Disclaimers: Esta historia y todos sus personajes son de mi autoría.
Comentarios: Sólo quiero decir que este relato es muy importante y especial para mí; espero que lo disfruten.
Escríbanme ¿vale? de verdad necesito saber sus opiniones, me hace bien recibirlas; aquí les dejo mi dirección: xena_y_gabrielle@hotmail.com
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Abril del 2004.


SENTIR

De: Astral

Octava parte

- ¡Estoy apestadísima!, no aguanto el aburrimiento ni un minuto más. ¿Por qué no salimos? Podríamos ir a bailar, o por último a aplanar calles por ahí. No sé, ¡¡cualquier cosa, antes que me vuelva loca!! -a Sandra poco le faltaba para tirarse de los cabellos, mientras se mantenía hundida en el sofá, a brazos cruzados y una cara de dos metros de largo.

- No tengo ganas, creo que me voy a ir a dormir pronto hoy -Beatriz respondió, a centímetros de distancia de la trigueña, en donde yacía de lado y en posición fetal, con una manta cubriendo su cuerpo, y tan animosa como su propia amiga.

- ¿¡Hoy!? Uy sí, qué novedad, ah; como si no lo hubieras hecho ayer, anteayer, y así sucesivamente. ¡Latera! -Sandra exclamó, golpeando con un cojín a la joven de cabellos rubios, el cual produjo un sonido seco al dar de lleno contra su espalda.

- ¡Ouch!, me dolió, tonta -Beatriz lanzó la manta hacia un lado con fuerza, dejando a la vista el resto de su cuerpo, el cual enseguida estaba volteado en dirección a la persona junto a ella, y sus manos lanzaban manotazos que sonaban tanto o más fuerte, que el producido por el objeto que había chocado contra ella segundos antes.

- ¡Auuuu! -chillaba Sandra, intentando esquivar los golpes, que a la larga comenzaron a ser acompañados por risas provocadas en el ánimo de Beatriz, cuyas manos comenzaban a perder fuerza-. ¡Love and Peace! -Sandra exclamaba, levantando sus dedos índice y medio, dibujando una V; hasta que Beatriz abandonó su tarea, y se quedó quieta a su lado-. Nada que ver, Bea. ¿Cómo osas pegarme de esta manera? ¡Bruta! -acompañó aquel último chillido, con un codazo que dio contra el brazo de Beatriz.

- ¡Piedad!, ¿¡tienes idea de todo lo que duelen tus huesos!? -Beatriz la miró hacia un lado, sobándose el músculo dolorido, para luego darle un golpecito con el control remoto del televisor, el cual hace rato ya, estaba siendo ignorado por completo, pero que aún se mantenía iluminando levemente sus rostros.

- ¡¿Mis huesos duelen?! ¿Cómo que mis huesitos duelen?, si son lindos, preciosos y encantadores, igual que su dueña. ¡Retráctate! -Sandra se hizo con el aparato, cuya misión era cambiar canales, y lo agitó delante del rostro de Beatriz, la cual ya se había cubierto con la olvidada manta, y se relajaba en la mullida superficie del sofá, ignorando por completo a su amiga, y prestando por fin atención a la pantalla, en la cual no había algo más interesante que los mismos comerciales que habían permanecido allí los últimos minutos.

- Ene y o ¡No! -le dijo, sin preocuparse apenas de mover un poco sus labios. Sonrió satisfecha, sin alejar su mirada del frente.

- Ok, pero esto no se va a quedar así señorita, claro que no -Sandra abandonó el sofá levantándose de un brinco, tan gracioso a la vista de Beatriz, quien seguía disimuladamente sus movimientos, como lo era cada paso que daba su amiga-. No señor... mire que mis huesitos iban a doler...

Beatriz la oyó rezongando, mientras se alejaba del lugar dando exageradas pisadas, que a juzgar por el volumen de su cuerpo, sonaban demasiado altas a sus oídos. Sonrió, mientras movía la cabeza de un lado al otro, arrebujándose entre el calor de la manta, y cambiando de canales con la esperanza de encontrar algo que fuese un poco más atractivo de ver, que los anuncios comerciales.

A los pocos segundos, la aguda voz de Sandra inundaba la sala, una vez más, retumbando a escasos centímetros de los oídos de Beatriz, tan acostumbrados ya a aquellas repentinas y a veces inoportunas manifestaciones de su voz. Se le lanzó como una bestia encima, mientras que sus manos se aferraban fuertemente a las muñecas de su amiga, y en el rostro de la joven se dibujaba una clara mueca de dolor, provocada por aquellos mismos huesos, tema de discusión hace segundos atrás, los cuales, una vez más, se ensañaban con su pobre cuerpo.

- ¡Cresta, Sandra!, ¡¿estás loca?! ¡Un día de estos me vas a matar!, o del susto o de un golpe mal dado. ¡Atarantada! ¡Ya suéltame!, que estás flaca pero pesas igual -Beatriz increpó, mientras intentaba zafarse de su aprisionamiento, sin conseguir que Sandra se moviera ni un milímetro hacia el lugar donde se empeñaba en lanzarla. A los pocos segundos, abandonó sus intentos; resignada ya, a que la chica no se movería hasta decidirlo por sí misma.

- ¡No! ¡No te suelto hasta que aceptes que mis huesos no duelen!, y que son hermosos, y magníficos, y geniales, igual que Sandrita -Sandra le gritaba sin tener compasión de sus tímpanos, los cuales habían sido resistentes todos esos años, pero que tarde o temprano podrían colapsar.

- Ahí te quedas entonces, porque yo no pienso aceptar nada; a-a -Beatriz anunció, manteniéndose tan estática como hace segundos, e ignorándola por completo, mientras giraba su cabeza hacia el televisor en donde comenzaba ya una película.

- ¡Dilo!

- Ene y o, Nooo -Beatriz dijo sonriendo triunfante, y con un aire de burla en sus facciones, que aun sin mirar a su amiga, quien aún se hallaba instalada a horcajadas sobre ella, y con sus muñecas aferradas entre sus dedos, sabía que teminaría por provocar que reventase de rabia.

- Sí lo harás, lo harás, y lo harás inmediatamente.

- Sandra, me aburres, ¿podrías quitarte de encima mío?, mira que te soplo y te caes, si eres puro hueso -Beatriz dijo mofándose, mientras veía los párpados de Sandra entrecerrarse, con toda la intención de amedrentarla ante aquel gesto.

- Grrrrr... malvada, ya vas a ver.

- Uy, qué miedo, qué miedo me dan tus gruñidos; las cuicas no gruñen, ¿no sabías?, y las vanidosas tampoco, porque se arrugan; te van a salir patas de gallo si continúas haciendo ese gesto -Beatriz decía riendo, intentando zafarse una vez más de las garras de Sandra, quien no cedía en fuerza.

- Eso fue un golpe bajo... un golpe bajísimo bajísimo. Cuando me haga mi primera cirugía, sabrás de quién fue la culpa por acomplejarme; ya sabes ya -Sandra dijo, finalmente liberándole de la prisión de sus manos, y del peso de su cuerpo, para terminar por alejarse, y sentarse al otro extremo del sofá a brazos cruzados, y con una mueca de furia en el rostro.

- Eres tú la que siempre me dice que no haga esto y no haga aquello con el rostro, porque me arrugo; yo solamente te lo estaba recordando -Beatriz replicó observando a su amiga, mientras que ésta le daba una fugaz ojeada, tan sólo para terminar haciéndole un exagerado desprecio.

- No es lo mismo, porque yo lo digo por tu bien, en cambio tú me lo dices para molestarme, astuta -Sandra dijo, sacándole la lengua como una niña pequeña.

- ¿Quieres que te diga cómo te ves sacando la lengua? Prometo que es por tu bien -rió entre dientes; pero sus risas se acabaron al segundo en que un cojín volvió a darle en pleno rostro esta vez-. ¡Ouchhh! -se llevó las manos a la cara rápidamente.

- Uyyyy, Beíta, mi niña, ¿¿te pegué muy fuerte?? Lo siento, no fue mi intención, no quise -Sandra se acercó rápidamente, olvidando el comentario de sus huesos duros, de sus gruñidos, y todo lo demás-. A ver, ¿te hice daño? -preguntó con toda la dulzura que su voz fue capaz de emitir, mientras Beatriz veía a través de sus dedos, la genuina aflicción reflejada en las facciones de su rostro.

- Te engañé... -Beatriz alejó sus manos de su rostro, sonriendo ampliamente con aire de triunfo, mientras veía los párpados de Sandra entrecerrándose, una vez más.

- Pesada... -dejó escapar su sonrisa, contagiada por su amiga.

- Igual me quieres -Beatriz le lanzó un beso, y se acurrucó una vez más, no sin antes darle un empujón a Sandra, la cual dejó su espalda descansar tan sólo un segundo en el respaldo del sofá, para alzar su cuerpo, mientras comenzaba a sonreír, probablemente planeando algo que terminaría por hacerla ganadora de aquella disputa; después de todo, por más que Beatriz se esforzara, su amiga era definitivamente la reina en ello, y aunque tuviese que quedar en ridículo para salirse con la suya, o hacer las cosas más locas y tontas que se le ocurriesen, lo hacía, y definitivamente lo haría también esta vez.

- ¿Dame un besito? -Sandra pidió, haciéndole caritas de cordero degollado, mientras la miraba de cerca, apoyando su cabeza en el hombro de Beatriz.

- ¡Muac! -Beatriz le estampó uno en la frente.

- No, ahí no, quiero uno aquí -le dijo estirándole los labios-. Tengo ganas de darle un beso a una mina.

- Estás loca.

- Ya poh... no seas egoísta, dame un besito, ¿qué te cuesta?, uno chiquitito.

- No -le dijo, ignorándola.

- Si no me lo das tú, te lo doy yo entonces.

- Ya, no molestes.

- Lo digo en serio, Bea; te voy a dar uno con lengüita, ¿te gustaría eso, verdad? -dijo, tomando el rostro de Beatriz entre sus manos, y obligándola a que la mirase de frente a escasos centímetros del suyo, y provocando que ésta, comenzara a sonreír divertida, y negara meneando la cabeza de un lado al otro.

- He dicho que no -se negó, completamente segura de que Sandra estaba loca, pero no a tal extremo, y de que definitivamente hace tiempo ya habían dejado de ser adolescentes e inmaduras, bueno... al menos un poco.

- Te aguantas entonces, porque te lo doy de todas formas -dicho y hecho, Sandra torció el rostro hacia un lado, mientras le dedicaba una mirada de coqueteo, la cual Beatriz había visto miles de veces ser dedicada a diversos tipos por parte de su amiga, quienes al minuto de acercarse a ella, terminaban siendo humillantemente rechazados. Beatriz la vio dirigiendo su atención hacia sus labios, para luego cerrar sus párpados, y comenzar a acercar su rostro al suyo, el cual continuaba inmovilizado por las manos firmes de la trigueña.

- ¡¿Qué haces?! ¿¡Estás loca?! -exclamó asustada, mientras abría los ojos como platos, e intentaba liberarse a toda costa de la prisión en la cual se encontraba, mientras percibía los labios de Sandra acercarse más y más a los suyos, los cuales estando a milímetros de distancia, se detuvieron, a la vez que la trigueña abría nuevamente los ojos, y le dedicaba una mirada de triunfo, el triple de exagerada que la de Beatriz hace minutos atrás.

- Te engañé... -Sandra dejó escapar la frase, articulando a la perfección y lentamente cada letra, para luego soltar su rostro finalmente, darle un empujón, y sacudir una mota de polvo inexistente de su hombro, mientras miraba a su amiga por sobre él, sonriendo abiertamente.

- Eres imposible... -Beatriz dijo entre dientes, mientras entrecerraba los párpados, y elevaba las manos con toda la intención de agarrar a su amiga del cuello. El timbre sonó en aquel instante.

- ¡Yo voy! -Sandra exclamó, y se puso de pie como una loca, para luego correr hacia la puerta, no sin antes resbalar en la esquina y por poco irse de bruces al suelo.

Beatriz meneó la cabeza sonriendo; en realidad, Sandra debía estudiar actuación, porque definitivamente tenía pasta para ello, con todas sus exageraciones, su desparpajo al moverse y hablar, y lo melodramática que constantemente se ponía.

Beatriz tuvo el tiempo suficiente para zapear unos cuantos canales, antes que un grito mayúsculo llegase hasta sus oídos, luego de oír la puerta abriéndose. De un salto se puso de pie, con el corazón en la boca por el susto, y corrió siguiendo el mismo camino, segundos antes recorrido por su mejor amiga. Le pareció oír una voz masculina, antes de que finalmente Sandra, la puerta, y la persona que se encontraba del otro lado, apareciesen delante de sus ojos.

- ¡Riki! -Sandra exclamó emocionada, mientras se lanzaba encima del individuo parado delante suyo, enrollando sus piernas alrededor de su cintura, sin recibir rechazo alguno por parte del joven, quien le abrazó en seguida, sin emitir un sonido similar al de Sandra, no por no compartir su evidente entusiasmo de verle, sino por el hecho de que simplemente sus cuerdas vocales eran incapaces de reproducir tan aguda nota, y se contentaba con producir una expresión de felicidad, y un tono mucho más grave que el de la trigueña, quien se encontraba, literalmente, encima suyo.

- ¡Sandrita! -exclamó el joven, mientras la abrazaba fuerte, y su voz sonaba entre risas de contento, y aquella felicidad que les sale por los poros a las personas, cuando no han visto a alguien querido por mucho tiempo.

Beatriz se quedó viendo aquel cuadro por algunos cuantos segundos, que fueron los que tardó el joven en levantar la cabeza, la cual había permanecido todo ese tiempo enterrada en el hombro de Sandra, quien finalmente volvió a poner los pies sobre el piso; mas, sin mostrar intenciones de desenrollar sus firmes brazos del cuello del joven. Sus miradas se cruzaron, y Beatriz vio sus ojos sonrientes y brillantes, dedicándole una de las sonrisas más dulces que había visto en su hermano.

- Beíta, ¡mira quién nos vino a ver! -Sandra se volteó hacia su amiga con los ojos sonrientes, y la felicidad totalmente explícita en la expresión de su rostro, mientras acariciaba la espalda de Ricardo, quien continuaba observando a su hermana menor, parada a un par de metros de distancia.

- A ver, preciosa, déjame saludar a mi hermanita regalona -le dijo a Sandra-. ¿Y dónde está mi abrazo? -preguntó sonriendo ampliamente, mientras abría los brazos, y esperaba a que su hermana se acercara finalmente hacia él.

- Ricardo... -Beatriz dijo con emoción, mientras se aferraba al primogénito, y sentía sus fuertes brazos envolviéndola, hasta hacerle doler las costillas, transportándola a aquellos recuerdos de su niñez, y las típicas riñas entre hermanos, en donde su escasa fuerza física se veía disminuida completamente ante la de su hermano, de quién en más de una ocasión había recibido un golpe que había dado de lleno contra su rostro o su cabeza, sin conseguir, más por orgullo que por valentía, que derramase ni una sola lágrima.

- ¿Cómo has estado? -Ricardo le preguntó dulcemente en el oído, mientras frotaba su espalda vigorosamente, y no mostraba intenciones de soltarla en los minutos posteriores.

- Bien, ¿y tú? -Beatriz logró, al fin, articular la pregunta, cuando su hermano le dejó libre, permitiendo que el suficiente aire pasara através de su garganta-. ¿Qué haces aquí?, te he dicho miles de veces que me avises antes, porfiado... -Beatriz le agitó un dedo delante del rostro, mientras que no borraba la sonrisa del suyo.

- ¿¡Cómo que qué hago aquí!? -exclamó poniéndose serio, mientras se cruzaba de brazos, observando severamente a Beatriz-. Vengo a ver a mi hermanita chiquitita, ¿qué más? Te echaba de menos y tenía ganas de verte.

- Estás lindo, no sé, estás como más grandote -Beatriz dijo, mientras se agarraba de un brazo del joven, y lo dirigía hacia la sala.

- Gimnasio todos los días; tengo que cultivar este cuerpazo que Dios me dio -dijo, dándose golpes en los bíceps-. Y tú, ¿a ver? -la tomó de una mano, y le dio una vuelta, mientras la observaba como intentando descubrir algo nuevo en ella, desde la última vez que la había visto-. Estupenda... todos los jotes que debes tener detrás. Tendrás pololo me imagino -soltó la última frase, sonriendo irónicamente, mientras recibía una mirada, intento de fastidio entre sonrisas, de Beatriz-. Bahh... perdón, se me olvidó que tenemos el mismo gusto -rió.

- ¡Digan whiskey! -la voz de Sandra interrumpió el momento exacto en que Beatriz alzaba un puño, con toda la intención de dejarlo caer directamente sobre Ricardo, y el flash de la cámara fotográfica, resplandecía por una milésima de segundo, plasmando aquel momento.

*****

- ¿Estás pololeando Riki? -Sandra le preguntó al dueño de su total y completa atención, mientras se mantenía inclinada, colgada de su cuello por detrás del sofá, en donde él se encontraba sentado.

- Bueno... ya que tocas el tema, voy a aprovechar de contárselos -Ricardo se puso serio, hasta que ni rastro de su sonrisa, aquella sonrisa tan común y fácil de aparecer en su rostro, se mantenía haciendo eco en sus facciones. Tomó aire exageradamente, y agachó la cabeza como si fuese a confesar algo que cambiaría en forma crucial su vida, y la de las dos personas que en ese momento le acompañaban.

Beatriz cruzó una mirada de pregunta con Sandra, quien en un segundo estaba sentada junto a Ricardo, y le hacía caras a su amiga, cuyo conocimiento de lo que fuese que su hermano iba a contarles, era absolutamente nulo. Se encogió de hombros, esperando a que por fin el joven abriera la boca y comenzara a hablar, luego de tanto preámbulo y ceremonia que estaba haciendo.

- ¡Ya!, que nos estás preocupando -Beatriz exclamó, llegando al límite de su paciencia.

- Me caso.

A Sandra se le cayó la mandíbula. Beatriz inclinó la cabeza, mientras elevaba las cejas en clara señal de una sorpresa tan grande, como si Ricardo acabase de contarles algo sencillamente imposible de creer. Y por supuesto que lo era; todos sus conocidos, habían terminado por desechar la absurda idea de que Ricardo algún día llegase a casarse, luego de que a sus veintisiete años, hubiera mantenido innumerables relaciones con chicas tan diversas, como tipos habían en el mundo, y de las cuales, las más prometedoras; aquellas en las cuales sus padres ponían su esperanza de que por fin su hijo sentara cabeza; terminaban por ser despachadas, en períodos que no alcanzaban a llegar ni a los sesenta días.

- ¡¿Qué?! -Sandra y Beatriz dijeron al unísono, mientras observaban al joven de cabello castaño claro, ojos color miel, y rasgos suaves y amables, como los de su hermana, los cuales no anulaban el aire varonil que desprendían su cuerpo y sus gestos.

Ricardo levantó su cabeza finalmente, aún con la seriedad patente en sus ojos. Paseó su mirada entre ambos rostros femeninos, tan atónitos, que a los dos segundos no soportó más la risa contenida por tanto tiempo, y soltó la carcajada descaradamente.

- ¡Nah!, ¿se la creyeron? Es increíble que aún tengan esperanzas de que alguien va a pescar a este bombón -dijo sonriendo de oreja a oreja, provocando que los hoyuelos de sus mejillas se acentuaran aún más, y con un aire de vanidad, que por poco llegaba a estar a la altura de los arranques de superficialidad de Sandra-. Sólo existe una mujer a la que llevaría al altar -dijo, observando coqueto a Sandra, mientras soltaba un suspiro monumental, y se tocaba la barbilla, cubierta por esos pelos tirando a rubios que salían de ella, y que pretendían ser una barba descuidada; mas, cualquiera se daría cuenta de que el joven se esmeraba en ella, tanto, como tiempo dedicaba a pararse los cabellos.

- Chistoso -Beatriz dijo, dedicándole un gesto de fastidio-. Y a ésta no me la tocas, ¿oíste? -se puso de pie, y se dejó caer entre Ricardo y Sandra, cuya sonrisa se había ya dibujado en su rostro, y comenzaba a pestañear en esa forma tan empalagosa que acostumbraba, cada vez que deseaba llamar la atención de alguien.

- ¿Todavía estás pololeando, Sandrita? -preguntó el joven, mientras se echaba hacia atrás, ignorando por completo a su hermana, y concentrando toda la atención, de sus ojos miel con atisbos verdosos, que parecían gustarle demasiado a Sandra, en ella.

- Sí, todavía está pololeando, así que no tienes posibilidades; nada, nothing, cero -Beatriz dejó descansar su espalda en el sofá, intentando interponerse entre la mirada de su hermano y la de su amiga.

- ¿Tú eres su polola? Deberían habérmelo dicho; en realidad pensé que entre ustedes sólo había onda amistad -Ricardo dijo, apuntando a ambas con el dedo, mientras dejaba escapar su sonrisa, y luego pasaba su brazo por detrás de la espalda de Beatriz hasta tocar el hombro de la trigueña-. Aunque pensándolo bien, siempre se la han pasado juntas, así que no sería tan extraño que...

- ¡Ay, Riki!, ¡pesado!, nada que ver -Sandra exclamó, riendo tontamente, mientras le daba un empujón.

- Tú no cambias nada, ah; ya te dije y te lo repito, a Sandra no me la tocas, eres demasiado sinvergüenza para ella.

- ¡¡Bea!!, sólo está bromeando -Sandra dijo, abriendo exageradamente los ojos.

- Cierto, sólo bromeo; si Sandrita es como mi otra hermanita menor, ¿verdad, mi niña? -Ricardo dijo con toda ceremonia, lanzándole una pila de besos, que al instante fueron devueltos con igual grado de empalago por parte de la trigueña.

- Verdad, mi niño -Sandra parecía fascinada, y lo suficientemente en alianza con Ricardo, como para que parecieran realmente hermanos; hermanos gemelos.

- Par de empalagosos... -Beatriz se puso de pie, mientras oía las risitas de los compinches, tan graciosos cada uno a su manera, que no le quedó otra cosa que sonreír mientras les daba la espalda.

- ¿Se está acostando con alguien? -Ricardo preguntó entre dientes, pero lo suficientemente alto, y con toda intención también, de que Beatriz lo oyese.

- Te oí, Ricardo; y tú deja de seguirle la corriente -le advirtió a Sandra, quien estaba nuevamente colgada del cuello del chico, y observaba a Beatriz sonriendo.

- ¿Con quién te estás acostando, Bea? -alzó la voz hacia Beatriz, quien se perdía en la cocina, escapando de ese par, que probablemente la haría trizas a bromas-. Estoy recibiendo unas extrañas vibras, de esas de cuando la gente tiene buen sexo -terminó la frase entre risitas compartidas con Sandra-. ¿Está rica la mina? -intentó indagar con su compañera.

Beatriz giró los ojos con fastidio, mientras comenzaba a lavar los platos utilizados por el recién llegado. Sintió el agua correr y deslizarse por sus manos, provocando un escalofrío en su cuerpo al hacer contacto con su piel. Aquel líquido frío pareció helar su corazón. Suspiró; quizá había sido la pregunta de su hermano, tal vez la duda de que si aquella "vibra" a la que apelaba Ricardo, para asegurar de que estaba teniendo buen sexo, se manifestaba realmente en su ser; o tan sólo su constante recuerdo, le hicieron pensar en Gema por enésima vez ese día.

- ¿Qué está haciendo, mi niña? -la voz de Sandra la sacó de aquellas imágenes que ya habían comenzado a poseerla, provocando que su cuerpo diera un respingo por la sorpresa.

- Me estoy lanzando en paracaídas -Beatriz respondió, sin hacer demasiados esfuerzos por mover los labios.

- ¡Ay, Bea!, nada que ver -Sandra exclamó sonriente, mientras la abrazaba por la cintura, y le estampaba besos en la mejilla, provocando con sus bruscos movimientos, que salpicase el agua, mojando un poco su ropa-. ¿Te enojaste? Sólo eran bromitas -le sonrió en forma infantil, mientras jugaba con los mechones rubios que caían en su rostro, y los ubicaba detrás de sus orejas

- Cuando se ponen pesaditos prefiero irme -Beatriz dijo, mientras Sandra seguía los movimientos de sus manos-. ¿Y, Ricardo? -preguntó, mientras giraba su cabeza hacia la sala, y concluyendo al fin la tarea, secándose las manos en un paño de cocina.

- Fue al baño -Sandra anunció, mientras no soltaba a su amiga, y apoyaba su cabeza en su hombro-. Oye Bea, está harto rico tu hermanito, ah; con los años se ha puesto mejor -sonrió pícaramente.

- Sandra, ten cuidado con él, es mi hermano y lo quiero; pero tú y yo sabemos cómo es, ¿o no? -Beatriz dijo, mientras observaba seriamente a su amiga, quien parecía no escuchar sus advertencias.

- ¡Ya!, si ya sé; sólo fue un comentario. ¿Quién te crees que soy? Yo amo a mi Dieguito, pero para mirar tengo los ojitos... -dijo graciosamente, mientras parpadeaba rápidamente, haciendo sonreír a Beatriz.

- ¿Qué andan cuchicheando las dos aquí?, ¿están hablando de mí? -Ricardo se dejó caer en la cocina en aquel momento, instalándose en la puerta, mientras observaba alrededor, con esa soltura y seguridad que desprendían su cuerpo al caminar y moverse-. Oigan, y, ¿dónde voy a dormir esta noche?

- En el sofá -Beatriz respondió.

- ¡¿En el sofá?!

- ¡Bea!, nada que ver; tú te vienes a mi pieza, y él que ocupe la tuya.

- Yo no pienso moverme de mi pieza, detesto dormir en camas ajenas; además éste es muy sapo, y después se mete en mis cosas. Te quedas en el sofá y punto; es cómodo -Beatriz le dijo a su hermano sonriendo, mientras éste no parecía aprobar aquella solución.

- Por si no te has dado cuenta, Bea, estoy aquí, y me tratas de sapo delante de mío; qué insolencia...

- ¿Acaso he dicho algo que no sea verdad? -Beatriz le dio una mirada a Ricardo, quien pareció abrir la boca para decir algo, mas ninguna palabra salió de ella.

- No nos hagamos problemas; tú Bea, no tienes intenciones de compartir tu pieza con tu hermano. Desconsiderada de mierda -la apuntó con un dedo, recibiendo una amplia y burlona sonrisa de su hermana, para luego dirigirse a Sandra-. Sandrita, por el contrario, no tiene problemas en ser caritativa y ofrecer la tuya -Sandra respondió asintiendo rápidamente, y en forma repetida con su cabeza-. Preciosa... -le lanzó unos besos a la trigueña-. Aprende -le espetó a Beatriz, echándole una fugaz mirada, mientras le elevaba las cejas-. Y yo, no quiero dormir en sofás, y tampoco me importa compartir una pieza; más claro echarle agua. Yo duermo con Sandrita esta noche, y todos contentos; fin de la discusión -frotó sus manos con energía, mientras que sentía las miradas serias de ambas chicas en su rostro.

- Te quedas en el sofá -dijeron Beatriz y Sandra al unísono.

- Pucha... tan buena que estaba mi idea, pero bueno... -dijo decepcionado suspirando exageradamente, mientras que Sandra y Beatriz cruzaban miradas sonrientes, divertidas ante la desenvoltura de Ricardo-. Oye, Bea, ¿cuándo vas a ir a ver a los viejos? -Ricardo inquirió de repente, probablemente aceptando que aquella noche la pasaría definitivamente en el sofá de la sala, y que no había vuelta que darle al asunto.

- No tengo tiempo; la mamá puede venir cualquier día si quiere, ella sabe -le dio una mirada a su hermano, quien la estaba observando con los brazos cruzados y apoyado en la pared.

- Estás muy ingrata cabrita, los viejos tienen ganas de verte; deberías ir, aunque sea por un fin de semana, ¿qué te cuesta?

- Sermones, sermones y más sermones, eso me cuesta, y lo sabes -Beatriz dijo con fastidio, y con la más absoluta intención de que aquella conversación terminara allí.

- ¿Y qué quieres?, ponte en el lugar de ellos -Ricardo siguió a Beatriz, quien salía de la cocina, dirigiéndose nuevamente a la sala con una taza de café en las manos, la cual dejó sobre la mesa mientras oía las palabras de su hermano-. Para ellos no ha sido fácil aceptar lo tuyo.

- ¿Para ellos no ha sido fácil aceptar lo mío? -Beatriz dijo con un claro tono de indignación en la voz, mientras se volteaba bruscamente hacia su hermano-. ¿Qué hay de mí?, ¿te crees que es fácil para mí ver y sentir que ellos no lo acepten? ¿Tienes idea lo que es estar con los papás y saber que todo el rato están pensando en que soy gay, como si eso fuese lo único en lo que me convertí para ellos después de que se los dije? -concluyó, mientras agitaba sus manos en el aire, y miraba fijamente a su hermano.

- Te aceptaron igual, Bea. Deberías darte con una piedra en el pecho; ellos te adoran.

- ¿Darme con una piedra en el pecho, porque me quieren y me aceptan? Son mis padres, ¡por Dios!, ¿acaso no es eso lo mínimo que pueden hacer los padres por sus hijos?, ¿quererlos simplemente? -Beatriz clavó sus ojos verdes en los de su hermano, quien pareció no tener una respuesta para ella. Se dejó caer en el sofá.

- Tú no entiendes; eres una egoísta. Te mandaste a cambiar a otra ciudad con el pretexto de que era por la universidad y los estudios, y no se qué. Pero lo cierto es que te lavaste las manos, y te fuiste bien lejos de tu familia, para no tener que darle explicaciones a nadie.

- ¿Quién te crees que eres para venir a juzgarme? ¿Acaso tú te sentaste a pensar alguna vez en lo que yo sentía? Ustedes... tú y los papás son los egoístas, porque todo este tiempo se han lamentado por tener en la familia a una lesbiana, haciéndose los mártires, como si fuese una maldición en la que han tenido que vivir, como si yo tuviese que cambiar para que ustedes sean felices. ¿Qué te has imaginado? Yo no pienso regalarle mi vida a nadie; yo soy como soy, y siento como siento. Y si a ti o a los papás no les gusta, me importa un rábano, ¿entiendes? Y qué lástima que no puedas quererme por la persona que soy simplemente.

Se hizo un silencio, el cual ni siquiera Sandra, quien se había mantenido callada desde el segundo mismo en que aquel intercambio de palabras había comenzado, se atrevió a romper. Beatriz y Ricardo se estaban observando con las facciones congeladas en sus respectivos rostros; mientras la primera mantenía los puños y mandíbulas tensos, con los ojos fijos y brillantes, el segundo todavía parado a dos metros de distancia, no atinaba a decir palabra; por el temor a empeorar las cosas, o tal vez porque no encontraba las frases coherentes, que interpretasen los pensamientos que se formaban en su cabeza, o simplemente porque no tenía ya más nada que decir.

- Perdona, Bea -Ricardo bajó la cabeza como una criatura que espera por el reto de sus padres, luego de haber cometido alguna travesura-. Yo te quiero hermana, tú sabes que puedes contar conmigo; es sólo que no me gusta esta distancia que hay entre tú y los papás. No debí meterme yo en el saco; hace tiempo que te aprendí a aceptar tal cual eres.

Ricardo avanzó la distancia que lo había estado separando de su hermana, por aquellos últimos minutos; aunque culpar al espacio, fuese tan sólo un pretexto para no decir que él mismo la había estado provocando; y se puso en cuclillas a su lado, mientras le tomaba una mano, y la miraba con aflicción, esperando a que los ojos de Beatriz, los cuales segundos antes se habían escapado de los suyos, volviesen a tener el deseo de dedicarle su mirada; ya fuese por cariño, por perdón, o por el simple hecho de que su hermano se lo estaba pidiendo.

Beatriz levantó la mirada, y sonrió dulcemente, tristemente también, y con amor; ese amor que le unía a su familia, a su hermano, y a sus padres también. Que apesar de todas aquellas veces que habían conseguido hacerle sentir mal, ofendido, y hasta hecho llorar algunas otras; les amaba. Porque no eran sólo malos momentos los que recordaba haber compartido con ellos, porque no habían sido solamente miradas prejuiciosas, de decepción y desaprovación las que le habían dedicado alguna vez; sino que por todas aquellas veces en las que había sido feliz junto a ellos, por todas esas navidades, por sus cumpleaños, por las veces en que alguno de ellos le había dedicado un te quiero, una caricia, un beso en la frente, o incluso alguna comida que fuese su predilecta. Les amaba por el conjunto de cosas que los hacía personas, y por el sin fin de recuerdos que mantenía grabados en su mente de ellos, y de ella misma a su lado.

Beatriz elevó sus brazos y se aferró a su hermano, quien esperaba por ello por algún tiempo ya, y se acariciaron las espaldas. Y qué bien se sentía aquello; el amor fraternal que ya no tenía la posibilidad de sentir físicamente, tan seguido, como cuando era pequeña; pero cuando se daba la ocasión, por dios que bien se sentía.

- Qué emotivo... -la voz de Sandra salió en un susurro, mientras que sin verla, Beatriz sabía que las lágrimas corrían por su rostro. Y es que su mejor amiga, a quién no podía olvidar el agradecerle por prestarle su hombro, que era lo más cercano a lo familiar en su vida diaria, se emocionaba hasta por un simple comercial, a veces.

- Ya... que Sandra se nos está poniendo a llorar aquí -Beatriz anunció sonriendo, una vez que ya se había separado de su hermano, y él sólo se mantenía tomándola de un hombro, ambos observando a la trigueña, quien se pasaba la manga por la nariz-. Yo también te quiero, hermano -Beatriz le dio unas suaves palmaditas sobre la mano, y éste le sonrió con los ojos brillantes.

- Pero tienes que aceptar que no es sencillo imaginar que tu hermana se acuesta con mujeres; o sea, ¡tú eres mi competencia directa!, y de hecho hay minas que te preferirían a ti antes que a mí. No tienes idea lo que eso le hace a mi ego... -Ricardo dijo con angustia, mientras se llevaba una mano al pecho, y recibía una mirada de fastidio de su hermana.

- Tú te acuestas con mujeres; yo siento atracción por ellas, y amor, si es que tengo la suerte de encontrar alguna que me ame también... -Beatriz dijo, sabiendo en su corazón que Ricardo le saldría con una más grande.

- Pero te acuestas con ellas también, ¿o no? ¿Me contarías las cositas que hacen? -preguntó con cara de malicia.

- ¿Tienes que ser tan... -Beatriz entornó los ojos, mientras meneaba la cabeza, intentando dar con la palabra adecuada para describir a su hermano. Su ojos se posaron en su amiga, quien los observaba emocionada aún-, tan Sandra para tus cosas? -Sandra se llevó una mano al pecho, sin entender demasiado lo que su amiga había querido decir, al parecer Ricardo tampoco había acabado por comprender-. Además, no es de tu incumbencia lo que yo haga o deje de hacer en la cama -se puso de pie, dirigiéndose nuevamente a la cocina, taza en mano, con la intención de prepararse un nuevo café, ya que lo más probable era que ése estuviese frío.

- ¿Qué habrá querido decir, Sandrita, con eso de que soy muy tú para mis cosas?

Beatriz oyó a su hermano interrogar con voz extrañada, mientras sentía la mirada de él y su amiga clavadas en su espalda, siguiendo sus pasos; sonrió. Ambos eran a veces insoportables, pero por Dios que los quería.

- Ni idea; pero debe ser algo metafórico; obvio, no ves que es escritora...

*****

Beatriz se puso de pie por enésima vez, abandonando aquella silla en la cual había permanecido esporádicamente las últimas dos horas, esperando que en alguno de sus muchos paseos alrededor de su habitación, hallara aquella inspiración que parecía perdida en algún lugar, del cual había olvidado por completo la forma de llegar hasta él. Sus manos se posaron pesadamente sobre el escritorio, mientras observaba la pantalla de su computador, en la cual aquella hoja, tan vacía, como en el momento en que la había abierto, parecía burlarse en su propio rostro de la frustración que emitían sus facciones.

Suspiró profundamente, moviendo la cabeza de un lado al otro, para luego estirar sus brazos y soltar un bostezo monumental. Levantó la cabeza hacia el techo, no encontrando más que un montón de tablas, una al lado de la otra, las cuales le parecieron horribles. Decidió apagar de una vez por todas su computador, y desistir de aquella tarea que le parecía imposible de realizar, e intentando, a la vez, escapar de aquel incipiente mal humor que percibía apoderándose de su cabeza, de su rostro, y de su ánimo.

Caminó el espacio que la distanciaba de su cama, y se dejó caer en ella boca arriba, cerrando los ojos, mientras intentaba relajarse. Llevó su mano hasta su cabello y se quitó esa traba, que hacía doler su cabeza al apoyarla sobre la almohada, y la cual había estado luchando por mantener prisioneros los cabellos rubios, y no lo suficientemente largos de Beatriz, en una descuidada y abstracta cola de caballo, que apenas era un intento de ella, y la cual ahora parecía estarla molestando lo suficiente, como para que la joven, lanzara lejos aquel objeto de color azul.

Beatriz llevó sus manos hasta su estómago, y clavó sus ojos en el techo, sobre aquellas mismas tablas en las cuales segundos antes, no había encontrado la belleza suficiente como para que robasen su atención por más de un segundo. Pero, esta vez, no tuvo la fuerza suficiente, el deseo, o sencillamente la regalada gana de apartar la mirada de ellas; y se las quedó viendo, mientras que éstas parecían estarla transportando a otro lugar; un lugar lejano, o cercano tal vez de aquel, dentro del cual se hallaba. Y se dejó hipnotizar por aquellos resquicios que se formaban en donde comenzaba una tabla y terminaba otra, y en los innumerables nudos que invadían esa superficie, y parecían moverse. Le dieron la impresión de estar bailando, y cambiando de lugar constantemente, formando figuras y rostros, y su nombre; junto a ese deseo vehemente que comenzó a apoderarse de su ánimo por estar con ella, y de que de una vez por todas, todo, absolutamente todo desapareciese frente a sus ojos, y trajera consigo sus ojos azules, y sus labios, y su presencia, tan sólo su presencia.

- ¿Se puede?

Beatriz dio un salto, mientras abría los ojos de par en par, y sentía como si se hubiese estado cayendo, sin poder evitarlo. Miró asustada a la figura femenina, observándola con un pie aún fuera de su habitación, pidiendo por su permiso para terminar de ingresar.

Sintió un vacío en aquel momento, como si la realidad se la hubiese tragado, y su corazón deseara que la escupiera, que la liberara, que la dejase salir. Mas, Sandra continuaba allí mirándola sonriente, como una sentencia de su vida, como si en su mano mantuviera un cartel que decía algo así como: 'bienvenida a tu vida, que te diviertas'

- Sí, pasa... -Beatriz respondió finalmente, con ese tono de melancolía en su voz, y sus párpados que parecían no desear abrirse, y enseñar sus ojos en su completo esplendor.

- ¿Estás bien? -Sandra se sentó a su lado, mientras la miraba dulcemente, y robaba una de sus manos, arrebatándosela a su par, para comenzar a jugar con sus dedos. Beatriz asintió-. Tienes que dejar de mordisquearte las uñas, Bea; te afean los dedos. Y tienes las manos tan lindas... -Sandra se llevó aquella misma mano prisionera en la suya hasta su boca, y le dio un montón de besos, hasta hacer sonreír a su dueña.

- ¿Cómo dormiste anoche? Por favor, no me digas que tuviste algún visitante nocturno... -Beatriz dijo graciosamente, provocando que una aguda risa, saliera de la boca de su amiga.

- En realidad, yo estuve tentada de salir a hacerle compañía a nuestro invitado; ¡está muuuyy rico!

Sandra se lanzó a la cama, mientras Beatriz cerraba los párpados, y levantaba las manos en forma expectante; esperando quizá que el cuerpo de la trigueña hiciera contacto con el suyo, dejando, para variar, algún moretón como obsequio, como tantas otras veces. Mas, esta vez su amiga cayó lo suficientemente lejos, como para no tocarla ni con un pelo de sus cabellos. Beatriz alcanzó a abrir los ojos, con el tiempo suficiente, para ver su estómago rebotando un par de veces sobre la superficie del colchón.

- Ya estás advertida, y por Dios, que tú sabes perfectamente bien como es -Beatriz alzó un dedo en señal de advertencia, mientras que elevaba las cejas, apoyando el gesto de sus manos.

- ¡Ya!, entendí perfectamente bien la primera vez que me lo dijiste, ¿ok? -Sandra descansó la mejilla en sus brazos cruzados sobre la cama, mientras observaba a Beatriz una última vez, antes de cerrar sus ojos definitivamente.

- Si a ti no se te metieran por un oído y te salieran por el otro, las cosas que te digo, cada vez que te las digo, no tendría necesidad de repetírtelas.

- No me retes, no tengo ganas -Sandra soltó un bostezo, mientras sus ojos no parecían querer abrirse, y su cuerpo se relajaba más y más en clara señal de estarse quedando dormida.

- ¿Te desvelaste anoche?

- Sí, un poco; estuve hablando con mi chiquitito hasta tarde, y después no pude dormirme más. Estuve pensando mucho en él, en nosotros, y el problema que tenemos...

- Ya se va a solucionar, paciencia -Beatriz estiró una mano y acarició el cabello enmarañado de Sandra, el cual visiblemente no había sido peinado todavía, y se encontraba un tanto húmedo aún.

- No sé... ¿Cómo te has sentido tú con lo tuyo? -Sandra inquirió, aún manteniendo los párpados cerrados, mientras le hacía preguntarse a Beatriz, si en realidad su amiga había estado pensando tanto la noche anterior, que en el presente minuto no deseaba más darle vueltas al asunto, tocando aquel tema una vez más.

- No sé tampoco... -Beatriz respondió, deslizando su cuerpo aún más hacia abajo, y relajándose, mientras su atención volvía a concentrarse, en las hace algún rato, olvidadas maderas.

- ¿Qué se siente estar con una mujer? -Sandra preguntó de repente; y a juzgar por la forma en la cual lo había hecho, no se trataba de una de aquellas preguntas que la joven soltaba de vez en cuando, por el simple hecho que se habían cruzado por su mente.

- ¿Qué se siente? ¿A qué te refieres? -Beatriz frunció el ceño fugazmente, mientras continuaba en la misma postura; mas, prestando atención a lo que fuese que Sandra deseaba o necesitaba saber.

- ¿Cómo es estar con una mujer? ¿Cuál es la diferencia entre eso y estar con un hombre?

- Es difícil responder a eso; mi naturaleza es que me gusten las mujeres; por lo tanto, si me haces compararlo con estar con un hombre, primero no sé, porque no he estado con uno, y segundo, no siento nada por ellos, así que la diferencia para mí es que lo primero me gusta, y lo segundo me desagrada.

- Lo sé; pero... dime lo que tú has sentido al hacer el amor con una mujer.

Beatriz cerró los ojos, y pensó, sintió, y remembró en su espíritu, en su cuerpo, en cada fibra de su ser, todos aquellos recuerdos que guardaba dentro de sí. Y por Dios, que procuró concentrarse en aquello que era general, y aunque tan sólo había estado con una persona, en realidad, y ésa resultaba ser Carolina; en su mente no fue ella quien apareció, no fueron sus besos, ni sus caricias, ni su mirada, ni sus te quiero. Gema se apoderó de aquellas imágenes que pasaban por su cabeza, haciéndola sonreír, provocando aquellas mariposas en su estómago, y esa forma en que su respiración parecía entrecortarse, y terminar en leves risas, que más parecían suspiros escapando de su garganta.

- Es perfecto... sus manos en mi cuerpo, sus labios besándome lentamente, despacio, con ternura; mi corazón se acelera hasta que parece estallar dentro de mi pecho, y los latidos del suyo se van haciendo más rápidos, van retumbando junto al mío; mi alma se colma de una felicidad infinita, es un sentimiento que me invade completamente; y la abrazo fuerte, y ella se aferra a mí, y es mía, entera mía, y deseo que aquello jamás termine; su suavidad, su dulzura, su mirada diciéndome todo lo que siente por mí, el calor desprendiéndose de su cuerpo, su aliento sobre mi piel, tan despacio, sin apuros, tan suave... tan delicada... tan hermosa...

Abrió los ojos repentinamente, y se sonrojó al ver a Sandra observándola de esa forma tan atenta, con los ojos clavados en su rostro, cuando Beatriz esperaba que todavía estuviese con los párpados cerrados. Se dio cuenta que su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal, y que sus puños estaban tensos, con sus uñas clavándose en la palma de su mano, mientras que los dedos de sus pies también procuraban replegarse. Sacudió su cabeza, y deseó que Sandra no le preguntase ninguna otra cosa relacionada con el tema.

- ¿Te emocionaste? -Sandra preguntó finalmente, levantando levemente sus cejas, mas sin dibujar sonrisas en su rostro, ni dejar escapar carcajadas de su boca-. Porque yo sí, qué quieres que te diga -dijo con su habitual soltura, y volvió a cerrar sus ojos-. Debe ser genial, en realidad, por la forma en que lo dices... -provocó un nuevo sonrojo subiendo por las mejillas de su amiga; mas esta vez no lo percibió-. Me gustaría sentir alguna vez todo eso que describes.

- Lo vas a sentir, no me cabe la menor duda.

- ¿Con un hombre? -Sandra interrogó, emitiendo un claro tono de duda en el sonido de su voz, como si se estuviese respondiendo a sí misma.

- Supongo.

- No creo que sea lo mismo; a mí me gustan ellos, y a ti te gustan ellas; pero aun así, lo que se debe sentir ha de ser diferente, no sé...

- No pienses tanto, Sandra; alguna vez vas a estar con Diego o con algún otro; no lo sé, y podrás describirme tu propia experiencia, y vas a sentir cositas en la panza, y te vas a emocionar, y todo eso.

- ¿Y si nunca puedo estar con él?, ¿si nunca supero esto que me pasa? No tienes idea lo que siento cuando se da el momento, Bea; yo siento que lo amo, pero algo dentro de mí me retiene, y es algo insoportable, son como dos fuerzas en mi interior; es terrible...

- Tranquila... desearía poder hacer algo por ti; me siento tan inútil de no poder ayudarte con esto... -Beatriz dijo angustiada, mientras observaba el rostro de Sandra que parecía tan pacífico; mas, lo que la chica sentía en su interior, no estaba siendo representado en lo absoluto por las facciones de su rostro.

- Hay veces en que lo pienso, ¿sabes?, como cuando era chica -Sandra dijo, para luego dejar de hablar por un momento, como intentando buscar las palabras correctas en su cabeza-. Tú y Diego son las personas más importantes en mi vida; pero tú eres diferente. Siempre me he sentido cómoda a tu lado; tú me das seguridad, como si pudiese encontrar cualquier respuesta en ti, ¿sabes? -hizo otra pausa, un tanto más prolongada que la anterior, quizá esperando a que Beatriz dijese algo, o simplemente porque no sabía cómo articular la siguiente letra que buscaba salir de su boca-. Y hay momentos en los que desearía que tú fueras mi amor, y que yo fuera el tuyo; sería perfecto. Tú siempre vas a ser mi salvadora...

Sandra abrió los ojos finalmente, y observó a Beatriz quien la miraba fijamente; la vio separando sus labios, tal vez con la intención de decir algo, quizá simplemente estaba metiendo aire a sus pulmones. Y sonrió viendo todo aquello en ella; su amiga, su mejor amiga, y había dejado escapar todas esas frases, consciente de algunas, sin entender parte de otras. Era sincera con ella, como siempre lo había sido, y como siempre lo iba a ser.

- Pero, ¡soy heterosexual!, ¿cierto? ¿Qué le vamos a hacer? -Sandra se puso de pie de un salto al momento en que el teléfono sonó, haciendo a Beatriz dar un respingo por la sorpresa-. ¿Aló?

¿Qué había sido todo aquello? Beatriz observó a su amiga, de espaldas hacia ella, con el auricular pegado a su oreja, mientras meditaba si las oraciones salidas anteriormente de la boca de la chica, habían sido del todo ciertas, si acaso había sido en plan de broma, o si había sido un poco de ambas. Finalmente, repitió mentalmente una de las últimas frases dichas por Sandra: 'pero, soy heterosexual'.

Su voz aguda, para la cual momentáneamente, y en forma extraordinaria, se había ensordecido, volvió a sonar fuerte en sus oídos. Dirigió su mirada a su rostro sonriente, mientras ésta le estiraba el auricular. Beatriz automáticamente levantó su mano y lo recibió en ella.

- Es la Pauli -Sandra dijo, guiñándole un ojo, para luego dirigirse hacia la puerta de la habitación, perdiéndose tras ella.

*****

Beatriz salió de su cuarto, atraída por el sonido de la música, los continuos gritos y cantos, y el aroma que se desprendía de la carne a medio asar sobre la parrilla. Dirigió su mirada hacia la sala, y vio una imagen que la hizo sonreír, mientras su pie comenzaba a moverse al compás de la cueca que Sandra intentaba bailar pañuelo en mano y una sonrisa, desplegando todo su empeño y gracia, más que la técnica misma que había logrado conseguir durante todas aquellas semanas, en las cuales se le había metido entre ceja y ceja aprender el baile a como diera lugar. Diego se encontraba sentado frente a ella, mirándola atónito a vista de cualquiera, siguiendo con sus ojos verdes los movimientos de su novia, mientras aplaudía con entusiasmo, y una sonrisa dulce y un poco boba, parecía haberse quedado plasmada para siempre en su rostro.

Sandra se acercó hacia él mirándolo coqueta, y le extendió su mano, a la cual Diego pareció rehusarse, poniéndose serio y meneando la cabeza frenéticamente de un lado al otro. Mas, tanto el chico, como Beatriz misma, y sobre todo Sandra, sabían perfectamente que cualquier negativa de Diego sería algo tan inútil, como inútil habría sido intentar convencerla de que no necesitaba de bailes para que su novio pensara y sintiera en su corazón, que ella era la mejor en todo y cualquier cosa.

- Diego, ¡compadre!, venga a echarme una manito con esto -la voz de Ricardo llegó desde el lado izquierdo de donde Beatriz aún continuaba parada, provocando que el joven de ojos verdes se volteara, agradeciendo probablemente el oportuno llamado.

- Voy -al segundo Diego se ponía ya de pie, con la intención de dirigirse hacia el pequeño balcón, en donde Ricardo se había instalado con parrilla, carbones, papeles de diario, y por supuesto sus diversos tipos de carnes.

- ¡Hola, Bea! -Sandra y Diego dijeron al unísono, mientras que la primera agarraba al joven de un brazo, intentando retenerlo con ella allí, y que continuara observando su eterno baile.

- Hola, Diego, ¿cómo estás? -Beatriz le dio un beso en la mejilla al joven.

- Bien, aquí viendo a Sandrita bailar cueca, ¿has visto lo bien que lo hace? -Diego preguntó, para en seguida recibir los mimos de Sandra, que sacaba pecho, mientras sonreía pícaramente enviandole un mensaje visual a Beatriz, el cual probablemente decía algo parecido a 'soy más top que la tipeja ésa'.

- Sí, la he visto -Beatriz dijo, marcando cada letra, mientras abría un poco más de la cuenta los ojos, y le daba una mirada a Sandra, quien le sonrió en forma pueril, arrugando la nariz graciosamente; Beatriz giró los ojos-. Y, ¿está listo el asado? -interrogó, dirigiendo su mirada hacia el pequeño balcón, en donde se distinguía la espalda ancha de Ricardo, parado delante de la parrilla de la cual salía humo sin cesar.

- Eso voy a supervisar ahora -Diego anunció, dándole un pequeño beso a Sandra, para luego irse a parar junto a Ricardo, palmotearle la espalda, y comenzar a intercambiar palabras con él animadamente.

- ¡Vas a quedar pasado a humo!, ¡nada que ver! -Sandra rezongó, cruzándose de brazos, mientras estiraba la boca, y pataleaba como una niña pequeña.

- Ya, déjalo, después le echas perfume y ya -Beatriz dijo sonriendo, mientras veía a su hermano acercarse al lado de ambas, aplaudiendo entusiasmadamente, y pegando unos zapateos, dignos del baile de Sandra, la cual al segundo estaba siguiéndole el ritmo, mientras Diego se hacía cargo ahora de la carne.

- Voy a ir a comprar algo para tomar y vuelvo altiro, chicas -Ricardo anunció, poniéndose su chaqueta-. ¿Me acompañas, Sandrita? -le pidió a la trigueña, mientras se arreglaba el cuello.

- No puedo, estoy con mi niño -Sandra dijo, mientras le indicaba con un dedo al lugar en donde estaba parado Diego, al cual se le distinguía masticando un trozo de carne, probablemente demasiado caliente, ya que al segundo de echársela a la boca, comenzó a abanicarse con las manos, frenéticamente.

- Bueno, no te voy a rogar mujer, después no te lamentes -dijo ceremoniosamente, para luego dirigirse hacia la puerta, y perderse tras de ella, no sin antes lanzarle un beso a Sandra, quien lo recibió gustosa, y le lanzó en seguida otro de vuelta, el cual Ricardo pretendió recibir en su mano, para después llevárselo hasta la boca, y luego pegar la palma en su pecho, fingiendo que su corazón comenzaba a latir más de la cuenta, mientras suspiraba exageradamente.

- Qué horror... -Beatriz dijo, haciendo una graciosa mueca, para luego elevar su dedo en señal de advertencia, mientras le daba una severa mirada a su amiga.

- Sólo estamos jugando, ¿ya? Voy con él -dijo, lanzándole un millón de rápidos y sonoros besos, mientras corría hacia la puerta-. ¡Vuelvo altiro mi amor! -gritó al aire, y se fue detrás de Ricardo.

Beatriz se acercó a Diego, el cual mantenía sus ojos sobre la parrilla, y una mueca de concentración, la cual no desapareció de su rostro en el minuto en que la chica se paró junto a él; sólo al pronunciar una primera palabra, Diego pareció advertir su presencia, y le sonrió, mientras no quitaba su atención de la carne, longanizas, y demás cosas que descansaban sobre aquellos fierros candentes, mientras que el olor característico inundaba el departamento, y el humo volaba hacia el cielo, lejos del lugar.

- Creo que esto está listo, ¿o no? -Beatriz inquirió, sin que le entusiasmara demasiado el hecho de que un pedazo medio sanguinolento de carne, fuera a pasar por su garganta.

- No tengo idea, Bea; nunca en mi vida he hecho un asado. Pero que quede entre nosotros, mira que ya tengo demasiado con los comentarios sobre lo divertido que es tu hermano, para encima quedar como un inútil delante de Sandrita -Diego dijo, echándole una mirada a Beatriz a su lado.

- Ya sabes como es ella; a mí también me habla de lo maravilloso que eres tú.

- ¿En serio? -preguntó el chico interesado.

- En serio -Beatriz respondió, observando el perfil del joven, y su incipiente sonrisa, mientras suponía que su atención ya había abandonado por completo aquella tarea, que como él mismo le había confesado, no tenía idea de cómo realizar.

- ¿Y qué pasó con Gema?, ¿todavía están saliendo?

La pregunta de Diego la tomó por sorpresa, haciendo que su corazón prácticamente se le saliera por la boca al oír su nombre. Su garganta se hizo estrecha al intentar tragar, y se mordió el labio inferior, mientras se concentraba en ese pequeño dolor producido por sus dientes, deseando que la emoción que comenzaba ya a invadirla, no terminase por hacerlo.

Odiaba tener que dar explicaciones, y hacer a un tercero y completo ajeno de sus asuntos y sentimientos, partícipe de ellos. Inspiró hondamente, intentando disimular el movimiento de su pecho ensanchándose. Sus ojos se elevaron repentinamente al cielo celeste, que en ese momento se imponía hermoso sobre aquella escena. Y sabía que le era completamente imposible fingir como deseaba, y mentir mediante sus gestos y reacciones, algo que era tan evidente en su comportamiento y en sus ojos, que sin vérselos de frente adivinaba que quisiera o no comenzaban a aguarse. Y cómo hubiese deseado que Gema apareciese en ese momento, y se la llevara consigo, que se la robase a esta realidad como tantas otras veces, y poder sentirla junto a ella, que la defendiera frente a los otros, que parecían un maldito recordatorio de lo que era y no era verdad en su vida.

- Perdona, ¿te incomodé? Olvídalo -Diego dijo, un tanto avergonzado-. Es que Sandra te quiere tanto, y hemos compartido tantas veces los tres, que te considero amiga.

- No te preocupes, Diego; sé cuáles fueron tus intenciones. Yo no...

En ese momento la puerta se abrió, y las risas de Sandra y Ricardo llegaron a los oídos de ambos; y qué aliviada se sintió Beatriz, de que les hubiesen interrumpido en ese preciso instante. Giró su cabeza, y divisó a Sandra ingresando al departamento con una gran sonrisa en su rostro, mientras no paraba de hablar rápidamente, junto con Ricardo, quien aún no ponía un pie dentro, y se divisaba en el umbral, cargado de botellas, y una sonrisa doble de ancha que la de su amiga, mientras le miraba el trasero a una tercera persona, cuyos ojos se dirigieron directamente hacia los de Beatriz, en el momento en que dio con su ubicación. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, mientras hacía un gesto elevando levemente su mentón.

- ¡Bea!, mira a quien nos encontramos afuera; la invitamos a comer, ¿no te parece genial? -Sandra dijo entusiasmada, mientras que agarraba a Paula de un brazo, y la dirigía ella misma cerca de Beatriz, quien no sabía si sonreír o permanecer seria, y mucho menos si es que aquello era o no de su agrado.

Sandra se olvidó al segundo de las dos jóvenes, y se abalanzó feliz de la vida a Diego, abrazándolo, mientras comenzaba a ronronear, con la cara pegada a su espalda, e ignoraba por completo el hecho de que casi había provocado que el chico se fuera de bruces sobre la carne a medio asar.

- ¿Cómo estás? -Paula acercó sus labios hasta posarlos suavemente en la mejilla de Beatriz, para luego separarse lentamente, no sin dejar de pasear su mirada sutilmente por lugares lejanos a su rostro. Le sonrió inclinando un poco la cabeza, adornada por esos rizos brillantes, hacia un lado-. Tu amiga me invitó a pasar -dijo, apuntando hacia Sandra con la cabeza, como dándole una explicación del por qué estaba allí parada enfrente suyo-. Pasaba por aquí, y te venía a invitar a dar una vuelta. No te preocupes, que no me voy a quedar, sólo quería verte... -Paula sonrió coqueta, bajando la mirada por un par de segundos, para luego levantarla hasta dar con sus ojos marrones de lleno en los verdes de Beatriz.

- ¿Estoy diciendo que no quiero que te quedes? -Beatriz preguntó, sin estar segura de que quisiera tenerla sentada en la mesa, con Sandra y Ricardo presentes, conociéndolos como eran.

- Tampoco me has dicho que quieras que me quede, ni que estás feliz de verme -dijo, casi susurrando; probablemente, sintiendo la mirada de Ricardo, pendiente de lo que fuese que ambas estaban hablando-. Yo sí lo estoy... -le confesó, acercándose un poco más a su oído, y hablando suavemente, con un tono de seguridad que en su vida Beatriz soñaba con llegar a poseer.

- Beatriz no me dijo que tenía amistades tan agradables -Ricardo dijo, sonriendo amablemente-. Te vas a quedar, ¿verdad? -preguntó, sin quitarle la mirada de encima a Paula, a quien parecía no importarle lo que fuese que Ricardo le estaba diciendo, y mantenía los ojos clavados en las reacciones de Beatriz-. Dale Bea, convéncela -dijo el joven, como suplicándole.

Beatriz observó momentáneamente a su hermano, quien tenía una cara de entusiasmo que no hacía trabajo alguno por disimular. Luego dirigió su mirada, nuevamente, hacia Paula, quien se mantenía aún estática, como esperando a que ella dijese algo. Observó por segunda vez a Ricardo, esperando a que el joven se fuera. Finalmente, éste pareció entender el mensaje, y se fue a hacerles compañía a Sandra y Diego.

- Deberías quedarte; bueno, si quieres -Dijo Beatriz-. Aunque éste se encargó de la carne, así que ni idea de cómo estará; si te quieres arriesgar... -le advirtió encogiéndose de hombros.

- No importa; de todas formas no como carne, y aunque comiera y estuviera asquerosa, si estás tú presente...

Beatriz observó la sonrisa ensanchándose en el rostro de Paula, mientras sentía un leve toque de sus manos haciendo contacto con las suyas. No supo si soltarse, si decir algo, o simplemente inventarle que debía hacer cualquier cosa y escaparse de allí. Paula continuaba mirándola, hasta que finalmente liberó sus manos, percibiendo, probablemente, la incomodidad expresa en las facciones de Beatriz. Y suspiró, mientras fugazmente, dirigía su atención hacia esas manos, ahora vacías, para luego elevar sus ojos, una vez más, hacia los de Beatriz, meneando la cabeza de un lado al otro, casi imperceptiblemente, provocando que su cabello se moviera de una graciosa manera. Beatriz sonrió.

*****

- ¡Nada que ver!, ¡no es cierto!, ¡mentiroso! -Sandra chillaba, mientras le daba un sin fin de golpes a Ricardo en un brazo, y éste intentaba tragar el trozo de carne -demasiado grande tal vez- que le estaba costando trabajo masticar.

- ¿¡No es cierto!? ¿Cómo que no? Acéptalo, siempre estuviste loquita por mí; yo me acuerdo cómo me mandabas saludos con tus amigas -Ricardo dijo, con la boca llena, mientras se escudaba tras sus manos-. ¿Cierto, Bea? -se dirigió a su hermana, la cual se encontraba frente al par de compinches, obligada a observar cada diálogo que estos sostenían, el cual la mayoría de las veces terminaba con seudo peleas, que no hacían otra cosa que unirlos más en esa especie de dúo dinámico que habían formado, desde el instante mismo en que Ricardo había puesto un pie en ese lugar.

- No me metan a mí en sus cosas -Beatriz dijo, mientras movía la cabeza de un lado a otro, y deslizaba una servilleta por la boca.

- ¿Ustedes se conocen desde chicos todos? -Paula preguntó, mientras sonreía divertida viendo a Sandra lanzarle una servilleta hecha una bolita a la cara de Ricardo, y terminaba mirando a Beatriz, esperando a que ésta respondiese a su pregunta.

- Sandra y yo nos conocemos desde que teníamos cinco años; después, este metiche que ves aquí, se nos pegaba a veces, cuando Sandra iba a mi casa. Es de esa gente que escucha detrás de las puertas, o levanta el teléfono cuando alguien está hablando -le dio una miradita a Ricardo, quien le hizo una mueca de burla, poniéndose la mano bajo de la nariz.

- Me están calumniando, mi propia hermana me calumnia; tú, defiéndeme -le pidió a Sandra, mientras fingía indignación.

- Defiéndete tú solito, inepto.

- ¿Y qué hay de ti? -Paula le inquirió a un callado Diego, quien se mantenía mirando la escena desde la misma perspectiva de Beatriz.

- No; Sandra y yo nos conocimos hace como dos años, aunque de vista mucho antes; estudiamos en la misma universidad -sonrió levemente, mientras se apuraba un sorbo de vino.

Beatriz observó a Paula, quien parecía lo suficientemente cómoda en esa mesa, como para integrarse sin problemas a la conversación con aquellos completos desconocidos. La chica se dispuso a llenar su copa de vino; pero antes, alzó los ojos hacia Beatriz, quien se sintió atrapada, siguiendo sus movimientos. Paula sonrió, enseñándole la botella. Beatriz movió la cabeza en negación, y luego vio el líquido caer lentamente hasta llenar la mitad de la copa. Los movimientos suaves y seguros de la joven, contrastaban directamente con los bruscos e infantiles que hacía Sandra con sus manos y cabeza, sentada junto a Paula.

- Sí, mi niño y yo nos conocimos hace como dos añitos, y desde ahí que estamos juntitos los dos, ¿verdad, mi vida? -Sandra preguntó, como si le hablase a un bebé, mientras le sonreía empalagosamente a Diego, cuya sonrisa nació de inmediato en su rostro.

- Verdad -dijo tímidamente, mientras se sonrojaba sutilmente.

- Sandra y yo tuvimos un romance adolescente, ¿sabían? -Ricardo largó la frase de pronto, mientras sonreía ampliamente, y sus hoyuelos se marcaban, dándole un aire de niño travieso-. Es más, yo le di su primer beso, ¿verdad Sandrita? -le inquirió, no sin antes darle una ojeada a Diego-. Así que tú me la vas a cuidar bien, porque o si no te la quito, ¿oíste? -le advirtió en tono de real amenza a Diego, para luego soltar una carcajada, en la cual se notaba la incipiente chispa producida por los sorbos de vino que habían ya pasado por su garganta.

- ¡Oye!, ¡copuchento! -Sandra le dijo, mientras reía dándole un codazo tan certero que hizo nacer una mueca de dolor en el rostro del joven-. No lo oigas, mi vida; fue algo infantil, no tuvo importancia -Sandra explicó, poniéndose seria fugazmente, mientras se dirigía a Diego.

- No estoy copuchenteando, sólo les cuento sobre un hermoso recuerdo que guardo de ti. Además, si no hubiera sido por mi hermanita metiche, quizá todavía estaríamos juntos -fingió un disparo con su dedo índice en dirección de Beatriz-. La verdad... -Ricardo se puso repentinamente serio, y luego de algunos segundos, observó a Sandra, luego a los presentes uno por uno, y volvió a concentrar su mirada en los ojos marrones de la trigueña, quien le pestañeaba repetidamente, sonriendo divertida, esperando a lo que fuese que el chico diría-. Siempre te he amado, Sandrita... -Ricardo se mantuvo serio observando a la joven, pero al segundo largó la risotada, provocando que Sandra lo atacase nuevamente a golpes.

- ¡Antipático!

- Pero la parte de Beatriz es cierta; si no se hubiese interpuesto entre nosotros, esta es la hora que Diego no estaría aquí presente.

- Si tú no hubieses sido un fresco desde jovencito, mi Beíta no hubiera tenido necesidad de contarme sobre tus comportamientos cuando yo no estaba presente -Sandra dijo-. ¿Verdad mi niña? -le dijo lanzándole un montón de besos a Beatriz-. Además, al momento de conocer a mi Dieguito, te hubiese botado, así -chasqueó los dedos-. ¿Cierto, mi vida? -Sandra se puso de pie, y se sentó en las piernas de Diego, mientras apoyaba su cabeza en el hombro del chico, quien en ese mismo instante aferró sus manos a su cintura, decidido a no dejar que se acercase más a Ricardo.

- Cierto -Diego dijo, mientras le hacía cariños a Sandra, y sostenía la mirada de Ricardo, quien lo estaba viendo con un leve gesto de burla en el rostro.

Beatriz dirigió su mirada hacia Paula, al sentir los ojos de ésta en su rostro. Elevó sutilmente las cejas, como pidiéndole disculpas por algunos diálogos tontos, mantenidos en aquella mesa. La joven pareció entender, y le sonrió; con una sonrisa que le decía tanto más que sólo se encontraba divertida con todos ellos ahí, y que sabía que ella no tenía la culpa de que no se tocaran temas interesantes en aquel lugar.

- Tú eres la pareja de mi hermana, ¿cierto? -Ricardo interrogó de repente, haciendo que Beatriz se sobresaltara, y dirigiese su mirada hacia el joven.

- ¿Por qué lo preguntas? -Paula dijo, con la tranquilidad patente en el sonido de su voz, alejando su atención del rostro de Beatriz y dirigiéndola hacia el de Ricardo, quien la observaba seria y fijamente. Beatriz supo que la pregunta iba en serio.

- Por la forma en que la miras, y porque me cuesta pensar que mi hermana tenga una amiga como tú, y se conforme con que seas sólo eso; tendría que ser tonta -Ricardo dijo, mirando a Beatriz, quien se incomodaba más y más a medida que los segundos se sucedían.

- Metiche -Sandra intervino de repente, y Beatriz casi alzó su voz agradeciéndole por esa forma chistosa en que decía cada cosa, porque notoriamente le bajaba la tensión al momento, o por lo menos a la suya; puesto que ni Ricardo ni Paula, parecían estar incómodos ni en lo más mínimo.

- Tú quédate con tu Dieguito, y no me dirijas la palabra -Ricardo dijo graciosamente, observando fugazmente a Sandra, quien le sacó la lengua, para luego hundir su rostro en el hombro de su novio, una vez más-. ¿Entonces?, ¿me van a decir si son amigas o pololas? Y esto lo estoy preguntando seriamente; me interesa saber sobre las relaciones de mi hermana. Aunque a ella le cueste creerlo, desearía ser partícipe de su vida en todo sentido -terminó la frase, sonriéndole dulcemente a su hermana, y a Beatriz le pareció que estaba siendo honesto.

- Somos amigas -Paula dijo, finalmente, consiguiendo con ello la atención de Ricardo, quien hizo una mueca con la boca, dudando de aquella afirmación.

- ¿Quiere decir eso que el hermanito tiene posibilidades...? -preguntó, mirando coqueto a Paula, a quien pareció no importarle si es que el chico bromeaba o no, esta vez.

- Ricardo... -advirtió Beatriz.

- Ni en sueños -Paula dijo lacónicamente.

- Buuuh... no entiendo nada. ¿Estás loca, Bea? Atina, mujer; no puedes dejar pasar a una chica como Paula, ¡mírala! -Ricardo exclamó indignado, mientras apuntaba con una mano hacia la joven de cabello rizado-. Permíteme decirte Paula, con todo respeto, que me encantaría tenerte como cuñada; eres linda, inteligente y femenina, ¿sería mucho pedir que te fijaras en mi hermana?

- ¡Ricardo! -Beatriz exclamó afligida.

- Permíteme decirte, Ricardo, que a mí me encantaría tenerte como cuñado también.

Beatriz observó a Ricardo haciéndole gestos; evidentemente el vino lo había achispado lo suficiente como para avergonzarla. Ya no sabía quién era capaz de ponerla en situaciones más incómodas, si Sandra o Ricardo. Entonces, sintió nuevamente la mirada de Paula clavada en su rostro, dirigió sus ojos hacia ella, y ésta no apartó la mirada, tampoco sonrió esta vez; simplemente, permaneció con la misma expresión, mientras le comunicaba a Beatriz que aquello que le acababa de decir a su hermano era completamente verdadero, y aunque Beatriz estuviese consciente de ello, que se enterase también, que no le importaba que los demás supieran el interés que tenía por ella, y más aún, que la palabra final no la tenía ella misma, sino que la tenía la joven de cabellos rubios, y que de ella dependía en conclusión el tipo de relación que podían llegar tener.

Mantuvo la mirada en los ojos verdes de Beatriz; mas, ésta no captó el mensaje, no fue receptora de aquellas palabras formándose en la mente de Paula, no fue capaz de leer dentro de ella, sus sentimientos y deseos. Después de todo, Paula no era Gema.

*****

Beatriz cerró la puerta de su habitación, y apoyó su espalda en ella, inspirando hondamente. Luego de varias horas de interacción con aquel grupo de gente, había sentido la necesidad de escapar por un momento de todos ellos; de sus conversaciones triviales, sus risas repentinas, que en más de alguna ocasión la habían hecho saltar varios centímetros de su asiento, y los ataques de cariño que Sandra tenía de vez en cuando con ella.

Se alejó de la superficie, cuya misión era permitir que las personas entraran y salieran de alguna habitación, mientras se preguntaba si es que aquella simple puerta, alguna vez había tenido el deseo de escapar de ese lugar, en donde se mantenía fija inexorablemente; si algún día habría soñado con ser algo distinto, con tener una realidad que no fuera aquella. Meneó la cabeza de un lado al otro, sintiéndose estúpida, y se dejó caer en el piso, mientras apoyaba su espalda en el borde de su cama, haciendo descansar su cabeza sobre el colchón, la cual rebotó un par de veces antes de mantenerse quieta sobre él.

Cerró los ojos, y permitió que su cuerpo se fuera relajando poco a poco, mientras la música llegaba lejana hasta sus oídos, y lograba percibir aquellas de otros departamentos vecinos, cuyos dueños estarían celebrando, sin lugar a dudas, esas mismas festividades.

Unos golpes en la puerta le hicieron dar un respingo, y abrir de golpe sus ojos. Pensó en no decir nada, y pretender que ni siquiera se encontraba allí; pero lo quisiera o no, la persona al otro lado debía ser Sandra, cuya paciencia en estar de pie sin ingresar en donde se lo disponía, no superaba los cinco segundos, y probablemente cruzaría el umbral, le dieran o no permiso para entrar.

- Pasa -Beatriz dijo finalmente, sin hacer demasiado esfuerzo porque su voz se oyera.

Cerró los ojos una vez más, esperando a que Sandra se le abalanzara encima, o por lo menos que le chillara en la oreja; y agradeció aquellos pocos segundos que le quedaban de paz, sin que nadie la tocase, ni hablara cerca de ella.

- ¿Estás cansada? -la voz de Paula inundó sus oídos, haciéndola abrir nuevamente los ojos con sorpresa, mientras la miraba sin estar segura de estarle viendo sentada en el piso junto a ella.

- ¿Paula? -preguntó, sintiéndose bastante estúpida en el segundo posterior, haciendo una pregunta, cuya respuesta era tan evidente. Se sonrojó levemente, mientras percibía una pequeña sonrisa en el rostro de la joven; o tal vez, tan sólo se la había imaginado.

- ¿Sabes? -Paula apoyó su cabeza en el colchón, tal como minutos antes, Beatriz misma lo había hecho-, desearía, cuando dices mi nombre, no sentir mariposas en el estómago sólo por oírlo de tu boca, sino que quisiera sentirlas por percibir emociones en tu voz al decirlo -su voz se oyó dulce, y sus palabras lentamente salieron de su boca, sin apuros, sin exageraciones, ni pensando que con la potencia de su voz podría emitir la fuerza de lo que quería manifestarle a Beatriz.

- ¿Por qué insistes con esto Paula?, ¿qué tengo yo de especial? -Beatriz inquirió honestamente, un poco angustiada, un tanto desesperada, y hasta tristeza percibiendo en su corazón, mientras se ponía de lado y observaba el rostro de Paula en dirección hacia el techo, mientras sus ojos permanecían cerrados, y una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.

- Lo que me haces sentir, eso tienes de especial, Bea -Paula se incorporó, apoyando su rostro en una mano, mientras su codo permanecía sobre la cama, y algunos de sus rizos quedaban atrapados entre su mejilla y su palma-. No puedes saberlo a menos que lo sientas. Siento una conexión contigo, hay algo que me impulsa hacia ti, a continuar cerca tuyo... -alzó una mano titubeante, y la dejó descansar sobre la mejilla suave de Beatriz, mientras que ésta seguía su recorrido, y se la quedaba mirando momentáneamente, para luego dirigir su mirada hacia Paula nuevamente, quien le estaba observando de una manera dulce y pacífica, con los ojos brillándole de una forma especial.

- Esto me incomoda, me preocupa; tú me importas... eres tan linda persona... -se calló por un momento, mientras buscaba las palabras correctas que deseaba expresar, y Paula continuaba acariciando su mejilla-, y Ricardo tiene razón; no se debería dejar pasar a alguien como tú; pero, yo no...

- No lo digas; no quiero oírlo, por favor; sólo... regálame algunos momentos, yo soy feliz con esto -Paula se hizo un ovillo, mientras volvía a apoyar su cabeza sobre el colchón, esta vez, sin apartar la mirada de Beatriz, mas sí su mano, la cual dejó descansar cerca de su rostro, sobre el cobertor.

- No podemos continuar así Paula, yo no puedo hacerte esto, no puedo... -Beatriz sintió un nudo en la garganta.

- Dame una razón de por qué no deberíamos continuar así.

- Tú sabes la razón -Beatriz dijo, apartando la mirada de Paula, cuyos párpados se mantuvieron cerrados, por un tiempo más largo de lo necesario.

- No me interesa esa razón, no me importa; yo tengo miles de razones por las cuales deberías estar conmigo.

- Dame una razón, una -Beatriz pidió, sintiendo que ninguna, absolutamente ninguna de ellas sería lo suficientemente fuerte como para que Paula fuese capaz de alejar por un segundo ese sentimiento de su corazón, y consiguiera dirigirlo hacia ella.

- Dame una oportunidad, Bea -Paula dijo, en un tono que rayaba en la súplica, mientras sus ojos brillaban, y se hacia notoria la forma en que su garganta se contraía-. Yo podría hacerte tan feliz; tengo tantas cosas para darte, para compartir contigo, ¿no me merezco acaso una simple oportunidad? -llevó su mano hasta la de Beatriz, la cual descansaba tirada sobre la alfombra, mientras que su cuerpo medio girado, provocaba que su rostro se dirigiera hacia el de Paula, cuya mejilla aún descansaba sobre la superficie del cobertor.

- Dame una razón poderosa, Paula -repitió, quizá tentando a la suerte, de que Paula diera con ella, tal vez simplemente jugando con aquella posibilidad, sintiendo en su interior de que eso era imposible, o probablemente, deseando que la joven no sintiera que sus sentimientos no significaban nada para ella.

Paula cerró los ojos, por segundos que parecieron minutos. Suspiró hondamente, provocando con ello que su pecho subiera y volviese a bajar notoriamente. Beatriz se mantuvo observándola, y ya no sabía qué demonios sentía; si era culpabilidad, cariño, respeto, o si sencillamente su corazón, su mente, y su alma estaban tan adheridos a la imagen de Gema dentro de sí, que sencillamente no sentía nada en lo absoluto hacia la joven. Bajó la mirada hacia su mano, la cual aún se encontraba presa de la de Paula, y antes que retornara hacia el rostro de ésta, su voz inundó la habitación.

- Mis sentimientos son más reales de los que cualquiera podría darte nunca... yo soy real.

Beatriz sintió como si le hubiesen atravesado el corazón con un trozo de hielo. Sus ojos se abrieron de par en par, y el rostro de Paula pareció eternizarse enfrente de su mirada, como una sentencia escrita en un papel. Su rostro se compungió, sus mandíbulas se tensaron, provocando que sus dientes rechinaran al hacer contacto los unos con los otros. ¿Sería posible acaso que aquellas últimas palabras de Paula hubiesen dado justo en el clavo? ¿Existía la posibilidad de que la chica supiese sus motivos, sus sentimientos, su razón de existir, y la hubiese usado en su contra? ¿O sería que ella era, simplemente, una señal?, ¿una verdad gritando en su interior?, ¿una ancla a esta vida, a la que debía, quisiera o no, aferrarse con todas sus ansias, sus ganas y sus deseos; existentes o no en su corazón?

Sintió lágrimas luchando por salir; y se le escapaban, no podría contenerlas ni un minuto más. Bajó la cabeza, buscando el aire que parecía estarse escapando de su metro cuadrado, empeñándose en que muriera, que se ahogara, que se asfixiara como pez fuera del agua. Y meditó la posibilidad de haber oído mal; deseó no haber escuchado nada, no haberle pedido nunca, jamás, una razón a Paula; de no haberle dado la oportunidad, aunque fuese remota, de que ella diera con la respuesta precisa, aquella que terminaría por desarmarla. Porque finalmente, todo lo que aquella persona le había dicho, era la verdad; y acababa de entregarle la única razón por la que no debía pensar, amar, ni sentir más, no más a Gema.

- Yo... -balbuceó, sin estar segura de lo que sucedía alrededor.

- Siento tantas cosas por ti... -susurró ella, casi imperceptiblemente, mientras que elevaba su mano y apartaba un mechón de cabello rubio de su frente-. Dame una oportunidad; mis sentimientos son verdaderos, son reales -la palabra hizo eco en su cabeza una y otra vez, como alejándose de ella, como gritándole a lo lejos-. Te quiero...

Entonces, Beatriz ya no fue consciente de sus movimientos, ni de nada que sucedía alrededor. Vio sus ojos brillando, la sonrisa de Paula naciendo en su rostro femenino. No sabía qué estaba sucediendo; si acaso la estaba realmente viendo sentada junto a ella, o si estaba observando la imagen de otras dos personas dentro de una habitación.

Sus labios se acercaban, se unirían a los suyos quisiera o no, y ya no tenía control de sus miembros; los pensamientos se atropellaban en su cabeza; y sabía, sabía que si ella llegaba y la besaba, significaría que la estaba aceptando, que correspondía a su deseo, a su petición, a su razón finalmente.

Sintió sus labios suaves haciendo contacto con los suyos, acariciándolos, poseyéndolos por completo, mientras una paz la invadía de pies a cabeza; y ya no sabía si estaba sentada cerca de su propia cama, o si había salido flotando por la ventana de su habitación. Sonrió, mientras aún sentía su aliento, como si ella le estuviera dando vida, como si soplara vida en su interior.

Entonces, comenzó a abrir los ojos; le parecía como si todo se hubiese detenido, que todo sucedía tan lentamente, tan suavemente, y una brisa corriera alrededor, provocando cosquillas sobre su piel. No alcanzó a pensar, no hubo meditación, ni recuerdos de los segundos precedentes. Abrió sus párpados y los vio.

Tan azules como siempre, tan mágicamente brillantes; su mirada, su mirada que parecía estarla atravesando, penetrando hasta los rincones más recónditos de su alma; su alma o la suya, no tenía idea de nada, ya no más. Y estuvo sintiendo esa alegría en su interior, esa infinita felicidad que le llenaba por completo, y su sonrisa que parecía formarse, no solamente en sus labios, sino que en cada poro de su piel. Entonces, su nombre salió de su boca, y se repitió una vez más, y otra.

Beatriz miró alrededor, sintiéndose repentinamente desprotegida, mientras sentía una fuerza que la alejaba de su lado, que se la quitaba a su abrazo, que la arrancaba de sus manos, de sus brazos, de su cuerpo tibio. Oyó su voz llamándola, vio la angustia en sus ojos, y en la forma en que su boca dibujaba cada letra de su nombre. Entonces estiró sus manos, desesperadamente, mientras el tormento se apoderaba de su garganta, y se acentuaba en su corazón. Y ese dolor, ese dolor y esos gritos en su cabeza, esas voces, esas palabras que no emergían de la boca de Gema, que no eran palabras de amor, que no eran de ella, que no la hacían sentir bien, no lo hacían.

Todo aquello se fue aclarando, todas aquellas frases pronunciándose en su mente, retumbando, gritando, haciendo estragos en las paredes de su cerebro. Se llevó las manos hacia la cabeza, mientras que intentaba gritar sin conseguir que su voz llegase a ser oída, ni por Gema, ni por ella misma, ni por el espacio alrededor.

Sandra parada enfrente suyo, sin estar realmente ahí, mientras le pedía que la dejara ir, que no existía, no existía, no era en esta vida; y Ricardo, su hermano mayor a su lado, pidiendo que le contase acerca de sus relaciones, su pareja; y Paula, no lograba verla, pero la sentía, su sentimiento, su corazón, sus palabras, y su razón, su maldita y endemoniada razón. Y percibió su propio deseo. ¿Era deseo en realidad?, los motivos, el razonamiento, la sensatez, la realidad, la maldita realidad; la vida en definitiva.

- ¡Vete! -gritó, casi desgarrando su garganta, mientras oprimía sus párpados hasta sentir que se destrozaban en pedazos; aun sin mirarla, podía percibir su dolor, y su rostro, su rostro contrayéndose-. ¡No puedo seguir con esto!, ¡no puedo continuar así¡ ¡Vete, Gema! -cayó pesadamente sobre sus rodillas, mientras que éstas temblaban, provocando que su cuerpo pareciera tener la consistencia de una gelatina. Y le pareció oír su propio nombre emergiendo de la boca de ella, susurrando cerca suyo, rogándole, pidiéndole, suplicándole-. ¡Ándate! -exigió una vez más, con una orden que parecía hacerla morir a cada letra que salía de su boca-. ¡Déjame vivir!

Levantó la cabeza, y alzó su mirada hacia su rostro; divisó sus lágrimas, observó su gesto dolorido, mientras sentía su dolor; no el suyo propio, no aquel que estaba haciendo trizas su alma, sino que el de ella, el de ella, que dolía, que la desgarraba, que la hundía más que el que se había apoderado de su propio corazón. Y ya no estuvo más allí, su presencia ya no le acompañaba, ya no más a su lado.

Entonces, cerró los ojos, apretó sus párpados, una vez más, sólo un segundo, o quién sabe cuántos minutos. Todo fue diferente al momento de mirar otra vez. Sintió labios ajenos rozando los suyos, y un aliento que tampoco le era familiar; un sentimiento, una sensación que no lograba, no conseguía hacer agitársele el corazón. Ya no había paz, no había tranquilidad, no parecía lo correcto. Ya no poseía todo eso, ya nada de eso la poseía a ella; mas sí tenía una cosa, tenía a Paula, y las sensaciones que a ella le faltaban, a la chica le sobraban. Tenía sus labios besándola, y tenía la realidad, aquella en la cual, finalmente, había elegido continuar viviendo.

Una imagen cruzó su cabeza, antes que el contacto se hubiese deshecho; su mano atravesó su propio pecho, se aferró a su corazón palpitante, lo arrancó de su tórax, lo dejó caer al suelo, y lo reventó bajo sus pies.

Continuará...


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