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UN LUGAR JUNTO AL SOL
Nira
Su nueva vida comenzaba un martes, un mal día para embarcarse. Se sentó en la cubierta
mirando hacia la playa esperando que comenzaran a sonar los motores del barco y que la
gran chimenea escupiera hacia el cielo su columna de humo negro, indicadores ambos del
comienzo de su viaje.
Hacía ya bastante tiempo que sentía la necesidad de cambiar su vida y la quiebra de la
empresa dónde había trabajado durante cinco años constituía sin duda una señal, o así
lo interpretó haciendo caso por primera vez a su corazón, la razón ya había tenido
demasiadas oportunidades. No le importaba nada el hecho de no volver a trabajar allí,
en cierto modo era un alivio pero comenzaba a desesperarse, por una u otra causa no
conseguía centrarse en un trabajo concreto aunque era buena en su campo.
Aquella fue la única vez que salía a su hora de la oficina, sonrió amargamente al
recordar cuando se quedaba trabajando sola hasta entrada la noche, ¿haciendo qué?, ya
ni siquiera se acordaba. Quizás había tenido mala suerte o se equivocó en su camino,
¿acaso el destino intentaba decirle algo?, o, ¿es que simplemente se había convertido
en el juguete preferido de algún dios aburrido?.
Fuera como fuera, esperaba contentar esta vez a su propio destino pues no soportaba el
camino que se había marcado en la vida, una vida materialista en una sociedad que juzga
a sus individuos por lo que tienen y no por lo que son realmente. Ella sentía que podía
dar mucho más de si y que aún estaba a tiempo.
Cuando habló con su madre que residía en Sevilla desde hacía cuatro años creyó que era
una broma, no podía ser que su talentosa hija, segunda en su promoción en la facultad
de económicas, jefa de administración con 24 años y directora financiera con 27,
hubiera tirado la toalla de aquella manera sin ni siquiera luchar, y más aún cuando
supo lo que pretendía hacer en los próximos meses. Pero ella no lo veía así, a veces,
hay que pararse a pensar hacía donde te diriges y qué cosas son realmente importantes
en tu vida para poder seguir adelante. Sentía que había llegado el momento de cambiar.
Al tiempo que intentaba convencer a su madre también intentaba convencerse a si misma
pues algo en su interior le decía que era una auténtica locura y, en el fondo, tenía
razón. Pero también sabía que si salía mal siempre podría buscar trabajo en aquello
para lo que se había preparado, y tendría que arriesgarse o lo lamentaría el resto de
su vida.
La fría y mañanera brisa del mar le acariciaba la cara provocando que se abrazase a su
rebeca mientras veía como se alejaban cada vez más del muelle. Toda la isla estaba
despejada y parecía que iba a ser un buen día, no obstante la primavera había llegado y
se dejaba notar en las cálidas temperaturas, que por otra parte, son una constante al
sur de la isla.
Pocas veces había viajado en barco pero le gustaba ponerse siempre en cubierta, para
ver como milla a milla la isla se muestra en toda su amplitud. Recordaba la primera vez
que viajó en aquel barco con sus padres, sólo era una niña pues no tendría más de siete
años, fue algo inesperado y como todo lo que no se planea se saboreó mucho más, el
mundo parecía haberse puesto de acuerdo para sorprenderlos.
*****
- ¡Papá!, ¡Papá!, ¡¿son delfines?! - no podía controlarse y corría de un lado a otro
de la cubierta para verlos mejor.
- ¡Sí! - ven por aquí, le gritó su madre - ¡Vamos para delante! -.
- ¡Guauuu! -.
Los tres estaban entusiasmados con el espectáculo, un grupo de delfines se había cruzado
en el camino del barco y nadaban junto a ellos jugando con la popa, saltaban de un lado
a otro, tan cerca que podían ver la eterna expresión de sonrisa en sus bocas.
- ¡Son preciosos, verdad! - gritaba entusiasmada - ¡¿Viste como saltó ese?! -.
- Sí, ¡Pero bájate de ahí que me estás poniendo nervioso! - le gritó su padre, se
había subido tanto a la barandilla que la mitad de su cuerpo estaba por fuera.
- ¡Ya se van!... ¡Eh... no se vayan! -.
- Se van porque estamos ya muy cerca, mira - le indicó su madre.
- ¿Es ahí dónde vamos? - preguntó curiosa, la costa se veía cada vez más cerca.
*****
Llevaban unos tres cuartos de hora de travesía y ahora aquella isla no le parecía tan
grande, se podía apreciar su accidentada orografía cubierta de montañas y riscos lo que
constituía su principal característica. Era como si alguien hubiera cogido barrancos y
los hubiera pegado uno junto al otro hasta formar un círculo.
El mar había estado en calma y sólo la esperada tormenta de viento veinte minutos antes
de llegar a puerto, rompió la tranquilidad del viaje. Una voz femenina anunció la
llegada, así como pidió a los conductores que bajasen a los garajes sin arrancar aún los
motores de sus vehículos.
Mientras bajaba por la escalinata junto con unos pocos pasajeros buscaba con la mirada
al Sr. Schulz, que según le había indicado él mismo, le esperaría a su llegada en el
muelle, era un apellido raro para alguien de allí. Él tenía que viajar y saldría en el
próximo barco pero como no llevaría coche decidió dejárselo a ella y así podía recorrer
un poco la isla antes de ponerse a trabajar. Fue un gesto muy amable que ella agradeció
en su interior y también constituía un buen comienzo, una buena señal.
- ¿Señorita Quiroga? -.
La pregunta procedía de un hombre moreno de unos cuarenta años, más bien bajo y que
lucía una gran sonrisa.
- Sí, ¿el Sr. Quiroga? -.
- El mismo pero puedes llamarme Manuel y nada de usted -.
- Lo mismo le digo -.
- ¿También te llamo Manuel? - se rió el hombre.
- No - se extrañó de aquella pregunta - Me refiero que no me trate de usted, me llamo
Lua -.
- Tampoco nos vamos a llamar mucho pues yo tengo que coger el siguiente barco - volvió
a reírse, era un hombre muy alegre al parecer - El coche es ese de ahí - dijo señalando
un pequeño vehículo color rojo que permanecía aparcado frente a ellos.
- Vale, muchas gracias -.
- Veamos - dijo buscando en sus bolsillos - aquí tienes las llaves, esta es la
dirección de la casa - le entregó un papel completamente arrugado - perdona es que
llevo sentado encima de él todo el camino - se rió - soy un desastre -.
- Tranquilo a mi también me pasa alguna vez -.
- Creí que lo había perdido, ya ves, de todas maneras no tendrás problema para
encontrarla, es la última casa al final del camino, la más cercana a la playa, si no
pregunta por la casa de Saila que seguro que te contestan, incluso a los extranjeros de
allí también le podrás preguntar -.
- ¿Tan conocida es? -.
- Y tanto, además somos pocos, a mi madre la quiere todo el mundo - otra vez su risa
- bueno, tengo que irme que se me escapa el barco -.
- ¿Y el contrato? -.
- Ay, es verdad - abrió como pudo el maletín que llevaba y sacó unos papeles - es lo
que habíamos hablado, échales un vistazo pero rápido y fírmalos, yo te los traeré... no,
no, mentira... te los traerá mi hija dentro de un par de semanas, ella lo presentará en
el INEM, ¿vale? -.
Lua lo leyó por encima y lo firmó, normalmente nunca lo hacía tan rápido sin asegurarse
bien de todo lo que suponía pero en aquella ocasión no valía la pena, era un contrato
muy simple y contenía todo lo que habían estipulado previamente. Manuel agradeció su
rapidez y se marchó corriendo pues ya iban a quitar las escalinatas, se notaba que
viajaba mucho porque la azafata le saludó riéndose y recriminándole que siempre era el
mismo.
Buscó sus maletas en el carricoche que acababa de salir del garaje del barco y se
dirigió al vehículo que permanecía aparcado esperándola. Le gustaba conducir y más un
coche distinto al suyo, este no era nuevo precisamente, pero estaba bien cuidado. Tras
acomodar como pudo el equipaje en el estrecho maletero, arrancó el motor y miró una vez
más el papel arrugado con la dirección que Manuel le había apuntado:
CASA DE SAILA
La Playa del Inglés
Tabor
- Pues si que me va a servir de mucho - se rió - Bueno es en Tabor... aunque claro
eso ya lo sabía - pensó en voz alta.
Puso intermitente y salió del muelle abandonando a los pocos minutos la pequeña capital.
Todo a partir de ahora sería subida hasta entrar en el Parque de Laurisilva, eso sí,
siempre acompañada por curvas y más curvas. A medida que ascendía la inmensidad del mar
aparecía ante sus ojos así como toda la parte sur de la isla de Tenerife, era un
espectáculo impresionante rodeaba como estaba de precipicios y riscos.
A lo largo del camino comprobaría que sólo dos rectas existían en la carretera principal,
la isla era pequeña pero podías tardar más de dos horas entre una punta y otra sólo por
las curvas, además debido a tantas montañas se bajaba por un lado hasta un pueblo y se
subía por el otro lado para poder bordear tanto barranco. Era difícil perderse no sólo
estaba todo bien señalizado sino que se comunicaba a través de una única carretera
central. Sin embargo, se alegró de haber venido con tiempo suficiente para recorrer con
calma el lugar.
Le parecía estar en otro mundo desde que se adentró en aquel Parque Natural, dejó
aparcado el coche y ahora caminaba por un sendero habilitado en algún lugar de aquella
carretera, en completa soledad.
Los finos pero frondosos árboles brezales impedían el paso del sol que sólo podía
colarse por algunas de las hojas, formando hilos de luz que la acompañaban al caminar,
las hojas caídas en el suelo cubrían la humedad que provocaban los vientos alisios y
todo olía a tierra, a frescor, a naturaleza y a libertad.
Se paró mirando al cielo, cerró los ojos y abrió los brazos sintiendo en su cara la
pureza del aire, abrazando la calma de aquel hermoso sitio y escuchando el silencio,
sólo interrumpido por el canto de algunos pájaros.
Una sensación de paz y de esperanza se asentó en su corazón en aquel momento, su dios
ya no jugaba, ahora le tocaba a ella y sonrió, su destino estaba en sus propias manos,
como quizás lo estuvo siempre. Casi creyó oír su propia voz indicándole que aquel era
su camino, abrió los ojos y se rió de si misma. Una cosa era huir de una vida tan fría
como la que llevaba y otra muy distinta, era hacerse Hare Krishna de la noche a la
mañana y más sin saber muy bien que quería decir eso.
El paisaje cambiaba con cada curva y ahora se adentraba en lo que parecía ser la parte
más llana de la isla, en un letrero leyó: "El Palmeral". Los árboles eran sustituidos
por palmeras y arbustos que cubrían las pequeñas colinas, la carretera se había estrechado
considerablemente y conducía con más prudencia que antes.
La bajada al pueblo de Tabor la cautivó, grandes precipicios la acompañaban en el
descenso con paredes totalmente peladas salvo algunos pinos que no entendía como habían
podido crecer allí, riscos que imponían respeto y abajo, muy abajo junto al mar se
podía ver una parte verde del pueblo entre las laderas entrecruzadas de dos montañas,
que más tarde comprobaría que se trataba de campos de plataneras. Llegó hasta un
mirador y decidió aparcar para ver el paisaje que ofrecía.
El lugar se acoplaba muy bien con el entorno y parecía haber formado parte de él desde
siempre. Descubrió que se trataba de un restaurante escuela y apuntó para si misma que
tendría que probarlo algún día, algo que se prometió en cuanto comprobó las grandes
cristaleras que lo adornaban y, sobre todo, la vista que desde allí se disfrutaba.
Tabor ofrecía todo su esplendor y lamentó que estuviera sola pues quería saber que era
lo que veía, observó una gran roca, casi un risco que sobresalía en la parte alta del
valle y cuyo color oscuro le llamó le atención así como la vegetación que parecía
rodearle.
Miró la hora comprobando que ya eran las 5 de la tarde, llevaba todo el día visitando
la isla y parándose en cada pueblo. Se alegró de haber dicho que llegaría sobre las
seis, así nadie se preocuparía por ella, por lo menos hasta dentro de una hora. Pasó
unos minutos mas estudiando cada rincón de aquel hermoso valle y volvió al coche.
La carretera cambió y ahora era amplia, la bajada hasta el pueblo era pronunciada y
temió quedarse sin frenos, ojalá fuera cierta su impresión inicial sobre el cuidado de
aquel coche, afortunadamente así fue. Atravesó dos largos túneles como nunca había
visto hasta que al salir del último se encontró de bruces con el pueblo y se sorprendió,
pensaba que aún le quedaba mucho.
Las casas más altas eran de dos plantas y aunque se encontraban a cada lado de la
carretera no inundaban por completo el suelo del valle. Eran en su mayoría de color
blanco y se notaba que muchas habían sido construidas por sus propios dueños. En el
centro un barranco cubierto de palmeras y cañas de azucar le acompañaba durante todo el
camino.
Comprobó a medida que bajaba hacia la costa que muchas de aquellas casas se encontraban
en la ladera derecha del valle y a una altura considerable así como caminos de piedra
que conducían a ellas. En la ladera izquierda la orografía impedía construir y la única
edificación era una ermita y un plaza con su consiguiente camino empedrado.
Lo primero que tendría que encontrar era sin duda la llamada playa del inglés y para
eso tenía que llegar hasta la costa. La carretera terminaba en dos desviaciones, a la
izquierda ponía "El Muelle" y a la derecha otro cartel rezaba "La Playa", no lo dudó y
giró a la derecha. Los habitantes de aquel pueblo no parecían tener demasiada
imaginación a la hora de poner nombres.
La carretera antes ancha era ahora mucho más estrecha así como el firme era más
irregular, y además de doble sentido, dos sequias se encontraban a cada lado y podía
escuchar, cuando iba despacito, el correr del agua por ellas. A ambos lados se
encontraban las plataneras que sin duda eran el verde que había observado desde el
mirador.
Tuvo que pararse un par de veces para dejar pasar a los coches que subían y debido a la
gente que caminaba por allí, en su mayoría extranjeros con botas y mochilas a la
espalda, aunque otros parecían haberse asentado en el lugar y paseaban con el cochito
de sus hijos pequeños. "Vaya sitio para caminar con el cochito del niño" - pensó para
si misma, sin saber que tampoco tenían demasiadas opciones.
La carretera terminaba en otra de tierra y justo delante quedaba la playa, llevó el
coche hasta unos pequeños aparcamientos situados entre la playa y una pequeña ermita y
lo aparcó para echar un vistazo. Era de arena negra y tuvo que entrecerrar los ojos un
poco pues el sol le daba de frente, algunos niños jugaban y había gente bañándose, no
obstante hacía calor. El color del mar era de un azul intenso y observó extrañada como
un niño se tiraba de cabeza estando lejos de la orilla, comprobando al instante que un
roca sobresalía y hacía las delicias de los niños y no tan niños que se subían una y
otra vez lanzándose nuevamente al agua.
La playa no era demasiado grande pero lo suficiente para dar unos buenos paseos de vez
en cuando, buscó algún cartel que le indicase el nombre pero no lo vio, sólo había uno
en el cual se podía leer simplemente "la playa". Decidió preguntar a una anciana mujer
con un sombrero de paja en la cabeza y un vestido de flores muy usado, tenía toda la
pinta de ser del pueblo.
- Disculpe, ¿esta es la playa del inglés? -.
- Uiiii, no mija - la mujer hablaba con acento muy marcado, que parecía estuviera
cantando - La playa está por'ai - dijo señalando en frente - Tes que coger una carretera
que ai por detrás diisas casas -.
- ¿Y cómo llego allí? -.
- Coge por allí pa'allá - señaló la carretera que tenían enfrente, detrás de la
pequeña ermita - a la derecha viirás la carretera, iisa playa está pa'lla, todo recto
hasta el final - le sonrió de una manera extraña.
- Gracias... por casualidad, ¿sabe usted cuál es la casa de Saila? -.
- ¿Saila? - la mujer que estaba dispuesta a irse se paró en seco y la miró sonriendo -
Claru, es la última casa del final, no tiene pérdida - y cambiando la expresión a una
de pura curiosidad preguntó- ¿eres pariente diiella? -.
- No... y gracias -.
La mujer la miró con ganas de seguir preguntando y enterarse que quería aquella chica
de Saila y, sobre todo, quien era esa chica, pero Lua no le dio oportunidad y se
despidió sin más entrando en el coche.
- ¡Va a ver a la loca! -.
El grito y las carcajadas de los niños en la plaza le hicieron girarse bruscamente, un
grupo había escuchado atento la conversación y ahora se reían de algo que no entendía.
- ¡No está loca imbécil! - contestaron un par de ellos, muy serios.
- ¡Siempre está hablando sola! - se rieron los demás.
- ¿Y qué?, ¡Cállate! - contestó otro niño.
Un hombre que pasaba los regañó y parecieron tranquilizarse pero sabía que era algo
momentáneo, en cuanto se diese la vuelta volverían a las andadas. Siguió su camino
intentando no darle importancia a los comentarios de aquellos niños, al parecer no
todos estaban de acuerdo.
Siguió las indicaciones que le había dado comprobando que era verdad lo que Manuel le
había dicho, Saila era conocida en el pueblo y por que no iba a serlo, seguramente
había nacido allí. Y también eran acertadas las indicaciones de la anciana, enseguida
encontró el camino y decidida se dirigió al final del mismo.
No existían muchas casas por allí, pasó lo que parecía un campo de fútbol y a la
izquierda se veía arena negra y grandes tarajales. Unos metros más adelante por fin la
vio, era de arena negra como podía suponer pero completamente distinta a la anterior.
También se podía caminar y era ancha pero no tan larga, habían grandes rocas aquí y
allá, sin embargo, lo que más impresionaba eran los acantilados que se veían al fondo
donde la playa terminaba. Paró el coche y se bajó para mirarlos bien pero algo que no
esperaba la hizo apartar la vista por un momento.
Ahora entendía aquella extraña sonrisa de la mujer que le había indicado el camino
hasta allí, un pareja completamente desnudos paseaban tranquilamente por la orilla,
sin duda, se trataba de una playa nudista, un niño que no parecía tener más de tres
años corrió hacia ellos y la mujer lo cogió en brazos mientras el hombre le hacía
cosquillas. Le chocó tanta naturalidad pues en su familia siempre habían sido muy
pudorosos pero le pareció una estampa muy tierna después de todo.
Miró a su alrededor, no acababa de ver la casa y se extrañó de no haberla encontrado
antes, pues estaba justo enfrente de la playa. Suponía que era esa ya que no podía
existir ninguna otra más lejos, los acantilados lo impedían. Era una casa terrera de
una sola planta con árboles a su alrededor salvo en la parte frontal que estaba
totalmente despejado, un muro con una valla no demasiado alto la rodeaba.
Se acercó y no tuvo ninguna duda pues justo en el muro y junto a la pequeña puerta de
la entrada se podía leer "Casa de Saila" escrito con un fino alambre negro que resaltaba
sobre la pared blanca. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue lo que había
escrito justo debajo y también con el mismo tipo de alambre. No conseguía leerlo bien y
además parecía no ser español ni inglés o francés, tampoco alemán, sin duda, era en un
idioma desconocido para ella.
Llamó al timbre y se apoyó en la pequeña puerta de la entrada comprobando con asombro
que estaba abierta, entró y caminó por el pequeño sendero de azulejos que llevaban al
porche de la casa donde descansaban dos grandes sillas de mimbre, una de las cuales era
una mecedora, con dos grandes cojines y una lámpara muy sencilla que colgaba del techo.
Junto al camino que se encontraba a un lado de la casa, se hallaba un terreno en su
mayoría cubierto de flores lo que le daba un toque de color y de alegría al lugar.
Justo cuando se disponía a subir el primero de los dos escalones vio como la puerta
principal se abría para dar paso a una anciana mujer. Se quedó quieta observándola, era
una mujer guapa y mucho más debió serlo de joven, la expresión de su cara cubierta de
arrugas reflejaba serenidad y felicidad. Tenía el pelo corto y completamente cubierto de
canas, llevaba un traje blanco y sencillo que le daba una aire de mujer de las colonias,
calzaba unas también sencillas zapatillas de color marrón claro.
Pero todo aquello sólo eran detalles, había mucho más en aquella mujer y no sabía como
expresarlo ni definirlo. Era todo lo que transmitía, todo su ser parecía estar en paz
cuando la miraba y comprobó que también era ágil pues caminó sin ninguna dificultad
hasta donde estaba ella, a pesar de su avanzada edad, e incluso le tendió una mano para
subir el último escalón. En ese momento comprobó sorprendida que la mujer no veía muy
bien e incluso podría decir que era ciega pues su mirada no se centraba en ningún sitio
y aún así daba la sensación de que sabía perfectamente quien era. Una gran sonrisa
iluminó toda su cara antes de hablar.
- ¿Te molesta que te ayude una anciana? - preguntó con voz dulce al notar que Lua no
le cogía la mano, finalmente la aceptó y subió el último escalón.
- Gracias, señora -.
- Una joven agradecida, amable y educada - jamás desaparecía la sonrisa de su cara -
Y decidida, según parece, son buenas cualidades, ¿has traído el equipaje? -.
- Está en el coche, voy a buscarlo - dijo soltando la mano de la mujer y saltando los
dos escalones.
- No tengas prisa, muchacha, no hay porque además... - hizo una pausa dramática - Es
hora de sentarse -.
- ¿Sentarse? - preguntó extrañada y comprobó que la mujer se sentaba sin ningún atisbo
de duda en la mecedora de mimbre.
- Forma parte de tu trabajo - se rió, y su risa era el sonido más dulce que nunca
había escuchado, para provenir de una anciana - Hay más cojines dentro si te es muy
incómodo -.
- No, está bien así -.
Se acomodó sin dejar de observar a la mujer y su sonrisa, que parecían esperar algo las
dos, miró a su alrededor y no vio nada que le llamase la atención. Pensó que sería algo
así como una manía de vieja y una buena manía pues no se estaba nada mal allí, si no
fuera por el sol que le daba de frente. Observó a la anciana que cerraba los ojos como
sintiendo y concentrándose en el calor que recibía.
- Está a punto de ocurrir - dijo suspirando.
- ¿El qué? - preguntó esta vez sin entender nada.
La mujer esbozó una gran sonrisa y por un momento sus arrugas parecieron desaparecer,
Lua cerró los ojos y los volvió a abrir un poco para comprobar que le habían jugado una
mala pasada.
- Mira -.
La anciana le señaló al frente y ella intentó buscar algo llamativo pero no veía nada,
la mujer permanecía con los ojos cerrados y empezaba a preguntarse si no sería verdad
lo que decían aquellos niños.
- ¿Qué estás viendo? -.
- La puesta de sol - contestó Lua sin más.
- La puesta de sol - la anciana meneaba la cabeza como negando - ¿Qué estás viendo? -
volvió a preguntarle.
- Ya se lo he dicho -.
- No me has dicho nada - le sonrió - Mira al frente, a esa puesta de sol como tú
dices, y dime qué ves -.
- El sol está llegando al mar -.
- ¿Qué más? -.
- Sus rayos apuntan al cielo -.
- Bien, ¿de qué color? -.
- ¿Color? -.
- El cielo -.
- Azul -.
- ¿Sólo azul? - la anciana volvió a reírse.
- Bueno, no, también hay naranjas y amarillos -.
- ¿Dónde está el sol? -.
- Ya le queda poco -.
- ¿Qué forma tiene? -.
- ¿Forma? -.
- No importa, ya se ha ido, ¿verdad? -.
- Sí - el sol se había ocultado pero sus rayos aún iluminaban.
- Tendrás que mejorar mucho -.
Volvió a mirar a la anciana y comprobó con sorpresa que ya se había levantado y la
esperaba en la puerta.
- ¿Viene usted Srta. Quiroga? - le sonrió.
- Claro -.
Lua se levantó y la siguió por toda la casa que con paciencia le iba mostrando, junto
a la entrada y a mano izquierda se encontraba lo que parecía ser el salón, ya que tenía
mucha más semejanza con un museo de historia. En cada hueco libre de las paredes
existía una estantería de varios pisos y en cada una de ellas diferentes objetos los
adornaban, pero no eran objetos vulgares o simples adornos, se veían máscaras que
parecían pertenecer a alguna tribu africana, en otra estantería una gran catana la
ocupaba así como un abanico chino como nunca había visto antes. Sin duda, allí había
mucho que ver y con calma, únicamente dos sillones y una mesa constituían los únicos
objetos aparentemente normales en aquella habitación...
- ¿Todo esto lo ha comprado usted? - preguntó asombrada.
- Algo así - sonrió la anciana - ya tendrás tiempo de verlos con calma, quiero
enseñarte mi rincón favorito -.
La anciana caminó por el pasillo hasta pararse junto a una puerta de madera, la abrió y
un olor que le recordó a la biblioteca de la facultad llegó hasta ella. Entró tras la
anciana maravillándose de lo que allí había, tres de las paredes de la gran habitación
estaban ocultas desde el suelo hasta el techo por enormes estanterías repletas de
libros, sólo la pared por donde entraba la luz a través de la ventana se encontraba
completamente libre, debajo de la cual se situaba una gran mesa y una silla muy
sencillas junto con una lámpara en forma de flexo.
- ¡Qué cantidad de libros! -.
- Aquí pasaremos algún tiempo - le sonrió la anciana.
- ¿Aquí? -.
- Sí, me encantan las historias, ¿sabes?, me gustaba muchísimo leer pero ya no puedo -
se pasó una mano por la cara corroborando su ceguera.
- Se mueve usted increíblemente bien por esta casa -.
Era poco menos que sorprendente la agilidad con la que la anciana caminaba por aquel
lugar, sin tropezar absolutamente con nada, a pesar de estar repleta de objetos.
- Llevo muchos años aquí, la conozco tanto como mi propio cuerpo, aunque... mi cuerpo
ya no es lo que era - hizo como si se mirara de arriba abajo y se rió con su propio
comentario, Lua rió con ella - ¿Te ríes?, yo era una mujer muy guapa -.
- Y aún lo es -.
- ¡Bah! - dijo sin más - ¿Te gusta la lectura? -.
- La verdad es que no leo mucho por no decir nada -.
- Pues aquí te vas poner al día -.
- ¿Sabe leer Braille? -.
- Por desgracia nunca aprendí, mi ceguera apareció hace poco tiempo -.
- Parece haberse adaptado bien -.
- Es una habilidad, me preparé durante años - se rió.
- ¿Sabía que iba a quedarse ciega? -.
- No, nunca lo supe - una sonrisa enigmática asomó en su cara - seguiremos con la
visita -.
Los tres dormitorios se situaban en la parte trasera de la casa mientras que la cocina
se encontraba al principio justo enfrente del salón, al lado de la cual estaba uno de
los baños mientras que el otro formaba parte de la habitación principal, la de la
anciana Saila.
Aún no había terminado de colocar su equipaje cuando la anciana tocó a la puerta de su
habitación que permanecía abierta.
- Ya está la cena - su voz era amable así como su expresión.
- Lo siento mucho, eso debería haberlo echo yo - se lamentó de su falta de experiencia
pues se había descuidado y olvidado del porque estaba allí.
- No que va - le sonrió - Ya sabes donde está la cocina -.
- Pero... -.
La anciana ya había desaparecido así que colocó el pantalón que acaba de sacar de su
maleta en la percha del armario y salió del cuarto rumbo a la cocina. Al llegar ya la
señora estaba sentada frente a un plato de potaje y parecía esperarla.
- ¿Por qué siempre tardas tanto? - le preguntó sin ningún sentimiento de reproche en
su voz, sino todo lo contrario, parecía burlón.
- Lo siento, es que como ya dije a los que me entrevistaron, no tengo experiencia -.
- ¿No tienes experiencia? - siguió con el mismo tono burlón - ¿Es que nunca cenas? -.
- ¿Perdón? -.
- Te noto tensa, relájate sólo estamos las dos en esta casa, ¿o no?... ¿te gusta la
crema de calabaza? -.
- Sí, pero... -.
- ¿Es que de todo sacas un pero?, come tranquila, por favor - más que una orden casi
sonó a un ruego.
Comieron en silencio, a la crema de calabaza le siguió un suculento bistec y un postre
de un suave mousse de limón. Hacía mucho tiempo que Lua no comía tan bien ni tan
sabroso, al vivir sola se preparaba ella misma la comida y cocinar no era una de sus
mayores virtudes, solía cenar un simple sándwich y poco más. Mientras saboreaba el
mousse decidió hablar claro.
- Señora ... -.
- Sólo Saila, cielo, nada de señora, nunca me gustó -.
- De acuerdo, Saila, como he dicho, no tengo experiencia así que necesitaré...
- Sé lo que te han comentado - la interrumpió sonriendo - pero no te preocupes, no
estas aquí por eso -.
- ¿Cómo? - ahora sí que estaba totalmente perdida.
- Bueno, algo sí tendrás que hacer pero tareas suaves, una chica del pueblo viene
todos los viernes para hacer la limpieza fuerte y, con respecto a la cocina, no
permitiré que me quiten ese placer -.
- No entiendo... -.
- Lo sé, te gusta tenerlo todo claro y organizado, ¿verdad?, pero no te preocupes aquí
encontrarás lo que de verdad estás buscando -.
Saila se levantó mientras recogía su propio plato y lo llevaba hasta el fregadero, Lua
la imitó disponiéndose a lavarlos.
- Verás, mi hijo cree que soy demasiado mayor para vivir sola, por eso quería
contratar a alguien para que estuviera conmigo día y noche - se rió, Lua quería
preguntar de que se reía pero en vez de eso dejó que siguiera hablando - ¡Pero si yo
nunca estoy sola! - exclamó.
- Entonces, ¿qué quiere que haga exactamente? -.
- Necesitas un orden, tenerlo todo estipulado y saber el por qué sobre todo lo que
pasa ¿verdad?, pero aquí las cosas no son así. Quiero que estés conmigo cuando lo
necesite, hace falta barrer y limpiar el polvo a diario, esta casa se ensucia con
facilidad, pero en eso yo te ayudaré -.
- ¿Cómo va a...? -.
- Tu misma has visto que soy fuerte y no voy a permitir que lo hagan todo por mi -
Saila parecía mirarla fijamente algo que era totalmente imposible - ¿Quieres saber cuál
será tu trabajo? -.
- Por favor -.
- Tendrás que hacer las cosas de la casa de diario conmigo por la mañana, por la tarde
estarás libre para hacer lo que quieras e incluso por la noche pero.... -.
- ¿Pero? - algo de malo tendría que tener aquel trabajo para lo bien que pagaban.
- Espero que hagas lo que te corresponda -.
- ¿Pero qué es lo que me corresponde? -.
Lua no obtuvo respuesta y se giró para observar que Saila se había marchado de la
habitación, no entendía nada y no le gustaba aquella sensación. Necesitaba saber qué
estaba haciendo allí, en qué consistía su trabajo, en la entrevista le habían dicho que
iba a trabajar en la casa como doncella personal de la anciana pero esto no tenía nada
que ver con lo que le dijeron. Tampoco entendía como la habían cogido a ella sin saber
absolutamente nada de nada y lo que menos comprendía aún, era como ella misma se había
presentado a esa entrevista.
Terminó de lavar la losa y recoger la cocina y buscó a la anciana por toda la casa sin
encontrarla, comenzaba a asustarse. Salió fuera y vio la luz encendida del porche bajo
la cual se hallaba Saila, sentada cómodamente en la mecedora. No hacía frío pero sí una
ligera brisa que obligaba a abrigarse un poco, la noche estaba agradable y el sonido del
mar llegaba claramente a la casa.
- Siéntate conmigo, si no tienes otros planes claro -.
- ¿Otros planes?, no - se sentó en el mismo sillón donde aquella tarde habían visto la
puesta de sol.
- Háblame de ti -.
- ¿De mi?, ¿no le han hablado en la agencia? -.
- No quiero tu curriculum, mi cielo - se rió - Sólo quiero saber de ti -.
- ¿Qué quiere saber? -.
- Quiero saber que te hace estar siempre a la defensiva -.
- No estoy siempre a la defensiva -.
- ¿Lo ves? - le sonrió.
Aquella sonrisa era cautivadora además de tranquilizadora, sin duda, era una mujer
extraordinaria y algo le decía que podría aprender mucho de ella.
- Supongo que sabrá en que trabajaba -.
- Lo sé, pero ¿por qué? -.
- La empresa cayó en un período de crisis y... -.
- Siempre tan pragmática ¿verdad?, lo que te pregunto es, ¿por qué trabajabas ahí? -.
- Bueno, hice económicas y tuve una entrevista allí - contestó extrañada, nunca nadie
le había preguntado algo así.
- Vale, seré más directa... eres un hueso duro de roer - sonrió - ¿Por qué estudiaste
económicas? -.
- Me gustaba la economía - Lua miró a la mujer fijamente - y ahora me preguntará por
qué me gustaba la economía, ¿no? -.
- Exacto -.
- Tenía un buen profesor que me enseñó lo útil que era en la vida -.
- ¿Por qué te gustaba la economía? - volvió a preguntar la anciana.
- Ya lo he dicho - contestó con algo de impaciencia.
- Me has dicho porque empezaste a interesarte pero no porque hablas en pasado, no has
dicho que te guste sino que te gustaba, hay una diferencia -.
Lua no supo que contestar a eso, realmente no sabía que era lo que gustaba o no en esos
momentos, en realidad, la búsqueda de esa respuesta era lo que le había llevado hasta
allí pero no tenía ganas de hablar de eso.
- ¿Viene la gente a visitarla a menudo? -.
- Alguna vez - la mujer parecía mirarla y había dejado de sonreír pero su voz sonaba
igualmente amable.
- Dijo que nunca estaba sola, pensé que siempre había alguien en la casa -.
- Desde hace muchos años nunca estoy sola -.
- Entonces vendrá gente a visitarla -.
- Alguna vez -.
- Hoy mismo, ¿ha venido alguien? -.
- Tú - se rió.
- Entonces ha estado sola -.
- ¿Qué es para ti estar sola? - Saila seguía sonriendo y Lua se extrañó una vez más
con las preguntas de la anciana.
- Que no halla nadie contigo - contestó - obviamente -.
- Todo es demasiado obvio para ti, mi querida niña -.
- ¿Cuánto tiempo lleva aquí? -.
- ¿En esta casa?, o ¿en este mundo? -.
Lua volvió a extrañarse con las palabras de la anciana. Más tarde comprobaría que las
conversaciones con Saila serían de todo menos aburridas o típicas.
- En la casa -.
- Unos veinte años -.
- ¿Y en este mundo? - sonrió.
- Otros veinte años más -.
- Eso no puede ser, no creía que fuese tan presumida - se rió.
- ¿Por qué lo dices? -.
- Usted no puede tener sólo cuarenta años -.
- No he dicho que los tenga -.
- Pero si... -.
- Has de aprender a escuchar, Lua, perdóname pero estoy cansada - se paró para mirarla
a los ojos adivinando donde se encontraban - Soy muy anciana y algunas veces me canso
fácilmente -.
Dicho esto se dirigió hacia la puerta, desapareciendo tras ella, no sin antes recibir
las buenas noches de una intrigada Lua. Permaneció sentada hasta que se dio cuenta de
un detalle en el que no había pensado antes, y se levantó, pero la anciana como siempre
se le adelantó abriendo la puerta y ofreciéndole algo que portaba en una de sus manos.
- Aquí tienes tu juego de llaves, tienes copia de todas salvo de una de ellas, puedas
entrar o salir cuando quieras - Lua las cogió - Buenas noches y encantada de tenerte
aquí -.
- Gracias, buenas noches - le contestó, mirando detenidamente el juego de llaves que
sostenía en su mano y pensando que puerta sería la que no abría.
Pensó en caminar un poco por la playa pero se dio cuenta que también ella se encontraba
cansada a causa del viaje, cuando se disponía a abrir la puerta las luces de un coche
atrajeron su atención, se acercaba despacio y aparcó justo enfrente de la casa pero
mirando hacia el mar. Desde allí podía verse la orilla a pesar de la valla que rodeaba
la casa, pues esta se situaba a la altura suficiente para ver la playa incluso sentada.
Una figura se bajó del coche y caminó hacia la arena. La luna llena comenzaba a asomar
por detrás de la gran montaña situada al otro lado del pueblo, pero aún no alumbraba lo
suficiente, por lo que sólo veía la silueta. Pensó que se trataría de alguna pareja
pero comprobó que aquella persona estaba sola y, con asombro, descubrió cuales eran sus
intenciones.
La figura se despojaba de su ropa y su silueta no dejaba lugar a dudas de que se
trataba de una mujer, se desnudó bajo su atenta mirada y bajo la aún tenue luz de la
luna que la iluminaba en su camino hacia el mar. Su cuerpo desnudo no tardó en tomar
contacto con el agua y Lua no conseguía apartar la vista de ella. A penas un minuto más
tarde salía del mar y caminaba hacia el lugar donde había dejado su ropa. De repente
comprobó avergonzada que aquella mujer parecía mirarla y darse cuenta de su presencia,
sin pensarlo ni un momento decidió volver a la casa y despejar su mente antes de
acostarse y dormir.
Se levantó temprano pues no había dormido demasiado bien, las dudas sobre lo que estaba
haciendo le asaltaron durante la noche o quizás sólo era consecuencia de sentir la
falta de su propia cama. Sin embargo, la habitación de Saila estaba abierta y al entrar
con cuidado comprobó que estaba totalmente recogida y ordenada.
- ¡Siempre eres la misma!... ¡Deja eso, anda! -.
Las palabras y la risa de la anciana llamaron su atención, parecía provenir de la cocina
así que pensó en asearse, no sabía quién podía estar allí. Unos minutos más tarde salía
del baño algo más peinada y con la cara lavada unas diez veces para espabilarse un poco,
y se acercó a la habitación. Para su sorpresa Saila se encontraba sentada y sola en la
cocina, parecía estar esperándola.
- Buenos días, te has levantado temprano - le sonrió.
- Buenos días, siempre suelo hacerlo -.
- Bien, así podrás hacer un par de compras hoy pero primero hay que desayunar - se
levantó para servirle la leche.
- No hace falta, eso lo hago yo, es mi trabajo -.
- Veo que aún no lo has entendido, eres testaruda - se rió.
- Digo, que no tiene porque molestarse, yo misma puedo hacerlo -.
- Siéntate, anda -.
- Pero... -.
- Ya estamos con los peros... por favor - nuevamente Saila parecía mirarla fijamente,
algo que era imposible dada su ceguera.
- Vale, me sentaré - finalmente decidió rendirse ante la anciana mujer, seguía sin
entender que hacía allí - Hoy han venido a visitarla temprano -.
- ¿Cómo? - Saila le servía la leche y en su cara había una expresión de extrañeza.
- Escuché una visita -.
- ¿Ah, sí?, ¿quién era? -.
- Creía que hablaba usted con alguien -.
- Y así era - se rió.
- Entonces... -.
- ¿Qué quieres desayunar? - la interrumpió.
Lua decidió no preguntar más, era demasiado temprano para una de sus conversaciones.
- Suelo desayunar sólo un vaso de leche -.
- ¿Y cómo aguantas con eso hasta el almuerzo? -.
- Como algo a media mañana -.
- Como quieras entonces, yo si desayunaré fuerte, hoy quiero arreglar por aquí un par
de cosas -.
- ¿Qué tareas tengo qué hacer? -.
- No cambiarás nunca, ¿verdad? - se rió, Saila no parecía abandonar jamás su sonrisa,
algo que empezaba a apreciar - Tranquila, hoy estás organizada, te he preparado una
lista con cosas que tienes que comprar -.
- ¿Ha escrito una lista? - preguntó sorprendida.
- Sí, la letra no estará muy recta pero aún me acuerdo de escribir, ¿sabes? -.
- Perdón -.
- ¿Por qué? -.
- La he molestado -.
- En absoluto, si alguna vez me molestas lo sabrás - intentó poner cara de dura y eso
hizo reír a Lua - Tienes un risa preciosa, deberías sonreír siempre, nunca sabes quien
se enamorará de tu sonrisa -.
- ¿De mi sonrisa? -.
- Claro, eres muy guapa, eso no lo dudes -.
- Gracias, pero... ¿cómo lo sabe? -.
- No veo tu cara ni tu cuerpo pero sí te veo por dentro, y si sólo eres la mitad de
guapa por fuera, debes de ser muy bella -.
- Vaya... me ha dejado sin palabras... -.
- Pero no entiendes que puedo ver en ti, ¿verdad? -.
- ¿Cómo sabe siempre lo que voy a decir o lo que pienso? -.
- No te gusta que te interrumpan, perdóname, es una manía. Hay mucho en ti pero aún no
lo sabes -.
- ¿El qué no sé? -.
- Para empezar, lo que tienes que comprar hoy - se rió Saila - Hay una cosa más que no
entiendo como no te he dicho antes -.
- ¿El qué? -.
- Los martes y los jueves a las 11 de la mañana no me interrumpas así se esté quemando
esta casa - la anciana hablaba muy seria.
- De acuerdo pero... -.
- ¿Dónde estaré?, en mi cuarto hay un pequeño televisor -.
- ¿Hay una telenovela o algo así? - en cuanto preguntó se arrepintió pues no era
asunto suyo - perdone -.
- ¿Y por qué esta vez? -.
- Me estoy metiendo donde no me llaman -.
- Pregunta lo que quieras, a veces te contestaré a veces no, pero no me molesta que lo
hagas, mi querida Lua. No es una telenovela es Xena: La Princesa Guerrera -.
- ¿Y la dan los martes y los jueves a las 11 de la mañana? -.
- Sí, ¿la has visto? -.
- No sé lo que es -.
- Si quieres puedes verla conmigo pero eso sí, ni una palabra, sólo yo puedo hablar -.
Le sonreía pero sus palabras eran firmes y Lua tuvo que hacer un esfuerzo evitando
reírse por el interés que Saila mostraba por aquel programa, fuera lo que fuera.
- No suelo ver la tele, no la molestaré -.
- Entonces nos llevaremos bien - se levantó para fregar la losa del desayuno.
- Deje eso... - se calló al ver la expresión de la anciana - De acuerdo, me iré a
comprar -.
- ¿Te gustan las bicicletas? -.
- Hace tiempo que no monto pero sí, me gustan -.
- Hay una en la parte de atrás de la casa, junto a la piscina -.
- ¿Piscina? -.
- Ah, sí, perdona aún no te la he enseñado, pero no importa tu misma podrás verla, no
tiene pérdida -.
- ¿Dónde está la lista? -.
- Espera - dijo secándose las manos y saliendo del cuarto.
Lua la siguió por el pasillo en dirección a la puerta principal, junto a una pequeña
cómoda descansaba una hoja de papel que la anciana le entregó junto con un sobre que
contenía algunos billetes.
- Puedes ir caminando pero será mejor si coges la bicicleta - le sonrió una vez más.
- ¿Por qué? -.
- Siempre preguntando... ¡Todo lo quiere saber! - se rió mientras volvía a la cocina
dejando, una vez más, su pregunta sin respuesta.
No recordaba la última vez que había montado en bicicleta y aquella carretera de tierra
no era el mejor de los caminos para comenzar a pedalear de nuevo, aún así le gustó.
Disfrutaba con el aire en su cara y del paisaje que le rodeaba, recorrió el mismo
trayecto que ayer hubiera realizado en coche pero girando en la dirección que le
indicaba el cartel y que le llevaba a "El Muelle", allí estaba el supermercado que le
había indicado Saila.
No tenía demasiado que comprar y se alegró por ello, la bici sólo tenía una pequeña
cesta delante donde no cabrían muchas cosas. Se entretuvo más de lo debido en la tienda,
al no conocer la colocación de los artículos y comprobando que tampoco tenían un orden
muy claro. Durante ese tiempo varias personas la miraron de arriba abajo, sobre todo
mujeres y un par de hombres, seguramente ya se había corrido la voz de que se alojaba
con la anciana medio loca. Sonrió al pensar en ser la comidilla del lugar y en las
pocas atracciones que tendría un pueblo para que la gente se fijara tanto en detalles
como ese.
Colocó la compra en la cesta y se dispuso a volver para la casa, pero esta vez lo haría
junto al mar, bajó la calle y giró a la izquierda para encontrarse con la carretera que
continuaba pegadita a la costa y aspiró el olor a musgo y a sal que la acompañaban con
cada pedaleo. El día estaba espléndido, el sol lucía y el cielo estaba completamente
azul prestándole su color al mar que se transparentaba en todos y cada uno de los
charcos que se formaban entre las rocas.
En aquella pequeña avenida se concentraban numerosos apartamentos y hoteles, así como
bares y tiendas, su número en realidad no era elevado ni mucho menos pero sí para las
características de aquel pequeño pueblo. Pasó lo que parecía ser una pequeña piscina
natural, tenía la misma arena negra de la playa y algunas personas estaban tomando el
sol con sus hijos pequeños, se paró un minuto a observarlo y prosiguió su marcha.
- Aaayyyy -.
El grito no había sido suyo pero sin entender nada, de repente se encontraba en el
suelo en medio de la calle y la compra tirada a su lado, una par de naranjas aún
rodaban calle abajo, no llegaron muy lejos pues la calle era casi recta. Levantó la
vista para ver a un mujer sentada en el suelo muy cerca de ella.
- ¡Pero bueno, no ve usted por dónde va! -.
- Lo siento - se disculpó - iba distraída - se levantó tendiéndole una mano a la mujer
que parecía no conformarse con su simple disculpa.
- ¡Esta gente de ciudad, no se qué se creerán! - no aceptó su mano y se levantó
mirándose de arriba abajo - Tengo la rodilla mala, ¿sabe?, y esto no creo que lo
arregle -.
- Ya se ha disculpado, Eva, sólo ha sido un accidente -.
Una chica muy joven apareció en escena ayudándola a recoger la compra caída por el
suelo. Su acento la delataba, era del lugar, sin embargo, un detalle le llamó la
atención y era su pelo rubio, tanto que con el sol parecía blanco como blanca era su
cara, otro detalle que no concordaba con la piel bronceada de los habitantes de Tabor.
- ¡Si es que van como locos!, además, ¿por qué va por la acera teniendo esta carretera? -
la mujer hablaba mientras caminaba hacia la tienda de dónde parecía haber salido y
perdiéndose en su interior.
- No le hagas caso, tampoco ha sido para tanto -.
- La he atropellado, yo también me enfadaría -.
- ¿De verdad? -.
La chica levantó la vista y pudo ver dos grandes ojos color azul que la miraban con
curiosidad tanto como ella misma también lo hacía.
- No pareces de esas - afirmó mientras volvía a centrar su mirada en la cesta dónde
terminaba de colocar la compra.
- ¿De esas? -.
- Sí, no tienes pinta de enfadarte con la gente -.
- Pues lo hago -.
- Supongo, como todo el mundo, pero seguro que no eres como mi jefa -.
- ¿Ella es tu jefa? -.
- Sí, trabajo ahí - señaló la tienda y Lua comprobó que se trataba de una librería -
bueno, en realidad, soy su sobrina -.
- Trabajar con la familia, ¿eh? -.
- Sí, tampoco tengo mucho donde elegir - contestó mientras miraba la bicicleta -
Parece que está perfecta -.
- Sí eso parece, muchas gracias -.
- ¿Y tú estás bien? -.
- Sí, como tú misma has dicho no es para tanto - le sonrió y aquella chica le devolvió
la sonrisa.
- Dime una cosa - le pidió mirándola fijamente - ¿sueles espiar a la gente? -.
- ¿Cómo? - aquella pregunta la había cogido totalmente descolocada.
- Te estás quedando con Saila, ¿verdad? -.
- Sí, ¿cómo lo sabes? -.
- Este es un pueblo pequeño - sonrió de una manera amable que le hizo recordar la
sonrisa que la propia anciana siempre mostraba - Entonces, ya nos veremos - dijo
volviendo a la tienda.
"¿Es que todo el mundo es misterioso en este pueblo?" - pensó mientras comenzaba a
pedalear de vuelta a la casa, sin embargo, una voz la hizo pararse y girar la cabeza
para ver a la joven que se acababa de despedir, dirigirse hacia ella con algo en la
mano.
- Toma, Saila lo estaba esperando, le darás una alegría -.
- ¿Qué es? -.
- ¿Tú que crees? -.
La chica volvió a sonreír, era obvio que se trataba de un libro, la forma del paquete
no dejaba lugar a dudas, por lo que Lua también sonrió pero al levantar la vista, ya
había vuelto a la tienda. Apoyó el pie en el pedal pero nuevamente tuyo que parar al
oír una ves más la misma voz a sus espaldas.
- Me llamo Deray - dijo asomándose a la puerta nuevamente.
- Yo soy... - no terminó la frase pues la tal Deray había entrado nuevamente en la
tienda - No sé si soy yo o es que sólo encuentro gente rara - se dijo por lo bajo.
Regresó a la casa aprendiéndose un nuevo camino, en realidad, no habían demasiadas
opciones en aquel pueblo. Mientras pedaleaba por la carretera de tierra observó a unos
niños caminando entre las rocas muy cerca del mar, llevaban unas bolsas y de repente se
acordó. Se paró a observarles y los recuerdos la invadieron, hasta ahora no lo había
pensado pero fue allí dónde en aquel primer viaje, su padre le enseñó a coger lapas.
*****
- ¡Lua, ten cuidado con las rocas mojadas, están llenas de musgo y te puedes resbalar! -.
- ¡Vale papá! -.
Lua saltaba de una roca a otra con agilidad, pareciera que llevara toda la vida
haciéndolo, eso sí, se paraba en cada charco que veía para comprobar si había en él
algún pez, burgados, o los pequeños camaleones que tanto le llamaban la atención.
Levantó la vista y vio a su padre con una bolsa atada al bañador y un cuchillo en su
mano.
- ¡Papa! - le gritó - ¡¿Has cogido alguna?! -.
- ¡Sí, hay un montón por aquí!, ¡Acércate si quieres pero con cuidado! -.
- ¡Lua, vete más despacio que eso resbala, por dios! - su madre le gritaba desde su
posición sentada en una de aquellas rocas.
Llegó hasta dónde estaba su padre y observó con asombro como con el cuchillo golpeaba
la concha que se aferraba con fuerza a la roca, finalmente logró sacarla y la metió en
la bolsa.
- ¡Yo quiero coger una! -.
Su padre la miró dudoso pero ante la suplicante mirada de su hija no pudo negarse.
- Vale, ven aquí... ¡Despacio!, ¿pero qué prisa tienes? -.
Una vez al lado de su padre este le señaló una lapa de gran tamaño justo en frente de
ella, le dio el cuchillo para golpearla mostrándole como debía hacerlo. Así lo hizo,
¡Ya había conseguido su primera lapa!. La metió en la bolsa y orgullosa de si misma le
hizo señas a su madre quién le aplaudía riéndose.
*****
Sonrió al pensar en el tremendo resbalón que sufrió justo en aquel momento, ¡Menudo
susto se llevó!, por algo llamaban a aquel lugar el mar del infierno. Una ola
inesperada los mojó de arriba abajo y ella, con su liviano peso de niña de siete años,
se llevó la peor parte. El resto del viaje lo pasó completamente magullada y con sus
padres más encima de ella que nunca.
Llegó a la casa y dejó la bicicleta dónde la encontrase aquella mañana junto a la
piscina, cogió la compra y entró en la casa, caminaba por el pasillo cuando escuchó
unas voces.
- Xena, es peligroso -.
- Gabrielle, no tengo otra opción -.
Se extrañó pero en seguida se acordó de que era jueves, debía ser la serie que tanto le
gustaba a Saila. Aprovechó ese momento para limpiar la cocina de arriba a abajo, ya
sabía que la anciana no quería que lo hiciera pero ella necesitaba trabajar, no estaba
de vacaciones y no soportaba esa sensación de ansiedad que la embargaba.
- Finalmente, has tenido que hacerlo, ¿verdad? -.
La voz siempre dulce y amable de Saila la sorprendió.
- Sí, no podía quedarme quieta, perdone -.
- No pasa nada, mi cielo -.
- ¿Qué tal la serie? -.
- Muy bien, como siempre, aunque hay cosas con las que no estoy de acuerdo, pero bueno
dado lo poco que pueden saber lo hacen bastante bien.
Lua no entendió nada de aquella frase, algo que comenzaba a sorprenderle cada vez menos.
- Una chica me ha dado algo para usted -.
- ¿Ah, sí?, ¿quién? -.
- Vaya, no lo encuentro, me lo he debido de dejar en la bici, ahora vuelvo -.
- Aquí estaré - sonrió.
Al poco volvió a entrar y se dirigió a la cocina.
- Sí, me lo había de... -.
Se calló pues no había nadie allí, buscó por toda la casa pero no había ni rastro de la
anciana. Comenzaba a preocuparse cuando una figura la asustó, Saila estaba sentada en
la biblioteca y parecía esperar algo.
- ¿Lo encontraste? - le preguntó.
- Sí, es a usted a quién casi no encuentro - sonrió.
- Bueno, por lo menos te hago sonreír -.
- ¿Cómo sabe qué sonrío? -.
- No hay nada de misterioso en eso - se rió - Es sólo tu forma de hablar, ¿necesitas
ver a alguien para saber si sonríe? -.
- Pues sí, la verdad -.
- ¿Qué tienes para mí? -.
- Ah, sí, perdone, me dio este paquete -.
Saila ni siquiera levantó la mano para cogerlo y se extrañó.
- ¿Quién? -.
- Una chica del pueblo -.
- ¿Cómo es? -.
- ¿Cómo es?, bueno tiene una media melena rubia, muy rubia, ojos azules, más o menos
de mi estatura, quizás un poco más alta -.
- ¿Cómo la conociste?-.
- Al parecer la atropellé con la bici, yo ni siquiera me enteré -.
- ¿La atropellaste?-.
- Sí, bueno, no, más bien fue a su jefa quien es también su tía, ella estaba en la
librería y me ayudó a recoger la compra -.
- ¿Y cómo es? -.
- Es... es.....ya lo he dicho -.
- Me has dado su descripción y, sin embargo, hablaste un rato con ella -.
- Vale quiere saber los detalles -.
Saila se rió como nunca la había oído reírse, era un sonido contagioso y no pudo evitar
reírse con ella.
- Sí, supongo que soy un poco cotilla -.
- Eso es porque pasa mucho tiempo sola -.
- Ahora hablas como mi hijo, pero yo no estoy sola, ¿recuerdas?... es tu soledad la
que me preocupa -.
- ¿Mi soledad? -.
Se extrañó, no esperaba un comentario como ese, Saila sólo sonrió y Lua sintió como si
la mirara a pesar de su ceguera, ni siquiera giró la cabeza hacia ella. Tras unos
segundos de meditación, Saila volvió a preguntar.
- ¿Cómo es? -.
Lua suspiró y por esa causa volvió a escuchar la risa de la anciana.
- A ver, es muy joven, yo diría que no tiene más de 16 o 17 años, se nota que es
alegre y muy pispireta pero hay algo en ella... - se extrañó de haber pensado esto
último en voz alta, eso jamás lo hacía.
- ¿Algo cómo qué? -.
- No sabría decirlo... fue muy amable, me ayudó con la compra y con la bicicleta, a
pesar de las protestas de su tía -.
Saila giró la cabeza y le sonrió nuevamente.
- Se llama Deray, un nombre raro -.
- Es precioso, ¿verdad? -.
- Sí, ¿la conoce? -.
- ¿Es guapa? - Saila ignoró su pregunta.
- Bueno, no es una belleza, pero yo diría que sí, su pelo y sus ojos son muy bonitos -
le contestó extrañada con aquella pregunta.
- ¿Y ese paquete? -.
- Aquí lo tiene -.
Estaba segura de que la anciana sabía que lo tenía frente a ella, sin embargo no se
movió, así que decidió dejarlo sobre la mesa. Al ver que Saila permanecía inmóvil,
decidió preguntar.
- ¿No es algún pedido suyo? -.
- Sí, se lo pedí hace una semana -.
- ¿Quiere que se lo abra? -.
- Sólo si tu lo deseas -.
- Bueno, es suyo, pensé que le gustaría abrirlo -.
- ¿Deseas abrirlo?-.
- Si usted quiere lo haré, no me importa -.
- ¿No te importa? - la sonrisa desapareció y reapareció en cuestión de un segundo - No
lo hagas, entonces -.
Saila se quedó sentada sin moverse y Lua seguía de pie pensando qué debía hacer, todo
aquello la desconcertaba.
El resto del día transcurrió normalmente, durante la mañana limpió la casa mientras
Saila arreglaba el jardín con la consiguiente consternación por parte de Lua que no
entendía cómo podía hacer un trabajo como ese. Por ese motivo no dejaba de mirarla
mientras barría el porche, Saila se movía lentamente parecía observarlo todo a través
de sus manos, las movía con suavidad por la tierra, por las hojas y plantas cuya
situación era obvio que conocía muy bien.
Cuando terminó decidió ordenar su habitación pues ni siquiera había vaciado aún las
maletas, se había traído prácticamente todo lo que tenía dejando el piso únicamente con
los muebles. Almorzaron en silencio y mientras Saila recogía la cocina, tarea que
entendió no le iba a dejar hacer a ella, se dirigió a su cuarto para terminar de
colocar sus cosas. Se sentó sobre el colchón notando algo duro que la sorprendió, se
levantó enseguida observando con incredulidad que se trataba del paquete que Saila no
quiso abrir y que ella misma había dejado sobre la mesa de la biblioteca.
- "¿Qué hace esto aquí?" - pensó para si misma.
Lo cogió extrañada, ¿sería algún mensaje o algo así?, era obvio que Saila lo había
puesto allí, a lo mejor quería que lo abriese pero no se atrevía a pedírselo. No, si
Saila quería algo lo pedía o mejor lo hacía ella misma, era una mujer muy fuerte e
independiente, sobre eso no había ninguna duda. Sin embargo, sin saber muy bien que
hacer decidió volver a ponerlo sobre la mesa de la biblioteca.
Tras colocar su ropa y planchar aquella que estaba demasiado arrugada, decidió bajar a
la playa, al fin y al cabo, las tardes las tenía libres y necesitaba pensar con calma.
Nuevamente no conseguía encontrar a Saila por ningún lado, si hubiera salido se lo
hubiera dicho, decidió buscarla dónde la había encontrado por la mañana y efectivamente
allí estaba, volvió a verla sentada frente a la mesa de la biblioteca y con el paquete
aún envuelto frente a ella.
- Saila, ¿está usted bien? -.
- Por supuesto, ¿por qué lo preguntas, mi cielo? -.
- Bueno, está aquí sentada sola... vale, vale, ya sé que nunca está sola, y... - pensó
un momento - ya lo entiendo, abriré el libro -.
Cogió el paquete pero la mano de Saila sobre la suya le provocó un pequeño susto.
- Lo siento, mi cielo, no quería asustarte -.
- Creí que quería que lo abriese -.
- Sólo si tú lo deseas, ¿es así? -.
- No es cosa mía, es un pedido suyo -.
- Entonces no lo abras - le sonrió.
- ¿Quiere bajar conmigo a la playa?, nos vendrá bien un paseo -.
- Gracias preciosa - le acarició la mano que aún cubría la suya - Pero estoy bien aquí,
no te preocupes por mi, nunca lo hagas. Es una buena idea, baja y diviértete - le guiñó
un ojo.
- Más que divertirme será relajarme -.
- Nunca se sabe, mi querida niña, nunca se sabe -.
Se despidió y salió de la casa rumbo a la playa, llevaba unos pantalones cortos y una
camisilla, se había puesto el bañador pues seguramente tras caminar un poco entraría en
calor y le apetecería un baño, dejó el pequeño bolso que portaba la toalla y una radio
pequeña sobre la arena y se sentó a su lado. Faltarían dos horas para anochecer pero
los rayos del sol aún calentaban y juraría que más fuertes que por la mañana. Una
pequeña brisa se levantó y cerró los ojos para sentirla y saborearla, se dejó caer poco
a poco hasta acostarse sobre la negra arena que aún mantenía el calor acumulado durante
el día.
Los mismos pensamientos volvieron a su cabeza, ¿estaría haciendo bien?, ¿no es todo
esto una locura?, si era así no le importaría volverse loca, estaba lejos de todo y,
por primera vez, en mucho tiempo sentía paz, sin embargo, aún una parte de ella seguía
pensando que todo aquello sólo era un alto en el camino y que nada bueno podía salir de
él, estaba perdiendo el tiempo.
- Hola -.
Una voz joven la sobresaltó y levantó la cabeza para ver de quién provenía, tuvo que
ponerse una mano en la cara pues el sol no la dejaba ver y aquella persona se encontraba
a contraluz.
- Hola - la saludo a su vez.
- Uy, perdona, no puedes verme con el sol, no importa, me sentaré a tu lado -.
La chica hizo lo que dijo y en ese momento se dio cuenta de que se trataba de la joven
rubia de la librería.
- Hola Deray -.
- Vaya, te acuerdas de mi nombre - sonrió - Yo también me acordaría si me lo hubieras
dicho -.
- Me llamo Lua -.
- Lua - pensó un momento - Sí, me gusta, es bonito -.
- Me alegro -.
- ¿Le gustó el libro? -.
- No lo ha abierto aún -.
- ¿Y eso? -.
- No lo sé -.
Deray la miraba fijamente y volvió a sonreír.
- Eres parca en palabras, ¿verdad?, pero no importa ya puedo hablar yo por las dos,
¿de dónde eres? -.
- De Tenerife -.
- ¿Sí?, yo estuve allí hace dos años, ¿de qué parte? -.
- Del Puerto de la Cruz -.
- Ah, sí, una tarde fuimos allí, me gustó mucho, aunque hay mucho turista pero es
agradable para pasear -.
- Tú no llamarías mucho la atención -.
Deray se quedó callada y Lua la miró, parecía haberse molestado con el comentario y no
entendía por qué.
- Perdona, no quería molestarte -.
- ¿No te gusta mi pelo rubio? -.
- Todo lo contrario, es precioso -.
- ¿En serio? -.
- Sí, y tus ojos también -.
- Me alegra oír eso, a mi también me gustan tus ojos -.
Deray la miraba fijamente de una manera que Lua no llegaba o no quería llegar a
comprender.
- ¿Qué edad tienes? -.
- ¿Qué edad me echas?- sonrió Lua.
- Uy, si preguntas eso, es que tienes mucha - se rió - A ver, veamos, no tienes
demasiadas arrugas... aún -.
- Gracias, supongo - la rubia se rió.
- Pero tu mirada denota experiencia, por lo menos más experiencia que yo... diría que
unos 25 -.
- Vaya, me has dado una alegría -.
- ¿Tienes más de 25?... vale, tieeenes... ¿27? -.
- Voy a cumplir 30 -.
- ¿En serio?, ¿30?, pero si eres una vieja, aunque te conservas muy bien -.
Lua la miró con ganas de decirle algo pero ante la mirada aparentemente inocente de
Deray no pudo más que sonreír.
- A ver, ¿cuántos tengo yo? -.
- ¿Tú?, veamos tienes algo de acné y aún no te has desarrollado del todo... - le dijo
devolviéndole la pelota - yo diría que unos quince -.
- ¿Cómo qué quince?, ¿me tomas el pelo? -.
- Vale, tranquila,... ¿16? -.
- ¿16?, tengo 17 y hace tiempo que dejé de ser una niña -.
- ¿Ah sí? - se rió.
- ¿Te ríes? - Deray se acercó a ella y le habló al oído - Puedo demostrarte lo mujer
que soy -.
Lua se quedó parada ante aquel comentario y se giró para ver a Deray que ya se había
levantado y se quitaba el bikini al tiempo que se lo lanzaba a la cara.
- ¿No te bañas? - le sonrió y salió corriendo metiéndose en el agua sin dudarlo un
instante.
Lua no reaccionaba, sólo pudo apartarse el bikini de la cara y mirarla. Deray no hacía
más que lanzarse de un lado a otro dejando ver sus pechos en cada salto y sus nalgas
con cada voltereta. Estaba claro que quería llamar su atención pero Lua no se dejaba
intimidar tan fácilmente, ya era mayorcita para eso. Se quitó la ropa pero no el
bañador y portando el bikini en la mano se acercó hasta la orilla.
- ¿Qué tal está? -.
- Buenísima, ¿por qué no la pruebas? -.
Lua permanecía en la orilla mientras que Deray salía del agua acercándose a ella.
- Creo que te olvidaste esto - dijo dándole el bikini - Tal vez me bañe luego ahora me
apetece caminar -.
La dejó allí de pie con el bikini en la mano y se fue caminando tranquilamente por la
orilla, sin embargo, no tardó en tener compañía.
- Es una buena idea, me gusta secarme al aire -.
Lua se sorprendió y la miró para comprobar, como suponía, que seguía completamente
desnuda y no tenía intención alguna de ponerse su bikini.
- Cogerás un catarro -.
- ¿Yo?, qué va, nunca me pongo mala, estoy echa a prueba de bombas -.
Lua no podía mirarla se limitaba a observar las olas y el horizonte.
- ¿Te pongo incómoda? - sonrió pícaramente Deray.
- ¿Cómo? -.
- No sé, te noto tensa... espera, no me lo digas, nunca has hecho nudismo -.
- No -.
- ¿De verdad?, ¿pero por qué?, te verías realmente bien - Deray la miraba de arriba a
abajo y Lua se sentía como si ya estuviera desnuda.
- No va conmigo -.
- No va contigo, ¿eh?, ¿cómo lo sabes si no lo pruebas? -.
- No eres demasiado joven para ir probando cosas -.
- ¿Demasiado joven?, por dios, ¿qué eres una monja o algo así?, tengo la edad justa
para probar cosas nuevas - su tono de voz había cambiado y ahora sonaba sensual cosa
que a Lua le empezaba a poner nerviosa - ¿Cuándo vas a empezar tú? -.
- Qué sabes tú de mi -.
- Nada, pero podríamos saber mucho la una de la otra, si quisieras -.
- ¿Eso crees? -.
- Me caes bien y me gusta hablar contigo, a pesar de que seas medio monja, pero eso
tiene remedio -.
- ¿Piensas cambiarme a estas alturas? -.
- ¿Quieres que te cuente las cosas que pienso? -.
Lua miró al horizonte comprobando que el sol ya comenzaba a ponerse y decidió que era
el momento de terminar aquella conversación.
- Tengo que irme -.
- ¿Tan pronto? -.
- Lo siento, Saila me estará esperando -.
- ¿Puedo volver a verte? -.
- Este es un pueblo pequeño y la playa queda enfrente de donde vivo, supongo que sí -
le sonrió.
- Vale , hasta luego - le dio un beso en la mejilla que no esperaba.
- Hasta luego - se despidió sin más y comenzó a caminar hacia la casa.
- Hasta mañana - dijo Deray en voz baja una vez Lua se hubiese alejado.
Recogió el bolso que hubiese abandonado sobre la arena y se dirigió a la casa un tanto
consternada por la visión de Deray. No tenía un cuerpo espectacular, el suyo tampoco lo
era, no era modelo ni hacía ejercicio le sobraban algunos kilos pero nada de eso
importaba, todo en su conjunto había logrado ponerla nerviosa y no acababa de entender
nada. Era obvio que se le había insinuado y que algo buscaba pero era demasiado joven
aún, sólo buscaba sensaciones nuevas, nada más.
Cuando entró en el jardín ya la anciana Saila estaba sentada en su mecedora de mimbre y
parecía esperarla.
- Hola, mi querida Lua, pensé que no vendrías a la cita -.
- ¿Teníamos una cita? -.
- Todo lo pregunta, todo lo quiere saber, ¿qué tal por la playa? -.
- Pues... -.
- No importa ya me lo contarás luego, siéntate, por favor -.
Lua la obedeció y se sentó en el sillón de mimbre tal y como hicieran la tarde anterior,
en ese momento pensó que sólo llevaba un día allí y ya le parecía que llevase una
eternidad.
- ¿Qué tal está hoy? -.
- ¿Cómo? - no sabía a qué se refería y Saila se quedó seria un momento, poco a poco
empezaba a entender - Se refiere a la puesta de sol -.
- Tú puesta de sol -.
- Hoy hay unas pocas nubes -.
- Ah, me gusta también así, tiene mas posibilidades -.
- ¿Ah sí? -.
- ¿Cómo son? -.
- ¿Las nubes? - Saila sonrió y asintió con la cabeza.
- Veamos - cogió aire e intentó fijarse en todo lo que veía - El sol está ya muy cerca
del mar y las nubes parecieran formar un pasillo como marcándole el camino -.
Saila cerró los ojos y respiró profundamente, parecía concentrarse en todas y cada una
de las palabras con las que Lua describía aquel ocaso, como construyéndolo en su cabeza.
La miró y volvió a sentir la misma sensación, las arrugas desaparecieron por un momento.
- Sigue, por favor - le pidió la anciana cuyas arrugas habían vuelto a ocupar su lugar.
- Sí, este... el sol acaba de tocar el mar lanzando sus rayos al cielo y atravesando
las nubes que comienzan a dispersarse, pareciera que hubieran terminado su trabajo y se
alejasen... un abanico de colores cubre el cielo, desde el azul más celeste al más
oscuro, desde el rosado hasta el más fuerte de los rojos... hay gaviotas que vuelan
delante del sol dibujando sus siluetas... ya el sol se oculta... hay una pequeña nube
que tapa ese momento como si de un velo se tratase, ocultando la tristeza del sol -.
El silencio reinó sobre las dos, cada una saboreaba ese momento a su manera.
- Vaya, al parecer tenemos una poeta en formación -.
- ¿Poeta?, ¿quién yo? -.
- ¿Hay alguien más aquí? -.
- No lo sé, dígamelo usted -.
Saila se quedó seria por un momento pero poco a poco su eterna sonrisa reaparecía en
sus ancianos labios transformándose en una risa.
- Lo tengo merecido -.
- ¿Tiene hambre?, le preparé la cena -.
- Mi querida Lua, nunca aprenderás -.
No sabía a qué se refería hasta que llegó a la cocina y comprobó que ya todo estaba
preparado, los olores que emanaban del caldero que descansaba sobre la mesa abrían el
apetito a cualquiera.
- Huele genial -.
- Pues a comer, no lo pienses más -.
Cenaron en silencio, a la anciana parecía no gustarle hablar durante la comida y Lua lo
respetaba, a ella tampoco, le impedía saborear a gusto cada bocado, algo que le
encantaba. Una vez terminaron, entre las dos recogieron la cocina y volvieron a
sentarse fuera. Ambas se acomodaron en lo que eran ya sus lugares asignados, Saila en
la mecedora y Lua en el sillón, ambos de mimbre.
- Hoy la noche está genial, ¿verdad? -.
- Sí, ¿qué tal te fue en la playa? -.
- Bien -.
- No vas a contarme -.
- ¿El qué? -.
- Lo que quieras -.
Lua la miró extrañada, ¿acaso sabía algo?, ¿se lo habría contado alguien?, ¿pero quién?.
- Me encontré con Deray -.
- Con Deray -.
- Más bien me encontró ella a mí -.
- Es muy buena niña -.
- Según ella es toda una mujer - sonrió.
- ¿No lo es? -.
- Todavía es muy joven, sólo tiene 17 -.
- ¿Y qué pasó? -.
- Se molestó por decirle que era joven, me dijo que podía demostrarme que era una
mujer así que sin más se quitó el bikini me lo lanzó a la cara y se metió corriendo en
el mar -.
- ¡Qué chiquilla esta! - se rió.
- ¿A usted le parece bien? -.
- ¿A ti no? -.
- Bueno, yo respeto el nudismo pero... -.
- Ya me extrañaba que no te hubiera oído ningún pero - se rió - Me estaba preguntando
si no me estaría quedando sorda también -.
- No sé si yo podría hacerlo -.
- ¿Qué pasó? -.
- Dimos un pequeño paseo -.
- ¿Por qué pequeño? -.
- Se ponía el sol y tenía que volver -.
- Hay algo que no te he dicho - su sonrisa se borró de golpe - No soporto que me
mientan y te rogaría que no volvieras a hacerlo -.
Lua no supo que contestar, de repente se sentía como si hubiera cometido un delito.
- Lo siento -.
- ¿Por qué fue tan pequeño? -.
- Me... me puse nerviosa -.
- ¿Qué hizo Deray? -.
- Creo... oiga, esto no es... -.
- ¿No es qué? -.
- Asunto... - por alguna razón se sentía mal diciéndolo.
- ¿Asunto mío?, no, tienes razón, no tienes por qué contármelo todo, aunque necesites
hacerlo -.
¿Cómo lo hacía?, ¿cómo sabía siempre lo que pensaba o lo que sentía?, ¿tan obvia era?,
no podía ser eso, la gente siempre se había quejado de lo introvertida que era, de que
todo se lo guardaba y no permitía que nadie entrase en su mundo, ni siquiera su padre
logró hacerlo mientras vivió.
- De acuerdo -.
- ¿Cómo? -.
- Es verdad que lo necesito pero... - miró a Saila que volvía a reírse.
- ¿A quién se lo voy a contar, mi cielo?, recuerda que estoy sola -.
- Es usted algo... -.
- ¿Algo qué? -.
- Creo que se me insinuó - decidió contarlo sin más.
- ¿Y cómo te sentiste? - se sorprendió de la mente tan despierta que siempre mostraba
Saila a pesar de su edad.
- Me puse muy nerviosa, no sabía como afrontarlo así que me vine... ¿no la escandaliza
todo esto? -.
- ¿Escandalizarme?, ¿te refieres al amor, al sexo, a la insinuación de una mujer? -.
- Sí, a todo eso -.
- En absoluto, el amor es amor y la atracción es lo que nos mantiene vivos, sin pasión
qué triste sería todo, ¿verdad? -.
- Pero... quiero decir, hay un momento en que no existe la pasión -.
- ¿Ah sí?, ¿y qué momento es ese? -.
- Me refiero a que a cierta edad ya no es igual -.
- La pasión existe a cualquier edad, puede aumentar o disminuir su intensidad, aún así
existe, y debe estar presente en todo lo que hacemos -.
- Ya pero... -.
- Pero, pero, pero - se quejó la anciana - ¿Y ahora qué merece un pero? -.
- El sexo acaba muriendo -.
- Como todo, es ley de vida. ¿Para ti la pasión es sólo sexo? -.
- ¿Hay algo más? -.
- Mi querida niña, la pasión no es sólo un orgasmo o un calentón... -.
Lua escuchaba con sorpresa no sólo las palabras de Saila, si no lo que más le sorprendía
era el echo en si de estar hablando sobre estos temas con ella, algo que con su propia
madre jamás pudo hacer.
- La pasión lo es todo, la vida, las ganas de vivir, el amor, la amistad, el cuerpo,
la mente, los sueños, todo -.
- No lo había pensado así -.
- Poco a poco irás cambiando, ya has dado el primer paso -.
- ¿A qué se refiere? -.
La pregunta quedó en el aire, al girar la cabeza comprobó con asombro como Saila ya no
estaba en la mecedora.
- Buenas noches, Lua -.
La anciana le sonreía desde la puerta que ya había abierto.
- Buenas noches, Saila -.
Desapareció en el interior de la casa y Lua se quedó pensativa como siempre se quedaba
después de una conversación con aquella mujer. Cada vez era mayor la intriga hacia ella,
como mayor era su admiración hacia todo lo que decía o hacía, nunca hablaba en vano
siempre tenía un motivo. No la había visto salir de la casa y aún así parecía saber muy
bien todo lo que pasaba de aquellos muros hacia fuera. Sin embargo, lo que más le
llamaba la atención a Lua era lo que pasaba de aquellos muros hacia dentro, todavía
habían demasiadas cosas que desconocía de la anciana, demasiadas preguntas, todavía no
sabía que eran todos aquellos objetos que llenaban más que adornaban el salón, tenía
que haber viajado mucho. Sí, todavía quedaban muchas cosas en el aire.
Observó la mecedora y no pudo vencer la tentación, se levantó de su sillón y se sentó
en ella, era suave y muy cómoda, comenzó a mecerse acompañada por una ligera brisa y
por el canto de un grillo que se ocultaba en algún lugar del jardín.
- Es cómoda, ¿verdad? -.
Lua se levantó de golpe y volvió a sentirse como una niña, como cuando su padre la
cogía en alguna de sus travesuras. Los recuerdos volvieron a invadirla en aquel segundo
y aquellos recuerdos la llevaban de nuevo muy cerca de donde se encontraba.
*****
Escuchaba los gritos de los niños detrás de las rocas y no pudo vencer la tentación,
tenía que saber por qué se reían, quienes eran y a qué jugaban. Observó a sus padres
que permanecían acostados sobre las toallas tomando el sol y supo que era el momento,
se alejó de ellos y caminó sobre las rocas como hiciera la tarde anterior, siendo
testigos mudos las magulladuras que mostraba en varias partes de su pequeño cuerpo.
- ¡Aquí hay más, vengan por aquí! -.
Uno de los niños llamaba la atención sobre los demás, eran cuatro en total, tres niños
y una niña. Quiso ir hacia ellos pero no se atrevió al comprobar que estaban desnudos,
no llevaban bañador como tampoco lo hacían sus padres que les observaban no muy lejos
de dónde ella misma se encontraba escondida. El padre de uno de ellos se levantó para
regañarles por algo y Lua sólo pudo reírse, la visión de aquel hombre desnudo le hacía
gracia, ¿sería su padre igual?, no podía ni pensarlo. Sin embargo, su risa se tornó en
seriedad pues una de las mujeres la estaba mirando fijamente, ¿por qué la miraba así?,
no era una mirada acusatoria, sólo la miraba sin más, además ¿cómo sabía qué estaba
allí?.
- ¡Lua!, ¡¿qué estás haciendo?! -.
La voz de su padre sonó como un trueno a sus espaldas y pegó un brinco.
- Nada papá -.
- ¿Cómo qué nada?, ¿qué estás mi...? -.
Su padre acababa de ver lo que ella misma estaba viendo y sabía que iba a ser castigada,
ya nada podía salvarla.
- Sólo miraba a los niños - intentó suavizarlo inocentemente.
- ¡Venga para acá!, ¡Vamos!, verás cuando se lo diga a tu madre -.
- No he hecho nada malo -.
- ¿Espiar no es nada malo?, vamos a tener una charla tu, yo y mamá -.
*****
- Perdone, sólo la probaba - se levantó de golpe.
- No te preocupes mujer, puedes utilizarla sin problemas -.
- Gracias -.
- ¿Por qué?, en realidad estamos viviendo juntas, no hay porqué darlas -.
- Yo trabajo aquí y estas son sus cosas -.
- Exacto, sólo son cosas - le sonrió - Ten -.
Saila le tendió la mano acercándole una hoja de papel.
- ¿Qué es? -.
- Mañana te dejaré preparada unas bolsas sobre la mesa, tienes que hacer varios
recados que te llevaran todo el día, tendrás que coger el coche porque has de entregar
cosas en varios pueblos de la isla, te preparé comida, ¿de acuerdo? -.
- Claro pero no se preocupe yo misma puedo prepararme algo -.
- ¿No te gusta mi comida? -.
- Por supuesto que si, cocina de maravilla pero soy yo la que trabaja para usted y no
al revés -.
Saila parecía mirarla fijamente, ¿cómo lo hacía?, a veces pensaba que sólo fingía, no
entendía como podía ser que hiciera esa clase de cosas, pero era así, lo hacía y estaba
completamente ciega.
- Lua, siéntate, por favor -.
La obedeció sentándose en el sillón y dejándole la mecedora a Saila.
- Escucha, intenté explicártelo al principio pero creo que no fui lo suficientemente
clara, entiendo que para una persona como tu es difícil de comprender -.
- ¿Comprender qué? -.
- Sé que mi hijo te está pagando un sueldo, necesitas vivir y trabajar como todo el
mundo. Yo sólo quiero que estés conmigo. Por supuesto, necesito ayuda para algunas
cosas, soy una persona muy mayor ya, sin embargo, no quiero que te sientas mal por eso -.
- Me siento como si robara, como si fuera una caradura cobrando sin hacer nada, y yo
no soy así -.
- Claro que no, aunque... ¿sabes acaso cómo eres realmente? -.
Lua no supo que contestar, la anciana parecía conocer bien sus puntos débiles.
- No pretendo meterme en tu vida, cariño, pero decidiste venir aquí por alguna razón y
no era por trabajo, eres una persona muy inteligente y puedes hacer lo que te propongas.
Piénsalo, ¿de acuerdo? -.
- ¿Qué tengo que pensar? -.
- Buenas noches, mi querida Lua -.
- Buenas noches, Saila... gracias -.
- ¿Por qué? -.
Saila ya se había levantado y permanecía parada junto a la puerta de la entrada ya
abierta.
- Por querer ayudarme, desde que llegué no has hecho otra cosa -.
- He hecho mucho más que eso y aún no lo sabes -.
Lua levantó la cabeza para mirarla pero la anciana ya se había ido. Como siempre pasaba,
tras una conversación con Saila, su cabeza comenzaba a darle vueltas a todo lo que
acababa de escuchar hasta que finalmente se dio cuenta que nada iba a resolver esa noche,
sólo podía irse a dormir.
El día siguiente fue una vuelta total a la isla cumpliendo con los recados que Saila le
había dejado, era difícil encontrar las casas de la gente a quien tenía que entregar
aquellos paquetes, gracias a las indicaciones de los siempre amables lugareños podía
por fin cumplir con su trabajo. Eran más de los que ella pensaba en un principio, así
que cuando volvió a Tabor ya estaba anocheciendo.
Aparcó el coche frente a la casa, apagó el motor, abrió la puerta y salió del vehículo.
En ese momento, el suave sonido de una flauta llegó hasta sus oídos comprobando que
procedía de la casa. No era posible que Saila tocará la flauta, aunque pensándolo bien
todo era posible cuando se trataba de ella. Sin embargo, en cuanto entró al jardín supo
quién era la flautista, en el porche vio a la anciana sentada en su mecedora y con los
ojos cerrados disfrutando de aquel maravilloso sonido y en el otro sillón, la joven
rubia acariciaba el instrumento con sus manos y con su aliento. Finalmente se conocían,
tal y como había supuesto al no recibir nunca respuesta de Saila cada vez que se lo
preguntaba. Se quedó parada observando aquella estampa, Deray tocaba francamente bien y
la melodía que había elegido era preciosa.
Caminó lentamente intentando no interrumpir aquel momento y se sentó en los escalones
muy cerca de ellas. Saila se mecía suavemente siempre con los ojos cerrados al igual
que Deray que también los cerraba concentrándose en su propia melodía, mientras que
Lua se concentraba en ella. Llevaba el pelo suelto y algo alborotado que junto con un
traje de varios colores y de una fina tela arrugada, al estilo hippy, le daba un aire
totalmente bohemio.
Lua se sorprendió al darse cuenta de que Deray la observaba, la rubia le guiñó un ojo e
intentó sonreír sin parar de tocar. Era muy joven pero tenía algo que le llamaba
poderosamente la atención, algo que la atraía y que en aquel momento la obligaba a no
dejar de mirarla. "Dios mío, Lua, sólo es una niña" - pensó. Una vez más la imagen de
aquella niña - mujer desnuda zambulléndose en el mar le vino a la mente, una imagen que
no había podido borrar.
- Lo has descrito muy bien - dijo la anciana en el mismo momento en que dejó de tocar -
¿Verdad, Lua? -.
- ¿Descrito? -.
No le sorprendía nada que supiera dónde estaba, se empezaba a acostumbrar a la
personalidad de Saila.
- He descrito la puesta de sol, ¿no te has dado cuenta? -.
- Lo siento, mi cultura musical no llega a tanto -.
- No se trata de cultura, sino de sentimientos, cariño, ¿qué has sentido al escucharla? -.
La imagen de la rubia en la playa volvió a su mente pero no podía decir eso.
- Es una melodía preciosa, me ha gustado mucho -.
- ¿En qué pensabas cuando la escuchabas? -.
- ¿Cómo? - la pregunta de la anciana volvía a dar en el clavo.
- Saila, será mejor que me vaya -.
- La cena ya está lista -.
La frase no era ni una pregunta ni una invitación, ni siquiera una sugerencia, la voz
de la anciana no dejaba lugar a dudas de que no iba a dejar a Deray irse así como así.
- Saila -.
- Tú y Lua las quiero a las dos en la cocina, vamos -.
- Como negarse a eso - se rió Lua - Tu primero -.
- Gracias -.
Deray bajó la mirada algo que no concordaba con la chica que ella conocía y que de
forma tan descarada se le había insinuado en la playa.
- ¿Estás bien? - le preguntó mientras caminaban por el pasillo.
- Sí, es sólo que... -.
- A la mesa -.
La voz de Saila las interrumpió así que se sentaron a comer en completo silencio, como
silenciosa era la conversación que mantenían los ojos y las miradas de las dos. Al
terminar Saila permitió que entre todas recogieran pues se encontraba un poco cansada.
- Chicas, me voy a acostar -.
- ¿Estás bien, Saila? - le preguntó Deray - Te noto cansada -.
- Y lo estoy, jovencita - acertó a encontrar su cabeza y le alborotó el pelo con su
mano.
- Cuidado que me despeinas - se rió Deray.
- Tu siempre estás guapa, ¿verdad Lua? -.
- Ssss... está guapa - la cogió por sorpresa como siempre.
Saila las dejó a solas y se alejó por el pasillo rumbo a su habitación. Deray miró a
Lua y rápidamente bajó la mirada dirigiéndose hacia el porche, Lua la siguió.
- ¿Qué te pasa?, no pareces la misma de ayer -.
Deray levantó la vista y la miró directamente a los ojos.
- Bajemos a la playa -.
- No sé, estoy cansada -.
- Venga, vamos -.
La cogió de la mano y prácticamente la arrastró, ella misma comenzaba a sentirse como
una adolescente otra vez, se quitaron los zapatos y caminaron despacio por la arena.
- ¿Te apetece un baño a la luz de la luna?-.
Deray la miraba con picardía, la luna llena había salido por completo e iluminaba toda
la playa de manera que se veían perfectamente la una a la otra, incluso formaba sombras
en la arena. La joven rubia comenzó a subirse el vestido con intención de quitárselo
pero Lua la frenó.
- Deray, ¿qué estás haciendo? -.
- No voy a bañarme con ropa... - se rió - Venga, anímate, no muerdo... salvo que tú me
lo pidas -.
Terminó de quitarse el vestido y de nuevo se repitió la escena de una joven rubia
desnuda corriendo para terminar zambulléndose en el mar.
- "No puedo creer lo que estoy haciendo" - pensó Lua.
No pretendía desnudarse pues no sabía quién podía estar mirando, se quitó los pantalones
cortos quedándose en bragas y se dejó la camisilla blanca puesta, por la mañana al
meterse por una camino hacia una de las casas dónde tenía que dejar uno de los paquetes,
se había enganchado en una zarza y la camisilla mostraba unos cuantos agujeros que lo
demostraban.
- Total, tendré que tirarla de todas formas -.
- ¡Vamos! - le gritó Deray desde el agua.
- No puedo creer que esté haciendo esto, pero si yo soy la adulta, dios mío, y aquí
estoy dejándome llevar por una niña -.
- ¡Deja de refunfuñar y entra ya! -.
- ¿Está fría? - le preguntó desde la orilla.
- ¡Qué va! -.
Se metió poco a poco descubriendo que Deray tenía razón el agua estaba a una
temperatura ideal, finalmente se zambulló.
- ¿Qué tal está? -.
- Guau, está buenísima -.
- Sí... aunque no tanto como tu -.
Ambas permanecían de pie no muy lejos de la orilla, la rubia caminaba hacia ella sin
dejar de mirarla a los ojos con el pelo mojado cayendo sobre sus hombros y dejando ver
el comienzo de sus pechos.
- ¿Qué pretendes Deray? -.
- ¿Hace falta decirlo? -.
- Te llevo 13 años -.
- Cumplo los 18 la próxima semana, sólo son 12 -.
- ¿Sólo?, son muchos años, tú aún eres menor de edad -.
- Tranquila no se lo diré a nadie -.
- No es por eso, ¿sabes lo qué estás haciendo? -.
Se encontraban frente a frente mirándose a los ojos, ambas eran prácticamente de la
misma estatura, quizás Deray era uno poquito más alta, la rubia levantó una mano y
comenzó a alborotarle el pelo.
- Me encanta tu pelo rizado y mojado se ve genial, ¿nunca lo has tenido largo? -.
- Sí... ejem - tosió un poco pues la voz parecía no querer salir - Lo he tenido
bastante largo pero me resulta... incómodo... me gusta más así... a media melena -.
- A mí también, te queda muy bien -.
Deray estaba ya a pocos centímetros de su cara y sus intenciones eran más que obvias.
- Esto no puede ser, ¿vale? - Lua se apartó bruscamente.
- ¿Qué te pasa?, tu también lo deseas no puedes negarlo -.
- Por Dios, si sólo eres una niña -.
En ese momento, Deray le tomó la cara con las manos y la besó, al principio sólo fue la
unión de los labios pero poco a poco se fue soltando y los movía con suavidad sobre los
suyos, Lua se dejaba llevar saboreando la dulce sensación que la envolvía al sentirla
tan cerca. Sintió la necesidad de abrazarla y así lo hizo, pegando sus pechos contra
los suyos, Deray rodeaba su cuello con los brazos y profundizaba el beso.
- ¿Te sigo pareciendo una niña? -.
La rubia se separó un poco, momento en que Lua logró pensar con claridad a pesar de su
alterada libido.
- Será mejor que salgamos del agua -.
- A mí me gusta aquí -.
Quiso volver a besarla pero Lua se apartó dirigiéndose hacia la orilla y saliendo de
manera decidida, antes de que su cuerpo volviera a traicionarla. Se dirigió al lugar
dónde habían dejado su ropa seguida de cerca por Deray.
- ¿No pensaras vestirte ya?, aún tienes que secarte -.
- Oye, dejemos las cosas clara, ¿vale? -.
- Yo ya las veo bastante claras - sonrió.
Deray la observaba de arriba abajo pues la camisilla y las bragas completamente
empapadas se transparentaban dejando entrever el cuerpo que ocultaban, Lua se dio
cuenta y se intentó tapar como pudo con las manos.
- Ya está bien, escúchame... -.
- ¿Me vas a decir que no te ha gustado? -.
- No es eso, ¿es qué no te das cuenta? -.
- Yo sí, ¿y tú? -.
- Vas a volverme loca -.
- Ves como también te has dado cuenta -.
- Se acabó, no voy a permitir que una niña de 17 años juegue conmigo, hasta ahí podíamos
llegar -.
- Yo no estoy jugando -.
- Ni siquiera sabes lo que estás haciendo -.
- Claro que lo sé, me gustas -.
- Vamos a ver, mírame bien... -.
- Eso intento pero no haces más que taparte -.
- Tengo 30 años y tu 17... -.
- 18 prácticamente -.
- Y soy mujer por si no te habías dado cuenta -.
- ¿En serio?, ¿quién lo diría? -.
- No me conoces de nada y yo tampoco a ti, no me interesa tener un lío con una niña
para después irme, porque me iré tarde o temprano -.
- Si te vas a ir de todas formas, ¿por qué te preocupas tanto? -.
- ¿De verdad tienes 17? -.
- ¿Quieres ver mi carnet? -.
- Lo que quiero es... aaaa... aaa... aaaachiiiis -.
- Vaya te has resfriado, no deberías andar por ahí semidesnuda y mojada -.
- ¡Es lo que me faltaba!, ¡Me largo! -.
- Estás muy sexy así, ¿sabes?, con esa ropa mojada y transparente, enfadada y
resfriada, con esta imagen no voy a poder dormir -.
- Adiós De... De... achiiiiis -.
- Puedo prepararte algo si quieres aunque lo mejor es el calor humano - sonrió.
- Buenas noches -.
Se marchó dejando a Deray mirándola fijamente desde la playa y sonriendo pues a su
juicio había ganado aquella batalla.
Lua entró al jardín totalmente empapada pues aún no se había secado, se dirigió a la
piscina con ánimo de poder encontrar algo allí pero se paró antes de llegar, sobre la
mecedora había una gran toalla esperándola, y sonrió, una vez más Saila se le había
adelantado, ¿cómo?, no lo sabía, pero así era y se alegró por ello. Mientras se secaba
se daba cuenta de que había huido, todo aquel número había sido una excusa, no sabía
como enfrentarse a Deray, podía con ella y la asustaba, conseguía hacerla perder su
autocontrol y eso nunca le había pasado.
Terminó de secarse y enrollándose en la toalla se dirigió a su habitación, encendió la
luz y cerró la puerta, durante un rato permaneció secándose el pelo, no le gustaba nada
acostarse con el pelo mojado, cogió la vieja camiseta que utilizaba como pijama y se
disponía a acostarse cuando algo le llamó la atención. Sobre la mesilla de noche
descansaba un paquete, lo miró bien dándose cuenta como suponía que se trataba del
mismo paquete que aún nadie había abierto ni ella ni la anciana, sin embargo, una vez
más lo dejó igual, no sentía deseos de abrirlo en ese momento.
Un sueño provocó que se despertase a media noche entre sudores, en un principio pensó
que se trataba de una pesadilla hasta que lentamente fue acordándose, acababa de tener
el sueño erótico más salvaje de su vida y sonrió al recordarlo.
- ¿Por qué me despertaría tan pronto? - se lamentó en voz baja - Oh, no,... ya sé
porqué... era ella, dios mío, acabo de soñar con Deray... ahora entiendo todo esto,
estoy perdiendo la cabeza, es la única explicación, lo dejo todo, mi trabajo, mi
carrera, mis estudios porque podía seguir especializándome para venir a un lugar remoto
perdido en el mundo, y ahora tengo un sueño erótico con una niña... no, no, esto es de
psiquiatra -.
Volvió a acostarse cuando se dio cuenta de un detalle, sobre la mesa de noche ya no
estaba el paquete, se incorporó de golpe y lo buscó por el suelo, quizás lo había
golpeado sin darse cuenta, miró debajo de la cama y por todos lados. Se levantó y se
quedó mirando la puerta pues por la rendija podía ver lo que parecía un fino alo de
luz, ¿estaría levantada Saila y lo habría cogido?, era la única explicación.
Abrió la puerta y caminó por el pasillo comprobando que la luz procedía de la
biblioteca, al asomarse la vio. Allí estaba Saila sentada frente a la mesa sobre la
cual descansaba el paquete que seguía igualmente cerrado.
- Buenos días -.
- Buenas noches, será -.
- Son ya las siete menos cuarto, no falta mucho para que amanezca -.
- ¿No puede dormir? -.
- Te estaba esperando -.
- ¿A mi? -.
- Sí, al final nunca te decidiste pero ahora creo que sí, si mi instinto no me falla -.
- Debe ser la hora porque no la entiendo -.
- Entonces para ti siempre deben ser las siete menos cuarto de la mañana - se rió.
- ¿Quiere usted decir que nunca la entiendo? - fingió molestarse.
- ¿Qué quieres hacer? -.
Lua se quedó pensando un momento aunque entendía perfectamente a lo que Saila se estaba
refiriendo y era verdad, la curiosidad le había picado y ahora tenía ganas de abrirlo.
- Lo abriré -.
- ¿Y a qué estás esperando? -.
Se sentó en la silla que encabezaba la mesa mientras que Saila seguía sentada en el
lateral que quedaba justo frente a la ventana, la fuerte luz de un flexo las iluminaba.
- ¿Por qué ha encendido la luz? - preguntó al darse cuenta de que ya estaba encendida
cuando llegó y a Saila no le hacía ninguna falta.
- Bien, ya empiezas a hacer preguntas, estás cogiendo confianza, como te he dicho te
estaba esperando -.
Lua cogió el paquete y comenzó a abrirlo, su curiosidad crecía por momentos, apartó
todo el papel marrón del envoltorio y le dio la vuelta al libro para leer en voz alta
su título.
"DOS BESOS PARA UNA ROSA"
POR IBALLA DORAMA
- Precioso título, ¿verdad? -.
- Sí -.
- ¿Conoces a la autora? - sonrió de una manera enigmática.
- No, nunca la había escuchado, pero como ya le dije una vez, no suelo leer -.
- ¿Por qué no lo habías abierto antes? -.
- Supongo que no lo deseaba -.
- Lo has tenido mucho tiempo contigo, pensaba que lo habías leído ya -.
- ¿Conmigo? -.
- Fue una sorpresa encontrarlo aquí todavía envuelto -.
- ¿Una sorpresa?, me lo ha dejado por media casa -.
- Desde el día en que me lo trajiste no lo había vuelto a tocar ni sentir -.
- Perdone Saila que se lo pregunte pero... ¿está usted jugando conmigo? -.
- Hace mucho tiempo que dejé de jugar, mi querida Lua, aunque nunca debí hacerlo -.
- Pero... -.
- Pero, pero, ¿vas a leerlo o no? -.
- ¿Ahora?, es muy temprano, ¿no le parece? -.
- Depende, ¿tienes mucho trabajo hoy? - le sonrió.
- Usted lo sabe igual que yo... vale, ¿quiere que se lo lea? -.
- Sólo si tú lo deseas -.
Lua lo miró detenidamente, las tapas eran de color marrón rugoso que le daba aspecto de
antiguo y que contrastaba perfectamente con las letras doradas del título, en verdad
quería leerlo y sería interesante hacerlo con Saila y conocer su punto de vista sobre
cualquiera que fuese aquella historia.
- ¿Por qué encargó este libro?, ¿se lo recomendó alguien? -.
- Para contestar a esas preguntas, tendría que escribir otro libro - se rió.
- ¿Es una historia larga? -.
- Sí -.
- A mí... - observó la cara de la anciana y decidió no preguntar más - Bien, empecemos -.
Abrió el libro y esa fue la primera sorpresa, en la primera hoja constaba la dedicatoria,
miró a la anciana y decidió leerla en voz alta.
"A Sai, mi amor desde el amanecer hasta el ocaso, y mi pasión en la oscuridad"
Lua la miró fijamente sin atrever a decir ni media palabra, sólo observando la
expresión que la anciana mostraba en estos momentos difícil de definir y
sorprendiéndola al dejar escapar un suspiro.
- ¿Quién era Iballa? -.
- La persona que escribió este libro - dijo sin más - Se trata de una historia real -.
- ¿De verdad?, ¿conoció a sus protagonistas? -.
Saila no contestó su sonrisa ya lo hacía por ella, Lua no se atrevió a seguir
preguntando, algo le decía que poco a poco iría descubriendo más, todo ocurre a su
debido tiempo. En vez de eso, siguió pasando las hojas, no existía un índice ni una
enumeración, no habían capítulos ni prólogo ni introducción, la historia comenzaba sin
más.
- Yo tuve dos madres - leyó - y ese simple hecho debería justificar un trauma para
muchas personas y sociedades en este mundo, sin embargo, mi único trauma fue la forma
en que fui concebido... -.
*****
La verdadera historia
Salía a pescar como hacía todas las mañanas desde niña, el verano era la mejor época
para ello pues el resto del año la escuela y los quehaceres cotidianos no le dejaban un
minuto libre. Su familia no lo veía con buenos ojos, una niña pescando estaba mal visto
pero eso a ella le traía sin cuidado.
Tenía que caminar un largo trecho hasta llegar a sus rocas preferidas, le gustaba no
sólo el paisaje que el lugar le ofrecía sino que allí no encontraría a nadie, justo lo
que necesitaba, disfrutaba de la soledad. A sus diecisiete años era considerada una
chica rara, no se arreglaba ni era presumida, no mostraba interés alguno por los chicos
ni coqueteaba con nadie y sobre todo leía, su padre se lo había inculcado desde muy
pequeña, él mismo estaba considerado como un hombre muy inteligente y culto pero que
descuidaba muchísimo a su hija. Era viudo y muchas mujeres del pueblo habían intentado
cazarlo sin conseguirlo, la gente lo criticaba por ello, su hija crecía sin madre y se
notaba, andaba sola por ahí, nunca llevaba un vestido, pescaba y en una bolsa siempre
llevaba libros, era capaz de discutir de política con cualquier hombre y eso resultaba
como mínimo poco femenino.
No tenía amigas pues según las madres era una mala influencia y levantaba fácilmente la
envidia de las chicas del lugar, era muy guapa y llamaba la atención de todos los
chicos con su larga melena negra y sus ojos azules que hubiese heredado de su abuela
materna, raros de ver en aquel pueblo, su altura y su cuerpo hacían el resto.
Se sentó sobre su roca preferida, siempre la misma, su forma era casi la de un sillón y
se encontraba cómoda, colocó un trozo de pan en el anzuelo, era la única carnada que
podía conseguir y lo lanzó lo más lejos que su rudimentaria caña le permitía. Aquel día
se presentaba aburrido y no podía ni imaginar el hecho que estaba a punto de ocurrir y
que cambiaría su vida para siempre.
Se colocó el sombrero pues el sol amenazaba con calentar desde muy temprano, se había
levantado al amanecer. La pesca no era buena, llevaba una hora y a penas había
conseguido un par de boguitas, casi se estaba dejando dormir cuando una voz la despertó.
- Nunca había visto pescar a alguien mientras duerme, debe de ser una técnica nueva -.
Levantó la vista para ver a una chica más joven que ella, descalza y con un vestido
largo y blanco poco apropiado para andar entre aquellas rocas y que jamás había visto
antes.
- ¿Tú quién eres? -.
- Primero se saluda -.
- Tú no lo has hecho -.
- Anda, es verdad, tienes razón, volveré a empezar... ejem... hola me llamo Saila -.
- Hola -.
- Ahora es cuando me dices tu nombre -.
- ¿Por qué tendría que hacerlo? -.
- No tienes por qué si no quieres, es cierto -.
Levantó la vista una vez más, aquella niña no hablaba como las del pueblo y mostraba
una sonrisa permanente en su cara.
- No eres de por aquí -.
- Acabamos de llegar -.
- ¿De dónde? -.
- De otro lugar, obviamente -.
- Vale, tampoco tienes por qué contestarme si no quieres -.
- Alemania -.
- ¿Cómo? -.
- Venimos de Alemania -.
Esta última frase atrajo toda su atención, por fin alguien de fuera, alguien que podría
contarle como es el mundo lejos de aquella isla pero ahora lo que menos entendía era
que podían buscar unos alemanes en aquel pueblo perdido.
- ¿Y qué hacen aquí? -.
- Según mi padre aprender -.
- ¿El qué? -.
- Otras culturas, otros idiomas -.
- Pues tu hablas el español perfectamente -.
- Mi madre es española -.
- ¿Tu madre es de aquí? -.
- No, es madrileña -.
- A ver, tu padre alemán, tu madre de Madrid... pues no lo entiendo -.
- ¿El qué? -.
- Lo qué están haciendo aquí, esto queda muy lejos de todo eso -.
- Exacto -.
- ¿Exacto qué? -.
- Está lejos de todo -.
- Entonces es que están huyendo -.
- Estamos aprendiendo, ya te lo he dicho -.
- Ah, sí, aprendiendo -.
- ¿No piensas cogerlo? -.
- ¿El qué? -.
En ese momento se dio cuenta de que estaba aguantando la caña con fuerza pues algo
tiraba de ella con brusquedad, se levantó y comenzó a tirar.
- ¡Debe de ser grande! -.
- Ssss... no... puedo... con... él -.
- ¿Quieres que te ayude? -.
- Llevas... tra... je -.
Saila no lo pensó y se colocó junto a ella agarrando la caña y tirando con fuerza,
finalmente lograron sacarlo quedando ambas sentadas sobre la roca.
- ¡Vaya, es muy grande!, ¿qué es? -.
- No lo sé, nunca había cogido uno como este -.
El pez luchaba por su vida saltando y retorciéndose sin parar pero ella lo tenía bien
agarrado y no dejaría que se escapase, consiguió no sin cierta dificultad quitarle el
anzuelo y lo metió en el interior de su bolsa.
- No sé como este anzuelo pudo atraparlo, es demasiado pequeño -.
- Somos buenas, ¿eh? -.
La miró fijamente dándose cuenta de que aquella chica no dejaba de sonreír, era
agradable y muy guapa, llevaba su larga melena rubia suelta y sus ojos eran de un color
verde esmeralda.
- Me llamo Melba -.
- Melba, precioso nombre, nunca lo había oído -.
- Yo tampoco había oído nunca Saila -.
- Fue un invento de mi abuela, ¿y el tuyo? -.
- Fue un invento de mi madre, creo que lo leyó en algún libro -.
- Tengo que irme, Melba - se levantó de golpe mirando hacia detrás -.
- Gracias por ayudarme -.
- Me gustaría volver a verte -.
Aquella afirmación la cogió por sorpresa, ¿quería volver a verla?, ¿para qué?, nadie le
había dicho nunca semejante frase.
- Me gusta pescar -.
- Lo tendré en cuenta - Saila se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla - Hasta
pronto Melba -.
Ese fue el primer encuentro de los muchos que acontecieron aquel verano, Saila siempre
sabía dónde encontrarla pues cada mañana bajaba a pescar al mismo sitio escondido, todo
aquello se había convertido en la comidilla del lugar, la chica rara encima hablaba con
la familia extranjera y por definición más rara aún, que habían comprado la casa de la
playa del inglés.
- Hola preciosa -.
- Hola Saila -.
Al principio aquella forma de saludarla la aturdía un poco pero con el tiempo le
empezaba a gustar y se sentía mal si no se lo decía.
- ¿Cómo están los pescados hoy? -.
- Demasiado tranquilos, me estoy aburriendo - se giró para mirarla pues no lo había
hecho hasta entonces concentrada en mirar la caña - ¿Y esos pantalones?, siempre llevas
falda -.
- Ya ves he decidido imitarte -.
- Ah no, no quieras ser como yo -.
- ¿Por qué?, a mi me gusta mucho como eres -.
Siempre lo hacía, siempre conseguía ponerla nerviosa de un modo u otro, no sabía si era
adrede o sólo que se estaba volviendo loca, nada de todo aquello tenía sentido. Unas
noches atrás se había despertado en mitad de un sueño, no era una pesadilla más bien
todo lo contrario, corría por un bosque persiguiendo a Saila, ambas reían y se
divertían, cuando al final la atrapó cayeron al suelo quedando ella encima de la rubia,
se miraron a los ojos y entonces pasó, la besó. ¿Cómo iba a besar a una chica?, quiso
hablarlo con su padre pero no se atrevió, siempre había hablado de todo con él pero
esta vez sencillamente no encontraba valor suficiente para hacerlo. Miró a Saila una
vez más, se veía muy bien con aquellos pantalones al estilo chico.
- ¿Qué te pasa? -.
- ¿Por qué? -.
- No sé, me miras de un manera rara -.
- Nunca te había visto con pantalones antes -.
- ¿No te gusta? -.
- Te queda bien -.
- ¿Te gustan más los vestidos?, por que si es así puedo ir a cambiarme -.
- Vístete como tu quieras no como quieran los demás -.
- Vale -.
Saila sonrió y Melba tuvo que apartar la mirada o no podría controlarse, su sonrisa era
embriagadora, su forma siempre amable de hablar, su tono de voz, su cuerpo aunque era
más baja, su forma de saltar de una roca a otra, su risa, hasta el más mínimo detalle
de aquella chica podía aturdirla.
- ¿Por qué no salimos esta noche? -.
- ¿Salir?, ¡Estás loca!, la guardia civil podía cogernos -.
- Si nos dejamos, claro -.
- No quiero meterme en líos -.
- ¿Desde cuándo eres tan recta? -.
- Yo siempre he sido recta -.
- Eso no es lo que dicen por ahí -.
- Ya sé lo que dicen de mi pero eso es porque no me conocen -.
- Eso mismo les dije yo -.
- ¿Ah sí? -.
- Sí, les dije que si se molestasen en hablar contigo verían lo maravillosa que eres -.
Saila se había puesto muy cerca de ella al decir esa frase y una vez más miles de
mariposas volvieron a la vida en su estómago.
- ¿Y qué quieres hacer esta noche? -.
- Mi padre dice que hay previsto una lluvia de estrellas -.
- ¿Y eso qué es? -.
- ¿No sabes lo qué es?, ¿nunca lo has visto? -.
- No -.
- Durante la noche se ven cientos de estrellas fugaces -.
- ¿Y cómo sabe tu padre que eso va a ocurrir? -.
- Tiene un amigo aficionado a la astronomía -.
- El estudio de las estrellas -.
- Exacto, ¿no te apuntas?-.
- Mi padre me mataría, como te he dicho soy muy recta -.
- Puedes quedarte en mi casa -.
- No quiero meterme en problemas -.
- ¿Problemas?, ¿qué problemas? - la miró con su eterna sonrisa - ¿Sabes lo que mi
abuela siempre dice? -.
- Cómo voy a saberlo - Melba le devolvió la mirada dándose cuenta de que se había
puesto borde sin saber muy bien por qué - Perdona, ¿qué dice tu abuela? -.
- Las chicas buenas van al cielo... - hizo una pausa dramática.
- ¿Y? -.
- Las chicas malas van donde quieren -.
Melba se quedó pensativa hasta que la risa siempre contagiosa de Saila le provocó su
propia risa.
- ¿A qué hora cree tu padre qué será? -.
- Será de madrugada, por eso quería invitarte a cenar y a que te quedaras en mi casa
a dormir -.
Las mariposas volvieron a moverse en el interior de su vientre, no sabía qué contestar
pero por fin pasaba algo nuevo en su vida y no podía dejarlo pasar así como así, además
su padre no pondría ninguna pega.
Siempre había querido entrar en la casa de la playa y esta noche era su oportunidad,
desde que pusiera el primer pie dentro incluso cuando sólo había visto el jardín se
había enamorado de aquel lugar. La casa era más sencilla de lo que pensaba y sin
embargo algo la atraía, quizás fuera la vista de la playa y de la puesta de sol, o
quizás era el jardín, o tal vez la cercanía de los acantilados, fuera lo que fuera le
gustaba. La compañía también ayudaba a crear tan buen ambiente.
Cenaron temprano, los padres de Saila era muy amables y parecían menos estrictos que la
mayoría de la gente del pueblo. Saila tenía a quien salir, el pelo rubio y sus
embriagadores ojos verdes eran herencia de su padre mientras que de su madre había
heredado el resto, sobre todo su mirada y su sonrisa que no dejaba de mostrar al igual
que su alegre hija.
- El sol se está poniendo, Sai, ¿por qué no salen al porche? - comentó su madre.
- Me has leído el pensamiento mamá, ¿vamos? -.
Saila miró a Melba quien aceptó con un ligero movimiento de hombros.
- Vaya, no te veo muy entusiasmada - se rió la madre.
- Me gustan las puestas de sol pero... -.
- Pero, pero, siempre un pero - se rió Saila.
- Está acostumbrada Sai, ¿siempre has vivido aquí, verdad? - preguntó esta vez su
padre.
- Sí, acabas por no fijarte en esas cosas -.
- Papi, ¿sabes que su padre es escritor? -.
- ¿En serio?, ¿qué escribe? -.
- Antes escribía en un periódico de la provincia pero hace unos dos años dio el salto
a las novelas -.
- ¿Cómo se llama? -.
- Miguel de la Fuente -.
- No lo conozco pero me gustaría leer algo de él -.
- La próxima vez le traeré alguno -.
- Te tomo la palabra, salgan ya o se lo perderán -.
Salieron al porche sentándose cada una en un escalón distinto por ese motivo quedaban
ambas casi a la misma altura, Saila cerró los ojos.
- ¿Qué haces?, ¿no querías verlo? -.
- Eso hago -.
- Tienes los ojos cerrados -.
- Se puede ver de muchas maneras -.
- Y después dicen que la rara soy yo -.
- Melba - Saila abrió los ojos y la miró fijamente - Tú no eres rara, no creas lo que
dice la gente, por favor, no saben lo que dicen, eres especial y eso les pone nerviosos -.
- Saila -.
- ¿Qué? -.
- El sol ya se está poniendo -.
- Sí, hemos salido tarde -.
- Y ahora dime, ¿qué estabas haciendo? -.
- Me gusta imaginarme como se va a poner el sol -.
- Pero si siempre se pone igual -.
- ¿Igual?, nunca sabemos lo que tenemos ¿verdad?, no hay dos ocasos iguales -.
- Puede ser, ¿y después? -.
- ¿Después qué? -.
- Te imaginas como el sol se pone pero nunca lo ves -.
- Sí lo hago, cuando ya se está poniendo y se hunde en el mar abro los ojos y
compruebo si tenía razón -.
- ¿Y la tienes? -.
- Algunas veces, es difícil - Saila la miró - Otro día lo probaremos juntas y te darás
cuenta -.
- Otro día -.
El sol les daba de frente mientras se ocultaba e iluminaba la cara de Saila dándole
brillo a sus cabellos dorados y a sus ojos y obligando a Melba a no poder dejar de
mirarla.
- Otra vez me estás mirando igual -.
- ¿Cómo? -.
- Cuando pescabas me mirabas así también -.
- No me había dado cuenta - apartó a mirada hacia la playa - Perdona -.
- No pasa nada - Saila se sentó a su lado bajando un escalón - Me gusta cuando me
miras así -.
La lluvia de estrellas no se produciría hasta la una de la mañana, para matar el tiempo
jugaban a las cartas con los padres de Saila algo que aburría mortalmente a Melba nunca
le habían gustado hasta que observó un tablero de ajedrez cosa que encantó al padre,
fue entonces cuando las horas pasaron volando. Melba era buena ajedrecista y el padre
de la rubia disfrutaba al tener por fin un buen contrincante, la experiencia pudo al
final con la juventud y con algunos apuros consiguió vencerla. Al terminar los padres
finalmente se acostaron y la pareja de chicas subió a la amplia azotea que abarcaba el
perímetro total de la casa y dónde ya Saila había dispuesto un colchón y unas mantas
para observar el fenómeno de manera más cómoda.
- Aquí es, como verás ya lo tengo todo preparado -.
Saila se sentó sobre el colchón echando las manos hacia atrás y apoyándose en ellas
miró al cielo, Melba se sentía de repente extrañamente nerviosa sin querer entender que
era lo que tanto llamaba la atención de su sistema nervioso.
- ¿Es que vamos a dormir aquí? -.
- No había pensado en eso pero se podría la noche es cálida, hemos tenido suerte -.
- ¿Las dos juntas? -.
- ¿Te preocupa eso? -.
Saila bajó la vista del cielo para centrarse en los ojos azules que adoraba y que la
miraban fijamente, una expresión de extrañeza asomaba en la cara de la morena que a su
juicio la embellecía más a pesar de no verla claramente pues no había luna ni la abría,
de ahí que el fenómeno pudiera apreciarse en todo su esplendor aquella noche, aunque se
temía que lo más que iba a apreciar en la siguiente hora sería la cercanía de Melba.
- Supongo que no -.
Melba observó como Saila se acostaba en el colchón sobre la manta apoyando la cabeza en
unos cojines que ya estaban preparados.
- ¿Tus padres no quieren verlo? -.
- Al parecer no -.
- Pero a tu padre le gusta, ¿no? -.
- Sí, le encanta de echo -.
- ¿Y por qué no sube? -.
- ¿Quieres que lo haga?, puedo llamarle -.
Notó un ligero cambio en el tono de voz de la rubia como si su comentario le hubiese
molestado, seguramente quería estar con ella a solas, "¿por qué?" - pensó - "Vale somos
buenas amigas y tú también quieres estar sola con ella, ni te atrevas a negarlo" -.
- Bien -.
Saila la miró volviendo a sonreír, aquella sonrisa la cautivaba por completo sólo con
un ligero movimiento de sus labios conseguía hipnotizarla y la hacían tener sentimientos
que siempre pensó poder tener con un chico y sólo con un chico.
- ¿No quieres acostarte?, desde aquí se ve mejor, es más cómodo -.
Saila palmeaba la parte libre que quedaba del colchón y Melba se sentó sobre él para a
continuación acostarse y observar el inmenso cielo negro cubierto únicamente por
brillantes luces aquí y allá, sin embargo, por precioso que fuera, su atención se
centraba únicamente y sobre todo en la persona que permanecía acostada a su lado.
- ¿Se está mejor o no? -.
- Claro, mucho mejor... ¿cuándo veremos algo? -.
- Calma esto no es el teatro, poco a poco irán apareciendo, pueden tardar mucho aún -.
- Si tardan mucho puede ser que me quede dormida -.
- Ah no, eso no lo permitiré -.
Saila se colocó de lado y la miraba fijamente, podía sentirlo aunque su vista seguía
clavada en el negro cielo.
- Melba -.
- ¿Sí? -.
- Puedo hacerte una pregunta -.
- Claro -.
- Es que me da un poco de vergüenza -.
- Vaya, creía que tú no sabías lo que era eso -.
- ¿Yo? -.
- Sí, tú, y no pongas esa carita de inocente -.
Le sonrió y la miró comprobando que efectivamente la mirada de la rubia se centraba en
ella, giró la cabeza para volver la vista hacia el cielo.
- ¿Y bien? -.
- ¿Cómo? -.
- ¿Qué me ibas a preguntar? -.
- Sí, que... -.
- ¿Qué? -.
- ¿Tú tienes novio? -.
- ¿Cómo me preguntas eso?, ya sabes que no -.
- No lo sabía por eso te pregunto -.
- Pues ya lo sabes, ¿ese era tu gran apuro? -.
- ¿Por qué no? -.
- ¿Por qué no tengo?, no lo sé -.
- Seguro que muchos se te acercarán -.
- Algunos demasiado -.
- ¿Y no te gusta ninguno? -.
- Supongo que no -.
- ¿Supones? -.
- Vale, no me gusta ninguno -.
- ¿Por qué? -.
- ¿Cómo quieres que lo sepa?, no me gustan y ya está -.
- ¿No te gustan los hombres? -.
- Los que conozco no -.
- ¿Alguna vez has besado a alguien? -.
- ¿A qué te refieres? -.
- Ya sabes -.
- No, no lo sé -.
- ¿Has besado a alguien en la boca? -.
- ¿Por qué me haces todas estas preguntas? -.
- Tengo curiosidad -.
- ¿Y tú?, ¿has besado a alguien? -.
- No -.
- ¿Por qué? -.
- No he encontrado a nadie... por ahora -.
- ¿No te gustan los hombres? -.
- No -.
- ¿No? - Melba la miró extrañada y Saila bajó la cabeza, era la primera vez que le
veía hacer eso desde que la conociera.
- ¿Y tú? -.
- No -.
- ¿Nunca? -.
- No, ¿por qué te extrañas?, tú tampoco -.
- Ya pero tú eres mayor que yo -.
- ¿Mayor?, casi somos de la misma edad -.
- Tú tienes 17 -.
- Sí, ¿y tú cuántos tienes? -.
- 14 -.
- ¿14?, ¿en serio?, eres una niña, pareces mayor -.
- Eso me dicen, me desarrollé pronto, y... ¿no te gustaría besar a alguien? -.
- Qué preguntas haces -.
- Contesta, por favor -.
- Claro, ¿a ti no? -.
- Yo lo deseo -.
- ¿Lo deseas? -.
Melba imitó la posición de Saila acostándose de lado y mirándose la una a la otra.
- Sí, además al contrario que tu yo sé a quién quiero besar -.
- ¿Ah sí?, ¿y quién te gusta?, creí que habías dicho que no te gustaba ninguno -.
- Y así es -.
- No lo entiendo, ¿a quién quieres besar, Saila?-.
- A ti -.
El corazón de la morena se paró durante un largo segundo en que todo parecía ir a
cámara lenta, su mirada se mantenía sobre los ojos verdes de Saila, unos ojos que cada
vez estaban más cerca, ¿qué estaba pasando?, antes de que pudiera darse cuenta los
labios de la rubia rozaban los suyos, al primer contacto se echó hacia atrás sin saber
cómo reaccionar pero Saila no se dejaba vencer a la primera de cambio como siempre
demostraría, volvió a rozarle los labios y un enorme escalofrío recorrió su cuerpo al
tiempo que las miles de mariposas que últimamente habitaban en su interior se agitaban
nervioas batiendo sus alas y repartiendo aquel sentimiento por cada rincón de su
alterada anatomía.
- ¿Qué has sentido? - le preguntó Saila separando sus labios pero quedando a escasos
centímetros de su cara.
- Nnnnnn... - estaba demasiado confusa como para poder hablar.
- ¿No te ha gustado? -.
- Ssssss... -.
- A mí me ha encantado, si todos los besos son así te estaría besando el resto de mi
vida -.
Melba volvió a besarla antes de que su capacidad de razonamiento comenzase a funcionar,
era incapaz de entender nada de lo que pasaba sólo sabía que no quería parar y deseaba
que ese momento se detuviera, Saila le correspondía con mayor fuerza cada vez, ambas
iban cogiendo confianza, rozándose, saboreándose la una a la otra, sintiendo
sensaciones nuevas para ambas y profundizando un poco más con cada beso.
- ¿Qué estamos haciendo? -.
- Besándonos creo - le sonrió Saila.
- Tienes una sonrisa preciosa, increíble, me vuelve loca -.
- Toda tú me vuelves loca -.
- Pero somos dos mujeres -.
- ¿Y qué? -.
- Estas cosas no pasan entre mujeres, es antinatural -.
- ¿Te parece antinatural lo que hemos sentido? -.
- No, pero... -.
- El otro día soñé contigo -.
- ¿Ah sí? -.
- Sí, soñé que te besaba como lo estoy haciendo ahora y se lo conté a mi madre -.
- ¿Qué hiciste qué? -.
- Tranquila mi madre no dirá nada, siempre hablo con ella de todo -.
- ¿Y qué te dijo? -.
- Que existen muchas formas de amar a alguien, hay mujeres que aman a otras mujeres y
hombres que aman a otros hombres -.
- ¿Mujeres con mujeres y hombres con hombres?, eso no puede ser -.
- ¿Ah no?, ¿y qué ha pasado aquí Melba?, se llama homosexualidad pero también me dijo
que se ocultan pues si alguien lo descubre pueden pasarlo realmente mal -.
- ¿Por qué? -.
- A la gente no le gusta eso, pero existe y me dijo que tenía que averiguar lo que
sentía por ti y fuera lo que fuera no sentir miedo, es sólo amor -.
- ¿Y qué sientes?-.
- Creo que te quiero -.
Melba se incorporó quedándose sentada, no estaba preparada para lo que acababa de oír
aunque en su interior sabía todo lo que Saila le contaba, no había querido afrontarlo
pero lo sabía, nunca le gustaron los hombres y ella misma había tenido fantasías con
algunas chicas el pueblo.
- Tenemos un problema -.
Saila se incorporó sentándose a su lado y pegándose a ella.
- ¿Cual? -.
- Yo también creo que te quiero -.
Nunca había visto una sonrisa tan embriagadora y tan llena de vida y esperanza como la
que Saila le regaló en ese momento, sabía que nunca olvidaría ese instante y la
expresión de su cara. Levantó una mano y le acarició su largo pelo negro al tiempo que
se acercaba y volvía a besarla.
- ¿Quieres jugar? - le preguntó.
- ¿Jugar?, ¿a qué? -.
- Le pregunté a mi madre como hacían dos mujeres juntas y me dijo que no lo sabía,
tendría que utilizar la imaginación y jugar para descubrirlo -.
- Tu madre es increíble -.
- Lo sé, mi padre también pero no podía hablarle de esto -.
- A mi padre tampoco me atrevo -.
- ¿Y? -.
- Bueno, ya nos estamos besando, ¿qué más hay? -.
- Para ser tres años mayor que yo eres un tanto inocente... y me encanta -.
Volvió a besarla pero esta vez con más pasión, apretó los labios abriendo y cerrando la
boca, moviéndolos sin cesar, disfrutando aquella maravillosa suavidad y toda la
sensualidad que la morena le transmitía, en un descuido sus lenguas se rozaron y ambas
llegaron a la conclusión de que les había gustado ese roce y volvieron hacerlo, jugando,
buscándose la una a la otra.
- Guau, eso ha estado francamente bien -.
- Sí -.
Melba no podía hablar, no quería hablar sólo quería más, tenerla, sentirla, volvió a
besarla empujándola suavemente hasta caer sobre el colchón, se colocó encima de ella y
se dejó llevar, no sólo la besaba sino que sus manos acariciaban su cuerpo.
- Espera - dijo Saila sorprendiéndola.
- ¿No te gusta?, ¿te he hecho daño? -.
- Claro que me gusta y no me has hecho daño todo lo contrario, por eso quiero seguir -.
Melba se incorporó dejando que Saila también lo hiciera comprobando asombrada cuales
eran sus intenciones, se quitó la blusa dejando sus pechos al descubierto sin dejar de
mirarla a los ojos, tomó una de sus manos y la colocó sobre su pecho izquierdo
animándola a acariciarlo.
- No tengas miedo, ¿qué sientes? -.
- Las mariposas -.
- ¿Qué mariposas?-.
- En mi cuerpo viven miles de mariposas que despiertan cuando estás cerca -.
- ¿Y cómo están ahora? -.
- Revolotean como locas por todo mi cuerpo -.
- ¿Qué te piden que hagas? -.
Saila volvió a acostarse y Melba se colocó a su lado sin parar de acariciarle primero
un pecho y después otro, sin pensar lo que hacía volvió a besar los labios de la rubia
bajando lentamente por el cuello y por su pecho para centrarse en uno de los erectos
pezones, se paró un momento para mirar a Saila que también la miraba.
- ¿Te gusta?-.
- Muchísimo, es sabroso -.
Ante aquella respuesta no pudo más que continuar, ella misma disfrutaba haciéndolo,
lamió uno de los pezones mientras que con su mano jugueteaba con el otro, acariciándolo
y apretándolo suavemente así como se llenaba la mano con el pecho de la rubia.
- Espera -.
- ¿Te hago daño?-.
- No cariño, me vuelves loca -.
Se incorporó y la besó al tiempo que la obligaba suavemente a apartarse algo que le
extrañó, ¿qué quería?, seguramente no le gustaba y quería parar pero no sabía como
decírselo, sus ojos se abrieron completamente al comprobar lo que Saila estaba haciendo,
se había despojado de toda su ropa y volvía a acostarse en la misma posición boca
arriba y completamente desnuda.
- No te asustes es que con tanto beso estaba un poco húmeda - se rió - más bien
bastante -.
- ¿Húmeda? -.
- ¿Tú no? -.
- Bueno, me siento un poco... mojada sí -.
No quería darle tiempo a su cabeza para reaccionar así que sin pensarlo ella misma se
desnudó bajo la atenta mirada de su inesperada amante y volvió a pegar su cuerpo al de
la rubia reanudando las caricias sobre los pechos, mientras los besaba y jugaba
moviendo su lengua sobre los pezones, la rubia cogía una de sus manos y la guiaba hasta
su centro, pudo sentir su bello púbico rozando su mano hasta que finalmente lo apretó
tal y como Saila le indicaba con su propia mano. Todo aquello la alteraba sobremanera y
en ese momento no existía nada más ni nadie más que Saila, su cuerpo y el colchón.
Su mano empapada la apretaba con fuerza moviéndola arriba y abajo frotándole su sexo
mientras la otra le agarraba una y otra vez los pechos, al tiempo que la besaba
saboreándola con pasión y poseyéndola con cada movimiento, las propias manos de Saila
jugaban con los pechos de la morena animándola a seguir.
- Sigueeeee... ooohhhh... aaaasí -.
Melba se incorporó dejándola de besar para ver la expresión de su cara o al menos
imaginársela la noche estaba muy oscura, de repente, el cuerpo de la rubia comenzaba a
temblar y sus gemidos se intensificaron teniéndole que tapar la boca con la mano por
miedo a que alguien pudiera escucharla, su cuerpo se estremeció durante unos segundos
para relajarse después.
- ¿Qué ha pasado? -.
- Abrázame - le pidió Saila obedeciendo sin dudar.
- ¿Te encuentras bien? -.
- Nunca he estado tan bien como estoy ahora, te quiero -.
- ¿Qué ha pasado? -.
- Ya lo sabes -.
- Estabas temblando, no te habré... -.
- No me has hecho daño, cariño... Melba mírame, me has hecho la persona más feliz de
este mundo, ¿no sabes lo qué es un orgasmo? -.
- ¿Un qué? -.
- No lo entiendo, ¿estás segura de que tienes 17? -.
- Tanto como que quiero seguir -.
- ¿Seguir? - Saila sonrió pícaramente.
- Sí, pero... -.
- Otro pero, hasta en esto tienes un pero -.
- ¿Qué es un orgasmo?, ¿qué has sentido? -.
- A esas preguntas podrás responder más tarde -.
Ahora era ella la que se acostaba boca arriba recibiendo con gran placer todas las
atenciones de la rubia que fueron muchas y variadas.
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Lua levantó la vista del libro para mirar a la anciana Saila cuyo rostro bañado en
lágrimas demostraba lo mucho que significaba para ella todo lo que acababan de leer, no
sabía que hora era pero debía de ser ya tarde pues su estómago no hacía más que
quejarse una y otra vez, no había desayunado y seguramente debería ser ya la hora de
comer.
- ¿Está bien Saila? -.
- Me emociono siempre que leo este libro -.
- Lo supongo -.
- Mi cielo me temo que tengo que acostarme un poco estoy algo cansada, ¿te importaría
almorzar tu sola? -.
- Por supuesto que no, ¿quiere que le prepare algo? -.
- No te preocupes mi querida niña, sólo necesito descansar -.
- De acuerdo pero le prepararé algo aunque sólo sea para después -.
Saila se había levantado y le tocó la cabeza revolviéndole su pelo rizado a media
melena para a continuación depositar un suave beso y salir con extraña lentitud
tratándose de ella de la biblioteca rumbo a su cuarto. La vio caminar por el pasillo y
por su mente pasaba la idea de todo lo que aquella anciana mujer tenía que haber vivido,
eso era algo que pensaba averiguar así como tenía que aclarar lo que sentía por Deray,
durante todo la lectura sólo pudo pensar en ella, se imaginaba a si misma descubriendo
todo un mundo a su lado y en cierta manera se veía reflejada a si misma en aquella
historia.
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