Disclaimers: Algunos personajes de esta historia tienen un curioso e inesperado parecido físico con los personajes de Xena y Gabrielle que todas conocemos pertenecientes a la serie que todas igualmente conocemos.

En esta parte hay algunas palabras bastante mal sonantes que considero necesarias, espero sepan disculparme, así como alguna agresión pero sin entrar demasiado en detalles.

Dedicatoria: Sin poder ni querer evitarlo esta historia se la dedico por entera a Marisa que de tantos regalos me cubre y su amistad ha sido el mejor de todos. Muito obrigada bela flor.
Comentarios: Como siempre para cualquier comentario o sugerencia sea del sentido que sea tienen mi correo a su disposición: niraff2004@yahoo.es sin más espero que la disfruten. Un saludo.


UN LUGAR JUNTO AL SOL

Nira

Tercera parte

Apenas había dormido pues las dudas la asaltaron una noche más, preguntas sin respuestas daban vueltas en su mente. Su cordura y sensatez antes primordiales en su vida ahora parecían ocupar un segundo plano, seguía sin saber que hacía allí, le gustaba pero no la llevaba a ninguna parte, no conseguía encontrar un camino en todo aquello que la condujera hacia un fin, se había enamorado de una niña, una niña que comenzaría a vivir y a crecer lejos de ella, cierto que Deray demostraba mucha madurez para su edad, pero era un pajarillo a punto de abandonar el nido y volar muy lejos de allí sin que ella pudiese impedirlo, intentarlo sería un acto muy egoísta por su parte. Cada pensamiento que tuviera aquella noche la llevaba a la misma conclusión.

Se incorporó de golpe y sentada en la cama agudizó el oído, escuchó el sonido de unas voces que parecían provenir de la cocina, hablaban y se serían pero era incapaz de reconocer ninguna de ellas, se levantó asustada comprobando que aún no había amanecido. Un nuevo sonido la hizo pararse en su camino, la risa de Saila llegó de forma inconfundible y se extrañó, aún así sin pensarlo más salió del cuarto cubierta únicamente con una camiseta larga y muy arrugada que le regalase su madre unos cuantos años atrás y que ahora le servía como perfecto pijama de verano, el pelo completamente alborotado con varios mechones de punta, legañas en los ojos y descalza.

- Lo siento, mi niña Lua... ¿no te habremos despertado? -.

Permanecía de pie en la puerta de entrada a la cocina y con una expresión entre sorprendida y extrañada al observar a un grupo de unos 12 ancianos que ocupaban casi por completo la habitación y que la miraban fijamente, Saila le sonreía desde su asiento en un lateral de la mesa.

- No pretendíamos despertarla señorita -.

Un anciano cuya edad se acercaba bastante a la de Saila le sonreía de manera amable al igual que el resto de los allí presentes.

- Ya que estás aquí te presentaré... -.
- Espera Sai, creo que deberíamos dejar que terminara de despertarse, al parecer la hemos sacado de la cama de golpe - la que hablaba era una mujer algo más joven que el resto, sentada junto a Saila - No me interpretes mal muchacha, no es que tengas mal aspecto, ya me gustaría a mí parecerme a ti recién levantada - le sonrió amablemente.
- ¡Uy, deberías verme a mí! - volvió a hablar el mismo anciano mientras se quitaba la dentadura y se la enseñaba al resto del extraño grupo.

Aquel gesto provocó las risotadas de todos y Lua aún confusa empezaba a preguntarse si no estaría soñando.

- ¡Andrés, siempre eres el mismo!, ¡Haz el favor de ponértela que te la acabo de comprar! - algo le decía que la que hablaba era la esposa del llamado Andrés y su comentario hizo que las risas sonaran con más fuerza.
- Déjenlo ya - pidió otra voz.
- Señores y señoras esta es la señorita Lua de quién tanto les he hablado - la presentó Saila con una gran sonrisa que delataba algo de orgullo tras ella.
- ¡Hoooolaaa! - el grupo la saludó al unísono y con un extraño entusiasmo, Lua sólo pudo sonreír y levantar una mano casi de manera automática pues no acababa de reaccionar.
- ¡Vaya, es más guapa de lo que dijiste! - habló otro anciano cuyo nombre aún desconocía y mirando a la anciana que tenía a su lado añadió - Pero no tanto como tú mi querida María -.
- Sí, arréglalo ahora - le contestó la mujer y de nuevo reaparecieron las risas despertando un poco más a Lua.
- Sí, bueno... buenos días a todos, si me disculpan iré a terminar de despertarme y vuelvo enseguida - pudo decir finalmente.
- No tengas prisas, los desayunos están casi preparados -.
- ¿Perdón? -.

Se asombró de que hubieran podido preparar algo tan pronto, sin embargo, por primera vez pudo apreciar el olor a pan y bollos recién hechos que inundaba la casa.


- Sí, ya lo hemos comprado todo, sólo falta algo con que bajarlo - añadió Andrés guiñando un ojo al grupo.
- ¡Eso!, ¿quién traía el vino? - preguntó otro anciano con entusiasmo.
- ¡A ti no te importa que tú no puedes beber, te lo tengo dicho! - la rotundidad con la que habló la que seguro era su esposa hizo que volvieran a reírse.

Lua decidió salir sin más, dirigiéndose hacia el baño pues necesitaba ante todo una buena ducha para poder espabilarse y asimilar lo que estaba pasando allí. Saila no había dicho nada de aquella visita pero era sin duda a lo que se refería la tarde anterior cuando había nombrado lo mucho que tendrían que trabajar al día siguiente.

Una vez duchada y aseada volvió a la cocina donde sólo encontró a la mujer que parecía ser la más joven aunque ya pasaba los sesenta años, la miraba a los ojos mostrándole una gran sonrisa.

- Vaya, ahora estás mucho mejor - se rió.
- Lo siento, es que me cogieron por sorpresa -.
- No hay nada que sentir, muchacha, me llamo Sofía -.
- Encantada, yo soy... -.
- Lua, ya lo sé -.

Por primera vez se dio cuenta del acento sudamericano con que hablaba Sofía, tenía un largo pelo negro y completamente lacio que le cubría la parte alta de la espalda y su piel era muy morena, pero no era mulata, más bien parecía indígena.

- Sé lo que estás pensando - le sorprendió - Y es verdad, no soy española, soy colombiana -.
- Eso me parecía -.
- ¿Conoces Colombia? -.
- No, en realidad he viajado muy poco -.
- ¿En serio?, pues deberías viajar más, es lo mejor que existe para el espíritu, hablaré con Sai -.
- ¿Sobre qué? -.
- Para que te convenza, ya verás lo bueno que es -.
- Lo supongo pero no hay ni tiempo, ni dinero... ¿qué está preparando? -.
- Qué estás preparando, no me trates de usted, por favor, no me gusta -.
- Perdón, ¿qué estás preparando? -.
- El resto del desayuno, he hecho café y estoy calentando la leche, ayúdame con las tazas y los cubiertos -.
- ¿Dónde están todos? - preguntó mientras sacaba las tazas del armario.
- Fuera, desayunan viendo el amanecer, es toda una tradición -.
- ¿Hacen esto a menudo? -.
- Una vez al año - Sofía la miró extrañada - Como es lógico -.
- ¿Lógico? -.
- Los cumpleaños sólo son una vez al año, ¿o me equivoco? - la miró sonriendo - Espera un momento, ¿es qué no lo sabías? -.
- ¿El cumpleaños de Saila es hoy?... no, no lo sabía -.
- ¡Será posible que no te haya dicho nada!, es raro, nunca olvida ni el más mínimo detalle -.
- Pues no me había dicho nada -.
- Seguro es porque no quería que le regalaras nada, no le gusta -.
- ¿No le gusta que le regalen? -.
- Yo tampoco lo entiendo, a mi me encanta que me regalen casi tanto como regalar yo... dice que nuestra presencia para ella es el mayor de los regalos -.

Lua sonrió, eso era algo propio de Saila, sin embargo, había llegado a la conclusión de que todos los objetos que adornaban y amueblaban el gran salón habían sido regalos, una vez más la curiosidad volvió a picarla y con más fuerza.

Lo prepararon todo entre las dos y lo llevaron en dos bandejas hacia el porche donde ya se había dispuesto una mesa y todos habían ocupado sus puestos de una manera que en otro tiempo le hubiera extrañado pero que ahora alcanzaba a comprender, cubrían sólo un lateral de la larga mesa quedando cada uno de ellos mirando hacia el mar, la luz aún permanecía encendida pues todavía era de noche y para cuando terminaron de servir el café y la leche a gusto de cada cual las primeras luces del alba comenzaban a aparecer.

- ¿Y bien?, ¿a quién le toca? - preguntó una mujer.
- Yo fui el último, creo que es a Esther -.
- No, mi turno ya fue, ¿no falta nadie? -.
- Sí -.

La dulce voz de Saila sorprendió a todos.

- Sai, ¿vas a hacerlo tú? -.
- No, mi querido Fernando, lo hará Lua, si ella quiere -.

Lua que acababa de servir la última taza de leche precisamente a Saila la miró extrañada.

- ¿Yo? -.
- Sólo si tu quieres, no pretendo obligarte -.
- No es eso, es que no sé de qué se trata -.
- Mi niña Lua, nunca dejarás de sorprenderme - le sonrió burlonamente - Esto es lo mismo pero al revés - al hablar señaló hacia el mar.
- ¿Al revés? - Lua comprendió finalmente, sin embargo, no se sentía capaz - No sé, Saila, no pretendo molestarla pero ya sabe que no soy buena con estas cosas -.
- ¡Uy, no creo que seas peor que yo! - la risa de Toño volvió a oírse.
- ¡Eso es imposible! - se rió su esposa e intentando imitarle añadió - Ahí sale el sol, sale por el mar, me da en la cara y no me deja ver nada más - todos volvieron a reírse - Chica, no te preocupes dilo como quieras, pero dilo pronto que se va -.

Los ancianos comenzaron a animarla y Lua se sintió obligada, Sofía se levantó para cederle su sitio pero lo rechazó prefería quedarse de pie. Su mente volvió a la tarde anterior cuando Deray lo describió de manera tan brillante, ahora se arrepentía de no haberle prestado atención a sus palabras pues su belleza había atraído toda su concentración, le entraron unas repentinas ganas de llorar y pensando en ella comenzó a hablar.

- La tenue luz anuncia su aparición... la noche lo presiente huyendo a su paso... lentamente se retira como quien sabe la batalla perdida... la luna aguanta pues quiere verle aunque sea un segundo... la lejanía los separa, la distancia y el sin parar del mundo los aleja... pero sabe que aunque sea por un fugaz segundo sus ojos se cruzarán y sólo por ello merece la pena esperar y luchar... la oscuridad ha desaparecido, el mar revive recuperando su eterno color azul, el sol ha salido y la luna sin poder evitarlo se ha ido una vez más... el brillante astro sale fuerte, decidido, iluminándolo todo a su paso, la busca más no la encuentra, aunque sabe que está ahí, siempre lo está... por mucho que no se vean la siente y aunque no sea suficiente para saciar sus ansias de ella, sí lo es para luchar por ese amor día tras día hasta el fin de los tiempos -.

El silencio reinó durante unos segundos antes de que el viejo Fernando lo rompiese.

- ¡Vaya, chica, eso ha sido precioso! -.
- ¡Sí, señor!... ¿y quién es el afortunado? - preguntó Esther.
- ¿Afortunado? - Lua pareció despertarse por segunda vez aquella mañana.
- Sí, debes de estar muy enamorada para hablar así - afirmó Sofía.
- Se trata de una afortunada - sonrió Saila - Y yo también lo soy por tenerla a mi lado -.

La anciana levantó una mano en el aire y Lua la cogió dulcemente sintiendo la presión suave de Saila sobre la suya, no sabía porque aquella mujer le demostraba tanto aprecio pero por alguna razón ella comenzaba a sentir lo mismo, como si se tratase de su propia abuela.

- ¿Afortunada? - preguntó otro anciano - Vaya, llevas demasiado tiempo con Sai -.
- ¿Quieres callarte hombre? - le inquirió otra mujer.
- Eh, qué sólo era una broma mujer, Eva estás cada día más mayor -.
- Sin embargo, tú Jorge, eres cada día más niño, caprichoso e inmaduro -.
- Ta... ta... ta... ta - el tal Jorge le hizo burla de una manera que a Lua le hizo gracia y sonrió, no atreviéndose a reírse.
- ¡Ja, me acabas de dar la razón! - sonrió Eva triunfante.
- ¿Y cómo se llama ella? - preguntó otra mujer, Lua no sabía si responder o no.
- Escuchad... esto que quede entre nosotros - dijo Saila en voz baja y todos se inclinaron hacia delante para escucharla mejor - Es Deray -.
- ¿Deray? - preguntó en alto Jorge.
- ¡Dilo más alto que Armando el de la tienda no te ha oído! - le inquirió su esposa Eva - ¿No has oído que es algo entre nosotros? -.
- Perdón - y mirando fijamente a Lua añadió - Cuídala mucho, ¿me oyes?, que no me entere yo que le haces daño -.
- ¡Jorge, cómo le dices eso!, mírala, esta chica no es sólo guapa sino que también tiene cara de ser buena persona -.
- No hay necesidad de amenazar a nadie - sonrió Saila y volviendo a bajar la voz - Esto que también quede entre nosotros... - los ancianos volvieron a inclinarse un poco más pendientes de sus palabras - Están muy enamoradas -.
- ¿Tan pronto están enamoradas? - exclamó en alto otra mujer.
- ¡La que faltaba!, ¡Luisa que bajes la voz! -.
- Perdón, es que me ha extrañado... yo tarde mucho más en enamorarme de esta - dijo señalando a la mujer que la había reprendido - Fíjate cuánto que aún no tengo claro si lo estoy -.
- ¿Cómo dices tú? -.
- Que sí, que sí que lo estoy y cada día más... como si no iba a estar aguant..., digo a tu lado tanto tiempo - se inclinó y le dio un suave beso en la mejilla sonriéndola tiernamente.
- ¿Tu ves, Andrés?, tenía que haberme enamorado de una mujer, al menos aún se dan besos -.
- ¿Qué estás diciendo?, ¿y qué mujer te iba a dar lo que yo te doy? -.
- ¡Ay, señor!, ¡Hace ya tanto tiempo que no me das nada, que ni me acuerdo como era! -.

Una vez más los ancianos se rieron y Saila con ellos, parecían muy unidos y Lua comenzaba a entender aquello de que no estaba sola, sin embargo, estas reuniones sólo se producían en su cumpleaños según le había contado Sofía, ¿y el resto del año?, ¿no se sentía sola?

- ¿Les traigo algo más? - preguntó en voz alta.
- Eh, eh, no pretendas huir - le inquirió Fernando - ¡Sai, dile que se siente y que lo cuente! -.
- Venga, siéntate con nosotros, tenemos todo el tiempo del mundo - afirmó Eva y su marido Jorge le hacía gestos para que se sentara corroborando las palabras de su mujer.

Lua no sabía como negarse, en aquellos momentos no le apetecía nada hablar de Deray y menos de sus sentimientos, sin embargo, se sentó en uno de los laterales presidiendo la mesa y esperando pacientemente a la rueda de preguntas que tendría lugar.

- Lua, cielo, no debes responder si no quieres - le sonrió Saila.
- No se preocupe, no lo haré -.
- ¡Mujer, que no somos periodistas ni abogados! - le sonrió María.
- ¡Qué va, estas son mucho peores! - se rió Andrés.
- ¡Andrés, vete a lavarte la dentadura, anda! - le mandó su mujer recibiendo una mirada fija de su marido que por supuesto ignoró.
- ¿Cuándo la conociste? - preguntó Luisa.
- ¡Pero qué pregunta más obvia!, ¿cuándo va a ser?, ¡Cuando vino a quedarse con Sai! - exclamó Fernando.
- Me refiero, viejo sabelotodo, ¿a cómo fue? -.
- ¡Aquí en la casa, vaya pre...! -.
- Quieres callarte y dejarla hablar -.
- Fue cuando vine aquí, al día siguiente de llegar tropecé con ella cuando iba en bicicleta -.
Recordó aquel momento, era sólo una chica más pero tenía algo que le llamó la atención, la manera de hablar, como la ayudó a recogerlo todo, pero fue el momento en que salió corriendo para darle el libro de Saila, sí, ahí fue cuando sintió la primera punzada.


- Vaya, no es muy original, pero se ve que el destino está por medio - comentó la mujer de Fernando de cuyo nombre no se acordaba.
- Buena observación Lola - la felicitó Saila.
- ¿Ella te quiere? - preguntó Mar, la mujer de Luisa.
- Creo que sí -.
- ¿Lo crees?, ¿es que no te lo ha dicho? -.
- Sí que me lo ha dicho -.
- ¿Y por qué lo dudas? - preguntó Esther.
- No lo dudo, es sólo... -.
- Que es demasiado pronto - la ayudó Luisa.
- Supongo -.
- ¿Y tú la quieres? - volvió a preguntar Mar.
- Sí -.
- Sin embargo, ahora no has dudado - continuó Mar - No es demasiado pronto para ti puesto que ya lo sabes -.
- Lo he dicho sin pensar -.
- Estas cosas no se piensan, se sienten o no, se trata del corazón no de la cabeza, no hay nada que decidir - añadió Luisa guiñándole un ojo a su mujer quien le devolvió la sonrisa acariciándole la cara con ternura.

Sin embargo, Lua no estaba de acuerdo, dos personas podrían quererse mucho pero eso no impedía que tuvieran que utilizar la cabeza y tomar decisiones sobre su vida, todas las parejas tarde o temprano tenían que decidir. Sintió una oleada de tristeza al pensar que en su caso ese momento había llegado demasiado pronto, a penas habían empezado a disfrutar la una de la otra.

- Entonces, ¿tú qué sientes? - preguntó esta vez Sofía.
- Ya lo he dicho -.
- Me refiero a que si sientes que ella te quiere -.
- No quiero ser grosera, discúlpenme, pero tengo trabajo que hacer - eran ya demasiadas preguntas para una mente cansada de pensar durante toda la noche.
- Lo siento, no quería molestarte -.
- Tranquila, Sofía, no lo has hecho -.

De repente se hizo un silencio incómodo mientras Lua recogía la mesa depositando las tazas en una bandeja que seguidamente llevó hasta la cocina, la dejó sobre la mesa y se sentó un momento, a su mente volvían los recuerdos.

*****

Sabía que aquello no estaba bien pero la curiosidad la estaba matando, no podía aguantar más así que en un descuido de sus padres que permanecían sentados en las rocas de la playa mirando hacia el mar cruzó el camino de tierra para ver a través de los agujeros de la valla de aquella casa. Se escuchaba música y parecía haber una fiesta, un grupo de gente hablaba y reían alrededor de una gran mesa situada en el jardín mientras que otros bailaban, escuchaba risas de niños pero no conseguía verlos.

Caminó un poco sin dejar de mirar tras la valla hasta que encontró un hueco por dónde ver mejor, era lo suficientemente grande para que cupiese su cabeza y un poco más por lo que podía observar bien a cada una de aquellas personas, varias parejas bailaban mientras sonaban una de esas canciones que tanto le gustaban a su madre, boleros las llamaba, una pareja más se unió al baile y todos comenzaron a bailar abrazados, "¡Adultos!, no sé cómo les gusta bailar así" - pensó para si misma.

Buscó a los niños pero se dio cuenta de que se encontraban detrás de la casa, un detalle atrajo su atención, hasta ahora no se había dado cuenta pero una de aquellas parejas que bailaban abrazados la formaban dos mujeres y se rió sin darse cuenta de que alguien la escuchaba.

- Hola, ¿tú quién eres? -.

Giró la cabeza tan rápidamente que se golpeó con el lateral de la valla.

- Ay - se quejó.
- Vaya, ¿te has hecho daño? -.
- Un poco - dijo frotándose la cara.
- ¿Estás bien? -.
- Sí, ya está -.

Una mujer la miraba sonriendo y parecía no estar en absoluto molesta porque ella estuviera allí espiando.

- ¿De qué te reías? -.
- No es nada -.
- Sólo los locos se ríen solos -.
- Yo no estoy loca -.
- Bien, demuéstramelo entonces -.
- Miraba a esas dos mujeres -.
- ¿Por qué? -.
- Están bailando como si fueran mi padre y mi madre - volvió a reírse.
- ¿Y eso te hace gracia? -.
- Las mujeres no bailan así -.
- Ellas dos siempre lo hacen -.
- ¿Por qué? -.
- Por que se quieren mucho... ¿y ahora de qué te ríes? -.
- No pueden quererse como mis padres -.
- ¿Ah no? -.
- Claro que no, son dos mujeres, si fueran un hombre y una mujer sí, pero son dos mujeres -.
- Hay mujeres que se quieren así, igual que tu padre y tu madre -.
- Eso no es verdad -.
- Pareces saber mucho sobre mujeres -.
- Por que yo lo soy -.
- ¿Ah sí?, ¿cuántos años tienes? -.
- Siete -.
- Vaaya, sí que eres toda una mujer -.
- Ya lo sé y además dicen que soy guapa -.
- Bueno, eso no lo dudo, ¿cómo te llamas? -.
- Lua -.
- Verás Lua, lo creas o no, esas dos mujeres que ves se quieren tanto como tu padre y tu madre -.
- ¡¡Luuuaaa, ven aquí!! - la voz de su padre sonaba a que se acaba de meter en otro lío.
- Oh, oh -.
- Creo que debes volver, parece enfadado -.
- Siempre que hago algo se enfada -.
- Adiós Lua... espero volver a verte -.
- Adiós -.

*****

Se levantó y se dispuso a volver a la mesa para seguir recogiendo, pero se dio cuenta de que ya Sofía traía el resto, sin mirarla se dio la vuelta y comenzó a lavar la losa.

- ¿Dónde te pongo esto, preciosa? -.

Casi dejó caer una taza al oír la dulce voz de Deray, no estaba preparada para verla tan pronto y aún no había pensado como dirigirse a ella.

- ¿Qué haces aquí tan temprano? - Lua fregaba la losa mientras Deray no dejaba de mirarla extrañada.
- Creo que unos buenos días sería un mejor principio, parece que hoy tienes mucho trabajo -.
- Perdona, sí ya vez, mucha gente hoy -.
- Por eso he venido, no trabajo hasta la tarde así que podré ayudarte un poco -.

Dejó de lavar una de las tazas para mirarla fijamente.

- ¿Tú sabías todo esto? -.
- Sí, ¿qué te crees, qué no sé cuando cumple Saila?, además es casi el mismo día que yo -.
- Me dijiste que no sabías nada -.
- Si ella no te lo dijo por algo sería -.
- Y aún así dejaste que me acostara tarde -.

Deray se acercó a ella y le rodeó la cintura en un abrazo por detrás hablándole dulcemente al oído.

- Tú no querías irte y yo no podía obligarte -.

La rubia le hablaba mientras le besaba el cuello tiernamente, Lua sólo quería dejarse llevar pero no, eso sería mucho peor, se disponía a hablar cuando la voz de Sofía las sorprendió.

- Uy, perdón - se disculpó un tanto avergonzada al entrar en la cocina.
- Tranquila, no pasa nada -.

Deray soltó el abrazo y entre las tres terminaron de recoger.

- Habrá que empezar a preparar el almuerzo o no llegaremos a tiempo - comentó Sofía.
- Pues no se hable más, manos a la obra - Deray se lanzó a sacar bolsas de la nevera.
- A ver, ¿cuántos somos? - preguntó Lua pensando en voz alta.
- Somos 12, bueno 13 con Deray -.
- ¡Bonito número ese! - se rió la rubia.
- ¡Pero qué dices, mira que eres rara! - se horrorizó Sofía.
- Sí, pero sólo un poquito, ¿verdad Lua? -.
- Si tú lo dices -.
- Bueno, pues preparemos el almuerzo - Deray se acercó a Lua sin que Sofía se diera cuenta - ... después podrás contarme lo que te pasa -.

Lua se estremeció al escuchar aquella voz susurrándole en el oído, la volvía loca y no podía hacer nada para evitarlo, sin embargo, Deray tenía razón, debían hablar. Ambas continuaron trabajando en la cocina bajo la dirección de Sofía que resultó ser una excelente cocinera. La morena se alegraba de la presencia de la colombiana interponiéndose entre ella y Deray pues no se encontraba con fuerzas aún para contestar a las preguntas que sin duda le haría en cuanto tuviese la ocasión. Sin embargo, esa ocasión no llegó pues no tuvieron un respiro hasta bien entrada la tarde y para esa hora ya Deray hacía rato que se había marchado a la librería.

La noche las había sorprendido hacía un rato y nadie quedaba en la casa, cuando terminó de recogerlo todo decidió salir a coger un poco de aire, se encontraba completamente agotada con todo el ajetreo y necesitaba despejarse un poco antes de irse a dormir. Salió al porche y se sorprendió de ver a Saila sentada en la mecedora, pensaba que ya estaría durmiendo, antes de acercarse se paró un segundo para observar extrañada la mano de la anciana que no dejaba de moverla como haciendo dibujos, pareciera que acariciase el aire.

- Vaya, mi cielo, hoy me has cogido por sorpresa -.

Lua no estaba segura de que estuviera hablando con ella, aunque por otra parte no había nadie más allí.

- ¿Se encuentra bien? -.
- De maravilla, sin embargo, tú debes de estar cansada -.
- La verdad es que sí, un poco pero usted también debe estarlo -.
- Es un cansancio maravilloso el que siento, siéntate mi cielo, hazme compañía un rato -.

Lua se sentó frente a la anciana y observó su cara, transmitía felicidad, la alegría de haber encontrado a tantos viejos amigos.

- Felicidades, aún no he podido decírselo -.
- Gracias, mi cielo, no te preocupes -.
- ¿Por qué no me dijo que era su cumpleaños? - sin duda era una de esas preguntas que Saila sencillamente dejaba de contestar y Lua sonrió - Tiene usted un buen grupo de amigos -.
- Son una gente maravillosa - una vez más parecía mirarla a los ojos algo imposible dada su ceguera - Lua, los amigos son el mayor tesoro que encontrarás en esta vida, la amistad y el amor da sentido a todo esto -.
- Ahora comprendo cuando dice que nunca está sola -.
- ¿Ah sí? -.
- Bueno, no sé, comprendo que tiene muchos amigos pero sólo los ve una vez al año -.
- Sin embargo, siempre están ahí -.
- ¿De dónde son todos? -.
- Deberías ir con Deray - la anciana cambió de tema bruscamente y Lua la miró extrañada.
- ¿Con Deray? -.
- Lleva un rato esperándote -.
- ¿Dónde está? -.
- Eso los sabes tú mejor que yo - Saila borró su sonrisa por un momento - Va a irse un tiempo -.
- Lo sé -.
- Déjala marchar - no le estaba dando una orden más bien sonaba a un ruego.
- Eso es justo lo que pensaba hacer -.
- Sin embargo, no es la manera, ella se va un tiempo pero tú pretendes alejarla para siempre -.

Se quedó completamente paralizada al escuchar las palabras de la anciana que parecía leer sus pensamientos como si de un libro abierto se tratase.

- Va a vivir unos momentos maravillosos, es una parte importante de su vida y no quiero estropeársela, quiero que la disfrute -.
- Lo sé, sin embargo, echarla de tu vida no es la solución -.
- Conocerá a gente y se acabará enamorando de alguien allá, de todas formas me olvidará -.
- Eso nadie lo sabe, mi cielo, no digo que será fiel a tu cuerpo pero sí a tu corazón -.
- ¿Cómo lo superó?, me refiero a la marcha de Melba -.
- Nunca he dicho que lo superase -.
- ¿No volvió a verla? - no recibió respuesta alguna por lo que añadió - Lo entiendo, no quiere contármelo -.
- Es muy doloroso recordarlo y por eso existe ese libro -.
- ¿Quién lo escribió?, ¿quién es Iballa Dorama? -.
- Como siempre te estás adelantando - se rió la anciana.
- Perdón -.
- No pidas perdón por eso, cariño, tu curiosidad es una de tus grandes cualidades, es la que te lanza a emprender grandes cambios -.
- ¿Grandes cambios?, me temo que todavía no he hecho ninguno -.
- El estar aquí conmigo en vez de encerrada en una oficina no supone un gran cambio para ti, por lo que veo -.
- Visto así supongo que sí -.
- No hay otra manera de verlo -.

El silencio calló entre las dos cada una sumida en sus propios pensamientos, las palabras de Saila una vez más la habían hecho reflexionar.

- Es el momento de seguir contándote -.
- ¿Cómo? -.
- Necesitas oír la siguiente parte de la historia, estás demasiado cansada para leer y yo necesito hablar -.
- ¿Hablar de qué? -.
- Todos seguimos un camino, Lua, no importa la edad que tengas, todos necesitamos hablar de lo que pasa en nuestras mentes y en nuestros corazones -.
- ¿Qué pasa en su corazón Saila? -.
- Ponte cómoda,... es curioso -.
- ¿El qué? -.
- Siento como si esta noche fuera exactamente igual a como la recuerdo -.
- ¿A qué se refiere? -.
- Ella se fue una noche parecida a esta, el mismo olor, el mismo calor... justo frente a nosotras, la visión de ese barco fue como ver aparecer un fantasma, se nos paralizó el corazón -.

Lua se acomodó en la silla y puso toda su atención en cada una de las palabras que salieron de la boca de Saila durante las horas siguientes.

*****

Dos besos para una rosa

Su silueta asomaba como un espectro bajo la tenue luz de la luna, aquel era el fantasma que la haría desaparecer de su vida llevándosela de su lado, ¿por qué no se conocerían antes?, ¿por qué su padre no había decidido salir antes de Alemania?, durante un año estuvo meditando sus opciones hasta que finalmente hacía dos meses que habían llegado, sólo dos meses, era muy poco tiempo, a penas se habían conocido, demasiados detalles quedaban aún en el aire, no conocía sus sueños y ella también desconocía los suyos, salvo el sueño de permanecer unidas.

No habían podido hablar lo suficiente, la tarde entera la pasaron entregándose su amor, era demasiado grande para guardárselo y, sin embargo, tendrían que aprender a vivir con él en soledad, quién sabe por cuanto tiempo, probablemente para siempre.

Hacía una hora que la había visto marchar y permanecía sentada en la playa sobre la fresca arena, testigo de su último abrazo, del último beso, de un te quiero bañado en lágrimas. Sentía que una parte de si misma se había ido en ese barco y que nunca la recuperaría, una vez más el llanto y la desesperación se adueñaron de su cuerpo y de su alma, y lloró, lloró como nunca lo había echo, el abrazo de su madre la obligó a levantarse y volver al interior de la casa, regresar a su nueva vida sin ella.

Cada mes escribía una carta y se las dejaba a Manolo con la esperanza de que pudiera hacérselas llegar, él no podía prometer nada era una tarea muy complicada, pero al menos lo intentaba, se las dejaba al capitán del barco que juraba conocer a alguien que sabía su paradero. Con tantos intermediarios tenía mucho cuidado al escribirlas y guardaba la esperanza de que Melba pudiera entender el fondo de aquellos mensajes, pues utilizaba frases que sólo ella podía conocer su significado.

El tiempo fue pasando convirtiendo las semanas en meses y seguía sin tener noticias de ella, la situación había cambiado mucho en el pueblo, la guardia civil no les dejaba en paz pues sospechaban de que sus padres ayudaban a aquellos que querían emigrar, escapar en busca de una vida mejor para los suyos, algo que el nuevo régimen consideraba ilegal, un acto antipatriótico. Otra gente había huido de la isla antes de que lo hicieran Melba y su padre y seguían en contacto con sus familias de una manera o de otra. La preocupación crecía en Saila a medida que su sonrisa disminuía, su risa era ya cosa del pasado.

Las comunicaciones eran prácticamente nulas y ni siquiera su padre tenía noticias de sus amigos y su familia en Alemania, el dinero poco a poco iba escaseando por lo que se vieron obligados a cultivar el terreno antes dedicado al jardín, en previsión. Su idea de seguir estudiando se había convertido en un sueño aunque su padre estaba decidido a que lo hiciera y parte del dinero lo iba guardando para ese propósito.

Al final del día a la joven Saila le gustaba sentarse en el porche para ver el atardecer, cerraba los ojos y se imaginaba que Melba estaba a su lado, le sonría guiñándole uno de sus hermosos ojos azules mientras le apretaba con fuerza la mano, siempre pensaba en ella y la acompañaba dónde quiera que estuviese e hiciese lo que hiciese, ella siempre estaba a su lado en el corazón.

- Schssss... Saila -.

Alguien la llamaba en voz baja, abrió los ojos y buscó de dónde venía la voz, era Pablo un chico del pueblo que la llamaba desde la valla.

- Pablo, ¿qué pasa? -.
- Mi padre nos ha escrito, en el sobre venía esto para ti... adiós -.

Saila apenas pudo contestarle, observó el pequeño sobre que Pablo le había dado y su corazón le dio un vuelco...

- "Tranquila, Sai, puede ser cualquier cosa" - pensó para si misma intentando calmarse.

Entró en la casa y se dirigió a su cuarto, se tumbó sobre la cama e intentó que sus manos no le temblaran al abrirlo, de su interior sacó una hoja y la primera frase hizo que su cuerpo se estremeciera, tuvo que calmarse antes de seguir leyendo:

Querida Sai,

He recibido todas tus cartas pero no tenía forma de hacerte
llegar mi respuesta. No encuentro palabras para expresar
la emoción que siento cada vez que llega el correo y
encuentro una carta tuya, sabes lo importante que es para
mi tu amistad y me llena de satisfacción que aún me recuerdes.

Hay un río cerca dónde suelo ir a pescar pero no te preocupes
no he vuelto a encontrar un pez tan grande como el que pescamos
aquel día, eso sólo pasa una vez en la vida.

Por la noche se ven miles de estrellas y me acuerdo de
cuando las vimos en tu casa, nunca las había visto
tan bien y es un recuerdo que va conmigo siempre, nunca
lo olvido y nunca lo haré.

Me gustaría escribirte más pero dispongo de poco tiempo,
sólo una línea para despedirme y desearte que todo
siga bien en tu vida, echo de menos tu amistad y espero
que no la olvides nunca como yo no lo hago.

Un sincero abrazo,
Melba

Mil veces lo leyó y mil veces lloró, entendía perfectamente todo lo que aquella carta expresaba, ella tampoco podría olvidar jamás la primera noche que pasó con ella, la primera vez que hicieron el amor bajo la tutela de las estrellas, la magia que allí surgió la acompañaría durante el resto de su vida.

Aquella fue la primera carta de las muchas que recibiría aparentemente formales hasta que poco a poco inventaron un lenguaje nuevo, el padre de Pablo era el único contacto que tenía con ella, por eso cuando se padre le dijo que saldrían de allí hacia Paris para que pudiera estudiar en la universidad, una vez más su mundo se derrumbó. Ya tenía diecinueve años, habían pasado cinco desde que Melba se fuera pero su amor seguía intacto, no había noche que no soñara con ella, ni día que no se la imaginara a su lado, creía que acabaría enloqueciendo.

Sin embargo, en el fondo sabía perfectamente que su padre tenía razón, allí no tenía nada que hacer, su único futuro consistía en casarse, era el único futuro para cualquier mujer joven pero eso ella no podía hacerlo, ¿cómo entregar su amor a un hombre?, ¿cómo amar a alguien que no fuese Melba?.

- Alemán, dicen que te vas del pueblo -.

Mark trabajaba en el terreno frente a la casa cuando apareció la pareja de guardias civiles, sin dejar de trabajar y sin apartar la vista de la tierra, les contestó.

- Sí, en una semana, más o menos -.
- ¿Y eso por qué?, ¿no te gusta este pueblo? -.
- Mi hija va a estudiar -.
- Si mi hija me dijese que quiere estudiar le pondría la biblia delante para que se la aprendiera de arriba a abajo, tu hija lo que debe de hacer es buscar un marido -.
- Mi hija irá a estudiar porque yo lo quiero así -.
- Los alemanes están locos... ¿sabes lo que creo alemán? -.

Mark levantó la vista no le gustaba nada el tono con que aquel guardia había echo la pregunta.

- Creo que estás huyendo -.
- No tengo nada por lo que huir -.
- Primero huiste de Alemania y ahora huyes de España -.
- Yo no he huido nunca -.
- ¿Sabes lo que pienso de ti, alemán?, creo que eres un rojo, por eso huyes, en Alemania le están dando lo suyo a los tuyos, ¿eh? -.
- La guerra ha terminado en Europa y yo no soy ningún rojo, no me meto en política -.
- Pues yo diría que tienes toda la pinta, alemán, no sé por qué huyes pero lo averiguaremos, no te quepa la menor duda -.

Sus palabras sonaron a amenaza, amenaza que cumplieron, aquella misma noche entraron en su casa y se llevaron a su padre, pasaron dos días sin saber nada más de él y se temían lo peor. La tarde del segundo día, Manolo se presentó en la casa.

- Manolo, pasa - la angustia de su madre era más que evidente - ¿Qué ha pasado? -.
- Tu marido ha estado dos días en comisaría - se notaba que buscaba las palabras y se ponía más y más nervioso al no encontrarlas - Dicen que intentó huir y... -.
- No... noooo... ¡Nooooooo! -.

Así fue como perdió a su padre, ni su madre ni ella pudieron ver nunca su cadáver, lo enterraron sin más y quizás fuese lo mejor, ese fue el momento en que su madre decidió huir como hicieran tantos otros antes, como hace años lo hicieran Melba y su padre, sin embargo, para ellas no sería tan fácil apenas disponían de recursos y la casa estaba continuamente vigilada.

Una vez al mes Pablo pasaba delante de su casa para darle la carta de Melba, se había convertido en un gran amigo y confidente, era el único que conocía toda la historia, hasta que una noche le tocó el turno a él, emigró como hacía años hiciera su padre, sin embargo, aquello constituyó una nueva vía de comunicación con Melba a través de su hermana Iballa. Junto con las cartas de su padre y de su hermano llegaba una de Melba pero esta vez no había censura el camino era mucho más seguro.

Amada Melba,

No puedes hacerte idea de lo duro que resulta para mi escribir estas palabras, mi padre ha muerto, lo han matado. Las cosas han cambiado mucho no puedo dar un paso sin sentirme vigilada, los vecinos se han aliado con la guardia, no sé si por miedo o por convicción y estamos siendo objeto de un enorme acoso tanto mi madre como yo. No reconocerías a mi madre, Melba, ha cambiado tanto, apenas recuerdo su sonrisa como tampoco recuerdo la mía, sólo tu amor y tu recuerdo hacen que quiera seguir viviendo.

Gracias a Iballa y a Pablo puedo seguir en contacto contigo, ella se ha convertido en una aliada y es una maravillosa confidente igual que su hermano lo fue en su día.

Me pregunto como será la vida allá, por aquí llegan noticias de riqueza y libertad y eso espero, ruego por que seas feliz aunque no sea conmigo.
Ha pasado ya tanto tiempo, hoy hace seis años que nos conocimos, amor mío y debes de estar tan distinta, ni siquiera sé si podría reconocerte o si seguirías sintiendo lo mismo por mi, todo ha cambiado salvo mi amor por ti, sigo añorándote como el primer día y nunca pensé que fuera así.

En ocasiones pienso si estaré enamorada de un sueño, y si es así espero no dejar nunca de soñar, soñaré contigo el resto de mi vida si ese es mi destino. Cada vez es más difícil, cada año que pasa es peor, me siento vacía sin ti, te necesito y no sé si podré aguantar mucho más tiempo.

Te amo,
Saila

*****

Amor mío,

No he recibido carta tuya este mes y es la primera vez que pasa en mucho tiempo, si me estás olvidando no te lo tendré en cuenta, yo no podría pero entiendo perfectamente que tú lo hicieras, habrás encontrado a alguien, yo estoy demasiado lejos para abrazarte y todos necesitamos que nos amen.

Mi madre ha intentado recuperar parte de la herencia de mi padre en Alemania pero desde aquí es muy complicado, estuvieron a punto de quitarnos esta casa pero eso sí que no lo permitiremos nunca. Mi madre está enferma y me temo lo peor, desde la muerte de mi padre no ha vuelto a ser la misma y nunca lo será, se ha ido hundiendo poco a poco y apenas tiene fuerzas para levantarse por la mañana. Y yo la entiendo si a ti te pasara algo no sé que sería de mi, este mundo no tendría sentido para mi si tú no estuvieras en él.

Te amo hoy y siempre,
Saila

*****

El día estaba completamente gris al igual que su alma, comenzaba a llover mientras lentamente bajaban el ataúd, pocas personas la acompañaban pero ese detalle pasaba totalmente inadvertido para Saila incapaz de pensar en nada que no fuera la persona que estaban enterrando. Sus padres eran la única familia que tenía en este lugar y este lugar los había matado.
Su única visita era la de Iballa, amiga fiel que cada tarde pasaba para hacerle hablar o al menos sacarla de su soledad por unas horas, nunca le estaría lo suficientemente agradecida por aquellos momentos, único nexo de unión con el mundo exterior. La guardia civil no la consideraba ya una amenaza conciente de su profunda depresión así que no la molestaban, el no recibir carta de Melba ayudaba a sumirla cada vez más en aquel pozo de soledad.

- Saila, no puedes seguir así -.

Permanecían sentadas por fuera de la casa mientras el sol se ocultaba dejando atrás un caluroso día de primavera.

- ¿Me oyes? -.

La rubia tenía sus ojos cerrados, aquel era su momento preferido y no dejaba que nada ni nadie se lo estropeara, no existía nada en este mundo que no fuera el sol y Melba que siempre la acompañaba, ni una sola vez faltó a su cita. Iballa la observaba dudando si debía hablar o no, sabía su secreto y lo que aquel momento significaba para su amiga y decidió respetarlo hasta que el sol se ocultase cediendo su sitio a la noche.

- Saila, vas a terminar enloqueciendo, esta vida que llevas no es sana -.
- No sé que hacer, Iballa, lo he perdido todo, sólo tengo esta casa -.
- Me tienes a mí -.
- Lo sé... he pensado en... -.
- ¿Sí? -.
- Quizás debería volver a Alemania y arreglar la herencia que nunca cobré de mi padre, o tal vez ir a Madrid, tengo familia allí que me ha escrito varias veces para que me vaya a vivir con ellos -.
- ¿Y tú qué quieres? -.
- Siento que mi sitio esta aquí... ¿sabes?, mis padres adoraban este lugar y yo nunca lo comprendí, ha hecho falta que ellos se fueran para darme cuenta -.
- No sé cómo te gusta vivir aquí, es horrible, es una angustia constante y todo el mundo te ha dado la espalda, creen que eres roja y que tarde o temprano te darán tu merecido, nadie quiere estar cerca de ti cuando eso pase -.
- No creas que no lo sé, no es la gente lo que adoro precisamente ni esta falsa sociedad, lo que me ha enamorado es esta naturaleza, la visión de los acantilados, las puestas de sol y los amaneceres, esta casa -.
- Chica, si yo pudiera salir de aquí, si tuviera familia en Madrid o, mejor, en Alemania no lo dudaría ni un momento -.
- Podría hacerlo -.
- ¿El qué? -.
- Volver a Alemania -.
- Te echaría mucho de menos, eres la única amiga que tengo aquí... y lo sabes -.
- Sí, lo sé muy bien, Iballa, me dolería dejarte más de lo que piensas -.


Iballa se había ido hacía más de dos horas y el sueño estaba consiguiendo ganarle la batalla, se levantó del sillón y entró en la casa rumbo a su habitación, calló sobre el colchón aún vestida y sin dejar de darle vueltas a la misma idea, mientras más lo pensaba más llegaba a la conclusión que era lo mejor que podía hacer, nada había allí que la retuviera salvo la amistad de Iballa, Melba parecía haberla olvidado al no escribirle desde hacía dos meses, al fin y al cabo, era lo más natural.

Intentó levantarse al oír fuertes ruidos en la casa, alguien había entrado y corría, apenas le dio tiempo a reaccionar, alguien la agarraba con fuerza inmovilizándola, nada podía hacer.

- Vaya, pensaba que las zorras como tú dormían desnudas, ¡Qué desilusión! -.
- Pero eso no importa, alemana, eso tiene solución... y a las putas como tú les encanta... no te resistas, seguro que no somos los primeros... las mujeres decentes no viven solas -.


No sabía cuánto tiempo había pasado, era incapaz de mover un solo músculo pues sólo el intento le causaba un gran dolor, el suelo estaba frío aunque no tanto como su alma y su cuerpo. Permaneció en la misma posición durante horas con la mirada fija en el techo, intentando borrar de su mente lo que acababa de pasar, hasta que no pudo soportarlo más.

Era de noche pero no le importaba, salió de la casa rumbo a la playa y sin dudarlo un segundo se hundió en el mar, una y otra vez se restregaba el cuerpo limpiándolo del sudor ajeno, intentando borrar unas huellas que sabía jamás desaparecerían. Sabía que si se quedaba allí volverían, estaba sola y era una presa fácil, finalmente el destino había decidido por ella.

Afortunadamente la noche estaba completamente oscura y su cuerpo sólo cubierto por un fino traje era relativamente fácil de ocultar, no era día de viaje así que al barco no le tocaba pasar por allí. Abrió la valla y entró atravesando el terreno descalza como estaba pero antes de abrir la puerta se detuvo, en su interior se oían pasos y su cuerpo se estremeció, ¡Habían vuelto!, ¡Dios mío, ya no podría volver a su casa!.

Se situó en el lateral y escuchó cada movimiento en el interior, quien quiera que fuese caminaba despacio y parecía parase a cada momento, estaba seguro de que la estaba buscando, pero no la encontraría, esta noche no, ni ninguna más. No sabía cómo lo haría pero se marcharía de allí, no estaba dispuesta a pasar otra vez por todo aquello. Su corazón se paró, un hombre permanecía de pie frente a la puerta principal, de repente, sin saber por qué se quedó mirando fijamente al suelo, miraba atentamente el terreno y Saila no sabía que pensar.

- "¡Dios mío, son las huellas, está mirando las huellas!" - pensó.

Pensando que no tendría escapatoria salió corriendo hacia la parte de atrás de la casa, aquel hombre la había escuchado y corría tras ella, la estaba llamando pero no estaba dispuesta a volverse, abrió la puerta trasera y, de repente, se paró. Aquella voz no era la de un hombre, lentamente se giró sin comprender nada.

- ¡Saila! -.

Llegó muy cerca de dónde ella se encontraba completamente petrificada.

- Sé que eres tú, Saila... no te asustes... soy yo... soy Melba -.

Aquella voz era la de una mujer pero no era Melba, asustada como todavía estaba salió corriendo campo a través, si salía en dirección a la playa podría llamar la atención de otras personas que anduvieran por allí y sería más fácil que la alcanzara, su instinto le decía que gritara pidiendo ayuda pero sabía que sería mucho peor, nadie estaría dispuesto, es más pensarían que pasara lo que pasara se lo merecía.

- ¡Saila... espera... por favor! -.

Finalmente la alcanzó, atrapándola y cayendo ambas sobre la dura tierra, Saila se defendía como podía, sin parar de retorcerse.

- ¡Suéltame!, ¡Basta!, ¡Suéltame! -.

La mujer consiguió sujetarla con fuerza abrazándola por detrás y Saila sabía que no podía huir, sus fuerzas hacía tiempo que la habían abandonado.

- Suéltame, por favor - las lágrimas le rodaban sin control por las mejillas.
- Saila, tranquila, soy yo... sólo soy yo... Melba -.
- ¡Tú no puedes ser Melba! -.
- Te juro que soy yo -.
- Noooo... tú no eres... Melba - lloraba desconsoladamente mientras Melba la abrazaba con fuerza.
- ¿Qué te ha pasado, amor mío?, estás mojada, asustada... estás temblando... tranquilízate, tranquila, estoy aquí... contigo, ya estoy aquí -.
- Melba -.
- Sí, soy yo, mi amor... soy yo, estoy a tu lado -.

Saila se dio la vuelta sin poder creer lo que estaba pasando pero su corazón sabía que era ella, la abrazó con fuerza y lloró como no lo había echo en todos estos meses, lloró por su padre, su madre, su soledad, por sus demonios. Melba no podía más que abrazarla y llorar con ella dándose cuenta de todo el sufrimiento que su amor retenía en su interior.

- ¡Dios mío!, abrázame... no me sueltes -.
- No lo haré -.
- ¡No me dejes, no te vayas! -.
- Te amo... nunca volveré a dejarte, pase lo que pase, ¿me oyes?, no volveré a dejarte, te quiero... te quiero -.

Melba acariciaba la cara de Saila, se moría por volver a besarla, sentir sus dulces labios apretándolos, en este momento necesitaba su aliento tanto como el aire para respirar, sin embargo, Saila lo impidió abrazándola con más fuerza y sin parar de llorar, algo había pasado.

- Saila, por dios, ¿qué ha pasado?, ¿por qué huías?... ¿dónde está tu madre? -.
- Murió -.
- ¿Murió?, ¿cuándo? -.
- ¡¿Por qué no contestabas a mis cartas?!, ¡¿sabes lo que he pasado?! -.

Saila se separó bruscamente y Melba se asustó de su reacción, nunca la había visto de aquella manera, algo muy grave debía de haber sucedido.

- ¡Escúchame, quieres!, cuando terminé de leer tu última carta decidí volver, ya no podía aguantar más, me he ido por ti, lo he dejado todo por ti -.
- Te necesitaba tanto... te... necesito tanto -.
- Y aquí estoy, estoy contigo... lo siento, si me escribiste después no lo recibí, estaba viajando hasta aquí... ¿cuándo murió tu madre? -.
- Hace dos semanas y media... he... he estado muy... sola -.

Saila no dejaba de llorar ni un solo momento era mucho lo que había guardado en su interior.

- ¿Por qué huías así cuando me viste? -.
- Me asusté... no sabía... quién eras -.
- Vale, vale, tranquila, regresaremos a tu casa, estaremos mejor -.
- No.... no quiero... -.
- ¿Por qué? -.

Saila no estaba segura de poder contarle lo que acababa de suceder así que se armó de valor y abrazada a Melba volvieron juntas a la casa.

*****

La anciana llevaba en silencio demasiado tiempo y Lua comenzaba a preocuparse, entendía que todos aquellos recuerdos eran demasiado dolorosos para ella.

- ¿Está bien Saila? -.
- Son muchos los recuerdos -.
- Siento mucho todo lo que le pasó, es horrible tanto dolor, la muerte de sus padres y... - era incapaz de terminar la frase.
- Eso le pasó a mucha gente, más de la que piensas, si lo miras bien yo tuve suerte -.
- ¿Suerte?, ¿se refiere a qué podía haber sido peor? -.
- Yo no quería casarme, Lua, en aquel momento no lo sabía pero ahora sé que soy... ¿cómo lo llaman ustedes?, ¿gay?... en aquellos años no existía una palabra para eso, salvo pervertida o depravada o ni siquiera eso, nadie podía imaginar que una mujer pudiera sentir deseo por otra, es más si una mujer sentía deseo aunque fuera por una hombre, era una pecadora y podía ir al infierno -.
- Sigo sin entender por que dice que tuvo suerte -.
- Ningún hombre me iba a reclamar mi virginidad, si a una mujer heterosexual le pasaba algo así, estaba totalmente pérdida... cielo, Deray te espera -.
- Me temo que ha pasado demasiado tiempo ya no debe seguir allí -.
- ¿Qué vas a hacer? -.
- La verdad, Saila, no hay nada en esa historia que me halla echo cambiar de opinión -.
- ¿Crees que yo amaba a Melba? -.

Lua pensó un momento en aquella pregunta, era algo tan obvio que no entendía a qué venía.

- Por supuesto, es obvio que estaba completamente enamorada de ella, es más, creo que aún lo está - Saila le sonrió dulcemente.
- Y dime, ¿crees que Melba estaba enamorada de mi? -.
- Después de siete años volvió para quedarse con usted, por supuesto que estaba enamorada y mucho -.
- Sin embargo, las dos tuvimos otras relaciones -.

Aquella afirmación la cogió totalmente por sorpresa aunque en el fondo había sospechado algo cuando oyó nombrar a la hermana del tal Pablo.

- Con la escritora del libro, ¿verdad?, con Iballa -.
- Era una chica maravillosa, se portó muy bien conmigo y lo sabía todo sobre mí, le debo mucho, siempre le he debido mucho -.
- ¿Y Melba? -.
- Creo que se llamaba Scarlet -.
- ¿Cómo se lo tomó? -.
- Sencillamente lo olvidamos, no podíamos recriminarnos nada, sería absurdo y además en el fondo se lo agradecía a Scarlet -.
- ¿Agradecerle?, ¿el qué? -.
- Puede que aún estés a tiempo -.
- No lo sé -.
- ¿Sabes lo que yo haría?, aprovechar estos días cómo si fueran los últimos, Melba y yo sólo tuvimos unas horas, ustedes tienen días -.

Saila se levantó lentamente y Lua le ayudó, en los últimos días parecía haber perdido gran parte de su característica agilidad y comenzaba a preocuparla, la acompañó hasta su habitación.

- Saila, ¿seguro que está usted bien? -.
- Mi niña Lua, no te preocupes por mi, tengo quien me cuide -.

Aquella frase lejos de tranquilizarla preocupó aún más a Lua, cualquiera hubiera entendido que se refería a ella misma pero no era así. Volvió al porche y se sentó en la mecedora pensando en la tremenda historia de la anciana, todo lo que aquella mujer había sufrido y volvió a sorprenderse de su gran vitalidad, cualquiera en su situación se habría hundido, sin embargo, ella no dejaba de sonreír y su amabilidad era digna de admiración.

En el fondo sabía que tenía razón, la solución no era olvidarse de Deray sino dejarla marchar, si el destino así lo quería volverían a unirse. Mientras lo pensaba observó una figura que salía de la playa, la luna aún no había salido pero su silueta y su forma de andar no la dejaban lugar a dudas. Se sorprendió a si misma pues sin ni siquiera pensarlo salió a su encuentro.

- ¡Deray! - la llamó.

La joven rubia se sorprendió al oír su nombre y levantó la cabeza para ver a Lua salir a su encuentro.

- Siento haberte echo esperar tanto -.
- Habrás tenido tus motivos -.
- Volvamos a la playa, he de hablar contigo -.
- Llevo demasiado tiempo en esa playa, estoy cansada y tengo sueño -.
- Entiendo que estés molesta conmigo, he sido bastante seca contigo hoy y no te lo merecías -.
- ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? -.
- Saila me ha contado una historia y... -.
- ¿Quieres acompañarme? -.
- ¿A tu casa? -.
- No lo sé -.

Deray comenzó a caminar y Lua la acompañaba, un extraño silencio las envolvía, la rubia caminaba con paso firme y Lua optó por cogerla de la mano para hacerla frenar un poco, aprovechando aquel contacto le acarició la parte externa con sus dedos, Deray se paró.

- Lua, me voy el viernes -.
- ¿Tan pronto? -.
- Sí, he de matricularme y arreglar lo del piso de alquiler -.
- Deray, lo he pensado... -.
- Y es mejor dejarlo, ¿verdad? - la rubia agachó la cabeza.
- Sólo acabamos de empezar, no llevamos ni una semana, ¿te das cuenta de eso? -.
- Yo sólo me doy cuenta de lo que siento por ti, no me importa el tiempo que lleve sintiéndolo -.
- Eres joven -.
- Sí, soy joven, un horrible pecado al parecer, ¿por qué no sales con Luisa?, ¿te acuerdas de la anciana de esta mañana?, con ella no tendrás problema, si su mujer te deja - hablaba mientras comenzaba a caminar nuevamente.
- Deray, no me refiero a eso -.
- ¿Y a qué te refieres? - volvió a pararse en seco para mirarla.
- Me refiero que vas a experimentar un nueva vida y yo me temo que no formaré parte de ella -.
- Ni siquiera quieres intentarlo, ¿me has preguntado lo que yo quiero? -.
- A los diecisiete años aún no lo sabes -.
- ¿Ah no?, y cómo explicas que lleve tres horas esperándote sólo para para verte de nuevo, para sentirte, que mi cuerpo se estremezca con tu contacto, que sólo piense en besarte y abrazarte, que sueñe en tener una vida contigo, sentí morirme cuando me di cuenta que querías dejarme, ¿qué es todo eso?... si no es amor, dime tú lo que es, enséñame a amarte porque es todo lo que quiero... lo creas o no, te amo -.

Una lágrima rodó por la mejilla de Deray y Lua sintió partirse su corazón al verla y oírla hablar de esa manera, la atrajo hacia sí y la abrazó.

- Tienes razón, cariño, estaba mañana pensaba dejarte pero ahora sé que es un error, además no podría aunque quisiera, sería una mentira -.
- Yo no quiero dejarte -.
- Te quiero demasiado como para olvidarte y lo mejor que podemos hacer es disfrutar de estos días, al fin y al cabo, sólo te vas a estudiar a Madrid, podré coger un avión de vez en cuando si tu quieres - la miró a los ojos.
- Y yo vendré en vacaciones y en navidad - Deray le acariciaba dulcemente la cara.
- Si Saila pudo yo también -.

Se besaron con ternura, suavemente y sin prisas, disfrutando del contacto acariciándose la una a la otra.

El día del cumpleaños de Deray llegó y Saila le dejó el día libre, cogieron el coche y decidieron perderse en el interior de la isla, aparcaron en el mismo lugar del parque de Laurisilva dónde se detuviera Lua el primer día de su llegada. Caminaron por el sendero previamente marcado comprobando que estaba exactamente igual.

- Esto es una maravilla -.
- ¿Ya habías estado aquí? -.
- El primer día que vine me paré justamente aquí y caminé un poco, necesitaba coger aire y me vino francamente bien -.
- ¿Por qué? -.
- No sabría explicarlo, me sentí libre, por una vez controlaba mi destino, estaba aquí porque sólo yo lo había decidido en contra de lo que la razón me indicaba -.

Lua se paró y abrió los brazos echando hacia atrás la cabeza y cerrando los ojos, aspiró el mismo olor a frescor y a libertad.

- ¿Qué haces? - le preguntó Deray sonriendo.
- ¿No lo hueles?, ¿no lo sientes? -.

Deray se colocó en su misma posición y aspiró.

- Huele a brezal y a monte, a tierra húmeda -.
- Y a libertad -.
- Jaja... pareces una canción de Perales -.
- ¿Te estás burlando de mí? -.
- ¿Quién yo?... dios me libre -.
Lua corría detrás de ella mientras Deray se adentraba en el monte, dejándose coger cayeron sobre las hojas que cubrían el suelo del monte, finalmente la rubia quedó encima de ella y se miraron una vez más a los ojos riéndose.

- Sigo diciendo que tienes unos ojos preciosos -.
- Pero si son marrones, ya te lo he dicho -.
- No, son color miel -.
- En cambio los tuyos son de un azul cielo intenso -.
- ¿Ah sí?, vaya,... tengo ojos intensos - dijo burlándose.
- Cállate - se besaron - Alguien podría vernos -.
- Un jueves cualquiera en mitad del monte, la gente tiene que trabajar -.
- Estoy con una menor -.
- Ah, no, esa excusa ya no te vale, acabo de cumplir dieciocho - volvió a besarla.
- Lo olvidaba, ya eres toda una mujercita -.
- Mujercita, eso te lo voy a demostrar -.
- La gente trabajará pero aquí hay mucho turista -.
- ¿Sabes una cosa? - le preguntó volviendo a besarla.
- ¿Qué? -.
- Creo que ese turista va a ponerse las botas -.
- Deray no... -.

Los labios de la rubia la impidieron terminar la frase y sólo podía dejarse llevar enredando sus dedos en su larga melena, enamorándose una vez más y entregándose la una a la otra una parte de su alma.

Continuará...


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