There's a moment when I look at you
And no speech is left in me.
My tongue breaks.
Then fire races under my skin and I tremble.
And grow pale for I am dying of such love
Or so it seems to me.
La joven no reconoció el poema, pero le era de algún modo familiar. De repente, era
como si el pozo de sus sentimientos más angustiosos y amargos se hubiese abierto para
dejar verter todas sus ocultas penas, aquellas que incluso ella ignoraba llevar
encerradas en el alma. Las lágrimas acudieron a sus ojos y hubiese querido dejar la
habitación, y arrojar al fuego aquel libro extraño, cuyo sólo contacto parecía someterla
a un estado de duelo inexplicable e irracional, pero por el contrario una fuerza
extraña la impulsó a seguir leyendo lo que estaba escrito en las páginas que seguían.
En la segunda página, con la misma letra decisiva y de rasgos largos, había escrita una
fecha: 2 de julio de 1953.
Fanny sintió entonces que el corazón le daba un vuelco. Compulsivamente buscó el
pisapapeles en forma de pirámide que ella había conservado desde el día en que habían
descubierto el "cuarto del tesoro". Tan pronto como encontró el objeto metálico
entre los libros y papeles que había esparcidos por el escritorio, la joven se dio
cuenta que efectivamente las fechas en la base de la pirámide y en aquel libro
coincidían.
Casi sin respirar la muchacha volvió de nuevo los ojos hacia el libro y continuó leyendo
el contenido escrito debajo de aquella fecha, mientras que el alma, a pesar de su
condición, parecía resquebrajársele lentamente al tiempo que leía cada una de aquellas
palabras que formaban juntas un largo texto de cuya lectura ella no pudo sustraerse.
" En este universo caótico la certeza llega una sola vez, no importa cuantas vidas
uno sea capaz de vivir. Mi certeza me llegó muy pronto y fue tan absoluta, tan
indiscutible tan imperante que jamás, desde aquella noche, fui capaz de negarla. Esta
contundencia me ha acompañado siempre, como única verdad pura y completa que he vivido.
Hoy, que mi certeza es seguridad total de que el resto de mi existencia será un luto
interminable, comienzo este diario por la simple necesidad de contarle a alguien o a
algo, la interminable tristeza que me embarga.
" Alguna vez amé y fui amada, pero hoy ya eso es sólo recuerdo dulce de un pasado
lejano. Hoy todo lo que me queda es la soledad e insoportable dolor de haber perdido
para siempre a aquella que aún está en mi corazón. Hoy, que viajo de regreso a la
prisión de mi alma, vi lo que mis ojos jamás se imaginaron presenciar, el ataúd
cubierto de flores blancas que descendía lentamente llevándosela para siempre,
arrancándola de este mundo que jamás la mereció y que jamás le pudo dar lo que ella
merecía, aun cuando ella misma lo dudase.
" Mil muertes hubiese yo podido soportar en su lugar, mil balas hubiese querido
perforaran mi cuerpo y no el suyo, mil dichas quisiera yo haberle dado, pero ninguno de
estos deseos jamás pude ver cumplidos. Hoy ya es demasiado tarde, y me siento vieja
cuando apenas tengo veintinueve años.
"No puedo más. Se que estoy maldita desde mi pasada vida, pero no entiendo el por qué
de este castigo que hace que todo lo que toco se vuelva polvo, infelicidad, desasosiego
¿Puede acaso el honor ser un pecado? A este punto ya no sé qué pensar, ni qué decir...
Sólo sé que ella está muerta y que ya nada tiene caso. Sin embargo, deberé seguir porque
la vida es ahora el castigo que merezco, peor aún que la muerte misma por haberla
abandonado por 'deber' en más de una ocasión...
" Hoy enterramos su cuerpo, su alma, estoy segura, está ya en planos más felices, pero
aún así el corazón me arde de pena porque ella, como diría Auden, que era mi Norte, mi
Sur, mi Este y mi Oeste, mi día de trabajo y mi descanso dominical, mi tarde, mi media
noche, mi palabra y mi canción se ha ido para siempre de este mundo. No sé cómo es que
aún respiro.
En los pergaminos que encontramos y aun desde antes sabiamos que Ella, al igual que
Gabrielle, era la poeta y Xena su inspiración... parece que he decidido honrar su
memoria del único modo que pudé concebir".
Al llegar a esa línea los ojos verdes de la muchacha abrieron paso a sus lágrimas
totalmente y la joven tiró el libro corriendo hasta llegar a su recámara. Fanny se
arrojó al lecho sollozando sin parar y así siguió llorando hasta que se hizo de día y
Michie llegó de su cita encontrando a su compañera de cuarto hecha un mar de lágrimas.
- ¿Pero qué sucede, Fanny? - dijo la joven con sus pasmados ojos cafés abiertos
de par en par al tiempo que abrazaba a su amiga.
- Ay, Michie - contestó la joven con voz entrecortada - Ha pasado algo horrible.
Ella murió, y ella... ella estuvo muy triste, sentía que la había traicionado y es como
si se hubiese muerto por dentro.
- ¿Ella? - preguntó Michie confundida frunciendo el ceño - ¡Por Dios, Fanny
explícate! ¿De quién estás hablando?
- La joven de las visiones, Michie, la del libro, el del cuarto, - dijo Fanny aún
visiblemente alterada confundiendo más a su amiga.
- ¿Fanny, espera, de qué libro, que cuarto y qué visiones estás hablando?
La joven rubia se llevó las manos a la frente entendiendo que su amiga no podría
comprender nada a menos que le explicase con calma todo lo que había pasado. Así que a
pesar de su conmoción, reunió fuerzas para aclarar la situación. De ese modo le contó
por primera vez a su amiga de las visiones de aquella joven de cabellos negros cuyo
rostro no podía ver, y de la manera en que había descubierto el diario en el fondo
falso del cajón.
Michie se quedó muy sorprendida con todo aquel cuento, pero después del primer choque,
su naturaleza escéptica la forzó a encontrar sentido a los sucesos que Fanny le narraba.
- Aguarda un instante, Fanny - dijo dándole a su amiga un pañuelo desechable
que había tomado del buró junto a la cama - ¿Quién te ha dicho que la joven de tus...
alucinaciones esas, es la misma persona que escribió ese diario y que vivió en este
departamento, al parecer en los años cincuentas?
- Bueno... yo - balbuceó Fanny sin encontrar una respuesta coherente - yo
imaginó que así es... todo coincide... además yo así... - se detuvo.
- ¿Tú así qué, Fanny? - insistió Michie mirando a su amiga a los ojos.
- Así lo siento - fue lo único que la muchacha pudo alcanzar a decir casi en un
susurro.
Michie le lanzó a Fanny una mirada de suave reproche preguntándose si era posible que
el cansancio por los exámenes finales la estuviera perturbando al punto de hacerle
decir y sentir incoherencias. Después de todo, Fanny siempre se esforzaba el doble que
los demás para poder conservar su beca.
- Mira, ahora vamos a hacer una cosa - dijo finalmente la joven morena - Tú te
vas a tomar un té que te voy a hacer, igual al que hacía mi abuela en Perú y con eso
vas a dormir muy bien. Mañana te vas a la biblioteca a terminar ese trabajo alejada de
ese cuarto extraño. Ya después veremos qué hacer con el libro misterioso ese que te
puso tan mal.
Fanny, que se sentía tan cansada como si hubiese estado trabajando en las galeras con
Ben Hur, no atinó a hacer otra cosa que obedecer a Michie, tomarse el té, e intentar
dormir. Aunque esto último no lo pudo hacer todo lo bien que hubiese querido. La imagen
de la misma joven volvía a perturbarle en sueños.
Pasaron días antes de que Fanny y Michie se aventuraran a revisar el libro de pasta
dura que habían dejado abandonado en una esquina del librero. Sin embargo, a pesar de
las protestas de Michie, Fanny volvió a tomar el libro en sus manos y a leer en voz
alta para su compañera de cuarto. Así, sintiéndose acompañada de una amiga, fue menos
difícil el continuar esa lectura que parecía alterar tanto a la muchacha rubia.
De esa forma las muchachas se enteraron que en efecto, quien había escrito aquel diario
lleno de desolados pasajes, había sido dueña de aquel piso a mediados del siglo XX. Al
parecer se había tratado de un mujer culta, no sólo por el hecho de los libros que tenía
acumulados en su librero, sino por la redacción impecable y hasta poética de su diario,
la cual Michie apreció muchísimo.
En aquellas páginas la joven dejaba entrever que se había dedicado a una actividad
histórica que no les quedaba muy clara a las muchachas, pero que sin duda tenía que ver
con paleontología porque mencionaba muchas veces expediciones, noches de insomnio,
críticas periodísticas y cosas por el estilo sobre nuevos hallazgos en excavaciones en
especial aquella que le marcó la vida, cuando se encontró con 'ella' los pergaminos. No
obstante, las jóvenes no atinaban a decir a ciencia cierta si la autora del libro había
sido jefe de excavación, asistente o traductora, porque sólo hablaba de su trabajo muy
vagamente.
Aparentemente estaba casada, pues con frecuencia hablaba de su "esposo" que parecía
estar enfermo siempre o tal vez había sido discapacitado, pues ella mencionaba que una
enfermera vivía con ellos para cuidar de él. Curiosamente, esas menciones eran parcas y
contrastaban enormemente con las veces que la escritora hablaba de "ella", una
mujer cuyo nombre nunca escribía pero que tanto Michie como Fanny podían entender era
otra persona diferente a con quien vivía. Otra mujer a la que parecía amar de manera
casi obsesiva y que había sido sepultada el 2 de julio de 1953, fecha en que había
iniciado el diario.
Ella no escribía en el diario todos los días. Al parecer era más bien un espacio para
verter sus tristezas y en donde revolvía indiscriminadamente el pasado y el presente.
De esa manera desordenada Michie y Fanny se esforzaron en entender cómo esa joven había
conocido, siendo aún muy joven, a una chica de la cual se había enamorado perdidamente
pero de quien se había tenido que separar por razones que nunca explicaba claramente
pero que tenían que ver con el "esposo".
El diario continuaba interminablemente, contando a ratos escenas de la vida cotidiana y
del sujeto con quien vivía y a quien ella parecía profesar un sincero afecto más
parecido a un sentimiento fraternal. Leyendo más adelante se dieron cuenta de que la
autora y su esposo habían intentado tener hijos sin éxito y después, a pesar de sus
intentos, se les había negado la adopción de un pequeño, debido al "impedimento de mi
esposo" - explicaba ella - lo cual les dejaba cada vez más claro a las muchachas que el
hombre de la autora había padecido algún tipo de discapacidad física.
Pero esos eran males menores en un alma que parecía estar a la mitad, muerta en vida,
moviéndose por inercia en cada línea que escribía y en donde, ni por un solo instante,
parecía faltar una profunda añoranza por "ella".
Michie y Fanny se tomaron días y días leyendo el diario y muy a pesar del escepticismo
de la primera, la joven peruana también terminó llorando en más de una ocasión conforme
iban desentrañando la historia que duraba por varios cientos de páginas y que no contaba
solo la vida de aquellas mujeres sino la de otras dos haciendo mención a 'los pergaminos
de Xena'.
"La autora" - como comenzaron a llamarle entre las dos - se había casado muy
joven, al parecer a los veinticinco y movida más por un sentimiento de lealtad y deber
que por amor, al cual, decía varias veces, había tenido que renunciar por "honor".
Se había separado de "ella" para casarse con aquel joven que se convirtió en su
esposo y que la amaba entrañablemente, sin por ello conseguir nunca ocupar el lugar de
aquella otra mujer ausente. "Ella" había muerto, al parecer de una manera
violenta que nunca aclaraba, algunos años después de la boda de La autora.
Después de separarse de "ella" La autora mencionaba que la había vuelto a ver en
una sola ocasión. La tarde en que Fanny y Michie leyeron ese pasaje sintieron que la
fuente de sus lágrimas se agotaría para siempre. He aquí lo que ellas leyeron:
"A mi llegada a Chicago no pude evitar ese espantoso nerviosismo que comenzó a
invadirme el pecho desde que puse pie en aquella estación, en la cual la esperé en vano
una mañana. El corazón se me partía de saber que quizá ella aún viviera en esa ciudad y
que en ese momento tal vez yo estuviera respirando su mismo aire. Pronto me sorprendí
buscando su rostro en la multitud de la calle mientras el auto avanzaba o en los pocos
lugares públicos en los que me dejé ver en esos días. Sin embargo, mis ojos no pudieron
encontrarse con esos inolvidables ojos verdes y yo no sabía si sentir desilusión o
alivio, porque estaba muy consciente que un encuentro sería más bien doloroso que
placentero. Y a pesar de esa certeza, conforme pasó aquella semana interminable, mi alma
se consumía en una creciente obsesión por verla, verla aunque fuese un instante, a
hurtadillas, sin que ella se diera cuenta de mi presencia. Pero el trabajo y esa
maldita multitud de periodistas y curiosos que asediaba el hotel donde nos hospedábamos
no me permitieron hacer nada.
Finalmente terminó nuestro compromiso en Chicago y como era el último punto que
visitaría en el tour de conferencias, el día de la presentación final comenzarían mis
vacaciones. Todos los compañeros decidieron viajar a casa para reunirse con sus familias
y así poder comenzar el periodo de descanso, tal vez viajar con ellos a algún lugar del
país o cosas por el estilo. Yo le había prometido a mi esposo que en cuanto regresara
iriamos a California para que conociera el Pacífico, idea que le ilusionaba mucho.
Quería concederle aquel capricho porque me sentía algo culpable de lo tensas que habían
estado nuestras relaciones en el último año. Así que abordé aquel tren de regreso a
casa junto con mis compañeros, pero mi corazón se negó a dejar Chicago tan pronto y sin
haber conseguido lo que anhelaba.
Apenas alcanzamos la primera estación en nuestro camino de regreso no pude resistir ya
más aquel impulso que se había vuelto más fuerte que mi razón y sin pensar más, le
rogué a Robert que cuidara de mi equipaje y le explicara a mi esposo que llegaría uno o
dos días más tarde. Pretexté que había olvidado algo en el hotel y como era importante
para mi no quería dejarlo al hubiera, sino intentar recuperarlo por mi misma. Sabía que
era una pobre excusa y que tal vez él sospecharía, pero de repente no me importó nada.
De ese modo tomé el primer tren de regreso a Chicago y ya presa de una urgencia
irracional, me dirigí a su antigua dirección, esperando que quizá el casero me pudiera
dar razón de su actual paradero.
Para mi alegría en ese momento, y mi gran dolor después, el casero efectivamente sabía
donde estaba ella. Ya no vivía en Chicago sino en las habitaciones de la universidad y
ayudaba en el orfanato cercano, lo cual cambiaba mucho las cosas. Si quería verla sería
difícil hacerlo sin que ella se diera cuenta y además tendría que viajar hacia Indiana,
y desviarme un poco de mi camino de regreso a Nueva York. No obstante, para ese momento
no estaba yo dispuesta a desistir en mi intento así que tomé el tren hacia un lugar en
el que no había vuelto a estar desde la última vez que la ví en esa última expedición
juntas.
¿Para qué todos esos locos esfuerzos? ¿Para qué arriesgar mi ya precaria relación con
mi desafortunado esposo? ¿Para qué propiciar un encuentro que tal vez a "ella"
le resultaría desagradable? Eran las preguntas que me hacía interiormente, a las cuales
el corazón solamente podía responder que sería solo para ver sus ojos, esos ojos que
ella me negó ver por última vez aquella noche. Quería también ver su sonrisa y
comprobar personalmente que ella era feliz después de todo ese tiempo. Quería, debo
admitirlo, verla convertida en la mujer de bien que quería ser para honrar la memoria
de su padre ya que habíamos limpiado su reputación y llevar conmigo esa memoria para
hacerla nueva parte de mis sueños, último reducto de dicha furtiva que me quedaba en
esta existencia sombría. Ahora, a pesar de la dicha egoísta que ese encuentro me dejaría,
no dejo de arrepentirme de haberme dejado llevar por mis impulsos.
Llegando al lugar le renté su auto a un comerciante dejándole en prenda mi reloj de oro.
Y con aquel automóvil desvencijado me dirigí hacia la universidad. Cuando estaba a
menos de un kilómetro de distancia, dejé el auto al cuidado del dueño de una granja
cercana y continué el viaje a pie, esperando tal vez poder llegar sin ser vista y así
lograr mirarla sin que ella se diera cuenta.
Eran como las cinco de la tarde cuando llegué al lugar y para mi buena suerte los niños
del orfanato habían salido al patio a jugar. Los observé un rato desde la colina cercana,
respirando el aire fragante de aquel lugar al cual ella le tenía tanto cariño. Al poco
rato salió la anciana directora del universidad y junto a ella la mujer que yo anhelaba
ver, aunque fuese de lejos. En esos momentos no pude encontrar otra palabra para
definirla que no fuese hermosa, tan hermosa como siempre y aún más de lo que yo
recordaba. Más bella aún en la ignorancia de su propia belleza, porque estaba segura,
que al igual que antes, ella seguía sin saber lo hermosa que era y lo terriblemente
mortales que podían ser sus miradas para alguien.
La observé por largo rato mientras jugaba con los niños y por un momento no pude evitar
pensar en los hijos que hubiésemos podido adoptar juntas y que yo hubiese amado a morir
si la vida no hubiese sido tan adversa. Me perdí tanto en esas consideraciones
agridulces que ni me di cuenta cuado los chiquillos empezaron a jugar carreras hacia la
colina. Al observar el grupo corriendo hacia mi, intenté ocultarme en unos arbustos
cercanos y no se en qué momento perdí la razón aún más y en lugar de retirarme cuando
aún podía hacerlo, me quedé ahí parada mientras ella y los niños subían hacia la cima.
Al poco rato el juego se había instalado a la sombra del árbol centenario y yo me perdí
en la alegría de tenerla aún más cerca y poder comprobar que en el fondo, aquella mujer
seguía siendo una niña traviesa capaz de entusiasmarse y reír con las cosas más
sencillas de la vida a pesar de lo mucho que trabajo para lograr esa tranquliidad...
Estaba tan absorta que no me percaté de la presencia de un animal que me veía con recelo,
hasta que ya era demasiado tarde y aquel gran perro estaba ya prendido a mi falda,
gruñendo con furia y unos ojos verde malva me veían con asombro.
En fin, el perro olió mi presencia, comenzó a ladrar y pronto me tenía presa, no pasó
mucho para que los niños se percataran y ella se acercara a los arbustos descubriéndome.
Luego de eso siguieron las obvias explicaciones a medias y los saludos forzados. La
alegría que yo había visto en su rostro mientras jugaba con los chiquillos, ajena a mi
presencia, desapareció en un instante para dar lugar a una joven visiblemente nerviosa
que no sabía qué decir. Me sentí profundamente culpable por ser la causa de su
incomodidad y un tanto triste de pensar que tal vez mi presencia le era desagradable.
Tal vez me guardaba rencor y yo no podía culparla por ello... Sin embargo, no podía
creer que ella pudiese albergar ese tipo de sentimientos por nadie, aunque se tratase
de un infeliz como Smythye en su momento o yo en este momento...
Después de los primeros saludos le presenté la pobre excusa de que había ido a visitarla,
como si tácitamente nunca nos hubiésemos propuesto que era mejor no volvernos a ver.
Tal vez forzada por la situación ella me invitó a pasar a la casa y aunque yo hubiera
querido salir huyendo en ese instante, sabía que dadas las circunstancias tenía que
seguir el juego. Así que tuve que pasar las siguientes dos horas conversando con las
dos damas que dirigían la universidad mientras trataba de grabar en mi memoria la
imagen de aquella joven envuelta en un vestido color durazno (se veía realmente hermosa
usando vestido) que permaneció callada la mayor parte del tiempo, contrario a su
costumbre de hablar siempre demasiado ¿Era que había cambiado tanto, o más bien que no
deseaba hablar conmigo? No sé si mis miradas me delataron en aquel momento ante la
amable señora, pero lo cierto es que no pude despegar los ojos de aquel rostro sonrosado
y esos cabellos dorados que ella llevaba sueltos sobre la espalda. Si antes había yo
pensado que mi corazón ya no podía sentir nada, bastaba verla de nuevo para entender
que su sola presencia me ponía en un estado de tal alteración emocional que poco faltaba
para que el pecho me estallara.
La anciana debió de haber terminado por leer en mi rostro lo que las palabras tenían
que callar. A la mitad de la conversación y después de darse cuenta de que todos
evitábamos el tema, la señora no dudó en preguntarme llanamente:
- "¿Y su esposo, se encuentra ella bien de salud?"
No tuve más remedio que contestar con la mayor naturalidad posible intentando después
llevar la conversación hacia otra dirección. Pero a pesar de mis esfuerzos, la buena
mujer había logrado lo que se proponía, hacerme notar que cualesquiera fuesen mis
intenciones con aquella visita inesperada, ninguna de nosotras, sobre todo yo, podía
olvidar la existencia de mi esposo y los lazos que con él me unían. Una vez más maldije
mi destino, sobre todo cuando noté que una sombra aparecía en aquel lindo rostro que yo
amaba tanto, y aún sigo amando con igual intensidad ¿Acaso a ella aún le dolía la
separación, tanto cómo a mi? No pude evitar preguntarme sin saber si esa duda era
motivo de alegría o de tristeza.
Aquella mujer continuó comentando acerca de lo fugaz que es el tiempo y cuán rápidamente
crecen los niños.
- Nada más tengo que mirarlas a usted y a esta niña - comentó la anciana -
usted ya hecha una mujer de éxito y con una familia, y ella que pronto también tomará
los votos matrimoniales.
En ese momento mis ojos buscaron los de ella y se encontraron sin remedio. En ellos
pude leer que era efectivamente cierto. Ella estaba a punto de casarse ¡Me sentí tan
estúpida en ese momento! Muriendo en vida por alguien que estaba a punto de ser la
esposa de otro, y a quien yo no podía reclamar nada por estar yo misma casada con otra
persona, por haber sido yo quien decidiera ese destino. Pero la cadena de mis desgracias
esa tarde no terminó ahí. Por la conversación, principalmente dirigida anciana mujer,
supe que el prometido en cuestión no era otro que el hombre que alguna vez me salvó la
vida y a quien yo aún consideraba mi amigo.
Como nunca antes, me pude percatar que soy una persona de naturaleza celosa y egoísta.
En aquel momento mi primera reacción interna fue la de enojo y rencor hacia el hombre
que gozaría lo que yo no había podido retener y hacia ella cuyos ojos parecían decirme
en silencio que aún sentían algo por mi, mientras que planeaba una boda para entregar
su vida a alguien que no era yo. Sin embargo, pronto mi enojo se tornó sobre mi misma,
sabiendo claramente que mientras aquel buen amigo mío podía ofrecerle estabilidad y
amor sincero, yo había empeñado mi palabra con otro ser ¿Cómo pues podía sentir otra
cosa que no fuera alegría al saber que ella finalmente alcanzaría la felicidad? ¿No era
eso lo que yo más quería, que ella fuese feliz? ¿Quién mejor que él para hacerlo,
cuando yo sabía muy bien que se trataba de uno de los hombres más íntegros y buenos que
yo jamás he conocido? Aun cuando fuera un poco torpe. Sin embargo, no podía evitar la
tristeza de saber que al final de la historia estaríamos doblemente separadas por el
resto de nuestras vidas, y no tendriamos la fortuna de contar con una Callisto como
Xena y Gabrielle cuando la última se desposo con Pérdicas, claro que no lo querriamos,
jamás le desaearia el mal o la muerte a nuestro amigo, a quien conocimos cuando nos
vimos ella y yo por primera vez, en Macedonia.
La conversación continuó sobre otros temas, pero yo ya no puedo recordar qué más dije.
Tan turbada me encontraba con todas las emociones vividas en esos momentos. Al
oscurecer me disculpé diciendo que aún debía caminar un trecho hacia el lugar donde
había dejado el auto, y la anciana tuvo la mala ocurrencia de sugerirle a ella que me
llevara hasta aquella granja cercana en el vehículo que ellas mismas utilizaban. Lo que
menos necesitaba entonces era estar a solas con ella. Sin embargo, la anciana directora
de la universidad y del orfanato parecía desear que se propiciara ese momento, como para
otorgarnos la oportunidad de darnos un último adiós, irónicamente tras habernos
obligado a recordar durante la charla que ambas teníamos compromisos y lealtades a las
que no podíamos dar la espalda.
Visiblemente turbada ella se vio obligada a llevarme y no me admiró ver que disponía de
un auto caro como transporte, siendo ella quien era. Me despedí de las damas y
empezamos el corto viaje sintiéndonos terriblemente nerviosas. Aún puedo recordar
palabra por palabra la conversación que tuvimos en el auto.
- Me alegra haber recibido tu visita, - me dijo ella rompiendo el desagradable
silencio y yo me pude percatar que sus palabras eran sinceras.
- Yo, la verdad, no tenía pensado venir hasta acá. Fue una decisión que tomé en
el último momento - confesé a medias, animándome un poco.
- Entiendo. Pero de todas maneras ha sido agradable verte - me contestó sin
desviar los ojos del parabrisas.
De nuevo el silencio nos rodeó y por unos breves minutos le estuve dando vueltas a la
pregunta que me quemaba en el alma. Sabía muy bien que no debía hacerla, ya bastantes
locuras había cometido en aquel día, pero aún me faltaba la más estúpida de todas, y a
la vez la más inolvidable.
- No tenía idea de tu próxima boda con Jack - le comenté sin tener el valor de
mirarla a la cara, prefiriendo perder la vista en el oscuro paisaje.
- Bueno, - comenzó ella y pude sentir que la voz le temblaba - nosotros siempre
estuvimos muy cerca el uno del otro... las cosas... se dieron poco a poco. Él me pidió
matrimonio hace unos meses y yo acepté. Eso es todo.
- Serás ahora la esposa de un magnate - dije tratando de aligerar la pesada
atmósfera - Yo misma no me puedo hacer a la idea de que él sea el heredero de los
Adelpour.
- ¿Cómo te enteraste de la verdadera identidad de Jack? - me preguntó siguiendo
la línea que llevaba la conversación hacia lugares menos peligrosos.
- Por los periódicos, - le contesté, comprobando que a pesar de mis esfuerzos
yo no podía dejar de pensar en lo mismo - Supongo que ahora tu vida cambiará mucho.
- En parte sí - dijo ella con un dejo de tristeza que quizá hubiese podido
ocultar de otros, pero no de mi. - Pero él me ha prometido que me permitirá mantenerme
alejada de las obligaciones sociales. Tú sabes que nunca me he sentido muy bien en ese
mundo.
- La señorita seguirá siendo una rebelde aunque sea una dama importante, aun
más de lo que ya es, supongo, - comenté dejando escapar una ligera sonrisa al recordar
el pasado que compartíamos. Al menos eso, ni mi esposo ni su prometido podrían
quitarnos nunca.
- Al igual que cierta respetable historiadora que conozco, - rió ella por
primera vez en la tarde y un calor me invadió el alma de repente. Su sonrisa seguía
teniendo el mismo efecto reconfortante.
- Supongo que tienes razón, en el fondo siempre seremos las mismos locas y
rebeldes, aunque... - dudé y preferí callarme.
- ¿Aunque qué? - preguntó ella y a ratos creo que no debió haber hecho esa
pregunta.
Sé bien que debí haberme callado o inventado una respuesta evasiva, pero a ese punto,
después de tantas emociones vividas en las horas anteriores mi corazón ya no aguantaba
más y sufrió un ataque de repentina franqueza.
- Aunque el alma lleve ahora tantas tristezas imborrables, - le dije mirándola
directamente y ella enfrenó de súbito, y sin decir palabra se apeó del auto. Yo la seguí
ya sin pensar en nada más que en las lágrimas que había podido atisbar en sus ojos.
- ¿Por qué viniste? - me dijo ella dándome la espalda cuando sintió mi presencia -
¿No te das cuenta de que tu esposo podría enterarse e interpretar mal las cosas?
- Yo... - tartamudeé apenada - estoy consciente de que hice mal, pero estando
tan cerca... no pude resistir la tentación de verte. Es más, ni siquiera tenía planeado
hacerme notar, me conformaba con verte sin que tú te dieras cuenta, pero tu perro cambió
mis planes.
Ella se rió entre lágrimas y volvió su rostro para mirarme. Era más hermosa aún con ese
llanto que me confesaba un afecto que sus labios no se atrevían a aceptar. Una vez más
debía haberme quedado callada, pero la rueda de mis pasiones giraba con vida propia sin
dejarme pensar en lo que hacía.
- Dime, por favor, - le rogué acercándome lentamente, - dime que lo amas como
alguna vez me amaste.
- ¿Para qué quieres oír eso? - me desafió ella - En todo caso yo debería
preguntarte si al fin has logrado amarlo, si eres feliz como me prometiste que serías.
- Entonces yo te contestaría que soy muy mala cumpliendo promesas, - le confesé
a sólo un paso de ella - Si me preguntaras por mis sentimientos por él, yo te diría que
le tengo aprecio, gratitud, consideración... pero amor apasionado y absoluto como el
que tuve... como el que tengo por ti... ¡Maldita sea mi suerte!... jamás podré
profesarle. Ya lo he intentado por demasiado tiempo y nada ha resultado - y al decirle
esa mi triste verdad no pude evitar las lágrimas que acudieron a mis ojos muy a mi
pesar.
- ¡Oh por los Dioses! - fue todo lo que ella pudo decir, escondiendo su rostro
entre las manos y volviéndome la espalda nuevamente. - Yo nunca quise hacerte
desdichada ¡Los dioses saben que nunca quise eso! - sollozaba ella y no pude resistirme
ya a tomar sus hombros con mis manos y reposar mi frente sobre su cabeza dorada.
- No lo has hecho. De ti solamente he recibido los mejores momentos de mi vida, -
le susurré al oído tratando de consolarla, ya olvidándome de mi propio dolor y los
celos que me atormentaban. - Es por eso que vine a verte a pesar de lo impropio de mi
atrevimiento. Necesitaba al menos un recuerdo más ¡Perdóname por venir a perturbar la
paz en la que vives!
Ella se quedó quieta y callada por un rato mientras mi alma ganaba otra vez alientos
nuevos ante el suave contacto de nuestros cuerpos, que aunque leve y aparentemente
inofensivo, me invadía de un calor que yo había extrañado por mucho tiempo, pero cuyo
efecto en mi temía con todas mis fuerzas.
- Al menos dime que serás feliz con él, - le rogué - dime que lo amas igual o
más que a mi para que me vaya tranquila, aunque en el fondo el alma se me quiebre
nuevamente.
Ella se dio la vuelta y se arrojó a mis brazos llorando desconsoladamente para decirme
entre sollozos.
- ¡No puedo hacerlo! Quisiera mentirte pero no puedo. Intenté una vez
escribirte una carta para decirte que todo estaba olvidado pero ni siquiera tuve el
valor de enviarla ¿Cómo decirte ahora que estoy enamorada del hombre que será mi esposo,
cuando no es así?
Sin saber cómo enfrentar los sentimientos tan encontrados que me estallaban dentro
simplemente me limité a abrazarla con fuerza, olvidándome por un instante de quienes
éramos, repitiendo su nombre una y otra vez, nombre que ahora no tengo ya el coraje de
escribir, porque el verlo impreso en este papel sería casi tan doloroso como el
escuchar su voz nuevamente. Voz que jamás podré volver a oír.
- Lo quiero mucho, - me siguió ella confesando - pero no como él necesita.
Porque ese amor intenso que se apodera del alma hasta llegar a la médula, ese amor que
arrasa con la voluntad sólo tú me lo inspiras. Pero no puede ser, tú sabes que no puede
ser. Al menos creo ser capaz de hacerlo feliz y rogar a Dios para que él nunca se
entere de este amor que aún guardo para ti, como 'él' tampoco debe enterarse nunca de
este momento - me dijo y las lágrimas no dejaban de bañar nuestros rostros.
- Pero, amor mío, - le llamé ya sin tapujos, desesperada al verla sufrir de eso
modo - ¿Por qué te casas con él entonces? Yo... yo sé lo que es pasar la vida a lado de
alguien por quien se tiene afecto pero no amor. No te condenes tú a ese mismo infierno
en el que vivo. Tú debes ser feliz, tú... - hice una pausa sintiendo que el corazón se
me partía de nuevo al percibir anticipadamente el dolor que me provocarían las palabras
que iba a pronunciar - Tú debes... debes esperar a encontrar a alguien... a quien ames
de verdad - las lágrimas corrieron sobre mis mejillas quemándome la piel como brasas al
tiempo que la ansiedad me ahogaba el pecho - que te haga olvidarme para siempre, que me
arranque de tu corazón aunque yo me muera de celos.
- ¡Eso no es posible! - sollozaba ella en mis brazos - ¡Tú no te me borras, no
te me quitas del pensamiento! El día que salgas de mi corazón será cuando ya no lata
¿No entiendes? Pero... yo quiero casarme, tal vez tú no comprendas...
Yo la miré confundida y ella levantó el rostro clavándome los más tristes ojos verdes
que jamás he visto o tal vez sí, puesto que me recordó un atardecer en una montaña,
abrazándola pero eso jamás había pasado, no en esta vida.
- No quiero terminar sola, - me dijo finalmente con la misma tristeza de sus
ojos - Quiero tener hijos, una familia ¿Acaso podrías tú entender eso?
Aún no sé cómo mi alma sobrevivió a esas palabras que me estrellaban en la cara nuestra
pungente verdad. Lo que ella más quería en la vida yo se lo hubiese querido dar... y a
la postre no fui capaz de hacerlo. Me odio más desde ese día.
- ¡Dioses, Dioses! - le respondí con la voz cascada por el dolor - ¿Qué falta
cometimos en nuestro pasado o nuestros antepasados para que nosotras la paguemos de esta
manera? ¿Por qué este amor puro y bueno, tan intenso que ni el tiempo ni la distancia
han podido abatir, se ha vuelto un pecado? ¿Por qué no puedes ser mi mujer, cuando en
el fondo eres la esposa de mi corazón? ¿Por qué me estás prohibida?
Después de esas confesiones y teniéndola tan cerca de mi no pude evitar ya el impulso
de besarla, deseo que me había estado torturando toda la tarde desde que la había visto
de lejos. Para mi alegría y gran dolor, pude comprobar que ella también lo deseaba,
porque ella respondió a mis besos sin escatimar pasión en el intercambio.
Entiendo que hicimos mal, que no debimos ni siquiera habernos permitido esa libertad,
pero ahora que los años han pasado, esa memoria vibra aún en mi interior como uno de
los pocos recuerdos luminosos de mi vida. Nunca mis labios han tocado los labios de
alguien más con la entrega total con que la besé en esa ocasión. Jamás he podido
volver a sentir nada que se compare al momento en que mi boca se encontró con la suya y
la humedad del beso invadió mis sentidos, junto con ese sabor dulce, como el de las
flores silvestres. Suelo pensar que con ese beso quedamos aún más unidas de lo que
pudiéramos jamás estar de nuestros cónyuges, aún después de años de vida marital.
Sin embargo, el placer fue engañoso porque al poco rato de aquel intercambio íntimo en
que mi boca bebió audazmente de la suya, el cuerpo se dio cuenta una vez más que siempre
estaría incompleto, sin poder consumar nunca el amor que el alma encerraba y ante esa
certeza una tremenda amargura se apoderó de las dos. Pero la inconsciencia no llegaba
al punto de hacernos perder del todo la noción de nuestros deberes, sobre todo cuando
la noble señora del universidad nos los había recordado tan sutilmente. Así que acabamos
de romper el último beso y terminamos por despedirnos.
- Creo que debes irte antes de que nos arrepintamos más de lo que estamos
haciendo - me dijo aún llorando y con el rostro hermosamente sonrosado por el
intercambio pasional que acabábamos de experimentar.
- Si - balbuceé sin saber qué decir en ese momento. Luego volteé el rostro y
pude divisar las luces de la granja en la cual había dejado el auto - creo que puedo
llegar a pie, el lugar está a sólo unos metros.
- Bien - contestó ella volviendo la mirada.
Me di la vuelta, sin saber qué más decir o hacer, incapaz de decir adiós. Con el cuerpo
y el corazón entumidos caminé una corta distancia cuando de repente me percaté que ella
me llamaba corriendo hacia mi.
- Espera - me dijo agitada cuando pudo estar cerca de mi nuevamente - Debes
saber algo.
- No es necesario que digas más - le expliqué dándole a entender que ya habían
sido demasiadas confesiones para un solo día.
- Si has venido hasta aquí, y nos hemos atrevido a abrir el corazón - dijo ella
pronunciando lentamente cada palabra que aún resuena en mi memoria - entonces, debes
saber que te amo. Antes, hoy, mañana y siempre. El corazón me ha dicho que no nos
volveremos a ver más por el resto de nuestras vidas. Al menos no con vida.
- No... digas eso... - traté de interrumpirla pues su certeza me dolía aún más
que sus palabras.
- Lo sé, esta será la última vez - me dijo tomándome la mano - Pero te aseguro,
que cada instante de los días que me restan por vivir, mi corazón latirá con el tuyo,
en unísono. No te puedo ofrecer más que esto, la fidelidad del alma.
- Y yo te aseguro - le contesté entendiendo en un solo instante que sus palabras
serían proféticas - corresponderte con la misma lealtad. Tu serás siempre la mujer de
mi vida. Y si existiesen otras vidas, aunque tuviera que separarme de ti nuevamente y
pasar por este dolor interminable una y mil veces, elegiría volver a amarte.
- Adiós - me dijo ella reprimiendo un sollozo y me soltó la mano.
- Adiós, amor mío - le contesté mientras la veía alejarse con su vestido de
talle largo volando al viento nocturno. Subió al auto y desapareció para siempre de mi
vida en la oscuridad de la noche.
Hubiese querido correr tras de ella y huir juntas dándole la espalda al destino que nos
había separado ¿Pero cómo podía yo atreverme a faltar a nuestra palabra de honor,
arrastrarla a ella, que era lo más puro de mi existencia, a una vida vergonzosa,
arrebatarle la posibilidad de intentar alcanzar la estabilidad al lado de un hombre a
quien no podíamos traicionar, no sólo por ser su prometido, sino también el único amigo
que yo he tenido, enlodar así nuestros nombres y manchar nuestras almas? Supe que no
podía siquiera permitirme hablar de algo así, de modo que nos dejamos ir nuevamente,
perdiéndonos para siempre la una a otra, pero entendiendo que más allá de nuestros
deberes, el corazón guardaría siempre los sentimientos para los cuales no hay ley.
Sentimientos que al menos habíamos logrado confesarnos gracias a esa locura mía, la
cual lamento porque sé bien cuánto la hizo sufrir, pero que agradezco por esa
oportunidad única de decirnos por una sola ocasión esas dos simples palabras que
significan todo: te amo."
Al llegar Michie a este punto, quien estaba en esa ocasión leyendo en voz alta para
Fanny, se detuvo al ver que su amiga ya no podía escucharla entre los sollozos que se
le escapaban del pecho con un dolor tan profundo como si en ese instante le hubiesen
avisado de un evento tan terrible como la muerte de alguien amado. Michie abrazó a su
amiga, llorando también en silencio mientras pensaba que tal vez sería mejor ya no
seguir leyendo aquel diario que tanto trastornaba a su amiga.
CONTINUARÁ ... (Espero que pronto)