Toc, toc, escucho el ya tan familiar sonido de aquella pared de vidrio tan grueso. Toc,
toc, aquella insistencia solo podía tratarse de un humano, que molestos suelen ser mas
ahora no podía evitarlo, estando encerrada allí dentro no podía evitar ser parte de
burlas, groserías y experimentos de aquellos seres que estúpidamente intentan creerse
dioses.
- He tu, monstruo, aquí tienes tu asquerosa comida.
Estaba sentada en una de las esquinas del cuarto que se mantenía con una luz tan tenue
que apenas se podía distinguir su figura humana. Su respiración era lenta, tranquila
como si dormitara. Sus ojos se encontraban cerrados escuchando sin lugar a dudas a
aquel chico no mayor de los 20 años gritar y maldecir como si esa cara llena de barros
con grasa saliendo de cada grano no fuera en si una abominación como le llamaba a ella,
aun así no se movió.
-No se como alguien pudo darte la vida, si yo lo hubiera sabido y fuera tu madre habría
abortado al instante.
¿Acaso el ser humano no se da cuenta qué tan hirientes pueden ser sus palabras?,
estúpidos seres que se creen que son los únicos que pueden sentir tristeza, miedo,
furia, amor, pero ¿cómo hacerlos entender si se temen hasta a ellos mismos?, intento
ignorar aquellas palabras y dejar que ese mocoso se marchara.
Horas mas tarde la noche comenzaba a llenar el cielo, aunque no fuera capaz de verlo lo
sentía, después de todo ella era parte de la noche, un ser con media vida que satisfacía
sus deseos apenas la luna asomara su cara por aquel hermoso cielo oscurecido. Miró el
plato que aquel niño le había dejado por la pequeña abertura de aquella puerta de hierro
sólido. Ciertamente su fuerza era sobrenatural y tenían que tener cuidado lo sabían he
intentaban no cometer ningún error mas como humanos la perfección siempre estuvo lejos
de sus cualidades y eso lo aprovecharía para salir de ese lugar.
Podía ver fuera de su prisión, entendía aquellas palabras que decían acerca de ella
aunque fuese solo un susurro y estaba harta, aquello era insoportable, después de gozar
de la libertad mas pura se encontraba allí, mirando a los seres mortales jugar con la
vida de otros seres. "dioses" no tardarían mucho en ponerle el tranquilizante y
llevarle a cirugía, abrirle tantas veces la piel para que no encontraran el motivo o
razón que buscaban y la piel se unía nuevamente en cuestión de segundos, volviendo
locos a los médicos.
Varios de aquellos hombres en bata blanca se acercaron a su prisión de vidrio y
abrieron la fría y pesada puerta para sujetarla, ella no se había movido, otro mas se
acercó tanteando el líquido en una jeringa de tamaño considerable. Aun sus ojos estaban
cerrados, podía leer los pensamiento de esa gente, todas y cada una de las ideas que
les cruzaban, solo necesitaba la mas mínima presencia de miedo en cualquiera de ellos
eso le daría la oportunidad que estaba esperando, entonces lo percibió, no abría los
ojos ni ponía resistencia, estaba muy débil por aquellas operaciones tan seguidas y
tanta droga en su cuerpo, pero no se rendiría, no terminaría allí muriendo en aquel
lugar tan parecido a un hospital que sin embargo guardaba secretos que ni los militares
ni aquellos que cuentan ficción serían capaces de imaginar. No ella no terminaría allí.
El sujeto con la jeringa se acercó lentamente y movió con cuidado su cabeza descubriendo
así su cuello, el sujeto tembló, las piernas le temblaban y un extraño escalofrío
recorrió su espalda, el momento había llegado, sus ojos se abrieron mostrando la
frialdad y la furia contenida en todo su ser, el miedo invadió a los otros dos hombres
quienes la soltaron de inmediato y trataron de huir. Muy tarde su momento ya había
llegado.
Apenas amanecía y se tiró sobre el césped de algún lugar, no tenía idea de donde se
encontraba pero estaba feliz, una sonrisa pocas veces vista se posaba en sus labios,
por fin estaba fuera de aquel tormento pero estaba débil, necesitaba comer algo, no le
era meramente necesario pero le daría suficiente energía para un tiempo mientras
atestiguaba los cambios en el mundo. Un mundo que a sus ojos era completamente
desconocido.
Se levantó y comenzó a andar paso a paso sentía que la "vida" se le escapaba hasta que
finalmente rendida terminó desmayándose frente a una fila de autos que comenzaron a
chocar entre si. Lo último que escucho fueron un par de pitidos de claxon y una voz,
una dulce voz que en su vida había oído nada igual antes de perder por completo el
conocimiento.
*****
Solo eso le faltaba, definitivamente hoy faltaría al trabajo. Después de todo ella no
era capas de dejar a esa chica allí tirada a media carretera con esos conductores
imprudentes que siempre andan a lo bestia en sus autos, principalmente aquellos que no
pasan de los 25 años. Niños que siempre lo han tenido todo como y cuando quieren.
Como pudo subió a la chica al auto descubriendo que su cuerpo no era muy pesado a pesar
de su estatura y complexión. Desesperada por no encontrar su móvil para poder llamar a
una ambulancia decidió llevarle a su departamento que estaba a media hora de allí.
- Dioses tengo que conseguir uno mas cerca de la universidad.
Al fin como si le hubiese pesado todo el camino suspiró llegando a su departamente. Con
el movimiento tan brusco y descuidado la otra chica despertó, medio atontada y débil
intentó ponerse ella misma de pie, logrando así una caída directa al piso.
- Con calma, que apenas puedes moverte.
Recriminó, le ayudó a caminar recargándola en su hombro y la abrazó fuertemente para
que no cayera de nueva cuenta. Las escaleras fueron un martirio, nunca había subido con
alguien y hasta entonces no le habían parecido molestas, "tendré que pedirle al casero
un elevador" pensó sintiendo las gotas de sudor resbalando por su espalda una tras otra.
Buscó sus llaves encontrándolas en su bolsillo derecho, las tomó y abrió la puerta
mostrando el esplendor de aquel lugar, las paredes pintadas de un color café claro muy
relajante, de entrada el pequeño pasillo, pasándolo estaba a la izquierda una sala con
sillones que se antojarían para dormir, lo curioso es que era como bajando ¼ de piso,
con 4 o 5 escalones, a la derecha la cocina, muy pequeña pero que cumplía con los
requisitos, entre el pasillo y la sala un cuarto cubierto por posters y recortes de
bandas de música del tipo new age y del lado derecho al fondo, mas allá de la cocina un
pasillo mas y finalmente el baño.
Sentó a la chica en el sillón mas grande y corrió por una taza de té.
Se recargó en la mesa mirando fijamente el fuego de la estufa, pensando en aquella
chica, en que le sucedería que termino así y otras tantas cosas mas. Cogió la tetera y
vertió un poco del líquido en un par de tazas regresando a la sala donde se hallaba la
otra chica. La miró unos segundo se había vuelto a dormir. Hasta entonces no se había
percatado de la textura de la piel de aquella chica, era pálida, muy pálida, y se
preguntó si sería por su estado actual. Se acercó mas a ella aun con su taza de te e
intento tocarle el rostro, lo que no ocurrió pues su mano fue atrapada por la de la
chica que intentaba abrir los ojos que le pesaban.
- No me to...ques.
Se asustó, dioses casi le daba un infarto, nunca se percató de que solo dormitaba y no
dormía por completo.
- ¿Estas bien?
No recibió respuesta, la extraña chica solo la miraba de pies a cabeza como si la
examinara, y eso hacia, no recordaba como había llegado allí y sin embargo allí estaba
con un ser tan mortal como solo los humanos pueden llegar a ser.
- Estoy mejor, ahora.
Sus miradas se cruzaron por primera ves una con ojos tan verdes como los prados de
primavera y la otra con la mirada tan azul que fácil se confundirían con los enormes
icebergs del polo sur. La de pupilas verdes bajo la mirada, realmente era pesada la
mirada de la otra chica pero mas que eso era vacía, sin sentimientos, perdida y vacía,
aquello le causó gran lástima y lo pensó.
- No necesito la lástima de seres como tu- Recriminó la chica de ojos azules - ¡¡¡No
necesito la lástima de nadie!!!- Finalmente estalló.
- Yo no... dije eso - Se lamentó el hecho de haberlo pensado.
- Ustedes que son los seres mas estúpidos en la tierra, no tienen derecho a sentir
lástima por nadie, mas que por ustedes mismos... ustedes no...
Una lágrima rodó por su mejilla al sentir ese cálido abrazo envolviendo su cuerpo,
brindándole el calor que alguna vez hacia ya tanto tiempo había olvidado y se mantenía
escondido en alguna parte de su corazón. La miró mientras con sus esmeraldas pupilas
pedía permiso de limpiar aquella gotita que imprudente seguía su andar, solo asintió
para sentir el tacto, el cálido tacto que tiene un ser vivo, con esa esencia que la
vida brota por cada poro de piel viva y no medio viva.
- ¿Quién eres tu?- Tomó aquella pequeña pero cálida caricia.
- Mi nombre es Anges.
- Anges, de ángel.
- Si, así es - Sonrió.
Podría jurar que nunca había visto una sonrisa tan pura, de no ser por la de su propia
madre, si, aun la recordaba a pesar del tiempo, aun la recordaba y recordaba sus finos
rasgos, su cabello cubierto del sudor por la fuerza que ponía para no asistir mas a esa
maldita sala de operaciones, y sus ojos, marrones, tan vivos como humanos, el único ser
mortal que se había ganado su respeto y sobre todo su cariño.
Acarició su mano y su rostro, delineo cada curva cada cabello, su cabello era rubio y
corto, ese ser humano esa una chiquilla con la vida a flor de piel, con una mirada
tierna e inocente, una mirada que tanta falta le hacia al resto de la humanidad. Tomo
sus manos y trazó sus brazos como si se tratase de algún descubrimiento muy valioso. Se
tomó su tiempo. Hizo suyo cada detalle de aquel ser tan hermoso tan perfecto, dioses si
todo el mundo fuera como ese ser, que tanta diferencia tenía de ella.
- ¡¡¡Ahh!!!, es verdad, toma esto te hará sentir mejor- Le tendió la otra taza de té.
- Gracias, pero lo que necesito es otra cosa.
- ¿Otra cosa?, ¿Cómo qué?
Nuevamente el silencio que acompaña una confesión de esa magnitud inundo la sala,
aquello no era fácil de explicar, no conocía ser inmortal que hubiese descubierto su
secreto al mundo, bueno, en realidad si, mas aun dudaba que fuera todo cierto. Se
trataba de la novela "Confesiones de un vampiro" donde según leyó Louis había dicho
todo cuanto sabía de su condición, la de su amante, su hija y por supuesto el vampiro
mas viejo que conocía Armand.
- Algo que a ti no te importa- Su voz había sonado mas recia de lo que en realidad
quería que sonara e intento remediarlo- es solo que es difícil de explicar.
- ¿Sabes?, eres una persona muy extraña, hablas con palabras muy distintas a la jerga
de aquí, y de ahora.
- Eso es muy cierto, por que no pertenezco aquí, y será mejor que me marche tan pronto
pueda hacerlo.
Poco a poco el cansancio, la debilidad y el sueño invadieron su ser y nuevamente quedó
dormida, finalmente era libre y no tenía que preocuparse por aquellos humanos que tanto
daño le habían hecho, había destruido todo rastro de su existencia en aquel laboratorio,
incluso la poca sangre que lograron extraerle. No era un vampiro al 100% pero de la
misma manera para mantener su apariencia humana necesitaba de la sangre, sangre
preferiblemente de humano.
La miró dormir, su piel pálida solo podía contrastar a la perfección con su cabello
oscuro, negro que le llegaba arriba de la cintura, solo un poco arriba, su estatura
tampoco era muy natural, media alrededor del metro ochenta cuando ella apenas alcanzaba
el metro sesenta. Y sus ojos, dioses, eran hermosos así de simple, azules. Pero había
algo extraño, su lenguaje, sus temores, todo aquello que presa de la ira había gritado,
y quiso ayudarle, quiso verle de alguna manera fuerte, quiso recordar a aquella guerrera,
aquella Princesa Guerrera... Un momento, que era aquello ¿de dónde diablos había sacado
aquello de Princesa Guerrera?. No supo explicar lo que sintió al verle tirada, una
opresión terrible en el corazón, ¿le conocería de algún lugar? Tenía tantas preguntas y
ni idea de cómo contestarlas mas que esa chica, esa chica de azules ojos, pero era tan
agradable verle así, solo dormir con la tranquilidad en su lento respirar, ya mañana
seria otro día. Y como si el tiempo supiera su tarea, dejo que Morfeo el dios destinado
a los sueños se llevara la verde mirada a sus terrenos, a su territorio.
No me mires así, que tus ojos tristes me acusan de cobarde, no lo soy, como tampoco soy
de aquí, lo sabes y lo se, hay cosas que no se pueden cambiar y yo soy una de ellas,
ahora deja de llorar, tu sigue el camino del sol, (toda luz) que yo seguiré el de la
luna (toda oscuridad).
Apenas marcaba la media noche el reloj colgado en la pared, una hora predilecta para
los demonios y todo aquel ser que comparte su existencia con la noche. Intentó
levantarse pero no pudo, algo le sujetaba, alguien se aferraba a ella y recordó dónde y
con quién se encontraba, aquella chica, aquel ser mortal que tenía mas virtudes que
defectos. Le miró unos segundos encontrando un extrañísimo sentimiento dentro de si;
con cuidado de no despertarle la levantó, la mantuvo entre sus brazos unos segundos
aspirando su aroma, apoderándose de cada fracción en su fino rostro, su frente, sus
ojos ahora cerrados, su pequeña nariz, sus labios rozados, su barbilla, la calidez de
su cuerpo, toda ella parecía un hechizo, un encantamiento sobre ella, no entendía nada,
pero el sentimiento en si le agradaba, como si la vida le regresara un alma que quizás
después de todo no merecía.
La dejó con suavidad sobre la cama matrimonial cubierta por un par de sabanas blancas,
estaba aun débil y necesitaba con urgencia beber ese líquido vital, y fijó sus ojos en
su cuello, sintió la sangre correr por sus venas, las venas que perfectamente se
distribuían en aquella chica, que le daban vida. La necesidad comenzaba a gobernar
sobre su ser pero algo le impedía hacerlo, ese sentir, ¿qué demonios era eso?,
finalmente no lo hizo, saltó por la ventana buscando ágilmente con la mirada cualquier
ser que anduviera esa noche a esas horas vagando por aquel barrio. Recorrió un par de
calles asombrándose por los edificios, las construcciones, esas enormes torres hechas
de espejos, la verdad era que todo había cambiado.
Se perdió en la ciudad asombrándose por cada cosa que veía, los autos corriendo a tanta
velocidad, las enormes caras en las pantallas de anuncios, personas hablando mediante
pequeños aparatos que curiosamente llamaban celulares y escribiendo en objetos con
pantallas y botones que fácilmente cargaban como portafolios, así era ahora, entonces
¿cuánto había dormido?, ¿cuánto tiempo había estado encerrada en aquel laboratorio bajo
tierra y secreto?, estaba confundida pero mas aun hambrienta, escogió a un joven, un
chico rubio de buena complexión, fuerte, sano, eso era lo que buscaba. Lo miró un
momento llamando la atención del chico que sin miedo y con sus aires de grandeza se
acercó a ella, pasó su bronceado brazo sobre sus hombros y saludándole con un "hola"
oloroso a alcohol y una mezcla de sustancias parecidas a las que le inyectaban, el
chico estaba borracho y drogado, cosa que facilitó su aterradora tarea. Le llevó a un
callejón donde todo rastro de aquellas luces tan brillantes no llegaban, donde los
luminosos letreros no hacían gala de sus brillantes colores, solo las sombras mas
oscuras pasaban de vez en cuando, el chillido de un gato que ha logrado atrapar su
presa el único sonido que lleno del eco del lugar fue capaz de perturbar aquel silencio
sepulcral. Y ella allí, con el cuerpo vacío del chico que hacia unos momentos disfrutaba
de su juventud, de su vida, ella había tenido su primer banquete después de tanto tiempo
gozando nuevamente de aquel sabor salado, aquello que alguna vez le causó adicción
convirtiéndola en una asesina imparable, cazando mortales por el mero gusto de hacerlo,
por sentir la adrenalina cada que perseguía a sus presas aunque eso implicase que la
presa fuera en si de otro ser inmortal, aquello era la gloria misma, poder ver el
rostro desecho por el terror de saber cerca la muerte, dioses, casi había olvidado
aquello, aquella sensación. Dejó el cuerpo ocultando con un par de gotas de su misma
sangre los pequeños cortes en el cuello del muchacho y partió como si aquello fuera
normal, de lo mas natural, como si no hubiese pecado en ese acto.
Satisfechos sus deseos continuo andando por la ciudad, ahora su piel tenía cierto tinte
rosado pasando inadvertida por entre los humanos, la ciudad de Nueva York anunciaban
las noticias en pequeños aparatos parecidos a los enormes frente a los edificios, las
noticias de choques, asesinatos, asaltos y violaciones, todo tipo de locura cruel a la
que juegan los humanos eran anunciados por una mujer sin ápice de emoción en su rostro,
como si aquello fuera cotidiano, como si fuera normal.
Miró su reflejo en el vidrio frente a los aparatos que transmitían las mismas imágenes,
sus ropas estaban rasgadas, sucias y llenas de sangre, sus expresión ausente no cambio
pero comenzó a buscar algo que le agradara encontrando a un par de sujetos que apenas
podían mantenerse en pie apenas recargándose y entrando a tropezones en un auto
convertible de la marca Audi según pudo leer, les quitó sus ropas, unos jeans
deslavados, una camisa blanca y una chaqueta de cuero, seguro júniores que gozaban
gastando el dinero de sus padres sin importarles que hubiese gente muriendo de hambre,
al tipo que le quitó la chaqueta le arrebató las llaves de las manos y los tiró sobre
la banqueta. El auto tenia nuevo dueño.
Aquella ciudad le agradó, era el paraíso para seres como ella, lo disfrutaba, gozaba de
ir a velocidades extremas sobre el asfalto, no le había costado gran ciencia el
adaptarse al mecanismo de un automóvil como ese, era tan sencillo. De repente se detuvo,
aquel edificio le pareció conocido. Era el edificio de la chica, de Anges y tenía las
luces encendidas y había ruidos, una lámpara salió volando por la misma ventana por la
cual se había arrojado. Sin saber por que subió a toda velocidad no tardando mas de un
par de segundos para encontrarse frente a la puerta, tomó la perilla y cuidadosamente
la giró encontrando frente a si a la chica de ojos verdes sobre el suelo con un labio
partido y sujetando su brazo, se había dislocado el hombro por la fuerza con la que
aquel sujeto que se pavoneaba de su fuerza se detenía frente a ella. Una cólera que no
sabía conocida en si la invadió y como una fiera se lanzó sobre el sujeto golpeándole
en puntos donde mas dolor causara pero no le provocara la muerte. Como pudo Anges se
levantó y paso a paso llegó hasta aquellos que peleaban, tomó la mano de la de ojos
azules y se dio cuenta de que ni siquiera sabia su nombre.
- No por favor, ya no lo golpees mas.
Aquellas palabras detuvieron los puños de aquella criatura de la noche, quien volteo a
verle. Sus azules ojos se detuvieron en el rostro aniñado de Anges como buscando algo,
alguna respuesta, algo que le indicara ¿por qué no dejaba que lo matara si el la había
golpeado sin piedad?, lo único que encontró en aquel rostro infantil fue piedad, fue
dolor, fue melancolía, y fue amor, ¿amor?, ¿en realidad existe algo así?, ¿cómo podía
amar a aquel sujeto?. Sus ojos, los de ella, los de Anges, sus verdes ojos chocaron
contra ese muro infranqueable que resultaron ser aquellos ojos tan azules y tan fríos,
tembló un segundo cuando las pupilas del cielo intentaron invadir su débil mirada,
invadir su alma lográndolo con el menor esfuerzo posible, se recriminó por ser tan
débil en esos casos y dejar su alma desnuda ante una mirada penetrante como aquella.
Pero algo cambio, ¿acaso eso era desilusión?, ¿eso qué pasó por la celeste mirada era
la demostración de que ese ser tan hermoso pudiese albergar algún sentimiento tan puro?,
o tal vez su imaginación, su vasta imaginación le estaba jugando una broma. Retiró la
mirada con temor.
¿Por qué se había volteado de súbito?, ¿acaso le tenía miedo?, la verdad es que tenía
una razón muy lógica y aquella rabia se volvió dolor, frustración, ¿qué diablos hacia
ella allí?, ¿tendría que estar en alguna parte de la ciudad cazando mortales y
saboreando el néctar de vida que resulta ser la salada sangre recorriendo por sus
débiles cuellos.
- Como quieras.
Sus últimas palabras fueron acompañadas por un brusco movimiento mientras se levantaba;
algo la detuvo en la puerta, no era posible, antes no se había percatado de aquello.
Volteo a la ventana donde la cortina bailaba al ritmo frenético del viento, un viento
helado que golpeó su rostro acompañado de una mirada congelante, aquellas pupilas
encendidas, rojas, del mismo color que la sangre, en el edificio de enfrente mirando
aquello, un ser inmortal mas viejo que ella misma, le observaba, sabía quien era y todo
lo que acarrearía que ese ser, en específico ese ser fuese el que la hubiese encontrado.
- ¿Estas bien?
No podía escuchar aquellas insignificantes voces humanas, tampoco podía moverse, solo
podía mirar a aquel ser que un día hace mucho tiempo se había apoderado de su alma, de
su alma mortal, convirtiéndola en lo que ahora era, ni vampiro, ni humano, pero
compartiendo ambos.
La chica tomó su mano rompiendo aquel trance en el que había entrado cuando volteo
hacia la ventana. El sujeto había salido corriendo minutos atrás gritando las estupideces
que todo hombre grita cuando siente su ego cayendo libremente en las narices de aquel
ser al que creyó inferior. Miró al mismo punto donde su defensora había mirado encontrando
nada mas la oscura noche acompañada de la pálida luna llena sobre el edificio de
enfrente. De cierta manera consideraba que ella, la alta chica se parecía a la noche,
con su pálida piel asemejando la luna y su largo y oscuro cabello azabache al manto
igualmente oscuro de la noche no, estaba mal, era la misma noche quien intentaba imitar
aquella belleza, aquella perfección si así era.
- Un inmortal ha llegado.
- ¿Eso... es malo?
- Es peor, jamás pensé que ella vendría a buscarme?
- ¿Ella?, ¿un ser inmortal?, ¿qué significa todo esto?, no entiendo.
- Te lo dije, tu y yo somos diferentes, pero las cosas han cambiado.
- ¿Me explicarás?