A Eva se le ocurrió una idea mientras salía de la iglesia. No renunciaría a tratar de
encontrar una manera de rescatar a su padre. Le debía tanto. Si ella había aprendido
algo de vivir en Larissa en el transcurso de dos años, era el inflexible espíritu de
los griegos contra la ocupación. Ellos nunca renunciaban a la esperanza; encontraban la
manera de sobrevivir y frustrar a los alemanes. Disminuyó el paso mientras llegaba a la
estación de tren. Estaba bastante resguardada por todos lados. Los soldados andaban
alrededor y se preguntó si ellos eran del General Kiefer en Atenas. Los gritos
compasivos que venían de los furgones le rompían el corazón. Observó como los soldados
vertían agua en los furgones para calmar los gritos y los llantos que venían del interior.
El clima se había tornado frío y le enfermaba el pensar en las pobres almas en los
furgones siendo empapadas con el agua fría. Sacudió su cabeza y dijo una oración
silenciosa. Apartando la vista, con disgusto, tropezó con el Capitán Reinhardt, quien
la sostuvo para que no cayese.
"Ah Fraulein Muller. No se caiga ahora... no querríamos ese frío fango en usted,"
Reinhardt dijo y sonrió. El había estado observando mientras ella observaba los
furgones.
"Capitán. Gracias por su preocupación," dijo mientras trataba de soltarse del abrazo del
capitán.
"Es mi placer, Eva," él dijo mientras la soltaba. "¿Qué hace aquí?"
"Tenía curiosidad," Eva contestó. No había anticipado que fuese detenida. Había algunas
ventajas al ser la hija del mayor. Los soldados la conocían y procuraron no hacerle
preguntas. Excepto el Capitán Reinhardt, quien había hecho su misión personal el hacer
su vida incómoda desde que ella llegó.
"¿Curiosidad?" Reinhardt repitió. "¿Le gustaría ver algunas escorias que echamos al
tren?" preguntó mientras observaba cuidadosamente el rostro de Eva. Él sonrió ante su
incomodidad.
"No, está bien. Mejor me voy," Eva dijo, tratando de huir de la mirada orgullosa del
alemán.
"Como sea, que tenga una buena tarde," Reinhardt respondió, mientras miraba a la mujer
marchándose. Frunció el entrecejo cuando se dirigió en dirección opuesta a la de la
residencia del mayor. "¿A dónde vas ahora, pequeña Eva? ¿Hmm?" Decidió seguirla.
Eva caminó por las empedradas calles hacia el Francote de Atenas. Distraída por sus
pensamientos de los pobres judíos, el Padre y Zoe, estaba inconsciente de sus
alrededores; inconsciente de los niños jugando en la calle o del perro que ladraba a su
paso. Estaba demasiado distraída para ver que el Capitán Reinhardt la seguía muy de
cerca.
Finalmente alcanzó el francote al que ese Padre era tan aficionado, vio a Zoe sentada
en un risco leyendo. Sonriendo, tomó un momento para beber en la vista de esta joven
encantadora que le llenaba el corazón de esperanza y alegría. Sólo el verla podría
elevar el corazón de Eva.
Zoe dio la vuelta cuando oyó el crujir de las hojas secas. Sonrió cuando vio a Eva.
"Hola, luces exhausta" Zoe dijo e hizo espacio en la roca para Eva. Eva se sentó y puso
el brazo alrededor de la mujer más joven.
"¿Hablaste con el Padre H?"
"Hmm, le dije de lo nuestro," Eva sonrió mientras Zoe se acurrucaba más cerca.
'Podría usar esto mas seguido,' pensó para si misma mientras Zoe sostenía sus
manos.
"Yo también," Zoe contestó. "Él nos dio su bendición. Para un hombre adorable él es una
cabra vieja y terca. Debe haber algo que podamos hacer, Evy ¿Qué si no podemos sabotear
el tren antes de partir?" Zoe preguntó.
"Sólo postergará lo inevitable," Eva respondió con desánimo.
"¿Y si Ares puede sacar al Padre del tren?" Zoe trató otra vez. Había estado pensando
en las formas de alejar al sacerdote de ese tren desde que el Padre Haralambos la había
dejado en el francote.
"He visto el tren, Zoe. Está protegido por tantos soldados que nadie puede acercarse
sin ser detenido. Hay cuatro furgones," Eva contestó, incapaz de disipar la imagen del
soldado echando el agua en el furgón y los gritos que había oído.
"¿Qué hay en los furgones?" Zoe preguntó, mirando a Eva. Frunció el entrecejo cuando una
lágrima rodó bajo el rostro de Eva. "¿Qué pasa, Eva?" preguntó y limpió la lágrima con
sus dedos.
"Ellos," ella se detuvo, "Tienen a judíos. Pude oír sus gritos, Zo. Los soldados
derramaban agua en los coches para tranquilizarlos," Eva dijo mientras frotaba ojos.
Zoe apartó la mirada. Cerró sus ojos y suspiró. La crueldad de los invasores era
conocida extensamente. Larissa había perdido tanto. Cada familia sufría, pero eran los
judíos quienes sufrían más. Siendo incapaz de ayudar a estas pobres almas cuando eran
sacados de sus hogares a la fuerza la hacía más determinada a ayudar a la Resistencia
en intentar de derrocar a la ocupación. Eva abrazó a Zoe más cerca mientras estaban
sentadas en silencio observando la puesta de sol. Las montañas habían girado a un matiz
dorado mientras los últimos rayos del sol las veían por última vez ese día.
"Eva, después de que la guerra termine, quiero que nos vayamos juntas, fuera de aquí,"
Zoe imploró.
Eva miró las nubes moviéndose lentamente y giró hacia a la joven. "Te seguiría a
donde quiera que vayas," susurró mientras se inclinaba hacia abajo capturando los labios
de la joven mujer.
Las dos amantes eran inconscientes de que el Capitán Reinhardt estaba escondido en los
arbustos observándolas. El capitán hizo una mueca mientras miraba a las dos mujeres
besándose. Estaba asqueado por su conducta.
"Pequeña Eva, eres todavía una pervertida," Reinhardt susurró para él mismo. El Mayor
Muller había tenido razón al ordenarle que observara a Eva.
El capitán Reinhardt se paró rígidamente por la atención. Estaba orgulloso de su
nueva comisión y su nueva tarea con el Mayor Muller. Había conocido al Mayor antes de
la guerra cuando él trataba de salir con su hija. Él y Eva Muller habían estado en la
Juventud de Hitler juntos. El nunca entendió por que ni siquiera pudo conseguir que
ella saliera con él al parque, hasta el día que él la vio con otra joven. Estaban
tomadas de las manos y besándose. Estaba asqueado. Supo entonces que su deber era
informar a las autoridades de esta perversión, pero él se refrenó.
En Kristalnacht, cuando fueron a la sinagoga, vio otra vez cómo Greta abrazaba a Eva e
intentaba detener las lágrimas que fluían debido a que había visto al anciano judío ser
asesinado. Cuándo Greta la besó, para el joven esa fue la gota que derramó el vaso. Le
tenía que decir a su padre; sería una traición a la Patria el permitir que la perversión
arraigue. El recordó a su instructor decir que los homosexuales estaban desviados y
necesitaban ser reformados. Había una esperanza para ellos si no estaban tan entrados
en la perversión. Recordó lo que sucedió cuando le dijo a su padre, quien era entonces
todavía un capitán.
Los ojos del Capitán Muller se convirtieron en un hielo azul frío y Jurgen temía que él
sintiese la fuerza de la cólera del hombre. Pero él le dio las gracias por venir a él y
le pidió no informar a las autoridades lo que le había dicho. El dijo que vería que Eva
recibiese el tratamiento apropiado para su enfermedad. Más tarde averiguó que el
capitán había golpeado severamente a la mujer. El no pudo averiguar ninguna otra
información y se preguntó si el tratamiento del que su padre había hablado funcionó. El
Mayor Muller había mirado al joven de arriba abajo y sonrió. "Así que, Jurgen, ya eres
todo un hombre y todo un Capitán."
"Sí, señor." El joven sonrió y se paró un poco más erguido.
"Siéntate, chico, antes de que rompas tu espina dorsal por pararte tan derecho," el Mayor
Muller dijo mientras se sentaba.
Habían pasado a discutir su deber actual. Odiaba la comida griega, pero era donde el
Fuhrer lo quería, así que era a donde él iría. Por lo menos no era la frontera rusa."
Ahora, Capitán. Tengo otra tarea para ti. ¿Estoy seguro recuerdas a mi hija a Eva?"
Reinhardt asintió.
"Quiero que la vigiles. Si ves..." El Mayor se detuvo y exhaló fuertemente, "si ves
cualquier tipo de perversión, me lo harás saber. Ella ha sido tratada de esta enfermedad."
"Sí, señor," él dijo.
"No ha tenido una recaída, así que yo no creo que vaya a ser un problema," el Mayor dijo
y fue a darle sus otros deberes asignados.
"Me pregunto cómo sedujiste a esta niña," Reinhardt murmuró mientras observaba a ambas
abrazándose y besándose. El admiraba el fuego en la joven griega el cual permanecía sin
apagarse, a pesar de las dificultades que había aguantado. Esperaba que él fuese capaz
de salvar a Zoe, si pudiese ser salvada. Ya lo vería. Continuó observando mientras se
levantaban y, tomadas de la mano, caminaban de regreso a casa. Reinhardt escupió en el
suelo y permitió que se fueran antes de salir él mismo.
Capítulo 15
El padre Haralambos se sentó en su cama, el sol temprano de la mañana brillando a través
de las deshilachadas cortinas. Su maleta permanecía en el rincón y el sacerdote frunció
el entrecejo. La hermana Maria le llevó una bufanda de lana que ella había hecho,
diciéndole que la necesitaría desde que ella había oído que el clima en Thessaloniki se
había vuelto frío. El había tratado de declinarla, pero la buena Hermana era bastante
terca- aún más que él- así que él cedió. Se sorprendió aún más cuándo la Hermana
Gregoria le dio una chaqueta de lana. El había pasado el resto del día escribiéndole
cartas al Arzobispo y preparando la iglesia para la misa del domingo, la cual sería
dada por el organista puesto que él no volvería en un tiempo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpeteo en la puerta. El clérigo frunció
el entrecejo y se sacó su reloj del bolsillo. Eran apenas las 7: 00 a.m. - demasiado
temprano para su llamada para ir al tren. Abrió la puerta. Thanasi permanecía ahí
golpeando sus pies en el suelo a causa del frío. El lo invitó a que pasara. "¿Qué haces
aquí, Thanasi?" preguntó el sacerdote mientras veía al hombre más joven quitándose la
bufanda y el abrigo. "Padre, yo sé que le dije adiós anoche, pero tenía que verlo una
vez más," Thanasi dijo. El iba a intentar convencer al sacerdote que podía escapar;
todavía había tiempo.
"¿Pensé que ya habíamos tenido ésta discusión ayer?" el clérigo dijo mientras iba a la
tetera a hacer algo de té.
"Padre, por favor, se lo suplico, por favor reconsidere," Thanasi imploró. Si
significaba arrastrarse, lo haría. Estaba preparado para morir por este hombre.
El sacerdote suspiró y giró hacia Thanasi. "¿No sabes cuánto me encantaría quedarme?
Para ver a mi hija encontrar la felicidad, para verte a ti encontrar la paz. ¿Piensas
que no he pensado en escapar? No lo hagas más difícil para mí, Thanasi. Hoy quizá sepa
una décima de lo que Jesús debió haber sentido en el Jardín de Gethsemane. ¿No sabes
como me gustaría entregarle esta copa amarga a otra persona?" Él dijo mientras le daba
la espalda al hombre más joven. Limpió apresuradamente las lágrimas.
Thanasi se sentó ahí sin saber que decirle. Observó mientras el sacerdote le servía una
taza de té y después se sentó. "Perdón, Padre," Thanasi se disculpó calladamente.
"Lo sé, hijo, lo sé. Quiero que me prometas algo."
"Cualquier cosa," Thanasi dijo y se arrodilló cerca del sacerdote.
"Quiero que me prometas que vigilarás a Zoe y a Eva. Cuídalas. Necesitarán tu ayuda.
Cuando la guerra termine, quiero que las saques del país. No quiero que ellas estén
aquí cuando la guerra civil empiece. ¿Puedes hacer eso por mi?" el sacerdote preguntó
mientras miraba a Thanasi.
"Lo prometo, Padre."
"Buen chico. Sé que ya no crees en Dios pero por un diminuto momento quiero que creas,
Cree en Él." El sacerdote dijo mientras Thanasi ponía su cabeza en el regazo del
sacerdote y comenzó a llorar. Abrazó al joven y tocó su cabeza. "Calma, calma... anda,
ten valor." El levantó la cara de hombre y limpió las lágrimas con su mano.
"Te quiero, Padre."
"Yo también te quiero, hijo. Ahora ve y hazme sentir orgulloso," é dijo y Athanasi lo
besó en la frente. Observó mientras se volvía a poner la chaqueta en y después la
bufanda. Thanasi limpió sus lágrimas y fue hacia la puerta.
"Padre, usted es mi héroe," Thanasi dijo y salió y caminó por el callejón.
El padre Haralambos observó la puerta cerrada y sonrió. "Su héroe," el sacerdote repitió
y sacudió su cabeza. Terminó su té y limpió la cocina. Miró su reloj otra vez. "Bien,
es tiempo de que camine hacia la estación," dijo en voz alta. Se paró delante del
crucifijo y se persignó. "Señor mío, tú sabes lo que vendrá. Utilízame como veas que
debe ser en el tiempo restante que tengo." El besó la imagen religiosa y recogió su
maleta. "Espero que San Pedro no me mantenga esperando en la Puerta, detesto esperar,"
dijo en voz alta mientras salía de la casa.
Miró el cielo, el cual estaba despejado y sacudió la cabeza. Caminó por la calle y
dobló la esquina hacia la iglesia, deteniéndose un momento para observar la actividad
rutinaria alrededor de él. Dimitri el panadero empezaba su día; él lo vio y le deseó un
buen día. El sacerdote levantó la mano y le devolvió el saludo. El había visto a los
residentes de su pueblo crecer y casarse, habían bautizado a sus hijos y observó a sus
hijos repetir el ciclo. Se preguntó si la vida verdaderamente se detuvo.
Probablemente no, pensó y empezó a caminar otra vez.
"Ah, Padre Haralambos. Un día hermoso, ¿verdad?"
El padre Haralambos se dio la vuelta y vio al Capitán Reinhardt.
"Buen día, Capitán. Sí, es un día hermoso," el sacerdote contestó y empezó caminar.
"¿Espera su viaje?" el capitán preguntó, llevando fácilmente el mismo paso que el hombre
mayor.
"Bastante. Escuché que Thessaloniki está bastante frío actualmente. Ciudad hermosa.
Espero ver al Padre Makarios cuando llegue a allí," el sacerdote dijo y continuó
andando hacia la estación.
"¿Puedo hacerle una pregunta?" El Capitán Reinhardt preguntó. Usualmente no pedía
permiso para hablar con los aldeanos. Él sólo seguía adelante y les hacía las preguntas
que quería que contestaran. De algún modo la ocupación y posición de éste hombre en la
comunidad lo hacían respetuoso.
El sacerdote paró y miró al joven de cabello dorado. "Ciertamente. ¿Qué te gustaría
saber?" Sonrió.
"¿Usted consideraría incorporarse al frente con las tropas?" el capitán preguntó.
El sacerdote frunció el entrecejo. "¿En dónde estarán localizados el resto de los
aldeanos?"
"En los furgones. No hay mucho espacio..."
El sacerdote sonrió. "Preferiría estar con ellos mientras hacemos nuestro viaje a
Thessaloniki. Estoy seguro que podremos encontrar algo para divertirnos," el sacerdote
contestó mientras observaba a Reinhardt asentir.
"Tengo que asegurar de que salga a tiempo. No necesita apurarse, Padre," él indicó
mientras se marchaba.
El sacerdote sacudió la cabeza. El recogió su maleta caminó. Observó la residencia del
Mayor y vio a Eva en la ventana. A su lado estaba Zoe, quien parecía haberse dormido en
sus ropas. El sacudió la cabeza. Les sonrió y las saludó.
Eva le sopló un beso y gesticuló con los labios, "Te quiero."
El sacerdote asintió y se marchó. El no quiso volverse y mirar atrás. Perdería su
compostura si lo hiciera. Finalmente llegó en la estación donde soldados lo detuvieron.
"Alto. Esta área es restringida," un joven soldado alemán le dijo en un griego mocho.
"Abordaré el tren," el sacerdote le informó y entregó sus papeles al soldado.
El soldado miró los papeles. El se preguntó por qué él no estaba con el resto de los
aldeanos que habían estado en el tren desde el día anterior. Encogió los hombros.
No es de mi incumbencia, pensó y saludó al sacerdote.
El sacerdote se detuvo en la plataforma mientras el caos se arremolinaba alrededor de
él. Olió el aire e hizo una mueca. El olor a descomposición estaba por todas partes del
tren. Antes de que pudiese descubrir la fuente, la puerta de uno de los furgones se
abrió y un cuerpo fue tirado. Los soldados tomaban sus narices mientras sus camaradas
arrastraban al hombre de la plataforma y lo tiraban en la zanja cerca de los vestigios,
causando que el cuerpo rodara bajo el terraplén y en la tierra con un ruido sordo en el
fondo.
El padre Haralambos inclinó su cabeza y dijo una oración silenciosa. Miró arriba y
encontró los ojos del soldado que había empujado al hombre en la zanja. "Perdónalos,
Padre," el sacerdote rezó calladamente.
"¡Tú!" el soldado lo señaló. "Hay un espació aquí." Señaló al furgón. El sacerdote
recogió su maleta y caminó hacia el carro.
"Quizá puedas convertir estos animales antes de que encuentren a Jesús," el soldado
dijo y mofó y sus camaradas se rieron.
"Estoy seguro que Jesús estará muy feliz de encontrarlos, no estoy seguro de lo que
dirá acerca de ti," el sacerdote dijo mientras caminaba al carro, dejando al soldado
con la mandíbula suelta.
El golpe del hedor lo golpeó al dar un paso dentro del atestado carro. El sacerdote
inhaló agudamente. Los ocupantes lo miraron con cansancio e inclinaron sus cabezas otra
vez. Su dolor era demasiado intenso como para estar preocupados de por qué un sacerdote
Ortodoxo Griego estaba en el coche con ellos. El encontró un pequeño lugar en el fondo
del furgón y puso su maleta en el piso y se sentó sobre ella. El se pateó mentalmente
por no haber traído comida con él.
Inclinó su cabeza y rezó. Cuándo abrió los ojos, vio a una niña observándolo. Le sonrió.
Sus grandes ojos castaños estaban rojos del llanto y lágrimas manchaban sus sucias
mejillas; su cabello oscuro estaba enredado y su ropa estaba sucia. Intentó ver si sus
padres estaban con ella, pero nadie le daba ninguna atención a la niña. Le sonrió y le
indicó que viniese. "¿Cuál es tu nombre?" él preguntó gentilmente.
"Rebecca Stavrithis. ¿Cuál es el suyo?" Rebecca preguntó, mirando al hombre con la
larga barba blanca y la bata negra. Su crucifijo de oro contra el color negro de la
bata.
"Panayiotis Haralambos. ¿Estás aquí sola?"
"Mi papá estaba aquí pero ellos..." la niña se detuvo y empezó a llorar. El sacerdote
abrazó a la niña mientras comprendio que el cuerpo del hombre que fue sacado era
verdaderamente el padre de la niña. Abrazó a la niña mientras sollozaba. "¿Quieres que
te cuente una historia?" el sacerdote ofreció mientras enjugaba sus lágrimas.
Rebecca hipó y asintió y frotó sus ojos.
"Bueno, ¿conoces la historia del asno que hablaba?" el sacerdote preguntó. Rebecca
sacudió la cabeza y el sacerdote empezó su cuento mientras el tren comenzaba a moverse.
Capítulo 16
"¿QUE?" Muller bajó el teléfono y sólo se lo quedó mirando, incrédulo. Propaganda,
debía ser. Propaganda está compuesta por la Resistencia. Atenas no podía derribarse tan
rápidamente. Por si era verdad que la mayoría de las tropas habían salido con el
tren dirigiéndose a Thessalonki, las tropas que se quedaron eran fuertes soldados.
El mayor volvió su atención al teléfono mientras lo ponía en su oreja. "¿Qué hay del
General Kiefer?" Preguntó, corriendo la otra mano por su pelo y tomándose la nuca.
"¿Estás seguro? Sí... sí, bien... Veré lo que puedo hacer aquí." Colgó el teléfono y
cayó en su silla, pellizcándose el puente de la nariz entre su pulgar y el índice
mientras tomaba un fuerte aliento.
Hubo un golpe a la puerta y después de una pausa el Capitán Reinhardt entró, caminando
hacia el frente del escritorio del mayor y parándose pacientemente por varios momentos.
"Atenas ha caído," el mayor indicó, sin levantar la mirada.
Los ojos de Reinhardt crecieron tan grandes como platos y dejó caer su mandíbula
mientras las noticias se registraron. "¿Qué hay del General Kiefer?" preguntó.
"Está detenido como prisionero de guerra por los Americanos."
El tono chillón del teléfono los asustó a ambos. Muller lo levantó. "¿Sí?"
Reinhardt observó el rostro de su comandante volviéndose un blanco pálido mientras se
desplomaba aún más en su silla. Estaba seguro de que si el mayor no hubiese estado
sentado, se habría caído.
"¿Cuándo?" el mayor preguntó mientras veía a Reinhardt. "Sí, General. Heil Hitler."
Colgó el teléfono. "¡¿Qué más puede salir mal hoy?!"
"¿Qué sucedió, señor?"
"El tren de tropas que iba a Thessaloniki fue bombardeado hace una hora por la Resistencia.
El tren se cayó en el cañón."
"Padre Haralambos," Reinhardt susurró, sintiendo una punzada de remordimiento ante el
pensamiento de que el viejo hombre había muerto.
"¿Qué?"
"Nada, señor. ¿Qué hará usted?"
"Nos retiraremos. El General Rhimes ha ordenado retirarnos a Thessaloniki. Bien,
nosotros no podemos tomar otro tren por eata zona. El puente y la línea se han
destruido totalmente. La única manera es por camión. Encárgate de eso," dijo
desdeñosamente y giró para empezar a reunir papeleo.
El Capitán Reinhardt se quedó ahí todavía, una mirada de total indecisión en su rostro.
Muller frunció el entrecejo mientras notaba que Reinhardt no había salido para empezar
a llevar a cabo sus órdenes.
¿"Hay algo más, Capitán?"
"Uh..." Reinhardt no estaba seguro cómo comenzar a hablar del asunto de la última
indiscreción de Eva.
Muller lo miró agudamente ante el sonido. "Habla ya hombre, ¡no tengo todo el día!"
"Es sobre de Eva, señor."
"¿Qué hay con Eva? ¿Rechazó tus avances otra vez? ¿Es tan importante que tengas que
decírmelo ahora?"
"Sí, señor. Tenemos un problema."
"Uno de muchos, Capitán," Muller gruñó, ahora molesto con él. "¡Habla ya, hombre! ¿Qué
problema tienes con Eva?"
Reinhardt tragó grueso. "Su perversión ha salido a la superficie... otra vez."
Los ojos azules de Muller se convirtieron en hielo. Reinhardt estaba contento que no
soportaría lo más recio de la furia de Muller. La cara del hombre se había tornado a una
brillante sombra roja mientras se sentaba en su escritorio, sus manos empuñadas en
violenta ira. Un problema con Eva, especialmente este problema, era la última cosa que
Muller habría querido oír en medio de esta crisis. "¿Pensé que me dijiste diferentemente
en tu último informe?" preguntó peligrosamente.
"Sí, señor, pero..."
"Capitán, me dirás lo que sabes. ¡No jugaré a las preguntas y respuestas contigo!"
"Observé a Eva en la estación ayer y chocamos accidentalmente," el capitán dijo
rápidamente mientras la cara de Muller reflejaba su irritación. "Hablamos, entonces me
dijo que volvería a casa. Pero no lo hizo. Fue hacia el norte. Así que la seguí. Fue al
Francote de Atenas y se encontró con Fraulein Lambros ahí, señor."
"¿Quién?"
"Zoe, señor, su mucama. Se sentaron un rato y después se besaron. No era... uh..."
Reinhard no estaba seguro de cuánto debía decirle al Mayor Muller. Su comandante ya
parecía estar listo para tener un ataque. "No cabe duda en mi mente, señor, que ella ha
corrompido a la joven mujer."
"Mein Gott," Muller susurró, recargándose en su silla. Con todo que sucedía, no
estaba listo para lidiar con la traición de Eva otra vez. Pero sabía que tenía que lidiar
con ello ahora, decisivamente y sin ningún remordimiento. El Mayor Muller se levantó y
puso sus ojos peligrosos en Reinhardt. "¿Cuánto tiempo ha estado pasando? ¿En mis
narices? ¿En mi casa?" La voz del Mayor subió mientras golpeaba su escritorio.
Reinhardt saltó.
"Yo-no creo, ha pasado..."
"¡No me importa lo que creas!!" Muller gritó. "Te di la tarea de vigilarla ¿y qué haces?
¡Traes a esa puta a mi casa!"
"Yo..."
Muller lo fulminaba con la mirada. "No tengo hija por éste momento." Su voz calmada
contradijo su rabia. "Conseguiré a alguien más para empezar el cambio de frente. Ahora
tu tarea es Eva. Encárgate de ello." Muller dijo, mirando fijamente a su segundo al
mando. Había advertido a Eva, le había dicho que si volvía a caer, la mataría. Su
traición ahora, cuando él estaba en una posición tan vulnerable, era imperdonable y la
incapacidad de Reinhardt comprendía el problema.
El hombre aún permaneciendo frente a su escritorio parecía nervioso e incómodo.
También debe, Muller pensó. Su cólera estalló otra vez y él estrechó sus ojos
hacia el capitán. "Trataré contigo después que hayas resuelto éste problema. Tu
incompetencia me asombra, Reinhardt. ¡Ahora sal de mi vista!"
"Cómo... o sea, el problema, ¿cómo lo debo manejar, señor?"
Muller maldijo. "¿Te tengo que decir todo? ¿Cómo llegaste a ser un capitán? ¿Tu padre
te compró esta comisión? Elimina esta perversión de mi casa. ¡Sal de mi oficina y
resuelve ese problema! Ahora ¡sal de aquí!"
*****
"¡Atenas es libre!" Thanasi declaró y levantó el brazo saludando a los otros miembros
sonrientes de la Resistencia. Ellos vitorearon fuertemente y comenzaron a cantar
'Ymnos eis tin Eleftherian,' El Himno a la Libertad. Sus voces armonizaban aún
mientras se reían. Finalmente, sus sueños de una Grecia libre se realizarían y la guerra
pronto terminaría. Thanasi vio a Zoe destacándose cerca de la orilla del grupo. Frunció
el entrecejo por un momento y dejó el círculo de celebración. Caminando hacia Zoe, tomó
gentilmente su brazo y silenciosamente la dirigió hacia un lado.
"Zoe... escuchamos que la línea fue destruida hace una hora."
Zoe bajó la cabeza y Thanasi la abrazó por un momento. "¿Alguien...?" Preguntó
suavemente contra hombro de Thanasi.
"No. No hubo sobrevivientes. El tren cayó en el cañón..." Thanasi contestó, sin
molestarse en decirle a Zoe que los soldados que estaban todavía vivos fueron ejecutados
por la Resistencia.
Permanecieron ahí, entre las celebraciones, sintiendo su propia pena en perder a un
amado amigo. "Bien, hemos sido informados que los Americanos están en movimiento. Yo no
estoy seguro cuando llegarán aquí, pero pienso que es nuestro deber ayudar a nuestros
amigos del kraut allá afuera." Dimitri, el líder de la Resistencia de Thessalian, gritó,
tratando de ser escuchado sobre el ruido de las celebraciones.
Dimitri fue donde Thanasi y Zoe estaban ahora separados. Tomó al hombre mayor por el
hombro y sonrió. Su sonrisa se volvió un ceño cuando vio sus caras.
"¿Qué pasa?"
"El tren fue volado," Zoe dijo calladamente.
"Oh." Dimitri bajó la mirada y suspiró. Había olvidado lo del tren entre las buenas
noticias de Atenas. Habían perdido a otras 101 personas de la aldea. Lloraremos
cuando la guerra termine, pensó para si mismo. Todavía necesitaban enfocar en matar
a tantos alemanes como pudiesen. Giró hacia Thanasi.
"Leftheri ha ido a la casa de Muller. Tan pronto como la bomba explote podemos empezar..."
"¿Qué bomba?" Zoe interrumpió al hombre, sus ojos ensanchados con sobresalto.
"La que volará a Muller derecho al infierno," Dimitri contestó.
"¡No, espera!" Zoe gritó, "¡Eva está en esa casa!"
"¿Y?" Dimitri preguntó y se encogió de hombros.
"¡Pero no la pueden matar!"
"Ella es un kraut, Zoe. ¿O ahora eres gentil con los krauts?"
"¡Cállate, idiota!" gritó justo en la cara de Dimitri. "Tú no entiendes, ¡Eva y el
Padre Haralambos trabajaban juntos!" Agarrándole el brazo, alegó, "¿Cuándo detonará la
bomba Leftheri?"
Dimitri verificó su reloj. "En diez minutos... es mejor que corras. No tienes mucho
tiempo para sacarla."
"¡Tengo que detenerlo!" Zoe gritó, saliendo de la casa y bajando el callejón. El corazón
golpeaba fuertemente que sentía como si estallaría dentro de su pecho mientras corría,
sus pensamientos sólo en Eva y llegar a tiempo a la casa. Su atención parpadeó justo a
tiempo para ver el lento movimiento del caballo y el carro delante de ella. El caballo
se detuvo, bloqueando la salida del callejón. Corriendo hacia el carrito, vio que su
carga había cambiado y que había caído a un lado, el contenido de las bolsas llenas de
trigo que rociados en el suelo alrededor del carrito. No había sitio suficiente para
pasar a los lados y las bolsas tiradas bloqueaban el camino por abajo. Estaba atrapada
en este monótono callejón, mientras preciosos segundos transcurrían contra la vida de
Eva. Mientras tanto, el anciano que manejaba el carrito, aún no se movía de su asiento.
Estaba sentado a medio camino, mirando tristemente su carga derramada.
"¡Vamos!" gritó al viejo hombre. "¡Muévase!"
"¿Cuál es tu apuro, pequeña Zoe? ¿El diablo anda tras de ti? Ustedes los jóvenes no
tienen paciencia," el hombre viejo se quejó, mientras bajaba lentamente a la superficie
adoquinada, cojeando para agarrar la cuerda del caballo y tratando de engatusarlo para
moverlo.
"¡Maldita sea, pappou!" Zoe maldijo y trepó los montones de trigo, resbalando varias
veces antes de llegar al carrito y subirse. Saltando del asiento al suelo, tropezó
mientras aterrizaba con torpeza en su tobillo. Bajó y comenzó a correr, a pesar de los
dolores que se disparaban en su pierna con cada paso. Tenía que llegar con Eva a tiempo,
antes de que Leftheri volara la casa.
*****
Continuará...