CAPÍTULO I
¡Señor Howard! ¿Cuál será su siguiente medida? - Preguntó un emocionado periodista a
Vincents Howard, acérrimo activista y defensor ecológico.
Hacia casi un año que Vincents Howard protestaba contra las industrias petroquímicas
que diariamente ensuciaban con desechos dañinos los ríos del país. No era un movimiento
pequeño, en realidad su voz resonaba por todas partes, grandes organizaciones
ecológicas mundiales se sumaron, el defendía su causa con su vida de ser necesario.
Un hombre sencillo, con dos hijos Karen y Justin de 8 y 5 años respectivamente, su
esposa Margaret de 33 años, mujer sencilla y noble como él. Padre amoroso y atento, era
amado y respetado en su comunidad. Por su carisma y su disponibilidad para ayudar a los
demás, fue ganando amigos que lo seguían y apoyaban. Desde muy joven activista ecológico
y defensor de la naturaleza, sus padres habían participado en el movimiento radical de
los sesenta, por lo que su niñez estuvo llena de ideas ecologistas y liberales. Ahora
hombre maduro, no concordaba al cien por ciento con dichas ideas liberales, pero
conservaba ese amor por las cosas naturales, odiaba la destrucción en todos los
sentidos.
¡Seguiremos luchando! - Contestó Vincents - ¡Nuestra fuerza es el corazón! ¡Seguiremos
gritando por todos lados! Pediremos ayuda a todos los afectados por este problema, son
muchos más de los que se imaginan. Convenceremos a toda la gente que podamos que cuanto
afecta esta contaminación nuestra salud, y como afectará terriblemente a nuestros hijos.
No podemos vender nuestro futuro por un empleo mal pagado en una empresa que atenta
contra la vida.
Fue gratamente ovacionado por sus simpatizantes, cuyo número se había incrementado a
medida que su campaña avanzaba. Inmediatamente abordó su automóvil, y se marchó en
medio del ajetreo de los periodistas.
Ya había anochecido desde hacia muchas horas, la velada se prolongó mas de lo que
esperaban, Howard y sus simpatizantes de mas confianza, se habían reunido en la casa de
campo de su amigo Frank. Mañana sería un día importante, marcharían por toda la avenida
principal hasta las afueras de la ciudad, donde la carretera los conduciría hasta la
ubicación de la empresa petroquímica más grande e importante. No pensaba que fueran a
lograr mucho con esta acción, pero al menos interferirían con las actividades de la
industria al no dejar entrar a ningún trabajador.
¡Hasta mañana Vincents! - Le gritó su amigo.
¡Hasta mañana a todos! ¡Descansen bien! - Contestó en a su vez. Abordó su automóvil, y
se marchó. Perdió la noción del tiempo en tan agradable velada, y se reprendía por no
haber avisado a su esposa que se retrasaría, intentó llamarla, pero su celular se había
descargado desde hacia mucho rato, así que lo único que le quedaba era darse prisa.
Margaret Howard miraba la ventana preocupadamente, no era común que Vincents llegara
tan tarde sin avisar, algo en su interior le dictaba que no todo iba bien. Tenía 10
años casada con Vincents, desde que se conocieron, se amaron mutuamente, había una
conexión entre los dos, mas allá de toda explicación, como si se hubieran conocido
desde vidas atrás, o como si estuvieran destinados a estar juntos por toda la eternidad.
No conocía hombre mas bueno, y a un padre mas amoroso.
¿Por qué no llega papá? - Preguntó la pequeña Karen, no había visto a su papa en todo
el día, y eso era algo totalmente desconocido para ella. Nunca desde que nacieron sus
hijos Vincents se separó de ellos, todos los días, a pesar de su trabajo y del tiempo
que sus ideales le absorbían, el les dedicaba, aunque fuera, unos minutos al día. Pero
ese día, Vincents tuvo que salir de su casa muy, muy temprano, mucho antes que la
pequeña Karen se despertara. El había estado tentado a despertarla para despedirse,
pero la vio dormida tan placidamente, que lo considero un sacrilegio, la pequeña Karen,
era la verdadera dueña de su corazón. Y al fin de cuentas, llegaría esa noche temprano,
o eso es lo que tenía planeado.
El siguió conduciendo, lo mas de prisa que podía, sin ponerse en peligro, tardaría
alrededor de cuarenta minutos en llegar a su casa, pues no podía esperar más a ver a su
razón de vivir. La carretera estaba mas solitaria que de costumbre, y mas obscura que
de costumbre, los bellos paisajes que de día adornaban ambos lados del camino, esta
noche se retorcían de manera enferma y dolorosa, el lo notó, pero no tenía tiempo para
meditar eso.
Miró por el espejo retrovisor y divisó a un motociclista que se acercaba a gran
velocidad, y el mismo decrementó su velocidad para que la motocicleta lo rebasara
facilmente. No encendió la radio, pues quería descansar sus oídos del bullicio que
sufrió durante todo ese día. Justo cuando el veloz motociclista lo rebasaba, un seco
estallido alertó sus cinco sentidos. Solo eso faltaba, un neumático reventado, bueno,
pudo haber sido peor, al parecer tardaría media hora mas de lo planeado en llegar a su
destino. Bajó de su automovil y caminó hacia la parte delantera de su vehiculo,
rascándose la cabeza, decidió de que no tenía caso lamentarse, e inmediatamente se
dirigió a la cajuela del automóvil y la abrió. Justo en ese momento una figura alta y
elegante se acercó a él desde la parte delantera de su auto, ladeó la cabeza para
observarla. Era el motociclista que al parecer había logrado percatarse del inoportuno
accidente, y se había detenido unos metros mas adelante.
¡Ho, hola! - Saludó Vincents, agradeciendo la compañía brindada por el desconocido en
medio de la obscura carretera. El motociclista continuó caminando elegantemente sin
emitir un solo sonido. Vestía un traje de motocilicsta de cuero negro, botas y guantes
negros, y aún traía puesto el casco, un casco también de color negro, e incluso la mica
protectora era obscura, Vincents se preguntó como podía ver con esa mica en la obscuridad
de la carretera, ¿Acaso conducía a ciegas?. Algo se preocupó en las entrañas de
Vincents al ver que el motociclista no respondía al saludo. Pero la preocupación dió
paso a la fascinación cuando el alto y elegante motociclista se despojó de su negro
casco, y con un gesto confiado y casi agraciado, sacudió un larga y negra cabellera,
que a su vez, adornaba un fino rostro apiñonado, con unos labios rojos húmedos y
sensuales, que a pesar del amistoso saludo de Vincents, no sonrieron. Pero también a la
fascinación le llegó el momento de ceder su turno a otro sentimiento, pues a pesar de
la obscuridad, Vincents pudo visualizar unos fríos y azules ojos. No expresaban ningún
sentimiento, estaban vacíos, vacios como la misma obscuridad que los rodeaba, pero lo
miraban fijamente, sin parpadear.
Vincents dió un paso atrás, pues su instinto del miedo le dictaba que se alejara de
allí inmediatamente, mas no lo hizo, pués su raciocinio le dijo que no tenía nada que
temer, la extraña mujer no había hecho nada que le hiciera temer, solo eran esos ojos
azules y penetrantes, que, junto con el silencio que la extraña se empeñaba en sostener,
los que habían removido en sus entrañas un poco de... ¿Terror?, tal vez.
¡Buenas noches! - Saludó nuevamente. La única respueta obtenida fue el acercamiento de
la alta y hermosa mujer, que, con paso seguro, movía su esbelta y sensual figura, casi
seductora, hacia Vincents. - Soy Vincents Howard - Expresó, a la ves que extendía la
mano para saludar a la fascinante mujer. Pero se descepcionó al ver que su saludo era
ignorado nuevamente, lentamente recogió su mano y la colocó a su costado. La mujer
continuó acercándose, y Vincents a pesar de su terror, no retrocedió, no pensaba
retroceder ante una persona que, aunque hermosa, era descortés. O tal vez ella solo
estaba bromeando y tratando de asustarlo, por lo cual no seguiría su juego, aunque era
lo que el deseaba, sabía que la desconocida no bromeaba, de hecho, al ver sus ojor,
dudó de que alguna ves en su vida hubiera bromeado.
Por fin se detuvo, justo a treinta centímetros de Vincents, y lo miró a los ojos
penetrantemente. El decidió no intimidarse y mantener la mirada a su vez, en los ojos
de ella. No supo cuando, no supo como, simplemente no lo vió venir. Con un rápido
movimiento de su mano, la mujer golpeó el cuello de Vincents con los dedos índice y
medio. Para cuando Vincents intentó moverse, se dió cuenta que había perdido el control
de su cuerpo, y que este de desplomaba pausadamente hacia el suelo. Logró mantenerse
incado y vió a la mujer una ves mas a los ojos. Ya no podía hablar, pero con su mirada
logró preguntar un "¿Por que?". Ella no contestó, no emitió sonido alguno, solo lo miró
a los ojos. Vincents cerró sus ojos mientras su conciencia se desvanecía, el flujo de
sangre a su cerebro había sido cortado. Ya con sus ojos cerrados, dedicó sus últimos
pensamientos a su amada Margaret, y sus hijos Karen y Justin, dándose cuenta, de que el
fin era inminente.
La mujer solo lo observó unos segundos mas, treinta segundos eran los necesarios, lo
sabía, pero observó el cuerpo inerte del hombre unos segundos mas, aunque sin expresar
ningún sentimiento en su mirar. Corrió hacia su motocicleta, la montó y se marchó a
gran velocidad, perdiendose en la obscuridad de la noche, y alejandose del lugar, donde
el rostro inerte de Vincents, antes adornado siempre por una sonrisa amorosa, era ahora
adornado con un fino hilo de sangre que fluía de su fosa nazal.
*****
El bullicio habitual del jardin de niños no parecía afectar en lo mas mínimo a Linda
Farm, quien disfrutaba de su profesión como educadora. Llevaba casi dos años
ejerciéndola, y no podría sentirse mas contenta con ella. Era una excelente maestra,
sus 23 años de edad, su metro sesenta de estatura, figura esbelta, largo cabello rubio,
su nariz respingada, ojos verdes, sonrisa amplia y amigable, fascilitaba de excelente
manera su profesión, contaba con paciencia y sentido común para tratar con sus pequeños
discípulos.
La campama sonó puntual, como todos los días, y seguido, igual que siempre, de una
ovación general de todos los niños de la pequeña escuela que, con gran impaciencia,
esperaban la hora de salida, y con la misma cantidad de alegría, celebraban la llegada
de ésta. Linda se sonrió para si, al contemplar las pequeñas figuras correr hacia la
puerta de su aula, mientras la mayoría se despedían rapidamente de ella con un gritado
y apurado "Hasta mañana señorita Farm", solo los más tímidos, a los cuales Linda ya
tenía identificados, se reservaban el gusto de despedirse de ella. Linda sabía que
tenía que dedicarles una atención especial, pués sabía por experiencia que la timidez,
a veces esconde talentos y actitudes que rara vez florecen.
Cuando creyó que el aula estaba completamente vacía, lanzó un largo y pausado suspiro,
y se quedó contemplando hacia el infinito, ya con su habitual sonrisa, completamente
ausente.
Hasta mañana señorita Farm - La pequeña voz la sacó del taciturno estado en el que se
econtraba.
Ho, hasta mañana Mirian, creí que te habías ido. - Respondió con una amorosa sonrisa.
Queria darle esto - La pequeña Mirian, de tres años, le tendió su pequeña mano, con una
hoja de papel en la cual estaba dibujada una infantil versión de Linda de manera muy
sonriente y feliz, como siempre se le veía. - La hice para usted.
Gracias Mirian - Tomó la hoja, y se sintió en verdad conmovidaante tan tierno gesto. -
Vamos - Tomó de la mano a la pequeña, y la acompañó a la salida de la escuela. Allí,
estaba la madre de Mirian, quién, saludó a la maestra con una sonrisa y se llevó
consigo a la pequeña niña.
Miestras recogía sus cosas para retirarse a su casa, un grupo de maestras jovenes al
igual que ella se acercaron. - Hey Linda, vamos al café Fortrees, ¿Vienes? - Consideró
por un instante aceptar la invitación, pero de antemano sabía que sería imposible para
ella el poder acompañar a sus compañeras de trabajo. Cuanto le gustaría poder convivir
mas con ellas y conocerlas, pero sabía que estaba mas allá de sus posibilidades. ¿Hacía
cuánto que no tenía una amiga, un amigo, un novio?, ya no lo recordaba. Esos años habían
sido muy cortos, y habían quedado atrás hacía mucho tiempo.
No, no puedo - Fué su triste respuesta, bajó la mirada y continuó. - Vayan ustedes,
diviertanse.
Bueno, como quieras, ya sabes donde estamos si cambias de opinión. - Contestó una de
ellas, al tiempo que se marchaban de allí. - Bye.
Adiós - Dijo quedamente, con una mirada en verdad triste y cabizbaja.
Terminó de guardar sus cosas en su pequeña bolsa de mano y salió de la habitación
caminando con paso rápido y seguro. Pasó por la oficina de su jefa para despedirse y
abandonó la escuela. En su oficina, la señorita Stewer, su jefa y directora del jardín
de niños, a sus casi 60 años de edad, la miraba con profunda tristeza a la joven que, a
pesar de su fuerte espíritu, y su cálida bondad, le había tocado vivir una vida llena
de tristeza y desesperanza.
Linda llegó a la esquina de la parada del autobús, y esperó a que este pasara. No
esperó mucho, el autobús se detuvo justo en frente de ella, rápidamente subió y pago la
cuota correspondiente. No se percató de la lasciva mirada que el conductor le dedicó a
su trasero al esta avanzar hacia la parte trasera del autobús. Pero si logró percibir
las directas miradas que otros pasajeros le dirigieron. Incómoda ante tal situación, se
sento sola en un asiento individual y abrazó su bolso a manera de autoprotección,
acompañando la escena con una mirada triste y sin dirección. No cambió de postura
durante todo el trayecto.
Por fin había llegado a su destino, se bajó por la puerta trasera del autobús y caminó
hacia su casa. Miestras introducía la llave en el cerrojo de su pequeña morada, exalaba
un pequeño suspiro, sabía lo que le esperaba adentro.
Desde que su madre había muerto cuando ella tenía 10 años, su padre, Marius Farm, había
vivido en depresión continua y permanente. Pasando por varios males, desde el alcohol
hasta las drogas. Al no poder superar la pérdida de su mujer, Marius se autodestruyó
poco a poco, ahora, a sus 55 años de edad, aparentaba casi 20 años mas de los que en
realidad tenía, y habiendo perdido el 50 por ciento de su capacidad cerebral, dependía
por completo de su unica hija para poder realizar las tareas mas simples, desde comer,
hasta realizar sus necesidades excretorias.
Linda se lamentaba todos los días al ir a trabajar y tener que dejarlo solo tantas
horas, usualmente lo encontraba sentado en sus propios deshechos, incluso, tirado en el
piso, al bajarse de la silla de ruedas. Linda tenía que asearle en ese momento y
posteriormente darle de comer, cuchara por cuchara, pués Marius apenas podía moverse.
Entró en su casa, y la vió obscura y sombría como siempre, cerraba las cortinas, pues
no quería que la luz y el ruido de la calle aturdieran a su ya de por si, aturdido
padre. A mitad de la sala, divisó la pequeña silla de suedas, donde Marius permanecía
inmóvil y con la mirada fija. Caminando lentamente hacia el, colocó su bolso en un
viejo y roto sofá y se acerco a su padre dandole un pequeño abrazo. Este día no se
había ensuciado, pero sabía que tendría que ayudarlo mas tarde a cumplir con sus
necesidades, mas sin embargo eso podía esperar. Había sido un buén dia después de todo,
pero eso no la hacía alvidar su triste situación. El ver a su padre en ese estado tan
deplorable, dia a dia la había llevado a una profunda depresión que amenazaba con
estallar en cualquier momento. Por ahora, solo abrazó a su padre, su unica familia y
colocando su dulce rostro sobre el hombro de este, lloró en silencio.
*****
Richard Maxter caminaba a paso acelerado hacia la oficina de su jefe el Capitán Roger
Wolf. Llevaba bajo su brazo derecho un folder amarillo, en cuyo interior estaban los
últimos datos obtenidos de su investigación. Según el soplón, el cuál le había dado
dicha información después de una larga sesión de "persuación" policíaca, esa tarde se
llevaría a cabo una entrega de cerca de 5 toneladas de cocaína en una de las bodegas
del muelle de la ciudad. Tenía casi dos años tras la pista de una de las mas grandes
organizaciones narcotraficantes y, aunque sabía que esta información no le llevaría a
la raiz de todo el asunto, si sabía que la frustración de esa operación sería un duro
golpe para toda la mafia que perseguía.
Abrió rápidamente y sin avisar la puerta de la oficina y saludó a su jefe. - Capitán,
buenas tardes - El alto y regordete capitán contestó de buena manera al jóven. - Traigo
este informe - Y colocó sobre el escritorio el folder amarillo.
¿Qué es? - Preguntó su jefe.
Un soplón habló. Según el hoy a las 5:30 entregarán 5 toneladas de cocaína enla bodega 2
del muelle 4, y la subirán a los trailers disfrazada de talco para bebé. - Resumió
Richard a su jefe.
Heeee, si, bueno, no sé. - Titubeó el jefe. Con casi 45 años de edad y casi 25 años en
el cuerpo de policía, sabía que las mafias bien organizadas no eran gente con la cual
se podía bromear. Eran gente peligrosa. - Bueno Richard, ya sabes que los soplones nunca
son de fiar y...
Aún así señor, debemos asegurar la zona por si acaso. - Argumentó Richard, aunque ya
sospechaba la patética respuesta de su jefe.
Bueno, no es tan simple como enviar un grupo de agentes y ya, los muelles son una zona
federal, no tenemos jurisdicción allí. - Respondió el capitán Roger. - Podemos tener
problemas con el FBI si algo sale mal, será mejor que les avisemos y que sean ellos
quienes se encarguen. - Con gran preocupación en sus azules ojos observó el informe que
el jóven detective le había entregado. Levantó su cabeza adornada con un corto cabello
castaño claro, su rostro mofletudo y sus gruesos labios, y observó al detective que
intentaba realizar su deber. - Tu deja que ellos hagan su trabajo y no te preocupes.
Puedes retirarte. - Dijo cortantemente a Richard. Este comprendió el mensaje y salió de
la oficina rapidamente.
No podía permitir tal arbitrariedad, actuaría por cuanta propia, su juventud le impedía
ver que en el mundo del crimen no existe lugar para los héroes. Desde la puerta a la
sala de estar de la comandancia, observó a sus compañeros en silencio. Tenía los ojos
negros, al igual que su corto cabello, alto con una orgullosa figura. Con 25 años de
edad estaba en la cima de su juventud, su cuerpo fuerte y atlético, le había ayudado en
mas de una ocasión en su peligrosa labor. No, no iba a traicionar sus ideales de
justicia por un tecnicismo, no lo permitiría.
Mientras tanto en la bodega del muelle, los traficantes de drogas ya se encontraban
allí. Creyendo estar en un lugar seguro, no se prepararon lo suficiente. Las patrullas
iban en camino rápida y silenciosamente, mientras los traficantes efectuaban la venta
de sus mercancías. Los guardias que estaban afuera divisaron las patrullas demasiado
tarde, rapidamente fueron inmovilizados por los agentes uniformados. Inmediatamente
irrumpieron en la bodega y en unos cuantos segundos todo había terminado.
Richard había actuado por su cuenta mintiendo a sus compañeros que si existía una órden
de aprehención en ese lugar, por lo cual varios autopatrullas y agentes lo habían
seguido hasta allí, queriendo formar parte de la operación. Toda la droga fué
decomisada, y los implicados puestos bajo arresto. Sin duda, un duro golpe contra el
crimen organizado.
Esa misma noche, en la comisaría, Richard era fuertemente reprendido por su jefe Roger,
quién, aunque por fuera mostraba rabia, en su interior sentía una gran pena por el
muchacho cuyo único crimen fué hacer lo correcto. Pero eso ya no importaba, su destino
estaba marcado. Roger no pudo suspender a Richard por desobedecer sus órdenes, la
prensa estuvo muy al tanto del caso, y no podía permitirse el lujo de suspender al
jóven héroe del momento.
Seís meses después, una tranquila noche, Richard miraba con aburrimiento el monitor de
su televisor, sentado un un pequeño sillón. Ya pasaban de la media noche y no podía
conciliar el sueño. Mientras tanto, una delgada y alta figura entraba en el pequeño
apartamento donde Richard vivía solo. Con pasos completamente silenciosos, entró a la
habitación donde se encontraba Richard, quién le daba le espalda en ese momento. Ella
lo miró bajando un poco la cabeza, y sonrió silenciosamente. Se acercó de la misma
manera que como usualmente caminaba, en silencio total, y tomando fino hilo de acero el
cual llevaba alrededor de su muñeca. Enredó el hilo entre sus manos para darle un mejor
agarre, y de un veloz movimiento, lo colocó sobre el cuello de Richard, y tiró
fuertemente de él. Richard reaccionó demasiado tarde, intentó deshacerse de la delgada
tortura que le rodeaba el cuello y le obstruía la respiración pero la presión ejercida
era demasiado fuerte. Poco a poco sintió como la piel de su cuello se abría y la sangre
de sus venas en ese lugar fluía ligeramente. El aire la faltaba y su visión poco a poco
se cerró, no tardó muchos segundos mas, Richard había muerto trás una serie de
convulsiones.
La alta y misteriosa mujer retiró su siniestra herramienta de muerte del cuello de
Richard, y saltó por la ventana. No pareció importarle que el apartamento se encontrara
en un sexto piso, simplemente saltó y desapareció en la noche. Mientras el cuerpo
inerte de un jóven detective, recostado en un sillón, miraba hacia el infinito con sus
ojos completamente vacíos.
*****
El agudo sonido del reloj despertador no tardó en cumplir con su objetivo en Linda. Con
torpes movimientos logró detener el molesto ruido producido por el pequeño aparato.
5:00 a.m. en punto, como todos los días, se sentó en el borde de su vieja cama y se
desperezó. Se colocó sus sandalias y se dirigió a la habitación de su padre, al cual
encontró en su respectiva cama en la misma posición en la que lo había dejado la noche
anterior.
Hola padre - Saludó cariñosamente, y con mucho cuidado tiró de él, para acomodarlo en
su silla de ruedas. Se consideraba cruel de su parte el despertarlo tan temprano, pero
era la única manera en que podría tener el tiempo suficiente para alimentarlo y después
ella dirigirse a su trabajo.
Después de alimentar a su padre, se bañó y se alistó para marcharse a su trabajo. Se
despidió despacio de su padre y salió a la calle. Caminó hacia la parada del autobús
sin prisa, pues el tener que enfrentar la libidinosa mirada que a diario le dedicaba el
conductor de éste no le hacía mucha gracia. El autobús se detuvo, igual que todos los
días, subió, pagó su pasaje y entró. Como siempre el autobús estaba abarrotado de gente,
era la hora de entrada a la mayoría de los empleos y el de ella no era una excepción.
Abrazó fuertemente con el brazo izquierdo su carpeta donde llevaba sus documentos de
trabajo y con la mano derecha se aferró a uno de los asientos para no caerse. El
autobús continuó su ruta usual, paradas bruscas y acelerones de igual magnitud ponían a
prueba su equilibrio. Su vida no era tan dura, pensaba, después de todo, tenía un
trabajo que disfrutaba, una casa que, aunque mensualmente tenía que pagar el alquiler,
era un techo que la cobijaba, aunque era mucho más humilde de lo que ella se merecía.
También tenía a su padre, que, a pesar de todo, era su unica familia en el mundo, y le
consolaba el hecho de no estar sola. Haaaa, sola, si, recapacitando bien, si estaba sola,
y mucho, y sobre todo, sin un futuro, todo en su futuro era incierto, no sabía que
hacer después de que su padre muriera, por el momento, su existencia se limitaba a
cuidar de él.
No logró mantener el equilibrio después de un brusco frenón y tampoco pudo mantener su
carpeta abrazada a ella. Todos sus documentos volaron por sobre el resto de los
pasajeros. Rapidamente se puso a recoger los que pudo, mientras que los papeles que
volaron mas lejos, llegaban a sus manos por medio de otras personas que se los
alcanzaban, mientras la mayoría se mostraban sonrientes debido el gracioso expectáculo
mostrado por la pequeña rubia. Las lágrimas casi le brotaban debido a la vergüenza, pero
no podía mostrarse así frente a la gente, debía mantener su dignidad. Por fin llegó a
su destino, y se bajó del autobús en medio de empujones y manoseos de algun que otro
patán, sentía la bilis bullir ante tales indignantes actos, pero nada podía hacer, lo
mejor era salir del autobús rápido. Se paró frente a la escuela donde trabajaba, dió un
largo suspiro, y caminó hacia la puerta, mientras una casi invisible lágrima escurría
por su mejilla.
Continuará pronto...