Se levantó con lentitud, su cuerpo ya no era el mismo de antes y cada día se lo
recordaba, hacía tiempo que no dormía una noche entera y eso la cansaba sobremanera. Se
calzó las zapatillas y se colocó la bata para salir al pasillo, como cada mañana abrió
la puerta de la habitación de Lua para verla dormir, su cara totalmente relajada era
como ver a un ángel, como volver a ver a la niña de siete años, aquella niña siempre
curiosa, siempre sonriendo. Se acercó y la besó en la frente a lo que la morena
respondió moviéndose un poco y diciendo algo ininteligible para sus viejos oídos.
No llegaba a comprender cómo Lua aún no la reconocía, la primera semana lo entendía
pues en poco tiempo pasaron demasiadas cosas pero ya llevaba tres meses con ella y
seguía igual.
Las primeras luces del alba se colaron por la ventana y salió al porche, llegaba tarde
a su cita, la hora preferida del día junto con el atardecer, era en esos momentos
cuando podía verla y sentirla mejor, tardó tiempo en averiguarlo pero así era. Se sentó
en la mecedora y notó el aire fresco de la mañana en su cara, cerró los ojos y esperó.
Las caricias comenzaron en su mano, eran suaves y tiernas, su anciano cuerpo se
estremecía como el primer día en que sintió aquel contacto, hacía ya tanto tiempo,
ascendían por el brazo hasta subir por el cuello y llegar a su cara, momento en que la
hacía suspirar.
- Hola cariño, te he echado de menos -.
Un ligero soplo llegó a su cuello y recordó la primera vez que lo sintió, en contra de
lo que pudiera suponerse no tuvo miedo fue sólo sorpresa pues aquel contacto le era tan
familiar que hubiera sido como sentir miedo por su propia sombra o su propio reflejo en
el espejo. En aquella época aún conservaba su vista aunque al principio pensó que sus
ojos la engañaban o que había enloquecido, sin embargo, al oír de nuevo su voz lo supo,
era ella y estaba allí para quedarse a su lado hasta que volvieran a reunirse.
- Sabes que siempre me ha gustado esa sensación en mi cuello -.
- Lo sé muy bien -.
Pensaba que los demás podían verla y oírla de la misma forma que ella lo hacía, pero no
era así, a raíz de eso se ganó la fama de loca para algunos y sencillamente soñadora
para otros.
- ¿Cómo has dormido hoy? -.
- Ya no duermo como antes, Melba, mi cuerpo carga con demasiados años -.
- Siempre serás maravillosa Sai, no tengas miedo, amor mío -.
- No lo tengo, hace muchos años que dejé de sentir miedo -.
- Formas parte de mi como yo formo parte de ti, por eso no he podido irme, te esperaré
por toda la eternidad -.
Intentaba una y otra vez tocarla pero era imposible, sólo podía estremecerse con su
roce.
- Ojalá pudieras verlo hoy, Sai -.
- ¿Me gustaría? -.
- Te encantaría -.
- Preferiría verte a ti -.
- ¿Antes que al sol? -.
- Antes que a todo, daría lo que fuera por volver a verte sólo a ti, no me importa el
resto del mundo, no tiene ningún sentido si tú no estás en él -.
Las manos le acariciaban la cara y la voz de su amor le hablaba en seductores susurros.
- Lo harás, Sai, volverás a verme -.
- ¿Cuándo? -.
- No tengas prisa, siempre has sido como el sol, mi amor, regalándome tu luz incluso
en la oscuridad -.
- Mi luz se alimenta de ti, tú eres la llama -.
- Te amo desde siempre y siempre seguiré amándote -.
Los pasos de Lua acercándose hicieron que Melba se alejase aunque sabía perfectamente
que estaba a su lado, siempre lo estaba.
- Buenos días, Sai -.
- Buenos días mi niña Lua, ¿qué tal has dormido? -.
- Más o menos, me he despertado muchas veces, ¿y tu? -.
- No puedes dormir pensando en volver a verla -.
- Como siempre tiene usted toda la razón -.
- ¿A qué hora sale el vuelo? -.
- Dentro de... - miró su reloj - cuatro horas exactamente -.
- ¿Lo tienes todo? -.
- Sólo es un fin de semana, está todo preparadito y bien guardadito, todavía puedes
venir si quieres -.
- Eres un cielo Lua y me alegro que Deray lo haya visto -.
- Yo también, pero... -.
- Siempre habrá un pero para ti - le sonrió.
- Me preocupa mucho dejarte aquí, preferiría no hacerlo -.
- Como bien has dicho sólo será un fin de semana, disfruta, las dos lo merecen -.
- No me voy tranquila dejándote sola -.
- Eres testaruda y sigues sin entenderlo -.
Lua se acercó y depositó un suave beso en la cabeza de la anciana quien respondió
regalándole la mejor de sus sonrisas.
- Cuando vuelva, tu y yo tendremos que hablar -.
- Nos sentaremos en la puesta de sol del domingo -.
- De acuerdo, tenemos una cita entonces, ¿sabes?, quizás te traiga un regalo -.
- No me gustan los regalos -.
Lua se sentó en el sillón de mimbre frente a Saila que se mecía muy suavemente.
- Sé que es un tanto precipitado y he tenido todo el tiempo del mundo... -.
- Has estado ocupada estos meses, lo sé -.
- ¿Lo sabes? -.
- Te conozco mi niña Lua -.
- Como si fueras mi madre o mi abuela, o quizás más, ni siquiera ellas me conocen
tanto -.
- No hay nada de misterioso, mi cielo, es un don, sólo eso -.
- ¿Un don? -.
- Lo mismo me pasó con Deray y lo mismo me ha pasado con todos mis amigos, hay gente
con la que no me hace falta hablar para conocerlos, sin saber por qué sé mucho más de
ellos de lo que ellos sabrán nunca de si mismos -.
- ¿Y qué sabes sobre mi? -.
- Mucho más de lo crees - Saila volvió a sonreírla con ternura - Has cambiado mucho y
aún no lo sabes -.
- Sí que lo sé, y voy a hacer un gran cambio -.
- Me alegra que lo hayas decidido -.
- Tiene que ver con tu regalo -.
- El mayor regalo que podrías hacerme ya me lo has hecho -.
- ¿Cuál es? - la anciana no contestó en vez de eso le sonrió.
- Deberías desayunar -.
- Creo que hoy no desayunaré, sería una pérdida de tiempo -.
- Ya veo - se rió - Te ha vuelto a picar la curiosidad -.
- Nunca te lo he dicho pero tienes una sonrisa preciosa y tu risa es aún más bella, es
contagiosa -.
- Sí que me lo has dicho -.
- ¿Cuándo?, no lo recuerdo -.
- Tu boca nunca lo mencionó por eso no lo recuerdas, son tus ojos los que me lo dicen
siempre -.
- ¿Eso forma parte de tu don? - Saila no contestó se limitó a sonreír - Me queda algo
más de tres horas y el aeropuerto no está lejos... -.
- Yo también pensaba pedírtelo -.
- Quiero leer algo más del libro -.
- Lo sé, y yo quiero que lo leas -.
- Hay algunas cosas en el aire aún, ni siquiera sé que son todos esos objetos que hay
en el salón y por toda la casa, y... necesito saberlo -.
- Sin eso - sonrió e hizo una pausa dramática - ... no estás completa -.
Lua la miró extrañada, ¿es posible que Saila supiera algo?, no podía ser, se había
cuidado mucho para que no sospechase nada.
- Sin embargo, hay cosas que ahora mismo no quisiera recordar -.
- Espere voy a traerlo, será un segundo -.
Lua se levantó y decidida entró en la casa, la anciana se quedó sentada esperando.
- Saila, mi amor, no tengas miedo -.
- Sabes tan bien como yo que aún queda lo más doloroso, déjame saltarme esa parte
Melba, Lua tendrá todo el tiempo del mundo para leer el resto -.
- ¿Qué le vas a dejar leer? -.
- Le contaré la época más feliz de mi vida o al menos la parte que más se acercó, la
felicidad completa es como la completa tristeza no existen realmente, siempre hay algo
que lo empaña -.
- Te amo -.
- Y yo a ti -.
Lua permanecía de pie en la puerta, esta vez había escuchado el final de la conversación
que Saila parecía mantener con alguien, quizás consigo misma, le preocupaba dejarla
sola, últimamente tenía aquellas solitarias conversaciones con más frecuencia que nunca.
- Bueno, ya lo tengo -.
- Bien -.
Lua se sentó y lo abrió buscando por dónde empezar lo cual era una tarea difícil, no
sólo no había capítulos sino que además lo último que supo se lo había contado la
propia Saila por lo que no tenía ni idea de en que parte se encontraban.
- Página 99 - la voz de Saila contestó a sus dudas.
- ¿99?, esto de aquí detrás no lo hemos leído aún -.
- Podrás leerlo con calma más adelante -.
- Vale, entonces página noventa y... nueve... aquí está -.
- No empieces aún, he de situarte - pensó durante un instante pero no lograba
acordarse - Vaya, no logro recordar dónde nos quedamos -.
- Melba había vuelto de Venezuela -.
- Ah sí, fueron tiempos muy duros... no me entiendas mal, durante días no podía creer
que estuviéramos juntas finalmente y además para siempre, recuerdo que durante toda la
semana sólo pensábamos en nuestro viaje, no hacíamos otra cosa -.
- ¿Qué viaje? -.
- Alemania, al final decidí volver, no fue fácil encontrar a mi familia, muchos habían
muerto a manos de los nazis, por suerte, mi prima Elsa fue una de las supervivientes
junto con su marido, de niña nos llevábamos muy bien y de mayores seguíamos teniendo
esa unión a pesar de los años, lo que hizo por nosotras jamás podré agradecérselo ni
devolvérselo, aunque ella dice que se lo he devuelto con creces... - pensó un momento
antes de continuar, recordar siempre era una tarea muy dura - Mi alemán dejaba mucho
que desear pero fue mi primer idioma y eso nunca se olvida, poco a poco lo fui
recordando, en realidad, estuvimos poco tiempo, la herencia de mi padre era mucho mayor
de la que esperábamos y eso que sólo pudimos recuperar una parte, el resto de los
bienes lo robaron los nazis, decidimos invertirlo y los rendimientos que obteníamos
eran más que suficientes -.
- Así que de eso vive -.
- De las rentas - se rió.
- La vida se equivocó con usted y tenía que devolvérselo -.
- La vida no se equivoca, mi niña Lua, cada uno vive lo que le toca vivir, nosotras
decidimos vivir viajando -.
- ¿Dónde fueron? -.
- Durante cinco años recorrimos el mundo y ahí comienza lo que vas a leer en la página
noventa y nueve -.
Lua levantó el libro que sostenía en su regazo y comenzó a leer.
- No podíamos creer dónde nos encontrábamos... - la voz de Saila la interrumpió.
- Perdona, lo que te he contado empieza mucho antes, mi memoria ya no es la misma - se
rió.
- Dígame sólo a que se refiere esta parte y continuaré desde aquí -.
- Nuestros viajes nos llevaron por muchos lugares, comenzamos por el continente
africano incluso convivimos durante un tiempo con los masais, le siguió algunos países
de Sudamérica, Asia, China, después Australia, Nueva Zelanda y muchos más -.
- Suena increíble -.
- Lo fue, sin embargo, lo más sorprendente no era lo que veíamos o lo que aprendíamos
de las gentes, sino que fuéramos dónde fuéramos nuestra unión se hacía cada vez más
fuerte, nuestro amor crecía, fueron unos años casi perfectos -.
- ¿Por qué casi? - Saila no contestó y Lua ya había aprendido lo que eso significaba -
¿Y dónde están ahora?, me refiero en el libro -.
- En Brasil, fue el primer país del segundo continente que visitamos, ese viaje fue
el más increíble de todas nuestras aventuras y el que más nos marcó, fue decisivo en
nuestras vidas... - su cara mostraba algo de desconfianza - No sé lo que pensarás
cuando termines de leer -.
- ¿Terminar de leer? - Lua observó el resto del libro que quedaba pendiente - Todavía
queda mucho libro -.
- No te dará tiempo ahora pero será suficiente con que leas esta parte, necesito que
lo hagas -.
- Deduzco que este fue su mejor viaje -.
- Eso podrás juzgarlo tu misma cuando lo leas entero -.
*****
Dos besos para una rosa
Iballa iba delante siguiendo un sendero que sólo su imaginación conocía, pues estaban
seguras de haberse perdido. Atravesaban la selva luchando con la vegetación, cortando
hojas utilizando los machetes que cada una portaba...
*****
- Un momento - interrumpió la propia Lua - Aquí nombra a Iballa -.
- Sí -.
- No me dijiste nada sobre que Iballa viajaba con ustedes, pensaba que estaban solas -.
- Y lo estuvimos en todos menos en este - Saila mostraba una gran sonrisa - Antes de
viajar a América pasamos por aquí para arreglar varios asuntos así que volvimos a ver a
Iballa, le contamos nuestros planes y dónde pensábamos ir y esa fue nuestra perdición -
Saila se reía - No pudimos hacer nada, hizo sus maletas y se fue con nosotras, se había
portado tan bien conmigo que no pude negarme y fue lo mejor que podía habernos pasado -.
- ¿Y Melba no estaba celosa?, al fin y al cabo había sido su novia -.
- Mi amante sería la definición correcta - sonrió intuyendo la expresión que Lua
mostraba en ese momento - Melba conocía la historia y nunca fue rencorosa, más aún,
ella e Iballa se hicieron muy amigas -.
*****
Dos besos para una rosa
- ¡Alto! -.
- ¿Qué pasa? -.
- Por aquí no podemos seguir, es imposible -.
- ¿Qué hay?, ¿demasiada vegetación? -.
- Míralo tu misma -.
Melba se acercó con cuidado hasta colocarse al lado de Iballa para comprobar que tenía
razón, justo enfrente de ellas se encontraba un impresionante precipicio imposible de
cruzar, tendrían que buscar alguna forma de poder descender.
- ¿Tan malo está el camino? - preguntó Saila.
- Hay un precipicio, tendremos que seguir bordeándolo hasta encontrar alguna forma de
bajar -.
- ¿Están seguras de querer bajar? - Iballa mostraba cara de preocupación - El mapa no
dice nada de este precipicio -.
- Ese mapa no dice nada de nada, Iballa, tendremos que buscar nosotras mismas, mira la
brújula... el norte está para allá y es dónde debemos ir -.
- No sé que pensar -.
- Tranquila, todo saldrá bien, en peores nos hemos visto Melba y yo -.
- Supongo, pero yo no estoy acostumbrada a esto y ya llevamos demasiado tiempo en esta
selva, a penas nos queda comida -.
- Toda esta selva es una enorme despensa de comida, Iballa - le sonrió Melba que
parecía estar en su ambiente, se notaba que disfrutaba - Sólo hay que saber buscar -.
- Esto no esta echo para mí, nunca debí venir -.
- Esta es una experiencia que jamás olvidarás, sólo nos hemos desviado un poco, ¿vale? -.
El mapa que hacía días no seguían se los había dado Rastel un antropólogo hindú que
estudiaba desde hacía años las tribus asentadas a lo largo del gran río Amazonas y de
la inmensa selva que lo rodeaba. Lo conocieron durante su estancia en Ngong, Kenia en
uno de sus primeros viajes a África y tanto les habló del Amazonas que las dos tenían
claro seguir sus pasos algún día, y ese día había llegado, allí se encontraban en plena
selva amazónica en busca de los maziris, la más antigua de las tribus que la poblaban,
dónde ya el profesor Rastel las estaría esperando.
*****
- ¿Amazonas?, ¿estuvieron en la selva del Amazonas? - Lua estaba completamente
sorprendida con todo lo que estaba leyendo.
- ¿Vas a interrumpir a cada momento? - se rió Saila - Hace tanto tiempo de eso que
hasta a mí me parece mentira -.
- No me extraña que quisiera recordarlo, tuvo que ser apasionante y muy peligroso -.
- Sí que lo fue, sin embargo, lo impresionante, lo realmente importante fue lo que
allí encontramos sobre nosotras mismas -.
- ¿Cómo?, no lo entiendo -.
- Claro que no para eso debes seguir leyendo... sin interrumpir -.
- Lo siento -.
- No tienes por qué, sólo eres curiosa - su eterna sonrisa reapareció una vez más.
*****
Dos besos para una rosa
La noche había caído sin que pudieran encontrar un buen lugar dónde poder acampar así
que lo hicieron en el primer sitio que hallaron lo más despejado posible, algo muy
complicado dada la situación, cortaron algunas plantas y echaron un vistazo al suelo y
a los alrededores antes de poder tumbarse, la selva era cada vez más peligrosa.
- ¿Qué es eso? - Saila fue la primera en reaccionar, despertándose con el primer
sonido.
- Parecen... gritos -.
- ¡Son salvajes gritando! -.
Iballa se despertó asustada, inmediatamente Melba le tapó la boca con la mano.
- Calla, ¿quieres que nos oigan? -.
- Me recuerdan a los Sharas en África, ¿te acuerdas Melba?, es como si festejaran algo -.
- Tenemos que saber dónde están, quizás sean los famosos Maziris, yo me acercaré,
vosotras... -.
- De eso nada, vamos todas -.
- Chicas, yo... - Iballa no estaba muy segura de qué camino seguir.
- Vale tú quédate aquí sola si quieres, volveremos enseguida -.
- Bueno... no... creo que mejor voy con ustedes, no sea que se pierdan -.
Un ruido parecido a un silbido sonó muy cerca de dónde se encontraban provocando que se
quedarán completamente inmóviles sin atreverse a mover un solo músculo.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó asustada Iballa.
- ¡Salgamos de aquí, rápido! - la voz de Melba sonó con una rotundidad que las
sorprendió - ¡¡Corred!! -.
- ¡¡¿Hacia dónde?!! -.
La oscuridad de la noche era total y ninguna era capaz de ver nada, Melba tuvo una idea descabellada pero era la única solución posible.
- ¡¡¡Saltad!! -.
- ¡¿Estás loca?! -.
El mismo ruido comenzó a repetirse una y otra vez y Melba las obligó a saltar, las tres
rodaron por la ladera arrasando con todo lo que allí podían encontrarse,
afortunadamente ella ya sabía que se hallaban en la parte menos alta y el suelo no
estaría demasiado lejos, tenían que arriesgarse pues quedarse suponía una muerte segura...
La claridad en forma de hilo de luz era cada vez más fuerte hasta que la obligó a abrir
sus ojos muy lentamente, aún así le dolía, era como si llevara días sin abrirlos. No
sabía dónde se encontraba y no lograba recordar que había sucedido, poco a poco sus
ojos se fueron acostumbrando al lugar dónde se hallaban al mismo tiempo que su memoria
despertaba. Recordó el miedo, huían de algo y saltaron, no lograba recordar nada más
allá de eso, pero fue suficiente para inquietarse por la suerte de su amor y amiga, se
incorporó tan rápidamente que un fuerte mareo la obligó a acostarse, ¿dónde está Melba?,
¿cómo había llegado hasta allí?, ¿e Iballa?...
- Meel... ba -.
Comprobó que hablar era de repente un ejercicio que requería demasiado esfuerzo.
Intentó concentrarse en todo lo que le rodeaba, se hallaba en el centro de una choza
construida a base de cañas, barro, cuerdas y hojas o paja, no lo distinguía bien, la
rodeaban multitud de figuras y objetos así como montoncitos de hierbas que descansaban
en una rudimentaria mesa de madera. Una mezcla de olores llegó hasta sus pulmones,
parecían hierbas medicinales por lo que llegó a la conclusión de que alguien había
estado cuidándola, además una venda le cubría parte de la cabeza.
Una chica muy joven acababa de entrar en la choza, llevaba el pelo largo negro y vestía
con pieles, la mayor parte era cuero y cubrían sólo lo más imprescindible, la joven se
asustó casi tanto como ella al comprobar que estaba despierta, y gritando palabras que
no llegaba a comprender salió al exterior.
- ¿Qué pasa?, ¿qué está diciendo? -.
Escuchó sorprendida la voz de Iballa por fuera de la choza e intentó llamarla pero su
voz era aún muy débil, tampoco hizo falta pues su amiga entró como una exhalación
acompañada de una mujer muy anciana con una larga melena cubierta por completo de canas.
- ¡Saila, saila!, ¿estás bien?, ¿cómo te encuentras? -.
- Iba... lla... Mel... ba -.
- No debes hablar, aún estás muy débil -.
La anciana le habló en un perfecto español, y se extrañó, estaba mucho más vestida que
la joven que acababa de ver, su cara cubierta de arrugas demostraba su experiencia así
como la forma en que examinaba su cabeza y el resto de su cuerpo comprobando el estado
de sus heridas que eran muchas más de las que pensaba inicialmente.
- Melba está bien, ahora la verás, no te preocupes, estamos en buenas manos -.
- ¿Dón... -.
- Ha ido a la selva y volverá en seguida, necesitaba unas hierbas, tu mujer es
valiente - le habló la anciana.
- ¿Mu... jer? -.
- El amor es muy fuerte en vosotras, lo ha sido durante siglos -.
- ¿A qué se refiere? - preguntó extrañada Iballa al escuchar las palabras de la
anciana.
- Tu cuerpo se cura rápido pero tu alma sigue herida -.
Saila observaba extrañada a la anciana, parecía leer en ella como en un libro abierto,
en su cabeza se acumulaban las preguntas, habían demasiadas dudas.
- No temas, tu gran amiga te explicará, volveré cuando el sol se esté ocultando -.
Ambas observaron a la anciana abandonar la choza y Saila cogió con fuerzas las manos de
su amiga Iballa, necesitaba saber.
- ¡Dios mío, Saila, no te creerás dónde estamos! -.
- ¿Qué...? -.
- Cuando saltamos aquella noche, por cierto fue hace dos noches, llevas tres días
inconsciente, no sabes el miedo que hemos pasado, ¿te acuerdas del ruido que
escuchábamos?, eran flechas, Sai, ¡flechas!, una de ellas hirió en una pierna a Melba
por eso sabía que teníamos que salir de allí... no te preocupes está bien, era algo
superficial, ya la verás, mejor que nunca... el caso es que caímos rodando, fue
horrible, no se veía nada, por suerte caí encima de algo que me amortiguó la caída,
claro que ese algo era Melba y casi me mata, con el dolor que tenía la pobre y encima
le caigo yo encima y nos asustamos, no te encontrábamos por ninguna parte... fue
horrible, casi me muero y Melba más... te quiere mucho Sai, muchísimo... estás mejor
con ella, de verdad, y me alegro por ti -.
Saila sacó fuerzas para levantar la mano y acariciar la morena cara de Iballa mientras
le sonreía.
- Te buscábamos pero nos cogieron... sí, nos cogieron ellas, esta tribu de mujeres -
la sonrió como hiciera una niña traviesa - sólo hay mujeres Sai, si no estuviera Melba
lo pasarías muy bien -.
Se rió con su propio comentario y la rubia sólo podía mirarla extrañada sin llegar a
entender nada de lo que le estaba contando.
- Temimos por nuestras vidas al llegar al poblado, éramos intrusas pero entonces
sucedió algo, la mujer que has visto no es sólo la hechicera es algo así como la jefa,
se llama Inara y la respetan muchísimo, el caso es que se acercó a Melba y pronunció
unas palabras imposibles de entender pero causaron su efecto pues desde ese momento nos
acogieron, nos dieron de comer y de beber... Melba no hacía más que preguntar por ti,
intentaba decirles que estabas fuera y había que salir en tu busca, y ¿sabes qué?,
todas hablan portugués y algunas español así que la entendían perfectamente, sólo que
no se fiaban, una de ellas se levantó y la cogió por la mano, otra me cogió a mi, yo
pensé que se estaban insinuando o algo así -.
Volvió a reírse mientras Saila intentaba asimilar la historia que le contaba.
- Nos trajeron aquí y te vimos, ya te habían encontrado y te estaban curando...
tendrías que haber visto su cara, Sai, se echó a llorar a tu lado, esa tiarrona
llorando, nunca pensé ver algo así, aunque claro nunca pensé ver nada de lo que estoy
viendo -.
- ¿Ma... ziris? -.
- Al principio lo pensamos e incluso preguntamos por el profesor Rastel pero no sabían
nada y siguen sin saber nada -.
- ¿Quié... nes? -.
- No te lo vas a creer, nosotras aún no lo creemos... son Amazonas, Sai... sí,
Amazonas -.
*****
Lua levantó la vista del libro para mirar fijamente a la anciana que mostraba una
sonrisa esperando su reacción.
- Un momento, ¿amazonas?, ¿eran amazonas? - Saila ni siquiera pestañeó - Las Amazonas
son una leyenda, una fantasía, forman parte de la mitología -
- En ese río, durante el siglo XVI los conquistadores lucharon por las tierras que lo
rodeaban, entro otras tribus tuvieron que enfrentarse contra unas guerreras que vivían
en sus orillas y que lucharon con arcos y flechas y con un valor digno del mejor de los
soldados, su reina Calafía era la más valiente y no estaba dispuesta a dejarse vencer
así como así, es por esa tribu que el río lleva el nombre de Amazonas -.
- De acuerdo, puede que existieran pero seguramente serían vendidas como esclavas o
algo así, supongo -.
- Nunca se acaba del todo con un pueblo, siempre queda algo de ellos o ellas, y
algunas pocas de sus antepasadas lograron sobrevivir, ¿no quieres seguir leyendo?
- No sé si me dará tiempo - miró su reloj.
- Melba regresó aquella noche y fue cuando nos conocimos -.
Lua la miró extrañada, un pensamiento pasó por su cabeza y no pudo evitar reírse.
- Creía que ya se habían... conocido -.
- Hasta esa noche no sabíamos quienes éramos -.
- No lo entiendo -.
- Claro que no, haz de leer y aún así no creo que lo entiendas -.
*****
Dos besos para una rosa
Inara cumplió su palabra y volvió cuando comenzaba a oscurecer, le limpió las heridas y
se sentó a su lado, parecía esperar algo.
- ¿Cómo estoy Inara? -.
- Eres una mujer fuerte, no tendrás ningún problema -.
- ¿Eres la reina de esta tribu? -.
Saila se sorprendió al escuchar un sonido parecido a una pequeña risa que procedía de
la garganta de aquella mujer.
- Curiosa pregunta viniendo de ti -.
- ¿A qué te refieres? -.
- Ya está aquí -.
- ¿Quién? -.
Alguien acababa de entrar y su corazón se paró al darse cuenta de quién era, Melba la
observaba con una sonrisa temblorosa en los labios, tenía su larga melena negra
completamente suelta y sus ojos estaban más azules que nunca a causa de las lágrimas
que en ellos se acumulaban, se acercó y sin mediar palabra se agachó a su lado
acariciándole la cara con ternura para a continuación besarla dulcemente.
- Me tenías preocupada, mi amor -.
- ¿Cómo estás? -.
- Eso debería preguntártelo yo a ti -.
- Estoy bien, Inara dice que estoy mucho mejor -.
Miró a la anciana que se había echado hacia atrás y observaba la escena desde un
discreto segundo plano.
- Vaya, veo que ya la conoces -.
- Sí, Iballa me contó que te habían herido -.
- No fue nada, la flecha sólo me rozó la pierna, era más sangre que otra cosa, ¿y tú
cómo estás?, ¿te sientes débil? -.
- Cuando me desperté a penas podía hablar pero ya he recuperado mi voz -.
- Vaya por dios, que poco nos ha durado - se rió.
- ¡Pero bue...! - los labios de la morena le impidieron seguir hablando.
- Para, estamos incomodando a Inara -.
- Lo siento Inara, espero que no te moleste... -.
- Jamás podrá molestarme el amor eterno -.
- ¿Amor Eterno? -.
La anciana se levantó y se dirigió a la puerta de la choza que consistía en una gruesa
tela, dijo unas palabras a alguien fuera y bajó la tela quedando el interior lejos de
la vista de las curiosas. Tanto Melba como Saila observaban los movimientos de Inara
con curiosidad.
- ¿Qué pasa? -.
- Eso me lo contestarás tú misma, Melba -.
- ¿Cómo? -.
- Yo soy Inara, hija de Otrera y nieta de Antea, desciendo de una larga lista de
mujeres con magia -.
- ¿Mujeres con magia? -.
- Mi abuela Antea tras una larga lucha con la traidora Astioquea se convirtió en la
reina, cargo que yo heredé tras la muerte de mi madre, pero de ellas he recibido otros
dones -.
- ¿Qué clase de dones? - preguntó Saila siempre curiosa.
- Veo en los corazones y en las almas de las gentes, es un don que comparto -.
- ¿Hay más como tú en la tribu? -.
- Lo comparto contigo, Saila -.
- ¿Conmigo?, yo no soy amazona -.
- No puedes afirmar lo que eres pues aún no lo sabes igual que Melba -.
- ¿Y quienes somos para ti, Inara? -.
Melba se había acostumbrado a la manera de hablar de la anciana en los dos días que
llevaban, un tiempo record si no fuera por la continua sensación de familiaridad que
había en todo su ser.
- Sois guerreras -.
- ¿Cómo? - preguntaron a la vez.
- El espíritu de las guerreras está en vosotras, permanecía dormido pero ha despertado,
por eso estáis aquí -.
- Inara, no pretendo molestarte pero estas hierbas de aquí no serán... - Melba no se
atrevía a terminar la frase.
- Eres muy testaruda, por eso hará falta situarnos -.
- ¿Situarnos? - esta vez la extrañada era Saila - ¿A qué se refiere? -.
- Has sufrido mucho, Saila, y aún sufres, tu corazón no podría seguir siendo tan puro
si su espíritu no sobreviviera en ti -.
- No entiendo nada -.
- ¿Qué has dejado atrás, Saila? -.
La pregunta de la anciana fue tan rotunda que la rubia no podía mentir, en el fondo
sentía la necesidad de desahogarse y aquella mujer transmitía una sabiduría natural así
como un alma noble.
- Ella ha sufrido mucho, es verdad, pero no entiendo porqué ha de contarlo ahora -
protestó Melba intentando defenderla.
- Necesita hacerlo, su alma sufre y no consigue liberar a su cuerpo -.
- No hay por qué hablar de eso ahora - Melba comenzaba a molestarse al entrar en temas
tan íntimos.
- Tu la amas y ella también pero algo las separa y si no lo averiguas, guerrera, jamás
podrás saltar ese muro que cada día será más y más alto -.
- Ha sufrido mucho eso es lo único que pasa, asesinaron a su padre y su madre no lo
soportó, mucha de su familia murió en Europa, y allí hemos dejado nuestra vida, ha
habido demasiada muerte a su alrededor, y me siento orgullosa de ella por mantenerse en
pie y no derrumbarse -.
- Sabes que hay mucho más detrás de esas palabras, guerrera, ellas son tu justificación
pero no la de Saila -.
La rubia se sentía incapaz de pronunciar una sola palabra pues su garganta estaba
aprisionada, sabía perfectamente a lo que se refería la anciana pero no quería hacerle
más daño a Melba.
- Yo no tengo que justificarte nada, Inara, ni Saila tampoco, ha sufrido y punto, ya
está, yo tengo que permanecer a su lado, es lo único que sé -.
- ¿Por qué? -.
- Por que la amo y se acabó -.
- ¿Y ella te ama? -.
- Claro que me ama -.
- ¿Y te desea? -.
- ¡Eso no es asunto tuyo, vieja morbosa! - Melba se levantó incapaz de controlarse.
- Es tu frustración la que habla -.
- ¡¿Frustración?!, ¡¿pero se puede saber de qué coño habla la bruja esta?!
- Melba, tranquila, ¿qué te pasa? - Saila no llegaba a comprender su reacción.
- ¡¿A mí?!, ¿y a ti?, ¿qué te pasa a ti? -.
- ¿A qué viene eso? -.
Melba intentaba controlarse con todas sus fuerzas pero llevaba demasiado tiempo
haciéndolo, no podía aguantar más.
- ¡No sé a qué viene!, ¡no sé a que viene nada! -.
- Ella sólo intenta ayudar, quiere decirnos algo -.
- ¡Pues que lo diga ya y me deje en paz! -.
- No va contigo Melba, se refiere a mí -.
- Sí, se refiere a ti, por supuesto, todo se refiere a ti -.
- ¿Se puede saber qué te pasa? -.
Inara permanecía en la misma posición, esperando.
- Vas a decirme que no lo sabes -.
- ¿El qué? -.
- Nada, olvídalo, estoy siendo egoísta, con todo lo que has sufrido y ahora vengo yo
con mis tonterías -.
- ¿Se puede saber de qué hablas? -.
- No lo sé y esta vieja tampoco que no para de decir lo mucho que me amas -.
Melba se dio cuenta de lo que acababa de decir, ya no había vuelta atrás, al fin y al
cabo es lo que sentía.
- ¿Dudas de mi amor? -.
- Antes me... me... creo que estás enfadada conmigo, eso es todo -.
- ¿Enfadada?, ¿tienes idea de lo que has hecho por mi? -.
- Te he fallado, eso es lo que he hecho, y por eso... - se calló, no se atrevía a
continuar la frase.
- No me has fallado Melba, si no fuera por ti no sé dónde estaría ahora -.
- Te dejé sola y eso no me lo perdonas, pero no pasa nada lo entiendo, yo si te sigo
queriendo pase lo que pase y no me moveré de tu lado... te guste o no -.
Saila se levantó despacio, estaba mucho más fuerte físicamente pero aún sentía algún
mareo, intentó acercarse a Melba que permanecía de pie frente a ella con la mirada fija
en algún punto del suelo bajo sus pies, incapaz de mirarla.
- Te amo, Melba, ¿por qué no me crees?, te amo con todo mi corazón y con toda mi alma -.
- ¿Y tu cuerpo? -.
Esta vez la morena levantó la vista para mirar fijamente a los ojos verdes que en sólo
un segundo se habían humedecido, Saila se dio la vuelta lentamente y volvió a sentarse.
- No me contestas, ya no es lo mismo de antes, ¿verdad?, te quedaste sola y aparecí yo,
fui tu tabla de salvación pero nada más -.
- Yo te quiero - las lágrimas rodaban por su mejilla y ahora era ella la que miraba
fijamente al suelo.
- ¿Qué me quieres?, sí puede ser, pero no me deseas, ¿verdad?, cada vez que he
intentado acercarme a ti has huido sin más, ya no recuerdo lo que es estar contigo, la
última vez fue hace, ¿cuánto?, cuando me fui a Venezuela, ¿te das cuenta de los años
que hace?, y te olvidaste, sencillamente, me quieres a mi pero no a mi cuerpo, esa es
la verdad -.
- Esa no es... la verdad -.
- ¿Entonces cuál?, ¡dímelo!, ¿por qué no hablas conmigo?... - Melba se colocó apoyando
las rodillas en el suelo frente a Saila sin atreverse a tocarla - No puedo vivir sin ti,
Sai, no puedo, pero si prefieres estar con Iballa yo... -.
- ¡Cállate! -.
Aquel grito asustó tanto a Melba que se quedó sin palabras, durante el momento siguiente
fue incapaz de mover un solo músculo.
- Estoy sucia y te ensuciaría a ti, ¿es qué no lo entiendes?, si pudiese estar con
alguien tú serías la primera, dios mío, ¿qué no te deseo?, a veces creo volverme loca,
sueño contigo y cuando despierto te veo a mi lado y... no sabes lo que duele... me duele
tanto el cuerpo por no sentirte y tu me dices que me vaya con Iballa, no se trata de
ella ni de ti, soy yo, yo soy la culpable... -.
- ¿Culpable de qué?, ¿es por lo de Manuel? -.
- Mi niño - los sollozos no le dejaban hablar.
- Eso puedo entenderlo pero yo hablo de algo distinto -.
- Es todo lo mismo, la misma mentira -.
Esta vez Melba se apartó mirándola fijamente y temiendo preguntarle.
- ¿Qué mentira? -.
- Mi cuerpo está sucio, toda yo estoy sucia por la mentira -.
- ¿No es de...? - Melba comenzaba a sospechar algo pero su mente desechaba una y otra
vez esa idea.
- Tenía miedo de que lo rechazaras y me inventé un padre... - el llanto se apoderó de
ella.
- ¿Quién... - la idea comenzaba a tomar sentido - ¿Qué pasó? -.
- Me... me... -.
- ¡Dios mío, Sai!, ¿quién fue el hijo de puta?, ¿por qué no me lo dijiste? -.
- No te merezco, Melba -.
- ¿Pero qué estás diciendo?, fue aquella noche, ¿verdad?, cuando te encontré, por eso
huías, por eso temblabas de aquella manera, igual que ahora -.
La abrazaba con fuerza mientras la rubia no paraba de llorar sacando al exterior lo que
su alma había retenido durante demasiado tiempo.
- Tenías que habérmelo contado, tú no estás sucia, ese hijo de puta es el sucio -.
- Dos -.
- ¿Qué? -.
- Fueron dos, ni siquiera sé quién es su padre en realidad -.
La rabia creció de forma descontrolada en el interior de Melba, se soltó del abrazo de
Saila y tuvo que salir de la choza, corrió hasta encontrarse fuera del poblado, algunas
pretendieron seguirla, entre ellas Iballa, pero la anciana lo impidió gritando palabras
en un idioma que sola ellas podían entender.
- ¿Dónde está? -.
Saila permanecía de pie frente a la puerta de la choza pero Inara la obligó a volver
dentro.
- Volverá, sólo necesita desahogarse, lleva demasiada rabia en su interior -.
- Le he hecho daño, Inara, le mentí... la he perdido -.
- Todo lo contrario, acabas de recuperarla -.
Una hora más tarde Melba volvía a entrar en la choza, su cara reflejaba su cansancio
pero también su calma, se sorprendió al encontrar a la anciana removiendo algo en un
cuenco que se calentaba sobre una pequeña hoguera en un lateral de la tienda, Saila
permanecía sentada frente a la cama que la había servido de camilla durante su cura,
levantó la vista para mirarla a los ojos y le tendió una mano llamándola, Melba la
cogió apretándola y acercándose quedando de rodillas frente a ella y abrazándola sin
mediar palabra, fundiéndose en un abrazo que volvía a unir los dos corazones.
- Siento haberte mentido -.
- No vuelvas a mentirme, Sai, ¿no lo entiendes?, te amo y quiero saberlo todo de ti,
lo que te hace feliz, por lo que sufres, que necesitas, absolutamente todo, quiero
formar parte de ti... por favor, no me alejes de tu vida, formaré una familia contigo...
es más, ya la tenemos -.
- Te quiero tanto -.
- Y yo -.
*****
- Un momento, hay un fallo en el libro, la siguiente hoja está en blanco - se quejó.
- No hay ningún fallo, mi niña Lua, nunca podré contar lo que sigue, no sabría como
hacerlo -.
- Sin embargo, antes lo ha hecho - Saila se rió - ¿Qué he dicho? -.
- ¿Qué crees que pasó después? -.
- Supongo que lo normal después de una reconciliación... -.
- Lo que allí sucedió no tiene nada que ver con el sexo, Lua, fue completamente
espiritual -.
- Vaya, ¿tan bien estuvo? -.
- La anciana nos mostró quienes éramos -.
Lua no se esperaba esa respuesta y una vez más se extrañó tras una frase pronunciada
por la anciana Saila.
- ¿Y quienes eran? -.
- Tenía razón cuando dijo que había una guerrera en nosotras pues alguna vez lo fuimos -.
- No entiendo nada -.
- ¿Crees en la reencarnación? -.
- Yo no soy muy creyente, la verdad -.
- Las almas de alguna manera siguen vivas en las personas -.
- ¿Se refiere a las almas de los muertos?, es decir, como que cuando se muere alguien
permanece en aquellos que lo conocieron -.
- Algo así, hay almas que se unen una y otra vez hasta el fin de los tiempos -.
- Como almas gemelas, ¿y ustedes lo eran? -.
- Si no recuerdo mal debe haber algo más adelante escrito, unas dos hojas después -.
- Esta hoja está en blanco y esta también, bueno aquí sí, parece que la historia sigue -.
- ¿Qué pone? -.
- Lo que Inara nos acababa de mostrar marcaba el comienzo de una nueva vida para
nosotras... -.
- Exacto, puedes seguir por ahí -.
- Me temo que no, se me va a hacer tarde -.
- Léelo, por favor, es necesario y te hará falta -.
- ¿Me hará falta? -.
- Necesitas leerlo -.
*****
Dos besos para una rosa
Despertamos sin poder creer lo que acabábamos de vivir pero con la certeza de que todo
había sido verdad, esa vida anterior existió y ambas lo sabíamos, gracias a Inara lo
habíamos visto, nuestras almas volvían a unirse sabiendo quienes éramos pero sin dejar
de ser nosotras mismas.
- Me alegra haberte encontrado -.
Melba miraba fijamente a los ojos verdes de Saila sintiendo que todo de alguna forma
había cambiado, incluso sus sentimientos pues eran aún más fuertes que antes.
- Sigues siendo igual, tu mirada, tu cuerpo - Saila le apartaba con dulzura un mechón
negro de su cara.
- Te deseo más que nunca, Sai, pero entenderé que no... -.
Inara hacía rato que había abandonado la choza cerrando la puerta tras ella y
asegurándose que nadie las molestase, las dos lo sabían y se dejaron llevar. El cuerpo
de Saila ya no podía aguantar más, ahora nada se interponía entre ellas, el deseo se
apoderó de ambas haciéndoles perder el control, desnudándose con la impaciencia de
volver a sentir la pasión en los brazos de la otra y de verla reflejada en sus ojos. Se
besaron, se acariciaron, no quedó un solo espacio de piel sin recorrer, se saborearon y
se amaron poseyéndose la una a la otra, convirtiéndose en una sola, sellando una unión
que una vez más sería eterna.
- No sabes lo que te he echado de menos -.
Saila descansaba su rubia cabeza sobre el pecho de la morena que aún subía y bajaba
intentando recobrar el ritmo normal de su respiración.
- Y yo, ahora entiendo tantas cosas -.
- ¿Cómo qué? -.
- Cómo lo que sentí la primera vez que te vi, la primera vez que te besé -.
- La primera vez que hicimos el amor -.
- Inara nos ha devuelto una vida que creíamos perdida -.
- Y lo estaba, se había perdido en nuestro interior -.
- Aquella vida debió ser fabulosa, ¿verdad? -.
- Sí... nosotras viajando como grandes guerreras -.
- ¿El qué?, perdona pero la única gran guerrera era yo, tú sólo eras una bardo que
contaba mis hazañas -.
- ¿Cómo dices?, creo que tu memoria te falla, te estás haciendo vieja... Xena -.
- Sí, me hago vieja y tu conmigo, Gabrielle, envejeceremos juntas -.
*****
Lua no podía creer lo que acababa de leer.
- Un momento, espera un momento, ¿cómo que Xena y Gabrielle?, ¿me estás diciendo que...? -.
Sorprendida descubrió que Saila ya no se encontraba allí, ¿en qué momento se había
levantado?, estaba tan absorta en la lectura que ni siquiera se dio cuenta, dejó el
libro en el sillón y se dispuso a buscarla por la casa, tras dar varias vueltas en su
interior desistió, debía encontrarse fuera y el tiempo pasaba, si seguía así perdería
el avión.
Buscó en la parte de atrás pero no conseguía verla por ningún lado, comenzaba a ponerse
nerviosa, decidió buscarla en la playa como último recurso aunque sabía que se
encontraba demasiado débil como para caminar por allí, regresó a la casa poco tiempo
después preocupada, no podía haber desaparecido así como así, decidió dar una vuelta
alrededor de la casa, extrañada vio una figura a lo lejos, se hallaba en el enorme
terreno que había detrás de la casa y no tenía dudas de que se trataba de Saila. Caminó
hacia ella, preguntándose una vez más como podía haber llegado hasta allí, estaba
demasiado lejos para ella en el estado en que se encontraba últimamente, por no hablar
de su ceguera, mientras se acercaba vio como se agachaba hasta quedar sentada en el
suelo y su mano parecía tocar algo a su lado.
- ¿Terminaste de leer? -.
Lua no contestó, se había quedado sin palabras al darse cuenta de que lo que Saila
tocaba suavemente era una tumba, la tumba de Melba de la Fuente fallecida el 8 de Abril
de 1996.
- Ella está aquí -.
- Es un lugar extraño -.
- El lugar dónde nos encontramos -.
- ¿Se conocieron aquí?... no, fue en las rocas, se refiere cuando volvió de Venezuela,
aquí se abrazaron -.
- Veo que has prestado atención -.
- Más del que piensas -.
- Quién sabe lo que piensa nadie -.
- Al parecer, tú si lo sabes - le sonrió.
- Debes marcharte, Lua - la anciana intentaba levantarse y Lua la ayudó.
- Sí, debemos volver -.
- Yo aún me quedaré un rato -.
- Sigo sin irme tranquila -.
- Tenemos una cita - le sonrió.
- El domingo a la puesta de sol, no lo olvides -.
- No lo haré - Saila la cogió de la mano apretándola con fuerza y acercándose hasta
rodearla en un abrazo que la cogió totalmente por sorpresa - Cree en ti misma Lua, hay
mucho más en ti de lo que piensas, te quiero mi niña Lua -.
- Yo también te quiero mi anciana Saila -.
Gracias a aquel comentario escuché una vez más la dulce risa de Saila, un sonido que se
me quedó grabado igual que todo lo que me enseñó, fue lo último que escuché de ella, su
risa.
Deray tenía una sorpresa para mi, volvería conmigo el domingo y pasaría una par de días
allí pues había una huelga de profesores en la facultad y no podía imaginar pasar esos
días con nadie más que no fuera yo, se me sigue cayendo la baba al recordar el momento
en que me lo dijo y cómo me lo dijo. Sin embargo, la vuelta fue antes, el mismo sábado
volábamos de nuevo pues había sucedido lo que tantas veces temí al verla debilitarse un
poco más cada día. La encontraron dónde la dejé sobre la tumba de Melba y ahora mirando
hacia atrás sé que fue allí donde se despidió de mi y del mundo, allí era dónde quería
morir, junto a ella, volver a encontrarla como tiempo atrás lo hicieran.
El entierro fue un acontecimiento, la gente la adoraba y una multitud se agolpaba en el
cementerio para darle el último adiós. Hacía una hora que todo había pasado y yo seguía
sin moverme, algo me retenía aún junto a ella.
- Lua - la voz de Manuel la sacó por un momento de sus divagaciones - Mi madre ya se
ha ido y ustedes deberían irse, ella tubo una buena vida y al final la vivió feliz
gracias a ti -.
- Yo le debo muchísimo más -.
- Gracias por todo lo que hizo por ella, siempre le estaré agradecido -.
- Manuel, su madre me contó una historia y hay algo que no he entendido -.
- Leyeron el libro, ¿verdad? -.
- Sí pero no llegamos a leerlo entero y aún hay cosas que no entiendo -.
- ¿Sobre mi? -.
- Sí, también sobre usted, al final le nombra cuando estaba con las Amazonas -.
- Las Amazonas, ¿eh? - se rió.
- ¿No cree que eso pasara? -.
- Lua, mi madre estaba muy mayor ya, podía contar mil historias pero últimamente
contaba cosas que jamás le había oído antes -.
- Quizás nunca se atreviese a contarlo -.
- Ella tenía un tumor cerebral desde hacía dos años, nunca quiso ir al hospital quería
vivir su última etapa, como decía ella, aquí en su tierra, en su lugar -.
- ¿Un tumor? -.
- Nunca quiso que lo supiera, le tenía un gran aprecio -.
- Y yo a ella -.
- Verás, algunas cosas que contaba si eran verdad, yo nací tras la violación que
sufrió aquí, nunca entendí como pudo volver a vivir en esa casa después de todo,
supongo que adoraba este lugar, así que me criaron dos mujeres, mis madres, Melba y
Saila, mi familia, son las dos mujeres que más he querido en mi vida, además de la
madre de mi hija, pero no siempre fue así -.
- ¿Por qué? -.
- Mi madre no podía hacerse cargo de mi cuando nací, emocionalmente había sufrido
mucho y no quiso transmitirme ese sufrimiento, quería que fuera feliz, Melba trató de
impedirlo pero era imposible así que los cinco primeros años de mi vida viví en
Alemania con mi tía Elsa, era prima de mi madre en realidad, fue muy duro para mi
cuando mi madre regresó, pero me recuperé, a la vista está - se rió con su propio
comentario y aquella risa era idéntica a la de Saila - El amor que me ofrecieron el
resto de mi vida ha compensado con creces aquel sacrificio - una lágrima rodó por la
mejilla de Manuel y Lua lo abrazó.
Sólo Deray y yo quedábamos en aquel improvisado cementerio, como fuese su expreso deseo
fue enterrada junto a Melba como no podía ser de otra manera, pero no podía irme y no
sabía por qué.
- Lua, cariño, tenemos que irnos -.
- ¿Qué son los objetos del salón?, nunca lo supe - Deray suspiró y se sentó junto a
Lua abrazándola.
- Supongo que ahora ya no importará, Saila y Melba hicieron mucho más que viajar, cada
viaje era una aventura, ayudaron a mucha gente y a cambio recibieron esos objetos, por
eso ha venido tanta gente, muchos en su interior piensan de verdad que estaba loca pero
a ella no le importaba, pensaran lo que pensaran ayudó a todos y cada uno de ellos -.
- ¿Crees que estaba loca? -.
- En absoluto, estaba mucho más cuerda que la mayoría de nosotros... incluyéndote a ti -
Deray le sonrió con dulzura y la besó.
- Manuel no cree que estuvieran con las Amazonas -.
- Algo así es difícil de creer -.
- Y la historia esa de Xena y Gabrielle -.
- Yo sí creo que fueran guerreras -.
- No lo dudo, pero de ahí a que estuvieran poseídas por los espíritus de estas dos
guerreras que además son una serie de televisión -.
- Nadie habló de posesión - se rió Deray - ¿No crees lo de las Amazonas? -.
- No sé que creer -.
- Entonces ha estado bien que nos quedáramos -.
- ¿Por qué? -.
- Mira -.
Lua levantó la mirada sin poder creer lo que sus ojos estaban viendo, un grupo de
cuatro mujeres se acercaba hacia la tumba de Saila, vestían con pieles color marrón
oscuro desde la cabeza hasta los pies, se sentaron rodeando las dos tumbas y colocaron
velas a su alrededor que enseguida encendieron, la más anciana con el pelo
completamente blanco pero de piel morena comenzó a hablar muy bajito, parecía una
oración.
- ¿Quiénes son? - pregunté en voz baja.
- ¿Qué crees tú? -.
- Serán de alguna tribu que conocieron en sus viajes -.
- Eso seguro -.
- No tienen por qué ser ellas -.
- Supongo que no, ¿qué te dice tu corazón? -.
Las oraciones se convirtieron en cánticos que duraron casi quince minutos y al terminar
la mujer más anciana se levantó y caminó en dirección hacia dónde se hallaban sentadas.
- Lua Quiroga quiero darte las gracias -.
- ¿Cómo? -.
- Mi nombre es Antea, hija de Inara, hemos venido desde muy lejos para despedir a una
de las nuestras y comprobar que su sitio es el que debería ser -.
- ¿Y cuál es? - preguntó esta vez Deray.
- Al lado de Melba, gracias por cuidar de nuestra hermana, te estaremos eternamente
agradecida -.
- Ha sido... un placer -,
Lua se encontraba algo aturdida y era incapaz de pensar con claridad.
- Debemos marcharnos -.
- Espere, quisiera preguntarles algo -.
- Tu corazón ya te ha dado la respuesta -.
La mujer le sonrió y junto con las otras tres que ya esperaban se fueron.
- ¿Qué te dice tu corazón? - Deray se acercó a ella y la abrazó.
- Sólo hay una cosa que mi corazón tiene claro - miró a los ojos azules de su novia -
Te quiero -.
- No tanto como yo -.
Se miraron a los ojos y se besaron varias veces, decidieron volver a sentarse y
relajarse un poco antes de salir para la casa, lo que se convirtió en una tarea muy
difícil. La visita de las Amazonas sólo había sido la primera de las muchas que
acontecieron aquella tarde, parecían haber esperado a que las gentes del pueblo se
fueran.
El segundo de aquellos visitantes no era menos curioso, se trataba de un anciano
oriental ataviado con un kimono cuyos colores predominantes eran el naranja y el gris,
como gris era el pelo de su larga barba terminada en punta, andaba con dificultad
ayudado por un joven sin un solo pelo en su cara y en su cabeza y con idéntica
vestimenta, al igual que hicieran las cuatro mujeres, ambos comenzaron a rezar
sentándose en el terreno sobre sus propios pies.
Pasaban por turnos y estaba segura de que así era, cuando unos terminaban de rezar
aparecían los otros y cada personaje rezaba a su modo, a las amazonas y orientales
siguieron etíopes, aborígenes australianos, hindúes y una larga lista de gentes que sin
saber por qué parecían conocerla pues todos le presentaban sus respetos antes de partir.
- ¿Qué te pasa? -.
- He... me he... -.
Lua sentía un nudo en su garganta, regresaban a la casa arropadas por la oscuridad de
la noche y su memoria había viajado a la última conversación que mantuviera con Saila,
sin poder retenerlo por más tiempo comenzó a llorar, Deray la abrazaba.
- Tenía una... cita -.
- ¿Cómo? - no entendía nada.
- Una... cita -.
- ¿Con quién? -.
- A la puesta de sol - logró calmarse un poco - Había quedado con Saila hoy domingo
por la tarde, a la puesta de sol -.
- No pienses más en eso y vamos, ¿vale?, vamos para casa - la abrazó con fuerza en el
camino de vuelta.
Se despertó a medianoche pues no podía dormir, a su lado Deray respiraba pausadamente
sumida en un sueño profundo, los exámenes habían terminado y disfrutaba de una semana
de merecido descanso, durante un momento se deleitó admirando el rostro de la mujer que
tanto amaba y que tanto había echado de menos en estos dos meses, le apartó varios
mechones rubios que le caían por la cara y se acercó para besarla suavemente, se
levantó y se dirigió a la biblioteca sentándose frente a la mesa donde descansaba el
libro.
Suspiró recordando una vez más a Saila y lo orgullosa que se hubiese sentido de ella en
ese momento, al final había encontrado su camino y aquella anciana que de forma tan
inesperada entró en su vida había sido su guía, un día se sentó y comenzó a escribir
sin más, escribió sobre toda su vida, lo que había sentido, con quien, su familia, su
trabajo y sobre todo su nueva vida. Pretendía ser el regalo que le entregase aquel
fatídico día, al regreso de su viaje de visitar a Deray, pero era demasiado tarde,
nunca llegó a verlo. Sin embargo, Saila si pudo darle el mayor de los regalos, aquella
casa, a penas sin conocerla había firmado el testamento dónde le legaba su querida casa
junto al mar y junto al sol.
- ¿Qué haces? -.
Se sobresaltó pues no esperaba que Deray estuviera despierta.
- Lo siento, ¿te he despertado? -.
- No importa, cariño, ¿qué estás haciendo? -.
Deray se acercó y la abrazó mirando el libro que Lua tenía entre sus manos, le dio un
suave beso en la mejilla.
- ¿Ya lo has terminado? -.
- Sí, sólo me queda enviárselo a Félix -.
- Pronto lo publicará, estoy segura y será genial - giró sentándose en el regazo de
Lua y rodeándole el cuello en un abrazo - ¿Qué título le has puesto? -.
- Un lugar junto al sol, ¿te gusta? -.
- Un lugar... - pensó - ... ummmm... no está mal, sí que me gusta -.
- Me alegro -.
Ambas se sonrieron con ternura y se besaron.
- Te he echado muchísimo de menos - le susurró la rubia y revolviéndole el pelo
añadió - y a tu pelo rizado también - se rió.
- Estate quieta que me despeinas, mujer - bromeó.
- Ay, perdón... si es que hasta con el pelo así de alborotado me vuelves loca -.
- ¿Ah sí? - Deray sonreía pícaramente mientras se sentaba en la mesa - ¿Cómo de loca? -
se acostó sobre la tabla tirando de Lua hasta que quedó encima suyo.
- Mucho... gritaré como una amazona -.
- ¿Amazona? -.
- ¿Sigues sin creerlo, verdad? -.
- Ahora mismo sólo creo en ti y en tu maravilloso cuerpo -.
La atrajo hacia sí y la besó profundizando con pasión acariciando cada parte del cuerpo
de la morena qué podía alcanzar, de repente sintió algo que le rozaba la espalda.
- Esp... - los besos apasionados de Lua le impedían hablar, tuvo que obligarla a
separarse un poco - Espera, mujer -.
- No puedo, te he echado tanto de menos, te deseo ahora -.
- Y yo - la besó - Es que hay algo aquí que me molesta -.
Se incorporó un poco para coger el objeto que se clavaba en su espalda comprobando
sorprendida que se trataba de una llave.
- ¿Y esto de dónde ha salido? - preguntó extrañada.
- ¿No es tuya? -.
- ¿Mía?, no, no tengo ninguna llave de esta casa, ¿no se te habrá caído? -.
- Qué va, las tengo todas en el juego de llaves, espera que lo compruebo -.
Lua regresó al momento con el juego en sus manos, las contó y se sorprendió todavía
más.
- ¿Qué pasa? - preguntó Deray al observar la cara de Lua.
- Me falta una -.
- Bueno, pues será esta -.
- Yo no he sacado ninguna de aquí -.
- ¿Qué abre esta llave? -.
- No lo sé, es la única que no he utilizado -.
- Ay, dios mío - una idea loca pasó por la cabeza de la más joven.
- ¿Qué...? - la misma idea se asentó en la cabeza de la menos joven.
- Tiene que ser la de... -.
- ¿Pero cómo ha llegado hasta ahí? -.
- Eso es lo de menos, no me puedo creer que no me acordase de esa puerta -.
- ¿La que está detrás? -.
- Sí - Deray la sonrió de una manera que la volvía loca - Vamos -.
- Después -.
Fuera lo que fuera que hubiese tras esa puerta no se iba a mover de allí y ella no
podía aguantar ni un minuto más, se abalanzó sobre la rubia impidiéndola hablar hasta
que la propia Deray no podía pensar en otra cosa que no fuese la mujer a la que besaba
con toda la pasión que llevaba dentro, se incorporó y Lua la ayudó a quitarse la
blusa que usaba como pijama dejando sus pechos libres y al alcance de las juguetonas
manos de la morena que no perdieron ni un segundo en apretarlos y hacerlos suyos, ella
misma se desnudó sintiendo las caricias de la rubia por todo su cuerpo, dejándose
llevar por aquella locura que crecía en su interior y que necesitaba ser liberada a
través del placer que Deray le estaba proporcionando con cada uno de sus besos, en los
labios, en el cuello, en sus pechos, rodaron cambiando de posición quedando
completamente a merced del joven y apasionado deseo de la rubia que le dio rienda
suelta, tomando todo lo que quiso y más.
- ¿Y bien? -.
- Uff... - aún recuperaba el aliento.
- No puedo esperar más -.
- ¿Quieres otro? -.
- No, lo digo... bueno sí, otro no vendría mal - sonrió la rubia - pero después -.
- ¿Después de qué? -.
- Venga vamos -.
- Eh, eh, espera - Lua recogió la camisa de Deray y se la entregó volviendo ella misma
a vestirse.
- Yo pensaba ir desnuda - le sonrió Deray.
- Vamos, no me provoques más -.
Ambas salieron de la casa dirigiéndose a la parte de atrás, llegaron a la pequeña
puerta que se encontraba justo en el final y que Saila nunca les dejó abrir, Lua cogió
la llave introduciéndola en la cerradura y girándola hasta poco a poco abrir aquella
misteriosa puerta, buscó a tientas un interruptor, la oscuridad era total en aquel
cuarto, no existía ninguna ventana por lo que tenía que ser algo así como un trastero.
- No se ve nada, ¿no hay interruptor? -.
- No lo encuentro -.
- Traeré unas velas -.
- Te espero -.
Un instante más tarde Deray encendía una vela que iluminaba aquel pequeño cuarto, en él
se hallaban únicamente dos estanterías repletas de cajas de cartón sin ningún tipo de
indicación sobre su contenido.
- ¿Qué será todo esto? -.
- Habrá que averiguarlo -.
Una a una fueron vaciando las cajas dónde hallaron viejos libros en alemán, algo de
ropa, muñecas, algunos objetos de decoración...
- Mira -.
Lua mostraba un viejo libro cubierto de polvo.
- ¿Qué es? -.
- Es obvio Deray, un libro - se rió recordando el día en que se conocieron.
- Vale, lo tengo merecido -.
- Se titula "Al otro lado" y, ¿adivinas quién es el autor? -.
- ¿Quién? -.
- Miguel de la Fuente -.
- El padre de Melba -.
- Sí, habrá que leerlo, hay muchos recuerdos en estas cajas -.
- ¿Sabes jugar al ajedrez? -.
Deray acababa de encontrar un viejo tablero junto con una pequeña cajita dónde se
hallaban las figuras.
- Sólo sé como se mueven las fichas -.
- Pues deberíamos jugar un poco, así aprendemos las dos -.
- Yo prefiero jugar contigo a otras cosas - le guiñó un ojo recorriendo su cuerpo y
desnudándolo con la mirada -.
- No te desconcentres, ¿qué más queda? -
- Esa caja del fondo -.
- Veamos que tiene, siempre pensé que tendría alguna especie de tesoro aquí dentro -.
- ¿Un tesoro? - se rió - Pues esta pesa como si lo llevara -.
- Con todas las tribus que visitaron, ¿cuál crees que fue el regalo de las Amazonas? -.
- Deray ellas estuvieron con muchas tribus ¿pero con las Amazonas?, no lo creo -.
- ¿Has visto alguna vez la serie de Xena? -.
- ¿A qué viene eso ahora? - preguntó Lua extrañada - Sí, desde que Saila se fue no me
he perdido ningún episodio, para mi es algo así como una promesa hacia ella -.
- ¿Y te gusta? -.
- La verdad es que está bastante bien, con esas luchas, esos saltos, esos gritos, esas
protagonistas - miró de reojo a Deray quien le devolvió la mirada de las misma forma -
¿Qué pasa?, ¿Xena les regaló algo? - volvió a reírse.
- ¿Sabes qué es esto? -.
Deray cuya expresión había cambiado tornándose completamente seria sacó una armadura de
mujer forjada con multitud de detalles muy parecido al que la actriz lucía en la serie.
- Se parece mucho a... déjate de tonterías, sí, es una armadura pero puede ser de
cualquier otra tribu o de cualquier otro lugar del mundo -.
- Puede ser pero esta tiene el infinito dibujado -.
- ¿Cómo que el infinito? -.
- ¿Ves este dibujo en la parte que cubre los pechos?, es el ocho del infinito -.
- Deray...
- Vale, ¿y esto?, ¿sabes lo qué es? -.
El otro objeto se trataba un manuscrito enrollado y muy viejo, Deray intentaba
desenrollarlo con mucho cuidado lo cual le llevó un tiempo, no era fácil evitar que se
rompiera por algún lado, hacía demasiado tiempo que nadie lo abría, Lua se colocó a su
lado para intentar leerlo.
- ¿Qué dice?, no logro entender una palabra -.
- Yo tampoco, pero... fíjate aquí -.
- Eso no es... -.
- Creo que sí, aquí parece poner algo así como Zarith -.
- ¿Qué significará? -.
- Saila me lo dijo una vez, era algo así como hermandad -.
- ¿En qué idioma? -.
- En el idioma de las amazonas -.
- Deray - Lua la miró de reojo.
- ¿Qué?, es verdad, ella me lo dijo así -.
- Dejemos todo esto, hay demasiado polvo aquí - Lua se acercó peligrosamente a la
joven rubia.
- ¿Qué estás pensando? -.
- ¿Sabes lo que me apetece ahora? -.
- Lua, que te conozco -.
- Vengaaaa, no me digas que no tienes calor -.
- Alguien puede vernos -.
- ¿Desde cuándo te preocupa eso? -.
Se miraron a los ojos y las dos llegaron a la misma conclusión, sin pensarlo dos veces
corrieron rumbo a la playa, mientras bajaban a la orilla se despojaron de sus ropas y
terminaron zambulléndose en el mar como hicieran al principio de su relación, por
suerte no se habían encontrado a nadie en su camino. Sin embargo, no estaban solas,
pues dos figuras las observaban desde el porche de la casa.
- Hacen buena pareja, ¿verdad? -.
- Se te cae la baba al verlas, ¿eh? -.
- ¿De verdad tendremos que irnos? -.
- Eso me temo -.
- Las echaré de menos -.
- Y ellas a ti, pero tendrán una buena vida, no te preocupes -.
- ¿Cómo lo sabes? -.
- No preguntes -.
- ¿Crees que Lua ha creído lo que le he contado? -.
- Es un tanto incrédula pero lo entenderá, quiera o no -.
- Míralas -.
Deray y Lua se besaban sin tapujos con el cuerpo sumergido en el mar.
- Es una imagen preciosa, son un encanto las dos, me las comería a besos -.
- Creo que eso ya lo hacen ellas por ti - se rió.
- Jesús, es que ni muerta me libraré de ti -.
- Jamás te librarás de mi - la abrazó dulcemente - Vamos, nos esperan -.
- Aún les quedó algo por ver -.
- No te preocupes, Sai, ya lo encontrarán tarde o temprano -.
Las dos caminaron con una soltura que hacía mucho tiempo no sentían, la agilidad de la
juventud, salieron al terreno situado detrás de la casa dejando tras ellas una historia,
un pasado de alegrías, miedos, amor, sueños, para comenzar toda una vida.
La puerta del pequeño trastero se había quedado abierta y en su interior se hallaban
desperdigados todos los objetos que habían sacado de las cajas salvo uno que oculto en
la última de ellas aún no había sido encontrado, un hilo de luz lunar penetró por la
pequeña habitación hasta el interior de la caja dándole brillo a aquel objeto circular
y afilado, dorado y plateado, de un valor incalculable y que tantas batallas había
vivido.
FIN