Durante el resto de la tarde Saila permaneció acostada, demasiado cansada al revivir
todos los recuerdos que la habían invadido aquella mañana, necesitaba estar sola y así
lo entendió Lua que prefirió no molestarla, ella misma no se encontraba bien le dolía
la cabeza y un poco la garganta, el baño de la noche anterior tendría sin duda la culpa.
Se tomó una aspirina y se sentó en la mecedora del porche dejando a su mente volar sin
control.
La figura de Deray ocupaba todos sus pensamientos, era muy joven pero de una extraña
madurez que la hacía sentir como si ella fuera la más niña de las dos. No recordaba la
última vez que alguien la había besado como lo hiciera ella la noche anterior, en el
mar bajo la luz de la luna llena, pero fue su intensidad lo que nunca había sentido con
nadie. No lograba entender como pudo controlar aquella absorbente sensación que la
atraía cada vez con más fuerza.
No era que nunca hubiese sentido deseo por una mujer, incluso en una ocasión estuvo
enamorada de una amiga suya durante mucho tiempo pero nunca había sido correspondida,
al menos no de manera tan descarada como lo hiciera Deray. ¿Por qué sencillamente no se
dejaba llevar?, ¿por qué siempre tenía que razonarlo todo?, al fin y al cabo estaba
allí para eso, para poder contestar a tantas preguntas, para cambiar su vida. Y Deray
significaba un gran cambio.
Permanecía con los ojos cerrados y se dejaba dormir cuando una voz que siempre hacía
reaccionar a su corazón la devolvió al mundo real.
- Hola preciosa -.
Abrió los ojos y pudo ver a la joven rubia sentada en el sillón de mimbre frente a ella,
estaba descalza y llevaba su largo pelo rubio recogido en una alborotada coleta, un
pantalón ancho color verde claro y una camisa de una tela blanca arrugada, no había
escuchado ni el más mínimo ruido.
- Hola Deray, eres silenciosa -.
- Tienes mala cara, finalmente te has resfriado, ¿no? -.
- Un poco -.
- Lo siento, ha sido por mi culpa -.
- Nadie me obligó a meterme en el agua -.
- ¿Ah no? - le sonrió de una manera que comenzaba a hacerle perder la cabeza - ¿Dónde
está Saila? -.
- Se acostó para descansar un poco -.
- ¿Han tenido mucho trabajo hoy? -.
- No, en realidad hemos estado toda la mañana leyendo, desde muy temprano -.
- Al final te decidiste a abrir el libro, ¿verdad? -.
- ¿Cómo sabes eso? -.
Deray sonrió y su forma de hacerlo le hizo recordar nuevamente a la enigmática sonrisa
que Saila siempre mostraba.
- ¿Te ha gustado? -.
- Aún queda mucho pero lo que he leído me ha gustado, sí - ambas miradas se
encontraron - La verdad es que... estaba pensando en ti -.
- ¿En serio? - volvió a sonreír - ¿Y eso por qué? -.
- Pensaba en que me gustaría hablar contigo -.
- Y eso es lo que hacemos -.
- Estaba recordando... el otro día me dijiste... - cogió aire pues las palabras se le
atascaban en su garganta, algo que no pasaba desapercibido para la rubia, de hecho le
encantaba - ...que si yo quería podríamos saber más la una de la otra -.
- Sí -.
Deray fingió indiferencia y desvió la mirada hacia la playa.
- Bueno, pues me gustaría... saber más de ti -.
- ¿De mi?, uf, en realidad no hay mucho que contar y terminaríamos pronto... si te
refieres a hablar, claro - en su cara asomó una sonrisa pícara.
- Por supuesto, ¿a qué me podría referir si no? -.
- Mi querida Lua hay muchas formas de conocer a alguien -.
- ¿Quieres no empezar otra vez? -.
- ¿Empezar a qué? -.
Los ojos azules volvieron a clavarse en ella mientras Deray levantaba una rodilla y
apoyaba su pie descalzo en el sillón de mimbre, echándose hacia detrás.
- ¿Por qué siempre intentas ligar cuando quiero hablar contigo? -.
- Yo no quiero ligar, no estoy buscando una amante - se incorporó un poco hacia
delante mirándola fijamente - Quiero que seas mía -.
Aquellas palabras le provocaron un escalofrío que como una explosión recorrió todo su
cuerpo.
- Tú no sabes lo que buscas -.
- ¿Y tú?, ¿ya sabes lo que quieres?, ¿has encontrado tu camino? -.
- Crees conocerme, ¿verdad?, y, sin embargo, no sabes nada de mi -.
- Tú quieres conocerme a mi tanto como yo quiero conocerte a ti -.
- Entonces, háblame de ti -.
- Primero habla tú, te prometo que yo hablaré después -.
- ¿Seguro? - Lua la miró desconfiada -.
- Claro que sí, preciosa - Deray la observaba - Me encanta tu mirada -.
Aquel comentario la cogió desprevenida y casi sintió avergonzarse.
- ¿Mi mirada?, ¿qué tiene de especial?, tengo los ojos marrones como todo el mundo -.
- Yo no los tengo marrones - sonrió - además los tuyos son color miel, hay una
diferencia, pero no nos vayamos por las ramas, háblame de ti -.
- ¿Qué quieres que te cuente? -.
Deray suspiró pues no iba a ser tan fácil sacarle las palabras a Lua, tendría que
esforzarse.
- Veamos, ya sé que tienes 29 años, casi 30, supongo que no estarás casada, no tienes
anillo y no estarías aquí si fuera así, ¿vives con alguien? -.
- Si me estás preguntado por algún novio, la respuesta es no, como bien dices si lo
tuviera no estaría aquí -.
- Entonces, vives sola -.
- Sí, tengo un pequeño apartamento -.
- Y salvo que seas rica, trabajarías en algo para pagarlo, supongo -.
- Exacto -.
- Es que voy a tener que preguntártelo todo -.
- Sí - Lua sonrió - Vale, sólo me estaba metiendo contigo un poco, a ver... - pensó un
segundo ordenando sus ideas - Mi madre vive en Sevilla con mis hermanos desde hace
cuatro años, se fueron a vivir allí tras la muerte de mi padre pues la familia de mi
madre es sevillana y se ofrecieron a ayudarnos un poco, pero a mí no me gustaba aquello,
nunca estuve cómoda con esa parte de mi familia así que en cuanto terminé la carrera y
ahorré un poquillo, pude alquilar un piso en el Puerto y no lo dudé, por eso vivo sola
y la verdad es que me encanta, siempre he sido muy independiente -.
- ¿Qué estudiaste? -.
- Económicas -.
- ¿En serio? -.
- Sí, era muy buena estudiante a decir verdad -.
- ¿En qué trabajabas? -.
- Conseguí entrar en una agencia de publicidad, al año ascendí a jefa de administración
y un par de años más tarde era directora financiera pero la empresa quebró por la mala
gestión de mis jefes, no había nada que yo pudiera hacer al respecto, y lo peor es que
lo vi venir, les avisé pero no me hicieron caso -.
- No entiendo nada de nada -.
- ¿Qué no entiendes? -.
- Es obvio que eres muy inteligente, con una buena carrera y con mucha experiencia y,
sin embargo, has venido aquí para cuidar de Saila -.
- Gracias... yo tampoco podría contestarse a eso, llevo pensándolo desde que llegué,
en realidad, desde mucho antes pero algo dentro de mi me decía que viniese, era el
cambio que necesitaba -.
- ¿Por qué? -.
- No lo sé -.
Durante toda la conversación Lua se concentraba en el horizonte y Deray miraba
fijamente la expresión de su cara y cómo el viento jugaba con su pelo rizado moviéndolo
sin parar, observaba cada uno de sus movimientos al hablar, cada uno de sus gestos tan
propios de la morena y que tanto comenzaba a adorar. Si había sido jefa no debía ser
demasiado dura pues sus ojos miraban con bondad nunca recriminaban ni había ningún
atisbo de superioridad en ellos, todo lo contrario.
No sabía ni entendía que era lo que le atraía de ella pero no podía negarlo, la
atracción existía y era cada vez mayor, su figura era un tanto redondeada al igual que
su cara lo que le daba un toque tierno pero había en ella un halo de tristeza que nada
de lo que le estaba contando lo justificaba.
- ¿Me has oído? -.
La voz de Lua la sacó de sus divagaciones, algo le había dicho pero perdida como estaba
en sus propios pensamientos fue incapaz de entenderla.
- Lo siento, no te escuché -.
- ¿En qué pensabas? -.
- Cosas mías... ¿y tus amigos? -.
- No tengo muchos la verdad, con el cambio a Sevilla perdí el contacto con la mayoría
de ellos y cuando regresé a Tenerife dejé a otros tantos en la península, así que
siempre acabo lejos de ellos -.
- Eso explicaría por qué estás tan sola -.
- No estoy sola -.
- Quizás no lo estés pero sí te sientes sola -
Las palabras de Deray no sonaban a pregunta, era una rotunda afirmación que extrañó a
Lua, ¿tan claro era para los demás como podía sentirse?.
- Ahora mismo no sé cómo me siento -.
- Yo sí sé cómo me siento -.
Deray la miraba seria y Lua no pudo sostener su mirada, no encontraba valor para ello.
- ¿Y cómo te sientes? -.
- Un poco loca -.
- ¿En serio? - se rió - Dime algo que no sepa -.
- Si lo estoy es por ti -.
Lua observó cada movimiento mientras Deray se levantaba del sillón de mimbre y se
sentaba en cuclillas frente a ella.
- Estoy loca por ti -.
- No me conoces, Deray -.
- Eso tiene solución, de hecho ya lo estamos haciendo -.
- Sabes que si empezamos algo ya no habrá vuelta atrás -.
- Y si no lo empezamos no podré seguir adelante -.
- Eres una exagerada, aún eres muy joven, ¿cómo no vas a salir para adelante? -.
Deray agarró la mecedora haciéndola parar y pegando su cuerpo contra las rodillas de
Lua, lentamente se acercaba a su cara sintiéndose cada vez más atrapada por aquella
mirada del color de la miel.
- Sin ti, no -.
Lua no pudo evitar acercarse a Deray al escucharla hablar de aquella manera y ese gesto
fue su perdición, como bien había predicho ya no existía marcha atrás, y la besó sin
pensarlo un minuto más. Fue un beso tierno y sorprendentemente tímido que duró un
eterno segundo tras el cual se separaron mirándose fijamente a los ojos.
- Apenas te conozco, ¿cómo puedes hacerme sentir así? -.
- Yo en cambio si te conozco a ti -.
- ¿Cómo? - se sorprendió Lua.
- Llevas viviendo en mis sueños desde siempre, con diferente cuerpo o diferente cara
pero eras tú, ahora lo sé -.
- No sabes lo que dices -.
Lua le sonreía mientras acariciaba la joven y suave cara de la rubia, Deray a su vez
hacia lo propio con los rizos de Lua mientras hablaba dejándose llevar por el corazón,
había empezado y ya no podía parar.
- Quizás no lo sepa pero creo que vale la pena averiguarlo, y además tú también lo
crees -.
- ¿Por qué todo el mundo parece saber lo que pienso? -.
- ¿Y por qué piensas tanto? - sonrió Deray.
- Hablas y sonríes como Saila -.
- Es la primera cosa bonita que me dices -.
- Poco a poco, Deray, no tengas prisas... además deberías sentarte -.
Por una vez era la rubia quién la miraba extrañada.
- Ahora te toca a ti hablar y quiero que te pongas cómoda -.
- ¿A mí? -.
- Sí, yo ya te he hablado de mi pero tú no me has dicho nada aún -.
- No creas que he terminado contigo, a penas has empezado a hablar -.
- Supongo que no, pero te toca - sonrió.
Deray volvió sentarse en el sillón de mimbre pero, de repente una sorprendente y amplia
sonrisa apareció en su cara al tiempo que miraba algo detrás de Lua.
- Hola Saila -.
Lua se sorprendió y quiso levantarse pero una anciana mano la paró suavemente
obligándola a sentarse, no sabía cómo escuchaba o cómo sentía sus movimientos pero lo
hacía.
- Tranquila mi cielo, no te preocupes -.
- No, no, lo siento pero no puedo estar yo sentada aquí y usted ahí de pie... siéntese
por favor, a mí me gusta sentarme en los escalones - le contestó la propia Lua -.
- Si ese es tu deseo -.
Saila se sentó en la mecedora con una expresión de paz y tranquilidad en su rostro.
- ¿Cómo te encuentras? - le preguntó Deray -.
- He descansado un poco, gracias, aunque sigo algo cansada todavía, ¿y ustedes?, ¿cómo
están? -.
- ¿Nosotras? - la voz sorprendida de Lua preguntó desde donde se hallaba sentada en
uno de los escalones.
- Nosotras estamos bien, Saila, mejor que nunca - sonrió la rubia.
- Bien - Saila parecía mirar al horizonte - Me alegro de haber llegado a tiempo -.
- ¿A tiempo? -.
- Mi querida Lua, nunca cambiarás, ¿verdad?, aunque deberías intentarlo -.
- Es cierto, Saila, ya está empezando - le contestó Deray.
Las tres miraron al horizonte donde el sol comenzaba su rutinario y a la vez
imprevisible peregrinaje hacia el mar, Saila cerró los ojos y la voz de Deray logró
sorprender una vez más a Lua.
- Hoy hay un color precioso en el cielo, Saila, las nubes cubren el horizonte pero no
por completo pues dejan entrever parcelas celestes a través de sus cuerpos de algodón,
el sol se oculta tras ellas y su luz se refleja en el blanco de las nubes con un tono
amarillo, suave pero llamativo creando hilos de luz que iluminan el cielo como si de
grandes focos se tratasen... hoy el sol está tímido, no se deja ver... o quizás sólo
oculta su amor avergonzado y triste tras un velo blanco, pues no quiere verla, es
demasiado doloroso para él y una vez más se ve obligado a caer en brazos de su infiel
amante, el mar, el que siempre está ahí para él y para ella -.
Una vez más Lua no había visto el atardecer, sus ojos sólo se centraban en la
inesperada narradora y en cada uno de sus gestos al hablar, en cada palabra que salía
de su sensual boca y en la manera en que sentía lo que relataba, casi había visto una
lágrima asomar en aquellos ojos azules con las últimas frases, frases que no podía
repetir por mucho que se esforzase porque ni siquiera las había escuchado, centrada y
absorta como estaba en la figura de Deray. Esta la miró al terminar de hablar y le
guiñó un ojo regalándole la mejor y más tierna de sus sonrisas.
- Mmmmm... hay un olor raro en el ambiente, ¿no creen? -.
- ¿Perdón? -.
- Tienes razón, Lua, quizás no sea tan raro... al fin y al cabo, sólo es amor -.
Ambas miraron fijamente a la anciana quien sonreía ampliamente.
- ¿Te apetece seguir leyendo, Lua? -.
- ¿Leyendo?... -.
- Deray, puedes quedarte si quieres -.
- Quiero pero no puedo, Saila, muchas gracias por la invitación, tengo que irme -.
- ¿Tan pronto? -.
Lua se levantó al tiempo que lo hacía Deray y ambas miradas se encontraron.
- Es una pena, me gustaría mucho que te quedaras, aún así no te preocupes podrás
hacerlo otro día -.
- Gracias Sai... -.
Deray se asombró pues al mirar hacia la mecedora la encontró ya vacía, la anciana
acababa de entrar a la casa.
- ¿Cómo lo hace? - preguntó sorprendida Lua - No sé que edad tiene pero su agilidad
no deja de sorprenderme, es increíble -.
- ¿Has escuchado algo de lo que dije? -.
Bajaban los escalones dirigiéndose hacia la valla de madera que constituía la salida de
la casa.
- Algo pude entender -.
- ¿Sólo algo? -.
- Lo siento, no podía dejar de mirarte -.
Habían llegado a la valla y permanecían de pie mirándose a los ojos, Deray se acercó a
Lua y la besó tiernamente.
- Te esperaré esta noche -.
- ¿Esta noche?, ¿dónde? -.
- Chao, Saila te espera -.
Deray ya se alejaba caminando por la carretera de tierra dejando a Lua de pie frente a
la valla pensando en sus últimas palabras, ¿dónde me va a esperar?, ¿a qué hora?. Se
acordó de la anciana y volvió al interior de la casa, esta vez no tenía ninguna duda de
dónde encontrarla.
Caminó por el pasillo y vio la luz encendida que provenía como bien había supuesto del
interior de la biblioteca, efectivamente Saila permanecía sentada esperando
pacientemente a que llegara y con el libro encima de la mesa.
- Gracias por venir tan pronto, no era necesario -.
- ¿Tan pronto?, creí que había tardado pero se ve que por una vez no he llegado tarde -.
Se sentó en lo que empezaba a ser su sitio habitual en un lateral de la mesa.
- Deray es como una nieta para mi y aunque sea muy joven siempre ha sabido lo que
quiere y lucha por conseguirlo -.
Lua miró fijamente a Saila, más que un comentario había sido todo un alegato
respondiendo a las dudas que aquella misma tarde había sentido.
- ¿Hace mucho tiempo que la conoce? -.
- Desde muy niña, mi querida Lua... aunque no me corresponde a mi contártelo -.
- ¿Contarme qué? -.
- No soy yo quién debe contar su vida, eso debe hacerlo ella y sólo ella -.
- Hoy le he hablado de mi y ella me iba a contar pero... -.
- Aparecí yo, en su voz se podía notar el alivio que sintió al verme -.
Saila se rió y Lua se maravilló una vez más del carácter siempre feliz de la anciana.
- Bien, ¿por dónde nos quedamos? -.
- ¿Cómo? -.
- El libro, Lua... el amor nos despista, ¿verdad?, es una deliciosa distracción -.
El libro descansaba pacientemente sobre la mesa esperando a ser abierto de un momento a
otro y ese momento había llegado, Lua lo cogió y buscó la página por dónde se habían
quedado, sin embargo, antes de comenzar volvió a mirar a Saila.
- Hay una cosa que no entiendo -.
- Pregunta, mi cielo -.
- La autora dice que Melba no gustaba en el pueblo pues era independiente, pescaba,
hablaba de política, no vestía femenina -.
- Sí -.
- Y además cuando ust... - tuvo que morderse la lengua - Cuando Saila le dice de salir
esa noche habla de que la guardia civil podría encontrarlas, y no lo entiendo, ¿en qué
época se encuentran? -.
- ¿No hay ninguna fecha? - se extrañó Saila - Juraría que la había -.
- No la veo -.
- En ese momento es el año 39, finales de la guerra civil y a punto de estallar la
peor guerra de todas -.
- Ahora entiendo pero... -.
- La mujer de los peros - sonrió - Lee y comprenderás -.
*****
Dos besos para una rosa
Como cualquier mañana se levantó temprano y caña en mano se dirigió a su rincón
preferido entre las rocas, el día había amanecido un tanto nublado algo raro para ser
primeros de agosto pero las altas temperaturas seguían intactas, aquel pantalón de tela
la estaba asfixiando aunque menos que la camisa cuyo mayor deseo en aquellos momentos
era quitársela, sin embargo, si alguien la descubría constituiría la total pérdida de
su, por otro lado, dudoso honor, palabra tan noble como detestable según quién la
pronunciase.
Llevaba una hora y comenzaba a preguntarse dónde estaría, hoy más que nunca deseaba
verla pues no lo había echo desde que se quedase en su casa hacía ya dos días con sus
respectivas noches, la familia se había trasladado a la capital pues tenían gestiones
que realizar. No pasaba un minuto sin que su pensamiento se llenase con su cara, su
cuerpo, sus caricias, con su boca que tanto había besado aquella noche y que tanto
ansiaba volver hacer.
Estaba completamente enamorada de ella, no podía negárselo por más que quisiera,
aquella era su condición y no necesitaba conocer a ningún hombre para saber que su amor
nunca pertenecería a ninguno de ellos como también dudaba que pudiese pertenecer alguna
vez a alguien que no fuera aquella muchacha rubia de ojos verdes.
Un pez picó y sin ninguna dificultad logró elevar la caña y depositarlo sobre la roca,
mientras le quitaba el anzuelo la imagen de las dos tirando fuerte tras pescar el mayor pez
de su vida le pasó una vez más por su mente, aquel fue el día en que la conoció.
- Ya no me necesitas, ¿eh? -.
La voz le sorprendió tanto que a punto estuvo de escurrirse el pez entre sus dedos,
levantó la vista y allí estaba, más radiante que nunca con su fino traje blanco y su
largo pelo rubio mecido por la ligera brisa, igual que el día en que la conoció. De
repente se puso nerviosa, no sabía como comportarse después de lo que había ocurrido
entre ellas, ¿cómo tenía que saludarla?, ¿debía besarla, abrazarla?, ¿cómo tendría que
tratarla?.
Saila pareció darse cuenta de sus nervios repentinos pues de un salto se colocó a su
lado y cogió sus manos que aún sujetaban el pequeño pez, apretándolas y ayudándola a
dejarlo en el interior de la bolsa.
- Melba, no te preocupes, sigo siendo yo -.
Saila le sonreía mientras le acariciaba las manos y aquella sonrisa se le clavó en el
corazón.
- No sé que se supone que debemos hacer -.
- No debemos hacer nada, cariño, sólo aquello que queramos hacer -.
- Quiero besarte pero alguien podría vernos -.
- Entonces hazlo sin que nadie nos vea -.
Saila la guió saltando un par de rocas hacia una que sobresalía por su gran tamaño, se
escondieron detrás quedando ambas de rodillas mirándose cara a cara, Melba fue la
primera en reaccionar y acariciándole la cara con su mano la besó, todo su ser se
concentró en aquel contacto tanto que ninguna de las dos se percataba de que alguien
se acercaba.
- Te he echado muchísimo de menos -.
- Y yo a ti -.
- ¿Terminaron lo que tenían que hacer en la capital? -.
- Sí, eso creo -.
- ¿Qué pasa? -.
La cara de Saila se había transformado por un instante borrándose su eterna sonrisa
indicando que algo le preocupaba.
- Creo que hay alguien cerca -.
Melba se levantó mirando con cuidado desde detrás de la gran roca, con sorpresa vio a
su padre acercarse al lugar donde descansaban sus cosas.
- Es mi padre - dijo en voz baja -.
- Salgamos de aquí, no pasa nada -.
- Estamos escondidas, ¿qué le digo? -.
- Que oímos algo por aquí y vinimos a mirar -.
- Eso es... -.
Saila volvió a besarla cogiéndola por sorpresa y salió desde detrás de la roca en
dirección a dónde se encontraba el padre de Melba que miraba a un lado y a otro
buscando, sin duda, a su hija. Melba salió tras ella.
- Hola papá -.
- Melba, ¿dónde estabas? -.
Por primera vez se dio cuenta de que el rostro de su padre reflejaba una angustia que
nunca antes le había visto.
- Te estaba buscando, tenemos que irnos -.
- ¿Irnos?, ¿a dónde? -.
Ni siquiera se había percatado de la presencia de Saila y eso era algo muy raro en él.
- Te lo explicaré por el camino, recoge todo esto - Miguel vio por primera a la joven
rubia - ¿Tú debes de ser Saila? -.
- Sí -.
- ¿Quieres explicarme qué pasa? - le preguntó Melba con impaciencia -.
- Quieres callarte y obedecerme -.
Su padre jamás le había hablado de aquella manera era obvio que algo muy grave tenía
que haber pasado, se movía nervioso y no dejaba de mirar para todos lados. Un ruido
atrajo su atención y sin pensarlo agarró por un brazo a su sorprendida hija
arrastrándola detrás de la roca dónde instantes antes se habían escondido, Saila no
entendía nada pero su instinto hizo que les imitara, quedando los tres tras la roca.
- Papá... -.
- Schssss... calla... ¿has cogido todo? - Miguel hablaba en susurros -.
- Sí, ¿qué...? -.
La mano de su padre le impidió continuar tapándole la boca a pesar de haber hablado lo
más bajo que pudo, Saila ni siquiera se atrevía a pestañear pues era obvio que alguien
le perseguía pero no sabía quién ni por qué, unas voces se escucharon muy cerca de
ellos.
- No debe andar muy lejos, su hija siempre viene por aquí -.
- Lo sabía Santiago, siempre pensé que ese no era trigo limpio, ¡Un escritor por dios!,
qué se puede esperar de un vago y con esa golfa que tiene por hija, que se dedica a
calentar a los chicos decentes del pueblo -.
- Tranquilo Luis que ese rojo no se nos escapa, va a saber lo que es bueno el cabrón
ese y su hija también -.
Esperaron hasta que la pareja de guardia civiles se alejaron para salir de su escondite
e internarse entre unos arbustos donde podían ocultarse mejor.
- ¿Pero qué ha pasado? -.
- Melba tenemos que salir de aquí, al atardecer veré a Manolo, pasará con la excusa de
ir al terreno que tiene por aquí detrás pero en realidad nos iremos con él -.
- ¿A dónde? -.
- Tenemos que huir de aquí, coger el barco -.
- ¿El barco?, ¿quieres decir que...? -.
- Sabes lo que quiero decir he cogido todo el dinero que tenía, allá hay gente que
conozco, está tu tío y nos podrá ayudar -.
- ¿Dónde? - la voz inocente de Saila se oyó por primera vez -.
- Mi padre quiere que nos vayamos de la isla -.
- ¿Fuera? -.
- ¿Quieres contarme que ha pasado? -.
- Me han acusado de escribir contra el nuevo régimen, no tienen pruebas pero eso les
da igual, si me cogen me fusilan y a ti... no quiero ni pensar lo que te harían -.
- ¿Qué escribiste? -.
- Hija, eso no importa, me tienen ganas desde hace tiempo, sencillamente no le gustan
los tipos como yo -.
- Vengan a mi casa - dijo Saila sorprendiendo a ambos - Mis padres no le delatarán,
Miguel, ellos mismos han huido de Alemania por algo parecido, le ayudaran sin dudarlo -.
- Eso no importa, los guardias civiles han de estar allí seguro, los extranjeros como
ustedes les gustan tan poco como los escritores como yo -.
- Haremos una cosa, iré a mi casa y lo comprobaré, conmigo no tienen nada -.
- Saila - Melba la miró a los ojos con preocupación -.
- No pasa nada, iré para ver si andan por allí o si mis padres saben algo y volveré,
¿de acuerdo? -.
- Ten mucho cuidado, niña, con ellos nunca se puede saber -.
Saila se fue no sin antes darle un fuerte beso en la mejilla a Melba que no le quitó
ojo mientras se alejaba con paso firme y decidido.
- Parece que tienes una buena amiga, ¿eh?, ya era hora -.
- Papá, sé que no es el momento pero tengo algo que decirte -.
- Tienes razón no es el momento pero dímelo de todas formas, parece importante -.
- Lo es y sin embargo... no sé cómo decírtelo -.
- ¿Es acerca de Saila? -.
- ¿Cómo lo sabes? -.
- Intuición de padre, supongo, ¿qué pasa con ella? -.
- Ha pasado algo... con ella... conmigo... yo... ella -.
- ¿Quieres decirlo de una vez? -.
- Nos besamos -.
Miguel no respondió, parecía no haber entendido bien lo que su hija quería decirle.
- ¿Cómo que se besaron? -.
- Sí..., en los labios -.
- ¿Por qué? -.
- Me gusta papá, sé que te debe de sonar horrible pero así es, no me gustan los chicos
al menos los de este pueblo -.
- Eso no debería cogerme de sorpresa - su padre la miraba muy serio -.
- ¿A qué te refieres? -.
- Tu madre siempre decía que te parecías mucho a su hermana, tu tía Marta -.
- ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? -.
- ¿Recuerdas a Isabel? -.
- ¿Isabel? - Melba no entendía a dónde quería ir a parar su padre sin embargo asintió
con la cabeza pues se acordaba de la mejor amiga de su tía -.
- Eran mucho más que amigas, Melba -.
- ¿Qué quieres decir? -.
- Estaban enamoradas por eso vivían juntas, no eran solteronas como todo el mundo
decía, ellas mismas formaban un matrimonio, tu madre vivió todo aquello pues era la
única que lo sabía -.
- Me cuesta creer eso -.
- Pues es la verdad, la única verdad, ella decía que tu habías salido a tu tía pero
que aún eras joven para saberlo, al parecer ya no eres tan joven -.
- ¿Y qué piensas tú? -.
- Pienso que llegará un momento en que todo esto cambie, tardará mucho, muchísimo
tiempo pero llegará el día en que tu tía e Isabel no tengan que esconderse -.
- ¿Te parece bien? -.
- ¿Qué sientes por ella? -.
- La quiero -.
- Te ha dado fuerte, ¿eh? -.
- ¿Y eso es malo? -.
- No para mí, pero me das otra razón para huir de aquí, si alguien se entera de eso,
no quiero ni pensar lo que pasaría, lo que les pasaría a las dos. No es malo sentir
amor, Melba, de hecho es lo más maravilloso que tenemos, ¿verdad? -.
Un ruido les hizo agacharse hasta quedar prácticamente acostados sobre la tierra
ocultos tras los arbustos, al ver a Saila acercarse Melba no pudo evitar suspirar
aliviada por doble motivo, no eran los guardias y ella estaba bien. Antes de ir con
ellos la joven miró a todos lados comprobando que nadie pudiese verla.
- ¿Estás bien? - le preguntó Melba una vez estuvo a su lado -.
- Sí, escuchen, acababa de llegar y se lo estaba contando a mis padres cuando llegaron
ellos, han registrado todo, cada habitación y cada rincón de la casa, no han encontrado
nada pero prácticamente amenazaron a mis padres -.
- Cabrones -.
- Mis padres dicen que vayan para allá, les ayudarán -.
- ¿Cómo vamos a ir?, lo estarán vigilando -.
- No lo creo, no hay tantos guardias civiles aquí y no hay vecinos cerca que pudieran
delatarnos, al menos por esta noche -.
- No quiero involucrar a tus padres en esto pero me temo que no hay otra solución,
además la casa está justo en frente -.
- ¿En frente de qué? - preguntó Melba en un susurro -.
- El barco pasa esta noche por la playa del inglés, es allí dónde nos espera Manolo -.
- Papá todo esto es una locura, ¿qué vamos a hacer lejos de aquí?, ¿dónde pretendes ir? -.
- Melba no admito discusiones, no podemos hacer otra cosa, ojalá pudiera - Miguel
hablaba con rotundidad y mirando fijamente a Saila continuó - Sólo hay una manera de ir
a tu casa sin que nos puedan ver y es por las rocas, nadie pasa por el mar del infierno,
sólo su nombre les asusta -.
- ¿No es demasiado peligroso? - le preguntó Melba -.
- Es mucho más peligroso quedarse aquí -.
- Saila - dijo Melba mirándola a los ojos - Tú no tienes por qué venir, vete por
arriba y espéranos en tu casa -.
- Yo voy contigo y no pienso discutirlo - contestó con rotundidad -.
- Mi hija tiene razón, Saila, pero si ese es tu deseo entonces no perdamos más tiempo -.
La decisión de Saila la más joven de los tres con diferencia asombró por igual a ambos,
Miguel le guiñó un ojo a su hija y comprobando que no hubiese nadie saltaron de una
roca a otra adentrándose en la zona más peligrosa de toda la costa, el oleaje
sorprendía pues lo mismo estaba en calma como aparecía una ola que podía arrastrarte,
así como la corriente era tan fuerte que si te cogía no podrías salir sin ayuda y aún
así era muy difícil escapar.
La zona bordeaba una pequeña colina cubierto de frondosos tarajales lo que les ayudaba
en su propósito de no ser vistos, Saila iba delante mirando cada poco hacia detrás y
comprobando que tanto Melba como su padre la seguían sin problema, su agilidad era un
don natural.
- Ahí está -.
Saila se agachó señalando el lugar dónde se encontraba la casa.
- Será mejor ir por aquel lateral pero de todas formas habrá que cruzar el camino -
comentó Miguel - Saila, ¿hay alguna otra puerta? -.
- Si, está justo detrás de la casa, yo iré primero y les esperaré allí, de mi nadie
sospecha por ahora -.
- Gracias Saila, mi hija tiene suerte - Miguel le guiñó un ojo y la rubia sintió un
calor repentino subir por su cara -.
Miró a Melba y volvió a besarla esta vez en los labios antes de caminar hacia su casa,
lo hacía tranquilamente como si acabase de llegar de un paseo por la playa, abrió la
valla principal y desapareció tras lo muros. Miguel fue el primero en salir miró mil
veces hacia un lado y hacia otro y corrió hasta alcanzar el lugar señalado, su hija le
siguió un minuto más tarde. Una vez en su meta se dirigieron a la parte de atrás dando
un suave toque a la puerta que allí encontraron, esta se abrió y rápidamente entraron
dentro donde cruzaron un gran patio trasero hasta entrar definitivamente en el interior
de la vivienda donde los padres de Saila les esperaban.
- ¿Están bien? - preguntó el padre - ¿Les han visto? -.
- Espero que no, si lo hubieran echo ya estarían aquí -.
- Papá ellos son los padres de Saila, Mark y Helen -.
- Muchas gracias por ayudarme a los dos, no sé cómo agradecérselo -.
- Comiendo lo que he preparado -.
Helen sonrió mostrando la misma sonrisa que su hija Saila, se dirigieron a la cocina
donde almorzaron algo prácticamente por obligación, ninguno de los dos tenía hambre ni
podía pensar en comida con todo lo que estaba pasando.
- Miguel, ¿qué piensa hacer?, Saila nos ha dicho que van a coger un barco -.
- Supongo que con ustedes puedo hablar después de lo que han hecho, hay un barco que
pasa cada cierto tiempo por aquí, en realidad, sólo Manolo sabe exactamente cuando, ese
barco recoge a gente de todas las islas para llevarlos a Venezuela -.
- ¿Venezuela? - la voz de Saila sonó con fuerza -.
- Schssss, no grites, ¿estás loca?, sé que será muy difícil pero no nos queda otra
opción si me quedo aquí me fusilarían seguro y a Melba, no quiero ni pensar lo que
harían con ella -.
- ¿Pero qué van a hacer allí? -.
- Mucha gente lo hace, mi hermano Juan se fue hace dos años y nos ayudará estoy seguro,
me escribe con regularidad y sé dónde encontrarlo, tengo dinero suficiente para pagar
los dos billetes y para sobrevivir un tiempo allí, ya encontraré trabajo -.
- Es usted muy valiente, Miguel, sea lo que sea que ha hecho estoy segura que estuvo
bien - le sonrió Helen -.
Melba no podía pronunciar palabra y su mirada se mantenía fija en el suelo bajo sus
pies, Saila se acercó a ella mientras los padres hablaban, la cogió de una mano y tiró
de ella suavemente obligándola a levantarse y seguirla hasta su habitación. Se sentaron
en el colchón la una junto a la otra, ninguna de las dos era capaz de hablar ni de
mirarse.
Saila fue la primera en reaccionar se giró y la abrazó con todas sus fuerzas, las
lágrimas que había conseguido retener desde que supiera lo que pasaba brotaban ahora
sin control al pensar que no volvería a ver ni a sentir a la persona que amaba con toda
su alma. Melba sólo pudo corresponderla y ambas se fundieron en un largo abrazo
mientras las lágrimas mojaban las mejillas de las dos amantes.
- Te amo Melba, te quiero con toda mi alma, no lo olvides nunca, por favor -.
- No quiero dejarte, ¿qué voy a hacer si no estás conmigo?, no puedo vivir sin ti, no
puedo -.
- Melba mírame - Saila le cogió la cara con ambas manos limpiando la humedad que en
ella había - No puedes quedarte, te matarían igual que a tu padre... él tiene razón es
la única solución posible -.
- Estaré muerta igual, si tú no estás conmigo -.
- No cariño, seguirás viva y yo estaré aquí esperándote hasta que puedas regresar -.
- No puedes prometer eso, no sé cuándo regresaré ni siquiera sé si lo haré algún día...
esto es tan repentino... es tan doloroso... no - dijo la morena mirándola fijamente -
No te dejaré, no quiero, no puedo, tú lo eres todo para mi, no tengo vida sin ti, me
moriré -.
Saila se levantó repentinamente cerrando la puerta de la habitación, sus padres lo
entenderían y aún faltaban algunas horas para que anocheciera, ese tiempo era para las
dos y sólo para ellas.
El amor se convirtió en deseo y el deseo en pasión, ambas se entregaron concientes de
que aquella vez probablemente sería la última, se fundieron una y otra vez en una sola,
un solo cuerpo y un solo corazón latiendo al unísono, como si el mundo se acabara en
aquel instante y así era, el mundo que habían creado se desvanecía ante sus ojos sin
poder evitarlo. Era mucho más que sexo, mucho más que un desahogo físico, lo que allí
se producía era la unión de dos almas, la consagración de un amor que pasara lo que
pasara duraría eternamente y ambas lo sabían.
*****
Levantó la vista del libro para mirar a la anciana cuyo rostro se hallaba bañado en
lágrimas, todo aquello debía de ser demasiado doloroso para ella.
- Saila, ¿quiere que lo dejemos por hoy? -.
No la miró ni abrió la boca pero con un gesto de la cara le indicó que estaba de acuerdo,
su corazón revivía aquellos duros momentos y no aguantaría nada más.
- ¿Puedo hacerle una pregunta? - dijo Lua en un tono suave, al no recibir respuesta
dudó, aún así le preguntó - Si esto es tan doloroso para usted, ¿por qué se empeña en
leerlo? -.
- Si dejásemos de recordar el pasado por ser doloroso nunca podríamos aprender de él y
lo que es más importante nunca podríamos enseñar a través de él -.
- Desde el principio, siento que quiere decirme algo con todo esto pero no la entiendo -.
- Quiero enseñarte, mi querida Lua, y lo haré, estoy segura -.
- Pero... -.
- Es tarde y necesito acostarme, mañana será un día duro -.
- ¿Por qué?, ¿qué pasa mañana?-.
- Buenas noches, Lua -.
- Buenas noches, Saila - observó a la anciana moverse con lentitud - ¿Quiere que le
ayude? -.
- Esta vez me vendría bien, gracias -.
- No tiene más que pedírmelo, Saila, no se haga la fuerte conmigo -.
- Vaya, la niña ya me está reprendiendo - se rió -.
- Alguien tiene que hacerlo -.
- Uy, créeme, no falta gente que me reprenda -.
Lua quiso preguntarle pues casi nunca veía a nadie, sin embargo, sabía que no iba a
conseguir nada haciéndolo por lo que desistió, la acompañó hacia su cuarto y la ayudó a
acostarse.
- Gracias -.
La anciana le cogió una mano y la besó algo que la sorprendió, para compensarla se
acercó a ella depositando un suave beso sobre su frente a lo que la anciana Saila
respondió regalándole una de sus maravillosas sonrisas.
- Buenas noches, Saila -.
- Buenas noches, mi niña Lua -.
Se acercó hacia la puerta y se disponía a cerrarla cuando la voz de la anciana la
detuvo.
- Lua, por favor, creo que me dejé el sombrero en la mecedora de fuera, ¿podrías
entrarlo?, con el sereno de la noche se humedecería -.
- Por supuesto, no se preocupe y duerma tranquila -.
- Lo intentaré... y tú también -.
Cerró la puerta y salió al porche, la noche estaba agradable no obstante el verano se
acercaba y comenzaba a notarse, vio el sombrero de la anciana y lo cogió, miró hacia el
mar y en ese momento se acordó de las palabras de Deray: "Te esperaré esta noche ".
Sonrió al ver el mismo coche que vio en su primera noche cuando aquella chica se bañó
desnuda ante sus ojos, hasta ahora no lo había pensado pero no podía haber sido otra
más que la rubia.
Dejó el sombrero dentro de la casa y se encaminó hacia el coche, estaba cerrado y en su
interior no había nadie, sin duda estaba en la playa, se quitó los zapatos y caminó
descalza por la arena negra, esa noche había luna llena e iluminaba todo el lugar
pintando una estela plateada sobre el negro mar nocturno.
No había ni rastro de Deray en toda la playa y comenzaba a preocuparse, se acercó a la
orilla con la esperanza de que estuviera dándose un baño, al no verla decidió caminar
un poco más pues en algún lado tendría que estar, llegó hasta las rocas que marcaban el
final de la playa.
Un sonido que llevaba escuchando desde que comenzase a caminar volvió a sus oídos
identificándolo con claridad, era la suave melodía de una flauta, una sonrisa fue
iluminando su cara lentamente y buscó a la flautista, miró para arriba lejos de la
orilla y allí estaba sentada al modo indio sobre una toalla, llevaba unos pantalones
cortos y una camiseta sin mangas y cerraba los ojos mientras tocaba.
Sin dejar de mirarla se acercó a ella y se sentó a su lado sobre la fresca arena que
había perdido ya el calor acumulado durante el día deleitándose con aquel maravilloso
sonido que parecía haberse intensificado, señal de que Deray era plenamente conciente
de su cercanía, dio el último soplo al instrumento y lo dejó suavemente sobre la toalla.
- Pensé que ya no vendrías - dijo sin mirarla -.
- ¿Esas composiciones son tuyas? -.
- Llevo dos horas esperándote y sólo me dices eso -.
- Te fuiste sin decirme nada, no es culpa mía que lleves dos horas -.
- No he dicho que lo sea -.
Lua miró a Deray que la miraba a su vez, no sabía muy bien por qué pero aquella noche
estaba más guapa que nunca.
- Hola - le sonrió -.
- Hola, por lo menos sabes saludar - Deray le devolvió la sonrisa echándose de lado
sobre la toalla y apoyando la cabeza en su mano -.
- Sé hacer muchas más cosas -.
- Ummm, ¿estás coqueteando conmigo? -.
- Alguna vez me tenía que tocar a mi - la morena la imitó en su posición echándose
frente a ella aún sobre la arena -.
- Puedo hacerte un hueco aquí - dijo rodándose un poco y dejando parte de la toalla
libre - Vas a llenarte de arena -.
Lua se levantó sacudiéndose la arena y se colocó en la misma posición sobre la toalla
quedando ambas frente a frente y a escasos centímetros...
- ¿Qué tal la lectura? -.
- Triste -.
- ¿Por qué? -.
- ¿Has leído el libro? -.
- ¿Por qué era triste? -.
- Ambas protagonistas tienen que separarse y probablemente será para siempre -.
- ¿Cómo lo sabes? -.
- ¿El qué?, ¿qué se separan? -.
- ¿Cómo sabes que será para siempre? -.
- Una se va a otro país y en esa época las comunicaciones son muy difíciles -.
- Eso no significa que no se vayan a volver a ver -.
- Es muy complicado, una para Venezuela y la otra es alemana, si regresara a su país
sería prácticamente imposible, además acabaran conociendo a otras personas -.
- Puede ser, pero sí el amor es real se querrán toda la vida -.
- Supongo... ¿sabes de qué tengo ganas? -.
- ¿De qué? -.
Las hormonas de Deray se dispararon como locas, llevaban dos horas aguantando y no
podrían hacerlo ni un minuto más, miró fijamente los labios de la morena y se acercó
lentamente hacia ellos completamente hipnotizada, sin embargo, Lua se levantó de
repente y comenzó a desnudarse.
- Me apetece un baño -.
- ¿Un baño?, ¿ahora? -.
- Sí, ahora - se colocó de cuclillas en ropa interor acercándose a la sorprendida cara
de Deray, los papeles se habían cambiado - Es algo que tu haces a menudo, ¿por qué no
hoy? -.
- Yo tenía pensado... -.
No pudo terminar la frase pues Lua se hallaba ya completamente desnuda frente a ella y
sonriéndole salió corriendo hacia la orilla, Deray no salía de su asombro siendo
incapaz de reaccionar observó como el cuerpo de la morena se zambullía en el mar para
volver a emerger un segundo después iluminada por la luna llena. Cuando logró volver a
la realidad no lo dudó y ella misma se desnudó dejando la ropa sobre la toalla y
caminando a la orilla.
- ¡Vamos, no seas tímida! -.
- No soy tímida y no grites, no quisiera tener compañía -.
- Métete sin pensar -.
- No te vayas lejos, aquí hay mucha corriente -.
Se hallaba ya cubierta por el agua hasta el cuello únicamente su rubia cabeza
permanecía seca.
- ¿Desde cuando eres tan responsable? -.
- Desde que me preocupo por ti -.
- ¿Lo haces? -.
- Sí, así que ten cuidado -.
Lua se zambulló tardando en salir, Deray miraba a todas partes esperando verla emerger
por cualquier lado, sin embargo, el tiempo pasaba y seguía sin aparecer, poco a poco se
iba poniendo cada vez más nerviosa y comenzó a nadar hacia delante buscándola hasta que
dejó de hacer pie, de repente, Lua salió del agua justo frente a ella.
- ¡Qué susto me has dado! , ¿se puede saber qué...? -.
Los labios de la morena le impidieron terminar la pregunta volviendo a sorprenderla una
vez más, los movía con suavidad contra los suyos deleitándose con el contacto y Deray
comenzaba a reaccionar y a responderle notando cómo crecía una ola de sentimientos en
su interior, movían los brazos y las piernas pues ninguna de las dos hacía pie hasta
que Lua se separó sonriéndole.
- ¿No te gusta mojarte? -.
- ¿Cómo? -.
Sintió como las manos de Lua la hicieron hundirse para dejarle salir al momento.
- ¿Qué haces? -.
- Me gusta verte con el pelo mojado, ahora ya podemos salir -.
- ¿Salir? -.
- Nos estamos alejando, venga vamos -.
Ambas nadaron hacia la orilla, Lua llegó la primera y se levantó disponiéndose a salir
del agua, sin embargo, el abrazo por detrás de Deray se lo impidió, ahora le tocaba a
ella tomar la iniciativa por primera vez aquella noche.
- No quiero que te vayas -.
- Y no me iré si no es contigo -.
Suavemente Deray la arrastró de nuevo hacia dentro hasta que los cuerpos quedaban casi
totalmente cubiertos, sin soltarla de su abrazo comenzó a besarle el mojado y salado
cuello, casi eran de la misma estatura por lo que no le suponía ningún esfuerzo, Lua
llevó una mano hacia detrás apretando la rubia cabeza y girando lentamente la suya
hasta encontrar los labios que tanto deseaba y besarlos con pasión. Abrazadas, cuerpo
con cuerpo, se besaron sin prisas sintiendo el calor y el deseo que las envolvía, las
manos de Deray recorrían sin control la espalda de Lua apretándole de vez en cuando las
nalgas.
- Vamos fuera o... nos moriremos... de frío - consiguió decir Lua entre beso y beso -.
- Yo... sólo... siento... tu calor -.
Lua logró zafarse del abrazo de Deray y cogiéndola de la mano la obligó a salir del
agua, llegaron hasta la toalla y se acostó boca arriba esperando a la rubia quien no
tardó en pegar su cuerpo contra el suyo, aquel contacto era suficiente para volverla
loca de deseo nublando su mente por completo, en el mundo sólo existía Deray y la
pasión que en aquellos momentos las envolvía .
No sabía cuánto tiempo había pasado, es más ni siquiera le importaba, se encontraba
acostada boca arriba acariciando la morena cabeza de Lua que descansaba sobre su pecho
tras todo el amor que se habían dado mutuamente.
- ¿Cómo te sientes? -.
- Estoy en el cielo, mi amor, esta playa es el olimpo y tu eres mi diosa -.
- ¿Qué estás diciendo? - se rió Deray -.
- Que te quiero - Lua se levantó para mirarla a los ojos -.
- ¿Ya no te importa que me lleves doce años? -.
- Eso es algo que había olvidado por completo - sonrió al pensarlo - Ummm, acabo de
cometer un delito -.
- ¿Un delito? -.
- Me he acostado con una menor -.
- Voy a cumplir dieciocho, ya te lo dije -.
- Sí, me lo has dicho - volvió a apoyarse sobre el pecho de la rubia - ¿Cuándo los
cumples? -.
- El jueves, ¿por qué? -.
- Por saberlo -.
- No me irás a regalar nada, ¿verdad? -.
- ¿No te gustaría? -.
- No quiero que te molestes -.
- Ya se verá, y además... ¿qué te hace pensar que te lo mereces? -.
- Serás... - Deray comenzó hacerle cosquillas en el costado lo que parecía surtir
efecto.
- Vale, vale... sí te lo mereces -.
- Así me gusta más... - de repente se puso seria - Entonces las dos protagonistas se
separan -.
- ¿Cómo? -.
- Sí, las dos del libro se separan -.
- Eso parece -.
- ¿Qué piensas de las relaciones a distancia? -.
Lua se incorporó para mirarla.
- ¿Por qué me preguntas eso? -.
- Por curiosidad, quiero conocerte más -.
- No creo mucho en ellas, es muy difícil de cumplir por mucho que quieras a alguien,
aunque también depende de por cuánto tiempo sea -.
- Digamos unos cinco años pero con intervalos, es decir, una relación con alguien que
sólo está en vacaciones, navidad, esas cosas -.
- ¿Qué me estás queriendo decir? -.
Lua se incorporó un poco más sentándose y Deray la imitó quedando hombro con hombro.
- Verás, dentro de dos semanas me iré -.
- ¿A dónde? -.
- A Madrid, voy a estudiar en La Complutense -.
- ¿En la universidad?, claro es lógico, ¿qué vas a estudiar? -.
- Eso no es lo importante, yo sé que te quiero pero no sé si querrás seguir estando
conmigo -.
- Eso, Deray, sólo el tiempo lo podrá decir, de todas formas yo nunca interferiré en
tus estudios, si tienes que ir a Madrid vete, es muy buena universidad -.
- Pero no quiero dejarte y si... -.
- ¿Y si qué? -.
Lua le cogió la cara con las manos acariciándola con ternura.
- Escúchame, es tu futuro de lo que estamos hablando, nunca permitiría que lo dejases
por mi, ¿está claro?, vas a ir a Madrid y yo te esperaré aquí si hace falta -.
- Me gustaría poder creer eso -.
- ¿Sabes?, si algo he aprendido es que no siempre puedes controlar tu destino, tú
tienes que continuar estudiando y yo debo encontrar mi camino, si la vida quiere que
permanezcamos juntas lo estaremos, eso tenlo por seguro -.
- No entiendo como ha sido -.
- ¿El qué? -.
- No entiendo como he podido enamorarme tanto de ti en tan poco tiempo -.
La morena no pudo resistirse y volvió a besarla tiernamente, tras el beso la abrazó.
- Yo también estoy enamorada de ti y te esperaré, pero no pretendo que tu lo hagas -.
- ¿Cómo? -.
- Eres joven y en la universidad conocerás mucha gente, créeme he pasado por eso, es
toda una experiencia y no te privaré de que la vivas plenamente -.
- ¿Te refieres a si conozco a alguien por allá? -.
- Exacto - miró a Deray que la observaba confusa - No me entiendas mal, no creo en el
amor libre y si encuentras alguien estando conmigo, por favor, no me lo digas, vas a
vivir una de las mejores experiencias de tu vida y no seré yo quien te lo impida -.
Deray no sabía que decir sólo podía dejarse llevar por el amor que en esos momentos
sentía por Lua y que crecía al oírla hablar de aquella manera. La morena seguía
hablando pero ya no la escuchaba sólo miraba los labios moverse y sin pensarlo se lanzó
sobre ellos, sorprendiendo en un primer momento a su dueña que gratamente sucumbió a
los deseos de su amante y una vez más se amaron sin prisas, conociéndose un poco más y
disfrutando la una de la otra.
- Todavía no me has hablado nada de ti -.
Lua permanecía abrazada a la rubia y descansaba su cabeza sobre el pecho de Deray que
miraba hacia el cielo y sobre todo observaba la luna, único testigo del amor que se
acababan de regalar.
- ¿De mi? -.
- Sí, yo te he contado mi vida pero aún no sé nada de ti -.
- ¿Qué quieres saber? -.
- Todo - al no recibir respuesta decidió preguntar - Por ejemplo, ¿naciste aquí? -.
- Sí -.
- Sin embargo, pareces extranjera, eres rubia, con ojos azules y de piel blanca,
además eres alta, o al menos estás por encima de la media de las del pueblo por lo que
he podido ver -.
- Mi padre es alemán pero mi madre era de aquí -.
- ¿Alemán? -.
- Sí -.
- Es curioso -.
- ¿Por qué? -.
- Alemán igual que Saila -.
- Sí -.
- ¿Y tu madre murió? -.
- Hace algunos años, apenas la conocí -.
- Por eso vives con tu tía -.
- No, con mi tía sólo trabajo, yo vivo con mi hermana pequeña -.
- ¿Tienes una hermana? -.
- Sí, tiene 12 años y se llama Mayte -.
- ¿Y tu padre? -.
- Vive en Alemania, este nunca fue su mundo pero mi madre no quería vivir allá, así
que terminaron separándose pero siempre se quisieron, cuando mi madre murió lo que más
recuerdo es a mi padre llorar como un niño -.
- Muchas veces las relaciones se complican demasiado -.
- Sí pero si no te arriesgas puedes perder mucho más -.
- Habló la niña -.
- Voy a cumplir... -.
- Dieciocho ya lo sé, además el jueves -.
Lua permaneció en silencio durante un rato.
- ¿En qué piensas cariño? - Deray le acariciaba dulcemente su pelo rizado -.
- Antes te hice una pregunta que no me respondiste -.
- ¿Cuál? -.
- ¿Has leído "Dos besos para una rosa"? -.
- Digamos que sé de qué va -.
- Es Saila la protagonista, ¿verdad?, el libro habla de su vida -.
- ¿Tienes dudas? - Deray se rió.
- Se me hace un tanto raro pero eso explicaría porqué no le extraña ni le afecta que
tu y yo estemos juntas, es decir, que dos mujeres se quieran -.
- ¿Por qué habría de afectarle? -.
- Eso mismo digo yo, ¿y qué pasó con la tal Melba?, ¿nunca volvió a verla? -.
- Ah no, no pienso contarte el libro tendrás que leerlo con ella, Saila me mataría si
lo hiciera -.
- ¿Siempre ha vivido sola? -.
- ¿Sola?, ella nunca está sola Lua -.
- ¿Tú también?, nunca hay nadie en la casa salvo alguna visita de vez en cuando, yo
siempre la veo sola salvo que te refieras a que la acompañan sus recuerdos -.
- Los recuerdos tengas la edad que tengas siempre van contigo -.
- Hablas como ella - Lua se levantó y apoyó los brazos sobre el pecho de Deray dejando
descansar sobre ellos su barbilla y mirándola a los ojos -.
- Eso es todo un elogio para mi -.
- La aprecias mucho, ¿no? -.
- La quiero como si fuera de mi propia familia, ¿y tú? -.
- Le estoy cogiendo cariño, es una persona muy amable y bondadosa, tan bella por fuera
como por dentro, es difícil no quererla -.
- Eso es muy cierto -.
- ¿Por qué no me cuentas lo que sabes de ella? -.
- No me corresponde a mí contártelo, sólo ella puede contarte su vida -.
- Si fueras su nieta no podrías ser más parecida, hasta dices sus mismas frases -.
- ¿En serio?, ¿cuándo te dijo eso? -.
- Cuando estuve a punto de preguntarle por ti -.
Deray sonrió y la acarició la cara con ternura.
- Te he dicho lo mucho que me gusta tu mirada -.
- Sí, pero puedes repetírmelo, no me importa -.
- Presumida -.
- Nunca he visto unos ojos tan azules como los tuyos -.
- Son como los de Xena, ¿verdad? -.
- ¿Xena? -.
- Sí, la serie -.
- ¿Pero es qué tú también ves eso?, a Saila no se la puede molestar cuando la ponen
por la tele -.
- Es que está muy bien, deberías verla alguna vez, aunque nunca entendí del todo esa
afición tan grande que le tiene -.
- Yo tampoco, a mí la tele no me gusta - Lua volvió a acostarse descansando su cabeza
sobre el pecho de la rubia y rodeándola con su brazo - Al menos podrías decirme de
dónde has sacado todas la cosas que tiene, sobre todo en el salón -.
- ¿Aún no le has preguntado por eso? -.
- No he tenido ocasión -.
- Te repito lo mismo, no me... -.
- ... corresponde a mi decírtelo, sólo ella puede hablar de su vida - le contestó Lua
en un tono serio y a la vez burlón -.
- Cierto, veo que ya vas aprendiendo -.
- Siento decir esto pero debería irme y tú también, debe de ser tarde -.
- Para mí no es tarde estando contigo -.
- Venga, lo digo en serio yo tengo que trabajar mañana, ya me dijo Saila que será un
día duro -.
- ¿Por qué? -.
- No lo sé, ya me lo dirá -.
Con disgusto y haciendo una gran esfuerzo ambas se separaron por aquella noche, sin
dejar de besarse y abrazadas se dirigieron hacia el coche, se despidieron cariñosamente
y cada una siguió su camino como lo harían más tarde.
Continuará...