Charles Trendall estaba furioso, con ese tipo de enojo ardiente que empieza en el hueco
del estómago y recorre su camino biliosamente hacia la garganta, en un violento torrente
de potente rabia. Paseaba de un lado a otro en el estudio de Melinda con pasos feroces,
su cabello negro normalmente inmaculado, colgaba desordenado sobre sus claros rasgos
cincelados.
-¡¿Cómo se atreve esa mujer?! -Puso una poderosa mano sobre su mandíbula cuadrada,
áspera por el crecimiento de barba de una noche, y agitó su cabeza. Todavía llevaba su
esmoquin de la fiesta de la noche anterior, aunque ahora su chaqueta colgaba abierta en
un estado claramente arrugado por haber dormido incómodamente sobre una silla-. ¡¿Cómo
se atreve?! -Siguió repitiendo las malditas palabras para él mismo, llevando la cólera
a un estado casi frenético. Él era Charles Trendall, hijo de Richard Trendall, y miembro
de una de las familias más prósperas en el sur. Su musculoso pecho exhaló con emoción
cuando evocó la escena de la noche anterior-. ¿Cómo pudo hacerlo?
Había esperado sinceramente que las historias que su hermana, Sofie, le había divulgado,
fueran falsos, pero después de dar testimonio de los hechos por sí mismo, no pudo
negarlo por más tiempo. ¡Melinda Pappas había bailado con esa, esa... mujer! Luego
había desaparecido de la faz de la tierra como si inexplicablemente hubiera sido
succionada por las mandíbulas de un agujero negro. ¡Melinda Pappas era suya! ¡Él se
casaría con ella y así fortalecería el poder financiero de los Trendall; y ninguna
pequeña perra rubia iba a detenerlo! Juntos, los Pappas y los Trendall, serían
económicamente invencibles. ¡Cómo se atreve a arriesgarse así Melinda! ¡Y el escándalo!
Era inconcebible, se estropearían su nombre y reputación, quedaría completa e
inflexiblemente arruinado.
Su cabeza chasqueó cuando oyó un juego de llaves que arrojaban descuidadamente sobre la
mesa del café. No había oído que ella entrara, y ahora él estaba mirando fijamente la
surrealista figura de Melinda Pappas, ligeramente despeinada y aún despampanante. Echó
hacia atrás su cabello largo y oscuro rápidamente, descubriendo su cara y sus ojos, que
parecían cansados, aunque estaban brillando fríamente con una intensidad oculta.
-¿Dónde has estado? -Charles le riñó mientras permitía a su mirada casi oscura vagar
sobre la mujer.
-¿Qué estás haciendo aquí, Chuck? -Melinda le regresó la mordida, ignorando la pregunta.
-Esperándote, ahora dime -dio unos pasos por el cuarto-, ¿dónde has estado?
Melinda ahogó un resoplido con el dorso de su mano.
-Fuera, donde no es de tu incumbencia. No tengo que defenderme de ti en mi propia casa.
Ahora podrías irte por favor -no fue una pregunta.
Los ojos de Chuck se estrecharon peligrosamente.
-¿Qué has hecho que necesitas defender? -preguntó él, mientras permitía que parte del
enojo que sentía resbalara accidentalmente en su voz-. Estuviste con esa mujer,
Covington, ¿o no?, es decir, si puedes llamarla una mujer -dijo secamente.
Mel se rió, echando su cabeza hacia atrás con exasperación.
-Oh Chuck, realmente no tienes ni idea, ¿o la tienes? Un consejo, deja de escuchar a
esa zorra que llamas hermana y entonces quizá puedas entender.
-¡Cómo te atreves! -Chuck humeó, intentando destacar por encima de Melinda, pero la
verdad, ambos eran de la misma estatura, y su postura normalmente imponente tenía poco
efecto en Melinda Pappas.
-Te advierto, Chuck, no intentes amenazarme. Sabes quién yo soy y sabes de lo que soy
capaz. Si quieres conservar la seguridad financiera de tu familia, harías bien en
mantenerte fuera de esto -el comentario era mordaz y sincero, la familia Pappas era más
que capaz de comprar a los Trendall, probablemente tres veces más.
Chuck rechinó sus dientes pero no cedió. En cambio, cruzó a zancadas el estrecho
espacio que los separaba y agarró a Melinda por los hombros, presionándola hacia él. Y
antes de que ella pudiera protestar, Chuck apretó de golpe sus labios rudamente con los
de ella, moliendo con fuerza intencionada. Mel intentó levantar sus brazos para
empujarlo lejos, pero él era demasiado fuerte, demasiado poderoso. Finalmente Chuck la
retiró hacia atrás enérgicamente, sosteniendo a Mel en el extremo de sus brazos, con los
dedos clavándose dolorosamente en sus bíceps. Mel lo miró fijamente con una mirada
furiosa y deliberada, toda la cólera y la ofensa de lo que él acababa de hacer era
evidente en sus ojos.
Chuck sonrió perversamente y asintió con la cabeza.
-Tú... ¡tú eres mía, y no lo olvides! -le soltó antes de empujar a Mel, y avanzó
a zancadas hacia la puerta.
Mel se quedó de pie en silencio, como consecuencia de la tormenta que era Charles
Trendall. No se movió cuando escuchó el golpe de la puerta principal detrás de él.
Estuvo de pie, mirando fijamente a los estantes de cedro que se encontraban en las
paredes.
*****
Janice Covington se sentó en el escritorio de su oficina, en el pequeño museo de
Charlestown. Había aceptado el trabajo de conservadora para poder estar cerca de
Melinda. Una proximidad que nunca había soñado que se convertiría en otra cosa que un
imposible capricho. Todavía, mientras descansaba en su silla con una de sus botas
sujeta contra el escritorio, y resoplando satisfecha su cigarrillo, no podía si no
recordar los eventos de la tarde anterior. Su cuerpo aún le dolía por el precioso
reconocimiento de Melinda Pappas. Sopló el humo hasta el otro lado de su escritorio
antes de respirar profundamente para calmar su pulso acelerado. No podría ayudarla,
Melinda tuvo un efecto en ella como ninguna otra mujer que alguna vez hubiera conocido.
Incluso el solo pensar en la mujer era suficiente para enviar a la arqueóloga dentro de
un frustrado pánico.
Lo que las dos habían compartido era tan intenso en su constitución que todos los otros
pensamientos no eran nada comparados con el infierno ardiente de pasión que había
pasado entre ellas. Aún ahora, mientras estaba sentada, el recuerdo de los
acontecimientos de la tarde anterior era lo suficientemente potente para excitarla.
Janice gimió y echó su cabeza hacia atrás, mirando fijamente al techo, enfocando sus
ojos en la escarapelada pintura y los diminutos crujidos, esparcidos como telas de la
araña en la superficie. No eran nada bueno, las emociones y sensaciones permanecieron,
más insistentes ahora que Janice estuvo intentando sacarlos de su mente. Así que cedió,
mientras se perdía en el recuerdo del deseo. Cerró sus ojos y se permitió flotar en
medio de los recuerdos de las caricias, besos, palabras y olores. Tan feroces eran los
recuerdos, como si pudiera sentir casi la presencia de la sureña al lado de ella,
contra ella, dentro de ella.
-¿Pensando en mí? -la voz sofocante se filtró despacio en la conciencia de Janice. Sus
ojos se abrieron rápidamente, su cabeza se levantó y casi se cayó de la silla.
-¡Jesús! -exclamó ahogadamente, su mirada se encontró con los profundos ojos azules,
brillando del otro lado de su escritorio.
-Tomaré eso como un sí -Melinda sonrió con lascivia cuando se inclinó lánguidamente por
el escritorio y recuperó la mitad del cigarrillo que Janice fumaba, agitando los dedos-.
Aunque, no debes fumar si piensas en mí, podría ser peligroso.
Janice se sacudió cuando Mel pasó los dedos con la similitud de una pluma desenfrenada
sobre el dorso de su mano. Se lamió los labios nerviosamente y tomó aire
estremeciéndose cuando Melinda se inclinó más cerca, cerrando los ojos para tomar una
respiración profunda de ella misma.
-Me gusta el olor de éstos en ti -dijo despacio antes de retirarse aplastando el pequeño
cigarro, para después hundirse lentamente en la silla reservada para las visitas en el
dominio de Janice.
-Jesús -Janice masculló de nuevo, sintiendo cómo un escalofrío la atravesaba por el
gesto de Mel y su declaración. Era tan simple, tan expresiva, que Janice se vio en
creciente dificultad para formar una frase coherente.
-¿En qué estabas pensando? -Mel preguntó, mientras cruzaba sus piernas, permitiendo que
la grieta de su falda se abriera hasta la mitad de su muslo. Janice dejó caer los ojos
y su mirada se plantó firmemente en la carne expuesta por la sureña.
Con un esfuerzo consciente, Janice obligó a las palabras a formarse en su cabeza y
articularlas.
-Estaba recordando -fue todo lo que pudo manejar con voz jadeante que desmentía la
verdadera naturaleza de sus pensamientos.
-Así que era yo.
-Jesucristo, Melinda, ¿tienes alguna idea de lo mucho que te deseo ahora mismo? -Janice
entonó, cada parte de su ser clamando por la mujer sentada como un torturador a cuatro
pies de distancia frente a ella.
-Creo que tengo una idea -ahí no hubo ninguna equivocación de la libidinosa insinuación
en la voz de la sureña.
Janice se estremeció de nuevo antes de empujarse a sí misma bruscamente para ponerse de
pie. Fue todo lo que pudo hacer para mantener un andar firme mientras daba la vuelta a
su escritorio hacia la sureña, sus ojos se cerraron con llave hacia el azul confuso de
Melinda. Ésta sostuvo los ojos de la arqueóloga hasta que estuvo de pie junto a ella. Y
despacio, con suma gracia, serpenteó una mano para capturar una de las de Janice. Sujetó
el apéndice más pequeño por un momento antes de arrastrarlo a sus labios, frotando esos
cálidos labios provocativamente sobre los nudillos. Janice cerró los ojos, dejando a la
sensación llevarla con facilidad a la gloria. Mel le sonrío y Janice hundió gradualmente
sus rodillas al lado de la mujer, su mano todavía envuelta en la de Mel.
-Gracias -Janice murmuró cuando colocó su cabeza ligeramente contra una de las rodillas
de Mel.
-¿Por qué? -inquirió Mel, recuperando la mano para recorrer delicadamente con sus
largos dedos el cabello de la rubia arqueóloga.
-Por cuidarme, Melinda.
Mel sonrió y dejo salir un suave resoplido.
-Yo siempre te cuidaría, Janice, a menos que no me lo permitieras.
Janice sonrió en respuesta a la verdad de las palabras, ella siempre había puesto
barreras, pero ninguna en la vida tan fuerte como la que había usado contra Melinda
Pappas. Giró su cabeza y ligeramente besó la rodilla de Mel, sus labios saborearon
fervorosamente la carne bajo ellos. A pesar de su gran esfuerzo por luchar contra las
sensaciones crecientes como cascada a través de su cuerpo, no podía sentir otra cosa
que dolor por la mujer que estaba sentada ante ella. Era imposible negar las emociones
que ambas sentían, incluso aquí, incluso ahora. Con un supremo esfuerzo, Janice levantó
la cabeza.
-Voy a asegurar la puerta -anunció, mirando directamente dentro del impactante azul de
los ojos de Melinda.
Mel frunció el entrecejo y meneó ligeramente su cabeza.
-Déjala abierta -dijo con voz baja y provocativamente peligrosa.
-Pero alguien podría...
-Lo sé. -Una mueca malvada se extendió lujuriosamente por los rasgos de la cara de la
sureña cuando se levantó de su silla, acarreando con ella a Janice.
-Melinda, no creo que debamos... -pero las palabras de Janice fueron fatalmente ahogadas
por unos labios suaves y cálidos contra los suyos. Entonces todo de nuevo fue felicidad,
osada e increíblemente divina. Janice estaba flotando en un mar de deseo donde toda
razón no tenía sentido. Mel estaba sondeando suavemente con su lengua y Janice se rindió
ávidamente con una sensación de maravilla que esta mujer podía infligir como una
tortura gloriosa en ella. Las manos de Mel estaban en la pequeña espalda de Janice,
jalando a la arqueóloga hacia ella. Movió sus caderas contra la mujer más pequeña y
sintió claramente, más que escuchó, a Janice gemir dentro de su boca.
-Bien, bien, ¿qué tenemos aquí, una pervertida congregación? -la fría voz de Charles
Trendall hizo eco repentinamente a través del silencioso cuarto.
El mundo de Janice se oscureció en una masa hirviendo de odio que se congelaba con ira.
Tiró de Melinda bruscamente y se giró para enfrentar al hombre que descansaba
casualmente contra el marco de la puerta.
-Salga -dijo Janice llana y fríamente, y con la mayor vehemencia que podía resistir.
-Oh no, necesitamos hablar Covington, y es conveniente que su prostituta también esté
aquí.
Mel se mantuvo de pie inmóvil, sin atreverse a mover el rasgado corazón del hombre que
sentía latir débilmente en sus manos calientes. Janice se encontró con la mirada de Mel
y suprimió su deseo desesperado de estrellar la cabeza de Charles Trendall contra la
esquina de su escritorio.
-Diga lo que tenga que decir y salga.
-Oh, tengo bastante que decir. ¿No puede dejar de meterse en problemas, o sí? La
conozco Covington, sé la manera en que piensa. Es una enferma, degenerada y depravada.
Deje a Melinda en paz, ella no necesita a una ramera inmoral que la corrompa. -Charles
escupió, cruzando por el cuarto para confrontar a las mujeres.
-Estoy bien aquí Chuck, y me temo que estás muy equivocado, ella no es alguien que esté
corrompiéndome o como quieras llamarlo. -Replicó Melinda amargamente.
La mandíbula de Chuck se endureció en una severa línea como complemento a su mirada
oscura. Una mofa de rabia rizó su labio cuando habló.
-Confié en ti Melinda. Pensé algo mejor para ti que esto. -Levantó un brazo acusador en
dirección de Janice.
-No Charles, lo que pensaste es lo que eras tú mismo, y como Janice me dijo una vez, lo
que piensas y lo que sabes son a menudo dos cosas muy diferentes. -Mel resopló y agitó
su cabeza tristemente-. Ve a construir tus imperios en alguna otra parte, yo no estoy
de humor para ser colonizada.
Chuck se sintió enfriar, un agudo frío congelante que dividía su corazón de su cabeza.
Apretó su mano en un puño endurecido a su lado. Su oscuridad casi nubló sus ojos de
gris, y se agitó, fuerte y con certeza. A pesar de la velocidad de su acción, Janice
había captado el amenazante cambio en su postura y diligentemente se puso entre Charles
y Mel, justo cuando el puño de Charles estaba aterrizando. Janice recibió el impacto
lleno del puño contra el lado derecho de su mandíbula con un sordo y horrible sonido.
Fue enviada a tierra en un montón inconsciente, laxo y aparentemente sin vida.
-¡Oh Dios mío! -Mel aulló, hundiéndose inmediatamente de rodillas al lado de la mujer
herida. El destello de sus lívidos ojos azules se alzó hacia Chuck-. ¿Qué has hecho? -
continuó, su adamantina voz bajó de intensidad considerando las circunstancias.
Momentáneamente desprevenido por el incidente, Charles sólo pudo mirar fijamente con
temor.
-¡Bastardo! Cómo pudiste siquiera pensar en golpearla a ella o a mí. No hemos hecho
nada malo -el tono de voz de Mel era desesperado. La fastidiosa y cálida emoción la
alcanzaba ahora, estaba al borde de las humillantes lágrimas.
Charles recobró la calma ligeramente y cuadró su mandíbula, sobresaliendo adelante en
un esfuerzo por salvar su control. Incluso pudo poner una sonrisa pusilánime, torciendo
sus labios de lado de forma grosera.
-Aún no he terminado contigo Melinda, ni he empezado -pronunció con lentitud,
permitiendo a los carbones de sus ojos vagar perezosamente por encima de la mujer
herida debajo de él.
-¡Sal! -exclamó Mel, dejando toda la extensión de su ira filtrase en su voz.
-Oh, me iré, pero no pienses que se han salido con la suya todavía -Chuck repitió su
advertencia, apuntando con dedo de fuego, acusando en la dirección de Melinda antes de
darse la vuelta sobre sus talones y andar con paso majestuoso por el cuarto
amenazadoramente, con el aire fluctuando sobre él como la electricidad del azul pálido.
Mel devolvió su atención rápidamente a la figura caída de Janice y la sostuvo tan
suavemente como pudo contra el escritorio. Cuidadosamente colocó encima a la mujer e
inspeccionó su mandíbula, tocó suavemente el cardenal que se estaba formando con las
suaves puntas de sus dedos. Janice gimió al toque y sus ojos abrieron temblando al
mirar fijamente, pero sin enfoque, a Mel.
-Hola extraña -Mel susurró suavemente, apartando el cabello enredado de la cara de la
arqueóloga repentinamente pálida.
-¿Dónde he estado? -Janice gimió, abruptamente consciente del dolor palpitante en su
mandíbula. Frunció el entrecejo ligeramente e intentó agitar su cabeza para aclararla
de la niebla que rodeaba sus pensamientos.
-Me temo que fuera de la cuenta, Janice -Mel le sonrió entonces, aliviada de que Janice
hubiera gateado voluntariamente de regreso a la conciencia.
-¿Él me golpeó? No lo creo, ninguno me golpeó así antes.
-Bien, créelo Janice, estás en el piso... conmigo. -Las últimas palabras las pronunció
en tono bajo, con voz bromista, y que, a pesar de la lesión que había sufrido,
impresionaron a Janice repentinamente por una sensación de lujuria incomparable. La
sonrisa de Mel creció amplia como su mente, abierta a las posibilidades de su situación.
-Debo de estar demente -Janice masculló cuando cerró los ojos con la sureña y vio el
significado de lo dicho.
-No demente, simplemente loca, Janice -Mel permitió a las palabras caerse de sus labios
como la miel cuando se inclinó encima de la arqueóloga, pareciéndose a algún felino
orgulloso. Giró su cabeza a un lado y dejó caer su mirada a los labios de Janice.
-Recibiste ese golpe por mí Janice -Mel canturreó seductoramente, su respiración rozaba
el lado de la cara de la arqueóloga con silencioso abandono-, lo menos que puedo hacer
es decir gracias.
Con eso, eliminó la distancia final que las separaba para raptar los labios ligeramente
partidos de Janice. Apretándose a la mujer debajo de ella, Mel serpenteó una mano hacia
abajo a su medio torso y sintió a la arqueóloga estremecerse mientras su mano pasaba
sobre los músculos tensos encorsetados en sus ropas. Ella apretó hacia adelante
ávidamente con su lengua, explorando la boca de Janice con deleite. Finalmente se
separó, ambas mujeres divinamente sonrojadas y un poco faltas de aliento.
-De nada -Janice respiró después de un momento-, pero no pienses que lo haré de nuevo
-miró profundamente en el azul índigo de los ojos de Mel y se encontró inexplicablemente
perdida. Supo que lo que había dicho era una mentira, haría lo que fuera por la mujer
ante ella, incluso su propia vida no tenía sentido en comparación con el enigma de
emoción que compartieron.
-Espero que no tengas que hacerlo de nuevo Janice -dijo Mel, empujándose fuera de la
mujer para sentarse a su lado en el suelo. Extendió la mano para recoger la mano cálida
de Janice en la suya.
Janice sonrió al gesto e hizo una pequeña mueca cuando un dolor agudo le atravesó
lacerando su mandíbula. Aunque agitó su cabeza ligeramente por las palabras de Mel.
-¿Pero no es tan fácil como eso? -dijo, con una tristeza arrastrándose furtivamente en
su voz-. Te has olvidado de anoche, él está demasiado cercano -continuó.
Mel dejó escapar una larga respiración y asió la mano de Janice más firmemente.
-No, no me he olvidado -susurró.
Cómo podría olvidarse, era el acontecimiento social para recaudación de fondos anual de
la Expedición de Amphipolis. Como fuera, el dinero de los Trendall jugaba un papel
importante en el fondo de cada equipo de excavación enviado a Amphipolis... encabezados
por Janice.
-No necesitamos su dinero, Janice, yo pondré su parte de la donación -afirmó Mel
severamente, empezando a sentir el inicio de una profunda y silenciosa aversión.
-Sé que puedes, pero no lo ves, ése no es el problema, es político. Si los Trendalls se
van, ¿cómo obtendrá eso el museo, por el equipo? Tenemos algunas personas bastante
influyentes que llegarán esta noche, si perdemos a los Trendall podría estar en riesgo
su participación -Janice continuó, frunciendo el entrecejo ante las posibles
implicaciones.
-Entonces pagaré su cuenta también.
Janice agitó su cabeza de nuevo y se volvió para arrodillándose al lado de la sureña.
Extendió la mano acunando el costado del rostro de la mujer con afecto, con los ojos
suavizados por la oferta.
-Sabes que no puedes hacer eso, la publicidad nos aislaría completamente, la expedición
no puede permitirse el lujo de eso -dijo suavemente.
-Siempre la expedición, Janice -Mel se detuvo por un momento, debatiendo sus próximas
palabras y esperando que no fueran demasiado cortantes-, pero ¿qué hay de nosotras?
Los ojos de Janice alzaron la mirada y permitió a su mano caer con un miedo descendente.
-Sabes lo que siento Melinda, Dios, debes saber que si no hubiera nada más... Pero ésta
es mi profesión. Tú no tienes necesidad, puedes cuidarte a ti misma, pero yo... -resopló
suavemente-. Es todo lo que alguna vez he sabido, yo... yo no sé hacer nada más, y no
quiero, esto es lo que soy. Por favor, no alejes esto de mí por causa del dinero,
porque no es el dinero, es la gente, necesitamos a las gente, incluso a Charles Trendall
-Janice sonó desesperada y lo sabía, y era todavía imposible detener el miedo creciendo
en su voz, era la verdad, si uno de la fundación se apartaba, los otros querrían saber
por qué, entonces la situación entera se expondría.
-Puedo cuidarte. -Mel dejó caer sus ojos y miró fijamente su regazo, casi sintiendo
abatida de que Janice pudiera unirse con el enemigo por propósitos de publicidad.
-No, no, tengo que jugar el juego, y yo no puedo pedirte que me cubras, no soy así.
Mel levantó la mirada entonces, con algo conmovedor detrás de sus ojos que no podía
explicar, era un tipo de entendimiento, pero había algo más, algo más profundo y
extraordinario.
-No eres así, ¿o sí? Siempre luchando, siempre investigando, y eso es en lo que nosotras
somos diferentes, Janice. Yo hago esto porque quiero, tú lo haces porque debes hacerlo,
y no permitirás que nada interfiera en tu camino... ni siquiera yo, o mi amor -Mel sonó
derrotada.
Janice tuvo el buen talante de apartar la mirada, sus ojos se precipitaron con
preocupación alrededor de su oficina, posándose en las filas y filas de libros y textos,
los viejos manuscritos y el mayor premio de todos, un escondite pequeño de los
Pergaminos de Xena. Sus ojos centellearon cuando se encontró con los rollos de
pergamino, amarillos ahora con la edad.
-No, incluso eso -masculló después de un rato, se levantó rápidamente y caminó detrás
de su escritorio para no tener que mirar a Melinda a los ojos. No podía creer lo que
había dicho. Después de toda la temeraria tortura que había supuesto en ella, después
de la noche anterior y los últimos reconocimientos de su amor... Janice frunció los
labios y el ceño, presintiendo que algo crecía dentro de ella. De algún modo se sintió
como si estuviera al borde de perder, perder algo que no sabía, pero que estaba
empezado.
Todavía en el suelo, Mel asintió con aceptación.
-Entonces tendré que jugar también -dijo ausentemente antes de levantarse sobre sus
largas y elegantes piernas. Alisó su falda hacía debajo de sus muslos y tomó aire
profundamente. Se giró airosamente para mirar a Janice de arriba a abajo con una
fatigada sonrisa.
-Te veré por la noche entonces, Janice -fue todo lo que dijo antes de salir del cuarto.
Janice suspiró y se dejó caer en su silla, descansando la cabeza en sus manos con
preocupación. ¿Qué había hecho? ¿Por qué no pudo sólo mantener la boca cerrada? Agitó
la cabeza entre sus manos y miró ausentemente el cuero rojo oscuro que cubría la
superficie de su escritorio, absorbiendo las pequeñas cicatrices por el largo tiempo de
uso. Eso es lo que su corazón debe parecer, pensó, golpeado y cicatrizado.
-Sí cariño, te veré en la noche -murmuró para sí, preguntándose lo que la próxima fase
de su batalla traería consigo, aunque nadie pudiera anticiparse a lo que ocurría.
*****
El vestíbulo de recepción del museo sólo podría describirse como congestionado. La
recaudación de fondos había estado en pleno apogeo durante algunas horas antes de la
hora en que Chuck Trendall llegó, tarde, y borracho. Hizo su camino inestablemente a
través de una multitud de personas. Su apariencia era impecable, sólo estropeada por una
pequeña mancha de vino tinto debajo de su corbata de moño ligeramente torcida. La
mayoría de los invitados eran de familias adineradas o arqueólogos respetados de América.
Chuck los ignoró a todos cuanto hizo una decisiva línea en B directamente para hacia
Pappas. Ella estaba de pie con un grupo pequeño de personas, discutiendo los proyectos
de traducción asociados con la recuperación de los Pergaminos de Xena. Tenía a los
miembros del grupo completamente envueltos alrededor de su dedo meñique, si no por sus
palabras, ciertamente por su belleza luminosa.
-¿Y dónde está la pequeña perra? -Chuck masculló al pasar junto a Mel.
Mel se volvió para enfrentar a su adversario fríamente, su cara era una máscara pálida.
La única cosa que ocultaba su odio era la penetrante mirada helada de sus fríos ojos
azules. De algún modo, sus gafas parecían magnificar esa luz intensa en un destello casi
ardiente. Chuck se detuvo antes de que pudiera dar un paso atrás, fuera de la acusación,
con su mirada furiosa de buitre.
-Si te refieres a la Dra. Covington, la encontrarás por allí -Mel dijo fríamente,
apuntando vagamente en la dirección de la barra-. Aunque te advierto, no está de humor
para hablar contigo.
Chuck resopló severamente, captando la mirada de algunos de los miembros del grupo. Les
sonrió con desprecio hasta que cada uno dejó caer sus ojos. Dejó salir una respiración
larga, enviando un olor a alcohol en medio de los invitados, y tras meter sus manos
inestables en los bolsillos, puso su mejor sonrisa.
-Bien, necesito un trago de todas formas -dijo perversamente, desafiando a que Mel
hiciera algo al respecto.
Mel se lamió los labios, con una incertidumbre que revoloteó a través de sus ojos.
-Aunque Charles, creo que no has conocido a Sir Henry Isaacs, otro de nuestros compañeros
del fondo -indicó a un compañero notablemente alto cuyos bigotes estaban pasados de
moda. Charles lo enfocó con un rápido movimiento de ojos.
-¿Así que, también está siendo lamido por las degeneradas? -preguntó con voz no tan
explícita.
Sir Henry parpadeó y miró a Melinda, cuya cara había asumido una rabia abrupta. Él
frunció el entrecejo ligeramente.
-Me temo que no sé a quién se refiere -dijo con toda tranquilidad, intentando moderar
el argumento obviamente sarcástico que estaba esperando con el aliento contenido para
continuar.
-Claro que lo sabe, la Srta. Pappas y la que llama Dra. Covington. -Chuck frotó
ásperamente un lado de su rostro, tocando su mandíbula.
-Me cuesta pensar qué tienen que ver sus credenciales en este asunto -dijo Sir Henry
intentando sonreír.
-Oh, sus credenciales nada, pero su reputación sí.
-Muy bien Chuck, ya es suficiente -advirtió Mel, intentando no parecer nerviosa-. Ve a
conseguir un trago -le ordenó.
Chuck enfrentó a Melinda por un momento antes de asentir con la cabeza.
-¡Maldita prostituta! -murmuró antes de irse tambaleando en dirección a la barra.
Melinda respiró profundamente, ignorando el comentario, pero las palabras no habían
caído en oídos sordos.
-¿Ahora, por qué diría eso? -cuestionó Sir Henry, levantando una espesa ceja blanca en
dirección a Melinda.
Mel hizo una ligera mueca antes de recuperar su serena expresión. Tomó unos sorbos
tranquilamente de un vaso medio lleno de vino tinto antes de contestar, con sus labios
rozando el vaso como si fuera seda.
-Está ebrio, Sir Henry, no sabe lo que está diciendo -intentó excusar, pero por la
expresión y la cara de Sir Henry, quedaba claro que no estaba haciendo un trabajo muy
bueno.
*****
Janice miró silenciosamente desde el área de la barra cómo Charles Trendall hacía su
camino, con inestabilidad en las piernas, hacia ella. Él estaba evidentemente bebido y
no tuvo cuidado cuando tropezó con varias personas en su ruta. Ella tranquilamente
levantó una mano a su mandíbula y apretó ligeramente contra el cardenal, destacando
como un arbusto ardiente en su cutis. Él le había hecho esto, y aún aquí, no podía más
que confrontarlo por eso hundiéndole sus propios puños. Sus ojos se estrecharon con
evidente ira cuando el hombre que la había golpeado se dejó caer con toda tranquilidad
sobre la barra a su derecha. Se endureció ligeramente y se volvió hacia él, con una
mirada inquisitiva que inmovilizó falsamente su cara.
Chuck le sonrió estúpidamente ante su apariencia y estiró una mano para tocar la solapa
de la chaqueta de su traje. Janice no movió un músculo, pero continuó mirando al hombre
ante ella.
-Muy conveniente para una dama -Charles la miró desdeñoso y con voz fríamente
condescendiente. Tomó una respiración profunda y se enderezó en la barra-. ¿Tuvieron un
buen momento después de que me fuera esta mañana? -preguntó perversamente.
-No es de su incumbencia, Charles -Janice dijo fatigadamente, no podía soportar a este
hombre.
Charles resopló y le hizo señas al barman por una bebida. Tomó un rápido trago de su
whisky escocés, saboreando la sensación ardiente, llenando su enojo y ansiedad.
-¿Puedes follarla como yo lo hago? -preguntó con voz fría como el acero, mientras
agitaba el hielo en su vaso ausentemente.
Ese comentario hizo que algunas cabezas de gente cercana se girara, toda conversación
se detuvo a unos pasos a su alrededor. Janice sintió los ojos de por lo menos cuatro
personas sobre ella y eligió ignorar los vellos que se estaban erizando en la parte de
atrás de su cuello con decisiva certeza. A pesar de su comentario anterior, Janice se
sintió obligada a contestar. Se apoyó hacia adelante ligeramente, casi seductoramente,
para que pudiera bajar su voz y aún ser escuchada.
-Mejor -casi susurró.
Charles arrojó su cabeza hacia atrás y se rió, reverberando alrededor del cuarto. Mas
de repente así como había empezado se detuvo y un débil eco regreso a él. Todos estaban
callados, con un interés oculto por la naturaleza cómica del comentario que había
disparado tal risa. Charles separó los brazos de par en par, chapoteando su whisky
escocés ausentemente de su vaso a la suela pulida. Se irguió todo lo que daba su
estatura y se rió estúpida y melancólicamente.
-¿Oyeron eso? -gritó embriagadamente-. ¡La perra pequeña puede joder como un hombre!
Silencio, completo y absoluto silencio, y se pudo oír en alguna parte que un vaso se
quebró contra el suelo.
Janice entró en cólera con la mayor autoridad. Estaba borracho, ¿quién lo creería?
-¿Me escucharon todos? ¡Dije que ella puede fornicar como un hombre! ¡Esto -apuntó un
brazo en dirección de Janice-, su líder gloriosa, fornica como un hombre!
Si Janice hubiera sido capaz de ver algo más que la sangrienta muerte de Charles
Trendall en ese momento, hubiera notado a Melinda caminando con naturalidad hacia ellos,
a través de las masas de personas sorprendidas, y su vestido negro sin tirantes,
susurrando provocativamente sobre su cuerpo.
La visión de Janice sobre Charles Trendall fue abruptamente encubierta por la larga
forma de Melinda Pappas pasando como lo que no podría describirse de otra manera que no
fuera sensual.
Janice intercambió miradas con ella brevemente, sintiéndose, como siempre lo hacía,
desvalida en última instancia bajo el azul de esos ojos. Permitió a sus ojos caer en
los hombros fuertes de Melinda como si buscara el apoyo ofrecido por el cuerpo ante
ella. Melinda bajó la mirada hacia ella, con una mezcla viva de consuelo y ardiente
emoción que emanaba de su abrazo intencionado y visual.
-Te dije que no quería jugar este juego y ahora parece como si nuestra mano lo hubiera
forzado -murmuró quedamente, acariciando a Janice con su voz más íntimamente de lo que
pudo imaginar.
Janice sintió una oleada de deseo disparada a través de ella como una ardiente llama,
aterrizando en el hueco de su estómago y asentándose lánguidamente en su ingle. Janice
aguantó la respiración, olvidándose de Charles Trendall y todos a su alrededor, mientras
Mel metía una elegante mano dentro del bolsillo interior de su chaqueta. Todo el tiempo
Melinda mantuvo sus ojos enlazados con los de Janice buscando las palabras que la mujer
decidió no decir. El dorso de su mano rozó muy ligeramente contra uno de los pechos de
Janice, y sobre un pezón.
Mel sintió a la mujer más pequeña ponerse tiesa y estremecerse con el contacto
inadvertido. Mel levantó una ceja y sonrió lascivamente. Giró su mano y encontró lo que
buscaba, uno de los cigarrillos de Janice. Sacando el objeto libremente fuera de la
fastidiosa tela, una vez más se frotó contra el pezón de Janice, esta vez con un
seductor intento, lo que fue recompensado por Janice que se relamió con una áspera y
demandante respiración a través de sus dientes. La sonrisa de Mel se hizo más profunda
cuando levantó el pequeño cigarro a sus labios, cercándolo en su abrazo acalorado.
Estuvo de pie allí, inmóvil por un momento antes de que Janice cayera en la cuenta y
empezara a tantearse ella misma los bolsillos de sus pantalones en busca de fuego. La
arqueóloga sostuvo la parpadeante llama hacia la sureña con mano temblorosa. E
inclinándose un poco, Mel resopló un par de veces para asegurar que el tabaco se
encendiera. Janice estaba provocativamente fascinada por los labios de Mel, y recordó
muy claramente todo lo que éstos pudieron hacer cuando los presionó juguetonamente
contra los suyos o en otros lugares.
Cuando Mel quedó satisfecha de que el humo estuviera fluyendo libremente, se irguió y
quitó el cigarrillo extenuadamente de sus labios, soplando los humos acres encima del
hombro de Janice. Janice miró fijamente el cigarrillo sin motivo, notando la mancha
roja de lápiz de labios embelleciendo su superficie oscura. Con un rápido movimiento de
sus ojos regresó la mirada a Melinda y lamió sus labios nerviosamente. Mel movió su
cabeza a un lado, le dio la vuelta al cigarrillo y lo puso amorosamente entre los
propios labios de Janice. Y Janice pudo saborear el lápiz de labios en su lengua,
estremeciéndose de nuevo, sabía igual que Melinda. Era una promesa de que todo estaba
seguro, y de mayores cosas por venir.
-Te dije que me gusta el olor de éstos en ti Janice -dijo roncamente y no muy suave,
con una ligera fuerza demandante en su tono.
A lo largo de este incidente, Charles Trendall había estado mirando fijamente al frente,
borracho y pasmado. No podía comprender que esta mujer hubiera actuado así a sabiendas
de lo que ella tenía. Parecía imposible a los ojos de él que Melinda Pappas fuera digna
de lo que sea y de quien sea excepto de él. De nuevo sintió crecer el odio mordaz en su
intestino, él merecía algo más que esto.
-¿Así que lo disfrutaron entonces? -preguntó fríamente, interrumpiendo a Mel en su
lectura de la pequeña arqueóloga.
Mel le hizo un guiño a Janice con toda tranquilidad antes de volverse para agraciar al
hombre con una mirada furiosa y malévola.
-Oh sí, lo disfruté, mucho más de lo que tú habrías o podrías jamás saber Chuck -sonrió
casi melancólicamente-. ¿Por qué no te vas de aquí ahora y te llevas tus groseros
comentarios contigo?
Chuck agitó la cabeza y tomó el resto de su bebida, haciendo muecas cuando el líquido
áspero restregó bruscamente su garganta.
-Dije que aún no había terminado contigo -sonrió débilmente y se empujó lejos de la
barra, dirigiéndose fuera por el medio de la pieza-. Ustedes piensan que son muy
especiales -empezó a decirle al cuarto, meciéndose de un lado a otro cuando quedó de
pie-, pero permítanme decirles, que no lo son, yo no lo soy, no para ellas. -Estiró un
brazo hacia la barra en la vaga dirección de Janice y Mel-. Ellas están usándolos, como
me están usando a mí, tocándome como un violín, y sí, tengo la melodía. ¡Pero no más...
digo que no más! Ellas pueden tener su circo lujurioso, pero yo no soy ningún payaso...
no como el resto de ustedes. ¡Ellas son unas prostitutas, antinaturales y una blasfemia
para Dios! Se tomaron en la cama la una a la otra como perras en celo. Si cualquiera de
ustedes tiene alguna decencia, se alejarán... como yo -terminó y registró la habitación
con los ojos nublados.
Janice y Mel estuvieron junto a la barra y miraron a Charles Trendall hacer su gran
salida, casi tropezando en la puerta. Nadie se movió por algún momento. Entonces,
lentamente colocaron las copas en las mesas y las figuras se volvieron para confrontar
a las dos mujeres. Janice se tragó la vergüenza que subió de su estómago. ¿Vergüenza? Sí,
vergüenza, decidió, se sintió completamente expuesta, desnuda ante los ojos de esas
personas, y entre ellos, el conservador del Ashmolean y del museo John Paul Getty. No
era vergüenza por lo que ella y Melinda habían hecho, o lo que eran, era vergüenza por
haberlo expuesto tan bruscamente, por haber sido arrojado tan descaradamente frente a
ellos de unos labios ebrios.
Casi perezosamente, alguien empezó a aplaudir, rápidamente seguido por otro y luego otro
par de manos. Inicialmente Janice pensó que estaban aplaudiéndo a Charles Trendall y a
sus palabras, y todavía el aplauso se acompañó por sonrisas anchas y ojos radiantes.
Janice dio una mirada rápida a Mel, quien estaba casi tan conmocionada como ella. ¿Qué
estaba pasando?
-Así que -era la voz de Sir Henry que venía andando determinadamente a través del cuarto-,
finalmente conseguiste difundir la noticia, ¿o no? -emitió, palmoteando a Janice en el
hombro cuando llegó a la barra.
-Yo... no sé lo que quiere decir Sir Henry -Janice dijo con voz débil mientras el
aplauso continuaba reverberando a lo largo del cuarto.
-No te hagas la tonta Janice, no va contigo. Todos nosotros nos estábamos preguntando
cuánto tiempo te llevaría -Sir Henry sonrió estúpidamente a Janice, y luego a Mel.
-¿Llevaría? -inquirió Mel.
-Sí, a pesar de todo, cualquiera puede ver que ustedes están hechas la una para la otra.
No hagan caso de Charles, queridas, él es un tonto cobarde.
-¿Y ustedes no están... disgustados? -Janice continuó.
Sir Henry se rió profundamente y en tono bajo.
-¿Por qué habríamos de estar disgustados?, después de todo somos estudiosos de la
antigüedad, este tipo de cosas han estado en nuestro entorno durante milenios, Janice.
Probablemente somos las personas con las mentes más abiertas en este país, todos nosotros,
aquí, en esta habitación... con ustedes.
Janice resopló y agitó su cabeza con una sonrisa.
-¿Así que no van a retirar su apoyo? -preguntó, casi endeblemente.
Sir Henry les guiñó a ambas.
-Yo sugiero que tomemos la cena y veamos lo que han planeado antes de que decidamos eso.
*****
La cena fue un asunto pródigo, diseñado para impresionar, aunque Janice y Mel bien
pudieron prescindir de ese gasto considerando las actitudes de los invitados. Janice
estaba en su elemento mientras daba una idea general de las excavaciones propuestas en
el área del punto principal en Amphipolis. Las logísticas de su campaña no tenían
defecto, todo había sido tenido en cuenta. Además, la discusión de Mel acerca de la
traducción propuesta de los textos recuperados se unió con igual entusiasmo. Se habían
reafirmado los contratos verbalmente y la excitación del trabajo propuesto era
contagiosa. Para cuando se sentaron a comer, ambas mujeres se sentían lo
suficientemente cómodas en sus ambientes para permitir a sus barreras interpersonales
caer muy ligeramente.
Janice se dio cuenta primero de la previsión ofrecida por Melinda cuando se sentaron en
la larga mesa. Estaba una frente a la otra. Janice sonrió a la mujer que sostenía su
corazón tan firmemente y asintió ligeramente en reconocimiento a su idea. Mel respondió
con una ceja sutilmente levantada y con una chispa en sus ojos añiles. Esto iba a ser
interesante.
Janice estaba encontrando cada vez más difícil concentrarse en varias de las conversaciones
cercanas. Melinda había estado mirándola fijamente con ojos encubiertos desde que se
habían sentado. Janice cerró los ojos brevemente para enfocar sus pensamientos. Y
todavía incluso con los ojos cerrados, podía sentir la presencia de Melinda Pappas
rezumando inexplicablemente por la mesa, filtrarse dentro de sus poros e infiltrarse
más allá hasta su conciencia.
Tomó aire profundamente y volvió a enfocar su atención. Abriendo los ojos, intentó
concentrarse directamente en la conversación a su izquierda, pero todavía podía ver a
Melinda jugando ociosamente con su comida, levantando un tenedor sensualmente a sus
labios, asiendo el instrumento delicadamente entre sus dientes y sacándolo de nuevo,
todo el rato, sus ojos cerrados se engancharon magnéticamente en la figura de Janice.
Janice frunció el entrecejo ligeramente por el ataque continuado a sus sentidos. Podía
sentir el deseo brotar dentro, sutil al principio y luego más exigente. Estaba segura
de que estaba ruborizándose y su respiración estaba siendo sostenida. Apenas podía
comer su propia comida y aparentar normalidad. Pero esto aún no era nada comparado con
lo que Melinda había planeado para la pequeña arqueóloga esa tarde a la mesa.
Melinda sabía que no debía hacerlo, aunque con Janice sentada tan estimulantemente
cerca se sentía completamente incapaz de detenerse. Con toda calma, mientras arrancaba
un pedacito de carne de su tenedor, deslizó uno de sus pies fuera de su zapatilla.
Meneó los dedos de su pie por un momento y sonrió interiormente antes de estirarse para
alcanzar su copa de vino. Bebió lentamente el líquido rojo como la sangre por un
momento antes de reemplazar su copa y ponerla a la derecha de su plato. Cortó
lozanamente su comida, y cuando levantó otro bocado a sus labios, entrelazó sus ojos
con Janice antes de que una larga pierna llevara a frotar el costado de su pie contra
el lado interno de la pantorrilla de Janice.
La arqueóloga dejó caer su tenedor con un estrépito y se sentó muy derecha por la
provocativa sensación. Melinda simplemente levantó una ceja curiosa y continuó con sus
suministros. Exteriormente, Janice se recuperó con rapidez y ofreció una sonrisa de
disculpa a aquellos sentados alrededor de ella. A Melinda le lanzó una mirada intensa y
malévola, que sólo sirvió para fortalecer la intrepidez de Melinda respecto a sus
jugueteos, y su pie se movió más arriba. Janice tragó rápidamente y luchó para suprimir
un temblor que amenazó con envolverla. Una chispa de adrenalina había empezado en su
estómago y había estado haciendo su camino dolorosamente hasta su ingle. No podía creer
que Melinda estuviera siendo tan atrevida. ¿No sabía lo que le estaba haciendo? Oh, lo
sabía, decidió Janice, cuando sintió el pie de Mel contra el lado interno de su rodilla,
gentilmente instándola a mover sus piernas para que las separara. Y a pesar de sí misma,
Janice rechinó sus dientes y la complació, sintiendo el pie de Mel asentarse
lánguidamente entre sus rodillas abiertas, descansando en el frente de su silla.
La presencia íntima del pie de Melinda era para ambas muy deseosa y delirantemente
intoxicante. Pudo sentir el calor moderado filtrándose lujosamente en su carne, y ambas
maldijeron y elogiaron sus cuerpos por responder como lo hicieron. Unió sus ojos con los
de la sureña, y algo enigmático pasó entre ellas. Janice se movió ligeramente en su
silla, intentando desesperadamente no parecer como si estuviera retorciéndose por las
sensaciones causadas solamente por ese pie, que era tan intenso que ella era incapaz de
detenerlo. Janice le envió a Mel una mirada frustrada que básicamente dijo "si no quitas
tu pie, vamos a tener que salir de aquí ahora mismo." Pero todavía Mel estaba
disfrutando de ver a su compañera luchando con el esfuerzo de continuar con una
conversación general y arreglándoselas con las emociones que sabía que estaba creando.
Eso por sí mismo era excitante, y ver a Janice por el rabillo del ojo lo hacía
doblemente apasionante. Con determinación agregada, Melinda mantuvo su pie exactamente
donde estaba durante toda la comida.
Cuando la cena concluyó, Janice estaba sudando físicamente por el deseo, podía sentir
su propia excitación entre las piernas, que Melinda había estado importunando
implacablemente con un movimiento de su pie por aquí y un meneo de su dedo por allá.
Por fin cada uno de los invitados se fue turnando para ponerse de pie y ofrecer sus
felicitaciones sobre el evento social para la recaudación de fondos y para hacer
garantizar que su apoyo no sería retirado. En este momento Melinda finalmente le
permitió a Janice ponerse de pie, quitando su pie y reemplazando su posición
clandestina para deslizarlo dentro de su zapato. Janice se aferró a la mesa para
apoyarse y se ruborizó embarazosamente cuando Mel le envió una sonrisa perspicaz.
Cuando el último de los invitados se filtró hacia la puerta, Janice se giró hacia
Melinda con una mirada furiosamente acalorada.
-Tú... -apenas pudo emitir las palabras cuando Melinda deslizó un brazo divinamente
alrededor de su cintura-. ¿Sabes qué demente me has estado poniendo?
-Sí -Melinda ronroneó en respuesta, inclinándose para susurrar en la oreja de Janice.
-Esto es de locos -Janice respiró, volviéndose para mirar a Mel a los ojos. Se olvidó
momentáneamente de las próximas palabras que iba a decir cuando se perdió en esas
profundidades azules-. Jesucristo, nunca antes había tenido tal problema para controlar
lo que siento -dijo finalmente.
-Entonces no lo controles -dijo Mel simplemente, atrayendo a la mujer más pequeña hacia
ella, capturando sus labios con una sensación ardiente de deseo. Pudo sentir a la
pequeña mujer fundirse en ella con alivio y agitada frustración. Finalmente, Mel se
apartó y le sonrió perversamente a Janice. Extendió una mano escrutadora para recorrer
su dedo pulgar sobre el beso de Janice marcado en sus labios. La arqueóloga cerró los
ojos y dejó caer su cabeza atrás, todo sentido de decoro desapareció con lujuria cuando
permitió que las sensaciones gloriosas la lavaran hasta dejarla limpia.
-Ven conmigo -Mel dijo finalmente, suave y bajo, tomando una de las manos de Janice en
la suya.
-¿A dónde vamos? -Janice preguntó y una súbita sacudida de adrenalina la golpeó ante el
tono lujurioso de la sureña.
-Shhh... -Mel dejó que el sonido flotara mientras guiaba a la arqueóloga de nuevo a
través del área de recepción del museo y por el corredor al lado de la exhibición
principal.
-¿Vamos a la biblioteca? -preguntó Janice con breve elemento de temerosa lujuria en su
voz.
Mel sonrió y levantó una ceja.
-Bien, podemos quedarnos aquí afuera, ¿o no?
-¿Qué vamos a hacer?
-Ya verás -Mel susurró cuando introdujo a la mujer pequeña a través de la puerta a la
biblioteca del museo. Era un cuarto grande, demarcado con estantes que contenían libros
de cada tema arqueológico concebible y de origen literario antiguo. El área principal
del cuarto estaba esparcido de sillas y mesas para aquellos que estaban investigando, y
sofás cómodos para aquellos que simplemente deseaban hojear. Fue uno de esos sofás al
que Melinda Pappas elegantemente se dirigió, posicionándose con autoridad y cruzando
las piernas. Sonrió perversamente a Janice y dio unas palmaditas al cojín al lado de
ella.
Janice no necesitó ninguna otra invitación y se hundió en el sofá al lado de Melinda,
descansando su cabeza contra el hombro de la mujer alta.
-Así que -Mel empezó a decir con calma-, a pesar de la intervención de Charles, la
tarde fue un éxito -sintió a Janice tensarse ligeramente contra ella por la mención del
hijo de Trendall.
-Mataré a ese bastardo la próxima vez que lo vea. ¿Cómo pudo humillarnos así? -dijo con
voz abrupta y vigorizada.
Mel suspiró y Janice se ajustó herméticamente a sus indulgentes brazos.
-Él ve sólo lo que quiere ver, Janice, y ésa fue su propia humillación. Nunca esperó
que algo amenazara su plan, y mucho menos tú -pensando sobre eso ahora, Melinda no pudo
detener la pequeña risa que escapó de su garganta.
-¿Qué es tan cómico?
-Oh, esto, toda esta situación, nunca soñé que podría estar así, Janice.
-¿Así cómo?
-Tú y yo. No tienes ni idea de los problemas que me causaste durante los últimos años
-Mel dijo melancólicamente, recordando las emociones que había sentido por tanto tiempo
con respecto a la pequeña mujer, y cómo las había enterrado tan profundo como sólo ella
podía excavar.
-Ambas, tú y yo, cariño -y allí estaba de nuevo, el anhelo desesperado, un impulso de
alma a alma, una unión de legados que nunca sería rota. Janice se estremeció por el
impacto al comprender que nunca dejaría de asombrarla esa fuerza. Se volvió a
investigar los ojos de Melinda y vio que la misma comprensión resonaba allí en esas
piscinas azules. Janice tragó involuntariamente, un trozo de amor y deseo se pegó
rigurosamente en su estrecha garganta. No podía ayudar, sintió que las lágrimas
pinchaban implacablemente sus ojos y luego fluyeron en silenciosos ríos por el costado
de su rostro. No eran lágrimas formadas de dolor, más bien de éxtasis, un éxtasis que
superó todo lo que había conocido alguna vez, tan intenso que tuvo que cerrar sus ojos
contra él, y las lágrimas siguieron cayendo. Entonces pudo sentir los labios de Mel
suavemente contra sus lágrimas calientes, quitándolas con besos como una absolución.
-Nunca llores por nosotras, Janice -Mel susurró contra su cara.
Y antes de que pudiera contestar, la intención de las palabras fue aplastada por el
contacto de unos labios contra los suyos, ardientes y poderosos, intentando una
invasión, y Janice se venció alegremente, rindiéndose ante el poder de la mujer frente
ella. Unas manos titubearon con su chaqueta, quitándola de sus hombros y desechándola
en alguna localización desconocida. Los dedos estaban arrancando su corbata de moño,
pero ella no se preocupó cuando eso también fue arrojado fuera del camino.
Luego casi antes de que lo comprendiera, su boca fue liberada de su estado cautivo,
sólo para tener la suave carne de su pecho encarcelada en una pasión ardiente. Janice
se arqueó hacia atrás, empujándose contra la boca de Melinda más firmemente, sofocándose
cuando Mel la atormentó con sus dientes implacablemente, primero un pezón y luego el
otro. Se aferró a la mujer sobre ella, buscando a ciegas los broches que permitirían
que el vestido de Melinda cayera. Desesperadamente luchó para soltar la piel de Melinda,
casi enloquecida en su esfuerzo por liberar a la sureña. Con una fuerza que no sabía
que poseía, Janice agarró la tela y la rasgó violentamente siguiendo la línea de una
costura. Oyó a Melinda soltar un ahogado sonidito mientras su cuerpo era abruptamente
expuesto, pero si esa reacción fue de sorpresa o de excitación, fue algo que Janice no
pudo decir, y no le importó. El vestido arruinado fue lanzado al suelo, y Janice se
tomó un momento para revolcarse en el cuerpo que era Melinda antes de festejar
hambrientamente con la carne de la sureña.
Así de extrema era su pasión que Janice casi gritó cuando sintió que la mano de Melinda
serpenteaba debajo de sus pantalones con lasciva facilidad acariciando suavemente su
hinchada zona de amor. Mel cambió su posición apresuradamente, con su propia necesidad
aumentando por el momento, para estrujarse ella misma contra el muslo de Janice, y el
tejido de los pantalones de la arqueóloga la inquietó a proseguir hasta el último
clímax. Ambas mujeres, sudando y frotándose salvajemente se liberaron al unísono, y se
estremecieron juntas violentamente en un torrente de miembros y olores que las condujo
todavía más lejos en el olvido. Finalmente se derrumbaron una contra otra, respirando
desgarradamente y con pensamientos alucinantes.
Janice se recuperó primero, sus ojos se abrieron por el sonido del pequeño clic en
alguna parte en dirección a la puerta. Se movió y giró su cabeza despacio en esa
dirección, emitiendo un ahogado quejido y empujando a Melinda de ella por lo que vio.
-Así que, entonces no enteramente como un hombre, después de todo -era Charles Trendall,
parado con toda calma contra el marco de la puerta y con una Browning nueve milímetros
apuntando directamente al torso de Janice.
Fin
¡Quédate sintonizado para el próximo excitante episodio al estilo "que desgarra las
vestiduras"!