Fanny abrió los ojos para ver un paisaje verde. Estaba de pie frente a un interminable
jardín y pudo ver a una mujer con un vestido de gasa blanco que salía a la terraza para
sentarse bajo la sombra de una sombrilla a tomar el té. Fanny se sentía
inexplicablemente atraída hacia aquella joven mujer cuyo rostro aún no podía ver por la
distancia, pero que estaba delicadamente enmarcado por un sobrero blanco de ala ancha.
Como temiendo interrumpir las cavilaciones internas de la dama, Fanny se acercó
lentamente. Su sorpresa fue grande cuando se pudo percatar del asombroso parecido que
había entre ella y la mujer del vestido blanco. Era prácticamente como verse a sí misma
en el espejo o en la proyección de un vídeo. Fanny estaba ya virtualmente en frente de
la joven pero ella no daba indicios de advertir su presencia.
Así de cerca, Fanny pudo admirar el fino bordado inglés que adornaba el cuello del
vestido y la delicada caída de la falda, la cual caía suavemente hasta la media pierna
de la joven. Fanny hundió sus pupilas en las de su doble y le fue imposible abstraerse
de la profunda melancolía que brillaba en el fondo de aquellos ojos.
La mujer dio un ligero suspiro mientras observaba distraídamente el brillo de la luz
matinal sobre un anillo de diamantes que adornaba su mano. Fue entonces que Fanny
observó que de la mansión erguida a espaldas de la mujer de blanco, salía un hombre de
estatura media y de cabellos castaño oscuros que a Fanny le pareció familiar sin poder
llegar a reconocerlo claramente. El hombre se acercaba a la joven y ponía sus manos
sobre los hombros de ella depositando a la vez un beso en su mejilla. Entonces Fanny
notó que la mujer cambiaba automáticamente su expresión ausente colocando una sonrisa
en donde antes había una mirada triste. Sin embargo Fanny supo que la tristeza seguía
ahí, aunque oculta tras una máscara de alegría.
Luego todo pasó muy rápido. Unas voces masculinas discutiendo acaloradamente se
escucharon desde un rincón del jardín. Al poco rato aparecieron frente a la pareja unos
hombres vestidos con uniforme que intentaban detener a un joven pelirrojo. Los de
uniforme, que Fanny identificó como los sirvientes, trataban de advertirle al joven que
el señor de la casa no estaba en la disposición de recibirle, pero por más que los
hombres insistían el airado joven seguía avanzando por el jardín en dirección de la
terraza. Era claro que aunque los sirvientes le seguían de cerca y trataban de
convencer al intruso que no sería bien recibido, sentían cierto temor de tratar con
mayor rudeza al hombre pelirrojo. Fanny pensó que tal vez se trataba de alguien
igualmente importante y por eso los sirvientes no se atrevían a actuar con más decisión.
Antes de que cualquiera de los presentes tuviera tiempo para reaccionar, el pelirrojo
se acercó a la pareja a sólo unos metros de distancia. Fanny entonces sintió que el
corazón se le detenía paralizado por el miedo. Con una inexplicable angustia escuchó
las palabras del pelirrojo:
- Si crees que me voy a quedar con los brazos cruzados mientras tú disfrutas a la mujer
que quiero estás equivocado. Sí no se la dejé a la maldita de la Doctora Pappas y por
eso ocasioné aquel derrumbe, MUCHO MENOS TE LA DEJARÉ A TI!!!!! ¡Y aunque la idea era
que la mujer muriera, de cualquier forma logré mantenerla lejos de Jan! ¡Maldita sea tu
estirpe Jack Kleinman! ¡Nunca te casarás con ella!
Después, las cosas se sucedieron con vertiginosa confusión. El joven se llevó una mano
al interior del saco extrayendo un revólver que apuntó hacia el hombre. La joven volvió
el rostro y Fanny pudo ver el horror dibujado en los ojos color verde de su doble. Con
una rapidez mayor aún que los movimientos erráticos del hombre pelirrojo, evidentemente
ebrio, la mujer de blanco se puso de pie.
- No hagas algo de lo que te arrepentirás, Shane,- gritó la joven al tiempo que se
interponía entre el hombre de cabello castaño y el curso de la bala ya liberada por el
gatillo.
Fanny quiso gritar para advertirle a la joven rubia, pero la mancha roja que
repentinamente cubrió el vestido blanco, y el extraño dolor que le atacó el estómago,
le hizo entender que ya era demasiado tarde. El sombrero blanco caía al suelo y el
cuerpo agonizante de aquella mujer se desplomaba en los brazos del hombre que sería su
esposo. Los sirvientes se abalanzaban hacia el hombre pelirrojo que gritaba y lloraba
como si hubiese enloquecido.
Por un momento Fanny pensó que la bala le había tocado a ella misma, porque la punzada
aguda en el estómago no la abandonaba cuando se acercó a ver a la muchacha rubia
tendida sobre el piso de la terraza.
- ¡Dios mío, amor, resiste! Pronto llegará el médico y estarás bien,- decía aquel
hombre tratando de mantenerse sereno, pero Fanny entendió que el pobre muchacho se moría
también de pena al darse cuenta de que la herida en el cuerpo de la joven era sin duda
mortal.
- No hace... falta ya- le contestó la joven con dificultad,- Los Dioses saben... lo que
hacen.
- No digas eso.
- Tú... cuídate mucho... sé feliz... libérate de esta jaula de oro... que te sofoca-
susurró la joven al oído del rubio con la voz cascada por los estertores de la muerte.
- No me dejes.
- Un último favor... dale esto... a ella y perdóname... por no poder...- apenas alcanzó
la joven a decir señalando con la mano ensangrentada el collar que le pendía del cuello
y un viejo pergamino. Luego expiró.
*****
Aline sintió que el espíritu se le desprendía al contacto con los labios de Fanny. Un
sabor a fresas silvestres le llenó la boca y de repente parecía que el resto del mundo
desaparecía para dejarla sola con aquella mujer en sus brazos que se rendía poco a poco
a sus caricias. De súbito entendió que el vacío que siempre había sentido se iba
llenando cálidamente. Parecía que la búsqueda había terminado. Había navegado por mucho
tiempo para llegar a aquella orilla de la vida.
*****
Aline abrió los ojos para ver un paisaje lluvioso. Pudo ver gente vestida de negro
presenciando un entierro bajo el amparo de las sombrillas. Los hombres portaban trajes
oscuros a usanza de mediados de siglo y las mujeres trajes de talle largo negro a la
última moda de los cincuentas. Algunas damas mayores aún llevaban faldas hasta los
tobillos.
Todos se veían profundamente tristes, como si la persona que ese día enterraban hubiese
sido alguien verdaderamente amada por todos. El sacerdote recitaba su sermón, pero ni
todas sus palabras parecían consolar a nadie.
Aline no tenía idea de quien había muerto, pero inexplicablemente sentía que el alma se
le desquebrajaba ante la escena, como si se tratase de alguien que hubiese sido su misma
vida. La ceremonia transcurrió lentamente mientras Aline continuaba observando en la
distancia. Luego cada uno de los presentes se fueron acercando al sarcófago cubierto de
rosas blancas para dar un último adiós a quien ese día dejaba de contarse entre el
número de los vivientes. Lentamente los asistentes al funeral se fueron retirando hasta
que solamente un hombre alto y de cabello castaño oscuro, vigilado de cerca por otros
dos hombres que parecían ser sus guardaespaldas, quedaron en el lugar, bajo los
paraguas y la insistente lluvia.
Fue entonces que un testigo inesperado hizo acto de presencia, descendiendo de un auto.
Aline había advertido la presencia del auto estacionado en una de las veredas del
cementerio desde inicios de la ceremonia, pero no salió de su asombro al ver a una
mujer que se parecía tanto a ella que bien hubiese podido pasar por su doble.
La mujer de cabellos oscuros vestida también de negro se dejó ver por el sujeto junto
al ataúd y solamente les tomó unos segundos para reconocerse y correr a abrazarse.
Aline sintió como si una pieza más de su rompecabezas encajara en su lugar, al tiempo
que ambas personas lloraban el uno en brazos de la otra con la tristeza más amarga que
jamás Aline había experimentado. De repente Aline supo que ellos habían estado unidos
por un fuerte vínculo que después se había roto, pero que en esa misma mañana se
restauraba para siempre.
Cuando se separaron intercambiaron unas palabras que Aline no pudo entender pero cuyo
significado comprendió claramente. Luego el hombre sacó algo de uno de sus bolsillos
depositándolo en manos de la morena.
- Ella quería que tú lo tuvieras- le pareció a Aline que decía el sujeto.
La morena expresó brevemente su agradecimiento y luego se despidió de aquel hombre que
se retiró del lugar seguido de sus guardaespaldas. La doble de Aline se quedó sola bajo
la lluvia mirando como los enterradores hacían descender el sarcófago a la fosa. Aline
se acercó lentamente a la mujer de negro pero pronto se percató que ésta no podía
advertir su presencia. Lloraba en silencio mientras con una mano acariciaba aquello que
el rubio le había entregado. Un collar y un pergamino.
Una vez que los enterradores hubieron terminado su trabajo, la mujer de negro sacó un
reloj de su saco para ver la hora. Eran las 11:30 de la mañana.
- Aquí se detiene mi vida- susurró amargamente la mujer- Te juro que no volverá a salir
el sol en mi alma hasta que vuelva a verte- y Aline entendió lo que la joven quería
decir.
Con pasos lentos aquella doble de Aline dejó atrás la tumba sumida en calladas cavilaciones.
Subió en su auto y desapareció bajo la lluvia. Después de entonces Aline sintió la
calidez de sus propias lágrimas correr por sus mejillas.
*****
Mientras el beso se prolongaba el reloj de pared de la habitación dió las 11:31
volviendo a andar por primera vez en casi 50 años. Aline supo que el sol había
finalmente vuelto a salir.
*****
La luz matinal penetraba insolente por las vidrieras del amplio ventanal. Los rayos
parecían no molestarle a la mujer que yacía en el lecho aún profundamente dormida. En
cambio, la mujer a su lado no tardó mucho en despertar, iluminada por la luz solar. La
joven se incorporó con gesto perezoso retirando las sábanas que la cubrían. Aún medio
dormida alcanzó con una mano la bata de seda que colgaba de la cabecera de la cama para
cubrir su desnudez.
Dando un gran suspiro la joven se dirigió a pasos lentos para contemplar el espectáculo
del nuevo día y escuchar el lejano ruido de los automóviles veinte pisos abajo. Con una
sonrisa en el rostro se sacudió la oscura melena y se dispuso a comenzar las tareas
cotidianas. Antes de salir de la habitación estampó un callado beso en la mejilla de la
joven durmiendo y le despejó la frente de los cabellos rubios que la cubrían. Después
se dirigió al baño.
Mientras el agua de la ducha corría por su cuerpo, Aline Rogers cerraba los ojos
recordando los eventos de los últimos tres años. Ahora era estudiante graduada al igual
que Fanny quien trabajaba medio tiempo en una escuela especial en el Bronx. Michelle se
había marchado de los Estados Unidos para continuar sus estudios de postgrado en
Inglaterra, pero intercambiaban e-mails con frecuencia y se veían durante las
vacaciones del verano, de manera que a Fanny le parecía que su amiga seguía tan cerca
de ella como siempre.
El trabajo de Aline como artista empezaba a ser reconocido. Sus primeras dos
exposiciones habían tenido cierto éxito y estaba colaborando con un equipo de
diseñadores de prestigio en la elaboración de las escenografías para la puesta en
escena de un musical francés que recién se había traducido al inglés. Su madre estaba
más que orgullosa y su padre, aunque aún distante, mantenía con su hija una relación
más cordial que en el pasado.
- Mañana será 2 de julio- pensó Aline mientras el shampoo se diluía en el agua.
Había vivido con Fanny por casi dos años y en todo ese tiempo ninguna de ellas había
llegado a entender completamente el misterioso pasado que las unía. Algunas pesquisas
de la propia Aline habían llegado a identificar a la antigua dueña del departamento en
el que Fanny y Michie habían vivido, como Melinda Pappas, una famosa doctora en el
campo de la historia de mediados de siglo XX, que había llegado a ser muy popular hasta
su muerte en 1972. Sin embargo, poco o casi nada sabían del amigo que la doctora
llamaba Jack y que le había dirigido infinidad de cartas provenientes de los lugares
más recónditos del planeta durante varios años. Fanny había encontrado esas cartas en
una caja oculta entre los libros que no le habían interesado a Michie, pero no había
más referencias que el simple nombre de quien había escrito las cartas, sin apellido ni
más indicios de su origen. No obstante, las referencias en el diario y las visiones de
ambas parecían señalar que el mencionado Jack era el hombre con quien "Ella" había
estado comprometida.
Había también unas cartas femeninas escritas en un tono cariñoso e informal que Aline y
Fanny identificaron como las cartas que "ella" le había escrito en una época en que la
vida era menos ingrata. Así fue como averiguaron el nombre de la mujer en cuestión:
Janice Covington. Con los pedazos de información encontrados aquí y allá las jóvenes
llegaron a la conclusión de que "La autora" había amado a esa mujer toda su vida y que
ella, tal como Fanny lo había presenciado en sus visiones, había muerto violentamente
al tratar de salvar la vida de su prometido del ataque de un pretendiente rechazado, un
día 2 de julio.
¿Por qué ellas tenían esas visiones sobre un pasado ajeno? La verdad es que nunca lo
sabrían con claridad, pero una cosa era cierta, el destino, la suerte, Dios o lo que
fuese, las había hecho encontrarse por una sola razón, para amarse y cerrar un ciclo
que quizá antes había quedado incompleto y reclamaba solución.
Tal vez aunque las visiones y los sueños nunca hubiesen aparecido Aline y Fanny se
hubiesen enamorado de todas formas. ¿Qué más daba? A Fanny lo único que le importaba
era que después de todo sí había podido encontrar ese "rostro en la multitud".
*****
Un anciano miraba pasar a los transeúntes como si se tratara de imágenes en el
televisor. Los miraba sin mirarlos, absorto en sus pensamientos y sus recuerdos. La
joven detrás suyo conducía la silla de ruedas sin mucho interés. No se cruzaban palabras
entre el viejo y la muchacha.
De repente los ojos color miel del anciano, apagados ya por los muchos años vividos,
parecieron cobrar nuevas luces por escasos segundos mientras miraba pasar a una joven
pareja. La más alta era esbelta pero con músculos marcados, ojos azules y melena
azabache. La otra muchacha era rubia y de piel muy blanca. Los ojos eran verdes,
profundamente verdes, como las hojas en primavera y al anciano le pareció que había
visto el fondo de aquellos ojos una noche nevada hacía muchos años, tantos que sería
imposible que fuesen los mismos. Ambas jóvenes caminaban abrazadas y se paraban a ratos
para ver los aparadores y reírse juntas de alguna simpleza. Eran felices, y estaban
enamoradas, eso era obvio a cualquier observador. La multitud avanzaba y el anciano
pudo ver como la pareja desaparecía en la distancia, la chamarra de cuero negra de la
morena y su cabello negro ondeando al viento fue tal vez lo último que se perdió en la
distancia.
- Fue como un sueño- susurró el viejo con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Pasa algo tío?- preguntó la joven.
- No... nada... vamos a casa- musitó el anciano enjugándose los ojos.
*****
- Me dijeron que tu tío murió hace un par de semanas.
- Así es. Pobrecillo, la verdad es que ya se la pasaba muy mal. Era tan viejo- comentó
Amanda Matzner con un suspiro de melancolía.
- ¿Era hermano de tu abuelo?- preguntó la amiga de Amanda.
- No, qué va. Fue el esposo de una amiga historiadora de mi abuelo, se llamaba Melinda
Pappas. En realidad no guardábamos ningún parentesco. Pero mis abuelos lo tomaron bajo
su cuidado cuando quedó viudo, por lo de su pierna y bueno, la responsabilidad pasó de
generación en generación.
- Era muy anciano ¿Qué edad tenía?
- Veamos... creo que debió haber cumplido los 97 o 98 años hace tan sólo tres meses-
contestó Amanda haciendo un esfuerzo para hacer memoria.
- ¡Vaya! Él sí que debió haber visto el mundo cambiar de manera drástica.
- ¡Imagínate! Cuando era joven las mujeres vestían aún faldas largas y usaban corset,
exceptuando tal vez a la Doctora Covington, los autos eran una novedad y los aviones una
rareza ocupados solo para la guerra- dijo Amanda.
- ¿Dices que era viudo?- inquirió la amiga de Amanda desde el otro lado de la línea.
- Sí, su mujer murió durante los años 70's, pero el nunca se volvió a casar. Creo que
en su juventud trabajaba en exploraciones precisamente con Janice Convington, como mis
abuelos, pero lo dejó cuando perdió la pierna en un accidente. Jamás volvió a las
excavaciones. Mi abuelo decía que recuerda que era un buen traductor y que era un buen
miembro del equipo, y que de hecho su esposa también lo era.
- Es una pena que haya sido así- fue la respuesta de la amiga de Amanda.- ¿cómo dices
que perdió la pierna?
- En un derrumbe, una viga le cayó encima porqué evito que cayera sobre su esposa.
- Vaya, debe de haberla amado demasiado para haber arriesgado así su vida por ella.
- Sí, supongo que sí. Mañana mamá y yo vamos a hacer una limpieza general en el cuarto
de tío Francis. Guardaremos algunas cosas, regalaremos otras y tal vez vendamos el
resto a alguna tienda de antigüedades. Tenía almacenadas tantas cosas viejas en su
habitación que parece un museo ¿Quieres venir?
- No es mala idea. Pero por lo pronto tengo que dejarte. Te llamo mañana para decirte
si puedo ir.
- Está bien. En todo caso nos vemos la próxima semana ¿no?
- Claro Amanda.
- Hecho.
*****
- ¿Me permite ver ese dije?- pidió una joven de cabellos negros y ojos azules al
empleado de la tienda de antigüedades.
- Por supuesto, señorita. Es de oro blanco con incrustaciones de oro normal y
esmeraldas, una verdadera rareza. Nuestro experto calcula que debió haber sido hecho
antes de la Edad Media, piensa que puede ser de la antigua Grecia, probablemente un
medallón Amazónico.
- Está asombrosamente bien cuidado- comentó la joven sintiéndose aún más atraída por
aquel extraño dije en forma circular que semejaba una especie de arma en miniatura y le
producía melancolía. Algo le decía que lo había visto.
- Así es. Es una de las adquisiciones más recientes de nuestra tienda. Pertenecía a un
anciano que recientemente murió y sus familiares nos vendieron varias cosas.
- Envuélvamelo para regalo- dijo la joven con una sonrisa y el empleado no pudo evitar
pensar que aquella mujer tenía la sonrisa más hermosa de todo Manhattan.
- Con papel alusivo al Día de San Valentín, supongo- insinuó el empleado.
- Sí, es para mi esposa.
- Oh... ya veo- contestó el empleado mordiéndose la lengua y envidiando a la mujer que
ocupaba los pensamientos de la morena.
- Un favor más. Antes de envolverlo podría hacer que le grabasen un nombre por atrás.
- Claro ¿Cuál es el nombre?
- Fanny Rogers.
FIN