- ¿Ya has terminado con las compras? -.
Su madre la recibía sorprendida de ver a su hija, enemiga declarada de las tiendas,
llegar a su casa con las manos repletas de bolsas.
- Como detesto salir de compras, y más en estas fechas. Ahí fuera hay una multitud con
una única idea en la cabeza: comprar y comprar y después de comprar, comprar más -.
- Hija, siempre quejándote. Déjame ver lo que has traído, ¿compraste lo de tu sobrino? -.
Dejó pasar a su hija para ojear cada una de aquellas grandes bolsas con la curiosidad
de una niña.
- ¡Oh, dios mío!, sabía que algo se me olvidaba. Tendré que salir otra vez, pero hoy
no. Me niego a enfrentarme una segunda vez con esa jauría - protestó, al tiempo que se
dejaba caer sobre el sofá del salón soltando las bolsas por toda la habitación - Está
todo empaquetado, no creo que puedas ver nada -.
Su madre miraba curiosa el interior de las bolsas. Le encantaban estas fiestas, y
disfrutaba aún más con los regalos. Se sentía rejuvenecer.
- Vaya, aquí hay una cajita sin empaquetar, ¿para quién lo has comprado? - preguntó
mientras rápidamente la cogía y la abría para sacar de su interior una cajita de música -
Es una preciosidad -.
Se trataba de una bola de cristal en cuyo interior había una calle en miniatura adornada
por minúsculos motivos navideños. Delante se alzaban dos figuras que representaban a
dos personas, separadas la una de la otra y que miraban hacia el frente.
- ¿De dónde ha salido eso?, yo no lo he comprado - dos ojos azules se abrían
sorprendidos y miraban fijamente el objeto que su madre tenía entre las manos.
- ¿Cómo que no?... ¡Laura, dime que no lo habías comprado para mí! -.
- No, mamá, te digo que yo no he comprado eso. Se le debió caer a alguien o, quizás,
la chica de la tienda me lo metería en la bolsa por equivocación -.
Cogió la cajita y la miró con extrañeza descubriendo en la parte inferior de la base una
pequeña rueda. Enseguida la hizo rodar y la música inundó la estancia mientras las
bolitas de nieve volaban enloquecidas en el interior del cristal.
- Extraña canción para uno de estos chismes navideños - Comentó al tiempo que fruncía el
ceño, nunca le había gustado el sonido de esas cajas.
- No me suena... ¿cuál es? - preguntó la madre curiosa y maravillada a la vez.
- Creo que es... All I want for christmas is you... me parece -.
- Con razón no la conozco, es que ya no ponen blanca navidad, o noche de paz, o alguna
de esas canciones tan bonitas -.
Laura sonrió, pues estaba segura de que su madre jamás había oído esa canción y además
no había entendido ni una palabra. El inglés no era su fuerte. Recogiendo con desgana
las bolsas, se dirigió a el que hasta hacía sólo un año había sido su cuarto. Aunque
tenía su propio apartamento siempre le gustaba guardar los regalos en la casa de sus
padres, así los tendría a mano cuando se reuniera la familia el día de reyes.
*****
Faltaban aún dos semanas para Navidad pero las calles ya estaban repletas de gente que
entraban y salían de las tiendas con bolsas y paquetes en las manos. Se sentó un momento
para admirar la que sin duda era su calle preferida por estas fiestas. En general, toda
la zona del centro de la ciudad era adornada con diversos motivos luminosos pero, no
sabía por qué, a esta calle le prestaban siempre una especial atención. O, por lo menos,
así lo sentía ella. No era la principal y las tiendas más importantes se encontraban en
una paralela, pero mucha gente tenía que pasar por allí. Hacía sólo un par de años que
la habían hecho peatonal, de manera que era mucho más fácil pasear, sin tener que
fijarse continuamente en los coches que la atravesaban.
No era muy larga, a penas 200 metros, y más bien estrecha. Tenía edificios de siete u
ocho plantas a ambos lados y varias calles que la cruzaban. Una hilera de árboles a cada
lado formaban un pasillo y entre ellos, se situaban bancos de madera que normalmente
estaban siempre ocupados por cansados compradores. Así como farolas cuya luz era
absorbida por la inmensa luminosidad que producían los diversos adornos colocados aquí y
allá, a lo largo de toda la calle. Los árboles estaban cubiertos de hilos de colores y
de sus ramas colgaban figuras parpadeantes, rojas, azules, verdes, que representaban
paquetes de regalo, Papá Noel, la estrella de Navidad, bastones de caramelo y demás
motivos. Hasta las mismas farolas se veían abrigadas por un hilo luminoso dorado desde
la base hasta la copa.
En un golpe de suerte había encontrado un banco vacío y aunque no estaba cansada, pues
acababa de llegar, se sentó sólo para admirar y disfrutar de las vistas, de los colores,
de las caras de los niños que desde sus cochitos alzaban las manitas, sonriendo y
gritando, en un intento por tocar las luces. La ilusión de los niños, eso era lo
maravilloso de la Navidad. Se relajó y sonrió, haciendo brillar aún más esos ojos verdes
que tanto admiraba todo aquel que la conocía.
De repente, pensó en todo lo que tenía que comprar, y de un salto se levantó, tropezando
con una mujer que en ese momento pasaba a su lado y haciendo que una de sus bolsas se
cayera al suelo derramando parte de los paquetes que contenía.
- ¡Oh, lo siento!, lo siento mucho, de verdad que lo siento - se disculpaba una y otra
vez mientras se agachaba rápidamente para recoger los paquetes - ¿Había algo frágil? -
preguntó con preocupación.
- Por suerte, no, ¿siempre se levanta usted con tanto ímpetu? - dijo Laura mientras
se colocaba junto a la mujer rubia que estaba metiendo los paquetes en la bolsa.
- Perdone, estaba absorta con las luces y me he acordado de repente de algo - dijo
avergonzada - ¿Esta cajita es suya? -.
En ese momento se giró para encontrarse con los ojos más azules que jamás había visto.
Ambas se miraron fijamente durante unos segundos incapaces de reaccionar. De repente
comenzó a sonar una melodía que procedía del interior de la caja que aún sostenía en sus
manos, lo que hizo que ambas despertarán al mundo real.
- No, no es mía -.
- Creo que sí, me parece que la vi salir de su bolsa... tiene una bonita melodía, ¿a
qué me suena? -.
- All I want for Christmas is you - le contestó la morena sorprendiéndose a si misma.
- Es verdad, es esa -.
Laura cogió la cajita asombrada. La abrió y volvió a ver la misma bola de cristal con
las mismas figuras en su interior pero algo había cambiado y no sabía el qué.
- ¡Vaya, es preciosa!, esa calle se parece mucho a esta - dijo la mujer más baja.
- Pero, ¿cómo ha venido a parar aquí esta caja?... si la había dejado en mi casa...
cómo - balbuceó la morena.
- Perdón, ¿cómo dice? -.
- Nada, nada, no importa. Gracias por ayudarme a recoger las cosas -.
- De nada, y perdone nuevamente -.
- No se preocupe, hasta luego-.
- Adiós -.
Se quedó mirando a la rubia mientras se alejaba y volvió a dirigir su mirada hacía la
caja que sostenía en su mano. No salía de su asombro. La caja estaba en casa de sus
padres, ella no se la había llevado. Además cuando salió sólo llevaba su bolso.
Seguramente es otra caja distinta, pensó, debe estar de moda estas navidades, y por
alguna extraña razón ha ido a parar una vez más dentro de mi bolsa. De hecho, estaba
diferente. Era una persona demasiado curiosa como para dejarlo pasar sin más, así que se
paró en frente de un escaparate y con cuidado sacó la caja de música de su envoltorio,
mirándola detenidamente. Las dos mujeres estaban ahora una enfrente de la otra,
mirándose, pero alejadas casi a la distancia de un dedo.
- Juraría que estas dos figuras estaban mirando al frente - pensó - Puede ser sólo que
se muevan con la música, en eso no me fijé ayer -.
Volvió a guardar la caja en la bolsa y decidió no darle mayor importancia. Se centró en
la siguiente tienda dónde tenía que ir. ¿Qué le faltaba?. Sí, sí el regalo de su
revoltoso sobrino. Tenía once años y era, ante todo, un goloso. Así que lo primero sería
comprarle algunas golosinas que normalmente no tenía la oportunidad de comer.
Giró por la primera bocacalle a la izquierda y siguió recto, cruzando la plaza de la
iglesia, que estaba igualmente adornada con flores de Pascua, era una lástima que esta
flor durara tan poco pues le daba mucha vida al jardín. Se paró un momento buscando la
vieja tienda de golosinas a la que su padre solía llevarla de pequeña. No era muy grande
pero tenían de todo, y no la conocía demasiada gente por lo que tampoco estaría
abarrotada.
Cruzó la pequeña puerta de madera sin dejar de mirar el pequeño escaparate dónde un
Papá Noel hecho enteramente de caramelos y gominolas, sonreía a quién quería mirarle.
Y, la verdad, una golosa como ella no podía evitarlo y sonreír con él. La tienda era en
forma de ele y estaba adornada entrañablemente, con enormes cestas de caramelos a ambos
lados, y amplias estanterías con cestas más pequeñas que contenían todos los tipos de
frutos secos que se pueda imaginar. Las paredes estaban pintadas en tonos suaves que
contrastaban con la madera que cubría el suelo. Al fondo, en la esquina, había un
pequeño mostrador, con una antigua caja registradora y, a su lado, un bote con largos
bastones de caramelo. Del techo colgaban estrellas doradas y plateadas que combinaban
con cintas verdes y rojas estiradas de un lado a otro de la tienda.
Le extrañó no ver a nadie sentado en el mostrador, y descuidadamente giró en el pasillo
que quedaba a su derecha para tropezarse de bruces con una mujer que miraba
distraídamente una de las cestas.
- ¡Ay, perdón!, lo siento -.
- Vaya, ahora sí es verdad que no he sido yo -.
A causa del golpe la cajita de música comenzó a sonar otra vez haciendo sonreír a la
joven rubia con la que había tropezado. Laura la miró encontrándose con unos ojos como
nunca la había visto, sin contar, por spuesto, pocos minutos atrás. El sonido de la
caja envolvía por completo la habitación mientras las dos mujeres se miraban sin poder
apartar la vista la una de la otra.
- ¡Vaya, pero a quien tenemos aquí!, ¡si es la pequeña Laura! - Un anciano de pelo
blanco y blanco bigote, apareció en escena rompiendo el embrujo del momento.
- Ho... hola, Paco - le dijo Laura al tiempo que se giraba para encontrarse con los
brazos del hombre que la apretaron con dulzura.
- Bueno, eso de pequeña es más una manía mía, ¡mira que has crecido, muchacha!,
¿cuánto mides?, ¿1,80?, te has hecho toda una mujer y guapísima además, ¡ay si yo
tuviera 30 años menos!
Paco la conocía desde que era un niña. Era un hombre encantador y siempre la había
tratado como si fuera su nieta. De repente, la música había dejado de sonar, y Laura
miró extrañada el interior de su bolsa.
- ¡Hola Karen!, no te había visto, ¡qué casualidad que sean amigas! - Paco saludó a la
rubia con otro dulce abrazo.
- Bueno, en realidad... - contestó Karen - sólo nos hemos tropezado un par de veces,
¿verdad? - le guiñó un ojo a la alta morena.
- Pis - le sonrió Laura sin saber muy bien qué decir, por alguna razón se encontraba
de repente como un flan - ¿Se conocen? -.
- Desde hace un par de años, siempre vengo a esta tienda a comprar para mis niños - la
sonrisa de aquella mujer le iluminaba la cara más que cualquiera de los adornos que
Laura había visto - Por cierto, Paco, ¿tienes ya las cajitas que te pedí? -.
- Claro que sí, preciosa. Voy al almacén y te las traigo en un momento -.
Paco se dirigió al fondo del pasillo desapareciendo tras una vieja puerta de madera al
tiempo que se le oía rebuscar entre cajas. Las dos mujeres se miraron y se sonrieron.
- Es un sol de hombre, ¿verdad? - comentó la morena que no podía dejar de mirar a la
joven mujer.
- Sí, sí que lo es, ¿vienes mucho por aquí? -.
- No demasiado, pero cuando era pequeña era una parada fija para mi padre y para mí.
Ahora estoy buscando golosinas para regalarle a mi sobrino -.
- ¡Ah!, en eso puedo ayudarte si quieres -.
- ¿En serio?, me vendría bien un poco de ayuda - mintió, pues se conocía la tienda
como su propia casa.
Se entretuvieron durante media hora más, analizando las golosinas y seleccionando las
que más podían gustar al sobrino de Laura, al mismo tiempo que Karen terminaba de
comprar las suyas. Las dos se despidieron de Paco con un beso y salieron de la tienda.
- Bueno ha sido un placer - se despidió de mala gana.
- Oye... este... como me has ayudado tanto, pensaba que quizás... bueno, quizás podía...
podía invitarte a algo, ir a tomar un café o algo así - preguntó Karen que de repente
encontró algo interesante que mirar en la baldosa sobre la que se encontraba.
- Vale, me vendrá bien tomar el aire un poco y relajarme - contestó Laura contenta
porque Karen hubiera sido capaz de dar el paso que ella misma no estaba segura de
atreverse a dar.
Caminaron varias calles, esquivando al gentío que había aumentado según se acercaba la
hora de salir del trabajo. Durante todo el trayecto no pararon de hablar, se encontraban
muy cómodas la una con la otra, como dos viejas amigas que acabasen de encontrarse. Se
dirigieron a un parque cercano, aunque más bien, era una plaza, y se sentaron en una de
las mesas por fuera del bar situado en una de las esquinas.
Era el único parque que se encontraba en la zona centro de la ciudad. La tierra era de
un color rojizo y tenía un camino redondo de baldosas grises que daba la vuelta al
recinto, grandes bancos de madera verde se encontraban a un lado del camino a la sombra
de frondosos árboles, y en el centro reinaba una gran plazoleta en donde un grupo de
niños se disponían a cantar villancicos bajo la atenta y orgullosa mirada de sus padres
que, de pie, ocupaban la mitad del terreno.
- Y dime, ¿cuántos hijos tienes? - preguntó Laura, mientras soplaba suavemente en un
intento de enfriar el cortado que le acababan de servir.
- ¿Hijos? -.
- Sí, antes te oí decir... uy, qué caliente esta esto - dijo dejando la taza
nuevamente sobre la mesa-.
- Sí, habrá que esperar un poquito o nos quemaremos la lengua. Aunque creo que para mí
es algo tarde - dijo Karen mientras sacaba la lengua intentando comprobarlo con sus
propios ojos, gesto que provocó una risa en ambas.
- Te oí decir que comprabas las golosinas para tus niños -.
Karen no pudo más que echarse a reír ante la seriedad de Laura con el comentario.
- No, no es eso. Verás, yo soy profesora de preescolar, doy clase a niños de 4 años y
por Navidad siempre me gusta comprarles golosinas, y también en fin de curso. En fin,
en fechas señaladas, ¿sabes? -.
Karen miraba fijamente a Laura mientras hablaba, maravillándose cada vez más con la
belleza de aquella desconocida mujer. Laura era muy guapa, tenía el pelo largo y negro,
con mechones que le caían suavemente sobre la cara mientras revolvía su taza intentando
enfriar el líquido, y unos ojazos azules que se le clavaban en el alma cada vez que la
miraban. Era alta y atlética, tenía cuerpo de modelo. "Seguro que frecuenta mucho el
gimansio" - pensó. Sólo hacía un par de horas que la conocía pero sentía que podía
hablar con ella de lo que quisiera, que la conocía de siempre. Nunca había tenido esa
sensación antes y en el fondo le asustaba un poco.
- ¿Para eso eran tantas cajitas? - preguntó Laura, que por fin había podido probar
algo de su cortado.
- Efectivamente. Voy a estar por lo menos dos días llenándolas, cada una debe contener
exactamente las mismas cosas y en la misma cantidad. Si no, puede formarse una pequeña
batalla. Tienen sólo 4 años pero se la saben todas. ¿Qué edad tiene tu sobrino? -.
- Diez, y es un auténtico bicho. Todavía tengo que comprarle algo más -.
- Podemos ir si quieres - Karen estaba sorprendida con ella misma, no podía creerse lo
que estaba haciendo, sobre todo porque le salía natural, no era incómodo ni forzado.
- No sé si ir hoy, estoy algo cansada. No me gusta nada ir de tiendas, ¿sabes? -.
- ¿No?, pues lo debes de pasar mal en estas fechas. A mí me encanta, soy muy presumida
para esas cosas - contestó un poco decepcionada ante la expectativa de que aquí
terminase la velada.
- Bueno, pues si quieres, puedes venir conmigo mañana y me ayudas con el regalo de mi
sobrino - Laura sentía que le tocaba a ella dar el siguiente paso y echarle una mano a
Karen.
- Va... vale -.
Karen seguía sin creerse lo que estaba pasando.
- ¿Podrías enseñarme la caja de música?, estoy pensando en comprarle una igual a mi
madre, le encantan esas cosas -.
- Sí, claro... pero no puedo decirte dónde comprarlas. En realidad me la encontré ayer
en casa de mis padres, metida en las bolsas que traía de la calle. No sé como llegó
allí -.
Mientras hablaba sacaba la caja de música y la dejaba sobre la mesita del bar. Casi
gritó cuando la vio.
- ¡¡No puede ser!!, ¡¡eso no estaba así!! -.
- ¿Qué pasa?, ¿está rota o algo? - preguntó Karen sorprendida por la reacción de Laura.
- Dirás que estoy loca pero creo que estas figuras se mueven -.
- ¿Qué se mueven? - sonrió - Bueno, supongo que con la música, ¿no? -.
Las dos figuras seguían mirándose la una a la otra pero ahora se encontraban sentadas
sobre dos sillas, e incluso un poco más cerca que antes, pero eso Laura no lo llegó a
apreciar.
- Me estoy volviendo loca. Me creas o no estas figuras cuando las vi ayer con mi madre
estaban las dos mirando al frente, cuando me tropecé contigo antes, la primera vez,
estaban mirándose la una a la otra, y ahora... están sentadas en una silla - No lograba
entender nada.
- Creo que sí - Karen miró muy seria la caja y después a la morena fijamente - Te
estás volviendo un poco loca - sonrió - A ver yo he escuchado esa música hoy dos veces
si mal no recuerdo, es perfectamente normal que se hayan movido -.
- Sí, supongo, puede ser algo así - Laura miró a Karen avergonzada de parecer una loca -
Vaya impresión te estoy dando, debo parecerte una loca total -.
Karen tuvo que morderse la lengua para no decir lo que en realidad le estaba pareciendo
Laura, en lugar de eso miró atentamente la pequeña cajita.
- La verdad es que es muy bonita, qué pena que no sepas dónde comprarla -.
Se despidieron una hora más tarde. Laura llevó a Karen a su casa en el coche y quedaron
para verse al día siguiente.
*****
Durante las dos semanas siguientes no dejaron de verse un sólo día. Siempre encontraban
algo que hacer juntas, alguna excusa para verse de nuevo. Entre ellas había surgido una
complicidad que no podían entender pero que tampoco necesitaba explicación. Se sentían
atraídas la una por la otra y ambas tenían los mismos problemas para decírselo a la otra.
Por ahora se conformaban con estar juntas como amigas, pero sabían que así no podían
durar demasiado tiempo. No era suficiente para ninguna de las dos.
*****
Laura se levantó sobresaltada. Intentó calmarse y miró la hora, las 3:30 de la mañana.
¡Había sido una pesadilla!, ¡dios mío, parecía tan real!. Su corazón empezaba a calmarse
cuando de repente escuchó un sonido. Al principio era muy suave pero poco a poco se
incrementó hasta que fue capaz de identificarlo.
- ¡¡¡Es la caja de música!! - gritó en voz alta.
Se levantó asustada y se dirigió al salón en cuya mesa central había dejado, a modo de
adorno, la bola de cristal. No la había vuelto a ver en dos semanas, y no entendía como
ahora podía estar sonando. Encendió la luz y se quedó horrorizada ante lo que veían sus
ojos. Sin saber por qué corrió a su habitación y cogió el móvil o celular donde tenía el
número de Karen grabado. No dejaba de sonar pero nadie respondía.
- ¡¡Karen, Karen!!, ¡¡por dios, por lo que más quieras, contesta!! -.
Sin saber muy bien lo que estaba haciendo abrió el armario y sacó unos vaqueros y un
suéter. Se vistió lo más deprisa que pudo y se calzó unos tennis, sin soltar por un
momento el móvil que permanecía pegado a su oreja sonando. Una vez estuvo vestida cogió
las llaves de su coche y salió corriendo al garaje donde estaba aparcado.
En el salón, sobre la mesa, descansaba la caja de música. En su interior seguía la calle
iluminada con pequeños adornos, mientras que las dos figuras ya no estaban sentadas. La
primera que representaba una mujer de pelo negro y largo estaba arrodillada con las
manos en la cara, mientras que la segunda mujer de pelo rubio y corto estaba tumbada en
el suelo sobre un charco rojo. La música seguía sonando.
De repente la puerta del apartamento volvió a abrirse y Laura corrió hacia el comedor,
cogiendo la caja de música que, al momento, dejó de sonar, y volvió a salir. Arrancó el
coche poniendo la bola de cristal en el sillón de al lado del conductor. Las figuras
seguían en la misma posición pero el charco rojo había aumentado de tamaño.
Sin saber por qué, condujo hacia la casa de Karen. Estaba situada a las afueras de la
ciudad y la primera vez que la vio le había gustado pero no entendía como Karen podía
vivir sola en una casa tan grande. Le había confesado se sentía sola pero le gustaba su
independencia y su ilusión fue siempre vivir en una casa. Así que cuando un amigo le
dijo que se la vendía a un buen precio no lo dudó, era una buena oportunidad. Había
comprado la alarma más ruidosa que existe en el mercado pero, le confesó, a veces
fallaba. Tenía que llamar al técnico. Laura rezaba porque lo hubiese hecho mientras se
acercaba a la casa. En ese momento casi choca con una furgoneta que circulaba a gran
velocidad y en sentido contrario.
Aparcó justo en frente y volvió a mirar en el interior del cristal. La figura
arrodillada tenía la cabeza apoyada en el cuerpo de la que estaba tumbada y ahora sí
pudo darse cuenta que el charco rojo crecía. No tenía tiempo para pensar en todo lo que
estaba pasando, corriendo se dirigió a la puerta principal de la casa. Se asustó mucho
al verla entreabierta, alguien la había forzado. Con el móvil en la mano marcó el
número de la policía mientras, sin dudarlo un instante, corrió dentro de la casa
llamando a Karen.
Al entrar en la cocina completamente oscura, tropezó cayéndose al suelo. En ese momento
se oyó una voz al otro lado del teléfono. Laura le contestó indicándole la dirección
exacta de la casa para que mandasen a alguien enseguida. Se levantó y encendió la luz
para percatarse horrorizada que con lo que había chocado era el cuerpo de Karen. Un
ligero susurro le indicaba que seguía con vida.
- Siem... pre te... tropiezas... con... migo - susurró Karen entre muestras de dolor
pero esbozando una leve sonrisa.
Se hallaba tumbada en el suelo de la cocina en posición fetal, apretándose la barriga,
y acostada en un charco de sangre. Laura se arrojó al suelo y levantó con cuidado a la
persona de quien se había enamorado, abrazándola y dándole ánimos.
- Aguanta, cariño. La ambulancia ya está en camino... mi amor, aguanta, por lo que más
quieras - Laura no podía contener sus lágrimas que brotaban con total libertad - No me
dejes sola, no te vayas -.
- Te... quie... ro - logró decir Karen con un hilo de voz.
- Y yo a ti, mi vida. Escucha, la ambulancia ya está aquí, ¿lo oyes? -.
Sin embargo, Karen no podía escucharla. La policía entró pistola en mano para
encontrarse con la imagen de dos mujeres abrazadas sobre un charco de sangre. Tras
ellos llegó al fin la ambulancia.
*****
Se disponía a tomarse su segundo café cuando volvió a mirar a la caja de música. Las
figuras seguían en la misma posición pero ya no había ningún charco rojo. Tras cuatro
horas en la sala de espera ya no sabía que pensar, no sabía si aquello era una buena
señal o no, si había dejado de sangrar o es que ya no le quedaba sangre. Intentó donar
pero le fue imposible su tensión era demasiado baja y no se lo permitieron.
Volvió a mirar por la ventana para observar una vez más la fila de montañas que rodeaban
al hospital. Hacía dos horas que había amanecido, pero Laura era incapaz de ver otra
cosa que no fuese la cara de Karen. Desde que la había conocido de forma tan fortuita
no había dejado un momento de pensar en ella, incluso cuando estaba con ella. Recordaba
la mañana que se había presentado sin avisar en su casa para ayudarla con las cajitas
de golosinas para sus niños, como ella los llamaba. Se habían reído mucho y le había
enseñado una foto de toda la clase, y los regalos que le habían echo por su cumpleaños
alguno de los padres. Tenía un corazón tan grande que sólo esperaba que pudiese
aguantar esto.
Las lágrimas le rodaban por la mejilla. Esa noche la alarma había vuelto a fallar con
tan mala suerte que unos ladrones que pasaban por la zona se dieron cuenta de ello. Les
fue fácil entrar en el momento en que Karen se preparaba un chocolate en la cocina.
Mientras dos llenaban las bolsas con lo que podían el otro se acercó a Karen con
lascivas intenciones, para defenderse le dio una patada, con todas sus fuerzas, dónde
más le podía doler. Lo dejó en el suelo y cuando intentó escapar, este la cogió de una
pierna y la lanzó contra la pared, tropezando y cayendo al suelo, momento en que le
asestó dos puñaladas. Cuando estuvieron llenos se fueron y casi tropezaron en su huida
con Laura. Dos horas más tarde los habían cogido gracias a la descripción de un vecino
que pudo coger la matrícula de la furgoneta.
- Disculpe, ¿es usted familia de Karen Santos? -.
Laura se volvió, abandonando con brusquedad sus pensamientos e intentando enjuagarse
las lágrimas. La pregunta la había hecho un hombre joven de unos 35 años ataviado con
una camisa y pantalones verdes reglamentarios que cubría con una bata blanca. Unos ojos
marrones serios la miraban fijamente detrás de unas gafas.
- Es mi amiga - contestó, sin más explicación.
- Bien. Su amiga ha entrado muy grave y nos hemos visto obligados a operarla de
urgencia -.
- Por favor, perdóneme, pero intente ir al grano - Laura se preparaba para lo peor.
- Ha sido un milagro. No sabemos cómo pero su amiga se ha salvado y va a salir de esta.
Deberá permanecer en el hospital al menos dos semanas en recuperación, dentro de un
momento la subirán a planta. Estará en traumatología, en la planta ocho. La habitación
exacta no lo sé, la enfermera la avisará -.
Laura no sabía que decir, sólo podía llorar y sorprendiéndose a si misma, se vio
abrazando al joven médico que no podía más que sonreír.
- Ha sido un milagro de Navidad - Sonrío el médico.
La felicitó y volvió a su trabajo, no sin antes recibir las gracias de una alta morena
que lucía una espléndida sonrisa, por primera vez, desde que había entrado en aquella
fría sala.
*****
Karen abrió los ojos muy despacio intentando acostumbrarse a la luz que entraba por el
gran ventanal que tenía a su derecha. ¿Dónde estaba?, no recordaba nada. A medida que
iba despertando también lo fueron haciendo sus recuerdos. Recordó la agresión, volvió a
sentir el frío acero que le cortaba por dentro, y la voz de Laura mientras la abrazaba
con fuerza y con dulzura a la vez. De repente, esa misma voz, volvió a resonar en su
cabeza.
- Hola cariño -.
Giró la cabeza despacio para encontrarse con esos ojos azules que tanto amaba, sintió
unos dedos que se entrelazaban con los suyos y levantaban con suavidad su mano para ser
besada por unos labios no menos suaves.
- Hola... ¿quién... eres... tú? - dijo casi en un susurro. Por alguna razón no podía
hablar muy alto.
Laura se sorprendió y le preguntó, un poco asustada.
- ¿No me recuerdas? -.
- Bueno... creo que... te recor... daría mejor... si trope... zaras... con... migo -
dijo, mirándola fijamente al tiempo que le guiñaba un ojo.
- ¡¡Pero serás tonta!!, ¡no sabes el susto que me has dado! - suspiró aliviada Laura -
Lo he pasado muy mal, ¿sabes?... he sentido miedo -.
- Tam... poco es... tan malo... que no te re... cuerden - sonrió Karen - podrías...
men... tirme... y no lo... sabría -.
- Serán idiota - le sonrió - Ha sido horrible, creí que te perdía, Karen, que me
quedaba sola otra vez -.
Karen le hizo un gesto a Laura para que se acercase. Esta se incorporó un poco, y otro
poco, y un poquito más, hasta que las manos de Karen le cogieron la cara acercándola
con suavidad y estuvo a escasos centímetros de la suya.
- Te... quiero -.
A continuación apretó sus labios con suavidad contra los de Laura que temblaban por la
emoción mientras no podía evitar que una lágrima rodase por su mejilla. Esa lágrima fue
atrapada por los dedos de Karen que le limpiaron suavemente el pómulo.
- Te amo, Karen - Laura le devolvió el beso.
- ¿Qué día es hoy? -.
- 24 -.
- ¿Noche... buena?, ¿debe... rías... estar... ce... nando... con... tu... fa... mi...
lia? -.
- Ya he hablado con ellos y les he explicado que lo que más quiero está aquí, enfrente
de mí ahora mismo, y no puedo celebrar nada sin ella -.
Karen sonrió y le apretó fuerte la mano.
- Es curioso... hemos comprado muchos... regalos juntas y... no tengo... ninguno...
para ti. - respiró un poco.
- Ya me has dado el mejor regalo de mi vida. Todo lo que quiero por Navidad eres tú -.
Laura se quedó pensativa durante un segundo.
- Espera un momento -.
Se levantó rápidamente y se dispuso a salir del cuarto bajo la atenta mirada de Karen.
- ¿Dónde... vas? -.
- A buscar la caja de música, la dejé olvidada en la sala de espera - abrió la puerta
y se quedó parada cuando escuchó a Karen.
- ¡Hey!... está ahí... sobre... la mesa - contestó Karen mientras intentaba señalar el
lugar exacto.
Laura se dio la vuelta y siguió con los ojos la línea imaginaria que marcaba el dedo de
Karen. Sobre la mesa descansaba la caja de música. Se acercó, la cogió con ambas manos
y se la llevó a la cama de su amor mostrándosela.
- ¿Qué... pasa? - preguntó un tanto sorprendida por la expresión de aquella cara que
tanto quería.
- Mira, fíjate en las figuras - le dijo incorporándose y volviendo a besar en los
labios a la convaleciente.
La calle que tanto se parecía a la que a ella tanto le gustaba parecía brillar más que
nunca. Una figura que representaba a una mujer de pelo largo negro se encontraba de pie
con ambas manos rodeando el cuerpo de la otra figura más baja y que representaba a una
mujer rubia con el pelo más corto. Ambas se abrazaban y unían sus cabezas en lo que
parecía ser un largo beso. De repente un música inundó el frío cuarto de hospital
haciéndolo un poco más cálido y amenizando la escena de una mujer rubia de pelo corto
acostada en la cama mientras otra de pelo largo y moreno se recostaba a su lado,
abrazándola y recibiendo a cambio un cálido y largo beso.
FIN