No tardó ni cinco minutos en ducharse y vestirse pues los nervios no le permitían
perder un sólo segundo. Su tía Erika miraba atentamente cada uno de sus movimientos por
la larga habitación mientras intentaba ponerse en la piel de su sobrina pues sólo así
podría llegar a entenderla. Era una técnica que había logrado mejorar con el paso de
los años y que le había echo ganarse un rinconcito en el corazón de su adorada Helen.
Un corazón tan grande como complicado, no todo el mundo llegaba a él pero una vez le
permitiera la entrada nunca lo abandonaban.
Y era eso, precisamente, lo que tanto preocupaba a Erika. Sabía que en el corazón de su
sobrina habitaban dos personas, Inés y René y lo difícil que para ella sería toda
aquella situación dadas las circunstancias.
- Bueno, vamos allá... Eri... Erika -.
La voz de Helen la sacó de sus pensamientos.
- Sí, perdona -.
- ¿En qué pensabas? -.
- Nada, cosas de vieja -.
- Tía, tú no eres ninguna vieja -.
Erika miró con ternura a su preciosa sobrina. Iba sencillamente vestida, con unos
pantalones oscuros y una camiseta, pero se pusiera lo que se pusiera todo le sentaba
bien.
- ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te pareces a mí cuando era joven? - le preguntó
mientras bajaban las escaleras.
- Unas cuantas veces - contestó sin prestarle demasiada atención.
- ¿Y qué hoy te pareces aún más? -.
- ¿Hoy? - se paró un momento para mirarla - ¿Por qué? -.
- Hoy estás guapísima -.
- La verdad... - la miró de reojo pero sonriendo - Esos piropos tuyos nunca sé si son
para mi o para ti -.
- Hola Inés -.
Erika ignoró el comentario de su sobrina quien inmediatamente giró la cabeza para ver a
una mujer entrada en la treintena, con su largo pelo rubio recogido en un improvisado
moño y con sus grandes ojos oscuros que la sonreían igual que hacían sus labios,
esperándola al final de la gran escalera.
- Hola Eri, ¿y tú dónde estabas? - dijo mirando fijamente a Helen - Te estábamos
esperando -.
- Mejor te lo cuento luego -.
- Ya he conocido a tu salvadora y es como me decías, un encanto aunque lo de guapa te
lo habías ahorrado - se rió sin ninguna malicia.
Helen le sonrió sintiéndose mal por haberla mentido o, al menos, no haberle contado toda
la verdad sobre su relación con René.
- ¿Y dónde está? -.
- Hemos terminado de almorzar hace un ratito y está fuera en el jardín, ahora nos
llevarán el café, le he dicho que iba a buscarte -.
Helen le dio un suave beso en la cabeza a Inés y colocándose detrás de ella la ayudó a
salir al jardín empujando las secuelas del terrible gran accidente que habían sufrido,
secuelas en forma de silla de ruedas y de una grave lesión medular que había sentado
para siempre la vida de su primera novia.
El corazón quería salirse del pecho cuando la vio sentada en una de las sillas que
rodeaban a la mesa de jardín. Tenía la mirada perdida en la inmensidad del lago, sus
cortos mechones rubios se movían suavemente empujados por la ligera brisa que soplaba y
su cara blanca, casi pálida, le daba un aire angelical. Llevaba un traje ligero color
marfil, no obstante quedaban pocos días para el verano y comenzaba a hacer calor. No
recordaba haberla visto nunca con un vestido pero sin duda había sido una buena elección
pues su belleza se acentuaba aún más o al menos eso sentían sus ojos que cautivados no
podían apartarse de ella.
- Por fin las encontré - sonrió Inés - O mejor dicho me encontraron ellas a mí -.
Notó como aquellos ojos verdes que ocupaban sus sueños nocturnos se cruzaban con los
suyos y fue incapaz de mover uno solo de sus músculos. Únicamente podía seguirla con la
mirada mientras saludaba a su tía quien se había presentado a si misma ante la
incapacidad de hablar que de repente inundaba a su sobrina.
- Hola Lucy -.
"Espabila imbécil o Inés se dará cuenta de todo" - se dijo a si misma.
- Hola René - pudo decir al fin.
- ¿Lucy? - preguntó extrañada la propia Inés hasta que pareció recordar - Ah sí, es
verdad, así te llamaba -.
- Perdón, debería llamarte Helen, ese es tu verdadero nombre -.
¿Verdadero nombre? ¿Era ese su verdadero nombre? Ya no estaba segura de nada, nunca pudo
recordar que se llamara así, de hecho cuando la nombraban era como si se tratase de otra
persona. Al volver a oír el nombre de Lucy en los labios de René supo que era así
realmente como siempre se llamaría.
- No pasa nada, no me importa que me llames Lucy -.
- Qué buena tarde hace hoy, sentémonos y disfrutemos de ella - comentó alegremente su
tía.
Miró las sillas que estaban vacías indecisa sobre cual ocupar, pero Erika fue más hábil
y se sentó junto a René, sabía que aquello era lo mejor.
- ¿Qué tal el viaje René? - preguntó la propia Erika.
- Bien, ha sido tranquilo... debería deshacer la maleta -.
La notaba extraña, seca, incómoda. Aquella no era la René que había conocido, todavía
no la había visto sonreír de aquella manera que tanto anhelaba volver a ver. Pero era
normal, suponía que tampoco podría estar demasiado contenta dado el modo en que ella
misma la había tratado. Se fue de su casa sin más, sin decirle una sola palabra después
de todo lo que había hecho por ella, de todo lo que había trabajado para que volviera a
ser una persona normal. Si no fuera por sus esfuerzos estaría postrada en una cama de
alguna perdida residencia al sur del país.
- Tranquila, ya tendrás tiempo para eso - le sonrió Inés y mirándola añadió- Mientras
almorzábamos hemos hablado un rato de su trabajo y de lo buena que debe ser por lo mucho
que hizo por ti -.
Sólo pudo asentir, en el fondo se encontraba demasiado avergonzada por su comportamiento
y ni siquiera podía mirarla a la cara.
- Gracias... ¿y tú cómo estás? -.
- Muy bien -.
- Sale a correr todas las mañanas por la orilla de Lucy... ¿no es curioso? - sonrió
Erika.
- ¿El qué? - preguntó Inés.
- Que quisieras llamarte Lucy igual que el nombre que le pusiste al lago cuando eras
niña, es muy curioso como trabaja nuestra mente, de alguna manera te acordabas de todo
esto -.
- En realidad... -.
En realidad se acordaba del libro que René con tanta paciencia le leyese no sólo en el
hospital sino mientras le enseñaba a leer. Estaba segura que el nombre había surgido de
allí y lo del lago sólo era pura coincidencia pero no se atrevía a admitirlo y quitarle
la ilusión a su tía.
- En realidad... así era -.
Notó la mirada de René sobre ella durante un breve segundo que le pareció eterno,
luchaba porque sus ojos buscaran aquel verdor pero no logró encontrar la valentía
necesaria y siguió mirando la inmensidad de aquel lago.
- ¿Dónde están mis padres? - preguntó en un intento por desviar el tema.
- Hoy tenían almuerzo en casa de los Henderson, ¿recuerdas? -.
- Cierto, lo olvidé -.
Ahora era Inés quien la miraba fijamente y no podía entender por qué. Quizás se daba
cuenta de la situación y de que ella y René prácticamente no intercambiaban ninguna
palabra. Inés no era tonta y en su interior estaría atando cabos. Esa era la única
explicación a su fija mirada.
- Creo que necesito acostarme un rato -.
El comentario de Inés la cogió totalmente por sorpresa. ¿Qué quería acostarse un rato?,
eso nunca lo hacía, es más le molestaba enormemente dormir por la tarde.
- Erika, ¿podrías ayudarme? -.
- Ya te ayudo yo -.
Su ofrecimiento más que amabilidad buscaba la posibilidad de quedarse a solas con ella
y conocer el motivo de esa repentino cansancio, necesitaba hablar y explicarle la
situación con sus propias palabras. Sin embargo, Inés no estaba dispuesta a eso.
- Gracias pero si quieres ayudarme podrías ir al pueblo y comprarme unos medicamentos
que me faltan y de paso podrías llevarte a René y así enseñarle algo más allá de esta
casa -.
Mientras hablaba esbozaba una amable sonrisa que intentaba descifrar. No podía estar
tan molesta si la dejaba a solas con René y encima quería que paseara con ella por el
pueblo, o quizás esa fuera la demostración de su enfado. Se encontraba completamente
desconcertada y en su mente intentaba buscar alguna excusa. En el fondo siempre había
temido el momento de quedarse a solas con ella.
- Puedo ayudarte y después salir -.
- Helen, ya la has oído - habló su tía - Yo la ayudaré, tu vete con René al pueblo,
les irá bien... coger un poco de aire. Te gustará el pueblo René -.
La mirada de su tía Erika no dejaba lugar a dudas de que no le quedaba otro remedio.
- ¿Te apetece venir conmigo? - le preguntó a René sin mirarla a los ojos.
- Parece que no tengo otra opción -.
Erika e Inés estaban ya en el interior de la casa por lo que aquel comentario iba
dirigido sólo a ella. Aquello era la conformidad de lo enfadada que debía estar y desde
luego no podía culparla. Recorrieron en silencio el camino de césped que les separaba
del gran garaje de la casa donde descansaban seis coches, uno de los cuales era un
modelo muy antiguo pero se notaba muy bien cuidado. Allí era imposible moverse sin un
coche.
*****
- Inés sé perfectamente que no te falta ningún medicamento - comentó Erika una vez
estuvieran en el interior de la casa - Lo tengo muy controlado -.
- Necesitan hablar Eri -.
- Tú lo sabes, ¿verdad? -.
- Sé lo que siente Helen desde la primera vez que me habló de ella. Antes de ser su
novia fui su amiga durante muchos años, la conozco bien. A mí no puede engañarme aunque
intente ocultármelo -.
- Y sigues siendo su amiga, lo que acabas de hacer lo demuestra. Corres el riesgo de
perderla -.
- Lo sé pero no quiero tener conmigo a alguien que en realidad ama a otra persona. No
quiero ser un premio de consolación -.
Todo aquello le dolía pues amaba a Helen con todo su corazón y aquel amor era lo que le
hacía luchar cada día por seguir adelante, pero precisamente por lo mucho que la quería
no podía verla de la manera en que la veía aquella tarde, pérdida entre dos mundos, el
que una vez compartiese con René y el que ahora compartía con ella. De alguna forma
necesitaba aclarar sus ideas y para ello era mejor que empezara hablando con René.
- Ella te quiere Inés, de eso estoy segura -.
- Sí, pero está enamorada de ella... ¿te has fijado? -.
- ¿En qué? -.
- Se ha ido y ni siquiera me ha preguntado qué medicamento era el que me hacía falta -.
*****
Sólo el ruido del motor rompía el muro de silencio que crecía a cada minuto entre las
dos. René centraba su mirada en los prados que se observaban a través del cristal y
ella se centraba en la carretera y en buscar una forma de acabar con aquella incómoda
situación, sin embargo, fue la más joven quien se le adelantó.
- Te veo muy bien, Lu... Helen, estás muy fuerte -.
- Sí, me encuentro bien -.
En su interior no se sentía digna ni de dirigirle la palabra. A su mente regresaban una
vez más las imágenes de todo lo vivido con ella y sólo tenía ganas de llorar,
arrodillarse y pedirle perdón hasta quedarse sin voz. Hablarle de sus noches sin dormir,
de sus sueños, de lo mucho que la añoraba, de lo mucho que deseaba volver a oír su risa,
volver a sentir su abrazo, formar parte de ella como una vez casi lo fue.
Se vio a si misma cogiendo la vieja desviación de tierra que la llevaba a un lugar en el
que ni siquiera había pensado, ni ahora ni en la casa, un sitio que sólo ella conocía y
que acababa de recordar.
- Esto no parece llevar al pueblo -.
- Quiero enseñarte algo -.
- ¿Qué es? -.
- Algo que ni siquiera recordaba - notó la mirada fija de René sobre ella pero decidió
no dar más explicaciones.
Paró el coche junto a una pequeña casa con aspecto de llevar décadas abandonada y se
bajó.
- ¿Querías enseñarme esta casa? - preguntó René desde el interior del coche.
- Aquí jugaba de pequeña -.
En su mente nuevos recuerdos reaparecían llenando aquellos pocos huecos que aún
permanecían vacíos.
- Te quedaba algo lejos, ¿no? -.
La voz de René sonó muy cerca pero en ese momento volvía a ser niña de nuevo recorriendo
los rincones de aquella vieja y pequeña casa, soñando con luchas medievales, con cuentos
infantiles donde ella hacía el papel del guerrero. Las princesas siempre le parecieron
demasiado cursis y aburridas.
- Por allí - señaló un pequeño bosque cercano - hay un camino que lleva directamente a
casa, sólo son unos diez minutos -.
- ¿Y jugabas sola?-.
- Normalmente sí. Alguna vez me encontraba con algunos niños del pueblo pero eran pocas
veces, para ellos si está muy lejos -.
Observó un camino justo al lado de la casa que sin perder un segundo comenzó a andar
seguida por una René un tanto desconcertada.
- Sigue exactamente igual - sonrió - Todo está igual -.
Ante ella se presentaba un vasto terreno cubierto enteramente por flores de todas las
formas y colores imaginables que formaban pequeñas colinas. Era como abrir las páginas
de un cuento.
- Vaya - exclamó René gratamente sorprendida - Esto es precioso -.
- Sí que lo es y no sé cómo me he acordado de este lugar - miró a René y durante un
momento sus miradas volvieron a cruzarse - No tenía pensado traerte aquí. Cómo iba a
pensarlo si ni siquiera me acordaba, ha sido al ver el desvío en la carretera que ha
vuelto todo a mi mente -.
- Me alegra que te hayas acordado, es una maravilla -.
Observó cada uno de los movimientos de René mientras se adentraba en el campo de flores,
su mirada recorría sin poder evitarlo cada centímetro de su cuerpo recordando las
sensaciones que junta a ella viviera en los breves momentos en que tuvieron contacto en
su apartamento. Desde que la volviera a ver se había enamorado nuevamente, de su belleza,
de la ternura que emanaba por cada poro de su piel, sus movimientos, como se apartaba el
pelo de la cara, el cuidado que mostraba al caminar para evitar pisar una sola de
aquellas hermosas pero débiles flores.
Tanto se centraba en lo que veía que no se dio cuenta que René la miraba fijamente hasta
que sus palabras la devolvieron a la realidad. La cruda realidad.
- Me gusta mucho Inés, se nota que es una maravillosa persona y ha luchado mucho por
salir adelante, para volver a estar contigo - la escuchaba sin dejar de mirarla como
tampoco lo hacía René - Me ha contado muchas cosas sobre vosotras. Está muy enamorada de
ti y tú... - apartó la mirada para centrarse en el campo a su alrededor - debes estarlo
de ella -.
Era tanto lo que quería decir en ese momento que las palabras se le atravesaban en la
garganta formando un muro que no podía quebrar. Quería explicárselo todo, la verdad de
su relación con Inés, una relación donde había existido muchísimo amor pero que ahora no
lograba recordar. Por más que se esforzaba y miraba en su interior no hallaba todo ese
amor que una vez sintiera por ella, mientras más buscaba más se daba cuenta de que era
la imagen de René la que ocupaba cada vez más su corazón y con cada latido escuchaba
más claramente su nombre.
Sin embargo, estaba claro que René no sentía lo mismo. Su forma de hablar y su lenguaje
corporal no dejaba lugar a dudas de lo incómoda que se sentía con todo aquello y de lo
enfadada que debía de estar con ella. Con su indecisión había logrado alejarla. Sólo su
cobardía era la culpable. Cuántas veces descolgó el teléfono y marcó su número para a
continuación colgar rápidamente antes de sonar la primera señal. Pero nunca se atrevió
ni siquiera a volver a oír su voz.
- Lo he pensado - volvió a hablar René sin dejar de mirar el prado - Y creo que será
mejor que me vaya. Tus padres ya me han dado las gracias al igual que Inés y mi
situación aquí es un tanto incómoda. No buscaba esto cuando decidí ayudarte, no quiero
una compensación como ha insinuado tu padre... sólo quiero seguir con mi vida -.
- Me gustaría que te quedaras un poco más, al menos hasta mañana -.
- No tendría sentido, sólo pongo en peligro tu relación con Inés -.
- René no... -.
- Y yo también tengo mi vida -.
Aquellas palabras sonaron como si un jarro de agua fría cayera sobre su cuerpo, helando
su sangre y parando su corazón durante un eterno segundo. Ella tenía su propia vida. Eso
sólo podía significar que había conocido a alguien o que ya no formaba parte de esa vida.
No sabía cual de las dos ideas la hacía sufrir más pero era lo lógico. En el fondo se lo
merecía por el desdén con que la había tratado.
Se acercó a ella hasta colocarse a su lado buscando las palabras adecuadas, aquellas
que tanto deseaba decirle, aquellas que lograran describir sus sentimientos con
claridad y su gran agradecimiento, le debía la vida y estaría en deuda con ella
eternamente.
Miró a René que permanecía de pie a su lado con la cabeza ligeramente inclinada hacia
el suelo en el cual centraba su vista y sin poder controlarse, en un acto de locura del
cual sabía que se arrepentiría, levantó su mano y colocándola en su barbilla la obligó
a levantarla suavemente y adorar con su mirada aquellos labios que tanto había ansiado
para seguidamente besarlos. Aquel tacto le devolvió la vida, aquella vida que había
dejado en aquel pequeño apartamento y el amor volvió a abrirse paso entre ellas o, al
menos, era así como se sentía antes de que René bruscamente se separara para a
continuación sentir su mano fuerte sobre su cara. La había abofeteado. René acababa de
pegarla. ¿Cómo pudo hacer eso?, ¿cómo pudo besarla?. Lo que ella quería era hablarle,
contarle todo lo que llevaba dentro y en vez de eso se dejó llevar por sus sentimientos,
se dejó llevar por su corazón y la había besado. ¿Cómo se le había ocurrido? Aquello
sin duda era el fin.
Cuando pudo reaccionar René había desaparecido. La buscó con la mirada y corrió hacia
el coche con la esperanza de encontrarla en su interior pero allí no había nadie.
Levantó la vista y la vio caminando por la carretera de tierra, caminaba rápidamente
movida sin duda por su gran enfado.
- ¡René! -.
La llamaba una y otra vez mientras acortaba distancias con cada zancada. Había sido una
idiota, el más inmaduro de los actos, lo último que quería hacer en ese momento. No
entendía nada, sin duda, la echaba tanto de menos que no pudo resistirse al tenerla tan
cerca.
- ¡René escúchame! -.
René caminaba con paso decidido y sin girar la cabeza, con la mirada fija en el camino.
Cuando estuvo a su lado sólo pudo retenerla cogiéndola por un brazo y obligándola a
pararse, tenía que hablar con ella. La cara de René estaba cubierta de lágrimas que no
dejaban de derramar sus enrojecidos ojos y que miraban fijamente el suelo bajo sus pies.
- Mírame, por favor... lo siento, ha sido una total estupidez -.
- ¿El qué? - levantó los ojos y en su mirada había rabia - ¿Qué ha sido una estupidez?,
¿venir aquí este fin de semana?, ¿qué me besaras sin más?, ¿traerme a este lugar?, ¿qué
me enamorase de ti?, ¿haberte ayudado? - cogió aire - ¡Dime!, ¿qué ha sido una estupidez
para ti? -.
- ¡Todo ha sido una estupidez! - sin querer estaba gritando, la agitación no le
permitía hablar con calma - ¡Ha sido una estupidez besarte cuando lo que quería era que
me perdonaras!... ¡he sido una imbécil, una completa cobarde! -.
René la miraba fijamente mientras escuchaba cada una de sus palabras.
- Me... - cogió aire intentando calmarse - Me he portado muy mal contigo, René, he
sido una desagradecida... no sabes las veces que marqué tu número pero me daba miedo
llamarte, me daba miedo oír tu voz porque sabía que saldría corriendo a buscarte, que no
podría resistir las ganas de volver junto a ti, de decirte todo lo que siento, de
volver a abrazarte como aquella maravillosa noche que nunca he conseguido olvidar... -
ahora era ella la que lloraba sin control, un llanto silencioso recorría su cara.
- Me cuesta mucho creer eso -.
René volvió a bajar la mirada. Aquellas palabras eran difíciles de asimilar para ella
cuando tanto había ansiado volver a oír su voz, cuando tantas noches se despertaba con
la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño y que ella estaría en el baño o en
la cocina y que volvería a acostarse a su lado.
- Te quiero, ¿eso también te cuesta creerlo? -.
- No quiero creerlo -.
- ¿Por qué?, -.
René se apartó, pues sin querer se había acercado demasiado, para mirarla fijamente a
los ojos antes de hablar.
- ¿Vas a dejar a Inés? -.
Desde que supiera que René iba a venir el fin de semana, una y otra vez se había echo
la misma pregunta y una y otra vez no hallaba la respuesta, como tampoco lo conseguía
ahora. El silencio duró un largo minuto en el que cada una libraba su propia lucha
interior.
- ¿Y tú? -.
- ¿Cómo? - René la miró sorprendida.
- También has encontrado a alguien, ¿verdad? -.
No sabía como Lucy podía haberse dado cuenta pero el nombre y la cara de Isha no se
habían apartado de ella ni por un momento. Sentada en el jardín no dejaba de pensar en
dónde estaría y qué estaría haciendo, al mismo tiempo que el nerviosismo crecía a medida
que se acercaba el momento de volver a ver a Lucy. Estaba claro que también ella debía
tomar una decisión.
- ¿Cómo se llama? - preguntó ante el silencio de René.
- Isha -.
Aquel nombre penetró en su corazón como lanza ardiendo partiéndolo en mil pedazos. ¿Qué
quería que pasara?, la había abandonado, pensaría que ya no la quería y se había
buscado a otra. Era así de sencillo.
- Es un bonito nombre -.
- Me tengo que ir, Lucy -.
La mirada de la morena se perdía en el infinito mientras aquellas palabras retumbaban
en sus oídos. Sentía como sus rodillas perdían su fuerza y lentamente se sentó en la
carretera de tierra bajo la atenta mirada de René.
- ¿Estás bien? -.
- Te debo la vida, René -.
- ¿Cómo? -.
- Eres una persona maravillosa, no tenías por qué pero diste todo de ti para sacarme
adelante y lo que soy ahora te lo debo a ti, sólo a ti, tú me has devuelto la vida. Si
no fuera por tu gran ayuda, por tu gran esfuerzo ahora seguiría acostada en la cama de
una fría residencia quién sabe dónde -.
- No... no me debes nada -.
- Claro que sí, te lo debo todo y quiero que sepas que... te... - las lágrimas acudían
de nuevo a su rostro - Te echaré de menos -.
En el fondo sabía que debía dejarla marchar, su felicidad estaba con Isha y ella no
podría dejar a Inés. Sería un acto horrible por su parte abandonarla en su estado, la
quería, la quería mucho pero su verdadero amor, con quien sentía la pasión quemándola
por dentro era sin duda la persona que ahora se acercaba a ella para depositarle un
suave beso en la mejilla, la persona a la que llevó al pueblo para que cogiera un taxi
que la llevara al aeropuerto prometiéndole que le enviaría el equipaje lo más pronto
posible. La persona que vio marchar de su vida sin saber si algún día volvería a verla.
Continuará...