De hecho, aunque se conocían desde hacía poco, ellas habían supuesto, como siempre
acontece entre los amantes, que todo lo importante a saber respecto a ambas llevaba dos
segundos como mucho, y ahora solo faltaba rellenar los detalles insignificantes como
sus nombres, dónde vivían y si eran mendigos o personas con dinero.
Virginia Wolf, Orlando
Libros. He vivido toda mi vida entre ellos. Las historias que encontraba en ellos se
tornaron en la mía propia. Los personajes se convirtieron en mis amigos, mi familia,
mis amores. Los libros se convirtieron en mi realidad. El mundo, ese mundo que todos
los demás veían, yo lo percibía filtrado a través de los innumerables ojos y voces que
había en mi mente. A veces me reía del mundo, me reía ante la estupidez de todos porque
yo, yo sola, conocía el secreto. Yo tenía un conocimiento singular que me trajo el
esclarecimiento y la comprensión. Todos los demás estaban ciegos.
Lo vi. Lo entendí. Lo supe. Pero nunca me lo creí. Nunca. No soy estúpida. Sabía que
era ficción ese lugar que yo, y nadie más, había visto. Sabía que era una mentira
porque, bueno, por cómo los libros, cómo los autores a través de los siglos habían
retratado el amor. ¡Ja! ¡Qué gran porquería! Rosalinda y Orlando en el bosque de Arden.
Sonetos y suspiros. Un mágico flirteo sobre una partida de ajedrez. La locura que siguió.
Algo sin sentido. Absurda, ridícula, completamente sin sentido.
Me encontraba sentada en mi lugar habitual del café de la librería, una apartada esquina
con vista a la calle y a la ajetreada tienda. Oculta tras un estante lleno de libros
sobre estudios medievales. Desde allí, podía observar sin ser vista. Adoraba este lugar
y lo frecuentaba regularmente, tanto que acabó llamándose "mi esquina". Solía ir al café,
durante el día o por la noche, agarraba mi taza de java y me dirigía a la mesa de la
esquina sentándome a jugar una partida solitaria de ajedrez. Nadie me molestaba y así
era como me gustaba.
Tenía preparado el tablero. Me lo quedé mirando y sonreí. Ajedrez. Había leído en algún
lado que las piezas simbolizaban la estructura de la sociedad medieval. El peón, que
era el que más abundaba, representaba las clases campesinas. La torre simbolizaba el
castillo y los bienes materiales. Caballo, alfil, dama, rey, todos formaban parte de una
época muy distante de la mía, pero cercana a las puntas de mis dedos y al familiar
funcionamiento de mi mente. Pero tal como la ficción que existía en mi mente y
coloreaba mi visión de la realidad, sabía que el tablero de ajedrez, y la simbólica
sociedad que representaba, era falso. La sociedad medieval era mucho más compleja, con
sutiles permutaciones y graduaciones que se burlaban del simple tablero que tenía ante
mí. Aún así, pensé, eso también significaba algo para ellos. Un forcejeo entre lucha y
paz, vida y muerte, así como un simple juego para pasar el tiempo y ocupar la mente.
También significaba amor. Un juego de amor que enfrentaba dos corazones en una furiosa
y apasionada lucha. Bueno, al menos es lo que decían los libros, y mi opinión sobre la
verdad en los libros siempre fue ambivalente.
Agarré un peón y lo estudié en mi mano. Dónde, pensé de repente, ¿Dónde estaba mi
Tristan, aquella que me ayudaría a pasar las horas en este desquebrajado barco de
destino incierto, hacia un país desconocido y hacia un matrimonio que nunca había
deseado? Mientras ponía el peón sobre el tablero una voz interrumpió mis pensamientos.
-¿Puedo sentarme?
Levanté la vista y encontré los ojos más azules que alguna vez hubiera visto. Esta vez
me fallaron las palabras de mi mente. Me sentí aturdida. Había vivido con palabras toda
mi vida. ¿Dónde estaban ahora? Me las arreglé para asentir con la cabeza y decir algo
semejante a un "sí".
*****
Se sentó frente a mí. El tablero se encontraba entre nosotras. Su ceja se elevó en una
sutil pregunta y yo volví a asentir con la cabeza, insegura de mi propia voz. Cogió una
pieza y la depositó en la superficie de madera.
-Me llamo Tristan.
La pieza que tenía en mis manos cayó ruidosamente sobre el tablero y levanté la mirada
con sorpresa. Una sonrisa le cubrió los labios, pero no había ninguna señal de burla en
sus ojos. Solté una risa insegura, recogí la pieza caída y la coloqué en el tablero.
-Si tú eres Tristan -dije, regresando mi voz con un tono ligeramente sarcástico-, ¿eso
significa que yo soy Isolde?
Ella rió. Sentí una descarga de sensaciones pasar a través de mí. Sentí que se me había
quedado la boca seca y, de repente, me acordé de la taza de café que tenía en la mesa.
Agarré la taza, demasiado consciente de sus ojos siguiendo mis manos mientras envolvían
la porcelana. Sus ojos continuaron mientras llevaba el humeante líquido a mis labios.
Miré por encima del borde de la taza y nuestros ojos se encontraron. Un mar azul
martilleó mi mente. ¡Oh!... ahogarse en esas profundidades. Mis dedos se apretaron
contra la taza de porcelana. Hice acopio de mi fuerza de voluntad para mantenerla firme
y beber. Tomé un sorbo experimentalmente y lo tragué a continuación. Sentí el cálido
líquido calentar mi garganta dejando un demorado sabor amargo en la boca.
-Y eso -pronunció ella suavemente señalando la taza en mi mano-, ¿es la poción mágica?
Extendió sus dedos y sentí un suave toque en mis manos. Sus dedos trazaron los míos.
Con un asentimiento de cabeza, dejé la taza en su mano. Observé mientras se la llevaba
a los labios. Nuestros ojos se volvieron a encontrar mientras ella tomaba un trago. Mis
ojos bajaron siguiendo el movimiento del líquido mientras descendía por su garganta.
Cuando la separó de sus labios, nuestros ojos se encontraron y yo extendí mi mano para
coger la taza de entre las suyas. Ella negó con la cabeza. Una suave sonrisa jugó en sus
labios mientras posaba la taza sobre la mesa. Tomó mi mano extendida y la acunó con la
suya. Giró mi mano con la palma hacia arriba y sentí su pulgar rozando suavemente la
zona del pulso en mi muñeca.
La miré, extasiada y completamente cautivada por el color oscurecido de sus ojos
mientras acercaba su boca hasta mi muñeca. Sentí un tierno beso. Después noté su lengua
acariciar suavemente mi ahora pulso irregular. Y, por último, un pequeño pellizco con
sus dientes contra la piel al soltar mi mano. Sus ojos se encontraron con los míos
mientras se volvía a echar hacia atrás en su silla. Habló. Su voz era un grave retumbo
que devastó mis ya sobrecargados sentidos.
-Te toca mover.
Me toca. Me encontraba allí sentada incapaz de respirar. ¿Confieso mi amor?, pensé
frenéticamente, vamos bajo cubierta y a todo esto sigue, ¿sigue? La costa de Cornwall
se va dibujando. ¿Y entonces qué? ¿Me rescatarás esta vez, Tristan? Un final feliz,
¿final feliz? ¿O se repetirá nuestra trágica historia? Tragué el nudo que estaba
subiendo por mi garganta. Oí una pequeña risa escapar de sus labios y la miré a los
ojos. Había un débil destello de diversión y algo más que no conseguí descifrar.
-Ajedrez -afirmó, el sereno tono de su voz instigó contra la confusión de mi mente-. Y
te toca mover.
*****
Jugamos durante lo que me parecieron horas. Apenas hablamos una palabra. El café, ahora
frío y olvidado, se encontraba tras un montón de piezas blancas y negras entremezcladas.
Me perdí en el movimiento del juego y en la delicada danza de nuestras manos por el
tablero de ajedrez.
*****
-Jaque.
Enarqué una ceja ante aquello, como una inconsciente imitación del gesto que ella había
hecho al principio de nuestro encuentro, y la vi esconder una pequeña sonrisa tras su
mano. Sacudí mi cabeza y le devolví la pequeña sonrisa mientras movía mi pieza. Sus ojos
se movieron sobre el tablero que estaba entre nosotras y pude oír un "mmmmm" vibrando
contra su boca cerrada. Su frente se arrugó mientras pensaba y aguardé a que hiciera su
movimiento.
*****
-Tablas -exclamé al mover mi pieza sobre la superficie de madera. Mis ojos examinaron
el tablero. Tablas.
-Sí, eso parece.
¿Y ahora? Extendí mi mano sobre el tablero de ajedrez.
-Buena partida.
Sonreí mientras ella cogía mi mano con la suya. Con un movimiento veloz se puso en pie
junto a mi silla, con mi mano aún en la suya. Me estremecí al sentir su pulgar dibujando
pequeños círculos sobre mi muñeca. Nuestros ojos se encontraron cuando alzó mi mano
hasta su boca depositando un diminuto beso en mis nudillos.
-Tristan el Galán -dije serenamente.
No protesté cuando me llevó fuera del café. Atravesamos las frías calles en silencio. Mi
mano cálida por el contacto de la suya. ¿Dónde me llevas ahora, mi galante Tristan?
*****
Minutos después nos encontrábamos frente a una casa con la fachada cubierta de hiedra.
¿Son estos los muros de piedra del castillo de tu tío? Abrió la puerta y encendió la luz.
Oí un ladrido procedente del recibidor y vi una fornida figura dirigirse hacia mí. Ella
no pudo atrapar a la bestia a tiempo y yo aterricé en el suelo de espaldas con un perro
dorado sentado sobre mi pecho que golpeaba alegremente el suelo de madera con la cola.
Soltó una maldición y tiró al monstruo de encima de mí. Tristan, el Caballero Errante
Rescatador de Damiselas en Apuros. Levanté la mirada hacia sus horrorizados ojos y
después miré al gran danés que ella estaba refrenando.
-Déjame adivinar -mi voz se encontraba al borde de la diversión cuando miré su cara-.
Husdant, ¿cierto?
Ella pestañeó aún con un matiz de incomprensión en sus ojos. Después, estalló en una
sonora risa cuando mis palabras fueron registradas en su mente.
*****
-Dame, permíteme -dijo tomando la bolsa de hielo que tenía en la mano-. Déjame echarle
un vistazo.
Sentí el trazado de sus dedos sobre mi cabeza buscando algún bulto inusual. Aunque no
pude verlo, sentí como arrugaba el entrecejo mientras volvía a poner suavemente el hielo
contra mi cabeza. Me di la vuelta antes de que ella pudiera esconder su mirada de
preocupación. Intenté poner algo de humor al asunto.
-¿Tristan la Frenologista?
Una sonrisa se encendió suavemente en sus labios. Hizo una ligera negación con la cabeza
y rozó el lateral de mi temporal con la yema de sus dedos.
-Tristan la Preocupada. Tristan Quien debía haber Cerrado el Perro en el Dormitorio
antes de salir de Casa. Tristan la del Estúpido Perro que tiene la Inteligencia del
Tamaño de una Molécula -respondió mientras miraba al gran danés que ahora se encontraba
dormido.
Me giré y seguí su mirada hasta llegar al perro durmiente. Era bastante bonito, pensé,
especialmente cuando no estaba sentado sobre mi pecho.
-No deberías culpar al pobre Husdant -comenté quedamente-. Él te adora y, obviamente,
estaba intentando protegerte de mí.
Se inclinó hacia mí y la sentí reírse entre dientes contra mi pelo.
-Goldie.
-¿Qué?
-Se llama Goldie.
Sentí un ataque de risitas contra mi pelo.
-Fui a por lo obvio.
-Evidentemente.
Su cuerpo estalló en una silenciosa risa. Cerré los ojos al sentirla temblar contra mi
cuerpo. Yo estaba empezando a creer. Tristan el Milagro Creado. Cuando su risa menguó
puso el paquete de hielo sobre una mesa cercana y deslizó sus brazos alrededor de mi
cintura. Me recliné hacia atrás contra su cuerpo cerrando mis ojos una vez más. Sentí
su respiración en mi oreja. Tristan la Llamada de la Sirena.
-¿Isolde?
-¿Hmmm?
-Ese es tu nombre verdadero, ¿cierto?
-Sí. Isolde. Yseut.
-¿Yseut de las Manos Blancas?
-No, no la de las Manos Blancas. Isolde. Yseut. Hija del Rey de Irlanda. Esposa del Rey
Mark. Amante de Tristan.
Se produjo un silencio y me sobresalté al darme cuenta de lo que acababa de decir. Sentí
su abrazo apretado alrededor de mi cintura. Su lengua comenzó a trazar el contorno de mi
oreja. Me estremecí. Ella se volvió a reír y habló una vez más.
-Bueno, aún no, pero estoy segura de que podemos encontrar alguna manera de remediar la
situación.
*****
Me di la vuelta en el círculo de sus brazos y me encontré a mí misma ahogándome en un
mar azul. Jaque, pensé, y me toca mover. Comencé a trazar la línea de su mandíbula. Las
yemas de mis dedos descansaron contra la suavidad de su mejilla.
-Ningún Brangein va a actuar como suplente por nosotras, mi Tristan -dije cuando nuestros
ojos se encontraron una vez más- ¿Tienes algún tío rey para traicionar o algún barón
para frustrar?
Ella sonrió. Pasé mis dedos por el perfil de su boca y observé como sus ojos se cerraban
lentamente.
-¿Ninguna harina en el suelo ni ninguna herida que pudiera hablar de nuestro placer?
Ella abrió lo ojos y me revolvió suavemente el pelo con su mano.
-Hay una herida -confirmó con los ojos oscureciéndose de preocupación.
Tragué contra la sequedad de mi boca.
-¿Quieres besarla para que se ponga mejor?
Alzó una ceja y se rió suavemente. La sentí atraerme gentilmente hacia su boca. Un suave
beso, vacilante, casi recatado. Se apartó lentamente y me miró a los ojos. Tristan la
Tímida. ¿Cesarán alguna vez las sorpresas?
-La herida no estaba ahí -dije.
Una sonrisa se extendió lentamente por sus rasgos y su mano volvió a deslizarse
delicadamente por mi pelo. Habló suavemente, en un susurro.
-¿Y dónde, mi señora Isolde, reside la herida?
-Aquí -respondí poniendo mi mano en su corazón.
Me cogió la mano y la giró poniendo la palma hacia arriba. Bajó su boca hasta mi muñeca.
Me estremecí.
-Pasaste la marca, mi señor.
Me miró con un matiz de incredulidad en sus ojos. Me salió una sonrisa que se convirtió
en risa. Me acercó a su cuerpo. Mis brazos rodearon su cuello y los suyos hicieron lo
mismo con mi cintura. Se agitó en una risa silenciosa. Cuando su temblor cesó finalmente,
habló con un aroma de regocijo en su tono.
-Sí, jovencita.
Giré mi cabeza y deposité un suave beso en su oreja. Cerré los ojos y, despacio,
comencé a trazar el delicado contorno de su oreja con mi lengua. Respiró con dificultad
cuando introduje el lóbulo en mi boca.
-Isolde.
Me separé y acuné suavemente su cara entre mis manos. Mi pulgar dibujó pequeños círculos
contra su piel mientras la miraba a los ojos.
-¿Me llevarás a tus aposentos? Te prometo que ninguna espada, ni barón, ni rey se
interpondrá entre nosotras.
*****
Cerró la puerta y se dio la vuelta para encararme. La resolución que me había traído
hasta aquí estaba lejos de menguar. Se acercó a mí.
-No tenemos por qué hacerlo -susurró sintiendo mi vacilación al sentir las yemas de sus
dedos trazar el contorno de mi cara.
A pesar de mi nerviosismo, anhelé sentirla contra mí, sentir la dulzura de su boca.
Capturé la mano con la que me estaba acariciando y empecé a besar la punta de sus dedos.
Luché contra la vibración de mis nervios al hablar.
-¿Ha sido la poción de amor la que nos ha llevado tan lejos, Tristan? ¿Me mandarás de
vuelta a tu tío, el rey?
Sus dedos jugaron con mi mandíbula cuando habló con una sonrisa asomándole por las
esquinas de sus labios.
-Él no te puede tener de vuelta, mi amada Isolde. No me iré afligida por el bosque hacia
la locura.
Bajó su cara hacia la mía. Este beso no tuvo nada de recatado. Sentí mis rodillas
colapsarse cuando su lengua acarició mi labio y entró en mi boca. Lentamente, con
infinita ternura, separó su boca de la mía. Tristan la Fastidiosa. Mis ojos, que habían
flotado cerrados durante nuestro beso se abrieron para encontrar, una vez más, una
serena sonrisa en sus labios. Su ceja se alzó al ver el ceño fruncido en mi cara.
-¿Tristan?
-¿Sí, mi bella Isolde?
-Cama. Ahora.
Ella sonrió y me llevó hasta su lecho.
*****
Su boca se movió contra la mía y nuestras manos peregrinaron a lo largo de nuestros
cuerpos. Mi camisa yacía arrugada en el suelo mientras nuestro viaje nos conducía junto
a su cama. Se separó de mi boca y apoyó su frente contra la mía. Una sonrisa se dibujó
en sus labios. Sus dedos se enredaron en mi pelo. Cogí su mano y le besé la palma.
-No recuerdo que la historia retratara eso.
Sonreí contra su mano.
-¿Hay algo, quizá, que te esté distrayendo? -le pregunté suavemente mientras ella me
tumbaba gentilmente sobre la cama.
Besé la línea de su mandíbula. Su respuesta vino lentamente y mi creencia en sus palabras
sonaba falsa.
-No... nin... gu... na... dis... trac... ción.
Solté una suave risa cuando deslicé mis manos por su parte anterior y, lentamente,
empecé a desabrocharle la camisa. Arrojé su ropa fuera de la cama y acerqué su cara a
la mía. Capturé sus labios en un beso. Sentí una sonrisa contra mi boca y me separé
suavemente. Ella volvió a hablar.
-¿Tú... tú recuerdas alguna escena como ésta en los romances?
Deslicé mis manos por su cuerpo y sus dedos viajaron por la curva de mi pecho. Mi mente
se quedó en blanco mientras nos deshacíamos del resto de nuestra ropa. La oí reírse
entre dientes suavemente mientras me acariciaba con sus dedos.
-¿Hay algo que te esté distrayendo, Isolde mía?
Reí mansamente y negué con la cabeza.
-Nunca hubo detalles -advertí. Sus dedos y su boca continuaron a lo largo de mi cuerpo-.
Siempre fue im...
Respiré con dificultad cuando sentí su boca contra mi pecho con su lengua trazando
círculos alrededor de mi pezón. Se apartó y colocó sus dedos donde había estado su boca.
-¿Siempre fue qué?
-Tristan -suspiré devolviéndole la sonrisa traviesa que jugaba en sus labios-. Siempre
fue implícito -dije cerrando los ojos mientras buscaba en mi memoria-. Y no me acuerdo
de haber leído alguna historia que envolviese tanto diálogo cuando dos personajes están
haciendo...
Volví a respirar con dificultad cuando mi habladora Tristan encontró otra manera de
distraerme.
*****
El comienzo del nuevo semestre produjo las habituales reuniones. Ésta era para
presentar los nuevos facultativos al resto del departamento. Llegaba tarde. Un
estudiante graduado me había parado en el vestíbulo y me envolví en una larga
conversación. Mientras me precipitaba en la sala de conferencias, fui saludada por la
alegre voz del Dr. Peterson, el residente sabelotodo y "eminente Victorianista".
-Ah, ya está aquí. Dra. Malory, ésta es la Dra. Isolde Beroul de Troyes, la otra única
medievalista del departamento. Estoy seguro de que ustedes dos tendrán mucho en común.
Levanté la vista y me encontré con los ojos más azules que alguna vez hubiera visto.
-Isolde, ¿eh? Bueno, si usted es Isolde entonces yo debo de ser Tristan.
Reí suavemente y nos saludamos con un apretón de manos.
-Hola.
Me estremecí al sentir su pulgar trazando pequeños círculos en mi muñeca. Enarqué una
ceja, imitando deliberadamente aquel gesto que había acabado por adorar. Ella sonrió
traviesamente. El Dr. Peterson volvió a hablar cuando nuestras manos se separaron.
-¿No es una increíble coincidencia? ¡Oh! ¡Tristan e Isolde! Esto es realmente magnífico.
¡Es precioso!
Ambas reímos.
-¿Dra. Malory?
-Por favor, llámeme Tristan.
-Tristan. Entonces debe llamarme Isolde. ¿Puedo hacerle una pregunta?
-¿Sí, Isolde?
-¿Le gusta jugar al ajedrez?
FIN
********************
* Nota de la traductora: Aquí está el resumen del romance de Tristan e Isolde.
Se trata de una trágica historia de amor recogida en manuscritos situada en la época
medieval durante el reinado del Rey Arturo. Isolde de Irlanda era la hija de Angwish,
Rey de Irlanda. Estaba prometida con el Rey Mark de Cornwall. El Rey Mark envió a su
sobrino, Tristan, para escoltar a Isolde durante su camino a Cornwall.
Antes de salir de Irlanda, la madre de Isolde le dió una poción de amor a la criada de
Isolde con estrictas instrucciones de mantenerla guardada hasta que llegaran a Cornwall.
Allí se la daría a Isolde en su noche de bodas. En un momento del viaje, Isolde y
Tristan bebieron la poción por accidente y se enamoraron perdidamente el uno del otro
para siempre.
Isolde se había casado con Mark pero no podía evitar su amor por Tristan. La aventura
amorosa continuó después de la boda. Cuando el Rey Mark se enteró de la aventura,
perdonó a Isolde, pero Tristan fue desterrado de Cornwall. Tristan se mudó a la corte
del Rey Arturo y más tarde se marchó a Bretaña. Allí conoció a Iseult de Bretaña. Él se
sentía atraído por ella por la similitud de su nombre con el de su verdadero amor. Se
casó con ella pero no llegó a consumar el matrimonio por su amor hacia la "verdadera"
Isolde. Tras caer enfermo, mandó buscar a Isolde esperando que ella lo pudiese curar.
Dio instrucciones para que si ella decía que sí, la bandera del barco de regreso sería
blanca, y si decía que no sería negra. Iseult, al ver la bandera blanca, mintió a
Tristan y le dijo que la bandera era negra. Él murió por la pena antes de que Isolde
pudiese llegar hasta él. Isolde murió poco después con el corazón roto. Iseult se
lamentó de sus acciones tras ver el amor que habían sentido el uno por el otro.
* Asimismo, Wagner creo una ópera a partir de dicho romance, "Tristán e Isolda",
estrenada en Munich en 1861.