Capítulo 4
Resurrección
- Así que la amante de la guerrera Xena... eres tu Gabrielle.
Gabrielle no daba crédito, a la entrada de la cámara se encontraba Diocles, mirándola
fríamente.
- ¿Qué haces aquí?
- Yo debería preguntarte lo mismo... ¿qué es lo que intentas? - preguntó dirigiendo la
mirada hacia los ojos de Horus. ¡Esta muerta y tratas de revivirle!... ¡¿verdad?!...
- Eso no te importa Diocles... ahora vete... no quiero lastimarte.
- ¡¡Jamás!!... ¡¡Te dí mi amor!!, ¡¡¿y así me pagas?!!
- ¿De qué estas hablando?... ¿cuál amor?... tu para mí simplemente eres un amigo y como
tal te pido que te vayas, este no es tu asunto... ¡vete porque no quiero hacerte daño.!
- ¡Hacerme daño!, ¡Por favor!, ¡¡he sido humillado!! - poco a poco se acercó a la
estatua de Horus.
- Será mejor que te vayas... ¡Que no entiendes!
- ¡No!, la que no entiende aquí eres tu Gabrielle... ¡¡¡¡Deja descansar a los muertos
en paz!!!! - y dicho eso tomó uno de los ojos de Horus en sus manos, Gabrielle tomó sus
sais y se abalanzó sobre Diocles, quien parecía de la noche a la mañana haber obtenido
una fuerza y destreza nunca antes vistas.
Unos ojos vacíos observaban toda la escena con sumo detenimiento.
- ¡Basta Diocles!, ¡devuélveme eso!
- ¡¡¡¡Jamás!!!! - Diocles lanzo la piedra roja a una de las paredes y aunque Gabrielle
se arrojó para tratar de alcanzarla esta frente a sus ojos se hizo pedazos.
- ¡¡Y ahora!!...
Gabrielle volvió el rostro para ver a Diocles alzar su espada en todo lo alto, listo
para romper en pedazos la urna con las cenizas de su guerrera.
- ¡¡¡¡Noooooo!!!! - Gabrielle se arrojó contra Diocles clavándole sus sais en el cuerpo,
en la mirada de Gabrielle se conjugó, el coraje, la frustración, el valor, la tristeza
y su amor por Xena. La espada de Diocles quedó hundida en el hombro de Gabrielle,
mientras este caía sobre sus espaldas.
- "E... sa... mi... ra... da" - se escuchó una voz de ultratumba, de la cual Gabrielle
no se percató.
Gabrielle con la cabeza baja observaba con lágrimas en los ojos la palma de su mano
derecha en la cual se encontraba incrustada una pequeña parte de lo que anteriormente
fuera uno de los ojos de Horus. Cerró los puños con fuerza, pues se sabía derrotada, las
cuencas vacías de la calavera no dejaban de mirarla.
- He... fallado... lo... lamento tanto... Xena... - la sangre corría por el brazo de
Gabrielle, esta se arranca de un tirón la espada de Diocles, Gabrielle es incapaz de
sentir dolor físico, su dolor es más profundo... más doloroso que una herida. Un
recuerdo fugaz regresa a la mente de Gabrielle.
- Deberás conseguir los ojos Horus, y entrar en su cámara sagrada la cual se encuentra
en su templo junto al palacio del faraón, te costara trabajo ya que las mujeres no
pueden acceder a él, si logras conseguir los ojos de Horus, los colocarás en su estatua
y esperarás a que la luna llena inunde su cámara, en ese momento depositarás la urna
con las cenizas de tu amiga guerrera frente a sus ojos, Horus limpiará sus pecados, de
esta manera con ayuda de Anubis guiará a las almas al paraíso, estarán salvas y le
devolverá la vida a tu amiga por haber mostrado valor y bondad al entregarse por su
propia voluntad a la muerte... empero si no logras conseguir los ojos de Horus hay una
forma más de devolverle a la vida... ¿estas dispuesta a escuchar?... - le pregunta Sabak
frunciendo el entrecejo, con sus ojos aun cerrados.
- Lo que sea, lo haré - dice firmemente Gabrielle.
- Muy bien escucha con atención, dentro de su cámara, encontrarás una urna grande, en
ella depositarás las cenizas de tu amiga guerrera, acto seguido para limpiar sus pecados
y que las almas sean salvas, deberás vaciar tu sangre dentro de la urna sobre las
cenizas de tu amiga deberás estar de pie, no deberás caer, ni cejar, ni arrepentirte ni
un solo instante hasta que la última gota de sangre se haya vaciado de tu cuerpo, sino,
tu sacrificio será en vano, y ya nada podrá hacerse, tu alma nunca cruzará el río de la
eternidad y jamás volverás a ver a tu amiga... piénsalo griega no es un asunto fácil, te
esperan grandes retos... la decisión es tuya.
- No tengo nada que pensar Sabak, he dicho que lo haré, verás que lo lograré - sonrió
segura de sí misma.
- Lo lograré, lo... lograré - repitió muy despacio para sí Gabrielle.
Xena dentro del lugar donde estaba se sentía frustrada al ser incapaz de hacer algo por
su bardo. Gabrielle inmediatamente se levantó tomó las cenizas de Xena y las vació
con cuidado dentro de la urna frente a la estatua de Horus. Tomó la espada de Diocles y
se hizo dos cortes profundos en sus muñecas, la sangre comenzó a manar cayendo sobre las
cenizas de su guerrera, en el rostro de Gabrielle se formó una sonrisa, la herida del
hombro seguía sangrando y con ello su sangre abandonaría prontamente su cuerpo y así
Xena volvería a vivir y eso era suficiente para ella. Sin darse cuenta el esqueleto de
la esquina comenzó a encarnarse y Xena por su lado comenzaba a desvanecerse lentamente
cada vez un poco más, con forme Gabrielle vacía su sangre dentro de la urna.
- No, Gabrielle, detente, por favor... ¡¡¡¡No mueras... Gabrielleeee!!!!
La joven guerrera hacia esfuerzos innombrables por mantenerse en pie a pesar de que todo
alrededor le daba vueltas, y comenzaba a perder el sentido, aún con todas sus fuerzas
fue incapaz de mantenerse en pie y poco a poco su cuerpo iba cayendo, sin embargo una
figura femenina le sostuvo en pie, sus brazos y los de Gabrielle se convirtieron en uno
y la sangre seguía fluyendo.
Xena terminó por desaparecer. Un par de manos se asomaron por la orilla de la urna y de
ella poco a poco emergió Xena, la mujer que sostenía a Gabrielle le dejó sobre el piso,
posó sus manos sobre las heridas de la bardo y estas se cerraron, Xena cayó al suelo en
cuanto logró salir de la urna, era como si hubiera vuelto a nacer y no recordara como
caminar, se arrastró hacia el cuerpo inerte de Gabrielle y se abrazó a ella con fuerza.
- No... no dejaré que mueras Gabrielle... no dejaré que mueras... te lo prometo. -
Haciendo un esfuerzo mental sobrehumano consiguió levantarse, tomó entre sus brazos a
Gabrielle, miró hacia la urna en donde aquella extraña mujer seguía vaciando su propia
sangre, una luz inmensa llenó la cámara y un hombre apareció extendiéndole la mano a
aquella extraña mujer de cabellos obscuros como la misma noche, ambos caminaron rumbo a
Xena, el hombre tocó ligeramente el hombro de Gabrielle cerrando la herida, acto seguido
ambos tocaron los hombros de Xena descendiendo un vestido blanco a través del perfecto
cuerpo de la guerrera. Antes de que Xena pudiera articular palabra ambos desaparecieron
en medio de una luz blanca.
- Gabrielle - susurró Xena mientras besaba los pálidos labios de su bardo.
Xena llegó hasta la primera cámara, en donde le esperaba la niña guardiana, ésta se
acercó a Gabrielle quien se encontraba en los fuertes brazos de la guerrera, pareciese
que había muerto, sin embargo.
- La prueba que a continuación sufrirá, no se comparara con la que acaba de pasar.
- ¿Qué?
- Traspasa ese muro noble guerrera y llegarás a Grecia, no temas, las almas han sido
salvas y tus pecados lavados por la sangre de la mortal que llevas en brazos, ahora
viene lo más difícil, que Ra las guíe en esta dura prueba.
La niña guardiana desapareció, del muro que le indicara la guardiana, comenzó a manar
agua; el muro se desvaneció para darle paso a una cortina de agua, Xena la traspasó sin
dar crédito a lo que veía, tras salir se encontró justo en medio de un bosque, los
primeros rayos del sol iluminaron la cara de sorpresa de la guerrera al ver a Argo II
pastando tranquilamente a unos escasos metros de donde ella se encontraba, inclusive
sus ropas ya no eran las mismas, una vez más portaba su traje de guerrera. El agua que
escurría por el cuerpo de Gabrielle fue absorbida y conforme esto sucedía, la bardo
poco a poco volvía a la vida Xena consiente de que de un momento a otro Gabrielle
recuperaría la conciencia la depositó suavemente sobre el pasto mullido, volvió a besar
los labios de su joven amante.
- Gracias - susurró la fuerte guerrera intentando desatar el nudo que se le hizo en la
garganta, al ver que Gabrielle comenzaba a despertar.
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Continúa en: Capítulo 5 - La prueba