Mi nombre es Ilthea, y recorro los caminos ganándome la vida con mis relatos. Puede que
a la gente le resulte extraño el que una mujer elija esta vida en vez de aguardar en la
seguridad de su casa, pero yo no soy una mujer cualquiera. Muchos me acusan de buscar
únicamente la riqueza, pero eso no es cierto o, al menos, no en el estricto sentido de
la palabra. Y es que si busco un tipo de riqueza. El de volver a ser feliz.
Nací en una pequeña villa de los valles norteños y, durante mucho tiempo, parecía que
mi destino sería el buscar un buen hombre y casarme para tener muchos hijos y ser todo
lo feliz que pudiese, sin salir nunca de los valles. Sin embargo, quería el destino que
no fuese eso lo que mi vida me deparaba...
Mi infancia transcurrió como la de cualquier muchacha de la aldea, ayudando a mi madre
en las tareas de la casa, y aprendiendo todas aquellas cosas que una buena esposa debía
saber pero, al mismo tiempo, siempre embebida en las historias que contaban mis mayores,
leyendas de las señoras de agua, viento, fuego y tierra, cuentos de los tiempos antiguos
en los que luego me pasaba horas y horas pensando. También aprendí las artes de la
curación de uno de los ancianos del pueblo que, supongo, debió de ver en mi una mente
que absorbía y utilizaba todo aquello que se intentaba enseñarle.
Pasaron los años sin que me sucediese nada digno de mención hasta que, cuando contaba
ya con quince primaveras, el hijo de uno de los nobles locales se fijo en mi. Era un
hombre unos diez años mayor que yo, acostumbrado a decir "quiero" y que todo el mundo a
su alrededor se apresurase por concederle sus deseos, de modo que no le hizo ninguna
gracia mi negativa y, cuando fue a exigir mi mano a mis padres, el hecho de que mi padre
le amenazase con lanzarle a nuestros perros. Supongo que eso fue lo que hizo que, cuando
meses después mi familia y yo habíamos olvidado los acontecimientos, el siguiese
rumiando el modo más adecuado de vengarse y conseguirme... Supongo que aún no se
explica lo que sucedió después.
Yo había ido, como tantas veces antes, a unas playas relativamente cercanas a mi aldea,
junto con otras muchachas, para recoger conchas que utilizábamos de adornos. Estabamos
riendo y jugando, mientras trabajábamos, de modo que no nos dimos cuenta de la barca
que se acercaba. Finalmente una de las otras chicas la vio y gritó para alertarnos,
pero para mi era demasiado tarde, pues me había alejado del grupo y la protección del
cercano bosque buscando alguna concha lo suficientemente hermosa como para poder ser
digno adorno de una labor que deseaba regalarle a mi madre. Cuando alce la mirada me
encontré frente a frente con un hombre enorme que tenía una mirada aterradora. Antes de
que me diese cuenta, me había golpeado y metido en la balsa, mientras los otros hombres
perseguían a las demás muchachas. Al rato, cuando mi captor me había atado al fondo de
la barca, volvieron con las manos vacías, maldiciendo acerca de lo escurridizas que
eran mis amigas. Por un lado me alegré, puesto que ellas estaban libres pero, por otro,
me di cuenta de que estaba totalmente sola. Y, de repente, oscuridad.
Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en un oscuro camarote, tendida en un
camastro. Cuando abrí los ojos me encontré con un hombre que vestía una túnica de mago
y me explicó que había sido capturada por unos esclavistas. Ni que decir tiene que la
noticia me dejó destrozada, sobre todo cuando el mago comentó, como si fuese lo más
normal del mundo, que habían pagado por que se me capturase y se me llevase al lugar más
inmundo posible y que su labor era asegurarse de que eso se cumplía. Al momento todas
las piezas encajaron en mi mente: el noble, furioso por que hubiese rechazado a su hijo,
lo había preparado todo para que yo recibiese mi "merecido" castigo.
Empece a notar un sordo dolor en mi brazo y, cuando me lo mire, vi como me habían
marcado a fuego, y colocado una argolla de hierro alrededor del cuello, haciendo así
oficial la pérdida de mi libertad. Poco rato después el capitán del navío, un hombre,
si es que se le puede aplicar el calificativo de hombre a un ser tan bestial, corpulento
y con una mirada carente de todo sentimiento que no fuese odio o codicia, entró en el
camarote, anunciando que me tendría como su asistente personal hasta que llegásemos al
próximo mercado de esclavos. Mi mente asumió enseguida el hecho de que "asistente"
podría haber sido sustituido por la palabra "juguete" y el significado de la frase no
se alteraría en lo más mínimo.
Pasó cerca de una semana, con habituales paradas para "conseguir mercancía" cuando
capturaron a uno de los eres más misteriosos, tristes y bellos en su propio misterio y
tristeza, el ser que me arrebató el corazón desde el primer momento que la vi. Sí, sé
que puede parecer terrible y "antinatura" para algunos, pero sólo puedo decir "lo siento"
y "si tan violento te va a resultar, no sigas escuchando mi historia". Además, ella
nunca lo supo, sino que sólo fue consciente de una gran amistad que se desarrollaba en
torno a nosotras en las desafortunadas circunstancias que nos tocó vivir.
Pude observar desde el camarote de Abdul, el capitán del barco, como la metían
inconsciente en el barco, apenas una criatura de diez años, como supe después. En un
principio mis ojos se quedaron como hipnotizados al observar su inerte figura y el
distintivo de su raza: sus alas. No tuve tiempo para mucho más, puesto que Abdul entró
contento por haber capturado a una T'sar y deseoso de celebrarlo, para mi desgracia.
Unas horas después, el mar empezó a agitarse con una furia impropia de aquella zona.
Los marineros corrían por la cubierta del barco, descazando velas y poniendo el barco
al pairo para estabilizarlo cuando, de repente, el mago salió de su camarote.
-¡Es la T'sar!- gritó- ¡Es ella quien esta manejando los elementos!
-¿Estas seguro? ¡Tan solo es una niña!- Abdul tenía que gritar para hacerse oír por
encima del rugido de las olas.
En vez de contestar, el mago corrió a la bodega, donde estaban encerrados los esclavos,
y la durmió con un hechizo. Inmediatamente, como por arte de magia, como en efecto era,
la mar se calmó y parecía que nada hubiese sucedido. Abdul se puso frenético y ordenó
encadenarla a cubierta, a la intemperie, para que aprendiera cual era su lugar: el de
una esclava. Sin embargo me permitía acercarme a ella a acercarle comida y agua y
conversar, puesto que sabía que podría ganar mucho dinero por una T'sar, además de que
para los hombres alados la perdida de su libertad era casi como una condena a muerte y
Abdul suponía que el hecho de que Riva, pues así se llamaba la niña, me viese sin
grilletes la haría sentirse más miserable aún.
No podría haber estado más equivocado. Su ojos, del color del cielo despejado, mostraban
siempre la misma rebeldía y determinación, pero reservando un gesto amable y sus
escasas sonrisas para mi. No sabía porque, pero su personalidad resultaba muy atrayente,
siempre un comentario mordaz a punto para nuestros captores, una bella historia de su
pueblo para hacerme olvidar nuestra situación o estoica indiferencia ante el dolor que
le causaban las llagas que el sol y las cadenas le habían provocado y la tortura añadida
del agua de mar que le salpicaba.
Transcurrió el tiempo y nos fuimos uniendo cada vez más, conscientes de que éramos cada
una el único apoyo de la otra en tan difícil situación. Finalmente un día lo vi.
Estabamos a escasas horas de navegación de la ciudad de los esclavistas, Diurinar, y
Abdul y sus hombres sacaron sus hierros de marcar con macabra alegría. Riva veía los
preparativos con desinterés y, quizá, algo de curiosidad, cuando reparó en mi expresión
y supo que algo iba terriblemente mal. Abdul se giró hacia nosotras y, con una sonrisa
que envilecía aún más su rostro, sus ojos se iluminaron de un modo que no pronosticaba
nada bueno.
-Tú,- susurró a Riva- mi pequeña y terrible T'sar, serás la primera en sentir el hierro...
-La dormiré.- Se adelantó el mago.
-No, no lo harás,- le cortó Abdul- va a saber lo que les hacemos a aquellos que
intentar hundir barcos o escapar. Vosotros cuatro, sujetadla. Yo la marcaré.
Cuatro marineros se acercaron y sujetaron a Riva de brazos y piernas mientras ella se
debatía, gritaba, mordía y arañaba, intentando liberarse. Yo intenté acercarme, pero
otro marinero me agarró y me lo impidió. Sonriendo, como el carnicero que era, Abdul se
acercó con el hierro candente bien sujeto y, cuando fue a apoyarlo en el hombro de Riva,
esta alcanzó a girarse, de tal modo que le pasó por todo el abdomen, haciéndole una
horrible quemadura que la hizo quedar inconsciente con un grito de dolor. La sonrisa de
Abdul se ensanchó al verlo y, rápidamente puesto que la diversión se le había terminado,
le marco el brazo.
Cuando la depositaron en el suelo el marinero me soltó y el mago me tendió un ungüento
y vendas y agua limpias. Yo alcé la mirada, los ojos llenos de lágrimas, y el la evitó,
susurrando que eso aliviaría las heridas de Riva.
Llegamos a puerto y, mientras unos marineros guiaban al resto de los esclavos al
mercado, otros nos llevaron a Riva y a mi a un edificio cercano, diciendo que ya
habíamos sido vendidas a un comerciante.
Se marcharon y no pude evitar observarla mientras yacía inconsciente en el jergón. Su
rostro estaba ahora tranquilo, desprovisto de la mascara de indiferencia con que solía
cubrirlo para ocultar sus debilidades a nuestros captores, y mostraba una expresión
amable y la promesa de una gran belleza cuando creciese. Sus alas, la parte que mas
miradas atraía en todo T'sar y que eran lo único que delataba su estado de ánimo cuando
estaba despierta, ahora se mostraban no como escudo sino como una almohada de plumas y
la promesa de unos vientos que, como ella y yo sabíamos desde que la capturaron, muy
difícilmente volvería a surcar. Por último me fije en sus manos, que tanta fuerza
adquirirían con el paso de los años, y que en ese momento eran finas y delicadas, como
las de un músico. Sostuve su cabeza en mi regazo, para que pudiese descansar mas
cómodamente, y aguardé a que se despertase.
De improviso sus ojos se abrieron y, tras una mirada calmada alrededor para intentar
ubicarse y un gemido al sentir el dolor de sus heridas, se giraron hacia mi,
interrogantes.
-Ya estamos en la ciudad- le susurré- no debiste resistirte... la herida de tu vientre
te dejará una cicatriz que permanecerá para siempre... - Ella apretó mi mano con la suya,
mientras una sonrisa tranquilizadora aparecía en sus ojos, quitándole importancia.
-¿Cuándo nos venderán?- preguntó con dificultad mientras me miraba.
-Ya lo han hecho... Ambas hemos sido compradas por un comerciante...
Riva cerró los ojos y me apretó firmemente la mano, haciéndome sentir tranquila de
algún modo que aún no logro comprender. Yo había empezado inconscientemente a
acariciarle los cabellos cuando, de improviso, rompí a llorar pero, por extraño que
parezca, no era por mi suerte por la que me lamentaba ahora, sino porque ella sufriese
la misma que yo. Se incorporó con dificultad y me consoló con palabras amables hasta
que me quedé dormida entre lágrimas.
Al día siguiente llegaron los guardias de las propiedades de nuestro nuevo amo y nos
llevaron hasta el lugar donde habíamos de servir, una lujosa mansión repleta de esclavos
que trabajaban bien en la casa, bien en los almacenes, bien en la forja. El jefe de los
capataces, un hombre implacable, se acercó y nos calibró con la mirada, tratando de
decidir donde podríamos ser más útiles, cuando una niña de unos doce años que vestía
ricos ropajes se acercó, de la mano de un hombre que mas tarde supimos que era nuestro
amo.
-¡Papá, papá! ¡Mira a esa niña¡ ¡Tiene alas!- su voz intentaba fingir una inocencia de
la que, como más tarde descubriría personalmente, carecía.
-Sí, hija, sí. Es una T'sar... - contestó su padre pacientemente, mirando la herida del
estómago de Riva para ver como se estaba curando y si la impediría trabajar.
-¿T'sar? Liuthar dice que son salvajes... y muy peligrosos... Papá, no dejes que se me
acerque... Envíala a la forja, para que no nos pueda hacer daño... - en los ojos de la
niña había aparecido un deje de cruel alegría ante la idea que se empezaba a esbozar en
su mente.
-La forja... eso es demasiado duro... - La niña empezó a llorar en silencio, y su padre
suspiró.- Esta bien, Niriet, ira a trabajar a la forja en cuanto su herida sane.- El
llanto se transformó, a una velocidad desorbitante, en una sonrisa resplandecientemente
peligrosa, mientras se giraba y reparaba en mi.
-Papá, me dijiste que me permitirías elegir mi regalo de cumpleaños...
-Cierto, ¿Ya has decidido lo que deseas?
-Sí. A ella.
Incrédula me di cuenta de que ese "a ella" se refería a mi. Noté como, ante la tensión
que se apoderó de mi rostro, Riva me apretó la mano, para atraer mi atención, y negó
suavemente con la cabeza. También se había dado cuenta de la crueldad de Niriet, para
la que nuestras vidas eran simples juguetes, y trataba de impedir que me enemistase con
ella, pues entonces mi vida si que podría ser un infierno en el más literal de los
sentidos.
El padre de Niriet asintió y el capataz suspiró al tener que amoldarse a los deseos de
la niña, pues el sabía que las dos podríamos trabajar mucho mejor en otros sitios y,
además, que dejarnos a merced de los deseos de la niña sería cruel incluso tratándose
de personas de "segunda clase" como éramos.
Nos separamos a regañadientes y yo entré a servir a mi nueva ama. Tras asearme y vestirme
de un modo lo suficientemente presentable para una esclava doméstica, me presenté en
sus habitaciones, donde de inmediato descubrí que el angelito que se presentaba ante su
padre no era más que un lobo con piel de cordero. Los insultos que nos dirigía a sus
esclavas cuando estabamos a solas con ella no eran nada comparados con la humillación y
desprecio que nos hacia sufrir en público y los latigazos con que nos obsequiaba cada
vez que cometíamos algo que, a sus ojos, se pudiese considerar una falta o,
sencillamente, cuando le apetecía.
Aquella primera noche llegue a los dormitorios pensando que no volvería a ver nunca más
a Riva y que me había quedado totalmente sola, cuando observé que los dormitorios eran
comunes para todos los esclavos. Al verla llegar, sudorosa y agotada, no pude evitar
estallar en lágrimas de alegría y abrazarla, para lo que me tuve que arrodillar. Es
curioso como recuerdo esos pequeños detalles con tanta claridad.
Los días pasaron, cada uno copia casi exacta del anterior. Durante los días tratando de
soportar el infierno en que se habían convertido las horas de luz para mi debido al
voluble carácter de Niriet y al hecho de que, para mi desgracia, según pasaron los años
era yo quien captaba las miradas de los muchachos que la visitaban en vez de ella. Por
las noches curando las llagas y heridas que Riva se hacía en su trabajo en la forja,
contemplando como crecía rápidamente y nunca perdía su fría determinación ni dejaba de
ser distante con todos, menos conmigo. Era extraño, pero para mi reservaba toda su
amabilidad, sus palabras de consuelo y esperanza, y las historias de su pueblo que aún
no me había contado.
Unos años después, tras un día especialmente duro en que Niriet había sido visitada por
un pretendiente que mostraba más miradas de afecto hacia las "propiedades" de esta que
hacia ella, me encontré con el castigo de cincuenta latigazos puesto que, según mi ama,
yo había provocado al mozo. Cuando me llevaron, inconsciente, a los dormitorios, aún
era de día y no desperté hasta unas horas después, al sentir un fresco alivio sobre las
heridas de mi espalda. Abrí los ojos y vi como Riva me estaba curando las heridas con el
rostro muy serio e, increíblemente, lágrimas en los ojos. Al instante me moví, para
hacerle saber que estaba despierta, y ella se apresuró a enjugárselas susurrándome que
me estuviera quieta.
No pude evitar fijarme en lo mucho que había cambiado físicamente con el paso del tiempo.
Su cuerpo se había vuelto fuerte, más que el de muchos hombres, debido al trabajo en la
forja, y su silueta se había estilizado de tal modo que estaba segura de que si pudiese
volar, sería el espectáculo más hermoso de contemplar que podría haber sobre la tierra.
Su rostro se había afilado y puesto moreno, provocando un alegre contraste con el azul
celeste de sus ojos. Sus manos, que la primera vez que la vi parecían las de un músico,
de lo finas y delicadas que eran, se habían endurecido y encallecido, mostrando al mismo
tiempo la fuerza que tenían y, maravillosamente, una increíble delicadeza cuando tomaba
entre ellas cualquier cosa que considerase valiosa.
Una lágrima solitaria había escapado de ser borrada de su rostro, de modo que me
incorporé y la enjugué con mi mano, mirándola interrogante. Vi como tragaba saliva
lentamente, negando con la cabeza como si aún no acabase de creerse que hubiese sido yo
en vez de ella quien hubiese recibido el doloroso castigo. Por primera vez desde que la
conocía, era ella quien parecía indefensa y necesitada de apoyo, de modo que, sin darme
cuenta siquiera, la abracé y le susurré que todo iría bien mientras interiormente rogaba
a los dioses que nos sacasen de allí antes de que se le ocurriese hacer alguna tontería.
Al día siguiente Niriet esperaba encontrarme destrozada y suplicando su clemencia, de
modo que no pude evitar una sonrisa interior al ver su cara de consternación al notar
mi indeferencia. Ese día me "obsequió" con las tareas más desagradables que se le
ocurrieron, pero ya no me importaba, pues sabía que alguien se preocupaba por mi tanto
como por si misma.
Cuando a la noche me dejé caer, agotada, en mi jergón sólo esperaba que Riva volviese
para poder refugiarme de nuevo en la calma que emanaba. Pasaron las horas y me empecé a
preocupar al ver que no llegaba hasta que, finalmente, atravesó la puerta, una sonrisa
picara en sus labios.
-Adivina que me ha pasado hoy.- Susurró con buen humor mientras me masajeaba la espalda
y en sus ojos bailaba una sonrisa.
-Déjate de misterios- le contesté sin saber a donde quería llegar,- estoy agotada...
-La niña bonita se ha dignado a pasarse por el Averno.- Su sonrisa se ensanchó al ver mi
cara de sorpresa al enterarme de que Niriet había bajado a la forja.- Y adivina que
quería...
-¿Torturaros a vosotros también?
-No... veras, creo que le ha fastidiado profundamente el hecho de que una de sus esclavas
sea más feliz de lo que ella es, a pesar de todo lo malo que le sucede, y ha decidido
averiguar el motivo de dicha felicidad e intentar arrebatárselo. Fracasando
estrepitosamente, si se me permite decirlo.
-¿Ha intentado...?
-Más o menos. Se ha pavoneado e insinuado lo agradable que sería una promoción a la
casa grande... pero a las personas equivocadas.
De improviso comprendí el motivo de que se estuviese divirtiendo tanto. Niriet pensaba
que estaba enamorada de uno de los capataces o de los hombres de la forja. Y, de
improviso también, me di cuenta del motivo de mi felicidad. Era algo más profundo de lo
que Riva pensaba, puesto que si me había enamorado de alguien. Pero era un amor que
nadie, ni en mi pueblo ni en el suyo, aprobaría jamas, pese a ser ese mismo amor lo
único que había evitado que me dejase llevar por la dama oscura, la señora de la muerte.
Decidí, en ese instante, que no le dejaría saber jamas que sentía algo más que una gran
amistad... Al menos no mientras no supiese si eran sentimientos correspondidos, cosa
que en aquel momento dudaba sinceramente. Después de todo, ¿cómo podría amar mi
debilidad de espíritu y mi fragilidad?
Las cosas no variaron mucho en los días siguientes: Niriet intentando averiguar el
motivo de que, de repente, sus humillaciones e insultos, sus afrentas y castigos
hubiesen perdido su efectividad conmigo y Riva y yo pasando las noches divertidas al
ver como ella se rompía la cabeza sin imaginarse la realidad.
Hasta que sucedió.
Yo estaba preparando el baño de mi dueña, cuando llegó otra de las muchachas de servicio
y me dijo que Jule, el comerciante, me requería a su presencia. Recuerdo como la boca de
mi estómago se cerró, como un puño, ante el temor de que me fuesen a llevar lejos de
Riva. Me dirigí temblorosa a la sala, y allí vi a una mujer de pelo color arena y un
rostro muy hermoso, pero cuyos ojos me resultaban extrañamente familiares: eran de un
profundo azul celeste. De inmediato Jule confirmó mis temores: esa mujer sería mi dueña
a partir de ese momento, y nos iríamos tan pronto como reparasen su guadaña en la forja.
Salí para prepararme para el viaje, cuando escuché ruido de pelea procedente de la forja.
Supuse, y no me equivocaba, que sería Riva, de modo que corrí hacia allí. Cuando me
aproximé, comprobé como no hacían más que llegar guardias, pero que el jaleo no
disminuía, es más, aumentaba. Entonces la vi. Estaba cubierta de sangre, tanto propia
como ajena, y blandía la guadaña con una furia que nunca antes había visto en ella. Me
acerqué, pues sabía que era a mi a quién buscaba, y ella me agarró la mano y me guió
hacia la azotea.
Una vez allí me sujetó de la cintura y susurró un simple "no temas" mientras saltaba al
vacío... y echaba a volar. Recuerdo que cerré los ojos con fuerza, temiendo caer en
cualquier momento, y que cuando volví a abrirlos estaba fuertemente abrazada a ella...
que me miraba con una sonrisa algo forzada mientras buscaba un lugar para posarse, en
los bosques al sur de la ciudad.
No podía creerlo: estabamos libres. Por fin, tras tanto tiempo, habíamos alcanzado
nuestra tan ansiada libertad. Me giré hacia ella, llorando de alegría, cuando vi las
profundas heridas que tenía en el cuello y las muñecas, provocadas al arrancarse los
grilletes y el collar de esclava. Llegaban hasta el hueso, y debían ser muy dolorosas,
aunque lo realmente sorprendente era que no se hubiese desangrado ya.
-Por los dioses, Riva, siéntate y deja que te cure...- Sus ojos se movieron hasta
encontrarse con los míos y me sonrió débilmente.
-Tranquila,- me susurró- no es nada grave. Solo unos rasguños...
-Mírate. Sólo mírate.- Mi voz se había endurecido y llenado de preocupación.- Te estas
desangrando... Busquemos un sitio donde podamos pasar la noche y te curaré. Vamos.-
Ella me miró cansada y asintió débilmente.
Avanzamos hasta una cueva situada junto a un pequeño arroyo, donde la ayude a tumbarse
mientras hacia vendas con mi ropa y buscaba hierbas curativas. En esos momentos me
sorprendí de que todo aquello que el anciano de mi pueblo me había enseñado tantos años
antes acerca de hierbas y emplastos siguiese tan fresco en mi memoria. Cuando volví a
donde la había dejado, descubrí que ella había encendido un pequeño fuego y me esperaba,
los ojos fijos en las llamas.
-Déjame ver tus heridas.- Me tendió las manos obedientemente, con la mirada de una
anciana encerrada en su cuerpo de muchacha.
-Ilthea, si algo me sucede, dirígete hacia el sur, hacia tu gente. No intentes salvarme.
-No digas tonterías, ¿de acuerdo? Llevamos cinco años juntas. No te voy a dejar atrás
ahora. Además, tu eres la única que sabe manejar eso- le repliqué mientras hacía un
gesto para señalar a la guadaña que tenía junto a ella. Le apliqué un emplasto en las
heridas y la vendé como buenamente pude.- Esto ya esta... pero tenemos que buscar un
sitio para que descanses hasta que se curen del todo. Ahora durmamos un poco... No nos
empezarán a buscar todavía, o, al menos, no tan lejos de la ciudad.
-Esta bien,- susurró no muy convencida, pero sin ganas de discutir, mientras se
acomodaba haciéndome sitio junto al fuego y cerraba los ojos.- Durmamos...
Apenas unos minutos después su respiración y la relajación que experimentó su rostro me
indicaron que el agotamiento por fin había hecho mella en ella, y se había adentrado en
el reino de los sueños. Le aparté un mechón de pelo que le caía sobre los ojos y no
pude evitar preguntarme que nos esperaba a partir de entonces.
Ella nunca hablaba de su familia, era como si hubiesen muerto en el momento que la
capturaron, cosa que no sería rara si presentaron batalla, pero tampoco parecía
recordarles ni mencionaba sus muertes. Era extraño... como si se avergonzase de algo.
Yo, al contrario, les recordaba en voz alta, o para mis adentros, siempre que tenía
ocasión y, durante esos cinco años, le había contado todo al respecto. Así pues, no
sabía cuales eran sus planes, si el que nos separásemos u otra cosa, y esta ignorancia
me apretaba en corazón como el martillo del herrero golpea el metal: rítmica e
implacablemente. Así, poco a poco, me quedé dormida junto a ella.
Pasaron los días y se fue recuperando lentamente de sus heridas, mientras nos alejábamos
de la ciudad. Descansábamos siempre en cuevas o en refugios naturales, rehuyendo a
otros viajeros que había en los bosques. Pero, un día, mientras descansábamos a la
orilla de un arroyo y le cambiaba las vendas de las heridas, nos encontramos cara a
cara con un desconocido. Riva intentó alcanzar la guadaña e incorporarse, pero aún
estaba demasiado débil y tuve que sostenerla para que no se cayese. El hombre nos miró
y se acercó lentamente, las manos a la vista.
-No pretendo haceros daño. Sólo soy un viajero que desea descansar aquí y levantar el
campamento antes de que anochezca.- Un ligero acento sureño impregnaba sus palabras.-
Además, así podremos intercambiar noticias... y música ante el fuego.- Le dirigí una
mirada y no pude ver más que a un hombre ni muy joven ni muy viejo, vestido de un modo
un tanto estrafalario y armado... con un instrumento muy raro que parecía un híbrido
entre un laúd y un arpa.
-Esta bien.- el sonido de mi voz me sorprendió hasta a mi misma, y logró que Riva me
mirase interrogante, pero no dijo nada al respecto.- Trae tus cosas si quieres.
-De acuerdo. Mi nombre es Lunen.
Lunen colocó sus cosas a unos metros de nosotras, y se dispuso a encender una hoguera,
mientras yo seguía ocupada con las heridas de Riva y ella le observaba fijamente. Cuando
por fin terminé nos sentamos alrededor del fuego y él empezó a tocar el extraño
instrumento con una habilidad que resultaba pasmosa. Al ver mi cara sonrió y prosiguió
con melodías cada vez más complejas mientras hablaba.
-Es un instrumento T'sar,- dijo mirando a Riva- e incluso la mayoría de ellos tienen
dificultades para tocarlo correctamente.- Ante esta afirmación ella no contestó, sino
que se limitó a contemplar el instrumento como si recordase algo triste.- ¿Os atrevéis,
mi lady?.- Lunen lo dijo en un intento de provocarla, regodeándose de ser tan diestro,
según él, en el uso de ese instrumento.
-¿Por qué no?- le contestó Riva con una sonrisa leve.- Dadme el Ubout a ver si recuerdo
como se tocaba... hace demasiados años que no lo hago. ¿Tenéis un dronhor y un afdror?
-Por supuesto,- siseó Lunen mientras le tendía el instrumento junto a una especie de
arco de cuerda y un pequeño garfio metálico.
Riva lo tomó todo y, acariciando suavemente el instrumento, como para volver a recordar
cosas largo tiempo olvidadas, cambió de postura y extrajo de el sonidos dulces y
cadenciosos que se hilvanaron lentamente en una melodía muy sencilla, que denotaba
talento, pero no la maestría de Lunen. Cuando concluyó la melodía él nos miró sonriente
y habló de nuevo.
-Tocáis muy bien, mi señora. ¿Qué os parece si jugamos a un juego muy típico con este
instrumento? Veréis, se trata simplemente de que uno de los dos toca una melodía, y el
otro debe repetirla e intentar superarla en dificultad al continuarla y así
sucesivamente hasta que uno de los dos no pueda continuar.- Abrí la boca para decirle
que era injusto, puesto que tocaba mucho mejor que ella, cuando una mirada de Riva me
lo impidió.- Además, si me ganáis os daré, en reconocimiento a vuestra habilidad, la
mitad de lo que tengo conmigo y el Ubout, puesto que habréis demostrado que no soy digno
de tañerlo.
-¿Y si ganáis vos?- la voz de Riva estaba peligrosamente calma.
-Bueno, las noches en los caminos son muy solitarias... Y me alegro profundamente de
haberme encontrado con una dama tan hermosa como vos...
-Entiendo. Comenzad.- Con esas palabras le tendió el instrumento y yo la miré
boquiabierta ¡No tenía ninguna posibilidad de ganar!
Lunen tocó una melodía muy sencilla que, cuando concluyó, demostró que sentía deseos de
jugar un poco con la mujer que, pensaba, ya iba a ser suya, por lo menos durante una
noche. Cuando Riva tomó el instrumento, repitió la melodía sin equivocaciones, aunque
un tanto vacilante, y continuó con unos acordes de no muy elevada complicación, lo que
le arrancó una sonrisa a Lunen, que ya se consideraba ganador. Pero, según pasaba el
tiempo, Lunen empezó a mostrarse nervioso dado que, a pesar de que le introducía acordes
y figuras musicales de cada vez mayor complicación y dificultad técnica, Riva los
repetía sin problemas y volvía a las frases sencillas entretejiéndose así una hermosa
melodía.
Finalmente, cansado ya de jugar a un juego que veía se le estaba yendo de las manos,
Lunen añadió una frase que era el sumun de la belleza y complejidad musical y miró a
Riva, sonriendo de un modo prepotente, mientras le entregaba el instrumento. Ella cerró
los ojos un momento, mientras tomaba el instrumento en sus manos, y, sin abrirlos, tocó
la melodía completa, incluída la última frase musical y, como su aportación al duelo,
repitió esta última frase, pero introduciéndole cadencias y ritmos que hacían que la
melodía se semejase a la que el viento entona al soplar entre las ramas de los arboles.
Con los ojos muy abiertos Lunen alzó las manos, reconociendo su derrota, y nos dio lo
prometido.
-Me habéis vencido, mi señora, y me habéis dado una buena lección de humildad, pero
decidme, pues la curiosidad me corroe ¿dónde aprendisteis a tocar así?
-El artesano que construyó este instrumento en concreto,- contestó ella- y que supongo
que fue vuestro maestro, nunca logró vencer a mi madre en este tipo de duelos. Y ella
me enseñó a mi a tocarlo.
Al día siguiente, cuando nos despertamos, Lunen se había ido, y nosotras proseguimos
nuestro viaje al sur, ahora mejor pertrechadas. Cada noche nos deteníamos y Riva me
enseñaba a tocar el delicado y complejo instrumento. Así, poco a poco, el paisaje fue
cambiando y, finalmente, llegamos a las tierras que me habían visto crecer. A medida
que nos aproximábamos al lugar donde estaba mi aldea, un nudo crecía en mi estómago.
Tenía miedo de lo que pudiese ocurrir: ¿Vivirían mis padres? ¿Me aceptarían aun como
hija suya? y, lo que más me preocupaba ¿qué haría Riva?
Entramos en la aldea y, según avanzábamos, la gente nos observaba sin saber muy bien a
que atenerse ni como clasificarnos. Sin prestarles atención, me acerqué a un hombre que
estaba arreglando una rueda de un carro y le pregunté por la casa de Zirion y Maegdu,
mis padres, ante lo cual me señaló hacia el fondo de la aldea con la cabeza.
Según nos acercábamos, Riva parecía más nerviosa... y triste. Es extraño, pero en mi
excitación no me di cuenta en aquel momento... Algo pareció morir en su mirada al verme
junto a la casa de mis padres. Llamé a la puerta, aterrada porque no me reconociesen, o
porque me rechazasen o por... o por miles de cosas distintas, cuando mi madre abrió la
puerta. Los años no habían pasado en balde, y una fina telaraña de arrugas rodeaba las
comisuras de su boca y sus ojos. Unos ojos que se abrieron desmesuradamente al
reconocerme. Después de todo siempre me dijeron que era idéntica a una de mis tías,
pero una versión más joven.
Mi madre llamó a gritos a mi padre, y este me abrazó, haciendo que por unos momentos
pensase que me rompería todas las costillas... Antes de empezar a gritar que su hija,
su única hija, había vuelto. Y preparar la consiguiente fiesta. Asistí a todo ello sin
poder hacer nada para evitarlo, sonriendo a Riva a modo de disculpa. Casi había olvidado
lo efusivos que podían llegar a ser mis padres.
Las risas, la bebida y el baile duraron toda la noche, mis vecinos y amigos de la
infancia agradeciendo a mi compañera de peripecias el haberme traído de vuelta, sana y
salva, mientras ella se removía incómoda, mirándome de vez en cuando con una expresión
extraña. Al fin logramos escabullirnos hacía la casa de mis padres y descansar de
nuestro viaje, aunque yo creía que no podría dormirme... hasta que apoyé la cabeza en
la cama, momento en el que el cansancio se hizo patente y caí en los dulces brazos del
dios del sueño.
A la mañana siguiente me desperté, con un dolor de cabeza cortesía del vino que había
tomado, y busqué a Riva con la mirada... para no encontrarla. Me levanté y dirigí a la
sala donde estaba mi madre poniendo el desayuno y, cuando le pregunté por mi compañera,
una expresión triste acudió a su mirada, mientras me tendía un pergamino. La caligrafía
era de alguien que había recibido una buena educación, y estaba escrita con trazo firme
y seguro... eran sólo unas pocas frases:
Algunas heridas no parecen sanar,
Este dolor es demasiado real,
Sencillamente hay demasiado que el tiempo no puede curar...
Te quiero. R.
Al momento comprendí el malentendido... Ella creía que una vez con los míos la dejaría...
¡¡¡Pero yo también la quería!!! Mi madre debió leer mi expresión, como hacía cuando era
pequeña, porque sonrió ligeramente, antes de indicarme la dirección en la que había
salido volando, y darme consejos para el camino. Así mismo, me dijo que Riva me había
dejado el extraño instrumento que había tocado la noche anterior en la fiesta... Al
acariciar sus cuerdas recordé las noches que habíamos pasado, junto a la hoguera,
deleitándonos a solas con su música... Y salí en su busca sin dudarlo un instante.
Mi búsqueda aún no ha terminado, tanto tiempo después, pero no me arrepiento. Después
de todo, hay que luchar para conseguir las cosas que amamos, ¿verdad?
FIN