Fanny Caffrey era la única hija de una viuda sureña que en mejores tiempos había estado
casada con un comerciante de Atlanta. El señor Caffrey había muerto cuando Fanny tenía
doce años y desde entonces, madre e hija habían enfrentado juntas la vida, abriéndose
paso contra viento y marea y llevando una vida sencilla en uno de los suburbios de
aquella capital de Dixie Land.
A pesar del dolor sufrido por la muerte de su padre, la pequeña Fanny había conservado
la vivacidad y frescura que la caracterizaban y la hacían tan querida entre sus amigos
y todos aquellos que la conocían. Siempre que alguien necesitaba un hombro sobre el cual
llorar, una sonrisa para iluminar el día más oscuro o un oído siempre atento, Fanny estaba
ahí para ayudar.
A los dieciséis años la joven había hecho trabajo voluntario en una escuela pública
para niños especiales y en esa actividad había encontrado su vocación. Desde entonces
su mayor sueño había sido poder dedicarse a la educación especial pero sus posibilidades
de continuar sus estudios después de la preparatoria eran pocas debido a que las
condiciones económicas de la familia no eran buenas.
Armand Caffrey había sido un comerciante próspero pero después del nacimiento de Fanny,
su esposa Sarah había visto mermada su salud y las cuentas médicas habían obligado a
Caffrey a adquirir deudas, las cuales nunca pudo saldar. A su muerte en 1992 Sarah había
tenido que vender la gasolinera que poseían y la casa de campo para poder pagar las
deudas de su marido. Sin otro recurso más, la Sra. Caffrey había empezado a trabajar
medio tiempo atendiendo ancianos en un asilo y recibía un subsidio del gobierno ya que
su salud no le permitía trabajar por más tiempo.
Fanny ayudaba a Sarah en lo que podía, tomando empleos de verano y cuidando niños por
las tardes pero semejantes ingresos estaban muy lejos de poder garantizar una educación
universitaria para la joven. De modo que Fanny se había propuesto obtener las mejores
calificaciones posibles y tomar los cursos más avanzados y difíciles que el plan de
estudios de la educación preparatoria ofrecía, con el fin de hacerse acreedora a una
beca escolar que le permitiera más tarde llegar a la Escuela de Educación Especial.
De esta manera el último año de preparatoria Fanny trabajó arduamente dividiendo su
tiempo entre sus estudios, los niños que cuidaba, el trabajo voluntario y los momentos
que le quedaban libres los dedicaba a arreglar la vida de los demás aunque estos no lo
solicitaran. Era una entrometida profesional, pero como tenía un carisma innato, la
gente le perdonaba sus intromisiones.
Pero Fanny Caffrey no tenía tiempo para el amor, y no precisamente por falta de
pretendientes. Fanny no era sólo carismática y vivaz sino que además poseía una belleza
fresca e irreverente. Espigada y delicadamente curvilínea, de movimientos seguros,
miraba al mundo desde la ardiente luz de unos ojos verde con un toque de vetas azules
que brillaban con la luz como grandes lagunas en las que danzaban peces color esmeralda.
Para su gran fastidio la joven poseía una piel extraordinariamente blanca que nunca se
bronceaba bien. Fanny, que amaba la vida al aire libre, el deporte y el mar, siempre se
quejaba de su incapacidad para lucir una piel tostada. Su madre la solía consolar
diciéndole que en otras épocas la tez tan blanca había sido sinónimo de belleza aunque
en nuestros días el bronceado se considerara más hermoso. Pero esto no consolaba a la
muchacha.
Sin embargo, un rubor natural solía cubrir las tersas e impecables mejillas de la
muchacha, mismo color que encendía sus labios bien trazados. Como toque especial a su
rostro, mezcla de inocencia y picardía, una nariz breve y respingada, terminaba la
composición. Finalmente, una larga melena rubia enmarcaba el cuadro dando un carácter
casi irreal a la imagen de la muchacha.
A pesar de tantas gracias que la hacían encajar en el típico ideal de la belleza
europea, la muchacha no había tenido mucho éxito en el romance. Durante los años en que
se había convertido en mujer, muchos chicos habían empezado a manifestar interés en ella,
pero Fanny rara vez se había animado a aceptar una cita y en las pocas ocasiones en que
había salido con jóvenes de su edad, nunca había terminado por concretar ninguna
relación relevante. Por alguna razón que ella misma no alcanzaba a entender en su
totalidad, cada joven que conocía no lograba despertar en ella más que una simpatía
cordial.
- ¿Cómo te fue en tu cita con Jeremy?- le preguntó Cecile, su mejor amiga del colegio,
en una ocasión.
- Ni me lo recuerdes - contestó la rubia con acento molesto - el tipo es un verdadero
patán. Trató de abrazarme en los primeros 20 minutos de la película, no una sino tres
veces y como yo le quité el brazo otras tantas, después de media hora me dijo que la
película le aburría y que había decidido regresar a su casa a darle de comer a su gato.
- ¡Qué estúpido! ¿Y qué hiciste tú? - preguntó intrigada Cecile.
- Pues a mi sí me gustaba la película así que me quedé en el cine sola y él se marchó.
- ¡Fanny! ¿Pero cómo pudiste hacer eso? - la reconvino la joven de ojos color de miel.
- Pues muy fácilmente, me quedé y lloré muy a gusto con Nicholas Cage y Meg Ryan.
- No tienes remedio ¿Es que nunca te vas a interesar seriamente en nadie? ¿No quisieras
enamorarte?
- ¡Ay Cecile! - suspiró la joven - sinceramente no sé si deba hacerlo, tengo tantos
planes y no creo que un romance sea ahora lo más conveniente... además...
- ¿Qué? - preguntó intrigada Cecile al ver que una luz extraña había centelleado por un
instante en los ojos verdes de su amiga.
- No, nada. No me hagas caso.
- Ahora me lo dices, ya sabes que soy muy curiosa - arguyó Cecile.
- Bueno... lo que pasa es que desde siempre... yo he sentido como que algo falta en mi
vida... una pieza del rompecabezas que no alcanzo a encontrar... un rostro...
- ¿Un rostro? - preguntó intrigada la joven - explícate bien porque cada vez te
entiendo menos.
- No sé, Cecile. Es como si cada vez que voy por una calle desconocida, cada vez que
cambio de escuela, o conozco gente y lugares nuevos, mis ojos buscaran un rostro en
especial, unos ojos de un color preciso, una voz que nunca he oído pero que estoy
segura reconocería inmediatamente.
- ¿Has visto ese rostro antes? - indagó la joven intrigada.
- ¡No, Cecile! ¡Ni siquiera tengo la menor idea de cómo sería! - contestó Fanny
sonriente.
- ¿Entonces cómo piensas reconocerlo? - repuso Cecile con cierto fastidio.
- Reconocerla... - Corrigió rápidamente Fanny.
- ¿Qué?
- Que es ella...
- ¿Y cómo sabes eso?
- Tampoco tengo idea. Sólo sé que cuando encuentre ese rostro sabré que se trata de ella,
que es la persona que yo estoy esperando.
- ¡Dios mío Fanny, has leído demasiadas novelas románticas!
Así pasaron los años y finalmente llegó el momento de probar si los esfuerzos de Fanny
habían valido la pena. Hacia principios de su último año de preparatoria la chica empezó,
al igual que muchos jóvenes norteamericanos, a realizar una exhaustiva indagación para
seleccionar la universidad que más se ajustara a sus necesidades y al préstamo becario
que podría obtener del gobierno.
Fanny mandó solicitudes a varias universidades en diversas partes del país con la
esperanza de que alguna universidad en Georgia la aceptara, ya que no quería mudarse
lejos de su madre cuya salud, como sabemos, no era muy buena. Sin embargo, la joven no
alcanzó lo esperado ya que la única solicitud suya que fue aceptada provenía de la
Universidad de Nueva York, justo en la ciudad del mismo nombre.
La joven se sintió muy desilusionada con la situación pues su preocupación y cariño
hacia su madre le decían que no debía aceptar dicha oportunidad. Posiblemente lo mejor
sería esperar hasta el siguiente año para volver a intentar. No obstante, Sarah Caffrey,
que era una madre amorosa animó a su hija con todas sus fuerzas y tanta fue su
insistencia que logró convencer a la joven de aceptar la oferta que se le presentaba. De
modo que el siguiente otoño Fanny dejó Georgia y se mudó a la Gran Manzana con el fin de
iniciar su sueño... y encontrar su destino.
Las cosas no fueron fáciles al principio, los neoyorkinos eran recelosos y hacer
amistades fue difícil. La vida en el Campus era dura y la adaptación al tren de vida de
la gran metrópoli yanqui tampoco fue algo muy agradable para una hija del Sur. Sin
embargo Fanny, echando mano de su inagotable entusiasmo, logró poco a poco romper el
hielo y abatir la nostalgia. Al término del primer año ya había conseguido adquirir un
nutrido círculo de amigos que se preocupaban por la linda sureña que siempre tenía una
sonrisa en los labios y una palabra de aliento para los demás, aunque por dentro ella
misma se muriese de tristeza por estar lejos de su madre.
Una de las primeras amistades que logró conseguir fue la de una chica latina cuyos
padres habían inmigrado a los Estados Unidos cuando Michelle, tal era el nombre de la
nueva amiga de Fanny, era apenas una chica de 15 años. La química positiva entre Fanny
y Michelle había sido casi instantánea. Ambas chicas estaban haciendo cola para pagar
unos libros en la librería y Fanny que venía muy distraída leyendo había empujado a
Michelle haciéndola regar los libros que la chica latina estaba por comprar.
- Veo que te gusta Stephen King - había comentado Fanny después de disculparse.
- Lo adoro - comentó Michelle con una gran sonrisa - De hecho estudio literatura.
- A mi también me gusta la literatura pero estudio Educación Especial en la UNIVERSIDAD
DE NUEVA YORK. Mi nombre es Fanny, Fanny Caffrey.
- Yo soy Michelle Valencia, mucho gusto en conocerte.
- El gusto es mío.
Después del incidente las jóvenes se habían enfrascado en una animada conversación y a
la salida de la tienda ya eran las grandes amigas. Los lazos que nacieron en ese momento
casual durarían toda la vida.
Michelle Valencia era hija de un diplomático importante que trabajaba para la embajada
de Perú y la madre era una tradicional ama de casa. Radicados en Washington DC. los
señores Valencia habían dejado partir a Michelle con cierto recelo, pero la muchacha
era muy independiente y voluntariosa así que no pudieron convencerla de que se quedara
en el Distrito de Columbia para realizar los estudios de Literatura en los que estaba
interesada.
Al poco tiempo Fanny y Michelle se habían vuelto inseparables al grado de que un buen
día, durante su segundo año en la universidad, la joven peruana le hizo una proposición
a su amiga rubia:
- Sabes una cosa Fanny. Estoy planeando irme a vivir fuera del Campus.
- ¿En serio Michie? ¿Por qué, no estás a gusto en el dormitorio? - preguntó dulcemente
la joven sureña.
- No es eso. Lo que pasa es que un amigo de mi padre es dueño de un edificio en Broadway
y tiene un departamento que me ofrece a muy buen precio. Es prácticamente todo un piso
y me ha dicho que podría hacer las modificaciones que yo quisiera.
- Eso suena fantástico. Tendrás todo el espacio que necesitas ¿No? Y además no queda muy
lejos del Campus.
- Así es - contestó Michie entusiasmada - pero no quisiera irme a vivir sola.
- ¿Por qué no invitas a alguien a compartirlo, entonces? - preguntó Fanny distraídamente
mientras devoraba la hamburguesa que tenía en las manos.
- Bueno... había pensado que tal vez cierta sureñita quisiera venir conmigo.
- ¿Estás loca, Michie? Yo no podría pagarlo.
- ¿Pero quién dice que tendrías que pagar? - inquirió Michelle con sus brillantes ojos
negros.
- Porque yo pago lo que consumo, por eso - concluyó simplemente la rubia.
- Bueno, en todo caso podrías cooperar cocinando. Me encanta tu sazón.
- Ummm... no se Michie.
- Piénsalo bien Fanny, viviendo fuera del Campus te sería más fácil conseguir un trabajo
de medio tiempo o por horas y así podrías sentirte menos limitada, y quizá hasta mandar
algo de dinero a tu madre.
La rubia no contestó en ese momento pero al cabo de una semana las dos chicas estaban ya
visitando el departamento que efectivamente era todo un piso de un edificio antiguo. La
tarde en que Michelle llevó a Fanny a ver el lugar por primer vez la joven rubia sintió
como si una aguja se le hincara en el pecho.
- ¿Qué sucede Fanny? - le había preguntado Michie intrigada.
- No sé, es como si... yo hubiese estado antes en este lugar... es una sensación extraña...
como...
- ¿Cómo de qué?
- Tristeza - fue la única respuesta de la muchacha.
- ¡Vamos, no vayas a empezar otra vez con tus historias raras de rostros en la multitud!
Y con este comentario se dio carpetazo al asunto y las muchachas procedieron a revisar
el piso. El lugar estaba muy sucio y necesitaba reparaciones, pero el padre de Michelle
estaba dispuesto a complacer el capricho de su hija así que pronto ambas chicas estaban
escogiendo muebles y el color de la pintura para las paredes.
Aunque el dinero no era problema para Michelle, Fanny que sabía un poco más del valor
que este recurso tiene, convenció a su amiga para solicitar ayuda de sus múltiples
amigos para redecorar el departamento, en lugar de contratar profesionales. "De esa
forma será más divertido, y podremos ahorrar el dinero para un fiesta de inauguración",
había sido la tentadora oferta de Fanny. Así que un buen día un ejército de
universitarios, estudiantes de Literatura, Psicología, Educación y Trabajo Social
asaltaron el lugar y levantando una gran nube de polvo empezaron a acondicionar el piso
para las futuras inquilinas.
Durante los tres días que duraron esas reparaciones tuvo lugar un suceso curioso.
Mientras Fanny sacudía la pared de una de las dos alcobas para que después se pudiera
pintar, percibió que el muro estaba hueco. Con los puños empezó a dar golpecitos en la
pared y después, muy intrigada llamó a uno de sus amigos.
Pronto la pared había sido derribada, porque lo que Fanny quería era ley para sus amigos.
Cuando el polvo y los restos de madera les permitieron ojear hacia el otro lado del
hueco que se había abierto, los muchachos se dieron cuenta de que se trataba de toda una
habitación que se había clausurado. Asombrosamente la habitación estaba amueblada. Se
trataba de un estudio.
Por el estilo de los muebles podría pensarse que databan de los años treinta o cuarenta.
Había un escritorio de líneas sencillas en madera de caoba, un sillón de piel, un par de
mesas con algunos objetos decorativos y un gran librero. Cuando Michie se acercó al
librero y protegida por el tapabocas que llevaba, quitó el polvo que cubría los volúmenes,
no pudo evitar gritar de alegría ante el hallazgo de una amplia y selecta colección de
obras literarias, mayormente poesía y obras teatrales.
Fanny, por el contrario se sintió especialmente atraída hacia el escritorio en donde, a
pesar del paso del tiempo parecía reinar un orden inflexible. Todo estaba dispuesto con
rigurosa organización. Nada parecía estar fuera de lugar. La joven pasó las manos sobre
la polvosa superficie de madera y de repente una visión pasó por los ojos de su mente.
Una joven con cabellos negros y cuyo rostro no podía ver, corría por unas escaleras.
Parecía correr desesperadamente para alcanzar a alguien. De repente Fanny sintió que
esa joven la tomaba por la cintura.
- ¡Fanny! ¡Fanny! ¿Ya estas de regreso de la Tierra de los Sueños? - preguntó Michie
intrigada.
- ¿Eh?
- Que de pronto te quedaste ida. Ve a traer el sacudidor vamos a limpiar este cuarto del
tesoro que nos hemos encontrado.
Y cuarto del tesoro le llamaron.
Así pues, con la ayuda de los amigos se procedió a hacer una inspección exhaustiva en
el "cuarto del tesoro". Michie y Fanny estaban sorprendidas e intrigadas
con el inesperado descubrimiento. Como dos niñas que abren un regalo en Navidad o tal
vez como niñas en dulcería, revisaron los objetos sobre las mesas y el escritorio y
terminaron haciendo un inventario:
· - Varias obras de Shakespeare.
· - Un cuadro con un mapa de Grecia.
· - Un pisapapeles de acero en forma de pirámide.
· - Una estatuilla de bronce representando un caballo al galope.
· - Una lámpara que asombrosamente todavía funcionaba.
· - Un jarrón de porcelana.
· - Un reloj de péndulo que se había detenido a las 11:30.
· - Un tintero.
· - Una pluma fuente.
· - Un cortaplumas.
· - Una carpeta de piel negra con algunos papeles en blanco.
Ávidamente trataron de buscar en esos objetos algún indicio que pudiera darles pistas
obre quién había sido el o la dueña de ellos y el por qué dicha habitación parecía
haberse clausurado con todo y el mobiliario dentro de ella. Sin embargo, lo que
encontraron no les decía mucho al respecto. La primera página de cada libro estaba
marcada con las iniciales MP. y debajo del pisapapeles piramidal había inscrita una
fecha: 2 de julio de 1953.
Después de dicha inspección Michie se cansó de jugar al detective y simplemente asumió
con gran alegría que podría convertirse en la inesperada heredera de aquella linda
colección de libros y que tanto ella como Fanny podían utilizar alternadamente la
habitación como estudio. Sólo necesitaban acondicionar el lugar para que se pudiera
instalar una computadora, una conexión de cable para el Internet, así como un librero
más para los libros de texto, y todo quedaría perfecto.
- ¿Pero no piensas avisarle al dueño de lo que encontramos? - preguntó Fanny
escandalizada mientras jugueteaba con el pisapapeles piramidal.
- Sí claro, pero no creo que sea necesario que le cuente "tan en detalle".
- Pero eso sería decir la verdad a medias. Además, algunos de estas cosas podrían tener
un valor como antigüedades.
- ¿Y quién se las está robando? - preguntó Michie fingiendo inocencia - las usaremos los
próximos dos años y cuando terminemos la universidad se las regresaremos al dueño.
Aunque parece que te gustó mucho ese pisapapeles, así que te autorizo a quedártelo. No
creo que nuestro casero se empobrezca por un objeto que no sabe que posee.
- ¡Ay Michie! - exclamó Fanny dándose por vencida al tiempo que miraba la fecha en la
base de la pequeña pirámide que tenía en la mano.
*****
Aline Rogers había nacido en el seno de una distinguida familia. Su padre, Gregory
Rogers, era un acaudalado y prestigioso abogado que dirigía una de las firmas más
importantes de Boston; su madre Lucinda Aston, antes señora de Rogers, era una
periodista reconocida y había estado casada con el abogado por quince años. La relación
entre los Rogers había sido muy pasional en un inicio, pero pronto las diferencias de
ideologías y sus múltiples compromisos profesionales los habían comenzado a alejar
hasta que ambos decidieron que era mejor optar por un divorcio amistoso.
La ruptura entre sus padres, aunque bastante civilizada, no había dejado de perturbar a
Aline, quien entonces tenía sólo doce años. La ex-señora Rogers había encontrado un
nuevo amor muy pronto y eso molestó a Aline de tal forma que la jovencita prefirió
quedarse a vivir con su padre. Como Lucinda era muy liberal y quería que su hija
creciera como un espíritu independiente no se opuso a la decisión de ésta.
Sin embargo, este hecho no resultó en un acercamiento entre Aline y su padre, quien
siempre se encontraba demasiado ocupado. De esta forma la joven fue alimentando un
doble resentimiento hacia sus padres y se encerró en sí misma, volcándose en lo único
que le proporcionaba solaz, la lectura y el dibujo.
Pero la ruptura definitiva entre Aline y su padre tendría lugar hasta algunos años más
tarde cuando la joven anunció a Gregory que se proponía estudiar arte, en especial
pintura y diseño. El señor Rogers no creía que alguien de respeto pudiese dedicarse al
arte. "Esos supuestos artistas son todos unos parásitos improductivos. Comunistas y
agitadores", solía decir y la idea de que su hija quisiera convertirse en uno de ellos
no le hacía ninguna gracia, así que se opuso terminantemente.
Por su parte, Lucinda, al ver una oportunidad para restablecer la relación con su hija
y siguiendo su naturaleza liberal, apoyó la decisión de Aline. De esta forma, si antes
la separación de los Rogers había sido "civilizad y pacífica", la verdadera guerra entre
los ex-cónyuges empezó seis años después de firmada el acta de divorcio, cuando Aline
se inscribió en la Escuela de Artes, de la Universidad de Nueva York, apoyada
económicamente por su madre. Gregory terminó enemistándose con Lucinda y rompiendo con
su hija, quien encolerizada salió una noche de la casa de su padre sin llevarse más que
su portafolios de dibujos y su motocicleta.
Gregory nunca olvidaría la fuerza y determinación que reflejaba el joven rostro de su
hija aquella ocasión. Sus ojos brillaban con indignadas fumarolas azules mientras se
enfundaba en su chamarra de cuero negra y se colocaba el casco sobre los largos cabellos
negros que le llegaban a la espalda. Cuando el motor rugiente de su Harley-Davidson
estuvo listo para partir, la joven había mirado por última vez hacia uno de los
ventanales. Era la única habitación sin luz en toda la mansión y Aline sabía que desde
la oscuridad de su alcoba su padre estaba observando. Asiendo el manubrio de la
motocicleta la joven volvió el rostro y se alejó de ahí. Su padre no volvería a verla
en mucho tiempo.
¿Por qué la arrogante y rencorosa Aline había aceptado la ayuda de su madre? Bueno, la
verdad es que hubiese preferido abrirse paso por sí misma, pero sus ambiciones eran
inalcanzables de otra forma. Durante sus años en preparatoria, Aline había sido obligada
a estudiar en una escuela dirigida por frailes franciscanos cuyas reglas estrictas y
educación tradicionalista la sofocaban. Demasiado inteligente e inquieta como para
adaptarse a ese ambiente Aline no había alcanzado muy buenas notas debido a que
frecuentemente faltaba a clases y se conformaba con obtener el mínimo aprobatorio, cosa
que no le tomaba ningún esfuerzo. No fue sino hasta unos meses antes de graduarse,
cuando tomó la decisión de estudiar arte, que lamentó el no haber sido más disciplinada
y menos voluntariosa. De haber tenido buenas calificaciones hubiese tal vez podido
aspirar a una buena beca. Pero con los resultados obtenidos en la preparatoria, incluso
con dinero le sería algo difícil ingresar a la universidad de su preferencia. Así que
Aline debió tragarse su orgullo y recurrir a su madre para continuar sus estudios.
A pesar de la reticencia de Aline, la circunstancia terminó por romper el hielo con su
madre y poco a poco en los años que siguieron, Lucinda y su hija tuvieron un nuevo
acercamiento. De ese modo la joven se marchó a Nueva York donde comenzó a estudiar, por
primera vez con real interés en los cursos que tomaba, aunque pronto sus habilidades
empezaron a rebasar los contenidos de sus materias y Rogers adquirió la fama de la
estudiante que con el menor esfuerzo lograba las más altas calificaciones en las clases
de dibujo, teoría del color y pintura.
El padre de Lucinda murió hacia el término del primer año de Aline en la universidad,
dejando una suma para su nieta. Sin pensarlo mucho la joven dispuso de su pequeña
herencia para adquirir un departamento en Manhattan que enseguida acondicionó como
vivienda y taller, por lo que se convirtió en la envidia de sus compañeros que debían
conformarse con vivir en los dormitorios del Campus, sin tener mucho espacio, ni para
sus trabajos artísticos, ni para las citas de fin de semana. Irónicamente, Aline no
sacaba partido de sus privilegios como lo hubiesen hecho la mayor parte de sus
compañeros.
Había tenido un par de relaciones intrascendentes, más por curiosidad que por otra cosa,
y solía decir que se arrepentía de haber perdido el tiempo. Sus amigos pensaban que la
joven estaba algo loca desperdiciando así la conveniencia de tener un departamento
propio, dinero a discreción por parte de una madre complaciente, y un atractivo físico
notable, pero la muchacha prefería mantener su actitud caprichosa y mayormente
indiferente. Era como si cada nueva chica que conocía confirmase su teoría de que al
amor parecía no importarle mucho Aline y por lo tanto tampoco Aline se interesaba mucho
en el amor. Al menos, eso era lo que solía sentenciar.
No obstante, la joven guardaba en secreto una especie de obsesión que conservaba desde
la infancia. No recordaba a ciencia cierta cuándo había empezado, pero era seguro que
ya llevaba varios años sufriendo un mismo sueño recurrente que le molestaba varias veces
al mes y en ocasiones más de una vez por semana. No se podía decir que fuese una
pesadilla, pero la mayor parte del tiempo le dejaba una sensación desagradable, como de
vacío, insatisfacción y una profunda tristeza que no lograba explicar.
Cuando era una niña, el sueño solía comenzar en una recámara decorada con muebles
antiguos, parecía más bien el interior de una choza o una cabaña de madera, incluso tal
vez una antigua pozada o taberna, donde una Aline de diez años se sentaba al borde de
la cama mientras leía un pergamino del cual no entendía nada. Tocaban a la puerta y
salía a ver quien era pero no había nadie. Entonces Aline corría por un camino preguntando
a gritos si había alguien ahí, hasta llegar a una puerta que llevaba al exterior de
aquel lugar que olía a claustro y a encierro.
Al momento de salir de aquel edificio oscuro, el ambiente cambiaba. Había sol como en
una mañana de verano y se podía contemplar el nervioso vuelo de las libélulas sobre un
valle verde y oloroso a hierba fresca, como después de la lluvia temprana. Aline oía
entonces que una voz le llamaba con un nombre que no era el suyo y que no podía nunca
recordar al término del sueño. Sin embargo, en el sueño, Aline sabía que la voz la
llamaba precisamente a ella y volvía el rostro buscándola hasta encontrar en la
distancia una niña uno o dos años menor que ella, a la cual Aline apenas alcanzaba a
ver. Tenía cabellos rubios y le sonreía desde lejos para después volver el rostro y
desaparecer internándose en el bosque cercano.
Aline sentía entonces la necesidad de correr tras de la niña, como si hubiese encontrado
a una amiga perdida mucho tiempo atrás, pero la niña corría mucho muy rápido y nunca
lograba alcanzarla antes de que el sueño terminara. Cuando esto sucedía se despertaba
en medio de la noche y sin importar la hora, encendía la luz de su alcoba y tomando
lápiz y papel que siempre tenía a la mano, dibujaba lo que podía recordar. En especial
a aquella niña cuyo rostro apenas si podía distinguir. De manera que al paso de los
años Aline reunió una extraña colección de dibujos con niñas rubias en cuyo rostro el
único rasgo preciso era la sonrisa.
Conforme la joven había ido creciendo la niña del sueño había cambiado también. A medida
que se hacía mujer, la niña lo hacía también y con el tiempo le iba permitiendo
acercarse más a ella, mientras que la cara que antes estaba prácticamente cubierta por
la bruma podía verse con más claridad. De esta forma Aline pudo definir más y más los
dibujos que hacía. Los cabellos rubios eran caprichosamente lacios, los ojos eran verde
azulados, como las malvas después de la temporada de lluvia, la nariz breve y fina, la
sonrisa era abierta y franca, dibujada sobre unos labios que conforme pasaban los años,
comenzaron a volverse inquietantes para Aline y la piel muy blanca.
A medida que el talento de la joven se desarrollaba más, los dibujos se fueron
definiendo con un realismo asombroso y después se convirtieron en pinturas con el
retrato de una mujer joven que llevaba siempre un vestido de gasa color durazno con el
talle largo o bien una falda corta y un top estilo amazónico color rojizo. Sin darse
cuenta, la joven de los sueños ejercía ya una extraña fascinación sobre la artista, la
cual no se comparaba a la atracción que hubiese podido sentir por cualquier mujer real
que Aline conociera.
En el último año el sueño se había vuelto más intrigante y a la vez doloroso. La
muchacha seguía sonriéndole al principio del sueño, pero cuando comenzaba a correr tras
ella Aline se percataba que ella iba sollozando. Luego se volvía y le podía ver su
rostro lleno de lágrimas justo antes de que el sueño terminara. Aline se despertaba
también llorando amargamente, agradeciendo no tener compañero de cuarto del cual
ocultar las lágrimas, y buscando frenéticamente los lápices para bosquejar un nuevo
dibujo.
*****
Pasaron los días y los meses hasta que un año más llegó a su fin. Michie y Fanny
continuaban su ajetreada vida estudiantil entre las emociones fuertes de los exámenes
finales, las fiestas de los fines de semana, la agitada vida amorosa de la joven
peruana y la interminable lista de asuntos pendientes de Fanny, que nunca se cansaba de
entrometerse en la vida de todos con el sincero deseo de componerla, no siempre con los
mejores resultados, pero eso sí, con las mejores intenciones.
Michie y Fanny se habían ya acostumbrado al "cuarto del tesoro" que se había
convertido en el estudio que ambas compartían y en donde pasaban largas horas preparando
sus clases y trabajos escolares. A pesar de la familiaridad que vamos desarrollando en
torno a las cosas que a fuerza del tiempo se van haciendo cotidianas y comunes, Fanny
seguía sintiendo una extraña fascinación hacia la habitación y todo lo que en ella había.
No obstante, no acertaba a entender la razón de aquel sentimiento extraño que la
embargaba de vez en vez al estar en aquel lugar, en especial si se encontraba a solas.
Adicionalmente, desde el primer día en que habían entrado a aquel estudio clausurado
por una razón para ellas desconocidas, la joven rubia había empezado a sufrir una
especie de ataques de ausencia, esos momentos extraños en que el alma pareciera
desprenderse del cuerpo ajena a toda realidad para abandonarse a recuerdos queridos,
sueños ansiados o tristezas ocultas. Lo curioso era que en esos instantes Fanny no se
sentía más a si misma y vivía por segundos escasos imágenes que solamente podía ver en
su mente y que no podía comprender.
La escena de la joven corriendo escaleras abajo se repetía una y otra vez, siempre
dejándola con esa sensación de melancolía profunda que le oprimía el pecho como si
hubiese perdido para siempre a alguien importante y querido. Después de volver de esas
ausencias la joven se la pasaba varios días deprimida y solamente se reponía por la
gran fuerza de voluntad que tenía y esa incansable energía que la movía a preocuparse
por los demás más que por sí misma. Michie notó en más de una ocasión las tristezas de
su amiga que ella interpretó como preocupación por su madre y se limitó a hacerle
compañía e insistirle en salir y divertirse para alejar los nubarrones mentales que
agobiaban a Fanny.
No obstante, aquel cielo oscuro parecía aumentar su penumbra solamente y las visiones
se sucedían cada vez con mayor frecuencia, siempre con los mismos resultados. Finalmente,
una noche, las cosas tomaron un rumbo inesperado.
Michie había salido con un estudiante de periodismo que acababa de conocer en una fiesta
y Fanny se había quedado en casa para terminar un trabajo para su curso de
psicomotricidad. El departamento estaba totalmente sumido en el silencio escuchándose
solamente el ruido de la lluvia sobre las ventanas y el golpeteo de las teclas de la
computadora de Fanny mientras ella trabajaba frenéticamente en el estudio.
Fue entonces que sucedió aquello. Un relámpago iluminó la estancia con mayor claridad
que la lámpara que Fanny usaba, e inmediatamente después, el cuarto entero quedó en
tinieblas, mientras la muchacha se lamentaba por enésima vez el no tener una fuente de
poder alterna que le permitiera seguir trabajando a pesar del apagón.(un No-break)
La joven se levantó a tientas del escritorio donde estaba trabajando, que no era otro
que aquel que habían encontrado en el cuarto desde la primera vez que habían descubierto
la habitación oculta. No obstante, cuando estaba intentando caminar hacia la cocina por
una vela, la energía eléctrica se restableció y ella corrió inmediatamente a la
computadora para ver qué cantidad del archivo en que había estado trabajando se había
alcanzado a salvar.
Para su gran alegría no se había perdido ni una sola línea, pero esa buena nueva pasó a
segundo término cuando los asombrados ojos de la joven llegaron al final de la página
en la que había estado trabajando y se dio cuenta que, por misterioso y loco que
pareciera, había una última línea, más bien unas cuantas palabras que ella no había
escrito.
Restregándose los ojos volvió a leer en la pantalla del monitor, sin querer aceptar lo
que era evidente. Ahí frente a ella, en el mismo tipo de letra que ella estaba
escribiendo, se podía leer claramente:
"El doble fondo del cajón derecho"
Fanny pensó que estaba a punto de volverse loca y en un último intento por recuperar la
cordura borró aquel mensaje que parecía una mala broma de Michie, pero como la joven no
estaba en el cuarto era imposible que ella hubiese sido la autora de semejante mensaje.
La joven rubia se sacudió el cabello intentando aclarar sus pensamientos y con dedos
nerviosos intentó seguir escribiendo. Sin embargo, después de pocos minutos los dedos
no le respondieron más. En cambio, los ojos parecían habérsele clavado al cajón derecho
del escritorio y sin poder resistir más, la muchacha lo abrió sacando todos los objetos
que había dentro de él con una ansiedad incomprensible.
"El doble fondo del cajón derecho"
Se repetía a sí misma mientras sacaba lápices, papeles, grapas, clips y otros objetos
hasta que el cajón estuvo limpio.
"El doble fondo del cajón derecho"
Con manos temblorosas palpó el fondo del cajón hasta que las yemas de sus dedos
sintieron una ranura en una de las orillas del cajón. Presionó con el índice y fácilmente
la madera cedió levantándose para dejar ver el contenido ligeramente polvoriento de
aquel segundo fondo.
Oculto tal vez por muchos años, descansaba un libro de piel de grandes páginas. La
joven lo tomó en sus manos y al instante la visión de otras manos más grandes y de
movimientos enérgicos escribiendo sobre las páginas de aquel libro le vino a la mente.
La visión se cortó y ella se vio presa de una gran ansiedad que la llevó a limpiar el
libro con el lienzo que usaba Michie para limpiar la pantalla del monitor y que estaba
a la mano.
Inmediatamente Fanny abrió el libro y se dio cuenta que era más bien una especie de
libreta y que en la primera página tenía escrito a mano algo en griego antiguo y que
estaba además traducido más abajo al inglés que decía así:
There's a moment when I look at you
And no speech is left in me.
My tongue breaks.
Then fire races under my skin and I tremble.
And grow pale for I am dying of such love
Or so it seems to me.
La joven no reconoció el poema, pero le era de algún modo familiar. De repente, era como
si el pozo de sus sentimientos más angustiosos y amargos se hubiese abierto para dejar
verter todas sus ocultas penas, aquellas que incluso ella ignoraba llevar encerradas en
el alma. Las lágrimas acudieron a sus ojos y hubiese querido dejar la habitación, y
arrojar al fuego aquel libro extraño, cuyo sólo contacto parecía someterla a un estado
de duelo inexplicable e irracional, pero por el contrario una fuerza extraña la impulsó
a seguir leyendo lo que estaba escrito en las páginas que seguían.
Continuará... (Espero que pronto)