Qué extraño le resultaba tener su presencia en medio de la sala. Segundos antes de
llegar hasta aquel lugar, Beatriz se había encontrando siguiendo sus pasos, a corta
distancia de la joven de su misma estatura, quien apenas elevaba los pies, como si una
fuerza invisible quisiera mantenerla pegada en el piso, fuera de aquel departamento.
Beatriz la observó de pie delante suyo, aprovechando el momento en que sus ojos vagaban
tímidamente alrededor. Le pareció estar reviviendo una escena del pasado; como un deja
vu, tal como un sueño, en el cual se viven una vez más, situaciones o momentos que han
formado parte de un pasado lejano; como si repentinamente hubiese sido arrancada de
aquel día, y le hubieran dejado caer cuatro o cinco años más atrás.
Pero tal como en una experiencia onírica, había algo fuera de lugar, algo distinto a
esa realidad vivida, algo que no tenía coherencia con lo que supuestamente debería ser
al estar ambas frente a frente.
Carolina tuvo toda la intención de aquietar el recorrido de su mirada, y permitirse
hacer contacto con los ojos de Beatriz, quien permanecía en silencio, indagando en las
expresiones de su rostro, mientras intentaba encontrar la difencia en ella, luego de
aquel largo tiempo en el cual sus vidas habían tomado un rumbo diferente cada una. Pero
sus ojos negros sintieron miedo, y se le escabulleron tan sólo un segundo después de
haber caído en los suyos, escapando hasta la pared y objeto más cercano que lograron
hallar.
- Supongo que estarás preguntándote qué hago aquí, después de todos estos años...
-Carolina bajó la mirada, mientras parecía temer la respuesta que recibiría de la
persona parada en frente suyo. Sus manos se refugiaron la una en la otra, presionándose
tan fuerte, que Beatriz logró percibir los tonos rojizos que adquirieron sus dedos
adhiriéndose en la piel-. ¿Verdad?
- Verdad... -Beatriz asintió, luego de algunos segundos en los cuales se mantuvo
observando los gestos de la chica, mientras esperaba a que por fin ésta se dignase a
mirarle a la cara.
- Yo... Bea, yo... -tartamudeó, completamente inhabilitada de pensamientos, que fuesen
traducidos correctamente por su voz; hasta que pareció darse por vencida, mientras
callaba sin quitar sus ojos del piso, del cual probablemente ya conocería cada grieta
dibujada en su superficie.
- Siéntate. Te voy a traer un café, ¿sí? -Beatriz decidió darle algunos segundos para
que se aclarase, y ciertamente no lo haría mientras ella estuviera ahí enfrente,
inspeccionando su rostro. Se hizo camino hasta la cocina; mas frenó a mitad de camino,
mientras un gesto de pregunta cruzaba sus facciones. Se volteó hacia Carolina, quien
estaba dejándose caer en el sofá, tan titubeante como cada paso que había dado para
llegar hasta ahí, y tal como su voz, cada vez que sus labios se habían separado,
procurando expresar algo que en Beatriz aún no acababa de quedar del todo claro-.
Todavía te gusta el café, ¿o no? -inquirió pensando que en realidad luego de tanto
tiempo, quizá la joven de ojos negros había perdido el gusto por aquel líquido aromático,
el cual juntas habían aprendido a venerar en sus largas noches de estudio.
Carolina dirigió su mirada hacia Beatriz, quien aguardaba por su respuesta, parada a
medio camino de la cocina. De pronto, su rostro fue cambiando de expresión, se hizo más
tenso, más rugoso, para finalmente quedar cubierto por una de sus manos, la cual al
segundo se hallaba ocultando los ojos tras sus dedos, los cuales sin duda estarían
empapándose, al hacer contacto directo con aquellas lágrimas que no lograban distinguirse;
mas, quedaban totalmente en evidencia por el sonido indiscutible del llanto, que llegaba
a oídos de Beatriz, quien abandonó su idea de dejar la sala, para aproximarse
cautelosamente y algo asustada a Carolina, quien mantenía la cabeza gacha, y su peso
sobre la palma de su mano, que parecía estar sosteniendo la piel de su rostro, como si
ésta amenazara con caer en cualquier segundo.
Beatriz no supo si decir algo o permanecer en silencio. Sus labios se separaron en
reiteradas ocasiones, mientras sus cuerdas vocales comenzaban ya a vibrar con toda
intención de elevar su voz por sobre el llanto de la chica. Alzó una mano dubitativa, y
la acercó a su hombro; mas, frenó nuevamente, sólo para regresarla a su lugar, o al
menos intentar que volviese a algún sitio, ya que en aquel instante le pareció como si
sus brazos y manos le sobrasen. Finalmente, fueron a dar a sus bolsillos, mientras se
mordía el labio inferior nerviosamente, pensando en qué demonios debía hacer o decir,
sin alejar su mirada de Carolina, quien no parecía tener intenciones de literalmente
dar la cara.
- Perdón... -los ojos llorosos de la joven resurgieron repentinamente, mientras que los
sollozos eran reemplazados por su voz, la cual procuraba sonar lo más calmada posible,
mientras su dueña se esforzaba en ignorar aquel nudo, que aún parecía estar luchando
por permanecer en su garganta.
- No pasa nada; te voy a traer unas toallitas, o si quieres puedes ir al baño y...
-Beatriz dijo, por decir algo, y no mantenerse allí parada simplemente.
- No, Bea... -Carolina alzó la voz, sonando ésta mucho más segura que en su palabra
anterior. Su cuerpo abandonó rápidamente el sofá, mientras el brazo se extendía,
aferrando fuertemente la mano a la extremidad de la joven de cabello rubio.
Beatriz se giró sorprendida. Ocupó unos cuantos segundos en observar los dedos
atenazando su muñeca, mientras sentía la presión de Carolina sobre su carne sin ceder
ni un solo milímetro. Tragó nerviosa, y sus ojos se elevaron hasta chocar contra los
negros azabache de quien le miraba con una expresión desesperada en el rostro, en el
cual, aquellos ojos y nariz enrojecidos, no ayudaban a mitigar el gesto.
Segundos pasaron, segundos eternos, los cuales se hacían horas en el interior de Beatriz,
y probablemente también en el de Carolina, quien no parecía tener intenciones de
liberarla, como tampoco de expresar con palabras lo que fuese que tenía por decir.
- Nunca quise dejarte así... -dijo finalmente, mientras sus lágrimas luchaban por
explotar nuevamente en un bullicioso llanto. Su mano dejó ir a Beatriz, como si sólo
para aquel segundo hubiese caído en la cuenta que la había estado tocando. Carolina
apretó los dientes, y esperó hasta que su garganta volviese a la normalidad-. Sé que no
merezco ni siquiera que me escuches. No pensé que quisieras verme... Yo... dios... esto
es difícil -farfulló, mientras la frustración se hacía mucho más notoria en la expresión
de su rostro, de lo que lágrimas lo habían hecho minutos antes, al rodar por sus mejillas-.
Las cosas que te dije eran ciertas, Bea -por un segundo la miró a los ojos, paseando la
mirada rápidamente entre ambas pupilas de Beatriz, quien parecía inexpresiva frente a
ella-, sé que no es una excusa, y tampoco espero que lo aceptes; pero no fui capaz de ir
contra mi padre... él... tú sabes, él y yo, o sea...
- Sé que él era, y es lo más importante para ti, si es eso lo que estás intentando
explicarme -le interrumpió Beatriz, sin saber si lo hacía más por ayudarle a completar
aquellos intentos de oraciones, o porque simplemente no entendía el por qué Carolina
estaba tratando de decirle algo de lo que estaba completamente consciente.
- No... es decir... sí, pero... -balbuceó un intento de explicación, sin aparente éxito,
para luego deslizar la mano por su frente como si en aquel gesto sus palabras pudiesen
llegar a fluir con mayor facilidad-. Lo que trato de decir es que jamás quise hacerte
daño, ni alejarme de ti. Yo... yo sólo necesitaba un poco más de tiempo para reunir el
valor suficiente para reconocerle a mi padre lo nuestro, y...
- Mira, yo no te estoy pidiendo explicaciones; tú hiciste lo que sentías que era lo
mejor -Beatriz replicó, mientras observaba a Carolina regresar a sus frustraciones.
- Pero no fue así, Bea; de verdad tenía el deseo de decírselo a mi padre; jamás quise
dejarte, y después... después las cosas se complicaron, él me presionaba, y no supe cómo
terminé comprometiéndome con un tipo, y luego llegando hasta... hasta...
- Casarte con él -completó la frase Beatriz.
- Nunca lo quise, ni siquiera lo soportaba -hizo un gesto de repugnancia, mientras
sacudía su cabeza-. No tienes idea lo terrible que fue, lo que han sido todos estos años,
esta mentira en la que convertí toda mi vida... y sobre todo tu recuerdo que jamás dejó
mi mente, y el saber lo cobarde que fui, lo maldita... -Carolina dejó escapar sus frases
en forma vehemente, para terminar clavando su mirada oscura en la verde de Beatriz.
Beatriz observó a Carolina parada enfrente suyo, tan cerca, que lograba sentir su
alterada respiración rozándole la piel, y su aroma que no había cambiado, que continuaba
siendo el mismo. Logró percibir en forma aun más perfecta sus rasgos; aquellos que había
conseguido ver a medias en los minutos pasados, al mirarla por primera vez fuera de su
departamento.
Y quiso odiarla. Buscó el rencor del sufrimiento provocado por ella, toda su rabia y sus
noches en vela dándose mil vueltas, mientras intentaba arrancársela inútilmente de la
cabeza. Buscó también por su amor perdido, por si quedaba algún rastro de él dentro de
su corazón, del alma, o del recuerdo que su piel quizá aún guardaba de las veces que
había sentido la suya rozándola suavemente. Mas, no tuvo éxito en conseguir tan inútil
tarea. Tan sólo por un segundo, sólo un instante aquellos recuerdos que luchaban por
hacerse patentes en su ser, se hicieron presentes, trayendo a su memoria, y soplándole
al oído todo aquello que había dejado en claro hace muchas tardes atrás; aquellas
palabras que ella... no la persona que tenía ahora delante, no su mejor amiga, ni la
joven con quien había estado saliendo las últimas semanas; sino que ella, que era
innombrable tanto para sus labios, como para su mente, pero cuyas huellas habían calado
tan, tan infinitamente hondo, que una vez más surgía en un segundo de su vida.
Y lo supo con certeza, aun más claro que en aquella ocasión en la cual su alma lo había
logrado al fin entender, cuando su voz se había alzado por sobre el ruido alrededor, y
le contaba la verdad de su vida, de su latente ideal proyectado entonces en Carolina,
como un amor prestado, robado o cedido, y entonces jamás había sido suyo.
- Eso ya pasó, Carolina; es... era el destino simplemente -Beatriz aseveró, sin estar
segura de estarse explicando claramente.
- Bea... yo... no te pido que lo entiendas, ni que mis palabras tengan sentido para ti;
pero necesito que me perdones, lo necesito más que nada en esta vida, por favor,
perdóname... -suplicó casi en un susurro, mientras sus lágrimas luchaban por emerger
nuevamente, y ella se apoderaba de una mano de Beatriz, una vez más.
- Ya lo hice -Beatriz dijo suavemente, mientras parecía evocar un recuerdo en su mente-.
No te puedo negar que me sentí morir, y te odié por lo que me hiciste -meneó la cabeza
de un lado al otro-, pero, finalmente comprendí que todo sucede por algo, y entiendo lo
que pasó; yo... yo te perdoné hace tiempo ya.
Carolina levantó la mirada una vez más, sus ojos negros más brillantes de lo que Beatriz
podía recordar haberlos visto alguna vez. Y sí que le gustaban; era lo que más había
adorado de ella alguna vez; el color de sus ojos en los cuales parecía perderse; a veces
les temía, a ratos no sabía siquiera hacia dónde estaban observando, porque parecían
ver en todas direcciones a la vez.
Beatriz sonrió; no dio aquella orden a sus labios, tampoco supo muy bien por qué lo
hacía o si aquello tenía acaso algún sentido; mas lo hizo. Con una sonrisa completamente
honesta, sus ojos verdes que bien sabía estaban tan brillantes como los de Carolina
misma, sonrieron también, junto con la joven de cabello oscuro, quien sin previo aviso
se abrazó fuertemente a ella, llevándola una vez más al pasado; aquel pasado que parecía
tan infinitamente lejano, aquel que estaba desgastado ya en su memoria, y en el cual
había sentido cosas maravillosas junto a ella; hubiesen sido provocadas por un amor
ilusorio, quizá por emociones juveniles, o tal vez por haber sido aquella, la primera
persona que le había llegado a acariciar de esa forma tan íntima, y a quien ella misma
había tocado por primera vez, sumida en una mezcla de nerviosismo, temor y deseo, aquel
día sin precedentes, en el cual Beatriz había sabido más que nunca que una ella gritaba
en su interior, para siempre, como si llamase exigiéndole estar a su lado. Por lo que
fuese que había sido, siempre sería especial para ella.
- ¿¡¡Qué cresta hace esta tipa aquí!!? -la voz de Sandra interrumpió el momento,
provocando que Carolina se separara violentamente de Beatriz, mientras sus ojos se
abrían como platos, tan asustada como si hubiese visto al demonio mismo parado frente a
ella.
- Hola Sandra -Carolina dijo tímidamente, mientras que reconocía a la mejor amiga de su
ex pareja, con quien había compartido casi tantos momentos como con la propia Beatriz.
- Bea, ¿¡qué hace ésta aquí!? -observó a Beatriz con cara de desquiciada, ignorando por
completo el saludo de la joven-. ¿¡Qué mierda haces abrazándola!? -le reclamó indignada-.
¡Te vas! ¡Fuera de aquí! -le espetó a Carolina, mientras amenazaba con tomarla de un
brazo y sacarla ella misma.
- ¡Sandra! -Beatriz exclamó, mientras hacía ademán de impedir que Sandra tocase a
Carolina, si es que en realidad resultaba que ésta terminara abalanzándose sobre ella;
situación completamente posible si venía de su mejor amiga.
- ¡¡Es la infeliz que te dejó como a un perro!! ¿¡No te acuerdas acaso!? ¿¡Perdiste la
memoria!? -Sandra exclamó con los ojos llenos de cólera y dolor a la vez-. ¡Ándate!,
¡no te quiero ver cerca de ella!, ¡ya bastante daño le hiciste hace años! ¡¡Descarada!!
-le gritó en pleno rostro, crispando los puños y temblando de furia.
- ¡Basta! -exigió Beatriz, agarrando a Sandra de un brazo-. Es suficiente... -concluyó,
suavizando su voz, mientras intentaba transmitirle con la mirada a su amiga, que todo
estaba bien.
- Lo siento -Carolina dijo, mientras bajaba la cabeza como si esperase a recibir más
descargos por parte de la trigueña, como si estuviese de acuerdo con ellos.
- Eso dicen todos 'lo siento' ¡Debiste sentirlo en el momento! ¡Eres una maldita!, a
ella nadie le hace eso, ¿oíste? ¡Nadie! Ella no se merecía una cosa así, ella no,
¿entiendes? Eres una estúpida, porque nunca vas a encontrar a otra persona como ella,
¿entendiste? ¡¡Nunca!!
- Lo sé -Carolina asintió, mientras sostenía la mirada de completo odio de Sandra-. Me
voy, Beatriz, yo... disculpen, no era mi intención -dijo honestamente, mientras hacía
ademán de dirigirse hasta la puerta.
- Sandra, por favor... -Beatriz suplicó, mientras aún la mantenía prisionera bajo la
presión de su mano.
Sandra se liberó de un tirón, mientras miraba a Beatriz con la furia e indignación
patentes en la expresión de su rostro. Dirigió su atención hacia Carolina, quien no
sabía si marcharse o quedarse parada en aquel lugar, sacudió la cabeza de un lado al
otro, y caminó hacia la puerta de su habitación, hasta perderse tras de ella, no sin
antes dar un tremendo portazo, el cual continuó haciendo eco en la sala por varios
segundos.
- Disculpa, ella sólo... -Beatriz dijo afligida, mientras observaba a Carolina, cuyo
dolor brotaba por cada uno de sus poros.
- Ella sólo dijo la verdad -intentó sonreír inútilmente-. Sé lo mucho que te quiere. No
te preocupes, ella tiene toda la razón, y está en su derecho de decirme a la cara lo que
piensa de mí -Carolina se encogió de hombros, mientras hacía un gesto de resignación-.
Creo que ahora sí me voy, ¿sí?
- Bueno...
Beatriz siguió por segunda vez los pasos de Carolina, directo hacia la puerta, mientras
una extraña sensación crecía dentro de sí; como alivio; similar al minuto posterior en
el que la persona querida perdona una mentira o algo peor.
- Bea -Carolina le llamó, una vez parada al otro lado de la puerta, mientras dirigía la
mirada hacia su rostro-, quiero que sepas que estoy intentando poner en orden mi vida.
Comencé por separame de mi marido, retomé los estudios, y me faltaba esto... -se hizo
con las manos de Beatriz, quien sonrió ante el gesto-. Necesitaba verte, y oír que me
perdonas por todo -dejó de hablar mientras escapaba de su mirada, y parecía emocionarse,
una vez más.
- ¿Qué hay de lo que es más importante? -Beatriz inquirió, intentando que su voz no
denotara ningún grado de reproche ni exigencia.
- En eso estoy, preparándome; no sé cuándo va a hacer, porque las veces que lo he
intentado termino con las rodillas temblando y escapándome como una niña pequeña
-confesó, mientras sus mejillas se sonrojaban y una lágrima corría por su rostro.
- Hazlo, y verás lo libre que te sientes -Beatriz aseveró, mientras le oprimía las
manos en señal de apoyo.
- Prometo que lo haré -Carolina elevó su mirada, una vez más, hacia Beatriz, sonriendo
tristemente-. ¿Te ha tratado muy mal? -preguntó como con temor.
- ¿Tú qué crees? -Beatriz respondió con una mueca de resignación.
- Lo ha hecho. Vaya... de verdad lo lamento; ojalá pudiera cambiar eso, me siento tan
culpable... -Carolina dijo con la angustia impresa en el sonido de su voz, y en su
mirada.
- Puedes comenzar a hacerlo; como mi hermano me dijo hace unos días, muéstrale, él no
sabe lo que te pasa interiomente, no lo entiende, y continuará sin entenderlo mientras
tú sigas mintiéndole acerca de tu vida. Dile lo infeliz que eres, lo infeliz que fuiste
en tu matrimonio, y dónde está tu felicidad, enséñale a aceptarlo.
- Lo haré, algún día lo haré -Carolina dijo, mientras oprimía las manos de Beatriz-.
Lástima que hoy no tenga a quién aferrarme, ahora que estoy madura ya, alguien que
provoque en mí esa necesidad de dar todo por ella... -inspiró tristemente.
- Bueno, pero ya llegará, seguro que sí.
- ¿Y tú?, ¿tienes a alguien? Te va a sonar extraño; pero hace semanas que te vengo
espiando -Carolina le dio una mirada avergonzada a Beatriz, quien le devolvió una de
sorpresa-. Es que no me atrevía a acercarme... y cuando te vi con tu bolsita de pan...
¿te acuerdas cuando íbamos a comprar juntas? -sonrió, recibiendo aquella misma respuesta
por parte del rostro de Beatriz.
- Me acuerdo...
- Cuando te vi, me decidí y golpeé esta puerta, y no me arrepiento -Carolina dijo con
seguridad mientras observaba la expresión en el rostro de la joven-. Bueno, el asunto
es que te he visto con una chica, y me parece que son algo más que amigas, aunque no
estoy completamente segura.
- Bueno, en realidad... sí, somos algo más que amigas -Beatriz asintió, mientras se oía
a sí misma diciendo aquellas palabras, como si hasta ese minuto recién hubiese tenido
que caer en la cuenta de que Paula había estado involucrándose en su vida cada día más.
- Me alegro que hayas encontrado a alguien; espero que ella sí sepa hacerte feliz
-Carolina dijo, mientras dirigía su mirada hacia sus manos tomadas aún, con un claro
aire de nostalgia-. Bueno... espero que no perdamos el contacto, o sea... lo dejo en
ti; a mí me encantaría volver a verte, conversar un poco más, no sé... -dijo tímidamente,
mientras observaba a Beatriz, una vez más.
- Claro que sí, yo... por mí está bien; sólo que debes darme unos días para poner todo
en orden; volver a verte ha sido un poco fuerte... -Beatriz dijo, intentando sonreír.
- Eres hermosa, ¿sabes?, igual que siempre -Carolina dijo sonriendo dulcemente, mientras
observaba por largo rato a Beatriz, hasta llegar a ponerla nerviosa-. Aún te sonrojas,
¿eh? ¿Recuerdas cómo me gustaba eso? -recibió el asentimiento de Beatriz, quien sonreía
abochornada, escapando de su mirada-. Ese corte de cabello te queda muy bien -agregó a
sus previos halagos, para en seguida poner el rostro serio-. Quiero que sepas, que sufrí
mucho por ti. No sé cómo fue para ti; supongo que debe haber sido terrible... pero,
necesito que sepas que para mí fue peor; no poder estar contigo dolía más de lo que
puedas imaginarte, Bea... sobre todo porque sabía que yo había sido la culpable -
sacudió su cabeza amargamente-. En realidad te quería, y espero que tú sepas y recuerdes
eso; tú fuiste mi primer amor, ¿sabes?, la primera en todo; contigo aprendí a conocerme
a mí misma, a saber quién era.
Beatriz dirigió su mirada hacia el rostro de Carolina, quien parecía haber sido completamente
honesta en cada una de las frases que acababa de dedicarle, y en cuya voz y mirada
había leído una tranquilidad y dulzura que no pudieron hacer otra cosa sino que
emocionarla, mientras pensaba en aquellas veces en las cuales se había sentido
desgraciada al pensar que todo había sido sólo una farsa, simples sentimientos fingidos
por parte de la joven.
- Tú también fuiste la primera... -dijo por fin.
- No lo fui -Carolina afirmó, provocando con ello que Beatriz la mirase un tanto
extrañada.
- Claro que sí; no deberías dudarlo.
- No dudo el hecho de que fui tu primera pareja, y tal vez la primera chica a la que
quisiste... pero, no fui tu primer amor real -Carolina sonrió levemente, mientras
parecía buscar imágenes en su cabeza-. Recuerdo las veces en que leí tus historias, tus
historias de amor, y cómo buscaba la similitud entre esa persona y yo; y jamás la
encontré, ¿sabes? Tú siempre supiste lo que querías, y sé que en tu interior siempre
estuviste buscándola a ella; aun estando conmigo, la esperabas a ella...
Beatriz observó a Carolina, mientras sus palabras resonaban en su cabeza, aun segundos
después de que la chica hubiese pronunciado la última de ellas. Separó los labios,
procurando decir algo, cualquier cosa; mas, no lo consiguió. En su lugar permaneció en
silencio, mientras percibía a la joven de cabello oscuro comenzar a alejarse poco a poco,
no sin antes aproximarse lentamente, para acabar depositando un suave beso en su mejilla,
y luego caminar lejos de ella, hasta perderse por las escaleras, con Beatriz todavía
siguiendo con la mirada cada uno de sus pasos, y repitiendo en su cabeza aquello que le
había sonado como una sentencia, las últimas palabras dichas por Carolina, con tanta
seguridad y certeza, como la tenían sus propios ojos de haberla visto una vez más.
*****
Beatriz dejó caer el peso de su cuerpo sobre la superficie de la puerta. Cerró los
ojos, e intentó que su adrenalina bajase, luego de tan inesperada visita. Volver a ver
a Carolina, ciertamente no había sido algo que se esperase para aquel día, ni siquiera
para algún día posterior; pero tampoco había sido similar a las veces en que en su mente
se había formado la posibilidad de que aquello pudiese ocurrir alguna vez, y la forma
en que su cabeza había elegido crear las secuencias de imágenes de lo que hablarían, y
las cosas que le sucederían interiormente, si efectivamente ocurriera que acabasen
encontrándose en alguna calle del centro de la ciudad, un día cualquiera.
¿Deseaba tenerla en su vida nuevamente? ¿Era aquello en realidad algo bueno para ella,
y para Carolina también? Se dejó caer en el suelo, apoyando su espalda en el sofá,
postura que duró sólo algunos segundos, ya que al instante se encontraba acurrucada en
el suelo, haciéndose un ovillo, y posando su cabeza sobre la superficie blanda del
mueble, mientras que ésta se ocultaba bajo sus brazos, que parecían estarla cobijando
de los pensamientos que se atropellaban dentro de su cerebro.
Carolina podría tal vez regresar a su vida, estar presente de alguna forma, y volverían
entonces a compartir conversaciones o quizá un simple café juntas; mas no asiéndose a
los recuerdos de sus vidas juntas, ni intentando retornar a ese pasado lejano del cual
ya ambas había salido, tanto física, como sentimentalmente; al menos para Beatriz, así
lo era. No debían pretender recomenzar las cosas desde el minuto en el cual las habían
cortado abruptamente, no podían ni debían hacerlo; ya que aquello lo único que les
traería consigo, sería el regreso a la adolescencia cada vez que estuvieran juntas, o
se mirasen a la cara, como si el hecho de ser reunidas en un día determinado de la vida,
las llevase cual máquina del tiempo a aquellos momentos ya vividos, gastados y
consumidos.
Si Carolina deseaba ser parte de su mundo, entonces tendrían que procurar conocerse una
vez más, como si nunca antes lo hubiesen hecho, como si todo aquel tiempo distanciadas
se hubiese encargado de hacer estragos en sus vidas, alterándoles por completo, y no
dejando más que huellas de lo que ambas solían ser. Ya eran adultas, y como tales
debían encontrar la manera de hallar algo nuevo que les uniera en sus vidas presentes,
y tal vez surgiría un lazo de amistad, o la certeza de que ya nada les vinculaba, lo
que les separaría de una vez y para siempre.
Beatriz se puso de pie visiblemente más calmada, mientras que no lograba decidir entre
irse a su habitación y dormir hasta el día siguiente, o prepararse de una vez por todas
su café, y acompañarlo con esas marraquetas que para aquel minuto debían de estar ya
frías.
Repentinamente recordó a Sandra, aún encerrada en su habitación. Corrió hacia aquel
lugar, y entró sin siquiera darse la molestia de tocar a la puerta; probablemente Sandra
no le abriría si lo hacía.
Y allí estaba ella, montada en su bicicleta de ejercicios, pedaleando con una energía
tan desbordante, que parecía como si aquel constante movimiento de piernas sería lo
último que haría en su vida. Su espalda erguida y su expresión seria, eran adornadas
por un descuidado moño. Y una visible capa de sudor brillaba en su frente, rodando en
pequeñas gotitas por sus sienes y a lo largo de la piel, que para aquel momento se
encontraba enrojecida por el esfuerzo.
- Hola -Beatriz dijo, parándose enfrente de la máquina, mientras elevaba sus cejas.
Sandra le dirigió la mirada sólo por un segundo, para terminar dedicándole un enorme
desprecio, y continuar pedaleando aun más vigorosamente que antes, mientras que la
bicicleta crujía peligrosamente.
- H o l a -repitió haciéndole señas a milímetros del rostro-. ¿Quieres hablar? -intentó
una tercera vez atrapar la atención de Sandra, quien evitaba levantar la mirada hacia
ella, concentrándose más y más en su eterno ejercicio-. Bueno, cuando tengas ganas de
hablar me buscas en mi pieza, ¿vale?
Beatriz se dio media vuelta, y se dirigió hacia la puerta, sin obtener respuesta alguna
de Sandra. Pero a mitad de camino sus pies se enredaron entre una de las múltiples
prendas que yacían sobre la alfrombra, moteando de toda clase de tonalidades el piso, y
se fue al suelo irremediablemente.
Al segundo Sandra había olvidado sus vehementes pedaleos, y la imposible ley del hielo
que había estado procurando imponerle a su amiga. Corrió la distancia que las separaba,
dejándose caer de rodillas junto a Beatriz con ojos de loca, y su aguda voz acompañando
la expresión de su rostro, la cual había cambiado por completo.
- ¡Bea!, ¿¡estás bien!? -chilló agarrando la cabeza de una aturdida Beatriz, quien se
encontraba estirada en la alfombra, con los ojos cerrados y sin movimientos corporales-.
¿Estás bien, Beíta? -le preguntó más suavemente, mientras le buscaba un golpe
inexistente en la cabeza.
- Te engañé -Beatriz dijo, mientras abría graciosamente uno de sus ojos, clavándolo en
el rostro de preocupación de Sandra, quien en seguida dejó sus revisiones, soltándola y
provocando con ello que la cabeza de Beatriz golpeara verdaderamente el suelo.
- ¡Bruta!
- ¡Ouch! Sólo intentaba que me hablaras, no te pongas así tampoco -Beatriz arguyó,
mientras se sentaba en la alfombra, con las piernas extendidas y las palmas de sus manos
soportando el peso de la parte superior de su cuerpo.
- Con estas cosas no se juega, ¡inepta! Me asustaste -le increpó, mientras hacía ademán
de montarse una vez más a su abandonada bicicleta.
- ¡No! ¡No más ejercicios, por dios! -Beatriz imploró, poniéndose de rodillas en el piso,
y haciendo una exagerada mueca de súplica, mientras unía sus manos como si estuviese
rezando.
- No te pesco, no estoy ni ahí contigo, vira, chao, filo contigo no más -Sandra dijo con
aire ausente, para luego volver a su rutina de ejercicios.
- ¿Qué querías que hiciera?, ¿que le diera con la puerta en las narices? -Beatriz se
plantó una vez más delante de su amiga, mientras intentaba llamar su atención, o que
por lo menos la oyera-. No podía, Sandra, teníamos cosas pendientes que aclarar.
- Todavía te importa esa tipeja, ¿verdad? -por fin se dignó a dirigirle la palabra a
Beatriz, mientras la observaba con expresión de reproche.
- No de la manera que estás pensando, y lo sabes -Beatriz replicó, sosteniendo la mirada
de Sandra, quien se mantuvo unos segundos escudriñando en las facciones de su amiga,
para luego bajarse de la máquina bruscamente e ir a estirarse a lo largo de la cama,
con la espalda apoyada en un gran almohadón, y los brazos cruzados, mientras se mantenía
en silencio mirando la pantalla del televisor cuya única imagen sobre ella era la suya.
- Pero te importa entonces -Sandra aseveró, sin dirigirle la mirada a Beatriz, quien se
había sentado junto a ella observando sus reacciones-. ¿¡Cómo te puede importar luego de
lo que te hizo!? -exclamó, mientras agitaba las manos en el aire.
- ¿Cómo podría no importarme, Sandra?, fue la primera persona de quien me enamoré, sabes
todo lo que significó para mí. Ahora es sólo un recuerdo y parte de mi pasado, pero
siempre voy a sentir un cariño especial por ella, haya pasado lo que haya pasado,
¿entiendes?
- ¡No!, ¡no lo entiendo! ¿¡Por qué no recuerdas mejor todo lo que sufriste!?, ¿¡que ella
te dejó de un día para el otro sin darte ni una explicación!? Eres muy tonta, Bea, muy
tonta... -Sandra dijo, meneando la cabeza de un lado al otro, con lo poco que quedaba
de su moño, que se empeñaba en mantener su enmarañado cabello sujeto-. Yo estuve contigo
cuando estabas peor, yo vi todo lo que sufriste, y ahora la perla viene como si nada
hubiese pasado, y encima tiene el descaro de abrazarte. ¡¡Cínica!! -apretó los puños,
mientras su rostro se crispaba visiblemente.
- No me he olvidado de eso, sería imposible hacerlo -Beatriz dijo mientras miraba sus
manos fugazmente-, pero dejé de sufrir hace años ya, hace tiempo que dejé de quererla
de esa forma, ¿entiendes? No puedo guardarle rencor, sencillamente no puedo, Sandra;
sobre todo porque entiendo los motivos que tuvo, y más aun hoy que sé que fue sincera
en todo lo que me dijo, y la forma en la que me lo dijo -explicó, mientras observaba el
gesto de enfado de Sandra, quien permanecía en la misma postura-. Sé que es raro para
ti verme con ella después de lo que pasó, también lo fue para mí, me pilló de sorpresa;
pero debes entender que no puedo pasarme la vida con rencores; no tengo esos sentimientos
por ella, ni esos, ni de amor, si eso es lo que temes. Creo que ha sido algo positivo
volver a verla y oírla diciéndome lo que en realidad sintió, eso me hizo sentir bien,
porque me pasé todos estos años pensando que ella jamás me había querido de veras, y eso
fue lo que más me dolió de todo. Ahora me siento tranquila, siento que por fin ese
capítulo se ha cerrado.
- La detesto... -Sandra dijo luego de algunos segundos de haber permanecido en silencio,
meditando las palabras de Beatriz-. ¡La detesto, la detesto la detesto! -repitió con
esos gestos pueriles que acostumbraba a hacer, provocando una sonrisa de Beatriz.
- Te pido que la perdones, igual como yo lo hice, ¿sí? -dijo acercándose un poco más a
Sandra, y buscando hacerse con su mirada, mientras inclinaba la cabeza sonriéndole
dulcemente.
- Aunque la perdone, seguiré detestándola siempre -Sandra afirmó, para luego dirigir
sus ojos hacia los de su amiga, quien aún se mantenía regalándole una de esas miradas,
tan similares a las que ella misma dedicaba, cuando buscaba conseguir algo a su favor.
Consiguió sacarle una leve sonrisa-. Siempre me cayó mal además, no va a empezar a
caerme bien después de todo este tiempo, hmm...
- ¿Por qué te cae tan mal? Nunca entendí el por qué; ella hasta cariño te tenía, ¿sabes?
-Beatriz dijo, mientras sonreía recordando aquellos tiempos en los cuales habían
compartido algún tiempo las tres juntas.
- ¿Por qué te cae tan mal? ¿Por qué te cae tan mal? nah nah nah nah -repitió, remedando
a Beatriz, mientras meneaba la cabeza haciendo exageradas muecas con el rostro-. Porque
es una antipática, no sé qué se cree, se cree vampira o no se qué con ese pelo tan negro
y esa cara pálida, seguro que se echa polvos talco para verse así.
- ¿¿Y eso qué tiene que ver?? -Beatriz preguntó riendo, al ver el gesto de fastidio en
el rostro de su amiga-. Es una buena persona, siempre fue amable contigo además. Y no
se echa polvos talco; es blanquita.
- ¡Pero me cae mal!, ¿y qué?
- Caprichosa.
- ¡No soy caprichosa! ¡Ella es una patuda, que llegó un día y te acaparó para ella no
más! ¡Todo el tiempo para Carolita! ¡Carolina esto y Carolina lo otro! ¡¡¡La detesto!!!
-Sandra exclamó, a punto de agarrarse los pelos de rabia.
- ¡Ajá!, con que eso era, puros celos. ¿Ves como sí eres una caprichosa?
- ¡No es capricho cuando se tienen motivos! Y yo los tenía de sobra. ¿Y qué tanto? Soy
celosa, ¡y qué! -Sandra dijo estirando los labios, en una mueca más exagerada que la de
una niña pequeña, mientras le daba la espalda a Beatriz, quien reía divertida-. Tú la
preferías a ella antes que a mí...
- Tontita -Beatriz sonrió, mientras aquellas manías de Sandra lograban tocarle el
corazón-. Sabes que no es así; es cierto que pasaba mucho tiempo con ella, y que la
quise montones, pero tú siempre vas a ser mi regalona.
- ¿De verdad? -preguntó con aire ilusionado, dándole una mirada a Beatriz.
- De verdad.
- ¡¡Linda!! -se le lanzó como una bestia encima, sin previo aviso, pillando a Beatriz
tan desprevenida, que se fueron ambas al suelo dándose un tremendo porrazo, que a
Sandra pareció no importarle.
- ¡¡Ya!!, ¡que me asfixias, atarantada!
- Lo siento -dijo, sin sentirlo en realidad.
- ¿Pasó la rabia? -Beatriz preguntó sonriendo, mientras observaba a su amiga, quien se
encontraba sentada a su lado, ambas apoyando la espalda en la cama, y con las rodillas
flexionadas-. Oye, estás un poquito hediondita -afirmó haciendo una mueca, mientras
meneaba la mano en el aire.
- ¿¡Hedionda yo!? Nada que ver, Bea, deben ser ideas tuyas; yo no sudo -Sandra aseveró
indignada-. Y no, no se me pasó totalmente la rabia fíjate tú.
- ¿Ah no? y esto ¿qué es? -Beatriz interrogó, agarrando la polera de Sandra, cuya
evidencia del sudor negado por su dueña, estaba claramente impregnado sobre la tela.
- Mmm... ¿Una mancha de perfume? -dijo cómicamente, acudiendo a aquellos tonos que sólo
ella podía conseguir.
- Sí, claro, un perfume que apesta bastante -Beatriz dijo riendo, sonido que duró sólo
algunos segundos, para verse callado bajo el almohadón que dio de lleno contra su cara-.
Eres imposible... -dijo sobándose la nariz-. Espero que esto sea suficiente para que
hayas desquitado tu rabia.
- No, no lo es; no se me olvida que la defendiste delante de mí. Mosquita muerta que es...
-terminó diciendo entre dientes.
- ¡Ya! Suficiente de tus celos infantiles. ¿Qué quieres?, ¿que no le preste atención a
nadie más que a ti?
- ¡Oye!, ¡eso es una genial idea! -exclamó entusiasmada, mientras aplaudía alegremente.
- Era broma...
- Ya lo sé; pero me gustaría bastante.
- ¿Por qué te molesta tanto que yo quiera a otras personas? -Beatriz inquirió, con un
exagerado gesto de pregunta en su rostro.
- No me molesta que quieras a otras personas; son esas tipas 'quita amigas' a las que
detesto -Sandra dijo, mientras intentaba componerse su moño, hace rato ya difunto-.
Sorry, no lo puedo evitar, me da rabia no más.
- ¿Por qué?, si tú sabes bien que mi cariño por ti durará para siempre, y que no es
menos fuerte que el que pueda tener por cualquier otra persona.
- Ya lo sé, Bea; pero no sé, me da rabia simplemente, no sé explicártelo -dijo,
mientras buscaba palabras claras con las cuales expresarse-. Odio el hecho de que ellas
te pueden dar cosas que yo jamás voy a poder.
- Somos todas personas diferentes, tú me entregas cosas que ellas tampoco podrían
-Beatriz afirmó observando a Sandra, quien se rascaba una rodilla, adornada por una
pequeña cicatriz. Sonrió al recordar aquella ocasión en que una Sandra de ocho años, se
había caído de bruces persiguiendo a un niño que había osado burlarse de su mejor amiga.
- Ya lo sé; pero ellas te hacen cositas, y yo no puedo -Sandra dijo apoyándose en el
hombro de Beatriz, mientras que la miraba con cara de cordero degollado-. Me da rabia
eso... -escondió su rostro mientras la abrazaba con fuerza-, me hace sentir inferior.
- ¿M...?, ¿cositas? -Beatriz preguntó extrañada.
- Sí, cositas; ya sabes... cariñitos no amistosos.
- ¿¿Te da rabia que mis parejas me hagan cariños?? -Beatriz preguntó divertida-. ¿Y qué
esperas?, ¿acaso Diego no te hace cariñitos a ti?
- ¡No te burles! Ya, no quiero hablar más del tema -concluyó enfadada, separándose
bruscamente de Beatriz, mientras regresaba a sus enfados.
- Ya, no te enojes; perdona, ya sé que eres una celosita de primera; sólo espero que
tengas claro que yo te quiero mucho mucho, ¿vale?
- Mmm... ¿Y qué vas a hacer por mí, para que me des-enoje? -preguntó con tono de
inocencia, mientras observaba a Beatriz de lado.
- Aquí vamos otra vez...
- ¡¡Se me acaba de ocurrir una excelente idea, Bea!!
- ¿Cuál? -Beatriz preguntó, sin un real interés en escuchar la dichosa idea de su amiga.
- ¿Por qué no te vas a pasar un fin de semana a las cabañas con la Pauli?, así
descansarías un poquito, tomarías otro aire, podrías conocerla mucho mejor, y lo pasarían
genial. ¿¡Qué te parece!? No creo que ella se niegue.
- ¡¿Estás loca?! Ni lo sueñes, Sandra; o sea... cero posibilidades, ¿entendiste?
-Beatriz dijo con determinación, mientras se ponía de pie, como si temiese que al
quedarse cerca de Sandra, ésta se las ingeniaría para convencerla, y por dios que era
una experta en la tarea de hacer cambiar a la gente de idea-. No me pongas esa cara,
Sandra, no pienso ir, mucho menos con Paula, ¿¡cómo se te ocurre!?
- Por favor, Beíta linda, hazlo por mí, necesito estar sola este fin de semana para
celebrar con mi Dieguito nuestros dos años de pololeo. Siento en mi interior que ahora
sí vamos a poder, tengo una corazonada, y si estás tú aquí no me voy a sentir
completamente libre -le dijo tan zalamera, como cada vez que deseaba obtener algo.
- He dicho que no. Fin de la discusión. Y deja de ponerme esa cara, no te va a resultar,
¿oíste? O sea no -Beatriz aseguró, haciendo ademán de aproximarse a la puerta, para
escapar de aquella habitación y de Sandra, quien le agarró de una mano obligándola a
permanecer en aquel sitio-. ¿Quieres que vaya con Paula? Sandra, ¿ya cambiaste de
opinión? Porque que yo sepa Paula no es amiga mía solamente.
- Ya lo sé; pero la Pauli me cae bien, es top ella, me encanta para ti; no sé, es
distinta -Sandra dijo, regresando a su recurso de las caras.
- Quién te entiende a ti, ¿ah? -Beatriz dijo moviendo la cabeza de un lado al otro-. De
todas maneras no voy a ir, así que no sacas nada con ponerme cara de súplica, ni con
decirme un montón de palabras cariñosas haciéndome la pata.
- Por favor, Beíta, ¿tienes idea de lo que esto significa para mí?, ¿del tiempo que he
esperado para este momento? De verdad que tengo la sensación de que ahora sí va a
resultar. Por favor, hazlo por mí, te lo ruego. Imagina lo bien que la pasarías allá
con Paula, tan sólo piensa un poquito, te ayudaría para sacarte todos los fantasmas de
la cabeza, y de relajarte. Por favor piénsalo, no te vas a arrepentir.
- Sandra, córtala por favor, no quiero.
- Paula es una buena persona, dale una oportunidad, esfuérzate por esa relación; parece
como si ni siquiera te importara. ¡Imagina!, sería genial, antes que empiece la
temporada de verano, aprovecha que no hay casi nadie.
- ¡No!
- Hazlo por mí entonces, Bea, por mí, yo lo haría por ti si me lo pidieras.
- ¿Por qué no te vas tú con Diego para allá mejor?
- Porque me sentiría extraña en otro lugar, tiene que ser aquí, si voy para otro lugar
me sentiré presionada, en cambio en mi hogar me sentiré segura.
- Olvídalo Sandra, ese día me voy a dar una vuelta hasta bien tarde, me voy a la casa de
Paula, o por último duermo en el banco de una plaza; pero no pienso ir a pasar el fin de
semana a ninguna cabaña; o sea, de ninguna manera. Lo siento Sandra, pero no voy a
acceder esta vez. Fin de la discusión.
*****
- ¡Qué bonito! -Paula exclamó mientras observaba alrededor, totalmente alucinada y
abstraída por la belleza del paisaje.
- ¿Cierto? -Beatriz dijo, mientras entrecerraba los párpados, intentando liberarse de
los rayos casi inexistentes de sol aquella tarde, pero que aun así lograban encandilar
sus ojos, impidiéndole ver con la libertad que deseaba aquel mar majestuoso, cuyas olas
explotaban en forma espectacular contra los roqueríos.
Beatriz observó el entusiasmo de Paula, reflejado en cada uno de sus movimientos, y en
la forma en que sus ojos brillaban, cada vez que su mirada daba con algo que llamase su
atención. No pudo hacer menos que sonreír al ver la forma en que sus rasgos se elevaban,
y sus mejillas parecían sonrojarse, mientras que sus labios dibujaban esa sonrisa tan
hermosa que adornaba su rostro, tan continuamente.
- ¡¿Todo esto es de los papás de Sandra?! -Paula exclamó sorprendida, al advertir el
sinnúmero de cabañas que se erguían medio ocultas entre los árboles.
- Todo es de ellos, y de Sandra también, por supuesto -Beatriz asintió sonriente,
mientras recordaba la de veces que había oído a su amiga rogarle una y otra vez por ese
fin de semana en aquel lugar, quien una vez más, utilizando aquel método maquiavélico
que tenía para convencerla de cualquier cosa que se le metiera en la cabeza, había
tenido éxito. Ahora se encontraba allí de pie frente a Paula, listas para cruzar la
puerta del lugar que las estaría albergando por las próximas dos noches.
- ¡Vamos! ¿Cuál es la nuestra? -Paula preguntó emocionada, mientras subía escalones de
madera, que parecían salir de la tierra misma. Cargaba una enorme mochila, que Beatriz
se preguntaba cómo aquella espalda lograba resistir sin quebrarse.
- Número diez -respondió siguiendo los pasos de la joven, cuyos rizos parecían rebotar
graciosamente, cada vez que Paula se daba el impulso de subir un nuevo peldaño.
A los pocos minutos se encontraban cruzando el umbral, mientras un fuerte olor a algo
que parecía una mezcla de pino y mimbre golpeaba sus olfatos, impregnándose en ellos,
de una manera que a Beatriz le resultó bastante agradable, haciéndola regresar varios
años atrás, a todos aquellos recuerdos de las muchas ocasiones en las cuales había
atravesado una puerta similar a aquella, cientos de veces en un mismo día, cuando junto
a Sandra iban y venían de la playa sin descanso; ya fuese para ir al baño, buscar algo
de comer, o simplemente por el hecho de andar correteando alrededor mientras jugaban a
las escondidas o a cosas que ya ni siquiera recordaba.
- ¡Está genial! -Paula exclamó dejando caer su equipaje, mientras caminaba observando
alrededor, todo ese conjunto de muebles artesanales, y comenzaba a curiosear por ahí,
abriendo una de las dos puertas que se divisaban en aquel espacio no muy grande, pero
sí lo suficiente para dos personas-. ¿Habías estado en ésta antes? -preguntó de pronto,
asomando su cabeza desde la puerta del baño, con una amplia sonrisa en el rostro.
- Sólo para limpiarla. ¿Te dije que muchos veranos me vine a trabajar aquí? Creo que le
diré a Sandra que le diga a sus padres a ver si me dan trabajo otra vez -Beatriz dijo,
haciendo una mueca de meditación, mientras observaba a través de la ventana aquello que
parecía una verdadera postal viviente.
- ¿Sí? Podrías preguntarle a ver si me dan empleo a mí también. Me encantaría verte todo
el verano en biquini... -Paula dijo sentándose en el alféizar de la ventana, a través
de la cual observaba Beatriz. Se la quedó viendo dulcemente, mientras elevaba su mano y
le acariciaba el cabello suavemente, jugando con las puntitas desordenadas y desiguales
que aún permanecían de su último corte, prácticamente ganado por cansancio de los
ruegos de Sandra.
- Haré el intento, ¿vale? -Beatriz dijo, mientras alzaba una mano atrapando en la suya
la de Paula, que se empeñaba en enredarse en su cabello-. Pero no esperes verme en
biquini ni nada eh, mira que aquí vendríamos a trabajar, no a broncearnos -le dio unas
palmaditas en el hombro, y se alejó del lugar, agarró su mochila, y se dirigió con paso
seguro hacia otra de las puertas, la cual se encontraba junto a la que Paula había
abierto anteriormente.
- Bueno, pero algún tiempito libre tendríamos. ¿Cómo tanto? ¿O acaso los padres de
Sandra son unos explotadores? -Paula inquirió, mientras seguía de cerca a Beatriz por
una especie de pequeño pasillo que cruzaba la mitad de la cabaña, y el cual se iba
oscureciendo más y más, a medida que sus pasos las acercaban hacia su destino.
- Primero espera a ver si nos dan el trabajo, y luego veremos el asunto "biquini",
¿vale? -Beatriz dijo con determinación, mientras giraba el pomo de la puerta,
volteándose hacia Paula, segundo en el que se encontró siendo receptora de un beso que
la tomó completamente por sorpresa.
- Vale -Paula respondió, una vez que se había separado de sus labios, luciendo una
enorme sonrisa de satisfacción en el rostro, mientras observaba pícaramente a Beatriz,
a quien no le quedó más remedio que sonreír junto a ella, mientras cruzaba el umbral de
la habitación, desde la cual también, emanaron todos aquellos aromas naturales, que
parecían estar dando la bienvenida a las recién llegadas-. ¿Aquí vamos a dormir?
-agregó con un sospechoso tono de inocencia en su voz.
- Aquí vas a dormir tú o voy a dormir yo, según quien se quede con esta habitación
-Beatriz respondió, mientras lanzaba el equipaje sobre la cama.
- Yo creo que sería más seguro si dormimos las dos en un mismo lugar, ¿no crees? -Paula
insistió aún con la conversación, mientras comprobaba la comodidad del colchón,
dejándose caer sobre él.
- ¿Más seguro? Este lugar es completamente seguro -Beatriz aseveró, mientras observaba
a Paula quien se estiraba sobre la cama de costado, apoyando la cabeza en la palma de
su mano, y observaba coqueta a la joven de cabello rubio, quien le devolvía la mirada,
parada a unos pocos centímetros.
- Ya, ¿pero si se nos aparece Jason, o uno de esos que andan con ganchos en las manos?
¿No te recuerda esto a esos lugares? -Paula arguyó, produciendo una expresión que
buscaba ser espeluznante, sin conseguirlo del todo.
- Para nada, al menos a mí no me da miedo, si tú le temes a esas cosas, te presto mi
osito de peluche, ¿vale? -Beatriz replicó sonriendo ampliamente, mientras se daba media
vuelta, haciéndose camino afuera.
- Yo prefiero mi osito de peluche humano y de ojitos verdes -Paula dijo, poniéndose de
pie de un salto, para agarrar a Beatriz de la cintura.
Beatriz se sintió dirigida hacia la cama, con los dedos de Paula aferrados firmemente a
su cintura, y antes que pudiese enfocar la mirada, que había estado viajando rápidamente
a través del techo, provocándole un leve, pero molesto mareo, que la obligó a cerrar
los párpados de golpe, sintió el colchón chocar contra su espalda, la cual se mantuvo
rebotando por algunos instantes contra la superficie, hasta permanecer quieta sobre
ella.
Abrió los ojos en el minuto en que sintió los rizos de Paula rozándole el rostro, y se
la encontró a gatas sobre ella, con una pierna a cada lado de su cuerpo, mas sin
tocarle ni un centímetro de piel.
Paula la estaba observando con esa sonrisa encantadora, que bien sabía que poseía,
recorriendo con sus ojos almendrados cada rincón del rostro de Beatriz, y deteniéndose
en sus labios, los cuales percibieron la amenaza de ser invadidos en el minuto en que
los de Paula comenzaron a aproximarse peligrosamente, mientras que Beatriz sentía el
cabello de la chica rozándole las mejillas, y podía ver sus ojos cerrándose
definitivamente.
Beatriz pensó en rodar hacia un costado y cortar el momento, también meditó la
posibilidad de inventar un estornudo y liberarse de aquella inminente escena; mas no
tuvo el tiempo suficiente para decidirse por lo uno o por lo otro. Cerró sus ojos
también, intentando relajarse, de ser parte de aquello, y que Paula la besara
libremente, y por supuesto responder a ese beso, de los cuales aún no acababa por
acostumbrarse, y que siempre, un segundo antes, le provocaban un sutil hundimiento en
su estómago, el cual Beatriz no lograba definir del todo en su naturaleza, mientras le
acompañaba un extraño sentimiento de culpa.
Para ese momento, luego de tan rápidas cavilaciones y manoseos de su mente, aquel beso
ya estaba siendo llevado a cabo, por una dulce Paula, que apenas rozaba sus labios,
abriendo levemente su boca, sin apuros y sin abarcar demasiado, no de inmediato, no en
el instante mismo en que sus bocas se habían encontrado; mas surgiendo, quizá por su
deseo o porque un beso mismo lo amerita así, el impulso de profundizar más y más el
contacto, hasta que su cuerpo mismo se había dejado ya caer sobre el de Beatriz, quien
en el segundo en que sintió el peso de Paula sobre ella, abrió los ojos, y sin siquiera
pensar en lo que hacía, le dio un empujón que la mandó rodando por la superficie de la
cama.
- Lo siento, yo... -Beatriz farfulló incorporándose, mientras se llevaba una mano hacia
la frente, y sentía la mirada de Paula en su rostro, observándola un tanto confusa.
- Está bien, Bea, yo... no quise asustarte, o sea pensé que estábamos bien -dijo, sin
atinar a pararse de una vez de aquella cama o quedarse echada allí.
- No... o sea, sí, estamos bien, es sólo que... -Beatriz se encontró a sí misma
balbuceando como una adolescente, mientras se sentía más y más estúpida, con la mirada
de Paula puesta en su rostro, la cual no ayudaba a menguar su falta desenvoltura al
hablar.
- ¿La embarré? -Paula inquirió afligida-. No estaba buscando nada más, Bea, en serio, o
sea... -pareció contagiada por la falta de fluidez de las palabras de Beatriz-. ¿Por
qué no vamos a dar una vuelta por ahí mejor?, para despejarnos, no sé... -dijo,
intentando acabar de una vez con aquello.
- Sí, eso sería genial -Beatriz dijo agradecida de que Paula no insistiera. Se puso de
pie, dispuesta a dirigirse hacia la puerta. Antes de atravesarla, se volteó hacia Paula,
quien seguía sus pasos desde cerca-. Y no, no la embarraste -le dijo, mientras percibía
la sonrisa de la chica formándose en su rostro.
Muchos pensamientos cruzaron la mente de Beatriz, mientras sus piernas le conducían
fuera de aquella habitación, la cual aún no había sido asignada a ninguna de ellas.
Pensó en qué motivo podría haberla llevado a aceptar el hecho de llegar hasta aquel
lugar con Paula como compañía; ciertamente habían sido los ruegos de Sandra, eso estaba
claro; pero aun sabiendo y conociéndose cómo era, y luego de haberse puesto histérica
por el simple hecho de pensar en pasar dos noches con Paula bajo un mismo techo, ¿cómo
era posible entonces que se encontrase allí con la chica? Y sobre todo, cómo podía ser,
que a los pocos minutos de haber pisado aquel lugar, ya se hubiese comportado como una
estúpida, quien a los ojos de Paula, probablemente, había quedado como una inmadura que
no tenía idea de lo que quería y lo que buscaba; puesto que al haber sido invitada a
aquel sitio, lo mínimo que podría haberle pasado por la mente a Paula, era la
posibilidad de que su relación se hiciese más estrecha, al menos lo suficiente como
para alcanzar la comodidad necesaria al estar con una pareja.
*****
- ¿Para qué demonios se supone que sirve eso? -Paula le sopló al oído, mientras
permanecían paradas frente a uno de los tantos puestos de artesanía, que habían estado
inspeccionando por largo rato ya.
- No tengo idea -Beatriz dijo en voz baja, mientras su mirada se posaba dos puestos más
allá-. Ah, mira, ayúdame a elegir algunas velas para Sandra; ella es fanática de estas
cosas, y luego si no le llevo algo es capaz de hacerme volver a comprárselo -dijo
acercándose al lugar señalado.
- ¿¡Tanto piden por unas simples velas!? -Paula exclamó en voz alta, provocando que la
dueña le diera una mirada de enfado-. Uy, para la otra me pega -Le dijo a Beatriz en el
oído, aprovechando que la mujer estaba ocupada atendiendo a otra persona.
- ¿Cuál te gusta? -Beatriz le interrogó, mientras su mirada recorría el sin número de
velas de todos tamaños, formas, y colores, que se encontraban expuestas frente a sus
ojos, y el olor a incienso, tan conocido y habitual para ella, penetraba por sus fosas
nasales, y las de Paula, quien parecía no decidirse por ninguna.
- ¿Qué te parece esa de allí? Mira, la que tiene forma de dos personas abrazándose; es
bonita -Paula señaló con el dedo hacia una figura de cera de color rojo.
- Sí, está bonita; creo que ésta le gustará -respondió sonriendo-. A ver... y otra más,
mira que si le llevo una sola, es capaz de lanzármela por la cabeza -afirmó, mientras
su mirada volvía a pasear por aquel conjunto de velas.
- Podrían hacer alguna con parejas femeninas, ¿no crees? -Paula apuntó, nuevamente al
oído de Beatriz, quien sonrió asintiendo con la cabeza, mientras pensaba que de haber
sido Sandra la persona a su lado, le hubiese dicho aquello a la señora misma, y con el
tono de voz más alto que pudiesen reproducir sus cuerdas vocales.
- Me voy a llevar ésa, y ésta de aquí -Beatriz le sonrió a la mujer, quien estiró el
brazo apoderándose de ambas velas, la segunda con forma de pirámide, para luego
meterlas dentro de una bolsa, y extendérselas a Beatriz, quien en seguida le pasó el
dinero-. Gracias.
- Mira, veamos en ese puesto de ahí -Paula dijo, mientras observaba una pila de gorros
y sombreros de todas clases y colores.
- Creo que éste se te vería bonito, a ver... -Beatriz se hizo con uno de color azul, y
se lo encasquetó a Paula, cuyos rizos quedaron aplastados entre su cabeza y el gorro-.
¿Qué te parece? -dijo, mientras recibía un espejo que le era extendido por el dueño de
los sombreros, y lo sostuvo delante del rostro de Paula, quien se dedicó a observar su
propio reflejo.
- Mm... espero que no repitas este acto en el otro sentido de la palabra, eh -Paula
dijo, haciendo una mueca. Beatriz sonrió en respuesta-. Lo compro. Pero voy a elegir
otro para ti también.
- Vale -Beatriz aceptó sonriendo, mientras observaba a Paula buscando el que fuese de
su agrado, o que a simple vista pensara que a Beatriz pudiese sentarle bien.
- Éste -Paula dijo elevando la mano con uno de color verde, similar al que para ella
misma había escogido Beatriz. Extendió los brazos y lo ajustó a la cabeza de la joven
de cabellos rubios, quien se dejó hacer, para luego repetir la acción de Paula de
observar su propio reflejo.
- ¿Cómo se me ve? -inquirió mientras posaba para Paula, quien le observaba sonriente, y
claramente aprobando el accesorio.
- Tan lindo, que te daría un besito ahora mismo y aquí -afirmó, manteniéndose cerca y
frente a Beatriz, mientras le miraba coqueta, tomándola de las manos, y ésta última
temía que en realidad Paula se dejara llevar y lo hiciera; después de todo estaban
lejos, y en un lugar donde nadie las conocía.
- Nos están viendo -Beatriz advirtió entre dientes, mientras veía de reojo al dueño de
los sombreros mirarlas con interés.
- Aquí tiene -Paula dijo extendiéndole el dinero al hombre, no sin antes girar los ojos,
con un claro gesto de fastidio en el rostro.
- Espera un segundo -Beatriz dijo mientras sus ojos se dirigían hacia su bolsillo, de
donde extrajo su celular-. ¡Hola! -saludó alegremente, con el teléfono pegado a la oreja,
luego de haber leído el nombre de la persona que llamaba.
- ¡¡Beíta!! ¿Cómo está mi niña más bonita del mundo? -la voz chillona de Sandra, con
una forma de hablar empalagósamente dulce, llegó hasta los oídos de Beatriz-. ¿No estoy
interrumpiendo nada, verdad?
- Bien, muy bien, estamos en una feria artesanal. ¿Y tú cómo estás? -Beatriz preguntó,
mientras observaba para todos lados, como temiendo estarle estorbando el paso a alguna
persona.
- ¿¡Me compraste algo!? -Sandra interrogó, como una criatura a sus padres.
- Sí, te compré algo -Beatriz respondió girando los ojos, para luego dirigir su mirada
hacia Paula, quien se encontraba enfrente, observando sonriente a Beatriz, y
probablemente oyendo también la conversación, la cual la voz aguda de Sandra no ayudaba
a mantener en privado.
- ¿¿Qué es?? -Sandra inquirió entusiasmada, mientras que Beatriz se la imaginaba
aplaudiendo, y con una gran sonrisa adornándole el rostro.
- No te lo voy a decir, es sorpresa; no te esperes nada del otro mundo tampoco, eh
-Beatriz advirtió, mientras sacudía la cabeza de un lado al otro, y veía a Paula atenta
a cada una de sus expresiones, las cuales parecía imitar, sin que Beatriz decidiera si
era a propósito o sin querer.
- ¡¡Dímelo!! -Sandra chilló estruendosamente, provocando con ello que Beatriz alejara
rápidamente el teléfono de su oído, haciendo una mueca de molestia-. ¿Qué puede ser? Si
lo adivino ¿me dices?
- Vale.
- Mmm a ver... a verrrr... ¿En las ferias artesanales venden consoladores? -preguntó
como quien hace un comentario sobre la guía de tv-. ¡¡Paula!!, ¿¿me oyes??, ¿¿en las
ferias artesanales venden consoladores?? -Chilló al otro lado de la línea, provocando
que las personas que pasaban por el lado de Beatriz y Paula, se giraran a observar a la
primera aún con el celular en el oído, y con expresión de resignación en el rostro,
mientras cerraba los párpados como si esperara que le llegase un golpe-. Dame con la
Pauli -Sandra pidió riendo feliz de la vida.
- Quiere hablar contigo -le dijo extendiéndole el teléfono a Paula, quien sonreía
divertida, a diferencia de Beatriz que movía la cabeza de un lado al otro.
- ¿Sandra?, ¿cómo estás?, habla Paula -dijo al teléfono, mientras observaba a una
cabreada Beatriz, quien se encontraba con los brazos cruzados, y expresión de enfado.
- ¡Pauli!, ¿cómo lo han pasado? -Sandra la saludó hablando a mil por hora, mientras su
voz era oída por cada una de las personas que elegían ese momento para pasar junto a
las jóvenes.
- Lo hemos pasado genial. Oye Sandra, gracias otra vez, te pasaste.
- Nada que ver, Pauli, no hay nada que agradecer, ya te lo dije. Y, ¿qué van a hacer
esta noche?, hay un pub por ahí cerca, ¿sabías? Deberían ir; seguro que la Bea no te lo
dirá, pero te lo recomiendo -Sandra dijo bajando la voz, mientras le daba un mordisco a
una zanahoria.
- ¿Sí?, ahí voy a ver, gracias por el dato -Paula dijo, mientras observaba fugazmente a
Beatriz, quien intentaba oír lo que ambas chicas estaban hablando.
- Cuídame a mi niña, ¿oíste? Y ¡usen protección! -Chilló con toda la intención de que
Beatriz oyera-. ¡Bahh! Perdón, de veras que no tienen que preocuparse por embarazos-.
Ya, chao Pauli, pásame a la Bea.
Paula le extendió el teléfono a Beatriz, la cual se encontraba con las mejillas
claramente sonrojadas, mientras evitaba mirar a Paula a la cara, y se preocupaba
solamente de hacerse con el aparato. Paula sonrió, mientras observaba la reacción de
Beatriz.
- ¿Cómo va todo por allá?, ¿lista para esta noche? -Beatriz inquirió, intentando pasar
por alto los comentarios de su deslenguada amiga.
- ¡Estoy con los nervios de punta!, pero estoy feliz; Diego me llamó tempranito hoy,
¡ayyy mi niño...!, tengo todo listo para esta noche, ¡ayyyyy! -exclamó, provocando que
una vez más, Beatriz alejara rápidamente el celular de su oreja-. Y tú pórtate mal,
mira que ya va siendo hora que te eches un...
- No lo digas, por favor no lo digas -Beatriz le interrumpió, pensando que sería
incapaz de mirar a Paula a los ojos por todo el resto del día, si es que oía a Sandra
terminando aquella frase que tanto parecía gustarle.
- Ya, bueno ya, por hoy me callo, nada más porque estoy preocupada de lo mío -Sandra
dijo con entusiasmo, mientras se oían claramente sus palmas golpeando.
- Oye, suerte; te voy a estar lanzando buenas vibras esta noche, ¿sí?
- ¡Ayyy, y luego parecerá que hacemos un trío! -Sandra exclamó riendo.
- Eres imposible...
- Ya mi niña preciosa, hermosa, bella; la llamo mañana, ¿sí? Besitos, muac muac, te
quiero mucho mucho mucho -Sandra dijo dulcemente-. Y cuidadito con usar nuestra cabaña
eh, ésa es sólo de las dos.
- Sí, ya sé -Beatriz asintió sonriendo-. Yo también te quiero, besos -Se despidió, para
luego hacer ademán de cortar la comunicación-. ¡Sandra! -exclamó, regresando el celular
a su oído en un rápido movimiento-, no olvides cerrar bien la puerta, y apagar bien la
cocina y las luces.
- Bueno madre, nos vemos, y no olvides mi regalito -agregó con voz cantarina.
Beatriz regresó el teléfono a su bolsillo, mientras meneaba la cabeza de un lado al otro,
dirigiendo la mirada hacia Paula, quien había estado siguiendo cada uno de sus
movimientos al hablar con Sandra.
- ¿Vamos? -preguntó ésta, mientras su cabello brillaba, ya no bajo la luz del día; sino
que bajo la iluminación que poseía cada uno de los puestos artesanales, ya recorridos
todos, como para que fuese tiempo de largarse de una vez de allí.
- Vamos -Beatriz respondió, mientras ambas buscaban la salida, cargadas de las pequeñas
bolsas con sus recientes adquisiciones.
*****
- ¿Estás aburrida? -Paula preguntó, acercándose al oído de Beatriz, la cual se
encontraba sentada frente a ella, en una de las tantas mesas de aquel pub, al cual,
luego de infinitas súplicas y ruegos, Paula había logrado llevarla.
Beatriz hizo un gesto, sin estar segura de que el hecho de contestar que en realidad lo
estaba, iba a ser positivo para su relación con Paula. Por otro lado, no se trataba de
que los pubs y las discoteques la aburrieran, sino que sencillamente se le hacían
insoportables. La música alta, el humo impregnándose en su ropa, su olfato y su visión,
y el tumulto de personas alrededor, apesar de que aquella noche no estaba
caracterizándose por haber atraído a mucha gente; era más de lo que podía soportar.
Recordó las horas previas, las conversaciones mantenidas con Paula, las miradas que sus
ojos cruzaban, y la forma en que se sentía con ella. ¿La forma en la cual se sentía con
ella? ¿Cómo se sentía en realidad? Cómoda, entretenida, a gusto; podía nombrar cientos
de adjetivos que calificarían la manera en la cual se encontraba estando a su lado. Mas,
todas terminaban siendo palabras sueltas, palabras que definían diferentes emociones
causadas en su ánimo en ciertos instantes, a veces más fugaces de lo que en realidad
hubiese deseado; pero a la hora de juntar todo aquello, ¿qué quedaba?, ¿qué pasaba en
su interior? ¿Era feliz?, ¿era plena? Difícilmente lo era, y difícilmente conseguiría
serlo, si hasta aquel día, Paula aún no lograba hacer que su corazón se desbordara en
palpitaciones, y si hasta aquella hora, Paula había sido incapaz de hacer que su
estómago pareciera cobrar vida propia, en el minuto en que su rostro aparecía ante su
visión. Y finalmente, y entonces, ¿por qué estaba allí con ella?
Beatriz dirigió su mirada hacia Paula, quien le estaba observando atentamente, con una
media sonrisa, mientras acariaba su mano, gesto que sólo llegó a advertir al momento de
clavar sus ojos en él, y darse cuenta de que una parte de sus cuerpos estaba en contacto.
- Vamos...
Beatriz se vio arrastrada a través de toda aquella gente; aquellos que parecían poseídos
por la música, aquellos que parecían poseídos por las personas enfrente de sí, y
aquellos que parecían poseídos por sí mismos. Se abrieron paso, por un instante
formando parte de aquella masa de gente y de sus actitudes, de las cuales se alejaban
abismalmente. No por sus movimientos, por la forma de hablar, o por el modo en que
Paula estaba aferrándose a su mano, como si el hecho de soltarla, llevase consigo que
el lazo que tenían, se rompiese también; tampoco por la manera en que la música hacía
efecto en sus cuerpos, y la forma en que sus pies daban los pasos. Sino que ellas eran
distintas; Beatriz se sentía diferente, aun vistiendo ropa similar a los demás, aun
teniendo tal vez pensamientos parecidos cruzando su cabeza, y aun sabiendo que al día
siguiente le costaría abrir los ojos, al igual que a todos ellos, si se mantenía
despierta hasta tarde. Mas, apesar de todo aquello, Beatriz se sentía diferente, y se
sentía distinta Paula, y al ir aproximándose hacia la salida, pasando a llevar hombros
ajenos, y tropezando de vez en cuando con alguno que otro pie, se imaginaba a sí misma
observada desde arriba; y qué bien se sentía ir en contra de la corriente, y qué
maravilloso se sentía el hacer lo que el corazón decía, lo que el corazón le decía...
¿lo que su corazón decía...?
Algunos minutos más tarde, sus pies estaban hundiéndose en la arena, y sus zapatos
colgaban de una de sus manos, mientras que la otra aún se mantenía entre la de Paula,
quien tan sólo había tenido la paciencia suficiente como para esperar a que Beatriz se
quitara su calzado e imitar aquella acción ella misma, sólo para volver a apoderarse de
esa mano, que ya no tenía tan sólo su calor, ni su propio sudor, sino que compartía el
que de los poros de Beatriz emanaba.
- ¿En qué piensas? -Paula inquirió mientras alejaba su mirada del oleaje, para clavarla
en el perfil de Beatriz, cuyos ojos estaban completamente sumidos en una realidad
lejana a la que podía percibirse visualmente; allá, más distante de lo su mirada
parecía alcanzar.
- Nada en especial -respondió inventando una sonrisa, mientras parecía volver a
observar en lontananza, aquellas rocas minúsculas a aquella distancia, y las olas
golpeando contra ellas, con un sonido que hasta allí no lograba oírse. Y bien sabía que
una vez más sus pensamientos volaban hacia su amiga, y todo lo que podría estarle
ocurriendo.
- ¿Lo has pasado bien hoy? -Paula intentó indagar por segunda vez, con aquellas
preguntas que parecían importarle mucho más de lo que a Beatriz el hecho de contestarlas-.
Sentémonos un rato -propuso, esperando a que Beatriz se mostrase de acuerdo, para
dejarse caer en la arena.
- Sí, muy bien, ¿y tú? -Beatriz preguntó sonriendo, mientras hacía ademán de sentarse
en aquel punto, cerca del lugar en donde las olas llegaban, mas no lo suficientemente
cerca como para que sus pies hicieran contacto con la arena húmeda, que se divisaba a
algunos centímetros de allí.
- Genial, aunque contigo lo paso bien en cualquier parte -Paula afirmó, mientras se
adelantaba al movimiento de Beatriz, y dejaba caer en la arena su propia chaqueta, con
intenciones de que Beatriz tuviese algo en qué sentarse.
- No es necesario -dijo ésta, intentando devolverle la prenda a Paula-. Me gusta en la
arenita -se dejó caer al fin, mientras sacudía sus manos, deshaciéndose de aquellos
granos de arena adheridos a sus palmas-. Ah... y yo también lo paso muy bien contigo.
- Bueno, pero mañana cuando veas tus pantalones, desearás haberte sentado sobre mi
chaqueta -Paula aseguró en tono de advertencia.
- Tu chaqueta también se puede ensuciar -Beatriz dijo sonriendo, mientras le daba un
pequeño empujón a Paula con su hombro.
- Mi chaqueta es negra, tus pantalones son blancos; hay una gran diferencia -Paula
defendió su postura, devolviéndole aquella pequeña agresión.
- Pero, ya me senté de todas formas. Mañana me podrás decir 'te lo dije'.
Beatriz giró su cabeza en dirección a una sonriente Paula, quien en el minuto mismo en
que vio los ojos verdes de la persona a su lado, haciendo contacto con los suyos, hizo
desvanecer la sonrisa de sus labios, recurriendo a la mirada más seductora y dulce a la
vez, que fue capaz de exigirle a sus ojos y facciones que lograsen emitir.
Beatriz no intentó escapar; ni su mente, ni su deseo, ni siquiera su cuello, tan
efectivo en la tarea de girarse en momentos que su dueña consideraba preciso. No quiso,
esta vez, atrapar el mar bajo sus ojos, ni negarle o complicarle el trabajo a Paula, o
el deseo, o el impulso, o el simple cariño, que su beso intentaba obsequiarle.
Los besos de Paula eran suaves y dulces, no iban demasiado lejos, pero tampoco se
quedaban demasiado cerca; mas, sabían atraer la pasión en los momentos precisos en que
ésta era requerida. No sólo buscaban entregar, también esperaban recibir, y aveces con
paciencia; no por el hecho de que Beatriz no supiese cómo besar, ni tampoco porque no
se encontrasen sus bocas en momentos de total y completa conexión, complicidad,
coordinación, o como fuese que quisieran llamarle; sino que habían veces que le fallaba
a Beatriz esa mechita que era encendida por el corazón, solamente por el corazón.
*****
Mucho tiempo pasó, mucho tiempo, y el suficiente como para agotar conversaciones, y besos,
y caricias, y palabras de afecto. Muchos minutos, que probablemente se habían convertido
en horas; horas en las cuales infinitas veces las olas habían explotado, a veces más
cerca, a veces más lejos de la orilla. Ya demasiadas veces los pies de Beatriz habían
jugado, formando figuras en la arena, hasta que aquella más oscura, aparecía bajo la
cual estaban sentadas; y ya su cuerpo había sufrido repentinos temblores, mucho más de
un par de veces, tal vez producidos por una reacción corporal, quizá simplemente por la
brisa fría que comenzaba ya a calarle hasta sus huesos.
Beatriz observó a Paula estirada en la arena, apoyando la cabeza en su regazo, mientras
que sus rizos parecían estar amortiguando un posible dolor o molestia, que sus propios
huesos podrían estar causándole a la joven.
La miró y la miró, y quiso verla, y deseó conocerla, y aprenderse aquellos rasgos de
memoria. Habían tantas cosas en ella que no conocía, que no sabía, que ni siquiera
sospechaba. Habían tantos tonos en su voz que aparecían de vez en cuando, tantas
palabras y expresiones que ella utilizaba, y que sólo hasta aquel día recién había
logrado entender que existían en ella. Y habían tantas y tan diferentes formas en que
sus ojos se abrían, expandiéndose, cada vez que algo parecía sorprenderla o fascinarla.
Muchas, muchas cosas; demasiadas para conocer en tan poco tiempo; mas, ahora con las
horas suficientes como para intentar indagar en ella, lo importante, lo que no lo era
tanto, lo esencial, y hasta lo que pudiese llegar a ser grotesco; deseó saberlo todo.
Beatriz la observaba allí en sus brazos, y sonrió. Y quiso quererla, y quiso desear
tocarla, y quiso poder darle su amor, poder compartir con ella todas esas cosas que
bien sabía que mantenía herméticamente guardadas dentro de su cabeza y de su corazón. Y
que en aquellos momentos en que Paula había intentado, e intentase ser partícipe de
ellas, y en los que Beatriz comenzaba a escapar de la posibilidad de que fuesen
descubiertas, pudiese quedarse, y pudiese necesitar decírselas, compartirlas, hacerla
parte de ello y de su vida.
- ¿Qué me miras? -Paula alzó su voz por sobre los pensamientos de Beatriz, provocando
que ésta diera un respingo-. ¿Y eso? ¿Te me espantas? -sonrió, mientras giraba
levemente su cabeza, intentando lograr un mejor ángulo de su rostro desde aquella
perspectiva.
- Eh... no -Beatriz respondió, mientras meneaba la cabeza casi imperceptiblemente.
- A mí me parece que te pillé pensando en algo que no me quieres decir -Paula aseveró,
aún sonriendo, mientras percibía a Beatriz sonrojándose, más por deducción de las veces
en las cuales había visto su expresión al hacerlo, que por la visibilidad que tenía de
su rostro en ese momento.
Beatriz sólo sonrió, mientras rehuía a la mirada de Paula, quien parecía no tener
intenciones de quitarla ni ahora, ni pronto de la suya. Sintió sus manos atrapadas una
vez más, mientras rápidamente la calidez de las de Paula le era traspasada, superando
aquella frialdad que parecía haberse apoderado de las suyas. Y antes de que pudiese
parpadear una vez más, se encontró de pie, impulsada por los brazos de Paula, de quien
apenas pudo percibir el abandono de su cabeza rizada de su regazo, más por la sensación
de frío que llegó hasta sus piernas, que a causa del sutil movimiento que la joven había
realizado.
La abrazaba, sentía cómo se aferraba a su cuerpo, y la forma en que buscaba
transmitirle a través de sus brazos ceñidos alrededor suyo, el cariño que le tenía, y
lo bien que se sentía con ella, y lo feliz que se encontraba luego de todas aquellas
horas juntas, muchas más de las que habían compartido en uno de los tantos días, en los
cuales habían estado juntas en un mismo lugar.
De pronto, Paula se separó. Le observó por algunos segundos, recorriendo cada parte de
su rostro, tras los cuales, simplemente, comenzó a caminar, sin apresurar el paso, como
si tan sólo continuaran caminando por aquella playa, que luego de algunos minutos
comenzaba ya a parecer más lejana, mucho más distante aun cuando sus pasos les habían
dirigido hasta el lugar en dónde comenzaban a divisarse todo aquel conjunto de maderas,
que formaban aquellas cabañas, y entre todas ellas aquella que les pertenecía.
Beatriz observó a Paula caminando a su lado, sin que una sonrisa adornara sus labios, o
que alguna expresión se marcara en su rostro, y pudiese entonces indicarle qué emoción
embargaba su ser, o qué pensamientos cruzaban su cabeza, o por lo menos si es que tenía
alguno siquiera. La miró junto a ella, y vio sus pasos seguros, sus ojos atentos al
frente, de los cuales lo único que logró percibir desde aquella perspectiva, de la cual
tan sólo podía mirar su perfil, era que no parecían estar observando nada en particular;
que sus ojos marrones no chocaban contra algo, sino que pasaban más allá, tal como los
suyos habían traspasado antes, todos aquellos roqueríos.
Entonces lo supo; estuvo segura de que Paula estaba pensando en algo, y que a aquel algo
le estaba dedicando esos pasos, y aquella cabeza y espalda erguidas, y esa forma en que
su mano parecía lentamente ir apretándose más y más a la suya, hasta que ya no logró
decidir si es que llegaba a doler o si simplemente le hacía sentir que en aquel minuto
le pertenecía a ella; que aquello era lo que Paula quería.
Beatriz se encontró cruzando el umbral, minuto en el cual su corazón pareció estrujarse
en su pecho, como si se encogiera, como si se hiciera chiquito, como si quisiera
desaparecer en su interior u ocultarse tras una arteria. Se vio a sí misma siguiendo los
pasos de Paula, quien completamente dueña de la situación, no tuvo intenciones de
elevar su mano para encender la luz, tampoco abrió su boca para emitir palabra alguna,
ni sus zapatos buscaron sacudir el polvo adquirido en aquel trayecto desde la playa
hasta allí.
Entonces, Beatriz la observó. Intentó mirar y percibir su rostro, trató de buscar en él
lo que fuese que estuviese expresando en aquella penumbra. Y antes de que algún otro
pensamiento cruzara su cabeza, y antes de que algún otro temor fuera urdido dentro de
su mente, sintió la mano de Paula, una vez más, llevándosela consigo, arrastrándola
lentamente, sin obligarla, sin presionar demasiado, sin provocar que su brazo se
extendiese más allá de lo que sus músculos pudiesen dilatarse sin su propio
consentimiento.
La alejó de la puerta, impulsándola a caminar junto a ella, bajando aquellos escalones,
y alcanzando el pasillo, ensombrecido aun más por la falta de rayos solares. Entonces,
mientras el estómago de Beatriz se hundía, pareciendo querer unirse con su espalda, se
vio cruzando la puerta de la habitación; la misma en la cual habían estado en los
primeros minutos, luego de haber llenado aquel lugar con sus presencias, en la misma en
donde Paula le había besado, para luego haber terminado abandonando casi aterrada
aquella cama, que se divisaba en medio; en la misma hacia la cual había permitido ser
dirigida, en la cual ahora mismo se encontraba de pie, con Paula observándola de frente,
con Paula recorriendo sus facciones, que apenas se distinguían bajo los rayos de luna
que ingresaban a través de la ventana, con Paula acariciando ahora su mejilla, su
cabello y sus labios.
- ¿Tendré suerte hoy...? -la suave voz de Paula se elevó en un susurro, interrumpiendo
aquel silencio perpetuo de la habitación.
Beatriz observó sus ojos oscurecidos por la falta de luz; mas, su forma permanecía clara
en sus retinas, forma que se vio absolutamente deformada en el minuto en que los
párpados de Paula decidieron cerrarse, no aguardando ya por su respuesta, o tal vez
esperando encontrarla en el cuerpo mismo de Beatriz, o en la manera en que éste
reaccionaría bajo sus caricias.
Entonces cerró los ojos, los cerró fuertemente, y apretó sus mandíbulas con la misma
intensidad, sólo por un momento, sólo por unos segundos, hasta decidir el deshacerse de
todo. Quiso borrar, lanzar lejos, dejar caer cualquier cosa que viniese a enturbiar el
momento, o que pudiese filtrarse en su cabeza, haciendo crecer pensamientos en su
interior. Deseó ser libre, y buscar, hasta encontrar su amor escondido dentro de sí, y
entregárselo a ella, obsequiárselo a Paula, vivirlo a través de ella.
Continuará...