no hubo ninguna equivocación de la libidinosa insinuación en la voz de la sureña.

Janice se estremeció de nuevo antes de empujarse a sí misma bruscamente para ponerse de pie. Fue todo lo que pudo hacer para mantener un andar firme mientras daba la vuelta a su escritorio hacia la sureña, sus ojos se cerraron con llave hacia el azul confuso de Melinda. Ésta sostuvo los ojos de la arqueóloga hasta que estuvo de pie junto a ella. Y despacio, con suma gracia, serpenteó una mano para capturar una de las de Janice. Sujetó el apéndice más pequeño por un momento antes de arrastrarlo a sus labios, frotando esos cálidos labios provocativamente sobre los nudillos. Janice cerró los ojos, dejando a la sensación llevarla con facilidad a la gloria. Mel le sonrío y Janice hundió gradualmente sus rodillas al lado de la mujer, su mano todavía envuelta en la de Mel.

-Gracias -Janice murmuró cuando colocó su cabeza ligeramente contra una de las rodillas de Mel.

-¿Por qué? -inquirió Mel, recuperando la mano para recorrer delicadamente con sus largos dedos el cabello de la rubia arqueóloga.

-Por cuidarme, Melinda.

Mel sonrió y dejo salir un suave resoplido.

-Yo siempre te cuidaría, Janice, a menos que no me lo permitieras.

Janice sonrió en respuesta a la verdad de las palabras, ella siempre había puesto barreras, pero ninguna en la vida tan fuerte como la que había usado contra Melinda Pappas. Giró su cabeza y ligeramente besó la rodilla de Mel, sus labios saborearon fervorosamente la carne bajo ellos. A pesar de su gran esfuerzo por luchar contra las sensaciones crecientes como cascada a través de su cuerpo, no podía sentir otra cosa que dolor por la mujer que estaba sentada ante ella. Era imposible negar las emociones que ambas sentían, incluso aquí, incluso ahora. Con un supremo esfuerzo, Janice levantó la cabeza.

-Voy a asegurar la puerta -anunció, mirando directamente dentro del impactante azul de los ojos de Melinda.

Mel frunció el entrecejo y meneó ligeramente su cabeza.

-Déjala abierta -dijo con voz baja y provocativamente peligrosa.

-Pero alguien podría...

-Lo sé. -Una mueca malvada se extendió lujuriosamente por los rasgos de la cara de la sureña cuando se levantó de su silla, acarreando con ella a Janice.

-Melinda, no creo que debamos... -pero las palabras de Janice fueron fatalmente ahogadas por unos labios suaves y cálidos contra los suyos. Entonces todo de nuevo fue felicidad, osada e increíblemente divina. Janice estaba flotando en un mar de deseo donde toda razón no tenía sentido. Mel estaba sondeando suavemente con su lengua y Janice se rindió ávidamente con una sensación de maravilla que esta mujer podía infligir como una tortura gloriosa en ella. Las manos de Mel estaban en la pequeña espalda de Janice, jalando a la arqueóloga hacia ella. Movió sus caderas contra la mujer más pequeña y sintió claramente, más que escuchó, a Janice gemir dentro de su boca.

-Bien, bien, ¿qué tenemos aquí, una pervertida congregación? -la fría voz de Charles Trendall hizo eco repentinamente a través del silencioso cuarto.

El mundo de Janice se oscureció en una masa hirviendo de odio que se congelaba con ira. Tiró de Melinda bruscamente y se giró para enfrentar al hombre que descansaba casualmente contra el marco de la puerta.

-Salga -dijo Janice llana y fríamente, y con la mayor vehemencia que podía resistir.

-Oh no, necesitamos hablar Covington, y es conveniente que su prostituta también esté aquí.

Mel se mantuvo de pie inmóvil, sin atreverse a mover el rasgado corazón del hombre que sentía latir débilmente en sus manos calientes. Janice se encontró con la mirada de Mel y suprimió su deseo desesperado de estrellar la cabeza de Charles Trendall contra la esquina de su escritorio.

-Diga lo que tenga que decir y salga.

-Oh, tengo bastante que decir. ¿No puede dejar de meterse en problemas, o sí? La conozco Covington, sé la manera en que piensa. Es una enferma, degenerada y depravada. Deje a Melinda en paz, ella no necesita a una ramera inmoral que la corrompa. -Charles escupió, cruzando por el cuarto para confrontar a las mujeres.

-Estoy bien aquí Chuck, y me temo que estás muy equivocado, ella no es alguien que esté corrompiéndome o como quieras llamarlo. -Replicó Melinda amargamente.

La mandíbula de Chuck se endureció en una severa línea como complemento a su mirada oscura. Una mofa de rabia rizó su labio cuando habló.

-Confié en ti Melinda. Pensé algo mejor para ti que esto. -Levantó un brazo acusador en dirección de Janice.

-No Charles, lo que pensaste es lo que eras tú mismo, y como Janice me dijo una vez, lo que piensas y lo que sabes son a menudo dos cosas muy diferentes. -Mel resopló y agitó su cabeza tristemente-. Ve a construir tus imperios en alguna otra parte, yo no estoy de humor para ser colonizada.

Chuck se sintió enfriar, un agudo frío congelante que dividía su corazón de su cabeza. Apretó su mano en un puño endurecido a su lado. Su oscuridad casi nubló sus ojos de gris, y se agitó, fuerte y con certeza. A pesar de la velocidad de su acción, Janice había captado el amenazante cambio en su postura y diligentemente se puso entre Charles y Mel, justo cuando el puño de Charles estaba aterrizando. Janice recibió el impacto lleno del puño contra el lado derecho de su mandíbula con un sordo y horrible sonido. Fue enviada a tierra en un montón inconsciente, laxo y aparentemente sin vida.

-¡Oh Dios mío! -Mel aulló, hundiéndose inmediatamente de rodillas al lado de la mujer herida. El destello de sus lívidos ojos azules se alzó hacia Chuck-. ¿Qué has hecho? - continuó, su adamantina voz bajó de intensidad considerando las circunstancias.

Momentáneamente desprevenido por el incidente, Charles sólo pudo mirar fijamente con temor.

-¡Bastardo! Cómo pudiste siquiera pensar en golpearla a ella o a mí. No hemos hecho nada malo -el tono de voz de Mel era desesperado. La fastidiosa y cálida emoción la alcanzaba ahora, estaba al borde de las humillantes lágrimas.

Charles recobró la calma ligeramente y cuadró su mandíbula, sobresaliendo adelante en un esfuerzo por salvar su control. Incluso pudo poner una sonrisa pusilánime, torciendo sus labios de lado de forma grosera.

-Aún no he terminado contigo Melinda, ni he empezado -pronunció con lentitud, permitiendo a los carbones de sus ojos vagar perezosamente por encima de la mujer herida debajo de él.

-¡Sal! -exclamó Mel, dejando toda la extensión de su ira filtrase en su voz.

-Oh, me iré, pero no pienses que se han salido con la suya todavía -Chuck repitió su advertencia, apuntando con dedo de fuego, acusando en la dirección de Melinda antes de darse la vuelta sobre sus talones y andar con paso majestuoso por el cuarto amenazadoramente, con el aire fluctuando sobre él como la electricidad del azul pálido.

Mel devolvió su atención rápidamente a la figura caída de Janice y la sostuvo tan suavemente como pudo contra el escritorio. Cuidadosamente colocó encima a la mujer e inspeccionó su mandíbula, tocó suavemente el cardenal que se estaba formando con las suaves puntas de sus dedos. Janice gimió al toque y sus ojos abrieron temblando al mirar fijamente, pero sin enfoque, a Mel.

-Hola extraña -Mel susurró suavemente, apartando el cabello enredado de la cara de la arqueóloga repentinamente pálida.

-¿Dónde he estado? -Janice gimió, abruptamente consciente del dolor palpitante en su mandíbula. Frunció el entrecejo ligeramente e intentó agitar su cabeza para aclararla de la niebla que rodeaba sus pensamientos.

-Me temo que fuera de la cuenta, Janice -Mel le sonrió entonces, aliviada de que Janice hubiera gateado voluntariamente de regreso a la conciencia.

-¿Él me golpeó? No lo creo, ninguno me golpeó así antes.

-Bien, créelo Janice, estás en el piso... conmigo. -Las últimas palabras las pronunció en tono bajo, con voz bromista, y que, a pesar de la lesión que había sufrido, impresionaron a Janice repentinamente por una sensación de lujuria incomparable. La sonrisa de Mel creció amplia como su mente, abierta a las posibilidades de su situación.

-Debo de estar demente -Janice masculló cuando cerró los ojos con la sureña y vio el significado de lo dicho.

-No demente, simplemente loca, Janice -Mel permitió a las palabras caerse de sus labios como la miel cuando se inclinó encima de la arqueóloga, pareciéndose a algún felino orgulloso. Giró su cabeza a un lado y dejó caer su mirada a los labios de Janice.

-Recibiste ese golpe por mí Janice -Mel canturreó seductoramente, su respiración rozaba el lado de la cara de la arqueóloga con silencioso abandono-, lo menos que puedo hacer es decir gracias.

Con eso, eliminó la distancia final que las separaba para raptar los labios ligeramente partidos de Janice. Apretándose a la mujer debajo de ella, Mel serpenteó una mano hacia abajo a su medio torso y sintió a la arqueóloga estremecerse mientras su mano pasaba sobre los músculos tensos encorsetados en sus ropas. Ella apretó hacia adelante ávidamente con su lengua, explorando la boca de Janice con deleite. Finalmente se separó, ambas mujeres divinamente sonrojadas y un poco faltas de aliento.

-De nada -Janice respiró después de un momento-, pero no pienses que lo haré de nuevo -miró profundamente en el azul índigo de los ojos de Mel y se encontró inexplicablemente perdida. Supo que lo que había dicho era una mentira, haría lo que fuera por la mujer ante ella, incluso su propia vida no tenía sentido en comparación con el enigma de emoción que compartieron.

-Espero que no tengas que hacerlo de nuevo Janice -dijo Mel, empujándose fuera de la mujer para sentarse a su lado en el suelo. Extendió la mano para recoger la mano cálida de Janice en la suya.

Janice sonrió al gesto e hizo una pequeña mueca cuando un dolor agudo le atravesó lacerando su mandíbula. Aunque agitó su cabeza ligeramente por las palabras de Mel.

-¿Pero no es tan fácil como eso? -dijo, con una tristeza arrastrándose furtivamente en su voz-. Te has olvidado de anoche, él está demasiado cercano -continuó.

Mel dejó escapar una larga respiración y asió la mano de Janice más firmemente.

-No, no me he olvidado -susurró.

Cómo podría olvidarse, era el acontecimiento social para recaudación de fondos anual de la Expedición de Amphipolis. Como fuera, el dinero de los Trendall jugaba un papel importante en el fondo de cada equipo de excavación enviado a Amphipolis... encabezados por Janice.

-No necesitamos su dinero, Janice, yo pondré su parte de la donación -afirmó Mel severamente, empezando a sentir el inicio de una profunda y silenciosa aversión.

-Sé que puedes, pero no lo ves, ése no es el problema, es político. Si los Trendalls se van, ¿cómo obtendrá eso el museo, por el equipo? Tenemos algunas personas bastante influyentes que llegarán esta noche, si perdemos a los Trendall podría estar en riesgo su participación -Janice continuó, frunciendo el entrecejo ante las posibles implicaciones.

-Entonces pagaré su cuenta también.

Janice agitó su cabeza de nuevo y se volvió para arrodillándose al lado de la sureña. Extendió la mano acunando el costado del rostro de la mujer con afecto, con los ojos suavizados por la oferta.

-Sabes que no puedes hacer eso, la publicidad nos aislaría completamente, la expedición no puede permitirse el lujo de eso -dijo suavemente.

-Siempre la expedición, Janice -Mel se detuvo por un momento, debatiendo sus próximas palabras y esperando que no fueran demasiado cortantes-, pero ¿qué hay de nosotras?

Los ojos de Janice alzaron la mirada y permitió a su mano caer con un miedo descendente.

-Sabes lo que siento Melinda, Dios, debes saber que si no hubiera nada más... Pero ésta es mi profesión. Tú no tienes necesidad, puedes cuidarte a ti misma, pero yo... -resopló suavemente-. Es todo lo que alguna vez he sabido, yo... yo no sé hacer nada más, y no quiero, esto es lo que soy. Por favor, no alejes esto de mí por causa del dinero, porque no es el dinero, es la gente, necesitamos a las gente, incluso a Charles Trendall -Janice sonó desesperada y lo sabía, y era todavía imposible detener el miedo creciendo en su voz, era la verdad, si uno de la fundación se apartaba, los otros querrían saber por qué, entonces la situación entera se expondría.

-Puedo cuidarte. -Mel dejó caer sus ojos y miró fijamente su regazo, casi sintiendo abatida de que Janice pudiera unirse con el enemigo por propósitos de publicidad.

-No, no, tengo que jugar el juego, y yo no puedo pedirte que me cubras, no soy así.

Mel levantó la mirada entonces, con algo conmovedor detrás de sus ojos que no podía explicar, era un tipo de entendimiento, pero había algo más, algo más profundo y extraordinario.

-No eres así, ¿o sí? Siempre luchando, siempre investigando, y eso es en lo que nosotras somos diferentes, Janice. Yo hago esto porque quiero, tú lo haces porque debes hacerlo, y no permitirás que nada interfiera en tu camino... ni siquiera yo, o mi amor -Mel sonó derrotada.

Janice tuvo el buen talante de apartar la mirada, sus ojos se precipitaron con preocupación alrededor de su oficina, posándose en las filas y filas de libros y textos, los viejos manuscritos y el mayor premio de todos, un escondite pequeño de los Pergaminos de Xena. Sus ojos centellearon cuando se encontró con los rollos de pergamino, amarillos ahora con la edad.

-No, incluso eso -masculló después de un rato, se levantó rápidamente y caminó detrás de su escritorio para no tener que mirar a Melinda a los ojos. No podía creer lo que había dicho. Después de toda la temeraria tortura que había supuesto en ella, después de la noche anterior y los últimos reconocimientos de su amor... Janice frunció los labios y el ceño, presintiendo que algo crecía dentro de ella. De algún modo se sintió como si estuviera al borde de perder, perder algo que no sabía, pero que estaba empezado.

Todavía en el suelo, Mel asintió con aceptación.

-Entonces tendré que jugar también -dijo ausentemente antes de levantarse sobre sus largas y elegantes piernas. Alisó su falda hacía debajo de sus muslos y tomó aire profundamente. Se giró airosamente para mirar a Janice de arriba a abajo con una fatigada sonrisa.

-Te veré por la noche entonces, Janice -fue todo lo que dijo antes de salir del cuarto.

Janice suspiró y se dejó caer en su silla, descansando la cabeza en sus manos con preocupación. ¿Qué había hecho? ¿Por qué no pudo sólo mantener la boca cerrada? Agitó la cabeza entre sus manos y miró ausentemente el cuero rojo oscuro que cubría la superficie de su escritorio, absorbiendo las pequeñas cicatrices por el largo tiempo de uso. Eso es lo que su corazón debe parecer, pensó, golpeado y cicatrizado.

-Sí cariño, te veré en la noche -murmuró para sí, preguntándose lo que la próxima fase de su batalla traería consigo, aunque nadie pudiera anticiparse a lo que ocurría.

*****

El vestíbulo de recepción del museo sólo podría describirse como congestionado. La recaudación de fondos había estado en pleno apogeo durante algunas horas antes de la hora en que Chuck Trendall llegó, tarde, y borracho. Hizo su camino inestablemente a través de una multitud de personas. Su apariencia era impecable, sólo estropeada por una pequeña mancha de vino tinto debajo de su corbata de moño ligeramente torcida. La mayoría de los invitados eran de familias adineradas o arqueólogos respetados de América. Chuck los ignoró a todos cuanto hizo una decisiva línea en B directamente para hacia Pappas. Ella estaba de pie con un grupo pequeño de personas, discutiendo los proyectos de traducción asociados con la recuperación de los Pergaminos de Xena. Tenía a los miembros del grupo completamente envueltos alrededor de su dedo meñique, si no por sus palabras, ciertamente por su belleza luminosa.

-¿Y dónde está la pequeña perra? -Chuck masculló al pasar junto a Mel.

Mel se volvió para enfrentar a su adversario fríamente, su cara era una máscara pálida. La única cosa que ocultaba su odio era la penetrante mirada helada de sus fríos ojos azules. De algún modo, sus gafas parecían magnificar esa luz intensa en un destello casi ardiente. Chuck se detuvo antes de que pudiera dar un paso atrás, fuera de la acusación, con su mirada furiosa de buitre.

-Si te refieres a la Dra. Covington, la encontrarás por allí -Mel dijo fríamente, apuntando vagamente en la dirección de la barra-. Aunque te advierto, no está de humor para hablar contigo.

Chuck resopló severamente, captando la mirada de algunos de los miembros del grupo. Les sonrió con desprecio hasta que cada uno dejó caer sus ojos. Dejó salir una respiración larga, enviando un olor a alcohol en medio de los invitados, y tras meter sus manos inestables en los bolsillos, puso su mejor sonrisa.

-Bien, necesito un trago de todas formas -dijo perversamente, desafiando a que Mel hiciera algo al respecto.

Mel se lamió los labios, con una incertidumbre que revoloteó a través de sus ojos.

-Aunque Charles, creo que no has conocido a Sir Henry Isaacs, otro de nuestros compañeros del fondo -indicó a un compañero notablemente alto cuyos bigotes estaban pasados de moda. Charles lo enfocó con un rápido movimiento de ojos.

-¿Así que, también está siendo lamido por las degeneradas? -preguntó con voz no tan explícita.

Sir Henry parpadeó y miró a Melinda, cuya cara había asumido una rabia abrupta. Él frunció el entrecejo ligeramente.

-Me temo que no sé a quién se refiere -dijo con toda tranquilidad, intentando moderar el argumento obviamente sarcástico que estaba esperando con el aliento contenido para continuar.

-Claro que lo sabe, la Srta. Pappas y la que llama Dra. Covington. -Chuck frotó ásperamente un lado de su rostro, tocando su mandíbula.

-Me cuesta pensar qué tienen que ver sus credenciales en este asunto -dijo Sir Henry intentando sonreír.

-Oh, sus credenciales nada, pero su reputación sí.

-Muy bien Chuck, ya es suficiente -advirtió Mel, intentando no parecer nerviosa-. Ve a conseguir un trago -le ordenó.

Chuck enfrentó a Melinda por un momento antes de asentir con la cabeza.

-¡Maldita prostituta! -murmuró antes de irse tambaleando en dirección a la barra.

Melinda respiró profundamente, ignorando el comentario, pero las palabras no habían caído en oídos sordos.

-¿Ahora, por qué diría eso? -cuestionó Sir Henry, levantando una espesa ceja blanca en dirección a Melinda.

Mel hizo una ligera mueca antes de recuperar su serena expresión. Tomó unos sorbos tranquilamente de un vaso medio lleno de vino tinto antes de contestar, con sus labios rozando el vaso como si fuera seda.

-Está ebrio, Sir Henry, no sabe lo que está diciendo -intentó excusar, pero por la expresión y la cara de Sir Henry, quedaba claro que no estaba haciendo un trabajo muy bueno.

*****

Janice miró silenciosamente desde el área de la barra cómo Charles Trendall hacía su camino, con inestabilidad en las piernas, hacia ella. Él estaba evidentemente bebido y no tuvo cuidado cuando tropezó con varias personas en su ruta. Ella tranquilamente levantó una mano a su mandíbula y apretó ligeramente contra el cardenal, destacando como un arbusto ardiente en su cutis. Él le había hecho esto, y aún aquí, no podía más que confrontarlo por eso hundiéndole sus propios puños. Sus ojos se estrecharon con evidente ira cuando el hombre que la había golpeado se dejó caer con toda tranquilidad sobre la barra a su derecha. Se endureció ligeramente y se volvió hacia él, con una mirada inquisitiva que inmovilizó falsamente su cara.

Chuck le sonrió estúpidamente ante su apariencia y estiró una mano para tocar la solapa de la chaqueta de su traje. Janice no movió un músculo, pero continuó mirando al hombre ante ella.

-Muy conveniente para una dama -Charles la miró desdeñoso y con voz fríamente condescendiente. Tomó una respiración profunda y se enderezó en la barra-. ¿Tuvieron un buen momento después de que me fuera esta mañana? -preguntó perversamente.

-No es de su incumbencia, Charles -Janice dijo fatigadamente, no podía soportar a este hombre.

Charles resopló y le hizo señas al barman por una bebida. Tomó un rápido trago de su whisky escocés, saboreando la sensación ardiente, llenando su enojo y ansiedad.

-¿Puedes follarla como yo lo hago? -preguntó con voz fría como el acero, mientras agitaba el hielo en su vaso ausentemente.

Ese comentario hizo que algunas cabezas de gente cercana se girara, toda conversación se detuvo a unos pasos a su alrededor. Janice sintió los ojos de por lo menos cuatro personas sobre ella y eligió ignorar los vellos que se estaban erizando en la parte de atrás de su cuello con decisiva certeza. A pesar de su comentario anterior, Janice se sintió obligada a contestar. Se apoyó hacia adelante ligeramente, casi seductoramente, para que pudiera bajar su voz y aún ser escuchada.

-Mejor -casi susurró.

Charles arrojó su cabeza hacia atrás y se rió, reverberando alrededor del cuarto. Mas de repente así como había empezado se detuvo y un débil eco regreso a él. Todos estaban callados, con un interés oculto por la naturaleza cómica del comentario que había disparado tal risa. Charles separó los brazos de par en par, chapoteando su whisky escocés ausentemente de su vaso a la suela pulida. Se irguió todo lo que daba su estatura y se rió estúpida y melancólicamente.

-¿Oyeron eso? -gritó embriagadamente-. ¡La perra pequeña puede joder como un hombre!

Silencio, completo y absoluto silencio, y se pudo oír en alguna parte que un vaso se quebró contra el suelo.

Janice entró en cólera con la mayor autoridad. Estaba borracho, ¿quién lo creería?

-¿Me escucharon todos? ¡Dije que ella puede fornicar como un hombre! ¡Esto -apuntó un brazo en dirección de Janice-, su líder gloriosa, fornica como un hombre!

Si Janice hubiera sido capaz de ver algo más que la sangrienta muerte de Charles Trendall en ese momento, hubiera notado a Melinda caminando con naturalidad hacia ellos, a través de las masas de personas sorprendidas, y su vestido negro sin tirantes, susurrando provocativamente sobre su cuerpo.

La visión de Janice sobre Charles Trendall fue abruptamente encubierta por la larga forma de Melinda Pappas pasando como lo que no podría describirse de otra manera que no fuera sensual.
Janice intercambió miradas con ella brevemente, sintiéndose, como siempre lo hacía, desvalida en última instancia bajo el azul de esos ojos. Permitió a sus ojos caer en los hombros fuertes de Melinda como si buscara el apoyo ofrecido por el cuerpo ante ella. Melinda bajó la mirada hacia ella, con una mezcla viva de consuelo y ardiente emoción que emanaba de su abrazo intencionado y visual.

-Te dije que no quería jugar este juego y ahora parece como si nuestra mano lo hubiera forzado -murmuró quedamente, acariciando a Janice con su voz más íntimamente de lo que pudo imaginar.

Janice sintió una oleada de deseo disparada a través de ella como una ardiente llama, aterrizando en el hueco de su estómago y asentándose lánguidamente en su ingle. Janice aguantó la respiración, olvidándose de Charles Trendall y todos a su alrededor, mientras Mel metía una elegante mano dentro del bolsillo interior de su chaqueta. Todo el tiempo Melinda mantuvo sus ojos enlazados con los de Janice buscando las palabras que la mujer decidió no decir. El dorso de su mano rozó muy ligeramente contra uno de los pechos de Janice, y sobre un pezón.

Mel sintió a la mujer más pequeña ponerse tiesa y estremecerse con el contacto inadvertido. Mel levantó una ceja y sonrió lascivamente. Giró su mano y encontró lo que buscaba, uno de los cigarrillos de Janice. Sacando el objeto libremente fuera de la fastidiosa tela, una vez más se frotó contra el pezón de Janice, esta vez con un seductor intento, lo que fue recompensado por Janice que se relamió con una áspera y demandante respiración a través de sus dientes. La sonrisa de Mel se hizo más profunda cuando levantó el pequeño cigarro a sus labios, cercándolo en su abrazo acalorado. Estuvo de pie allí, inmóvil por un momento antes de que Janice cayera en la cuenta y empezara a tantearse ella misma los bolsillos de sus pantalones en busca de fuego. La arqueóloga sostuvo la parpadeante llama hacia la sureña con mano temblorosa. E inclinándose un poco, Mel resopló un par de veces para asegurar que el tabaco se encendiera. Janice estaba provocativamente fascinada por los labios de Mel, y recordó muy claramente todo lo que éstos pudieron hacer cuando los presionó juguetonamente contra los suyos o en otros lugares.

Cuando Mel quedó satisfecha de que el humo estuviera fluyendo libremente, se irguió y quitó el cigarrillo extenuadamente de sus labios, soplando los humos acres encima del hombro de Janice. Janice miró fijamente el cigarrillo sin motivo, notando la mancha roja de lápiz de labios embelleciendo su superficie oscura. Con un rápido movimiento de sus ojos regresó la mirada a Melinda y lamió sus labios nerviosamente. Mel movió su cabeza a un lado, le dio la vuelta al cigarrillo y lo puso amorosamente entre los propios labios de Janice. Y Janice pudo saborear el lápiz de labios en su lengua, estremeciéndose de nuevo, sabía igual que Melinda. Era una promesa de que todo estaba seguro, y de mayores cosas por venir.

-Te dije que me gusta el olor de éstos en ti Janice -dijo roncamente y no muy suave, con una ligera fuerza demandante en su tono.

A lo largo de este incidente, Charles Trendall había estado mirando fijamente al frente, borracho y pasmado. No podía comprender que esta mujer hubiera actuado así a sabiendas de lo que ella tenía. Parecía imposible a los ojos de él que Melinda Pappas fuera digna de lo que sea y de quien sea excepto de él. De nuevo sintió crecer el odio mordaz en su intestino, él merecía algo más que esto.

-¿Así que lo disfrutaron entonces? -preguntó fríamente, interrumpiendo a Mel en su lectura de la pequeña arqueóloga.

Mel le hizo un guiño a Janice con toda tranquilidad antes de volverse para agraciar al hombre con una mirada furiosa y malévola.

-Oh sí, lo disfruté, mucho más de lo que tú habrías o podrías jamás saber Chuck -sonrió casi melancólicamente-. ¿Por qué no te vas de aquí ahora y te llevas tus groseros comentarios contigo?

Chuck agitó la cabeza y tomó el resto de su bebida, haciendo muecas cuando el líquido áspero restregó bruscamente su garganta.

-Dije que aún no había terminado contigo -sonrió débilmente y se empujó lejos de la barra, dirigiéndose fuera por el medio de la pieza-. Ustedes piensan que son muy especiales -empezó a decirle al cuarto, meciéndose de un lado a otro cuando quedó de pie-, pero permítanme decirles, que no lo son, yo no lo soy, no para ellas. -Estiró un brazo hacia la barra en la vaga dirección de Janice y Mel-. Ellas están usándolos, como me están usando a mí, tocándome como un violín, y sí, tengo la melodía. ¡Pero no más... digo que no más! Ellas pueden tener su circo lujurioso, pero yo no soy ningún payaso... no como el resto de ustedes. ¡Ellas son unas prostitutas, antinaturales y una blasfemia para Dios! Se tomaron en la cama la una a la otra como perras en celo. Si cualquiera de ustedes tiene alguna decencia, se alejarán... como yo -terminó y registró la habitación con los ojos nublados.

Janice y Mel estuvieron junto a la barra y miraron a Charles Trendall hacer su gran salida, casi tropezando en la puerta. Nadie se movió por algún momento. Entonces, lentamente colocaron las copas en las mesas y las figuras se volvieron para confrontar a las dos mujeres. Janice se tragó la vergüenza que subió de su estómago. ¿Vergüenza? Sí, vergüenza, decidió, se sintió completamente expuesta, desnuda ante los ojos de esas personas, y entre ellos, el conservador del Ashmolean y del museo John Paul Getty. No era vergüenza por lo que ella y Melinda habían hecho, o lo que eran, era vergüenza por haberlo expuesto tan bruscamente, por haber sido arrojado tan descaradamente frente a ellos de unos labios ebrios.

Casi perezosamente, alguien empezó a aplaudir, rápidamente seguido por otro y luego otro par de manos. Inicialmente Janice pensó que estaban aplaudiéndo a Charles Trendall y a sus palabras, y todavía el aplauso se acompañó por sonrisas anchas y ojos radiantes. Janice dio una mirada rápida a Mel, quien estaba casi tan conmocionada como ella. ¿Qué estaba pasando?

-Así que -era la voz de Sir Henry que venía andando determinadamente a través del cuarto-, finalmente conseguiste difundir la noticia, ¿o no? -emitió, palmoteando a Janice en el hombro cuando llegó a la barra.

-Yo... no sé lo que quiere decir Sir Henry -Janice dijo con voz débil mientras el aplauso continuaba reverberando a lo largo del cuarto.

-No te hagas la tonta Janice, no va contigo. Todos nosotros nos estábamos preguntando cuánto tiempo te llevaría -Sir Henry sonrió estúpidamente a Janice, y luego a Mel.

-¿Llevaría? -inquirió Mel.

-Sí, a pesar de todo, cualquiera puede ver que ustedes están hechas la una para la otra. No hagan caso de Charles, queridas, él es un tonto cobarde.

-¿Y ustedes no están... disgustados? -Janice continuó.

Sir Henry se rió profundamente y en tono bajo.

-¿Por qué habríamos de estar disgustados?, después de todo somos estudiosos de la antigüedad, este tipo de cosas han estado en nuestro entorno durante milenios, Janice. Probablemente somos las personas con las mentes más abiertas en este país, todos nosotros, aquí, en esta habitación... con ustedes.

Janice resopló y agitó su cabeza con una sonrisa.

-¿Así que no van a retirar su apoyo? -preguntó, casi endeblemente.
Sir Henry les guiñó a ambas.

-Yo sugiero que tomemos la cena y veamos lo que han planeado antes de que decidamos eso.

*****

La cena fue un asunto pródigo, diseñado para impresionar, aunque Janice y Mel bien pudieron prescindir de ese gasto considerando las actitudes de los invitados. Janice estaba en su elemento mientras daba una idea general de las excavaciones propuestas en el área del punto principal en Amphipolis. Las logísticas de su campaña no tenían defecto, todo había sido tenido en cuenta. Además, la discusión de Mel acerca de la traducción propuesta de los textos recuperados se unió con igual entusiasmo. Se habían reafirmado los contratos verbalmente y la excitación del trabajo propuesto era contagiosa. Para cuando se sentaron a comer, ambas mujeres se sentían lo suficientemente cómodas en sus ambientes para permitir a sus barreras interpersonales caer muy ligeramente.

Janice se dio cuenta primero de la previsión ofrecida por Melinda cuando se sentaron en la larga mesa. Estaba una frente a la otra. Janice sonrió a la mujer que sostenía su corazón tan firmemente y asintió ligeramente en reconocimiento a su idea. Mel respondió con una ceja sutilmente levantada y con una chispa en sus ojos añiles. Esto iba a ser interesante.

Janice estaba encontrando cada vez más difícil concentrarse en varias de las conversaciones cercanas. Melinda había estado mirándola fijamente con ojos encubiertos desde que se habían sentado. Janice cerró los ojos brevemente para enfocar sus pensamientos. Y todavía incluso con los ojos cerrados, podía sentir la presencia de Melinda Pappas rezumando inexplicablemente por la mesa, filtrarse dentro de sus poros e infiltrarse más allá hasta su conciencia.

Tomó aire profundamente y volvió a enfocar su atención. Abriendo los ojos, intentó concentrarse directamente en la conversación a su izquierda, pero todavía podía ver a Melinda jugando ociosamente con su comida, levantando un tenedor sensualmente a sus labios, asiendo el instrumento delicadamente entre sus dientes y sacándolo de nuevo, todo el rato, sus ojos cerrados se engancharon magnéticamente en la figura de Janice.

Janice frunció el entrecejo ligeramente por el ataque continuado a sus sentidos. Podía sentir el deseo brotar dentro, sutil al principio y luego más exigente. Estaba segura de que estaba ruborizándose y su respiración estaba siendo sostenida. Apenas podía comer su propia comida y aparentar normalidad. Pero esto aún no era nada comparado con lo que Melinda había planeado para la pequeña arqueóloga esa tarde a la mesa.

Melinda sabía que no debía hacerlo, aunque con Janice sentada tan estimulantemente cerca se sentía completamente incapaz de detenerse. Con toda calma, mientras arrancaba un pedacito de carne de su tenedor, deslizó uno de sus pies fuera de su zapatilla. Meneó los dedos de su pie por un momento y sonrió interiormente antes de estirarse para alcanzar su copa de vino. Bebió lentamente el líquido rojo como la sangre por un momento antes de reemplazar su copa y ponerla a la derecha de su plato. Cortó lozanamente su comida, y cuando levantó otro bocado a sus labios, entrelazó sus ojos con Janice antes de que una larga pierna llevara a frotar el costado de su pie contra el lado interno de la pantorrilla de Janice.

La arqueóloga dejó caer su tenedor con un estrépito y se sentó muy derecha por la provocativa sensación. Melinda simplemente levantó una ceja curiosa y continuó con sus suministros. Exteriormente, Janice se recuperó con rapidez y ofreció una sonrisa de disculpa a aquellos sentados alrededor de ella. A Melinda le lanzó una mirada intensa y malévola, que sólo sirvió para fortalecer la intrepidez de Melinda respecto a sus jugueteos, y su pie se movió más arriba. Janice tragó rápidamente y luchó para suprimir un temblor que amenazó con envolverla. Una chispa de adrenalina había empezado en su estómago y había estado haciendo su camino dolorosamente hasta su ingle. No podía creer que Melinda estuviera siendo tan atrevida. ¿No sabía lo que le estaba haciendo? Oh, lo sabía, decidió Janice, cuando sintió el pie de Mel contra el lado interno de su rodilla, gentilmente instándola a mover sus piernas para que las separara. Y a pesar de sí misma, Janice rechinó sus dientes y la complació, sintiendo el pie de Mel asentarse lánguidamente entre sus rodillas abiertas, descansando en el frente de su silla.

La presencia íntima del pie de Melinda era para ambas muy deseosa y delirantemente intoxicante. Pudo sentir el calor moderado filtrándose lujosamente en su carne, y ambas maldijeron y elogiaron sus cuerpos por responder como lo hicieron. Unió sus ojos con los de la sureña, y algo enigmático pasó entre ellas. Janice se movió ligeramente en su silla, intentando desesperadamente no parecer como si estuviera retorciéndose por las sensaciones causadas solamente por ese pie, que era tan intenso que ella era incapaz de detenerlo. Janice le envió a Mel una mirada frustrada que básicamente dijo "si no quitas tu pie, vamos a tener que salir de aquí ahora mismo." Pero todavía Mel estaba disfrutando de ver a su compañera luchando con el esfuerzo de continuar con una conversación general y arreglándoselas con las emociones que sabía que estaba creando. Eso por sí mismo era excitante, y ver a Janice por el rabillo del ojo lo hacía doblemente apasionante. Con determinación agregada, Melinda mantuvo su pie exactamente donde estaba durante toda la comida.

Cuando la cena concluyó, Janice estaba sudando físicamente por el deseo, podía sentir su propia excitación entre las piernas, que Melinda había estado importunando implacablemente con un movimiento de su pie por aquí y un meneo de su dedo por allá. Por fin cada uno de los invitados se fue turnando para ponerse de pie y ofrecer sus felicitaciones sobre el evento social para la recaudación de fondos y para hacer garantizar que su apoyo no sería retirado. En este momento Melinda finalmente le permitió a Janice ponerse de pie, quitando su pie y reemplazando su posición clandestina para deslizarlo dentro de su zapato. Janice se aferró a la mesa para apoyarse y se ruborizó embarazosamente cuando Mel le envió una sonrisa perspicaz.

Cuando el último de los invitados se filtró hacia la puerta, Janice se giró hacia Melinda con una mirada furiosamente acalorada.

-Tú... -apenas pudo emitir las palabras cuando Melinda deslizó un brazo divinamente alrededor de su cintura-. ¿Sabes qué demente me has estado poniendo?

-Sí -Melinda ronroneó en respuesta, inclinándose para susurrar en la oreja de Janice.

-Esto es de locos -Janice respiró, volviéndose para mirar a Mel a los ojos. Se olvidó momentáneamente de las próximas palabras que iba a decir cuando se perdió en esas profundidades azules-. Jesucristo, nunca antes había tenido tal problema para controlar lo que siento -dijo finalmente.

-Entonces no lo controles -dijo Mel simplemente, atrayendo a la mujer más pequeña hacia ella, capturando sus labios con una sensación ardiente de deseo. Pudo sentir a la pequeña mujer fundirse en ella con alivio y agitada frustración. Finalmente, Mel se apartó y le sonrió perversamente a Janice. Extendió una mano escrutadora para recorrer su dedo pulgar sobre el beso de Janice marcado en sus labios. La arqueóloga cerró los ojos y dejó caer su cabeza atrás, todo sentido de decoro desapareció con lujuria cuando permitió que las sensaciones gloriosas la lavaran hasta dejarla limpia.

-Ven conmigo -Mel dijo finalmente, suave y bajo, tomando una de las manos de Janice en la suya.

-¿A dónde vamos? -Janice preguntó y una súbita sacudida de adrenalina la golpeó ante el tono lujurioso de la sureña.

-Shhh... -Mel dejó que el sonido flotara mientras guiaba a la arqueóloga de nuevo a través del área de recepción del museo y por el corredor al lado de la exhibición principal.

-¿Vamos a la biblioteca? -preguntó Janice con breve elemento de temerosa lujuria en su voz.
Mel sonrió y levantó una ceja.

-Bien, podemos quedarnos aquí afuera, ¿o no?

-¿Qué vamos a hacer?

-Ya verás -Mel susurró cuando introdujo a la mujer pequeña a través de la puerta a la biblioteca del museo. Era un cuarto grande, demarcado con estantes que contenían libros de cada tema arqueológico concebible y de origen literario antiguo. El área principal del cuarto estaba esparcido de sillas y mesas para aquellos que estaban investigando, y sofás cómodos para aquellos que simplemente deseaban hojear. Fue uno de esos sofás al que Melinda Pappas elegantemente se dirigió, posicionándose con autoridad y cruzando las piernas. Sonrió perversamente a Janice y dio unas palmaditas al cojín al lado de ella.

Janice no necesitó ninguna otra invitación y se hundió en el sofá al lado de Melinda, descansando su cabeza contra el hombro de la mujer alta.

-Así que -Mel empezó a decir con calma-, a pesar de la intervención de Charles, la tarde fue un éxito -sintió a Janice tensarse ligeramente contra ella por la mención del hijo de Trendall.

-Mataré a ese bastardo la próxima vez que lo vea. ¿Cómo pudo humillarnos así? -dijo con voz abrupta y vigorizada.

Mel suspiró y Janice se ajustó herméticamente a sus indulgentes brazos.

-Él ve sólo lo que quiere ver, Janice, y ésa fue su propia humillación. Nunca esperó que algo amenazara su plan, y mucho menos tú -pensando sobre eso ahora, Melinda no pudo detener la pequeña risa que escapó de su garganta.

-¿Qué es tan cómico?

-Oh, esto, toda esta situación, nunca soñé que podría estar así, Janice.

-¿Así cómo?

-Tú y yo. No tienes ni idea de los problemas que me causaste durante los últimos años -Mel dijo melancólicamente, recordando las emociones que había sentido por tanto tiempo con respecto a la pequeña mujer, y cómo las había enterrado tan profundo como sólo ella podía excavar.

-Ambas, tú y yo, cariño -y allí estaba de nuevo, el anhelo desesperado, un impulso de alma a alma, una unión de legados que nunca sería rota. Janice se estremeció por el impacto al comprender que nunca dejaría de asombrarla esa fuerza. Se volvió a investigar los ojos de Melinda y vio que la misma comprensión resonaba allí en esas piscinas azules. Janice tragó involuntariamente, un trozo de amor y deseo se pegó rigurosamente en su estrecha garganta. No podía ayudar, sintió que las lágrimas pinchaban implacablemente sus ojos y luego fluyeron en silenciosos ríos por el costado de su rostro. No eran lágrimas formadas de dolor, más bien de éxtasis, un éxtasis que superó todo lo que había conocido alguna vez, tan intenso que tuvo que cerrar sus ojos contra él, y las lágrimas siguieron cayendo. Entonces pudo sentir los labios de Mel suavemente contra sus lágrimas calientes, quitándolas con besos como una absolución.

-Nunca llores por nosotras, Janice -Mel susurró contra su cara.

Y antes de que pudiera contestar, la intención de las palabras fue aplastada por el contacto de unos labios contra los suyos, ardientes y poderosos, intentando una invasión, y Janice se venció alegremente, rindiéndose ante el poder de la mujer frente ella. Unas manos titubearon con su chaqueta, quitándola de sus hombros y desechándola en alguna localización desconocida. Los dedos estaban arrancando su corbata de moño, pero ella no se preocupó cuando eso también fue arrojado fuera del camino.

Luego casi antes de que lo comprendiera, su boca fue liberada de su estado cautivo, sólo para tener la suave carne de su pecho encarcelada en una pasión ardiente. Janice se arqueó hacia atrás, empujándose contra la boca de Melinda más firmemente, sofocándose cuando Mel la atormentó con sus dientes implacablemente, primero un pezón y luego el otro. Se aferró a la mujer sobre ella, buscando a ciegas los broches que permitirían que el vestido de Melinda cayera. Desesperadamente luchó para soltar la piel de Melinda, casi enloquecida en su esfuerzo por liberar a la sureña. Con una fuerza que no sabía que poseía, Janice agarró la tela y la rasgó violentamente siguiendo la línea de una costura. Oyó a Melinda soltar un ahogado sonidito mientras su cuerpo era abruptamente expuesto, pero si esa reacción fue de sorpresa o de excitación, fue algo que Janice no pudo decir, y no le importó. El vestido arruinado fue lanzado al suelo, y Janice se tomó un momento para revolcarse en el cuerpo que era Melinda antes de festejar hambrientamente con la carne de la sureña.

Así de extrema era su pasión que Janice casi gritó cuando sintió que la mano de Melinda serpenteaba debajo de sus pantalones con lasciva facilidad acariciando suavemente su hinchada zona de amor. Mel cambió su posición apresuradamente, con su propia necesidad aumentando por el momento, para estrujarse ella misma contra el muslo de Janice, y el tejido de los pantalones de la arqueóloga la inquietó a proseguir hasta el último clímax. Ambas mujeres, sudando y frotándose salvajemente se liberaron al unísono, y se estremecieron juntas violentamente en un torrente de miembros y olores que las condujo todavía más lejos en el olvido. Finalmente se derrumbaron una contra otra, respirando desgarradamente y con pensamientos alucinantes.

Janice se recuperó primero, sus ojos se abrieron por el sonido del pequeño clic en alguna parte en dirección a la puerta. Se movió y giró su cabeza despacio en esa dirección, emitiendo un ahogado quejido y empujando a Melinda de ella por lo que vio.

-Así que, entonces no enteramente como un hombre, después de todo -era Charles Trendall, parado con toda calma contra el marco de la puerta y con una Browning nueve milímetros apuntando directamente al torso de Janice.

Fin

¡Quédate sintonizado para el próximo excitante episodio al estilo "que desgarra las vestiduras"!


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