Estaba frío, oscuro y sofocante. Eva tomó un profundo aliento y lo lamentó mientras
su pecho subía y bajaba y convulsionaba. Estaba tumbada en un sucio y delgado colchón,
los tubos introducidos en su ya golpeada carne. Este fue el mundo adolescente por seis
meses. Un mundo del dolor interminable y sufriendo tanto que rezaba para morir. No sabía
si era de noche o de día y después todo, no le importaba.
Sus únicos medios que tenía para saber la hora eran por las visitas de una mujer que no
tenía nombre, una mujer que representaba el dolor, su toque muy violento. Era la única
cara que Eva veía cada día. Una pálida mujer, quien parecía deleitarse inyectando a la
adolescente con drogas que le causaban tantas náuseas que vomitaría hasta que los
dolores de su pecho la hiciesen gritar de dolor.
Su enfermera le dijo que una amiga iba a visitarla pero no le dijo mucho. Por primera
vez en mucho tiempo, Eva esperaba algo. Entusiasmada en la posibilidad que quizás fuese
un amigo de la escuela. La lógica no entró en la mente de la joven para resolver que
nadie venía aquí si no sería por una visita.
La puerta se abrió una vez más y Eva suspiró mientras la luz se prendía e iluminaba la
pequeña habitación.
"Bien, señorita, Es tiempo de su visita y necesitamos ponerte bonita," la mujer dijo.
Eva no protestó, no pronunció una palabra mientras era levantada. El dolor irradió a
través de ella y quiso gritar mientras era llevada al baño. Una bañera estaba en el
rincón de la blanca habitación y Eva sonrió.
La enfermera miró a su paciente. "¿Te apetece un baño?"
Eva miró arriba en los ojos oscuros de la enfermera y asintió, sintiéndose como una niña
en el Día de Navidad. Gimió de placer mientras se hundía en el agua y dejaba la
tranquilizante agua sobre ella. El agua tibia la rejuveneció.
Después del baño, la enfermera peinó su largo y oscuro cabello, agregó una banda, Eva se
miró en el espejo y suspiró con aprobación. Estaba mas sorprendida de encontrar a
alguien tan pronto y llegaran al 'cuarto de visitas' estaba con los ojos vendados. "Te
sorprenderás más de esta manera," la enfermera le había dicho. Entraron en la sala y la
primera cosa que Eva olió fue perfume, un perfume tan familiar que su corazón se llenó
de alegría. Luego esta persona con el perfume habló y si la enfermera no estuviera
parada cerca, Eva pensaría que se desplomaría.
"Hola Eva, cariño," la voz, tan familiar y tan adorable, dijo. Eva hizo su primer, más
costoso error, uno que la costaría bastante. Jadeó, "Greta" y entonces respondió de la
única manera que sabía cómo, cayendo en los brazos de Greta y la besó sólidamente. Sólo
que no era Greta. Era un ardid que trabajaba tan bien que Eva todavía podía oír esa
perra risa de Hitler.
La cruel risa reverberó por todas partes.
"¡NOOOOOOOOOOO!" Eva gritó y se puso completamente rígida, su respiración se volvió en
huecos jadeos mientras despertaba de la recurrente pesadilla. El corazón latía tan
apresuradamente hasta el punto que pensó que se saldría de su pecho.
Zoe se enderezó ante el grito y giró para encontrar a Eva retorciéndose, hiperventilándose.
Reconociendo los signos de una pesadilla, puesto que ella misma era propensa a ellas,
Zoe dio la vuelta y quitó la cubierta de la almohada.
"Hey, está bien," gentilmente colocó su brazo alrededor de los hombros de la alta mujer.
"Respira en esto, a mi me funciona," ella dijo. A menudo se encontraba en la posición de
Eva y el sacerdote le daba una bolsa para respirar en ella. Cuándo ninguna estaba
disponible él improvisaba y utilizaba la funda de la almohada como una alternativa.
Eva respiró dentro y fuera de la funda de la almohada, agradecida de que no estaba sola
cuando despertó y que alguien la cuidaba.
Zoe la sostuvo por lo que pareció una eternidad pero realmente fueron sólo unos minutos.
Eva puso la funda de la almohada en el piso y se tumbó hacia abajo para encontrar a Zoe
sosteniéndola fuertemente. Giró la cabeza y encontró lágrimas corriendo bajo el rostro
de Zoe.
"Perdón..."
"No es como si quisieras hacer eso," Zoe calladamente le dijo. "Tengo esos también."
"¿En serio?"
"Sí, siempre la misma cosa," Zoe se encogió de hombros. "Me gusta abrazarte."
Eva sonrió y tragó el nudo en su garganta. "Ha pasado mucho tiempo desde que alguien me
dijese eso."
"Bueno, vamos a cambiar eso," Zoe anunció resueltamente mientras colocaba su mentón en
el pecho de Eva y miró arriba.
"¿Estás segura de que quieres involucrarte conmigo?" Eva susurró esperando con todas sus
fuerzas que no escucharía las palabras que temía.
Zoe no dijo nada por unos pocos momentos. "Estoy segura."
"Si Muller..."
"Lo patearé en la entrepierna y gozaré de la experiencia," Zoe se rió tontamente
mientras se imaginaba mentalmente al nazi cayendo de rodillas en pura angustia.
Eva no pudo evitarlo y se rió. Se sentía bien reírse después de experimentar una vez más
la pesadilla que la asechaba.
"Te lo dije, Evy," Zoe se sorprendió por utilizar el diminutivo del nombre de la mujer.
Miró arriba para ver la enorme sonrisa de Eva. "Puede que no hayas advertido esto pero
estamos en una guerra, cada día es peligroso," Zoe encogió los hombros. "¿Qué es un
peligro más?"
"Éste es diferente, Zoe."
"Ya sé," Zoe le dijo y miró arriba para encontrar una mirada de asombro absoluto en el
rostro de la mujer mayor. "A veces tienes que ir con tu corazón y permitir que te guíe."
"Eres muy dulce, Zoe," Eva contestó un poco roncamente.
"Ellos me hicieron y tiraron el molde," Zoe rió entre dientes mientras se acurrucaba
contra el pecho de Eva.
*****
Despina miró arriba en el reloj y suspiró. "¡Donde en el nombre de Dios está esa niña!"
murmuró para si misma. Había preparado el desayuno de Eva y permaneció esperando a Zoe
para llevarlo arriba pero Zoe no estaba.
Tomando una decisión, recogió la bandeja del desayuno y salió de la cocina y subió la
escalera.
Caminó por el pasillo a la habitación de Eva, puso la bandeja cerca en una mesa y llamó
a la puerta. Esperó un momento y entonces entró a la habitación. "Lo sien..." Despina
tartamudeó y se detuvo Eva estaba tendida en la cama dormida; enredada alrededor de la
alta mujer se encontraba Zoe, la cabeza castaña clara acurrucada en el hombro de Eva.
"¡María, Madre de dios y del niño Jesús!" Despina exclamó y se persignó dos veces. Se
paró por un momento y sacudió su cabeza. Le agradaba Fraulein Muller- ella era mucho más
agradable que el resto de los alemanes. Cerró la puerta calladamente detrás de ella y
caminó hacia el par durmiente. En el tiempo que había sido su ama de llaves, Despina
había crecido el cariño por la alta mujer.
"Zoe." Suavemente dio un codazo a la joven durmiente. "¡Zoe!" repitió, "Anda, niña,
¡despierta!"
Zoe se movió y abrió sus ojos para encontrar el preocupado rostro de Despina a pulgadas
de la suya. "¡Ahhhhh!" Zoe exclamó y saltó, causando que Eva se moviese.
Los ojos azules abrieron soñolientos y giraron a Zoe. "¿Qué?"
"¡¿Qué en el nombre de Dios estás haciendo en esa cama, niña?!" Despina exclamó.
"Ah..." Zoe echó una mirada a Eva que quien tenía los principios de una sonrisa en su
cara. "Ev... er... Fraulein... oh diablos," Zoe dijo, mientras trataba de formar algunos
pensamientos coherentes y se rindió.
"Esta bien, niña. No le diré nadie que estabas... dormida," Despina indicó calladamente.
"¡Ahora sal de la cama!"
"Zoe bajará enseguida," Eva informó a la ama de llaves.
"Sí, Señorita," Despina dijo y caminó a la puerta y la cerró tras de ella. Eva se rió
mientras Zoe trataba de salir de cama pero fue obstruida cuando Eva envolvió sus piernas
alrededor de la mujer más pequeña.
"Espero que esto no vague por la aldea antes de tener la oportunidad de levantarme," Zoe
murmuró.
"No te preocupes, Despina no dirá a un alma en donde dormiste." Eva se rió de la mirada
en la cara de Zoe y la besó.
*****
Zoe bajó las escaleras absolutamente mortificada al ser atrapada por el ama de llaves.
A pesar de lo que sentía había sido la mejor tarde que jamás había pasado en mucho
tiempo inclusive con la pesadilla de Eva. Habían hablado y habían compartido sus
sentimientos la una por la otra y su pasado. Eva era un poco reacia de revelar su
pesadilla y Zoe entendía eso bastante bien. Tomaría tiempo de hacer a la alta mujer
creer en que seguro sería así. Zoe estaba dispuesta a esperar.
De otra manera el rudo despertar de esta mañana finalmente encontró lo que había estado
buscando. A veces Dios tenía la costumbre de darle lo que menos esperaba. Su fe en él
había sufrido un golpe mortal pero en lo profundo todavía permanecía una chispa. "Esta
cosa del Gustar mucho realmente es buena," murmuró mientras llegaba a la cocina. Si
solamente pudiesen alejar al Padre Haralambos, sería perfecto. Se calmó rápidamente
cuando vislumbró a Reinhardt saliendo de la cocina, bastante enojado cuando chocó con
ella.
"¡Fíjate por donde vas!" gritó y se alejó.
"Creo que no tuvo un buen día," Zoe murmuró mientras entraba a la cocina. Vislumbró a
Despina quien estaba llorando cerca del lavabo.
"Despina, ¿qué pasa?"
El ama de llaves secó sus ojos con su delantal. "Nada, niña. Estoy bien," tartamudeó.
"No luces como si estuvieras bien. ¿Qué te hizo ese kraut?" preguntó Zoe, tomando a la
mujer rechoncha por los hombros y haciéndola sentarse.
"Nada. Él sólo gritó. La guerra va mal para ellos, creo. Oigo cosas... cosas que de las
que no sabes nada."
"Te sorprenderías," Zoe murmuró.
"¿Qué?" preguntó el ama de llaves.
"Nada. ¿Así que la guerra mal? ¿Y por qué le gritó?"
"No lo sé, niña. Los hombres gritan. Estos krauts gritan más fuerte que los hombres
griegos." Suspiró y se levantó otra vez para terminar la limpieza.
Zoe se paró mirando a el ama de mientras se ocupaba ella misma en la cocina.. "Despina...
um..."
"¿Sí, niña?"
Zoe odiaba ser llamada niña pero estaba dispuesta a permitir puesto que la mujer era
suficiente mayor para ser su abuela. "Por favor no le digas nada de lo de ésta mañana al
Mayor Muller."
Despina giró y miró a la mujer más joven y frunció el entrecejo. "No es mi lugar para
decirte como comportarte, niña."
"No le dirás nada, ¿verdad?"
"¿Por qué haría yo eso?"
"Ah... bueno... um..." Zoe era perplejo para palabras. "Es un hombre muy violento."
"Sí, eso lo sé, Zoe," Despina dijo y paró sus actividades y se sentó. Zoe se le unió en
la mesa.
"O sea, lastimará a Eva."
"Sí, lo sé," Despina dijo. Había visto la marcada espalda de la joven cuando la ayudaba
con sus baños. Estaba bastante enterada de cuán violento el mayor era. Se sorprendió
mucho de que Eva permitiese a esta chica que viera sus cicatrices. "No pienso decirle a
nadie en donde dormiste o con quien dormiste."
"Oh," Zoe dijo calladamente.
"Anda, niña, ¡tenemos trabajo que hacer!" Despina se levantó y repasó el lavabo otra
vez. Zoe la siguió hacia el lavabo y calladamente le dio un picotazo en la mejilla,
entonces rápidamente se ocupó con los platos. No vio la maternal sonrisa en el rostro
de Despina mientras ponía su mano en su mejilla antes de unírsele en el fregadero.
Capítulo 13
El Mayor Muller se sentó en su escritorio y miró fijamente el techo. No podía creer lo
que había escuchado de su viejo amigo, el General Rhimes. Si hubiese sido alguien más
que hubiere dicho acerca de las pérdidas de Patria... bueno no les habría creído.
'Los Americanos han cruzado la Patria.'
"Mein Gott," Muller murmuró. "Dios mío, que caos," Dijo y suspiró. Sus
pensamientos fueron interrumpidos por un golpe en la puerta al que contestó con un
brusco, "Adelante." El Capitán Reinhardt entró y lo saludó. Muller invitó al joven a
sentarse. "¿El tren ha llegado?" preguntó.
"Sí, señor, con tres coches de ganado."
"Bien. ¿Probablemente te estas preguntando por qué hay soldados en ese tren? ¿Verdad?"
Reinhardt asintió. Se había preguntado eso cuando vio el tren metiendo la primera cosa
por la mañana. Les había preguntado a algunos de los soldados, pero ellos no sabían lo
que pasaba. A todos les habían dicho que estaban siendo enviados a Thessaloniki y de ahí
no sabían lo que serían sus órdenes.
"Tenemos un problema," el Mayor dijo. "Estamos saliendo de Grecia."
Los ojos del Capitán Reinhardt se ensancharon y su boca se desplomó. Si no fuese tan
grave Hans se habría reído de la mirada cómica en el rostro de su segundo al mando.
"Cierra la boca, Jurgen y escucha."
"Pero..."
"Dije que escuches. ¿Acaso te dije que me cuestionaras?" El Mayor le contestó
bruscamente. "El tren que entró esta mañana va a Thessaloniki. Los hombres de aquí se
unirán a los soldados del comando del General Kiefer. Los demás serán enviados vía
camión de transporte. He escuchado que quizá eso sea una actividad de la Resistencia
para volar el tren. Tráeme al Padre Haralambos aquí. Él estará en ese tren."
"Sí, señor. ¿Puedo hacer una sugerencia?"
El mayor asintió.
"¿Por qué no ir por 100 aldeanos y ponerlos en el tren? Un hombre no importará mucho a
la Resistencia. Inclusive si es sacerdote. Lo pensarán dos veces para volar a sus
compatriotas."
El capitán Reinhardt esperó mientras su comandante oficial daba la vuelta y veía hacia
afuera. "Bien. Reúne 100 aldeanos para llevarlos al tren," Muller dijo mientras recogía
una pluma y comenzó a firmar papeles. "Trae el sacerdote aquí ahora."
"Señor, es domingo..."
Muller miró al joven como si le hubiesen salido dos cabezas. "¿Y qué? ¿No me traes
sacerdotes en domingo? ¿Hay algún problema?"
"No, señor."
"Bueno, entonces ve y hazlo." Gritó Muller.
*****
"Entonces cuando haces un buen acto, no permitas que todos lo sepan, permite que Dios
lo sepa." El Padre Haralambos terminó su sermón de dejar que los buenos actos pasen
desapercibidos. Su congregación hoy era escasa y él suspiró. Sólo las ancianas y un
puñado de ancianos estaban presentes. Los jóvenes no tenían tiempo para Dios con la
violenta guerra. Inclusive Eva no había ido y estaba preocupado. Ella siempre estaba ahí
a menos que estuviese enferma. Estaba seguro que se encontraba bien cuando la había
visto aquí anoche. Se asustó cuando las puertas de la iglesia se abrieron y el Capitán
Reinhardt y seis soldados entraron la iglesia.
"Llegaste un poquito tarde para el sermón, Capitán," el sacerdote dijo sarcásticamente,
conociendo perfectamente la razón por la cual el Capitán estaba ahí.
Reinhardt hizo una mueca. "No estoy aquí para eso. Usted deberá venir conmigo."
"¿Puedo preguntar a dónde?" preguntó, esperando prolongar lo inevitable.
"El Mayor Muller quiere hablar con usted," le contestó al sacerdote y después giró hacia
el cabo quien se encontraba a su izquierda. "Reúne a todos aquí y bájalos al tren."
El dirigió al sacerdote afuera de la iglesia mientras los soldados acorralaban la
congregación del sacerdote. El sacerdote volvió la mirada y frunció el entrecejo. "Dije
que iría con usted, ¿qué han hecho éstas personas?" El sacerdote trató de abogar con el
Capitán, pero pudo ver que no apelaría a la bondad del hombre.
"No haga tantas preguntas, Padre. Puede que no le agraden las respuestas," Reinhardt
contestó mientras caminaba rápidamente de regreso a la residencia Mayor Muller. El
hombre mayor caminó pesadamente, bastante despreocupado por el apresurado ritmo del
hombre más joven y deliberadamente fue más despacio. "Ande, Padre. ¡Muevase!"
"Capitán, soy lo suficiente viejo para ser tu abuelo. ¿Hablarías con él de esa manera?
Y por favor, más despacio," el sacerdote pidió.
Reinhardt se detuvo. Una mirada incrédula cruzó su rostro. No podía creer cómo le había
hablado el sacerdote, como si no le tuviese miedo. Se rió. "Ande, Padre, el Mayor Muller
esta esperando."
A Reinhardt le agradaba el hombre mayor. Él tenía espíritu y un sentido del humor
bastante bueno para un sacerdote. Un sacerdote que era bastante triste y todo fuego y
el azufre lo habían educado. Este hombre era muy humano. Lo acompañó dentro de la
oficina del Mayor Muller donde el Mayor se había sentado observando entrar al sacerdote.
"Ah, Padre Haralambos."
"Buen día a usted, Mayor," el sacerdote saludó al alemán mientras se sentaba, sin ser
invitado a hacerlo. El mayor fruncido el entrecejo.
"Usted hará un viaje," Muller indicó y firmó algunas formas sin levantar la mirada al
clérigo.
"¿En serio? Que adorable. ¿A dónde?" el Padre Haralambos contestó y sonrió.
Reinhardt suprimió una mueca. Realmente le agradaba éste anciano. El giró hacia su
comandante y vio como un ceño se formó en el rostro del hombre mayor.
"Eso no le concierne por el momento."
"¿Me iré de viaje y no me dirá dónde? Ah, debe ser una cosa alemana," el sacerdote dijo
mientras doblaba sus manos y las descansaba en su regazo.
"Padre Haralambos, su falta de preocupación me interesa... ¿por qué eso?" el alemán
preguntó. El golpeteó la pluma en el escritorio y miró al sacerdote interrogativamente.
"¿Por qué no estoy asustado, ó ¿por qué estoy deseando un viaje cuando no sé a donde voy?"
el sacerdote dijo sarcásticamente.
Reinhardt tosió para suprimir la risita que había burbujeado. Muller frunció el
entrecejo en el capitán y después volvió su atención al sacerdote. "No es gracioso,
Padre."
"No trato de serlo, Mayor. Soy un hombre viejo; he vivido una larga vida y he visto
mucho. Sé que usted puede matar este viejo cuerpo, pero no puede matar mi alma," el
clérigo dijo y le sonrió al nazi. El Mayor Muller se aturdió. No acostumbraba a que las
personas fueran tan honestas con él. Estaba acostumbrado al temor y al odio, pero no
abierto a la honestidad. Giró hacia Reinhardt.
"Déjanos solos."
La puerta se cerró detrás del Capitán y el Mayor Muller giró su atención al sacerdote.
Muller se recostó en su silla y miró al sacerdote. "¿Qué secretos mantiene, Padre?" el
Mayor Muller quería saber por que su hija pensaba tanto en éste hombre. Reinhardt le
había dicho de sus reuniones con ella, las horas que habían pasado juntos. Era
sospechoso.
"Soy el guarda de muchos secretos, Mayor, la mayoría de ellos espirituales. Soy un
simple sacerdote," el clérigo contestó.
"Usted no es el simple sacerdote que quiere que yo crea que es."
"¿Quieres decir que no soy un sacerdote? El Arzobispo será el más sorprendido." Sus ojos
todavía sonriendo, pero el Mayor podía presentir una dura resolución. "Es un baile
encantador el que estamos bailando, Mayor, pero me estoy haciendo más viejo, así que
¿por qué no decimos lo que cada quien quiere decir?," el sacerdote sugirió.
"Dígame, Padre, ¿por qué mi hija Eva va tanto a la iglesia?"
"¿Por qué la gente va a la iglesia?" preguntó mientras miraba al mayor. "Eva es una niña
espiritual, Mayor."
"Es un una niña pervertida," Muller dijo entre dientes. "Sé lo que ella ha estado
haciendo, Padre."
El padre Haralambos se dio cuenta de que estaba siendo tentado y sonrió interiormente.
Muller era sólo un cachorro cuando venían estos juegos mentales. "Ella ha estado
limpiando su alma, Mayor. La muerte de su madre le causó tanta aflicción. Estoy seguro,
que como su padre, usted está enterado de eso. Ha estado sufriendo y necesita el
consuelo del Señor."
El Mayor Muller miró al anciano por unos momentos. "Dígame, Padre, ¿qué le ha dicho mi
hija sobre la muerte de su madre?"
"Una niña es marcada por tal experiencia, Mayor." El sacerdote perdió su buen humor y
sus ojos azules se volvieron fríos mientras veía al hombre responsable del dolor de su
hija. Ningún niño jamás debe ser tratado como un animal, pensó.
El Mayor Muller se sobresaltó. Los ojos buenos humorados del sacerdote mostraron odio
por un momento y entonces el sacerdote sonrió. "Mayor, ningún niño que pierde a un
padre esta perdido. Eva no es diferente. Como le dije, ella ha encontrado el consuelo
en el Señor."
El mayor decidió permitir que ese asunto cayera mientras estaba bastante pendiente de lo
que había ocurrido. El se agitó con algunos papeles en su escritorio. "Usted informará
al Capitán Reinhardt de su viaje del tren," ordenó, sin mirar el sacerdote.
"Ah sí, mi pequeño viaje. ¿Tendré tiempo de hacerles saber a las Hermanas que me iré
por algún tiempo?"
El mayor asintió. "Mañana abordará el tren," dijo, negándose a encontrarse con los ojos
del sacerdote. "Váyase," girando su silla dándole la espalda al sacerdote. Fue
inconsciente de la sonrisa que cruzó el rostro del sacerdote.
"Que tenga un buen día, Mayor."
Muller no contestó mientras la puerta se cerraba silenciosamente cuando salió el clérigo.
Muller sintió que el viejo sacerdote lo había desafiado y de algún modo él había perdido.
Sacudió la cabeza.
*****
El padre Haralambos estaba sumergido en sus pensamientos mientras avanzaba por el
bosque, el frío del otoño metiéndose en sus ropajes. Alcanzó el fin del sendero y se
detuvo mientras miraba a través del horizonte septentrional.
El bosque que rodeaba el área pareció estar sucumbiendo al tiempo- sus hojas cayendo,
secándose, ramas desnudas encarando el invierno que se acercaba. Encontró un área
recluida que dejaba ver las montañas septentrionales, las nubes rozando a través de los
picos de las montañas, las cuales lucían grises y reducidas. El río, un recurso
esencial para la guerra, era un centro de actividad para los muchos granjeros locales,
su agua cristalina y corrientes poderosas trayendo un sentido de intensidad y vigor a
la atmósfera. Los campos ricos y opulentos de trigo prosperando mientras el tiempo para
la cercana cosecha daba un matiz casi dorado al contorno. Había un silencio misterioso
que forzó que los pensamientos del Padre enfocaran en su inminente futuro.
El se sentó en la grande roca y contempló su vida. El era afortunado, pensó, que pudiese
tomar un momento de reflexión en su vida. Otros no eran tan afortunados mientras sus
vidas se acortaban. El podría encontrar algo de tiempo para organizar sus asuntos y
decir adiós a esos a quienes quería. Quizá eso sea una maldición y no una bendición,
pensó para sí mismo.
Había encontrado a su única hija y ahora ver que estaba siendo alejada de él le causaba
mucho dolor. Ella era una mujer alegre y profundamente religiosa de quien estaba
orgulloso. No pensaba que pudiese pedir más de una hija. El sonrió. Cuándo la miraba,
era como si pudiese ver al amor de su vida, Daphne. El escuchó un susurro y giró y vio
a Zoe viniendo hacia él. El sonrió y ella se sentó inmediatamente al lado de él.
"Pensé que lo encontraría aquí," Zoe dijo, observando el valle. Había visto al sacerdote
salir de la residencia de Muller. Había esperado detenerlo antes de que se fuera, pero
Despina la detuvo con algunas tareas que se debían hacer las cuales le tomaron algo de
tiempo.
"Está tranquilo aquí," el Padre Haralambos dijo, toqueteando la Biblia en sus manos. Se
sentaron en silencio durante un tiempo, Zoe jugando con un palo mientras veía pasar las
nubes lentamente.
"Lo voy a extrañar," Zoe dijo calladamente.
"Yo te extrañaré también, Zoe."
"No le de a Dios un tiempo difícil, ¿de acuerdo? Sé que usted quiere organizar todo,"
dijo y dio al sacerdote una mueca.
El padre Haralambos se rió. "Prometo no dar a Dios un tiempo difícil. Le diré que me
dijiste que me comportara."
"Ya se lo dije," Zoe dijo tímidamente y apartó la mirada.
"¿Estás hablando con él ahora?" el sacerdote preguntó. Zoe asintió y aguijoneó algunas
hojas muertas con el palo.
"Le pedí que cuidara de usted y de que usted es un mandón." Sonrió al sacerdote quien
estaba riéndose. No lo había visto reír en muchos años. Su rostro entero cambió y lo
hizo parecer más joven.
"¿Puedo pedirte que hagas algo por mi?" el sacerdote preguntó.
"Lo que sea," Zoe contestó.
"Compórtate cuando me haya ido," el sacerdote dijo mientras abrazaba a la joven. Miró
hacia abajo para ver las lágrimas corriendo bajo su rostro. Besó su frente y le frotó
su espalda con la mano. Estuvieron así por algún tiempo, cada uno con sus propios
pensamientos, observando las montañas. Un recuerdo surgió mientras el Padre Haralambos
sonreía ante el recuerdo de una chica muy joven alzando su mano con ansias para contestar
la pregunta que él había puesto a la clase.
"Muy bien, niños, ¿cuál es la montaña más alta en Larissa? ¿Quién me puede decir?"
El Padre Haralambos decía mientras miraba el mar de rostros ante él. Los pequeños
apretaban sus caras tratando de pensar. El sacerdote sonrió mientras los miraba. Una
pequeña mano se disparó. Las trenzas color miel de la niña se balancearon cortadas
arriba y hacia abajo mientras trataba de llamar su atención.
"¿Sí, Zoe?"
"¡Padre, la montaña más alta en Larissa es el Monte Olimpo!" dijo con convicción y
volvió a sentarse.
El sacerdote sonrió. Los niños miraron a Zoe y se rieron. La niña estaba cabizbaja y
comenzó a hacer pucheros.
"Ahora, bien niños. Zoe casi acertó. El monte Olimpo es la montaña más alta en Grecia y
ustedes pueden ver la montaña de aquí si observan lo suficientemente bien. La montaña
más alta en Larissa es El Monte Ossa."
"¿Qué es tan gracioso?" Zoe preguntó ante la sonrisa del sacerdote.
"Ah, sólo recordaba a una niñita y el Monte Ossa," dijo enigmáticamente.
Zoe miró las montañas y sonrió. "El monte Olimpo es la montaña más alta de Grecia."
Zoe miró tímidamente al sacerdote quien miraba las cordilleras. Trataba de ensayar lo
que quería decirle, lo sabía, pero sonaba tan tonto para ella. No estaba segura de cómo
decirle al clérigo sobre su amor por Eva o cuánto significaba Eva para ella. Limpió las
palmas de sus manos contra su falda, bastante sorprendida de encontrar que estaba
preocupada. Congregó su valor y dijo, "Padre, tengo algo que decirle."
"¿En serio?" el Padre Haralambos preguntó. El se preguntaba cuando vendría el tema de
Eva y Zoe estando juntas. Soy un hombre viejo pero no estoy ciego, pensó para él
mismo mientras miraba a la joven.
"Um... Usted sabe sobre Eva y lo que sucedió con ella en Alemania... O sea, Mayor Muller..."
"Él la golpea, lo sé," el sacerdote contestó.
Cuándo Eva se lo dijo estaba tan enojado que quería confrontar al Mayor, pero se dio
cuenta rápidamente de que no era el mejor plan y sólo habría lastimado más a su hija si
lo hubiere hecho así.
"Hmm... ¿le dijo por qué?" preguntó Zoe. No estaba segura de cuanto Eva había confiado
en el sacerdote, pero sentía que tenía que decirle al clérigo. No estaba segura del por
qué pero sentía la necesidad.
"¿Padre?"
"¿Sí?"
"Um," Zoe jugó con la piedra que recogió por ahí. "¿Recuerda cómo le dije que los chicos
eran repulsivos?"
El sacerdote sonrió. "Sí, lo recuerdo."
"Bueno, pues, creo que averigüé el por qué," Zoe tartamudeó y miró arriba en los ojos
del clérigo los cuales eran idénticos en color a los de su hija.
"¿Seguro?"
"Sí," Zoe asintió y volvió a jugar con la piedra. "Me gustan las chicas."
El sacerdote tomó un profundo aliento esperando que Zoe continuara pero en cambio, ella
apartó la mirada. "¿Conozco a la chica?"
Zoe se volvió y sonrió. "Eva."
"Ah ya veo. ¿Qué siente Eva por ti?" él preguntó, sabiendo ya la respuesta a esa
pregunta. El había visto cómo Eva miraba a la joven cuando estaban juntas y aunque él
estaba seguro de que no se daban cuenta, veía la conexión entre ellas.
"Um... siente lo mismo," Zoe dijo cohibidamente.
El sacerdote le sonrió y tomó sus manos y las sostuvo. "Zoe, nunca te avergüences de
amar a alguien. No consigues muchas oportunidades en la vida y cuando ellas vienen,
atesóralas. Embotéllalas y atesóralas, hija. Eva es un ser humano precioso."
Zoe miró arriba alarmada de oír las palabras del clérigo. Esperaba fuego y azufre no
gentileza y amor. Había visto a otros que eran 'diferentes' en la aldea siendo tratados
como leprosos y sentía lástima por ellos. No los entendía hasta ahora.
"Ella ha atravesado los fuegos del infierno y necesita alguien quien la quiera y la
ayude. Tú eres una persona especial, Zoe. Tú has perdido mucho, pero veo un fuego que
arde tan brillantemente. Tienes un corazón gentil y un alma amorosa. Dale ese amor, hija
y ella te amará de igual forma. Tienes mi bendición."
Zoe miró en sus ojos y podía ver brillando lágrimas. Asintió mudamente. "Ella lo ama
mucho."
"Lo sé," el clérigo asintió.
Se sentaron en silencio por un momento. El clérigo recogió su Biblia y giró hacia la
joven.
"Zoe, quiero leer algo para ti." Abrió su Biblia y encontró el capítulo que quería
leerle. "Cuando llegue la hora, quiero que recuerdes esto."
Zoe asintió. No confiaba en su voz como para hablar. El sacerdote comenzó a leer. "Y
El limpiará cada lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni luto ni protesta ni dolor,
ya no. Las cosas anteriores han pasado el camino." La voz del sacerdote se quebró.
"Voy a un lugar mejor, hija. No estaré solo. Siempre que tengas miedo quiero que
recuerdes lo que el Salmista escribió: 'El Señor es mi pastor, no careceré nada. En
pastos cubiertos de hierba que el crea, me recuesto. Por bien regados lugares de
descanso él me dirige. El refresca mi alma. Me dirige en los vestigios de rectitud por
la consideración de su nombre. Aunque camine por el valle de la muerte, No le temo a
nada malo porque tú estás conmigo. Su vara y tu báculo son cosas que me confortan'."
El sacerdote se detuvo al escuchar a Zoe sollozando a su lado. El la sostuvo por un
momento y después continuó, "'Seguramente la bondad y la bondad amorosa me seguirán
todos los días de mi vida; Y moraré en casa de Dios para siempre.'" Terminó y cerró
la Biblia.
"Quiero que tú tengas mi Biblia, hija. Mantenla contigo y léela. Mantendré un ojo en ti."
Le entregó el libro negro a Zoe quien lo tomó y lo sostuvo cerca de su pecho.
Mantuvo la Biblia en sus manos. Su Biblia. Una pequeña posesión que atesoraría por el
resto de su vida. "Te quiero, Padre," Zoe dijo y se inclinó contra el sacerdote mientras
él la sostenía.
"Yo también te quiero, Zoe," el sacerdote contestó, sujetando a la joven entre sus
brazos. Estaba seguro de que sus oraciones habían sido contestadas y que Zoe se daría
cuenta de que no debía culpar a Dios por la guerra ni del terrible destino del que había
acontecido el país. Estaba satisfecho de que su trabajo estuviera hecho.
Capítulo 14
El Padre Haralambos dejó a Zoe en el Francote de Atenas y regresó a la iglesia para
hacerles saber a las Hermanas que se iría por un tiempo. No había razón para
desquiciarlas. Estaba seguro de que ellas serían capaces de continuar en su ausencia.
Necesitaba escribir una carta al Arzobispo pidiendo un reemplazo. Tengo tanto que
hacer, pensó mientras subía los escalones de piedra. Entró y encontró a Eva hablando
con una de las hermanas.
"Ah, Eva. ¿Estás bien?" el sacerdote preguntó mientras le tomaba la mano.
"Sí, Padre..."
El sacerdote la acompañó a su oficina.
"Siéntate, siéntate," el sacerdote instó a la joven.
"¿Ahora dónde estabas esta mañana? Estaba preocupado quizá estés enferma."
Eva sonrió. No estaba segura de cómo decirle a su padre que estaba en la cama con Zoe,
o por qué habían estado en la cama, aunque no pensaba que le pudiera mentir, tampoco.
"Uh... nosotras... es decir, estaba en cama," Eva tartamudeó. El sacerdote giró para
agarrar un cántaro de limonada y sonrió. Disfrutaba tanto al tratar de molestarla, era
pocas las veces que tenía el lujo. "¿Estabas en cama?" repitió y le ofreció la bebida.
"Sí, Padre," Eva dijo calladamente, pensando que quizá pudiese cavar un hoyo y
enterrarse en el. No había pensado que sería tan duro decirlo.
"Zoe me dijo," el sacerdote dijo con un destello en su ojo. Eva lo miró fijamente en
shock; sus ojos estaban redondos y su mandíbula desplomada. "¿Estás bien, hija?" el
sacerdote preguntó, sonriendo. El se sentó y dobló las manos en su regazo. Eva le había
confiado que era lesbiana. Era un golpe al principio pero él no podría sólo alejar a su
hija justo cuando ella había regresado a su vida. El tomó la decisión amarla y apoyarla
sin importar que.
"Ah..." Eva estaba aturdida. No estaba segura que esperar, pero no había esperado esa
reacción. El padre Haralambos continuó sonriendo. "¿Qué piensas?"
"¿Qué pienso?" dijo el clérigo y se acarició su larga barba. "Pienso que estarás jugando
con fuego."
"¿Perdón?"
"Zoe es una fiera, no tomará no por respuesta," el sacerdote sonrió. "Pero es también
muy leal, adorable y luchará hasta el final por las cosas en las que ella cree."
"¿Entones lo apruebas?" Eva preguntó tentativamente.
"¿Importaría si no lo aprobaría?" el sacerdote preguntó cuidadosamente observando la
reacción de Eva. Eva lo miró fijamente sin inmutarse, sus esbeltos dedos apretados y
descansando en su regazo. "Sólo alguien que ha sido tan lastimado podría fingir
profundamente indiferencia", pensó para él mismo mientras Eva volvía la mirada hacia
él.
"Sí," Eva finalmente contestó encontrando que su boca se había secado.
"Lo apruebo, Eva," el sacerdote tomó las manos de Eva. "Quiero que encuentres la
felicidad y si significa que la encuentras con Zoe, entonces tienes mi bendición. La
iglesia lo dice de otro modo pero esta vez, yo iré con lo que mi corazón dice."
"Mi cabeza dice que huya pero mi corazón..."
"Escucha a tu corazón," su padre terminó su pensamiento, colocando la mano sobre su
propio corazón. "Yo no escuché mi corazón y perdí años sin conocer a mi hija. No quiero
que lamentes no haber seguido tu corazón."
"Sí, Padre," Eva derramó lágrimas suavemente mientras el hombre que correctamente
clamaba el amor y respeto que ella quería la sostenía en sus brazos.
"Me iré mañana," el Padre Haralambos dijo calladamente y quitó las lágrimas con su
túnica negra.
"Padre, quizá Ares pueda sacarlo de aquí," Eva dijo, mientras trataba de convencerlo una
vez más para abandonar Larissa, para escapar.
"Esta es mi copa, hija. No se lo puedo dársela a alguien más," el sacerdote contestó,
sabiendo no importaba lo que dijese, Eva trataría de cambiar de opinión, justo como Zoe
lo había intentado.
"Ares dijo que volarán el tren. No quiero perderte," Eva mientras veía al sacerdote,
tratando desesperadamente cambiar de opinión, sabiendo que era una causa perdida; pero
si ella había aprendido algo durante esta pesadilla de una guerra, no era el renunciar.
"Yo tampoco quiero perderte, pero mi hora ha llegado. Tienes que ser fuerte. Tienes que
ayudar Zoe como ella te ayudará a ti. Ya no estás sola," él dijo, tratando de aliviar
los temores de la joven.
"Porque tengo a Zoe, ¿eso significa que tengo que dejarte ir?" Eva preguntó, su voz
quebrándose. "¿No puedo tenerte a ti y a Zoe en mi vida?"
"Eva, no puedo permitirle al Mayor Muller que sepa que yo sé lo que le sucederá al tren.
El no es un hombre estúpido, es un hombre malo, pero no estúpido. El hará la conexión.
No quiero que sufras otra vez en sus manos. ¿Me entiendes?"
"Padre, quizá puedo escapar contigo y entonces él no sería capaz de poner sus manos en
ninguno de nosotros." Eva estaba desesperadamente agarrándose a un clavo ardiendo.
El padre Haralambos suspiró. "¿Qué hay de Zoe? ¿La dejarás atrás?"
"No. Pero ella..."
El padre Haralambos la calló con un dedo contra sus labios. "Hija, si pudiese hacer eso,
lo haría, pero no todos podemos escapar. Eso arriesgaría muchas vidas. He vivido una
larga vida, una vida muy buena. No tengo un deseo de muerte pero Eva, mi querida hija,
no hay otra manera. No sacrificaré tu vida. Ya has perdido demasiado."
Eva suspiró y se doblegó contra el clérigo. El padre Haralambos la besó tiernamente.
"Creo que necesitas ir con Zoe. Ella te necesita ahora. Ambas se necesitan una a la otra.
Ella vino a verme al Francote de Atenas. Aún está ahí."
Eva asintió, quitando las lágrimas. Quería sacar a su padre lejos de esta pesadilla.
Ella había hablado con Ares y fue acordado, pero se dio cuenta de que él no escucharía.
"Ella me dijo lo que sentía por ti. ¿La amas, Eva?" El Padre Haralambos preguntó
mientras tiernamente enjugaba las lágrimas con su pañuelo. Eva asintió. Encontró un nudo
en su garganta y bebió algo de limonada.
"Ella lo es todo para mí, Padre."
"Ámala con todo tu corazón, hija. Ella es una rosa entre hierbas. Como le dije a Zoe, no
tienes muchas oportunidades en la vida y cuando lleguen, estímalas. Embotéllalas y
atesóralas. Ámense la una a la otra y vivan cada día como si fuera el último que fueran
a vivir. Crean en Dios y Él nunca les fallará. ¿Harás eso por mí?" Le preguntó.
"Sí, Padre," Eva dijo calladamente mientras sostenía las manos del hombre.
"Quiero que hagas algo más por mí," el sacerdote continuó. "Quiero que salgas de Grecia
cuando la guerra termine. Quiero que tú y Zoe se vayan. Thanasi me dice que viene más
derramamiento de sangre. Dijo que Grecia se hundirá en la guerra civil y no quiero que
ustedes dos estén aquí. Sólo recuerden que yo estaré con ustedes en espíritu. Zoe me ha
pedido que no trate de reorganizar el cielo, así que necesitaré algo en que ocupar mi
tiempo," el Padre Haralambos bromeó. "Cuida de Zoe," agregó.
Eva asintió, desconfiando su voz.
"Recuerda mi niña, siempre te amaré y doy gracias a Dios cada día que Él te trajo hacia
mi," dijo mientras frotaba las oscuras mangas contra sus ojos. "No lo olvides ahora,
acuérdate de rezar," le dijo y la besó tiernamente en la mejilla.
*****
Continuará...