Beatriz observó por enésima vez sus manos. Sus dedos entrelazados parecían desear
mantenerla unida a sí misma, o tal vez, inventar a otra persona dentro de sí, que la
estuviese sosteniendo de aquella forma. Su lengua viajó a lo largo de sus labios,
humedeciéndolos, e inspiró hondamente, mientras le rogaba a aquel aire colándose por
sus fosas nasales, que tuviera el cuidado de no manifestar sonidos que se dispararan
alrededor, alcanzando oídos ajenos a los suyos.
- ¿En qué piensas? -Paula inquirió a medio metro de distancia, mientras observaba a
aquella joven sentada en un peldaño de la escalera, rehuir a su mirada; quizá por no
desear verle la cara, tal vez por encontrarse ensimismada en algún pensamiento, o por
el simple hecho de no querer regalarle el brillo de sus ojos uniéndose a los suyos.
- En nada... -Beatriz respondió, sin siquiera estar segura de haber pronunciado en
realidad aquellas dos palabras, o si simplemente había sido la exhalación de un suspiro,
que parecía haber emitido sonidos similares a aquel conjunto de sílabas.
- Si no quieres decirme qué pasa por tu cabeza, está bien; pero no me digas que no
estás pensando nada -Paula se puso en cuclillas delante de Beatriz, inclinando la
cabeza en un intento de que ésta quedase en perfecta armonía con la dirección que la
joven de cabellos rubios le estaba dando a su rostro.
- No estoy pensando nada; en serio... -insistió, esmerándose porque esta vez el tono de
su voz fuera lo suficientemente convincente a oídos de Paula, como para engañar a la
visión que probablemente ella estaba obteniendo de su semblante, de su falta de
movimientos, y de su cabeza, literalmente colgando sin fuerzas, como queriendo cercenar
su cuello y caer al fin de él.
- ¿Qué pasa? -los dedos de Paula se posaron suavemente sobre su mejilla, cuya dueña
apretó las mandíbulas, provocando que los huesos se marcaran a través de su piel.
- Nada, no pasa nada -dijo elevando su mirada hacia el rostro de Paula. Se le quedó
observando por un instante. Ven aquí -le ordenó elevando sus brazos, sin los ánimos
suficientes como para que aquella tarea fuese lograda por sus miembros; mas, llegando a
su destino prácticamente exhaustos, cayendo sobre los hombros de la chica-. Abrázame.
Demasiado tarde salió aquella palabra de su boca, porque en el momento en que la última
letra había sido pronunciada, Paula se encontraba ya aferrada a su cuerpo, abrazándola
tan fuerte que un quejido escapó de su boca, como un reflejo de sus costillas, las
cuales se vieron por un par de segundos lo suficientemente apretujadas como para
hundirse más allá de lo que sus límites pedían a gritos ser respetados.
- Qué rica eres... me encanta abrazarte así... -Paula dijo cerca de su oído entre
sonrisas y susurros, mientras que el calor de su cuerpo, de su ropa, o de algo más, le
transmitían calidez, o al menos algo parecido a ello.
Beatriz sonrió levemente, mientras se dejaba a sí misma entre los brazos de Paula, sin
poner demasiado esfuerzo de su parte, sin retribuir a aquel abrazo que Paula le brindaba
tan honestamente; tanto, como aquel día en que le había confesado que le quería. No
quiso cuestionarse si aquello la hacía feliz, no llegó hasta el punto en que aquella
pregunta se formase en su cabeza, por temor a verse en la obligación de responderla, o
porque las palabras fluirían por sí solas una a una, creando esa oración, esa frase,
esa temida contestación.
Paula se separó finalmente de su cuerpo, luego de algunos minutos en los cuales había
estado sintiendo su respiración chocar contra su cuello. Sus marrones ojos almendrados
le miraron de cerca. Beatriz observó aquellas pestañas enmarcándolos, haciéndolos
parecer aun más hermosos. Le gustaba cómo era, le gustaban sus abrazos, la forma en que
le sostenía la mano, y su sonrisa, cómo olvidar su sonrisa que le era obsequiada tan
continuamente, y que elevaba su rostro y sus facciones, provocando que sus mejillas se
redondeasen más aun.
- ¿Qué me miras? -Paula le inquirió sonriendo dulcemente, mientras su mirada se dirigía
hacia sus labios y se posaba ahí, como si estuvieran expectantes los suyos porque los
de Beatriz se aproximaran hacia ellos. Sus dedos atraparon los suyos, entrelazando los
de cada una de sus manos con los de las de Beatriz.
- Tu cara -Beatriz respondió, mientras una casi imperceptible sonrisa luchaba por
dibujarse en sus labios, como un reflejo de la que permanecía intacta en los de Paula.
- ¿Y qué te parece? -Paula levantó sus manos llevándose consigo las de Beatriz,
provocando que aquel conjunto de nudillos y falanges levantaran el mentón de la joven
rubia, cuyo rostro había inclinado levemente, intentando escapar de la mirada de Paula,
de la cual aún no terminaba por acostumbrarse el tenerla tan cerca-. ¿Eh?
- Eres muy bonita... -confesó, mientras le daba una fugaz mirada a la joven de cabello
rizado, y luego hacía ademán de morderse el labio inferior, no lo suficientemente rápido
como para adelantarse al rápido movimiento de Paula inclinándose hacia ella, hasta
atrapar sus labios en los suyos, en un beso, por decir lo menos, agradable. Este mismo
estuvo resistiéndose a morir, hasta que Beatriz misma se comenzó a alejar poco a poco-.
¿Es ésta tu forma de decirme gracias por el cumplido?
- Algo así -Paula dijo girando los ojos al cielo-. ¿Quieres que te de mis "muchas
gracias"? -clavó sus ojos en los de Beatriz, mostrando sus dientes en una sonrisa aun
más amplia que las anteriores, y con un aire de flirteo, que si aquello hubiese tenido
aroma esa era la hora en que aquellas escaleras se hubieran inundado de sus olores.
- ¿No eran esas tus "muchas gracias"? -Beatriz preguntó, intentando producir un tono de
sorpresa en su voz, que no resulto necesariamente convincente, pero que fue lo
suficientemente alentador para Paula como para seguir con aquel juego.
- ¿En realidad esperas que mis "muchas gracias" sean tan simples?, pues no -se puso de
pie, llevándose consigo a Beatriz, la cual se encontró frente a Paula, tan cerca su
rostro del suyo, que tan sólo bastaba que avanzara unos cuantos milímetros para que sus
narices se tocaran. Paula ladeó su rostro, mientras que sus ojos se posaban nuevamente
en la boca de Beatriz-. ¿Quieres que te muestre?
- No se...
- Te lo muestro si quieres, aunque luego querré mostrarte mis "muchísimas gracias", y
creo que éste no es lugar para algo así.
Paula comenzó a subir escalones lentamente, hasta que los brazos de ambas se estiraron
lo suficiente, como para obligar a que Beatriz siguiera sus pasos. Pronto se
encontraron en el pasillo, en el fondo del cual se divisaba la puerta del departamento
de Beatriz.
Paula caminó paso a paso, sin apuros, mientras no soltaba la mano de Beatriz y una
sutil sonrisa invadía su rostro, mientras su espalda erguida le hacía parecer más alta
de lo que en realidad era.
Beatriz observó hacia atrás girando su cuello, en el momento en que el temor de que
alguno de sus vecinos asomara la cabeza en ese instante y la viera a ella y su... bueno,
lo que fuese que Paula era, caminando de la mano.
Los días habían pasado uno a uno; lentos. No habían sido muchos, no los suficientes al
menos, como para completar la semana, si es que ellos eran contados objetivamente, tal
como correspondía. Pero el alma de Beatriz no podía; para ella aquellos días habían sido
tan insufribles, y tan interminables, que sin duda hubiese tenido que dejarse caer en
sus rodillas, y agradecerle a todo pulmón a Paula por habérselos hecho abismalmente más
pasables que en sus minutos de soledad, y aquellas horas nocturnas en las cuales se
había mantenido en vigilia, ya no esperando por nada más que su propio y vacío sueño,
como los que antes solía tener.
Gema ya no existía más en su vida, o en lo que fuese que había habitado; la había
expulsado, o más bien ella misma había decidido poner un pie fuera de aquel lugar en
donde ambas se encontraban. Y por qué demonios se iba a negar a sí misma, que habían
momentos en los cuales deseaba de una forma desgarradora gritar por su nombre, llamar
su presencia, correr, correr hasta encontrarla, donde fuera que ella estuviese, hasta
hallarla. Que su cerebro la inventara, que su mente la recrease una vez más, que sus
ojos volviesen a mirarla, y sentir sus manos cayendo nuevamente sobre su piel.
Habían pasado días, sin duda, y noches; aquellas noches interminables en las cuales se
había descubierto a sí misma dando vueltas sin cesar por su habitación, con el cuerpo
temblando de frío, y las plantas de sus pies chocando una y otra vez contra la alfombra,
hasta que su organismo pedía a gritos un respiro, un descanso, algo de paz. Y era allí
cuando su cuerpo se desplomaba finalmente, aveces en el lugar mismo en donde había
frenado su andar, otras sobre la cama, y otras cuantas en la sala misma; lugar del cual
terminaba siendo sacada por su hermano, el cual al llegar en la madrugada de sus salidas
nocturnas, se la encontraba allí ocupando su sofá, y la volvía a llevar hasta su cama,
con Beatriz absolutamente enajenada de la realidad y de los sueños.
Sus pasos se detuvieron, y Beatriz se encontró observando su propia puerta. Buscó entre
sus bolsillos por la llave, hasta dar con ella luego de algunos segundos y finalmente
abrir.
- Sólo estoy bromeando, Bea... -Paula le sopló en el oído, sin que llegase a comprender
a lo que se refería.
- ¿Qué? -la observó con extrañeza, mientras empujaba suavemente la puerta, y la
oscuridad daba contra su rostro.
- Es que te me pones nerviosa. No me gustaría que pensaras que en realidad pretendo
darte mis "muchísimas gracias" -Paula la observó seriamente por algunos segundos, hasta
que una sonrisa que parecía estar aferrándose a los músculos de su cara para no
expandirse, quedó en descubierto-. Aunque eso no quiere decir que no existan, así que
si quieres...
- A-a -Beatriz sonrió divertida; le caía bien Paula, era un hecho, y más aun, se sentía
cómoda con ella, al menos hasta que la chica comenzaba con sus muy sutiles
insinuaciones.
- ¿No tengo tanta suerte verdad? -Paula se encogió de hombros, mientras esta vez, era
ella quien seguía a Beatriz, y se hacía con su mano una vez más, oprimiéndola por un
instante fuertemente entre la suya, y provocando con esto, que la joven de ojos verdes
se volteara hacia ella, y que quizá con suerte le diera alguna sopresa.
- No, no la tienes -Beatriz dijo lacónicamente, echando por los suelos sus esperanzas.
- Nada se pierde con intentar...
Beatriz meneó la cabeza de un lado al otro, mientras el sonido del televisor y sus
característicos destellos, alcanzaban sus ojos y oídos. Observó hacia la sala, una vez
que ella estuvo libre de paredes interponiéndose ante sus ojos, y allí se encontraban
Sandra y Diego, absolutamente absortos en un ritual de besuqueos, que ni siquiera habían
reparado en el sonido de la puerta al abrirse, ni los pasos de ambas jóvenes ingresando
hasta el lugar.
- Buenas noches -Beatriz dijo, dudando si quedarse allí o volver a los peldaños de la
escalera, mientras percibía la sonrisa formándose en el rostro de Paula instalada a su
lado, observando la misma escena.
Diego dio un salto de dos metros, y al segundo estaba instalado al otro costado del
sofá, control en mano, y con un repentino ataque de concentración en la pantalla del
televisor.
- ¡¡Hola chicas!! -saludó Sandra con toda naturalidad del mundo, mientras se ponía de
pie de un brinco, y se aproximaba hacia ambas jóvenes, las cuales permanecían de pie
observándola; divertida una y confundida la otra.
- Hola Sandra, ¿cómo estás? -Paula respondió, mientras recibía un sonoro beso en la
mejilla, y sonreía divertida viendo la cara de felicidad de la trigueña.
- ¿Cómo está mi niña? -Sandra preguntó observando a Beatriz con los ojos perdidos entre
sus entrecerrados párpados, debido a la amplia sonrisa que mantenía en su rostro-. Nos
pillaron haciendo cositas... -dijo en forma picaresca, mientras giraba los ojos y se
encogía de hombros levemente.
- Hola, ¿cómo están? -Diego dijo casi sin frenar delante de las tres jóvenes que se
hallaban de pie entre la sala y el umbral-. Voy al baño.
- ¡Ayy mírenlo!, qué lindo mi Dieguito, miren ese potito... -Sandra levantó las manos,
fingiendo agarrar las nalgas del joven en el aire, mientras éste llegaba ya a la puerta
del baño.
Paula y Beatriz intercambiaron miradas, mientras la primera alzaba las cejas con un
claro gesto de estar ordenando a su risa permanecer en silencio, y la segunda haciendo
una mueca de desagrado mientras elevaba su labio superior.
- Qué horror... -Beatriz dijo entre dientes.
- Bueno, creo que me voy yendo -Paula anunció, mientras giraba su rostro hacia Beatriz,
tal vez esperando a que ella le pidiese que se quedara.
- ¡No!, es muy temprano todavía -la aguda voz de Sandra les avisó el haber abandonado
su atención en el joven-. Quédate otro ratito, Pauli; podríamos ver una peli o
conversar los cuatro, no sé -dirigió su mirada hacia las manos tomadas de Beatriz y
Paula, y lanzó un suspiro exageradísimo-. ¡Que se ven lindas tomaditas de la mano!
Beatriz se sonrojó, deseando que Paula saliera de una vez por todas del departamento, y
no arriesgarse a que Sandra le saliera con algo que la avergonzara realmente. Observó a
la chica sonriéndole, y sintió su dedo pulgar acariciando suavemente la palma de su
mano.
- Sí, creo que ya es hora de dormir, mañana toca levantarse temprano -Beatriz dijo,
manteniendo la mirada de Paula, que al segundo, pareció dejar escapar un leve aire de
desilución.
Beatriz esperó a que Sandra continuase viendo televisión, o que por lo menos caminara
algunos pasos más allá; pero aquello no sucedió. Le echó una mirada intentando pasarle
el mensaje, el cual fue completamente ignorado, o tal vez no comprendido por su mejor
amiga, quien permaneció junto a ambas, tan sonriente como hace minutos, mientras
paseaba su mirada entre las jóvenes.
- Bueno, entonces nos vemos mañana, ¿sí? -Paula dijo.
- ¡Ay!, qué bruta soy, yo aquí parada tocando el violín. ¡Nada que ver! -las agarró a
cada una de un brazo, mientras las aproximaba la una a la otra-. Hagan sus cositas
tranquilas, que yo me voy de aquí -les plantó un beso en cada mejilla y se apartó del
lugar graciosamente.
- Es insorportable... -Beatriz dijo, pronunciando marcadamente cada sílaba, mientras
caminaba ya hacia la puerta, y Paula reía siguiendo sus pasos.
- No sé si sea tan insoportable... -Paula apoyó su cabeza en la superficie de la puerta,
mientras la alzaba clavando su mirada en el techo- nos acaba de autorizar para que
hagamos "cositas" -miró hacia el rostro de Beatriz, quien esta vez sonreía, mientras
sus dedos se deslizaban dentro de los bolsillos traseros de sus jeans, y se ocupaba en
observar sus zapatos.
- Es capaz de autorizarme a que me tire del décimo piso, con eso te digo todo.
- ¿Por qué la comparación? ¿Crees que el hacer "cositas" conmigo, se asemeja a la
sensación de flotar o algo así? -Paula dijo sensualmente, mientras se dedicaba a pasear
su mirada a lo largo del cuerpo de Beatriz, para encontrarse finalmente con su mirada,
al llegar hasta su rostro. Sonrió al sentirse descubierta.
- O a la de hacerse puré en el piso -replicó Beatriz, como si estuviese diciendo algo
serio.
Paula se llevó una mano al pecho como ofendida, mientras abría la boca sin emitir sonido
alguno. Beatriz rió divertida ante el gesto, mientras bajaba la mirada momentáneamente,
y antes de volverla a alzar se halló entre los brazos de Paula, de quien sin ver su
rostro podía sentir la forma en la cual había dejado de sonreír, y sus facciones
permanecían serias.
La joven hundió su cara en el hombro de Beatriz, mientras la tomaba por la cintura, y
mantenía esa postura por varios segundos. Beatriz levantó sus brazos titubeante, como
si no estuviese segura de estar haciendo lo correcto, o de lo que Paula esperaba de
ella. Acarició su cabello suavemente, enredando sus dedos en los rizos de la joven;
eran suaves, y parecían escapárseles como jugando con ellos. Entonces, sintió a Paula
relajándose, ya no aferrándose tan fuertemente a su cuerpo; como si al momento en que
Beatriz había aceptado su abrazo, ya no sintiese la necesidad de poner en esfuerzo la
parte que a la joven de cabellos rubios le tocaba para que el abrazo fuese completo,
para que se lograra entre dos personas.
- Te quiero -le susurró en el oído suavemente, y permaneció unos cuantos segundos en esa
posición; le dio una dulce mirada mientras acariciaba su mejilla sonriéndole casi
imperceptiblemente con los ojos brillantes-. Nos vemos mañana.
Paula se separó finalmente de Beatriz y abrió la puerta, mientras que ahora, lo único
que la joven de ojos verdes podía divisar de su cuerpo era su espalda. Permaneció unos
instantes allí de pie, como decidiendo si poner un pie afuera o mantenerse dentro. Por
fin volteó su rostro, mientras apoyaba su cabeza en una mano, la cual permanecía sobre
la superficie del marco de la puerta, y se dedicó a observar por un largo rato a
Beatriz, hasta que esta última pronunció sus palabras.
- Cuídate, nos vemos -dijo, sintiéndose un tanto incómoda-. Chao -agregó, al ver que
Paula aún permanecía sin hacer ademán de marcharse.
Paula suspiró hondamente, le lanzó un pequeño beso, estiró su mano como si tuviera la
intención de acariciarla una última vez; mas, arrepintiéndose en el último segundo,
antes de hacer contacto con su cuerpo o rostro o manos, tal vez, y se dispuso a salir
finalmente, cerrando la puerta tras de sí.
Beatriz se quedó observando aquella superficie segundos antes abierta, mientras
comenzaba a sentir una extraña sensación en su interior; no supo ponerle nombre, no fue
capaz de reconocer lo que fuese que aquello era, o si tan sólo era algo bueno o malo, o
ninguna de las dos. Se mordió el labio inferior, se rascó la cabeza, y se dispuso a
alejarse de aquel lugar.
- ¡Insensible! -la voz de Sandra le hizo dar un salto por la sorpresa.
- ¿¿Perdón??
- Insensible, mala persona -la trigueña increpó, mientras un ceño fruncido luchaba por
aparecer en su entrecejo, sin que el límite que la piel de Sandra imponía, le diese
autorización para hacerlo-. Te dijo que te quería. ¿Por qué no le respondiste nada?
- ¿Qué querías que le respondiera? -Beatriz inquirió, sintiéndose más incómoda que
antes, y entendiendo el por qué de aquellas extrañas sensaciones.
- Yo también... obvio -Sandra dijo abriendo los ojos, gesto que le dio un aire de locura
a su rostro.
- No puedo decirle algo que no siento, Sandra -Beatriz tragó saliva, mientras se hacía
camino hasta su habitación, sintiendo un incipiente decaimiento que se le acentuaba en
el pecho-. Y...
- Ya sé, ya sé; fin de la discusión, ¿verdad? -Sandra giró los ojos mientras se cruzaba
de brazos, y meneaba la cabeza de un lado al otro bruscamente.
- Verdad -Beatriz respondió, mientras observaba a su amiga con esa mueca de exasperación,
que si la hubiese visto desde fuera, probablemente se la prohibiría a su rostro en
aquel mismo instante-. Una pregunta... -Beatriz dijo unos pocos segundos después,
mientras entornaba los ojos observando el rostro de su amiga-. No, nada...
- Nada que ver, Bea; odio cuando me dejan a medias -pataleó en el suelo, para luego
pararse manos en cintura, observando severamente a Beatriz-. Pregunta.
- Bueno, pero no me lo vayas a tomar a mal, ¿vale? -Beatriz torció la boca, buscando
las palabras correctas para preguntarle a Sandra; finalmente largó la pregunta de una
vez-. Me dices que Diego y tú no andan muy bien, pero no noto la distancia que me dices
que tienen, y... no estoy dudando de lo que tú me dices sentir ni nada eh... -dijo,
intentando dejar aquello lo más claro posible, mientras Sandra asentía, provocando que
sus cabellos castaños se movieran a cada movimiento de su cabeza-. ¿En qué momento
precisamente te comienzas a sentir incómoda cuando estás con Diego? -Beatriz terminó de
decir, mientras su voz bajaba más y más a medida que las palabras iban saliendo de su
boca.
- No es incomodidad, Bea; es... -Sandra pareció buscar una palabra que no terminó por
encontrar en su cerebro-. Es... una mezcla de temor, no... quizá esa no sea la palabra.
¡Ay, no sé, Bea! -chilló, frustrada-. Si estoy con él en la sala, tengo claro que no
vamos a pasar de unos besos o caricias, ¿entiendes?, porque tú o Ricardo pueden llegar
en cualquier momento, por eso estoy tranquila aquí; es cuando me lo propongo, no sé...
me pongo histérica, como si estuviera haciendo algo incorrecto, como si estuviera mal.
¡No sé! Me altero, y reacciono mal simplemente. ¡No me hagas pensar en esto, Beatriz!
Sandra se puso rígida, mientras sus globos oculares se movían en todas direcciones, y
sus ojos se volvían brillantes, con lágrimas amenzando por salir en cualquier momento.
Sorbió su nariz con fuerza mientras bajaba la mirada, y se concentraba en el suelo con
una actitud tan infinitamente distante a la que frecuentemente tenía, que Beatriz temió
por su estado, como cada vez que reaccionaba de aquella manera.
- Lo siento cariño... no debí preguntar tonterías; perdona -Beatriz estrechó a su mejor
amiga fuertemente, mientras que ésta se dejaba hacer sin poner resistencias,
aferrándose a su cuerpo como una niña pequeña buscando refugio en los brazos de su
madre.
*****
Beatriz observó a la persona que caminaba a su lado. Su cabello oscuro hacía contraste
con su rostro pálido, elevándose a ratos cuando una brisa chocaba contra él.
Diego tenía ese modo de caminar que se alejaba completamente del común del resto de la
mayoría de los hombres; aun en su forma hablar o en sus movimientos no existían
brusquedades, tampoco se podía percibir que algún aire de superioridad acompañase sus
gestos. Parecía deslizarse por las calles buscando la manera de pasar lo más
desapercibido posible, como ocupando el espacio justo y necesario para que sus zapatos
se posaran en el piso, y lo abandonasen tan rápido como le era posible, y así otras
personas pudiesen tener la libertad de pararse allí también.
Le sonrió a Beatriz honestamente, dirigiéndole sus ojos verdes, cuyas tonalidades más
claras que las suyas, a ratos parecían convertirse en azules, para luego continuar
concentrado en la acera, con las manos embutidas en sus bolsillos, y la espalda un poco
encorvada, reduciendo su estatura, que de seguro superaba el metro ochenta por varios
centímetros. Beatriz recordó las veces en que Sandra le había comentado lo mucho que
detestaba esa "maña" de agacharse de esa manera, teniendo una altura tan envidiable para
cualquier otro hombre que se cruzara en su camino.
- ¿En realidad no tenías que hacer nada importante, Bea?, no me gustaría estarte
quitando tiempo... -Diego inquirió con su voz grave; mas, de aquella forma suave que
tenía al hablar.
- No te preocupes; además era algo importante, ¿no? -Beatriz dijo, mientras sonreía al
ver la aflicción reflejada en el rostro del joven, quien arrugaba su frente cada vez
que algo le incomodaba más de la cuenta.
- ¿Crees que a Sandrita le vaya a gustar?
- Claro que sí, de eso no te quepa la menor duda -Beatriz apartó la mirada del camino,
y se concentró por un momento en la vitrina de una tienda, en la cual resplandecía
majestuoso un saxofón, el cual de inmediato le trajo a la memoria aquello o más bien
"aquella persona" en la cual no deseaba, o más bien no podía permitirse el llegar a
darse el lujo de pensar, ni tan sólo para formar su nombre en su cabeza.
- ¿Pasa algo? -Diego preguntó frenando su marcha, al ver que Beatriz dejaba de caminar
al mismo ritmo de hace segundos atrás-. ¿Quieres ver algún instrumento? No tenía idea
de que te gustara la música-. -agregó, mientras dirigía su mirada hacia donde momentos
antes, Beatriz había posado la suya.
Beatriz lo miró tristemente, mientras sacudía su cabeza y apretaba los dientes,
apresurando sus piernas una vez más, e intentando con todas sus fuerzas sonreír. Y por
dios que le costaba un mundo hacerlo. No se trataba simplemente de que sus labios se
dilataran y formaran la sonrisa; sino que en primer lugar debía intentar ignorar el nudo
en su garganta, que instantáneamente se formaba sin piedad, y frenar las lágrimas que
asomaban en sus ojos irremediablemente.
- No es nada; es que me agoté un poco -mintió mientras parpadeaba repetidamente,
tragando a mil por hora, mientras inclinaba la cabeza haciendo esfuerzos por cubrir su
rostro con sus manos, fingiendo que se rascaba la frente. Sonrió en la medida que le
fue posible, y hasta las sienes le dolieron a causa de aquel falso gesto, producido por
una emoción inexistente en su interior.
- Si quieres nos sentamos un rato. ¿Quieres tomarte algo? -Diego propuso, mientras
estiraba el cuello observando en todas direcciones, buscando algún lugar dónde beber
algo.
- No, no es necesario, yo... o sea, sigamos no más -Beatriz farfulló, agradeciendo
interiormente que el joven de cabello oscuro finalmente alejara su mirada de ella.
- Bueno, dejé por allá mi auto.
Diego se hizo camino entre la gente, quien avanzaba una tras otra sin parar. Beatriz lo
seguía de cerca, sintiéndose repentinamente mareada entre toda esa multitud pululando
alrededor. Atravesaron la calle, y al segundo se encontraron en el interior del
vehículo, en el cual Beatriz se dejó caer inspirando hondamente, mientras apoyaba su
cabeza en el respaldo del lugar que oficialmente le pertenecía a Sandra.
La noche anterior, luego de que Paula se había marchado, y Sandra había terminado casi
llorando en sus brazos, Diego se le había acercado disimuladamente, o al menos él pensó
que lo hacía; ya que la joven trigueña se había percatado por completo de todo lo que
le había dicho a Beatriz, medio entre dientes y susurrando. El joven le había pedido,
con ese tono de absoluto respeto que parecía emitir para dirigirse a cualquier persona,
y aquel aire de timidez que lo envolvía cuando debía pedir un favor, que le acompañase
a comprarle un obsequio a Sandra por el aniversario de dos años de pololeo que estaban
próximos a cumplir.
Finalmente, allí se hallaban ambos; una exhausta luego de recorrer un sin fin de
joyerías, y el otro entusiasmado, observando la joya que yacía dentro de su cajita,
posada en la palma de su mano, y bajo el reflejo de sus ojos verdes que la miraban con
una mezcla de admiración, alegría y torpeza.
- Le va a gustar, ¿verdad? -preguntó dubitativamente, mientras cerraba la tapa, y
guardaba cuidadosamente aquella cajita que contenía aquel regalo para su Sandra.
- Sí, le va a encantar, ya vas a ver -Beatriz sonrió, mientras bajaba algunos
centímetros la ventanilla del vehículo, y esperaba a que Diego lo pusiera en marcha de
una vez por todas.
- ¿Bea? -Diego pronunció su nombre, dirigiendo su atención hacia ella. Parecía titubear
en qué decir a continuación, y en sus movimientos, que repentinamente comenzaron a
darle un aire de nerviosismo tan claro, como la congoja que había inundado el corazón
de Beatriz al pasar por aquella tienda, minutos antes-. Quería comentarte algo; es
decir... no tengo con quién hablar... -se mordió el labio inferior, mientras apoyaba
una mano en el volante, y dejaba su mentón descansar sobre el brazo, frotándolo en él
como si se estuviese rascando.
- Dime -Beatriz lo animó, mientras observaba aquellas reacciones del chico, y éste
comenzaba a pegarle su propio nerviosismo, con semejante preámbulo que le estaba dando
a lo que fuese que iba a decirle. Dirigió su mirada hacia los dedos de él,
tamborileaban sobre el volante, y siguió la trayectoria de estos, que llegaron hasta su
nuca, perdiéndose entre aquellos cabellos negros, donde terminaron rascando
vigorosamente aquel lugar.
- Sandra y yo no estamos bien, ¿sabes? O sea... no sé; estoy confundido -dejó de hablar
por algunos segundos, buscando en su mente la idea de lo que fuese que intentaba decir,
y que parecía escaparse por su cerebro y esconderse en lugares a donde le costaba
trabajo llegar, tomarla y expresarla finalmente-. La mayoría del tiempo que compartimos
juntos es perfecto, igual como los primeros días; y ahí siento que estamos bien, que
nuestra relación no puede ser mejor de lo que ya es -sonrió, como evocando recuerdos de
Sandra en su cabeza-. Pero entonces, sucede algo, cualquier cosa, generalmente son
tonterías, y comenzamos a discutir. Yo lo evito por todos los medios, pero Sandra no.
Es como si de algo pequeño intentara hacer algo enorme -su garganta se contrajo
notoriamente.
- Tranquilo -Beatriz elevó una mano y la posó sobre el hombro de Diego, sintiendo su
frustración, y lo mal que todo aquello que le estaba intentando expresar le hacía
sentir-. ¿Han hablado claramente sobre esto? ¿Le has preguntado el por qué?
- No sé, Bea; yo... yo intento darle gusto en todo, de hacerla feliz en la medida que
me es posible; nunca le he mentido en nada, nunca la he dañado, al menos no que yo me
haya dado cuenta; pero siento que de a poco la voy perdiendo, y que no puedo evitar
eso, no puedo... -dirigió su mirada hacia el exterior del vehículo, concentrándose en
la gente que pasaba, sin verlos en realidad; seguramente buscando algún punto fuera de
aquel lugar, tal vez simplemente escapándose de la mirada de Beatriz, o queriendo
engañar a sus emociones, que por más que él quisiera evitarlas a toda costa, se
esmeraban por emerger de su interior-. ¿Tienes idea de lo que siento ahora? Estoy
comprándole un obsequio para nuestro aniversario, y nisiquiera tengo la seguridad de
que se lo pueda llegar a entregar; con ese temor vivo todo el tiempo.
Dejó de hablar definitivamente al quebrarse su voz, mientras su manzana subía y bajaba
a mil por hora en su cuello, y sus ojos se humedecían; mas, porfiaban en no dejar a
aquellas lágrimas que se empeñaban por brotar correr libres por sus mejillas.
- No pueden seguir así, tienen que sentarse y hablar las cosas claramente -Beatriz dijo,
mientras le daba énfasis a sus palabras moviendo las manos en el aire; pero cuidando a
la vez el tono de su voz, para que éste no resultase demasiado golpeado, ni tampoco muy
dulce, por temor de que el joven le dieran autorización a sus lagrimales de verter todo
aquel líquido venido directamente de sus emociones-. Cuando yo los veo juntos no
percibo todo esto que me cuentas; veo una pareja feliz, siento que tú equilibras a
Sandra. Ella es una persona tan llena de energía, que necesita a alguien como tú para
canalizar todo eso. No caigas en temores, Diego, ella te quiere mucho, sé que está
enamorada de ti. -dijo, mientras observaba al joven quien miraba através de la
ventanilla, como si meditase algo.
- Todo lo contrario, Bea; es ella la que me da su energía a mí, y siento que yo no le
entrego nada valioso. Que yo le sea fiel, que no le mienta y la trate bien, no es nada
especial. Y aparte de eso ¿qué le doy yo? ¡Nada! Porque nisiquiera le doy la seguridad
que ella necesita. Soy un pobre imbécil que es incapaz de ayudarle a superar ese temor
que ella tiene desde ese maldito día -Diego frenó un momento, mientras apretaba sus
puños, y bajaba la mirada como si se sintiera impotente ante aquel recuerdo, aunque
ni siquiera había estado en la vida de Sandra aún cuando todo aquello había ocurrido.
- No digas eso, Diego. ¿Tienes idea de las veces que he visto llorar a Sandra, porque
se culpa de no poder superar todo eso? Ella jamás me ha dicho que no se siente segura
contigo, ni que tú seas incapaz de ayudarle a superar su problema; todo lo contrario,
ella se culpa a sí misma. Si supieras cuántas veces ha estado llorando por horas
enteras, para luego llamarse a sí misma traumada. ¿Tienes alguna idea? -Beatriz lo
observó un tanto indignada, y con un poco de lástima a la vez.
- ¿Ella se culpa? Pero... no, ella no debe... ¡No es su culpa! -Diego exclamó, dándole
un golpe con el puño al volante.
- Pero, sí lo hace -Beatriz dijo meneando la cabeza, mientras suspiraba recordando las
muchas oportunidades en las cuales Sandra le había expresado lo que sentía; su
frustración, su dolor, y la responsabilidad que se adjudicaba de todo aquello, aunque
eso no pudiera estar más lejos de la verdad-. Por eso, Diego; no sientas lástima por ti
mismo, porque piensas que no eres capaz de entregarle algo valioso a Sandra; lo único
que debería preocuparte es amarla, darle tu amor simplemente; es lo que finalmente hará
que juntos superen ese problema.
- Yo no... -pareció confundido y desorientado por un momento-. Yo la amo, Bea; no tienes
idea la forma en que amo a esa mujer -dijo honestamente; sin tonos que se alzaran más
de la cuenta, perjudicando aquella frase de exageraciones; sin sonidos más bajos, que
la hicieran parecer como si no tuviese la suficiente fuerza venida de su interior; y
sin emitir alguna letra fuera de tiempo, haciendo pensar a Beatriz que algo falso había
en todo aquello.
- Y eso es simplemente lo que debes seguir haciendo.
Diego sonrió levemente y con aire de melancolía, mientras observaba a Beatriz.
- No es tan sencillo -dijo, mientras alzaba la mirada, buscando respuestas en el techo
del auto, o tal vez con suerte el desparpajo que tenía Sandra al hablar, hasta que se
rindió al fin, y clavó sus ojos en el volante aun más frustrado que antes. Sonrisas,
momentos alegres y tristes, invadieron su pensamiento por aquel lapso de tiempo, y
parecieron evaporarse todos al final, en el momento en el cual nuevamente comenzó a
hablar-. No cuando Sandra siente que hay personas mucho mejores que yo, mucho más
perfectas, y que le han entregado mucho más.
- Todos admiramos a muchas personas, eso no quiere decir que no te quiera, Diego; creo
que te estás concentrando en cosas que no deberías.
- ¿Tienes idea de las veces en que Sandra me ha comparado contigo? No quiero que esto
te suene mal, ni a reproche, ¿sí? -Diego dijo mientras miraba fugazmente el rostro de
Beatriz, quien lo observaba atentamente, oyendo sus temores y frustraciones, que en su
vida imaginó que él tendría tan arraigados en su corazón-. Pero deberías oír la forma
en que me habla de ti... Yo sé que se conocen de toda la vida, que eres una persona
importantísima para ella, mucho más que sus padres, y que has estado a su lado en los
momentos más difíciles de su vida, y te lo agradezco; pero, ¿cómo podría yo competir
con eso?, es imposible; sobre todo porque hay momentos en que me parece que ella
quisiera que yo fuese más como tú.
Beatriz entreabió los labios levemente, mientras intentaba ordenar las frases dichas
por el joven. Dirigió su mirada hacia adelante, y vio a un sin fin de personas cruzando
la calle; niños agarrados de la mano de su madre, las cuales daban un paso por tres de
los pequeñitos, quienes intentaban alcanzar inútilmente la velocidad de sus
progenitoras.
- Creo que la has malinterpretado. Sé que para Sandra soy importante, tanto como ella
lo es para mí; pero eso no quiere decir que ella quiera que seas como yo, o sea...
-Beatriz explicó sintiéndose repentinamente triste, como si su amistad estuviera
perjudicando a Sandra, como si le estuviese haciendo daño con ella.
- Quizás -Diego asintió-. Pero, de todas formas creo que jamás me sentiré a su altura,
ni a la de las de las personas que la rodean -observó a Beatriz como si quisiera
descubrir en ella lo que a él le faltaba-. Tal vez sea inseguro o un imbécil que se
pasa rollos, no sé; lo único que sé es que ella es mi vida, y que nunca seré capaz de
demostrarle todo lo que siento por ella, de entregarle todo lo que quisiera darle, ni
todo lo que ella necesita.
- No le hagas eso, Diego, ella confía en ti, y tú te estás rindiendo; ella no se lo
merece -Beatriz replicó severamente.
Diego la observó por algunos segundos, pensando quién sabe qué cosa, tal vez rindiéndose
finalmente, tal vez no; sólo él sabía aquello, y solamente él tenía conocimiento de lo
que su interior le estaba diciendo, y de todo lo que en él pasaba. Llevó su mano hasta
su rostro, y se frotó con ella la frente, como si de aquella manera sus pensamientos
pudiesen aclararse y aflorar en oraciones claras y precisas.
- Tienes razón, Bea; lo único que debo hacer es entregarle mi amor, es lo único que
puedo y debo hacer -dijo luego de aquellos segundos desprovistos de conversaciones, que
expresaran sus más profundos temores-. Y eso voy a hacer -sonrió tímidamente, mientras
bajaba la mirada, como si acabase de caer en la cuenta de que había estado hablándole
sobre sí mismo a la persona a su lado.
- Eso es -Beatriz dijo animándolo, mientras sonreía satisfecha, y fugazmente evocaba la
imagen de su mejor amiga, pensando que apesar de todo, Diego sí era la persona más
indicada para ella.
Veinte minutos más tarde, la joven se disponía a poner un pie en la acera, y hacerse
camino hasta su hogar.
- Gracias por todo, Bea -Diego dijo sonriendo, mientras inclinaba la cabeza, buscando
hacer contacto con el rostro de Beatriz, la cual ya había abandonado el automóvil, y se
encontraba de pie y lista para cerrar la puerta.
- De nada. Y le va a encantar el regalo -sonrió, cerró la puerta, y se dirigió hasta el
umbral del edificio.
Mientras caminaba por el pasillo divisando ya el número de su departamento, meditó una
vez más todas aquellas cosas que atormentaban a Diego, y que quisiera o no, la
involucraban a ella. ¿Qué se suponía que Sandra le podría haber dicho al chico, para
que éste se sintiera tan disminuido ante su pareja, y ante la presencia de otras
personas en la vida de la trigueña? Sandra no tenía filtro al hablar, y a veces decía
cosas que en realidad no sentía, y a que a oídos de las personas podían sonar realmente
mal, si no se tomaban de una forma más liviana, y si peor aun, las terminaran incluyendo
en sus meditaciones nocturnas, y en aquellos pensamientos que se reiteran una y otra vez
en la cabeza, agrandándose y distorsionándose, hasta convertirse en un verdadero
martirio.
Ellos tenían un problema, y era algo real, no imaginario; lo que le había sucedido a
Sandra era grave, y había estado teniendo repercusiones a lo largo de toda su vida, y
más aun en el aspecto personal y sexual de su relación, como Beatriz había comprobado
por boca de su amiga, y recientemente del novio de ésta. Pero, de allí a mezclar todas
aquellas cosas, y agrandar aun más el problema, ya fuese porque Sandra verdaderamente
le hiciera sentir al joven que no era lo suficientemente bueno para ella, o que
sencillamente él se lo hubiera imaginado, como una simple paranoia o inseguridad de
enamorado, era algo que no tendría otro fin que perjudicarles todavía más, junto
aquellos asuntos que habían estado confabulándose para separarlos cada día más.
Finalmente, se detuvo en el recuerdo de aquella conversación que había mantenido con
Sandra días atrás; en la cual su amiga había usado palabras similares a los argumentos
a los que Diego apelaba ahora para "reclamarle" -aunque él hubiese querido hacerlo de
la forma más sutil posible- que Sandra la tuviese a ella como una especie de ejemplo
con que comparaba a todos, aun a su propia pareja. Aunque Sandra se lo había expresado
en un tono completamente diferente al del joven; como si estuviese conforme con todo
ello, como si fuese algo completamente asumido en su vida.
Se sintió confusa, y los pensamientos se revolvieron dentro de su cabeza. ¿Sería
posible acaso, que sin querer ella estuviese cumpliendo una especie de rol que los
estuviese separando al uno del otro? Era cierto que la relación de Sandra y suya era
tan cercana, tanto o más aun, que si fuesen hermanas, y que en la trigueña la palabra
de Beatriz, aunque a veces en un primer momento pareciera absolutamente rechazada y
ridiculizada, tenía influencias tan fuertes en su vida, que llegaba a ser llevada a
cabo al pie de la letra por la joven, y tomada como un referente en sus decisiones,
actos y metas.
Pero así como Diego le había dicho la forma en que Sandra hablaba de su persona, cuando
no estaba ella presente, también la trigueña se refería a su novio de aquella manera
cuando él no lo estaba. Beatriz sonrió, mientras reanudaba su marcha.
Luego de haber abierto la puerta, y que sus pasos la llevaran al interior del
departamento, sintió voces femeninas venir desde la sala. A los pocos segundos, Sandra
y Paula aparecían ante su mirada, sentadas en el sofá, mientras se concentraban en algo
que a Beatriz la hizo sonreír ampliamente; observó a su mejor amiga hacer exageradas
muecas con su rostro, mientras sostenía un cigarrillo en su mano derecha, y
entrecerraba los párpados como si le estuviesen molestando los rayos del sol dando
sobre ellos.
Paula, por su parte, le daba una serie de indicaciones, mientras se llevaba otro
cigarrillo a la boca, y hacía ademanes con sus manos, los cuales Sandra intentaba
imitar, haciendo el doble del esfuerzo que la joven de cabello rizado, cada vez que
elevaba una mano, o golpeaba con su dedo la superficie del objeto que permanecía entre
el índice y medio.
- ¿Qué se supone que están haciendo? -Beatriz preguntó de repente, provocando que ambos
rostros se alzaran directamente hacia el suyo.
- ¡Beíta! -Sandra dio un salto, y salió corriendo en dirección de su amiga, mientras se
olvidaba completamente del cigarrillo, y lo dejaba caer en el sofá, provocando el
sobresalto de Beatriz, quien abrió enormes los ojos al ver semejante barbaridad.
- ¡El cigarro! -exclamó, mientras sus brazos se elevaban por reflejo. Sandra no le
prestó ni la más mínima atención, porque al terminar Beatriz de advertir se encontraba
besuqueándola sonoramente, mientras sonreía feliz de la vida.
- Está apagado, inepta -le sopló en un oído, para después dejar escapar unas chillonas
risitas burlescas, y soltarla al fin, apartándose, para luego ir en búsqueda del objeto
olvidado-. ¿Dónde estará mi Dieguito que no me viene a ver, señor...? ¿Me andará
comprando algún regalito? -se puso a cantar, mientras recibía la mirada risueña de
Beatriz, quien meneaba la cabeza.
- Hola -el sonido de la voz de Paula se hizo presente en el lugar, tan infinitamente
más suave y pausado que el saludo de Sandra, que Beatriz no pudo más que dirigir su
mirada hasta la joven y sonreír, mientras que ésta permanecía a corta distancia suya,
sonriéndole de vuelta.
- ¿Estás hace mucho? -Beatriz inquirió, sin saber qué más decir, mientras recibía un
suave beso por parte de Paula. Observó alrededor, como buscando algo, alguna evidencia
que la culpara de algo que no tenía idea qué podía ser, o tal vez sencillamente
asegurándose que todo estuviese en orden, y que Paula no se hubiese encontrado con
alguna cosa que no debería haber visto. Sacudió la cabeza sintiéndose estúpida.
- No, no mucho, acabo de llegar, y...
- Me está enseñando a fumar, ¿qué te parece, Bea? -la voz aguda de Sandra las
interrumpió, mientras que la chica llegaba ya al lado de ambas, y mostraba feliz un
cigarrillo.
- Pésimo -respondió observando severamente a Paula-. Dame acá -le arrebató el cigarro a
Sandra, quien intentó tomarlo de vuelta-. Esto pone amarillos los dientes, ¿no
sabías? -increpó a su amiga.
- Nada que ver, Bea, ¿crees que soy tan tonta como para no saber eso?, no voy a
encenderlo, detesto el olor a humo -Sandra dijo haciendo una exagerada mueca de
repugnancia-. Quiero que la Pauli me enseñe esa mirada que hacen los que fuman, ¿cierto?
-dijo sonriente, mientras volvía a entornar los ojos, y posaba el cigarrillo entre sus
labios.
- ¿De qué está hablando? -Beatriz preguntó entre dientes.
- No tengo idea; pero insiste en que le enseñe una mirada que según ella hacemos los
fumadores -Paula respondió, mientras se ponía un mechón de rizos detrás de su oreja.
- Según yo, no; todos los que fuman la hacen; es como de concentración, así... -Sandra
replicó mientras hacía una mueca, y fingía estar echando humo por la boca.
- Y tú le das alas para que siga, ¿verdad? -Beatriz dijo, mientras suspiraba moviendo
la cabeza de un lado al otro-. Cuando a esta persona se le mete algo en la cabeza, no
hay poder humano que se lo saque; no tienes que pescarla. Vamos a dar una vuelta mejor,
¿sí? -propuso, mientras le hacía un gesto con la cabeza a Paula, y ésta no se hacía de
rogar.
- ¡Nada que ver! ¿¡Me dejan aquí solita!? ¡Malas personas! -Sandra chilló, mientras se
cruzaba de brazos y estiraba el labio inferior-. No les deseo mal, pero ojalá que les
salgan hartos callos de tanto caminar. Y que la calentura las pille por ahí, y las
cachen en pleno. Y mañana salgan en la portada de "La Cuarta", y tenga un titular que
diga: "Pilladas chanchito haciendo tortillas en water público".
*****
Beatriz intentaba desenrollar el cordón del teléfono, mientras el auricular de éste
descansaba entre su hombro y oreja, y la voz del otro lado de la línea la mantenía
atenta a las palabras que llegaban hasta sus oídos, haciéndola sonreír a ratos. Su
espalda apoyada en el sofá, y sus piernas extendidas a lo largo de la alfrombra,
terminaban en sus pies descalzos, los cuales quedaban cubiertos por la pequeña mesita
que permanecía en medio de la sala, más como un simple ornamento, que como algo que en
realidad fuese de utilidad.
- Sí, estoy sola; mi hermano salió, para variar, y Sandra no tengo idea a dónde fue.
- ¿Y no te gustaría que te fuera a hacer compañía? No sé... podríamos ver unas películas,
picar alguna cosita, etcétera... -la voz de Paula sonaba melosa, y con intentos tan
claros de querer convencerla, que Beatriz casi veía su cabeza inclinada hacia un lado,
y su sonrisa coqueta intentando persuadirla con sus gestos y palabras.
- ¿Por qué ese "etcétera" me suena como si fuera más importante que todas las anteriores?
-Beatriz dijo sonriendo, mientras se miraba la punta de los dedos, y los movía
intentando separarlos los unos de los otros, provocando que se marcaran claramente,
estampándose contra sus calcetines azulados.
- Tal vez, porque es más importante que todas las anteriores -respondió la chica,
lanzando una leve risita-. ¿Qué estabas haciendo antes que te llamara?
- Viendo tele, y comiéndome un flan de chocolate -Beatriz dijo, recordando aquel
delicioso postre que había abandonado luego de contestar el teléfono, para luego
hacerse con el potecito y engullirse una cucharada completa.
- Parece que está rico. ¿Me das?
- Lo siento, ya me comí lo último que quedaba -mintió.
- Apretada... Pero, no importa, porque aquí en mi cajón tengo guardadita una barra
enoooorme de chocolate, y me la voy a comer yo solita.
- Como diría Sandra: eso fue un golpe bajo, bajísimo bajísimo -Beatriz rió, mientras
pasaba los dedos a través de su cabello.
- Te lo puedo llevar ahora si quieres, no me cuesta nada.
- Mejor mañana, ¿sí? Me voy a dormir pronto hoy; además tú también tienes que levantarte
temprano, ¿se te olvidó? -Beatriz advirtió, mientras un bostezo se escapaba de su boca.
- M... estás bostezando; creo que te estoy aburriendo, ¿o eres una maleducada?
- Soy una maleducada -Beatriz rió contagiando a Paula, quien al otro lado de la línea
se hallaba usando todas sus cartas para que Beatriz accediera a invitarla.
- No tienes intenciones en dejarme ir a verte, ¿cierto? Ni por todas las cosas que te
pueda decir -Paula dijo con un tono de seguridad, que Beatriz prefirió no intentar
persuadirla de aquella idea; ya que si debía ser honesta, la realidad era que no tenía
deseos más que de irse a dormir de una buena vez.
- ¿No está tu papá en casa? -Beatriz preguntó, mientras comenzaba a zapear canales,
buscando algo que fuese de su agrado, mientras que en la pantalla se leía la palabra
'mute' en letras verdes.
- Sí, si está; pero eso no tiene nada que ver; él tiene su libertad y yo la mía de
hacer lo que se nos pegue la regalada gana, ya sabes.
Paula vivía con su padre, prácticamente toda su vida había sido igual; ya que a sus
cortos siete años, su madre había muerto, dejándolos a ella y su marido solos. Paula
adoraba tanto a su padre, que muchas veces al oírla hablándole de él o mencionándolo en
alguna conversación, inconscientemente le había traído recuerdos de Carolina. Ambas con
relaciones cercanas con sus respectivos progenitores, les tenían puestos en un pedestal;
de donde, ni el más malintencionado chisme, o por el contrario, la prueba constante e
innegable, de que ellos habían hecho algo que a vista de cualquiera fuese lo más bajo
del mundo, podría cambiar la visión que cada una de ellas tenía por sus viejos, como
Sandra diría.
Pero, qué diferentes habían sido sus reacciones al saber que en el corazón y mente de
sus hijas no había germinado la semillita heterosexual, que ellos, seguramente, habían
intentado implantar, como cada padre en sus hijos. Probablemente, ambos habían
reaccionado de una manera similar; confundidos, desilucionados, desesperados, tal vez.
Mas, el primero, con una voluntad absoluta, quizá por ver feliz a Paula, tal vez porque
finalmente había logrado comprender la normalidad en todo aquello, o por el simple
hecho de respetar su ser individual, pensante y con sentimientos, le había dado su más
completo apoyo y amor incondicional, que a diferencia suya, Carolina jamás había logrado
recibir de su padre. Y era aquello, de lo que Paula apartir del día en que había
elegido vivir con la verdad en sus labios, actos y corazón, no se había visto
desprovista; al contrario de Carolina que había llevado sus pies por un camino
mentiroso, una vida embustera, que había sido a lo que ella había optado, como
respuesta a su padre, como pago quizá, a algo que ni siquiera merecía paga, que era el
hecho de estar en esta vida.
- Lo sé.
- ¿Sabes?, me encantaría que lo conocieras; no sé... le he hablado cosas sobre ti, y él
está dispuesto. Faltaría que tú lo estuvieras... -Paula dijo un tanto titubeante, como
si estuviera haciendo mal, o como si temiera la reacción de Beatriz.
Beatriz alzó las cejas, y retornó la cucharada de flan a su lugar de procedencia, la
cual había quedado congelada a medio camino de su boca, en el instante en que en sus
oídos habían resonado aquellas frases que Paula. Por más que la chica hubiese luchado
por darle un tono tan casual como si le hubiera dicho 'hola' a un vecino, Beatriz había
logrado percibir la importancia que para la joven tenía el hecho o la posibilidad, de
que ella llegase a conocer a su padre un día; día en el cual, probablemente, sería
presentada como algo que no era necesariamente una "amiga"
- Mmm... ¿te incomodé...? Te incomodé, ¿verdad? Olvídalo, me fui en la volada -Paula
dijo intentando reír, y restarle importancia a aquella pregunta, como si fuese sido una
ocurrencia del momento.
- Tal vez más adelante, ¿sí? -Beatriz dijo, intentando sonar lo más tranquila y
convincente del mundo; mas sabiendo en su interior que las ganas de efectivamente
llegar a estrechar en la suya la mano del padre de Paula, eran absolutamente nulas.
- Sí, claro, cuando quieras -la voz de Paula se oyó entusiasmada, como si Beatriz
acabase de hacerle una promesa.
En ese momento, la puerta principal se abrió, para luego oírse un tremendo golpe de la
misma azotándose, el cual la hizo dar un salto como reflejo. Beatriz meditó la
posibilidad de que las bisagras hubiesen salido volando. Esperó por la persona que
fuese a aparecer delante de sus ojos, y fugazmente divisó a Sandra deslizándose por el
lugar con la cabeza gacha, y los cabellos castaños cubriéndole casi completamente el
rostro, mientras que ni rastro quedaba en su andar de aquellos movimientos graciosos
que la trigueña ponía en sus caderas, brazos, cabeza, y en todo su cuerpo en general.
- Hola -dijo entre dientes, sin entonaciones especiales en su voz aguda, sin más
preámbulos, sin siquiera frenar, ni dirigir su mirada hacia su amiga, sentada aún con
el teléfono en su oreja. Se metió por la puerta de su habitación, y la cerró con más
fuerza aun, aislándose dentro de aquellas cuatro paredes del resto del mundo, y dejando
a Beatriz con la boca medio abierta, observando su superficie, ahora cerrada y
silenciosa; como si detrás de ella no se encontrara ningún ser viviente, o por lo
menos, no Sandra, de quien esperar silencios era tan difícil como esperar que algún
día dejase su empalago en el olvido.
- Paula, me tengo que ir, hablamos mañana, ¿sí? -Beatriz dijo con preocupación,
mientras mantenía el cuello girado hacia la habitación de Sandra, sabiendo con
seguridad que algo malo le había sucedido a la joven.
- ¿Pasa algo? Alguien llegó, ¿verdad? -Paula afirmó, como reprochándole alguna
situación que no era de su agrado.
- Sí, Sandra; pero algo le pasó, apenas me saludó y se encerró en su pieza -Beatriz
explicó, impaciente por cortar la comunicación de una vez.
- Ah, bueno; espero que no sea nada muy malo, me cuentas mañana, ¿sí? Que duermas bien,
y que sueñes conmigo, ojalá... -Paula dijo dulcemente, olvidando el tono anterior.
- Vale, tú también, nos vemos -Beatriz hizo ademán de volver el auricular a su lugar.
- ¡Hey!, espera, me olvidé de decirte algo -Paula interrumpió su movimiento, y Beatriz
volvió a oír atentamente lo que fuese que la joven debía decirle.
- ¿M...?
- Te quiero... -la frase de Paula quedó momentáneamente retumbando en los tímpanos de
Beatriz, quien no tuvo tiempo de responder nada, luego de que Paula misma hubiese
cortado la comunicación. Con el paso de los días, la joven se había hecho a la idea,
probablemente, de que no recibiría aquella misma frase de vuelta; aunque no meditase si
aquello era porque a Beatriz no se le pegaba la regalada gana de pronunciar aquellas
letras juntas, o porque simplemente no las sentía.
Beatriz observó por un par de segundos el auricular aún atrapado entre sus dedos, y por
poco se da al pensamiento de todo aquello. Paula, y sus "te quiero" que le soltaba de
vez en cuando, que más que hacerla sentir bien, le daban una incomodidad que el sólo
hecho de percibirla, la hacía sentir demasiado culpable como para ahondar en todo
aquello. Y qué estúpido sonaba eso en sus propios oídos, al pensar que cualquier
persona desprovista de amor en su vida, daría lo que fuese porque alguien les dijera
aquella frase tan esperada por algunas personas, y tan evitada por Beatriz aquellas
últimas semanas de su vida.
Se puso de pie, y echó a andar las piernas, las cuales a los pocos segundos la habían
dirigido hacia el destino en su cerebro; la habitación de Sandra. Le dio unos pequeños
golpes a la superficie de madera, y tal como lo había supuesto, no recibió respuesta
alguna, así que optó por darle vuelta al pomo, esperando a que Sandra hubiese dejado
atrás por aquel día sus continuos chillidos, risas y alegría, pero que con suerte no
hubiese olvidado su costumbre de no echarle llave a ninguna puerta; y así fue.
La vio estirada sobre su cama con el estómago descansando sobre el colchón, y su rostro
hundido en un almohadón, mientras se abrazaba a él, con lo que parecían ser todas sus
fuerzas. Se acercó hasta sentarse junto a ella, y sin preguntar nada, comenzar a
acariciarle el cabello, esperando a que ella misma le contase lo que fuera que le había
sucedido.
- Bea... -Sandra dijo entre sollozos, mientras que sus lágrimas rodaban por sus mejillas,
y su rostro se crispaba, provocando que colores rojizos se acentuaran en sus mejillas.
Extendió sus brazos y se aferró, como tantas otras veces, a su cuerpo, mientras que con
el brusco movimiento provocaba que Beatriz no tuviera otra solución que quedarse allí
estática, esperando a que el llanto de su amiga decidiera sosegarse, y que su pena, por
lo que fuese que estuviera presente en su corazón, se marchara de una vez por todas, o
que ya no tuviese más lágrimas con qué manifestarse hacia el exterior.
- Tranquilita, ya -Beatriz le dijo dulcemente, como si se dirigiera a una niña pequeña, y
le besó la cabeza, mientras el llanto de Sandra producía esas sacudidas que hacían
vibrar su hombro-. ¿Qué pasó? -inquirió cautelosamente, como si en el fondo no quisiera
que Sandra se hubiese percatado de aquella pregunta proviniendo de sus labios.
- No puedo decirlo; se me cae la cara de vergüenza -su llanto explotó aun más fuerte,
haciendo parecer que habían momentos en que Sandra no podía sacar el aire, y se ahogaba
inexorablemente-. Me quiero morir...
- ¿Qué pasó, Sandra?, por favor. ¿Te gustaría que yo llegara llorando así un día y no
te dijera el por qué? -Beatriz dijo, apelando al cariño que Sandra sentía por ella,
valiéndose de un pequeño chantaje blanco, por llamarlo de alguna forma, para así
conseguir que Sandra le dijese lo que fuera que le había sucedido.
- Ya me lo has hecho antes... -dijo ésta entre sollozos-, pero tú jamás harías lo que
yo hice, Bea.
- ¿Qué hiciste? No puede ser tan malo. ¿Qué paso? -Beatriz interrogó una vez más,
suavizando su voz en la medida que le era posible, mientras Sandra aún se mantenía
aferrada a su cuerpo, y parecía que la apretaba más, cada vez que Beatriz volvía a
plantear la pregunta.
- ¡Le puse el gorro a Diego! -el llanto que vino posterior a aquella confesión, fue tan
monumental que Beatriz temió que Sandra se reventaría literalmente de tanto llorar. En
todos aquellos años, y esas últimas semanas sobre todo, la había visto caer en
constantes depresiones, y había percibido sus diversos llantos; de dolor, de rabia
otras veces, de frustración algunas, o de pura angustia; pero éste tenía algo más, una
cuota de un odio tremendo absolutamente dirigido hacia ella misma.
- ¡¿Qué!? -Beatriz exclamó, arrepintiéndose en seguida de haber plasmado en su voz
aquel tono-. ¿Con quién? -de todas las cosas que esperaba que Sandra le dijera, jamás
se le pasó por la mente que lo que acongojaba a su amiga, era el hecho de haberle sido
infiel a su pareja. Durante todo el tiempo compartido, la había visto coquetear con
muchos tipos, conversar animadamente con otros, e incluso sacarle celos a Diego,
enfrente de su propia cara; pero nunca, jamás de los jamases lo había engañado, y eso
era algo que Beatriz sabía que no cabía dentro del pensamiento de Sandra. Por un
momento se dedicó a pensar en el grado de infidelidad. ¿Acaso Sandra podría haber...?
La observó aún en sus brazos, había ido cayendo por su cuerpo poco a poco, hasta que su
cabeza había quedado apoyada finalmente sobre su regazo, mientras la abrazaba
fuertemente, como si en aquel agarre fuese a encontrar la paz que su corazón buscaba,
o el olvido de su mente de aquello que parecía estar rompiendo su corazón a pedazos.
Se veía tan niña cuando lloraba. No era tanto como que Sandra se viese demasiado madura
en la vida cotidiana, aun más para Beatriz que la conocía tanto o más que a sí misma;
pero, al observarla ahí, llorando literalmente como una pendeja, sonrió ante su propio
pensamiento de llegar siquiera a meditar la posibilidad de que su querida amiga hubiese
logrado superar sus traumas junto a un total y completo desconocido, o por lo menos con
alguien con quien no mantenía una relación, como lo hacía con Diego.
- No me preguntes eso, Bea, por dios no me lo preguntes -continuaba sin parar de llorar.
- ¿Con quién? -Beatriz volvió a preguntar, y por más que intentó por todos sus medios
borrar aquella imagen que se acentuaba lentamente en su mente, no fue capaz de hacerlo,
y esperó a que Sandra misma confirmara sus temores.
- Ricardo -dijo ella, para luego despegar su rostro de la ropa de Beatriz, empapada
como sus ojos mismos, y observarla con una mezcla de vergüenza y angustia, esperando
por alguna respuesta de su amiga, mientras su llanto se había calmado, más que por el
sosiego de su alma, por lo que le había producido en el ánimo confesarle a su amiga lo
ya dicho.
- No puedo creer esto... -Beatriz buscó calma en el techo; mas, pareció no encontrarla-.
¿Qué te dije? ¿Qué fue lo que te dije, Sandra?
- Lo sé, Bea; pero no sé qué me pasó... -rompió en llanto una vez más, haciéndole
imposible poder continuar hablando, o darle sus explicaciones, las cuales finalmente
no correspondían ser dadas a Beatriz, sino que más bien a un joven moreno, quien
probablemente estaría intentando en aquel momento convencerse a sí mismo que entre él y
Sandra todo iba a salir perfectamente bien, y que su amor todo lo superaría-. Te juro
que no sé. Y ahora con qué cara miro a mi Diego... -pronunció aquellas palabras casi
ininteligiblemente.
- ¡Pucha, Sandra! ¿¡Por qué mierda tuviste que quedarte sola con él!? Y sabiendo cómo
es -Beatriz increpó, mientras comenzaba a sentir una incipiente tristeza por Sandra, y
una ya declarada furia por su hermano.
- No sé por qué; estábamos conversando no más, ¡te juro! Te prometo que yo no tenía
intenciones de hacer nada con él, nisiquiera se me pasó por la mente. Pero él es tan
zalamero, y no me di cuenta cuando nos estábamos besando -Sandra dijo, mientras que
ahora sí parecía que se ahogaba entre lágrimas y sorbetones.
- Sé perfectamente bien cómo es Ricardo, y cómo eres tú y cuáles son tus límites; y
también sé que él no los tiene, y que es capaz de hacer y decir cualquier cosa por
engatusar a una chica.
- Sí, pero yo tuve la culpa de todas formas, no sé qué me pasó; yo le estaba hablando
de Diego más encima, y de nuestros problemas. No sé ni por qué mierda lo hice; pero es
que él estaba tan amoroso y comprensivo...
- ¡Porque esa es la forma que usa para dar vuelta a las mujeres! -Beatriz exclamó con
rabia, mientras levantaba una mano y la agitaba en el aire indignada-. Tú mejor que
nadie deberías saberlo.
- Ya sé; pero... ¿y ahora qué voy a hacer?, ¿qué le voy a decir a mi niño cuando lo
vea?
- ¡Nada! No pensarás contarle, ¿o sí? Sandra, si se lo dices, olvídate de él,
¿entiendes? No es el momento de que se entere de algo así; él no está bien. Estuvimos
conversando el otro día, y tiene demasiados temores, se culpa de todo los problemas
que ustedes tienen, no se siente a tu altura. ¡Imagínate lo que pasaría si le dijeras
esto! No puedes.
- Pero, ¿cómo se supone que viva con mi conciencia?
- No tengo idea, Sandra; lo único que sé es que Diego no se tiene que enterar, el resto
me lo dejas a mí.
- ¿El resto? ¿Cuál resto? -Sandra preguntó extrañada, mientras observaba a una furiosa
Beatriz.
- Tú tranquila. Mira, no es que yo no te responsabilice por esto, porque estas cosas
son de a dos; pero sé de quién fue la culpa mayor aquí. Además, sólo fueron unos besos,
¿verdad? Por favor, Sandra, no me salgas ahora con que mi hermano te hizo sentir más
cómoda que Diego, ¡porque te mato!
- ¿¡¡Estás loca!!? ¡¡Jamás!! ¡Qué asco...!, ¡no podría! -Sandra exclamó indignada,
abriendo los ojos como platos, mientras preparaba sus palmas para estamparlas de lleno
contra el hombro de Beatriz; mas, arrepintiéndose a mitad de camino, por falta de
energías, de ganas, o por el simple hecho de que no estaba en el momento más apropiado
para estar golpeando a la gente, mucho menos a su amiga, quien estaba siendo tan
comprensiva con ella, mucho más de lo que ella hacía consigo misma.
*****
Sandra abrió enormes los ojos, mientras sus dedos se enroscaban en los brazos de
Beatriz, pegándose a ellos como una lapa. Su respiración pareció congelarse en su
garganta, y sus labios entreabiertos, en conjunto con su mirada dirigida bruscamente
hacia la puerta de su habitación, con una mezcla de pavor y expectación, le daban ese
aire de protagonista de película de terror a punto de encontrarse de frente con su
asesino.
- ¡Ya llegué familia! Me voy a dar una ducha. ¿Hay algo rico para comer? -la voz de
Ricardo llegando hasta los oídos de ambas chicas, interrumpió el silencio que se había
mantenido en aquella habitación los últimos segundos, provocando que la expresión en el
rostro de Sandra se acentuara aun más en él, para luego sufrir éste una repentina
metamorfosis, retornando una vez más a su angustia, y a los llantos que ya luchaban por
salir de sus ojos, nariz y garganta.
- ¿Qué voy a hacer, Bea? ¡No puedo verlo! -Sandra exclamó aterrada, mientras miraba a
Beatriz, como si estuviese en un peligro de muerte, y su amiga fuese la única persona
capaz de salvar su vida.
- Tú tranquila; esto lo voy a arreglar yo -Beatriz dijo decidida, mientras se ponía ya
de pie, llevándose consigo la mano y el brazo de Sandra, cuyos dedos aún se mantenían
aferrados al suyo, provocando con eso que la trigueña tuviese que hacer esfuerzos por
mantener a Beatriz sentada en la cama, lo cual era precisamente lo que deseaba
conseguir.
- ¡No! ¿Qué vas a hacer? ¡No quiero! -Sandra exclamaba, aun más aterrada que antes,
mientras apretaba como una desquiciada el brazo de su amiga, hasta provocar el
enrojecimiento alrededor de sus dedos, marcándose en su piel.
- A ponerlo en su lugar, por supuesto -Beatriz anunció, mientras se dedicaba a levantar
uno a uno los dedos de Sandra, inútilmente intentando zafarse de su fuerte agarre.
- ¡¡¡NO!!! -Sandra chilló, mientras que lo único que logró frenar la fuerza imprimida
en sus manos, fueron los huesos de Beatriz sirviendo de límite bajo su apretujada
carne-. ¡No, Bea! ¡Por favor! Me muero de la vergüenza. Entiende que no fue solamente
culpa de él; yo también estuve ahí, y podría haberlo frenado -Sandra suplicó soltando
a Beatriz finalmente, y agachando la cabeza tan apenada, que Beatriz pudo percibir los
tonos rojizos acentuándose en sus mejillas; y qué extraño era aquello en una persona
que era capaz de decir cosas que avergonzarían al más caradura, sin siquiera cortarse
un poco.
- Eso ya lo sé; pero yo conozco bien a mi hermano, así que por favor déjame -Beatriz
dijo seriamente, mientras observaba a Sandra quien era incapaz de mostrarle el rostro,
y mucho menos su mirada, hasta percibir en su acongojada amiga el asentimiento que ella
esperaba recibir de su parte.
Beatriz salió hecha una furia de la habitación de Sandra, tanto, que puños porfiaban
por convertir a sus pacíficas manos en la clara imagen del enojo manifestado en una
persona. La sala apareció finalmente frente a sus ojos, y fue cuando divisó a su
hermano tan sonriente y silvando como si nada hubiese pasado, que sintió deseos reales
de que aquellos incipientes puños hicieran contacto con la mandíbula de Ricardo.
- Hola amor, ¿cómo estás? -Ricardo sonrió ampliamente al ver a su hermana, y se acercó
a ella estampándole un sonoro beso en la frente-. ¿Sabes?, deberíamos salir los dos
solos uno de estos días. Estaba pensando que podríamos irnos un fin desemana a acampar
o algo así, ¿qué te parece?
- Quiero que agarres todas tus güevadas y te mandes cambiar, ¿oíste? -Beatriz ordenó
sin que ni medio atisbo de sonrisa invadiera su rostro, ni que tonos festivos adornasen
su voz.
- ¡Ahhh! pícara, por un momento me engañaste, eh -Ricardo dejó escapar su carcajada,
luego de quedársela viendo a los ojos por algunos segundos. Acercó sus dedos al mentón
de su hermana menor y lo alzó con ellos, gesto que Beatriz había visto en él en
reiteradas ocasiones.
- Lo dije en serio; te me vas de aquí y ahora -su expresión permaneció tan severa, y
sus ojos tan fijos en los de su hermano, que a Ricardo no le quedó más remedio que
entender por fin que aquello era absolutamente verdadero; mas su afán por tomar la
mayoría de las cosas en broma surgió una vez más, provocando que el joven se asiera
nuevamente a la idea de que Beatriz sólo estaba jugando.
- ¡Nahh! -le dio un empujón al hombro de su hermana, que tan sólo logró moverla un poco,
sin conseguir con ello que sus facciones se suavizaran, ni que aquella sonrisa que
Ricardo esperaba ver brotar de su rostro, se reflejara finalmente en él-. ¿Qué onda?
-por fin se puso serio, al percatarse de que era imposible que después de tantos
segundos, Beatriz soltase la carcajada, sobre todo porque ella jamás había sido una
persona adepta a las bromas, y sería raro que se hubiese implantado una nueva
personalidad a aquellas alturas de su vida.
- Tú sabes qué onda. Medita tus actos por una vez en tu vida y date cuenta del daño que
le puedes hacer a una persona -Beatriz dijo, separando al fin esos labios que parecían
perpetuamente sellados, mientras agitaba un dedo en el aire en dirección al rostro de
su hermano.
- ¿¡Qué!? -Ricardo elevó una ceja, mientras una mueca de no estarse enterando de nada
cruzó sus facciones, hasta que por fin una idea pareció aclararse en su cabeza, y su
rostro se elevó con una nueva sonrisa-. ¡Ahhhh!, te enojaste por los besitos que nos
dimos con Sandra hoy, ¿verdad? Te contó; claro si son amigas, y las mujeres se cuentan
todas las cositas -Ricardo dijo, mientras chasqueaba los dedos, y se dirigía hacia la
cocina en busca de una manzana, la cual volvió mordisqueando tranquilamente-. ¿Y para
qué te enojas tanto?, si fue cosa del momento nada más. No va a ser ella la que agarre
a este bombón. ¿Qué te preocupas tanto? -agregó encogiéndose de hombros.
- ¿Quién mierda te crees que eres güevón? ¿Te crees que todo es juego en la vida?
¡Mírate!, estás grande ya, estás peludo y hediondo. Ubícate de una vez por todas; no
eres un pendejo.
- ¡Hey!, relaja la vena, comadre. ¿Qué onda? Ubícate tú; lo que hagamos Sandra y yo no
es asunto tuyo -Ricardo dibujó una sonrisa burlona en sus labios, provocando que esos
hoyuelos en sus mejillas se marcaran notoriamente, provocando a ratos, que su rostro se
viera un tanto infantil, mientras meneaba la cabeza de un lado al otro-. ¿O acaso yo me
meto en tus cosas con la Paula?
- No entiendes nada, ¿verdad? No te interesa más que el momento y el resto chao. ¿Cómo
puedes ser tan inconsciente? -Beatriz dijo indignada por la actitud de su hermano. No
recordaba la última vez que se había sentido tan furiosa en su vida.
- ¿Y qué tengo que entender? ¡Soy joven! ¡Soy guapo! Quiero pasarlo bien en la vida,
¿es un pecado eso, acaso? Yo a la Sandra no la obligué a nada, ella me aceptó solita
-dijo encogiéndose de hombros, mientras que su sonrisa se acentuaba más en su rostro,
como si en realidad no lograse medir la furia de su hermana.
- Te aprovechaste de ella y de la confianza que te estaba dando. ¡Puta, que es bajo
eso!, y tú lo sabes. Sé que te hiciste el dulce con ella, y le sacaste sus problemas de
pareja, ¿verdad? Le hablaste cositas bonitas, y luego tiraste por los suelos a Diego,
poniéndote a ti como el hombre perfecto. ¡Ella está mal, por la cresta!, y tú
sabiéndolo sacaste provecho de la situación -las frases salieron como proyectiles de la
boca de Beatriz, obligando a Ricardo a quedarse callado durante todos aquellos segundos,
oyendo sus reclamos.
- Es cierto, Bea. ¿Qué te puedo decir? Es verdad todo lo que dices -Ricardo aceptó, sin
que Beatriz lograra entender si había algún grado de arrepentimiento en su voz, o si su
descaro llegaba a tal extremo que le importaba un rábano haberlo hecho, y encima
reconocerlo en la propia cara de su hermana-. Soy un sinvergüenza con las mujeres; pero
Sandra lo sabía. Yo no puedo, ni voy a cambiar la persona que soy, ¿entiendes? Yo sólo
actúo por el deseo que tengo en el momento, y no medito mis actos. No soy una mala
persona, y a Sandrita la adoro; pero ella sigue siendo mujer.
Beatriz observó a su hermano allí parado enfrente suyo, estaba siendo completamente
honesto con ella, Beatriz lo sentía así, y como el propio Ricardo le había dicho, no
podía cambiar ni él mismo, ni ella, la persona que él era, y que probablemente
continuaría siendo por el resto de su vida. Lo entendió, lo aceptó, y lo continuó
queriendo, porque era su hermano, y porque tal como él había argumentado, no era una
mala persona en general; pero como todos en la vida, tenía su defecto, y
lamentablemente, esta vez, aquello había perjudicado directamente a su mejor amiga.
- Puta, güevón... -Beatriz exclamó resignada, mientras movía la cabeza de un lado al
otro, y su voz se había olvidado de aquel tono golpeado que había estado usando todo
aquel rato.
- Más bien "puto, el güevón" Así soy poh, hermanita; tú no puedes evitar que te gusten
las chicas, y yo no puedo evitar que me gusten "todas" las chicas -dijo graciosamente,
mientras se encogía de hombros.
- No compares cosas que no tienen ni punto de comparación -Beatriz advirtió elevando un
dedo.
- Sabía que dirías eso -Ricardo dijo sonriendo dulcemente, mientras despeinaba a
Beatriz, como si se tratase de una niña pequeña.
- Prométeme que no volverás a manipular a Sandra con tus palabritas bonitas.
- No puedo prometerte algo que no sé si seré capaz de cumplir, Bea -Ricardo le tomó las
manos y las apretó fuertemente, mientras la observaba en forma fraternal, para luego
darle un abrazo firme y apretado, en el cual Beatriz se llevó la peor parte-. Bueno,
ahora voy a ir a arreglar mis maletas para volver a mi casita; igual hecho de menos a
los viejos... -le dio un beso en la frente a Beatriz, para luego separarse finalmente
de ella.
- Pero... o sea... -Beatriz balbuceó confundida, y con sentimientos encontrados dentro
de su corazón.
- No, si no te preocupes; no me gustaría dañar a Sandra con mi presencia. Metí la pata
y debo asumir, ¿no? -Ricardo alzó las cejas, mientras hacía un gracioso gesto de
resignación-. De todas formas, fue algo súper inocente; no debería atormentarse tanto.
Fue como cuando éramos niños, nada más -Ricardo apuntó hacia la habitación de la
trigueña con el mentón.
- Quizá me apresuré un poco, no es necesario que te vayas altiro, o sea...
- No, si tengo que volver; pasado mañana entro a trabajar, y no me gusta dejar a los
viejos tanto tiempo solos. Y tú tampoco deberías hacerlo, eh -Ricardo dijo, mientras le
tocaba la punta de la nariz a Beatriz, quien bajó la mirada sonriendo tristemente-. Si
te mantienes lejos de ellos jamás conseguirás que acepten esa partecita tuya; hazlos
entender de alguna forma, muéstrales, enséñales, no sé... Ellos no tienen nuestra edad
y es más complicado; pero te adoran, y eso es lo más importante.
- ¡Arggg! ¿Por qué tienes que decir estas cosas? -Beatriz preguntó sonriendo, y
ahorcando el aire como si del cuello de Ricardo se tratase-. Eres único; primero tengo
unos deseos atroces de pegarte en la nariz, y luego me estoy emocionando contigo, no lo
puedo creer...
- ¡Uy no...!, y luego se me hincha; qué fea -Ricardo dijo, fingiendo un repentino
tiritón-. Y con lo lindas que sacamos las narices -agregó mientras se ponía de perfil,
enseñándola en gloria y majestad, provocando las risas de Beatriz.
- Pesado... -se abrazó a su hermano y lo llenó de besos, para después quedarse un largo
rato en esa posición.
- Sigo pensando que te estás acostando con alguien, Bea -Ricardo dijo casualmente, para
luego recibir un manotazo en la cabeza-. O al menos que estás enamorada de alguien.
Estás muy diferente, estás más vivaz, tus ojos brillan, y ese carácter yo no recordaba
haberlo visto en ti desde que éramos chicos, ¿te acuerdas todo lo que peleábamos? -
rieron juntos-. Quienquiera que haya provocado estos cambios en ti, o bueno, al menos
que todas estas cositas retornaran; sí, creo que así es más correcto decirlo; debe ser
una persona muy especial, y sé que no es Paula.
Beatriz lo miró sorprendida, en realidad Ricardo era un caso aparte. Bajó la mirada, y
sintió un nudo en su garganta; mas, escapó, arrancando aquellas sensaciones que
luchaban por encenderse en su interior, y se aferró a aquella escena; su hermano y ella
comprendiéndose, queriéndose y aceptándose nada más.
- ¿Te vas a despedir de Sandra? -Beatriz inquirió, intentando obviar aquellos recuerdos
y sensaciones que guardaba en su interior, y por dios, que bien sabía que allí se
mantenían alimentándose de sí mismos, nutriéndose de los latidos de su corazón, de los
vellos que se erizaban en su piel cada vez que sus ojos azules pasaban fugazmente por
su mente, de su alma que era incapaz de entregarse a Paula, y a lo que fuese que ambas
tenían.
- No, en un tiempo más llamaré y te pediré hablar con ella, ¿sí? -Ricardo dijo
observando a Beatriz quien asentía con la cabeza-. Ahora déjame ir a arreglar mi
maleta.
- Bueno...
- Ah... y otra cosa; mentí un poquito -Ricardo bajó la mirada como si se sintiera por
primera vez en su vida avergonzado-. En realidad Sandra sí podría pescarme, ¿sabes? No
le vayas a decir; pero siempre he tenido la sensación de que ella debe ser la mujer de
mi vida. Así que no todo fue cosa del momento por parte mía -Ricardo elevó sus ojos de
color miel hacia los de su hermana, mientras hacía una exagerada y graciosa mueca de
emoción en su rostro-. Y a Diego lo detesto; pero shhhh, el güevón me la ganó, y no
hay caso, al menos por el momento. Supe en el segundo en que se largó a llorar que lo
ama a él -dijo encogiéndose de hombros.
Beatriz observó a su hermano sonriendo levemente. Su rostro entre dulce y travieso,
con esos pelos medios parados, y su desfachatez al andar, que ahora mismo había sido
tirada por los suelos. Y por dios que le quería, y se alegraba en realidad de haber
compartido todos aquellos días junto a él. Le había hecho bien, había sido positivo,
con las cosas buenas y malas, y aun con aquellas palabras salidas recientemente de su
boca, y que todavía retumbaban en su cabeza, y con Sandra tal vez llorando todavía en
su habitación, o tal vez ya sosegado su llanto. Le quería simplemente porque era su
familia, y siempre lo sería; con defectos y virtudes, tanto como las de ella misma; y
porque al fin y al cabo en sus recuerdos, y en su visión del futuro siempre estaba él;
quizá no cada día, tal vez no a todas horas; pero existía, y siempre lo haría ya fuese
físicamente ausente, o tan presente como en aquel mismo instante.
*****
Sus pies chocaban contra la acera una y otra vez, con un gracioso compás de sus piernas,
que más que pasos parecían brincos intentando evitar pisar las líneas del pavimento,
como temiendo encontrarse activando alguna mina oculta entre ellas. Beatriz separó los
dedos de su mano izquierda, la cual yacía en el interior de su bolsillo, atrapando en
su pulgar una bolsa que contenía un kilo de pan que parecía estar naciendo desde el
interior de aquel lugar, y cuyo aroma llegaba hasta su nariz, como provocándola a sacar
una marraqueta y robar con sus dientes un buen trozo de ella.
Se encontró subiendo los escalones de dos en dos, mientras que se le hacía agua la boca
al imaginar el sabor de aquel crujiente trozo de pan, cuyo calor subía hasta la manilla
de la bolsa, provocando que su palma sudara dentro de su bolsillo.
A los pocos segundos, estaba ya cruzando el umbral del departamento, el cual encontró
vacío y desprovisto de calor humano. Se asomó a la habitación de Sandra, para comprobar
si la chica no se encontraba durmiendo, tal vez alguna siesta luego de llegar de la
universidad. Fue golpeada por un fuerte olor a incienso que la hizo contraer el rostro
como reacción, y cerrar en aquel mismo instante la puerta. Verificó que en el baño
tampoco se hallaba, ni en ningún otro rincón del lugar.
Habían pasado algunos días desde que su hermano había concluido su visita; aquella
visita tan particular, tal como Ricardo era, tal como sus acciones y frases parecían
ante sus ojos, y de la cual finalmente quedaba la sonrisa que provocaba en sus labios
el haberlo tenido cerca por ese corto tiempo.
Sandra se había ido calmado día tras día, intentando olvidar tal vez lo que había
sucedido, mientras que su relación con Diego parecía estar igual que siempre; con
aquella apariencia de que no le faltaba nada en lo absoluto que pudiese hacerla más
perfecta; mas en el fondo, y sobre todo cuando ambos se encontraban solos, se iba
marchitando cada vez más, como si de un reloj de arena que dejase caer sus granos uno
a uno, a cada segundo que permanecían juntos, se tratara, burlándose de aquellos dos
años que estaba próxima a cumplir su relación.
Y estaba Paula. ¿Su Paula? Cómo poder siquiera llegar a pensar el llamarla así, si el
sólo sonido de su nombre resonaba en sus tímpanos como una palabra ordinaria, como un
simple montón de letras que se utiliza para saludar o despedirse de cualquiera. Pero
estaba ella, y estaba su presencia, y su recuerdo también; de la forma que fuese, y en
la cantidad que fuera que la memoria de ella cubriese los rincones de su mente, o al
menos intentase hacerlo. La hacía sonreír, y hasta le daba momentos de felicidad que
Beatriz recibía gustosa y agradecida, mientras que sentía que por ello, sólo por eso
debía regalarle sus besos, sus caricias, su ternura.
Beatriz se dirigió rápidamente hacia la puerta al oír el timbre anunciando la presencia
de alguna persona al otro lado, mientras pensaba que una vez más a Sandra se le habían
quedado las llaves. Sonrió, mientras se asía del pomo, lista para dedicarle un '¡Cabeza
de pollo!' a su amiga, quien probablemente se encogería de hombros y la llenaría de
besos, con su rostro lleno de risa.
- ¡Cuántas veces te he...!
El sonido de su voz siendo emitido con una infinita seguridad de estarle hablando a su
mejor amiga, pareció haber sido roto cual ventana a la que atraviesa una piedra, en el
minuto en que su mirada se alzó hacia los ojos femeninos que la observaban, con su
dueña parada al otro lado de la puerta, cargando una expresión que se alejaba
abismalmente de cualquiera que los rasgos de Sandra lograrían alcanzar.
Sin poder evitarlo, dio un paso hacia atrás, lento y titubeante; como si aquel
retroceso físico, pudiese rebobinar también aquella secuencia de haber abierto la
puerta, haber mirado al frente, y terminar chocando su mirada con la de ella. En
seguida se congeló todo movimiento que su cuerpo pudiese aspirar a hacer, mientras que
cualquier rastro de sonrisa se había desvanecido por completo de su rostro, y sus
labios se mantenían entreabiertos como si necesitara con urgencia que una cantidad de
aire mayor a la habitual se colase hasta sus pulmones.
Beatriz observó a la joven de cabello negro escapar de su mirada, mientras bajaba la
cabeza como un pecador delante de su dios, listo para confesarle sus faltas, y aceptar
de su parte hasta el más bestial castigo que su cuerpo, mente y alma pudiesen resistir.
Sus hombros estrechos y su rostro delgado apenas se podían distinguir entre aquellos
cabellos oscuros, que se habían escapado por su frente, como si sintieran que su faz no
fuese digna de aquellos ojos verdes que la miraban atónitos, y sin regalarles sus
párpados el hecho de ser lubricados al parpadear.
Por algunos segundos aquella escena se mantuvo intacta, sin movimiento alguno, sin
cambios en los miembros de las personas, sin que incluso algún cabello, aliento, e
incluso la piel muerta luchando por desprenderse de su antiguo hogar, se escapase de su
lugar; haciéndole sentir a Beatriz que era parte de una imagen, de una fotografía, de
una pintura colgada en su propio departamento o en el de alguien más.
Entonces la joven, aquella que conservaba su mismo corte de cabello, aquella que
continuaba maquillándose de la misma forma, usando el mismo estilo de ropa, y que
probablemente todavía mantuviese su forma de andar, la observó nuevamente, tímidamente,
con temor; como si la propia Beatriz tuviese aquella última palabra, y necesitase que
su voz se alzara y la autorizara a mirarle a los ojos, y a que retornasen a su cuerpo,
que parecía inerte frente a ella, el movimiento, el ritmo, y hasta los latidos de su
corazón que parecía haber parado en su pecho.
- Hola... -dijo ella, como si fuese la palabra de más difícil pronunciación, que había
tenido que emerger de su boca en toda su vida. Su voz nació casi imperceptiblemente,
pero con ese atisbo de pastosidad que Beatriz tan bien conocía, y que como todas sus
demás características aprendidas ya por su retina y oído, tampoco había abandonado sus
cuerdas vocales.
Un sin fin de pensamientos cruzaron la cabeza de Beatriz en ese instante; odiarla,
agarrarla de los pelos, y exigirle una explicación. Intentó encontrar en su interior
todos aquellos sentimientos que la habían acosado por tanto tiempo, y aquellas lágrimas
ya evaporadas en el aire, que parecían ser el fantasma de un mal sueño; y también sus
latidos, buscó por sus latidos, aquellos que creía que inundaban su corazón cada vez
que la había visto parada frente a ella, cada vez que sus manos la habían tocado, y sus
labios acariciado los suyos.
Carolina quiso sonreír; mas sus labios no fueron capaces de producir aquello. En su
lugar la observó tristemente, mientras sus ojos negros brillaban acuosos, y Beatriz
podía ver su propia imagen reflejada en ellos, mientras continuaba viéndola, e
intentaba hallar en ella aquella parte que le faltaba, aquel pedazo, trozo, quién sabe...
que Beatriz sentía que no estaba más en su ser. Mas, no fue capaz, no pudo verlo, ni
sentirlo, no logró percibirlo, y es que todo parecía estar en su lugar, igual que hace
cuatro años atrás, tal como el día en el cual había tenido su presencia enfrente suyo
por última vez.
Continuará...