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Paranoicos al poder, disfrutad ;D


ESE DÍA

Lane

Primera parte

El día que me atropellaron olía a primavera y sin embargo mi nariz seguía picando de frío. Pese al canto jolgorioso de los pájaros, advertí el cambio de temperatura nada más despertarme aquella mañana. Agradecí de buen grado mis desconfiados instintos que me obligaron a irme de casa con una rebeca bajo el brazo.

Como cada mañana, tan temprano, el parque aun parecía sumido en un estado de benevolencia soñolienta. Era entonces cuando yo más disfrutaba de la paz que inducían los primeros rayos de sol matutinos, rozando con tímida intensidad las frondosas copas de los árboles aun en duerme-vuela.

Recuerdo que eso de escalfar, correr y despejarme con ejercicio cada mañana no fue algo a lo que me acostumbré hasta después de mi séptimo cumpleaños. Hasta entonces, le tuve en cada forzoso despertar de cada mañana un cada vez más arraigado recelo al dicharachero y odiosamente enérgico tan pronto por la mañana de mi padre. No lo entendía.

No le entendía.

¿Cómo demonios conseguía levantarse tan, pero que tan, temprano y tener esos ánimos? Y por dios, ¿para salir ahí fuera, en pleno invierno, y congelarse el culo tan sólo para dar un par de vueltas a la manzana? Para eso pataleaba un poco en la ducha antes de ir a cole y listos, ¿o no?

En fin, de todas formas tuve que acostumbrarme o morirme a golpe de bostezos lacrimosos o pérdidas de uñas en cada arrancada de sábanas. Por alguna razón, el día en que hice siete añetes fue el primero en que mi padre no me encontró hecha una bola de edredones humana, tan sonriente que estaba yo ya al pie de la cama con mi chándal y mis deportivas nuevas.

¿Fueron las deportivas?

Bueno, la verdad es que aun no he encontrado placeres que se le asemejen al gustazo que da estrenar calzado, ah no... Puede, sí, puede que fuera por la alegría que me dio despertarme con dolor de pescuezo por el enorme e incómodo bulto que hacían mis deportivas nuevas bajo mi almohada. El caso es que a partir de ese día dejó de molestarme la manía matutina de mi padre con las dichosas vueltecitas a la manzana.

Incluso empezó a gustarme con el paso de los años, mira tu por donde.

Así que cada mañana, después de correr durante un buen rato, solía sentarme siempre en el mismo banco, el último de la fila de la derecha del ala oeste, estirando las piernas y aplastando contra el fondo de los bolsillos mis puños enguantados, intentando recobrar el aliento. Cerraba los ojos y escuchaba pacientemente como el parque empezaba a cobrar vida, a despertar a un nuevo día entre sonidos de pisadas, ladridos y palomas alzando el primer vuelo de la mañana en busca de comida.

Y algún que otro claxon, como no.

Al abrir los ojos y mirar al centro del parque, ahí estaba de nuevo: la viejecita de las palomas, como la Palomera Poppins, espolvoreándoles a semejantes bichos picotudos y pulgosos trocitos de pan duro de dos días. Extrañamente perdida entre sus holgadas y pasadísimas de moda ropas, y siempre con las mejillas y nariz sonrojadas, reía divertida cuando la gente se la quedaba mirando al pasar y sus semblantes reflejaban pena, otras veces desprecio. En ocasiones, incluso, asco.

Esa mujer me encantaba.

Me fascinaba su humilde felicidad en contraste con la altivez y soberbia de los que la miraban. En serio, a veces se me hacia difícil concretar quien de los dos era el pobre desgraciado y quien el adinerado supuestamente feliz.

¿O debería decir el feliz supuestamente adinerado?

En fin, que cosas...


Suerte que no se cobran las carcajadas, sino el mundo probablemente lo gobernarían muchos "puenteros", que decía mi abuela.

Antes de volver a casa, me gustaba dar una vuelta más al parque andando. Quizás porque se acercaba la hora en que todas las madres arrancaban su propia carrera con sus críos al vuelo para llegar a tiempo al colegio. Algunos parecían cometas, los pobres. El caso es que había hecho de la casualidad un hábito el saludar a un par de pequeñajos, a los que nunca vi que acompañara nadie en particular, que se cogían de la manita y compartían golosinas durante el camino.

Quizás fueran mellizos, se parecían mucho.

Él, un pequeño diablillo, procuraba demostrarme en arrebato infantil y con orgullo sus habilidades cada vez que se cruzaban nuestros caminos, ya fuera poniéndose a correr como un verdadero y exitoso velocista alrededor de su hermana, levantando las manos victorioso, voceándose él mismo, al cruzar una invisible meta; o bien haciendo piruetas que no siempre tenían un final feliz cual magnifico equilibrista coreado por los vítores de su eterna admiradora de exacta sangre. Ella, mucho más tímida, sólo atinaba a reírse de las payasadas de su hermano, echándome breves vistazos para asegurarse de que mi atención recaía exclusivamente en ellos.

Me recordaban a mí misma y a mi hermano.

El efecto, cada bendito día, era el mismo: una sonrisa enternecida junto a un divertido "buenos días". Su respuesta a cambio, unisón y entusiasta, ensordecía hasta a las palomas.

Pero ese día, por lo que fuera, me encontré realmente cansada y preferí volver a casa sin esa última vuelta al parque. Me dolían las sienes, no me sentía desde hacía un buen rato los dedos de los pies, así como la punta rojiza de la nariz, y la áspera helada de mi garganta empezaba a molestarme realmente. Así que con un bote cansino, me levanté del banco y reanudé el camino a casa mientras pensaba que quizás no me vendrían nada mal unas nuevas deportivas.

¿Cuánto hacía que seguía con las mismas de siempre? ¿Era posible que fueran las que usaba en los días de universitaria?

Por dios...

Le sonreí a la palomera eternamente risueña, gesto que me devolvió con una carcajada ciertamente un tanto exagerada, pero nada fuera de lo común en el extravagante talante de la mujer-paloma. Luego, me detuve pesarosa en el cruce de la avenida que separaba el parque de mi bloque de edificios.

Mi apartamento no era nada fuera de lo común. No se puede decir que el lujo invadiera mi hogar, más bien era tan humilde que un poco más y compartía techo con la palomera bajo el puente. Pero a mí me gustaba. Bien sabe dios que hubiera podido escoger mejor, decorar y amueblar mejor. Sin embargo, en cuanto lo vi, yo y mi sueldo de estudiante nos enamoramos de él al acto.

Vacío y todo.

Yo nunca lo llamaba hogar, o casa, o piso. Era mi estudio. Vivía en mi estudio, junto a todas mis estanterías a punto de ceder por el exceso de peso que suponía más de mil discos sobre ellas. También estaba mi queridísimo piano, casi tan viejo como el mañoso de padre. Mi enorme sofá-cama tras una mesita cuadrada de roble colmada de velas, un pequeño cuenco de incienso de vainilla que siempre procuraba que no se acabara, y mil y una partituras en las que yo trabajaba, constituían algo de lo que se puede decir que no podría vivir sin ello.

Pequeño, desordenado y mal ubicado, por ser un ático sin ascensor, pero al fin y al cabo aquel era mi hogar.

Mi estudio.

Un estudio al que Gus no dejaba entrar a menos que olisqueando detectara mi olor bajo la puerta, tras aporrearla por falta de timbre.

Vale, pequeño, desordenado, mal ubicado y un poco cutre... lo reconozco.

Cuando el semáforo se puso en ámbar, me di cuenta que aquella mañana había salido sin despedirme del basset. Tenía por costumbre despertarme antes que él, puesto que sin duda su naturaleza era dormilona y su vida anterior la de un lirón. Solía toquetearlo con un pie cuando mi despertador insistía en despertarme cada día a las 6:30 am, riendo cuando emitía un gruñidito de disconformidad y procuraba arrebujarse de nuevo al sueño bien lejos del alcance de mi pie. Bostezaba, pastaba un poco la babosidad que tuviera en la boca, me echaba una mirada medio bobalicona medio recriminatoria, y dejaba desplomarse la cabeza en la cama, con el obligado revuelo de sus enormes orejas que se posaban media milésima de segundo después, sin prestar en absoluto atención a mi canto mañanero al salir de la cama.

¿Canto qué?

Bueno, puede que heredara más de una afición de mi padre...

Lo que sea.

Antes de salir de casa, volvía a sacudirlo un poco, agitando sus alas de Dumbo y besándolas sonoramente para su desquicio. Por alguna razón que aun no llego a comprender del todo, el canino siempre reaccionaba del mismo modo: estornudaba (en serio, lo hacía, sin ton ni son), se sacudía, volvía a bostezar lenta y aparatosamente y luego emitía un ladrido a media voz. Quizás sólo era su manera de hacerme callar, de hacerme entender que sí, que me había oído, que buenos días para mí también, pero que me marchara ya y lo dejara dormir de una puñetera vez.

Pero ese día no había encontrado a Gus durmiendo en los pies de mi cama-sofá, durante la noche debía haberse despertado y trasladado al suelo de la cocina. Sospecho que se levantó a beber agua y se durmió, literalmente, sin importarle mucho que medio morro se le hubiera hundido en el cuenco.

También yo y mi sueldo de universitaria, a regañadientes, nos enamoramos de él tan sólo verlo. Nunca olvidaré el día en el que sus ojitos canela me miraron soñolientos por primera vez, escudriñándome perezoso entre los delgados barrotes de una pajarera (tan diminuto que era), junto a un compañero yorkshire tan histérico y escandaloso por verme que parecían la antítesis perfecta. Envuelto en una mantita roja y pisándose sin darse cuenta una orejita, sólo atinó a mirarme, luego a su casi epiléptico compañero de pajarera, otra vez a mí hasta que bostezó como sólo él sabe hacerlo: casi desencajándose la mandíbula y dejando que un hilillo de baba descendiera por la comisura de sus labios hasta que al cerrar la boca ascendía el chorrete por arte de magia. Finalmente, nos dejó a todos por imposible y apartó con el morrete un pliegue de manta para hundir su cabecita y seguir durmiendo tan ricamente, pese al escándalo.

Su nombre verdadero es Gustavo, el que figura en la ficha del veterinario. Pero en realidad nunca lo he llamado así ni lo pienso hacer, por un desliz del espantoso en gustos de mi hermano. No pude llevar a Gus a su primera visita al veterinario para que lo vacunaran, maldito el día en que llamé a Bert para que lo llevara por mí. No se le ocurrió nada más ridículo cuando le preguntaron por el nombre del perro e intentó recordar el nombre que yo le di. Más tarde, mirándolo una noche mientras chupeteaba una pelotilla con cascabel de un amarillo fluorescente, pensé que al basset le quedaba que ni pintado el nombre. Sobretodo cuando lo comparé con la rana y entonces alzó la cabecita, bufó con la pelota en la boca intentando ladrar, removió la colita con el culo en pompa incitándome a jugar y me miró con ojitos saltones.

Dios santo, ¿había comprado un perro rana? ¿Cómo hacía eso con los ojos?

Verde.

Reí ligeramente al volver a proyectar en mente la visión del dormilón de Gus espatarrado en mi cocina cuando di el primer paso.

Y me temo que eso fue en lo último que pensé, esa mañana, tras pisar por una milésima de segundo el paso de cebra.

*****

Siempre he pensado que los cafés de Mc'Feds son los mejores de esta bola de barro en la que vivimos.

Sobrevivimos.

El camarero rechonchetón que siempre me tira los trastos cómicamente ante todo el personal, regalándoles a la clientela un buen rato de risas a mi costa, procura hacérmelos exactamente a la medida de mis gustos: una cucharada y media de azúcar y un cuarto espumoso que me deje mostacho tras el primer sorbo.

Sólo por eso, Barry no acaba cada mañana con la cabeza metida en el cubo de la basura. Tiene suerte o habilidad con la máquina de cafés, o ambas cosas, el caso es que sabe que está salvado cuando me echa una mirada picarona y, agitándome una pretenciosa taza del café de mi condena en los morros, vuelve a soltarme el mismo chiste de cada mañana.

Con alguna variante, claro.

Lo cierto es que en más de una ocasión me ha arrancado a mí misma alguna que otra carcajada. Tiene chispa, el muy capullo tiene un salero que ni el candelabro de la Bella y la Bestia. Lo más importante es que lo sabe y no se le sube a la cabeza. Barry, simple y llanamente, es un Líder-Agrupa-Masas-Nato. Creo sinceramente que si hubiera arrimado un poco más el codo hubiera llegado muy lejos.

Aunque con ese delantal grasiento, ese gorrito de vendedor de frankfurts medio ladeado en un intento orgulloso de parecerse a Paquirri, su ídolo español venerado y expuesto por todo el bar en más de un cartel taurino, y sobretodo ese desparpajo y risotadas que gastaba el hombre, se me hacía realmente difícil imaginármelo liderando un país entero, trajeado cual Aznar.

Menudo cuadro.

Salí del bar exactamente a las 8:25, como cada mañana. Tenía el tiempo justo para coger el coche y llegar en 20 minutos a la oficina de mi socio para anunciarle el cambio de planes. Aunque sinceramente no me provocaban especial entusiasmo.

Este año iba a poder pasar las navidades en familia.

¡...

Oh

Que

Bien

...!

Cerré la puerta del coche y lancé mi cartera al asiento de al lado, escapándoseme una risilla sarcástica. Miré un momento a la tienda-bazar china que había junto a Mc'Feds, sonriendo malévolamente.

Uhmm... ¿Cava? ¿Confetis? ¿Gorritos?

¿Todo?


"Hola mamá, soy tu hija, ¿te acuerdas d e mí? Vengo a pasar las navidades, mira lo que traigo. ¿Festuqui, festuqui?".

Esta vez sí que se me escapó una señora carcajada al arrancar el coche, no decidiéndome del todo con la reacción de mi madre. Probablemente lo primero que haría, o intentaría, sería estamparme en las narices la puerta. Hasta que viera la botella de cava, por supuesto.

Entonces, y sólo entonces, me acercaría a algo así como a lo que se le llamaría "bienvenida".

Resoplé.

Sí, ya, al igual.

No, ahora en serio, qué fastidio. No necesitaba unas navidades en familia. No compartía destino con el turrón del anuncio, precisamente, que cada año "volvía a casa". Más que nada porque tampoco podía decirse que tuviera ni familia ni hogar al que volver. Sólo estaba yo, mi trabajo, mi coche y mi apartamento.

¿Mi apartamento?

Sí, bueno, lo tenía. Aunque sólo lo pisara para dormir, y a veces ni eso. Pero sí, supongo que sí: mi apartamento.

Giré a la derecha en la Diagonal rascándome el antebrazo. Fruncí el ceño al mirármelo y advertir las marcas que seguramente me quedarían. Odiaba a los mosquitos. Y más a los que vivían inexplicablemente a pesar del friolero invierno que estaba pegando ese año. Si por mi fuera, me descalabraría los sesos durante toda mi vida sólo para estudiar y encontrar alguna forma de trasladar a toda la humanidad a otro planeta y fumigar la tierra durante un par de semanas para exterminar a la odiosa especie de insectos.

Chasqueé la lengua en una sonrisa.

Soñar es gratis, ¿no?

Y eso fue en lo último que pensé antes de pisar el freno bruscamente, reaccionando por puro instinto y dejándome de rascar automáticamente.

*****

De pequeña me gustaba apagar todas las luces del comedor, tumbarme en el suelo y observar las extrañas formas que hacían las luces del árbol de navidad en el techo. Sobretodo cuando mi madre compró por primera vez las de colorines y con diversos programas: chisporroteaban, se apagaban y encendían, se intermitían... Al principio, Bert se burlaba de mí, hasta que un día lo tumbé a la fuerza y quedó hipnotizado por las sombras y luces casi fantasmales.

Solíamos mantener largas y acaloradas discusiones, tan largas y acaloradas como nuestra corta edad nos permitía, al tratar de opinar sobre las formas. Bert, que siempre fue un niño un poco rarito y obsesionado con los bichos y sus guarrerías, decía que parecían serpientes recién nacidas, puesto que por las luces las espinosas hojas del abeto se movían lánguidas y sinuosas en el techo. Le parecía un nido de pequeñas serpientes agitándose, recién salidas y excitadas de sus huevos.

¡Iiuhg! Rarito, rarito...

Yo, por supuesto, discrepaba. A mí más bien me recordaban a un campo de hierbas agitado por el viento. Parecía un espejismo, un mar de hierba de colorines.

Era genial...

Pero no era tan genial cuando mamá nos castigaba por acabar peleándonos en el suelo. "¡Vamos, hombre, y encima con la ropa nueva!" se quejaba coloreándonos un cachete y amenazándonos que ay si papá noel nos viera, carbón que sólo nos traería esas navidades.

Siempre funcionaba.

Yo y mi hermano, temerosos del entrañable gordinflón enfadado dejándonos sin regalos, nos cuadrábamos al acto y plantábamos el hacha de guerra.

Recuerdo que cuando cerré los ojos ese día, aunque no me acuerdo de haberlo hecho, fueron precisamente esas lucecitas las que vi en el fondo de la negrura de mi retina. Si las hubiera visto Bert, hubiera tenido que dar el brazo a torcer a la fuerza, porque sin duda aquello era un verdadero campo en plena primavera, bañado de mil y un arco iris. Una brisa agitaba las hierbecitas y me hacía cosquillas en la nariz, nada que ver con las que me hacía el frío invierno de aquel día.

Sonreí, a pesar del verdadero y horroroso significado del hecho de estar precisamente donde estaba. No era, para nada, como me lo había imaginado. Era muchísimo más agradable.

Mi cielo era eso, un campo en plena primavera.

*****

¿Qué haces, exactamente, cuando te caen más de 10 años de cárcel?

Más, he dicho.

Los mejores libros, esas novelas best-seller, empezarían diciendo, cual muerto por bala: "mi vida entera, justo cuando el juez levantó el mazo y sentenció mi condena, transcurrió cual película cutre y baja en presupuesto ante mis ojos..."

Uhmmm...

Vale, quizás la eterna falacia de los americanos trascienda hasta... hasta...

En serio, ¿hasta cuando?

Yo, más que mi vida fotograma a fotograma, aunque sólo fueran los mejores años de mi vida, fueron de los últimos en los que me acordé cuando, entre manillas, ingresé con pijama naranja en la primera prisión que pisaba en mi vida.

No iba borracha, en serio.

Sé que es en lo primero en que se piensa.

¿O es en lo segundo? Pues no, para decepción de muchos (y en serio, son muchos), no era una delincuente, una suicida o una obsesiva-mata-vidas.

¿¡...

Oh

Qué

Pena

...!?

Tras abrochar la última hebilla de mi pijama de presa, miré alrededor y disimulé con tos repentina el primer suspiro consternado de mi vida.

Oh, dios mío, ¿qué he hecho?

*****

Más que tratar de entender cómo y porqué estaba allí, es curioso, pero lo cierto es que lo único que me apetecía hacer esos primeros días de estar en mi particular campo de coloreada hierba era pensar en mis años de infancia. No era como recordar y tampoco como soñar, era mucho más intenso que lo primero y más nítido y real que lo segundo. Las escenas se proyectaban ante mí como si aun pudiera formar parte de ellas.

Era pasmoso.

Cuando todavía yo no levantaba ni un metro del suelo, solía tener una preocupación inmensa por la tierra, por el suelo que pisábamos y sobre el que edificábamos y plantábamos nuestros árboles. Tenía pesadillas en las que la tierra se diluía poco a poco bajo mis pies convirtiéndose en mar y el mar solidificándose lentamente transformándose en tierra y atrapando a miles de barcos y peces. La visión de todas las casas de mi vecindario hundiéndose y ahogando a todos sus inquilinos me atormentaba horrorosamente, mientras luchaba por mantenerme a flote y tratar desesperadamente de encontrar a mi familia, rezando para que no se hubieran ido al fondo atrapados en mi casa.

Era en la época en que mi pequeño esfínter hacía de las suyas y me obligaba a despertarme entre sábanas mojadas mientras yo aun seguía respirando con dificultad. Volver a flote, despertar en la realidad, nunca era exactamente un consuelo para mí a primer a instancia, la verdad.

Sin embargo, y pese a la gran preocupación que sentía yo, no dije nada acerca de la pesadilla. Y mamá nunca me obligó a hablar del tema, sólo me despertaba a media noche en infinidad de ocasiones, arrancándome de las profundidades de mi pesadilla como un ángel de la guarda salvador, y trataba de tranquilizarme enjuagándome la frente mientras me acariciaba el pelo con su mano eternamente cálida.

La mano insustituible de una madre.

Eran momentos de paz a los que yo no tardaba en sucumbir y caer rendida hacia un sueño reparador, sin enterarme en absoluto de cómo mi madre me cambiaba el pijama e incluso las sábanas pacientemente.

Recuerdo una vez en la que me desperté chillando y muerta de miedo. La angustia de la pesadilla me había alcanzado de lleno, nunca hasta entonces la había soñado tan vivamente, sintiendo la intensidad del ahogo, de la desesperación por salir a la superficie, tan espantosamente real. Esa noche me costó mucho más volverme a dormir, a pesar de las caricias y susurros de mi madre.

- Hazme sitio -me pidió tras eternidades intentando calmarme.

Yo me eché rápidamente a un lado, agradecida. Me abracé a ella y fue entonces cuando mi madre hizo algo que nunca antes había hecho: empezó a cantar. La voz clara y casi angelical de mi madre me sorprendió tanto que me olvidé de la pesadilla casi al acto. Se me abrieron los ojos de par en par, pero ella, sin inmutarse ni dejar de cantar la dulce melodía, alzó una mano y me tapó los ojos obligándome a cerrarlos. Sin embargo, me dio tiempo de ver su perfil medio iluminado por la luz del pasillo que se colaba por la puerta de mi habitación entreabierta por las prisas de mi madre al socorrerme.

No sé si fue por la devoción que se siente a tan temprana edad por una madre o porque sencillamente mi madre me fascinaba más allá de lo normal, el caso es que ese instante, con su semblante armonioso suavemente iluminado, su voz de ángel y la calidez de su cuerpo arropando el mío, adoré a mi madre como nunca antes lo había hecho.

Para mí, era perfecta...

Sin darme cuenta, esa misma escena se había ido proyectando lentamente en mi cielo y me descubrí abrumada como me sentí en aquella ocasión por la paz que emanaba mi madre por cada poro de su piel.

Y, de nuevo, me fascinó su talante.

Ahora, superada la ingenuidad y desconocimiento de la infancia, sabía que mi madre no era un ángel, que era tan humana como problemas tenía. Que tenía pesadillas de las que nadie la despertaba. Que también sentía angustia, ahogo, asfixia. Que necesitaba esa mano cálida tanto o más que yo. Y, sin embargo, a un gritito mío su mundo resquebrajado pasaba a un manifiesto e indiscutible segundo plano para convertir la necesidad de una hija la prioridad de una madre.

Hubiera estado reviviendo hasta la extenuidad aquella escena si no fuera porque de repente la angustia de mi pesadilla me sacudió el alma con un poder devastador. Sorprendida, me incorporé del campo y tuve una realmente desagradable sensación de pánico vertiginoso.

¡Dios mío!

Me tambaleé y caí de bruces de nuevo al suelo. ¿Qué demonios era aquello? Sacudí desesperada la cabeza para que cesara la sensación, y no la entendí hasta que abrí los ojos y me vi a mi misma a cuatro patas mirando una hierba que poco a poco desaparecía para mostrarme una escena que más que entender, sentí.

Al principio sólo vi una extraña forma arrinconada en una habitación austera y pobre, constituida penosamente por tan sólo cuatro paredes y una puerta exageradamente proveída de mecanismos de cierre. Tras varios parpadeos, me di cuenta de que era un cuerpo arrebujado, replegado en sí mismo, tembloroso e indiscutiblemente trastornado. El vínculo de la conexión había sido fulminante y brutal, poniéndome sin previo aviso en el pellejo de aquel ser agonizante. Se me encogió el corazón cuando descubrí que la figura se movía y dejaba entrever la feminidad de su cuerpo.

Sus sentimientos de culpa eran abismales, de una intensidad tan pasmosa y sobrecogedora que se me llenaron los ojos de lágrimas en el acto al sentirlos como una bofetada en toda el alma.

- ¡Levanta, escoria! -tronó una voz sacudiendo la angosta celda.

Una voz que conocía a la perfección.

Sin fuerzas y débil por el poder del significado de aquella voz, me desplomé en la visión, sintiendo las piernas flojas de la chica temblar en un intento patético y fracasado de levantarse. También la carne de mi mejilla se encendió de dolor cuando el puño del hombre de dimensiones monumentales que acababa de irrumpir en la celda golpeó por primera vez en la cara a la chica gritándole obscenidades.

Y de repente, tras el último grito del hombre y mientras la chica caía inconsciente al suelo tras la paliza, lo entendí.

- ¿Creías que ibas a salir impune, puta? -masculló, escupiéndole al cuerpo inerte, y luego rió espeluznantemente-. Por mi bien espero que no la hayas matado, porque su puto papaíto me daría tres putos segundos de vida y eso me putearía un poco, ¿sabes? -pateó una vez más en el estómago a la chica, escupiéndole más sustancialmente-. No puedes matar a la zorra de la hija de un jodido pez gordo, por muy rebelde que le haya salido al cabrón, y andar de rositas al día siguiente. ¡Pues jódete, te vas a pudrir en este zulo como la hayas matado!

Continuará...


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