Disclaimers: Esta historia y todos sus personajes son de mi autoría.
Comentarios: Sólo quiero decir que este relato es muy importante y especial para mí; espero que lo disfruten.
Escríbanme ¿vale? de verdad necesito saber sus opiniones, me hace bien recibirlas; aquí les dejo mi dirección: xena_y_gabrielle@hotmail.com
Advertencia: Prohibido usar esta historia sin mi autorización.

Abril del 2004.


SENTIR

De: Astral

Séptima parte

La habitación se encontraba en penumbras. A oscuras prácticamente, si es que aquella leve luminosidad venida desde el exterior, no hubiese estado dándole esa claridad ínfima, que caía sobre sus paredes, cuyo color no era posible apreciar del todo.

En medio se divisaba una cama. Una cama sobre la cual se distinguía un bulto; el cobertor cubriendo lo que fuese que mantenía lejos de la vista de la persona, que en ese momento sostenía aquella puerta abierta, observando con la preocupación patente en los rasgos de su rostro, a aquel ser, o lo que fuese aquello que se ocultaba bajo las mantas.

Un quejido fue la respuesta que Sandra obtuvo, al mover suavemente el cuerpo de Beatriz, quien no parecía tener intención alguna de despertar, como tampoco de enseñar su semblante, cuya falta atormentaba tanto a su amiga.

- Bea, por favor, te lo suplico mi niña -le susurró con voz quebrada, apunto de soltar el llanto, mientras acariciaba su espalda por sobre la superficie acolchada, sin obtener aún respuesta.

- Déjame -la voz, y concisa respuesta de Beatriz, parecieron venir de ultratumba, aumentando aun más la frustración de la trigueña.

- Cariño, necesitas comer, te lo ruego, sólo un poco -intentó persuadirla con la voz tan suave, como eran capaces de reproducirla sus cuerdas vocales, mientras que hacía contacto con sus labios por sobre el cobertor, con lo que claramente era un intento fallido de besar la cabeza de Beatriz, tan oculta a sus ojos, como intocable lo era a sus caricias.

- Ándate Sandra, no puedo -su voz alcanzó sus oídos, con la prueba indiscutible de que la joven se encontraba llorando. Podía oír cómo sorbía su nariz, y la forma en la cual sollozaba, lánguida y casi imperceptiblemente, como si ya no le quedasen lágrimas que derramar, ni energías con las cuales desgarrar su garganta.

- Por favor, mi niña, por favor... no puedes seguir así, no más -Sandra balbuceaba, sumida en llanto, mientras intentaba inútilmente sacar a Beatriz de aquella inercia en la cual había permanecido todos esos días; sin bocado que llegase hasta su estómago, sin luz del día cayendo sobre su piel, y sin comunicación alguna que la mantuviese en contacto con el mundo real; ni tan sólo con su amiga, la cual había hecho esfuerzos sobrehumanos por arrebatársela a lo que fuese que la estaba manteniendo cautiva en aquel lugar remoto, en donde Beatriz se encontraba sin siquiera intentar escapar de él.

Beatriz no respondió ni una palabra más. No se movió. No hizo ademán siquiera de levantar una mano, y hacer alguna mínima señal, que le indicase a Sandra que aún se encontraba allí con vida, todavía con sus cinco sentidos activos, y con deseos de continuar respirando en este mundo.

Sandra se paseo por la habitación, sin saber qué hacer, sin tener indicios de qué le había ocurrido a su amiga, para que ésta se encontrase en aquel estado. Se llevó las manos a la cabeza con desesperación. Si llamaba a sus padres, quisiera Beatriz o no, ¿sería una solución real para la chica?, ¿podrían brindarle una ayuda, o sacarle de aquel estado? ¿Por qué no podía hacer nada ella misma, siendo su amiga y persona más cercana?

Qué inútil se sentía; como si todos aquellos años en los cuales habían compartido sus vidas, con momentos verdaderamente hermosos y sublimes, de los cuales tenía en su recuerdo todos y cada uno de ellos, tan patentes como el día mismo en los cuales les habían vivido, le estuvieran pasando la cuenta en ese instante. Exigiéndole que demostrase de inmediato que había valido la pena, que había sido bueno que Beatriz le regalara todos aquellos minutos juntas, todas sus penas y alegrías, y hasta sus propios y más profundos pensamientos y deseos.

Se aproximó decididamente hacia la cama, y crispando sus dedos fuertemente sobre aquel cobertor que aún mantenía a Beatriz bajo su peso, le echó bruscamente hacia atrás, descubriendo por completo a la persona oculta. El objeto hizo un sonido sordo, como si fuese el eco de un quejido de la joven; como si fuera un alarido, el cual ha emergido en respuesta a lo sentido por su cuerpo, al verse desprovista de aquel ropaje; como si después de tantos días, de haber cobijado a la muchacha, ambos se hubiesen fundido, y doliera la separación, como si de la piel misma de un ser humano se hubiese tratado.

Allí Beatriz yacía como una autómata; acurrucada de lado, haciéndose un ovillo; inerte, carente de reacciones y reflejos. Como si su espíritu se le hubiera sido arrancado de un momento a otro, y sólo quedase su cuerpo sin alma que lo llenara de vida. Sin deseos, ni ganas que la hicieran asirse a este mundo; sin aquella esperanza, por leve que fuera, de que mañana sería un día mejor, o pasado, o tal vez la semana siguiente.

Se aferró a su cuerpo, tanto, como sus fuerzas se lo permitieron; tanto, como su deseo vehemente de sacarla de aquella especie de trance maldito, le diese la energía para mover a Beatriz, y arrebatársela a aquella cama, que parecía haber tomado el papel de su lecho de muerte aún en vida.

Y así lo hizo. Tiró con la fuerza de sus escasos kilos, y su necesidad de completar aquella faena, que por el momento era la simple meta ansiada por su cabeza. Pero logró hacerlo. Sus brazos rodeando su cuerpo. La llevó consigo, sacando fuerzas de quién sabe donde, pero sacándolas al fin y al cabo. No tuvo otra alternativa que arrastrar sus pies, no tuvo más remedio que apretar sus costillas hasta hacerlas crujir bajo sus miembros, no le quedó otro camino que llegar así, en aquella misma posición; con Beatriz a rastras, sin frenar su marcha, hasta que hubo abierto la llave de la ducha, y Beatriz se encontraba dentro de aquella tina, luego de aquel trayecto entre su habitación y el cuarto de baño.

Un grito escapó de la garganta de Beatriz, en el momento en que aquel chorro de agua, en el cual Sandra tenía puesta toda esperanza de hacerla despertar, y traerle de vuelta desde donde quiera que su amiga estuviese, hizo contacto con su piel, opacando por completo la respiración agitada, luego de aquel esfuerzo que Sandra había hecho, como jamás antes en su vida.

- ¡Déjame!, ¡necesito volver a la cama!, ¡déjame volver! -comenzó a chillar Beatriz, con tal desesperación en el tono de su voz, y en la reacción que su rostro enseñó, que momentáneamente le hizo temer a Sandra que la estaba lastimando, que aquel líquido transparente estaba hiriendo su piel.

Beatriz luchó por escapar de aquella bañera, hizo todos sus esfuerzos por zafarse de los firmes brazos de Sandra, quien se encontraba tan empapada como ella misma, y salir de esa habitación, mientras gritaba y lloraba, como si aquello la estuviera conduciendo hasta la misma muerte.

- Tranquilita, por favor, Bea, por favor, reacciona, te lo ruego mi niña -suplicaba Sandra, mientras se obligaba a contener su llanto, que tan sólo conseguiría derrumbarla junto con la propia Beatriz.

- Suéltame Sandra, te lo suplico, déjame ir, déjame volver, necesito volver, necesito estar con ella... -Beatriz imploraba, mientras acercaba su boca al oído de la trigueña, apoyando la cabeza en su hombro, y sus brazos hacían intentos en vano de asirse a cualquier objeto que le ayudase a escapar de aquel lugar, en donde sus fuerzas parecían estarla abandonando poco a poco.

- No cariño, basta, ya basta -Sandra no cesó en su esfuerzo por mantenerla bajo aquel constante chorro de agua, que se filtraba a través de su pijama llegando hasta su piel, la cual se percibía claramente bajo aquella tela, adherida como una lapa a su cuerpo. Continuó sosteniendo a Beatriz dentro de aquella tina, hasta que ésta se hubo llenado por completo, cubriendo a la joven hasta el cuello, cuando ésta ya no tuvo más fuerzas para continuar luchando contra los brazos de su amiga, los cuales le mantenían cautiva en aquel pequeño lugar.

Lloró y lloró, y gritó en reiteradas ocasiones, haciendo saltar por la sorpresa a Sandra, quien no tenía reparos en mantener medio cuerpo dentro, mientras no soltaba a la débil joven, quien permanecía aferrada a sus brazos; como si un leve deseo de su ser, quisiera mantenerla en este mundo, como si en algún lugar de su cerebro se hubiese formado aquel pensamiento de que la vida se podía continuar viviendo, con o sin Gema, con o sin su presencia.

Los minutos se sucedieron lentamente, mientras que Beatriz ya no demostraba sus emociones a través de su voz, ni en movimientos vehementes de sus brazos y piernas. Se había quedado en aquella misma postura, y la única reacción de su cuerpo, eran aquellos espasmos producidos por la forma en que tiritaba sin descanso, congelándose entre el agua fría, en aquel día con aquellas mismas características.

Sandra acudió, una vez más, a sus escasas fuerzas, para sacarla de aquel líquido, que era ya mezcla entre lágrimas y el eco de la tristeza de Beatriz, que parecía quedar plasmada en ella, como una fotografía. Empujó, con cuidado de que la joven no se golpeara; mas, esta vez, Beatriz misma procuró ponerse de pie, dentro de aquel minúsculo objeto, provocando la mirada sorprendida de su amiga, en cuyo rostro se esbozó una sonrisa, en respuesta a aquel gesto.

La tomó de la mano, mientras Beatriz deslizaba una de sus piernas por sobre el borde, hasta que su pie hubo hecho contacto con la superficie de una pequeña alfrombra, que Sandra se apresuró en acercarle, procurando evitar que la planta de sus pies tuviese contacto directo con el frío suelo. Le ayudó a quitarse aquel pijama empapado como su piel misma, y lo dejó caer al suelo, para en seguida cubrirla con una toalla, frotándola vigorosamente como si de una criatura se tratara, mientras que buscaba la mirada de sus ojos verdes, que se le escapaban hacia el piso, o que terminaban escondidos tras sus párpados, los cuales se mantenían cerrados por tiempos más largos de los necesarios en un parpadeo normal.

Le acarició una mejilla suavemente, y pareció con esto, haber tocado algún nervio interior, ya que una lágrima rodó hasta chocar con su dedo pulgar, que todavía permanecía en contacto con su piel. Entonces, la abrazó fuertemente, y le besó la frente, intentando mostrarle que se sentía partícipe de su dolor; aun sin tener certeza de qué era lo que lo producía, mas, haciéndose la clara idea del nombre de la persona involucrada en todo aquello.

- Siento ponerte en esta situación, Sandra; no es mi intención... -la voz de Beatriz se dejó oír sin llantos; mas, con una calma que rayaba en la languidez, la cual parecía estar haciendo presa de cada parte de su cuerpo, organismo, y mente.

- No tienes que disculparte, Bea; yo lo único que quiero es que estés bien -Sandra sonrió dulcemente, mientras era receptora al fin de una mirada de su amiga, quien hizo esfuerzos por responder a ese gesto de su boca; mas, fallando vilmente en dicho propósito-. Ahora, vamos a ir a mi pieza, y te vamos a secar el pelito, ¿sí? -dijo tomándolo entre sus dedos, para luego besarlo, como si de algo sagrado se tratase-. Vas a comer, ahora sí, ¿verdad mi niña?, ¿lo harás por tu Sandra? -la miró suplicante, mientras la tomaba de una mano, sacándola de aquel lugar, hasta dirigirla a su habitación.

Allí la sentó sobre su cama, y corrió hasta la habitación de su amiga, de la cual retornó minutos más tarde con ropas limpias y secas, entre sus manos. Le tomó delicadamente un pie, como si pudiese quebrarse al más mínimo contacto, como si estuviese hecha de porcelana, y corriera el riesgo de romperse, por el simple hecho de respirar cerca de ella.

- Yo lo hago, Sandra, no soy una niña para que me estén vistiendo -Beatriz dijo, al percatarse de las intenciones de Sandra de literalmente vestirla prenda por prenda. Sonrió tristemente ante aquel detalle de su amiga; Sandra podría ser una chillona, una adicta a las dietas, y vanidosa hasta decir basta; pero cuando se trataba de ella, Beatriz sabía muy bien, que la joven la anteponía a sus propias necesidades y deseos. Y sí que era un ser dulce y cariñoso; virtudes que quedaban absolutamente demostradas en ocasiones como aquella.

- ¿Estás segura que puedes? -Sandra preguntó dudosa, mientras soltaba el pie de Beatriz, y se ponía de pie delante de ella, escudriñando su rostro, como si buscase en él la muestra fidedigna de que aquello que su amiga anunciaba, no era un intento desesperado por deshacerse de ella y de las preocupaciones que le acongojaban.

- Estoy segura, en serio -dijo por fin, con una sonrisa provocada por una reacción verdadera en su ánimo.

Sandra se dirigió hacia la puerta de su propia habitación, mientras que sonreía satisfecha por esa mínima victoria que sentía haber conseguido; por muy poco que pareciese, el verla sonreír, aun viendo sus ojos todavía tristes e irritados por el llanto, y sus ojeras que parecían haber sido exageradamente pintadas bajo sus ojos, para hacerla parecer más demacrada de lo que realmente estaba, y su nariz enrojecida, y sus movimientos parsimoniosos, como si sus miembros tuvieran que pedirse permiso los unos a los otros para moverse. Aunque todo aquello fuera lo más característico en su actitud y semblante; había logrado sacarla de la cama, y de aquellos días en los que había privado a su cuerpo de la luz natural, que ellos deseaban ofrecerle, casi tanto como su propia amiga.

- Te voy a dejar un ratito para que te vistas, y luego volveré para secarte el pelito, ¿ya? -Sandra anunció, antes de traspasar el umbral de la habitación.

- Bueno... -Beatriz respondió, meneando la cabeza de un lado a otro, mientras aún un atisbo de aquella sonrisa se mantenía en su rostro, como si quisiera aferrarse de aquellos últimos segundos, para hacer resplandecer el rostro de su dueña, en la medida que le fuera posible hacerlo.

- Llámame cuando estés lista -Sandra dijo, abriendo y asomando su cabeza repentinamente por la puerta, una vez que ésta ya había sido cerrada; hizo que Beatriz diera un salto por la sorpresa, cubriéndose rápidamente con la toalla-. ¡Oops!, perdón -exclamó sonriendo-. Besitos -le sopló una infinidad de besos al aire-. Te quiero mucho... y casi te las vi otra vez -alzó la voz, cerrando la puerta atrás suyo, mientras Beatriz se sonrojaba levemente, y oía sus risitas venir del otro lado de la habitación.

*****

- ¡Toda!, nada de dejar ni un poquitito; no seas terca, Bea, nada que ver -Sandra observaba severamente a la persona delante suyo, mientras ésta hacía esfuerzos por alejarse de aquella cuchara imprudente, que parecía querer introducirse a toda costa en su boca.

- No tengo hambre Sandra, es suficiente -Beatriz rezongaba, intentando sacar a su amiga de aquella idea fija de querer alimentarla, como si ella lo hiciese mucho consigo misma-. Me quiero ir a la cama un rato -anunció, haciendo ademán de abandonar la silla.

- ¡¡¡No!!! Óyeme Beatriz, yo podré tener mucha paciencia contigo, pero ya basta; no voy a permitir que te pases ni un día más en cama, ¿está claro? -increpó enojada, provocando que su amiga parpadeara y contrajera el rostro, como reacción a tales gritos-. Perdón, mi niña, ¿te grité muy fuerte?, no fue mi intención... -la abrazó firmemente, como si acabara de cometer un acto imperdonable, y suplicase con aquel gesto el perdón de Beatriz.

- Sandra, estoy bien; yo... sólo necesito poner en orden algunas cosas en mi cabeza, y quiero estar sola, ¿entiendes? -mintió, sabiendo perfectamente que se encontraba todo menos bien; y que no solamente su cabeza era la que sufría conflictos, sino que su corazón pedía a gritos ser calmado, y nadie más que Gema misma podría hacerlo. Pero, aquello parecía imposible, luego de que la propia Beatriz terminase por comprobar o aceptar, que la chica no era más que el producto de un sueño, de un personaje creado por su mente, tal vez; tal como los de sus historias. Y cómo le dolía el corazón, y cómo parecía retumbar su cabeza, cada vez que el pensamiento de aquello era protagonista dentro de ella. ¿Cómo aceptarlo, dios mío?, ¿cómo?

- ¿Cómo puedes decirme que estás bien, Bea? ¿Tienes idea de cuántos días estuviste sin querer comer?, ¿sin querer levantarte?, ¿sin decirme qué te pasa? -Sandra la miró angustiada, sin ánimos de reprocharle todo aquello; mas, imposibilitada de censurar el tono de su voz, el cual sonó precisamente de aquella forma.

- No lo sé -fue toda respuesta de Beatriz, mientras que permanecía sentada, con su mandíbula descansando sobre la palma de su mano izquierda, observando los restos de aquel espantoso plato de arroz, y aquella infinidad de ensaladas, en los cuales Sandra había puesto su esmero en cocinar, sin resultados lo suficientemente óptimos para ningún paladar. Observó ese trozo de carne medio cruda, de la cual no había probado bocado, negándose a que esos restos de sangre pasaran por su garganta.

- ¿Qué pasó, Bea?, tienes que decírmelo, por favor; yo ya no puedo más con la angustia. -Sandra le rogó, mientras su voz se entrecortaba al primer asomo de aquel nudo, que se formaba en su garganta. Bajó la mirada, escapándose de la de Beatriz, en la cual se hizo presente aquel grado de preocupación, y ese sentimiento que nace en el interior de las personas, cuando se saben responsables del sufrimiento ajeno-. Es por Gema, ¿verdad?

Demasido repentinamente aquella palabra llegó hasta sus oídos, demasiado a quemarropa y sin previo aviso aquellas letras formaron el nombre de quien era literalmente la persona de sus sueños, demasiado sin piedad, como para que Beatriz pudiese llegar a pensar que simplemente se trataba de un nombre, y no de una bala, que era de la forma en que lo sentía, como si se clavara sin compasión en su pecho; rompiendo y desgarrando lentamente las capas de su piel y de su carne, hasta abrir un agujero en su corazón, y posarse eternamente dentro de él.

Fue suficiente aquello, para que colapsase su organismo y su cerebro, y sus pensamientos golpearan otra vez su cabeza sin compasión. Y qué distinto era oír aquellas dos sílabas que formaban su nombre de boca de un tercero, a cuando hacían eco en su cabeza, luego de ser evocadas por ella. Qué diferente, y qué sentenciadoras parecían sonar, como si el ser dichas por Sandra, fuera una muestra viviente de que Gema no existía, que Gema no habitaba en aquel mismo lugar, que Gema nunca había llegado nisiquiera a tocarla. Y, ¿cómo era posible que aquellas manos jamás hubieran viajado por su piel?, ¿y cómo existía siquiera la mínima posibilidad de pensar que sus labios jamás había llegado hasta el lugar más recóndito de su cuerpo?, ¿y cómo demonios podía Beatriz completar aquel pensamiento, de que Gema estaba ausente?, ausente de su vida, ausente de su mundo, ausente de su alma. No. Por dios, que aquello era demasiado despiadado, por dios que aquello no podía estar pasándole, no a ella ¿por qué a ella?, ¿por qué?

Sus ojos se nublaron irremediablemente, mientras que unas silenciosas lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas; aquellas mejillas que ya habían soportado demasiado, como para continuar siendo el camino de aquel líquido salino. Sus ojos dolieron, y su nariz dolió, e intentó ponerse de pie, y escapar, escapar de aquel lugar. Que Sandra no la viera, que no supiera del martirio en el cual estaba sumida, que no lograse conjeturar aquello que su corazón estaba sintiendo. ¿Cómo le iba a explicar? ¿Cómo podría hacerle entender, si ni ella misma comprendía ni una palabra?

- No puedo... -apenas se oyeron aquellas palabras emegidas de su boca, mientras corría alejándose de aquella mesa, y de la posibilidad de que Sandra llegase a retenerla, o de que su desabrida comida intentase colarse hasta su estómago, una vez más.

Se dejó caer pesadamente sobre su cama, deseando que aquel cobertor cubriese una vez más su cuerpo, y la hiciera desaparecer de aquella habitación; que se la robara a aquel cuadro que formaban sus muebles y su presencia misma; que se la arrebatase a la propia vida si es que fuera posible; que la cubriera; que no dejara pasar los rayos pálidos de aquel sol de invierno, que luchaba por brillar y por filtrarse por las rendijas, que enseñaban las cortinas mal cerradas de su ventana.

No deseaba ser vista, no quería ser observada, ni que su amiga sintiera lástima por ella, o pesadumbre por ser incapaz de provocar una sonrisa en ella, que durara más de cinco segundos. La oscuridad invadió su visión, al cubrirse, haciendo, al fin, desaparecer todo a su alrededor, todo lo exterior; sus manos vacías, y la posibilidad de ver que a su lado no se encontraba el ser que debía estar junto a ella; esa mujer que debía estar presente y a su lado, agarrando su mano, abrazándola, cobijándola, y sacándola de aquel hoyo por el cual parecía estar cayendo, en el cual se hundía poco a poco, entregándose más y más a aquel dolor que poseía a su corazón, a su ser, y a su alma misma.

- No lo voy a permitir Beatriz, no te voy a dejar dormir otra vez, no más, está bueno, ya es suficiente -la voz de Sandra, más grave y severa que nunca antes, cruzó el ambiente de la habitación, sacándola por completo de aquella penumbra, al tirar una vez más el cobertor hasta sus mismos pies.

- No entiendes, Sandra, debes dejarme, ¿que no entiendes que no puedo con este dolor? -la miró con los ojos llorosos, mientras Sandra se la quedaba viendo, como esperando a que Beatriz terminase de hablar, que continuara con aquel discurso, que le explicara por fin qué era lo que tanto la hacía sufrir.

- ¿Qué te hizo?

- No me ha hecho nada -respondió, haciendo intentos por hacerse nuevamente con la manta, y cubrir con ella sus ojos, otra vez.

- ¡¿Qué demonios te hizo esa infeliz?! Maldito el día en que la conociste, Bea; fue mi culpa, jamás debí pedirte que salieras ese día, jamás -Sandra comenzó a llorar desconsoladamente, mientras se cubría el rostro con sus manos, y se dejaba caer en el piso junto a la cama de Beatriz.

- No... ¿qué estás diciendo?, tú no entiendes, no tienes nada que ver con esto -Beatriz dejó atrás sus intentos de aislarse del mundo, y enceguecer sus ojos bajo la oscuridad que le proporcionaba el estar entre las mantas de su cama-. Sandra mírame -le ordenó suavizando su voz. Y por primera vez, luego de aquellos días, los más amargos de su vida, su atención se centró en otra persona que no fuese ella misma ni Gema.

- Fue mi culpa, Bea... si yo no te hubiera dicho que salieras, jamás la hubieses conocido -le dijo, mirándola con sus ojos rojos de llanto, y el rostro compungido de angustia.

Beatriz cerró los ojos dolorosamente, mientras inspiraba hondo, sin saber qué hacer exactamente, sin saber muy bien qué decir, ni cómo decirlo; mas, sabiendo interiormente que debía aclararle a Sandra lo que realmente le estaba sucediendo, que debía dejarle claro que ella nada tenía que ver en su sufrimiento. No le importaba ya que su amiga pensara que se había vuelto loca, ya que ella misma se lo temía de su propia persona. Ya no podía continuar encubriendo a su engañosa mente; ya no podía seguir privando a Sandra, quien en ese momento se culpaba por su desdicha, de saber que su amiga, que su niña, como ella le llamaba, había terminado por perder completamente la razón, inventando a un ser que en su cabeza y corazón era la criatura más perfecta que sus ojos jamás podrían haber visto.

- Gema... -suspiró, mientras escapaba de los ojos marrones de Sandra-. Gema no existe; ella sólo habita en mis sueños y en mi mente; ese día no la conocí, ese día fue el que mi cabeza eligió para crearla.

Terminó aquellas frases endemoniadas, esas frases que parecían y se sentían como una traición hacia sus sentimientos, como una maldita puñalada a su corazón, a sus deseos, y a Gema misma. Por dios, que Gema habitaba en algún lugar; quizá no en esta tierra, tal vez no en esta dimensión, o en aquella ciudad que la había visto nacer, tal vez no; mas, Gema existía, Gema vivía y respiraba, y su corazón latía. Porque no era posible que un ser inexistente hubiera hecho nacer sentimientos de tal magnitud dentro de su corazón; no podía ser que los ojos de una criatura creados por la mente desquiciada que habitaba en ella, le hubiese provocado aquel ardor en los que explotaba el placer mismo, al ser mirada y tocada por Gema; no podía ser, no podía... Se aferró a aquel pensamiento, se asió tan fuerte como su espíritu consiguió agarrarse de aquel deseo; y fue sólo en él en el cual consiguió la calma, la tranquilidad, y la posiblidad de continuar intentando explicarle a Sandra, que ella no tenía absolutamente culpa alguna, de que ya no le quedasen lágrimas dentro de sus doloridos ojos.

- ¿Qué quieres decir con eso? -Sandra inquirió, intentando poner en orden aquellas oraciones, sin conseguir entender lo que fuese que Beatriz intentaba decir.

- Lo que oíste; Gema es sólo un sueño, sólo eso -Beatriz dijo, sin tener intenciones de repetir aquella maldita frase ni una vez más. Bajó la mirada, mientras su saliva dañaba las paredes de su garganta al pasar por ella. Se mordió el labio inferior, tan fuerte como pudo, impidiendo romper en llanto una vez más, mientras clavaba sus uñas en la carne de sus manos, intentando que aquel dolor fuese más fuerte que el sufrimiento interior que padecía; qué tontería...

- ¿Qué...? -Sandra pareció desconcertada. ¿Y quién no lo estaría al ser receptora de aquellas frases tan extravagantes?

- No te lo voy a volver a repetir, Sandra, por Dios que no lo haré; ya lo dije y lo escuchaste, eso es todo. Jamás la vas a conocer, porque nunca la podré traer a casa para presentártela. Espero que no vuelvas a culparte por esto -Beatriz concluyó, dejando claro en el tono de su voz, que no deseaba decir nada más, que no quería volver a repetir, ni explicar nada, que le era absolutamente imposible continuar diciendo en voz alta aquello que interiormente era una vil mentira para su propio ser.

Sandra no dijo nada más, simplemente dejó de llorar, mientras observaba a Beatriz acurrucándose, nuevamente, para luego cerrar los ojos, apretando sus párpados fuertemente, como si aquello pudiese aliviarla de todo eso que parecía estar viviendo; pero que Sandra no tenía, ni tendría jamás ni la más remota idea de la forma en que lo sentía dentro de sí.

Sandra levantó aquella manta acolchada, lentamente, suavemente; como si tuviese temor de que su roce en el cuerpo de Beatriz, pudiera hacerle algún daño. Y se metió junto a ella, para abrazarla fuerte; queriendo calmar su sufrimiento, deseando tener algún poder que le permitiese robarle aquel dolor y lanzarlo lejos de Beatriz, que no pudiese tocarla más, que no pudiera colarse por sus emociones, hasta apoderarse por completo de ellas; que se fuera, que no la dañase más. Besó su cabello revuelto, tan sólo intentando hacerla sentir que la entendía, que no debía explicarle nada, que cualquier cosa por más extraña que sonase a los oídos de cualquiera, para ella era normal si venía de su persona; que ella estaba ahí para apoyarla, para ponerle su hombro, para entregarle sus brazos, y que entonces Beatriz hiciera lo que quisiera con ellos; ignorarlos o aferrarse a ellos, aunque no fuera el abrazo que esperaba y deseaba.

Beatriz se resistió algunos segundos, no quiso acceder a aquel ofrecimiento de inmediato; mas, necesitaba sentir algo, necesitaba sentirse protegida, un abrazo fraternal; y si Sandra estaba ahí para brindárselo sin pedirle explicaciones algunas, sin presionarla a decir algo que le dolía casi tanto como lo que estaba viviendo, por qué negarse a ello. Se aferró fuerte, y dejó salir su llanto, una vez más; sin tapujos, sin temor a que la trigueña se culpara por ello, sin esperar a que Sandra le advirtiera que el llorar le provocaría arrugas o quién sabe qué cosa, sin controlarse más. Ella la acarició dulcemente, como tantas otras veces lo había hecho, y besó su frente muchas veces, despacio, como con temor a que podría hacer doler su piel si presionaba más de la cuenta; así, tan delicada, como sólo una mujer sabe hacer.

Beatriz sintió la calma llegando poco a poco a su cuerpo, lentamente apoderándose de ella, mientras sus ojos ya no se encontraban cerrados por voluntad propia, sino que por el sueño que comenzaba a poseerla. Se dejó llevar, se fue, y sus pensamientos desaparecieron uno a uno de su cabeza; el dolor que sentía, se fue alejando, dejándola en paz, dejando de atormentar su corazón, sus nervios, sus músculos, su piel. Se iba y olvidaba por completo los sueños y la mente, y lo que era realidad o ficción.

- Qué buen equipo hacemos, Bea; una traumada y una soñadora, ¿qué te parece? -Sandra dijo, o al menos a Beatriz le pareció oír que lo decía, antes que la realidad desapareciese por completo alrededor, y diera paso al reino de los sueños del cual empezaba a formar ya parte.

*****

Beatriz levantó la vista de su cuaderno, al oír el trinar de un ave pasando por sobre su cabeza. Se quedó mirando el recorrido que ésta hizo, hasta perderse detrás de las edificaciones. Tuvo ganas de ser como ella, sintió deseos de volar, escaparse de aquel lugar, e irse muy lejos. Movió la cabeza de un lado al otro, y retornó su atención a aquella plana, en la cual se podía ver la escritura de la mano de la joven, prolija y con letras mayúsculas grandes y adornadas.

No tenía ganas de estudiar; parecía como si al leer el segundo párrafo, hubiese olvidado por completo el primero. Cerró el cuaderno con furia, y lo dejó caer dentro de su bolso, mientras que su vista se posaba temerosa en su teléfono celular, con la absurda esperanza de tener algún mensaje de quien jamás podría recibirlo. Deslizó los tirantes por su brazo, hasta que estuvieron descansando en uno de sus hombros, mientras tomaba el resto de los libros entre sus manos. Y se puso de pie, mientras el rumor de voces y risas martirizaban sus oídos, y la multitud de jóvenes pululando alrededor, le mareaban, haciéndola sentir verdaderamente descompuesta.

Le pareció oír entre aquel barullo un sonido que seguía sus pasos, observó alrededor con extrañeza; le parecía estar siendo observada, detestaba esa sensación. ¿Se estaba volviendo paranoica?, ¿acaso estaría enloqueciendo en realidad? Continuó caminando, mientras apuraba el paso, inconscientemente, deseando salir de aquel lugar de una vez por todas. Su mirada se posó en el objeto colgando de su brazo, y por fin cayó en la cuenta de que lo que sonaba era su celular. Sonrió sardónicamente, con una mueca de burla dedicada a sí misma, mientras abría la cremallera, para luego revolver en el interior, intentando dar con el aparatito, que aún no había dejado de sonar.

- Hola -saludó con un tono de voz, que denotaba el desgano que cargaba en el cuerpo, y las pocas ganas, en conclusión, que tenía de hablar con ninguna persona.

- No me digas nada; no tienes ganas de hablar -tan notorias como eran en Beatriz las palabras que habían alcanzado sus oídos, lo era el grado de desilución venido desde el otro lado de la línea.

- No es eso, Paula; es que... -calló, mientras que un incipiente estado de depresión invadía poco a poco su ánimo. Ya no habían clases a las cuales asistir durante el día, ni lecciones que atender de algún profesor; sólo quedaba el resto del día, su departamento, su amiga, su soledad, sus pensamientos, su dolor.

- Me has tenido demasiado preocupada, Bea -Beatriz logró captar un leve suspiro de Paula, quien permaneció, luego, en silencio.

Beatriz se sintió en la obligación de darle alguna explicación, de decirle algo, cualquier cosa. ¿Hace cuántos días que no sabía nada de ella?, ¿que no había ido a clases?, ¿que no había seguido el camino del diario vivir, que le tocaba como ser humano y habitante de este mundo? No tenía idea, ni siquiera los había contado, ni siquiera tenía conciencia si es que había pasado una noche entera, o dos, o tres.

- Estuve enferma -mintió.

- ¿Enferma? ¿Estabas afónica o algo así? Te llamé un montón de veces, y no contestaste nunca tu teléfono -otro suspiro-. Mira, me estoy poniendo pesada parece. ¿Te gustaría que nos viéramos para conversar un rato? -el tono de su voz cambió, haciéndose demasiado evidente el grado de súplica que le había puesto a cada letra.

- No sé... es que no me siento muy bien, quiero irme a casa -Beatriz dijo honestamente-. Dejémoslo para otro día, ¿vale?

- Lo dejamos para otro día, pero yo te llevo a tu casa, ¿quieres? -la voz de Paula, venida del otro lado de la línea, se mezclo con la que llegaba hasta sus oídos, desde un lugar justo enfrente suyo.

Beatriz levantó la cabeza con sorpresa; los últimos pasos los había estado dando con la mirada gacha, mientras mantenía el celular en su oído con desgano. Observó a Paula, quien le miraba con una amplia sonrisa en su rostro, apoyada en su automóvil, y a diferencia suya, con la energía saliéndole por los poros, y ese aire juvenil de sus ventidós años. Vio su cabeza ladeándose, como intentando encontrar el ángulo en que la suya parecía colgar sin fuerzas, y la hizo sonreír con el gesto.

- ¿Qué haces aquí? -Beatriz preguntó, una vez que estuvo junto a Paula, quien no apartaba sus ojos de su rostro, y sujetaba su cabello rizado, que intentaba escaparse de su prisión flotando alrededor con ayuda del viento, que parecía soplar más fuerte en ese momento.

- Aquí estudio, ¿ya se te olvidó?

- No tienes clases a esta hora, hoy -Beatriz afirmó con seguridad, y volvió a ubicar el tirante de su bolso de vuelta en su hombro, luego que había caído deslizándose a lo largo de su brazo.

- Así que conoces mis horarios... me halagas -Paula dijo sonriendo coqueta, mientras se mordía el labio inferior, haciendo sonrojar a Beatriz, lo cual parecía aumentar su sonrisa.

- Para que veas -fue la única frase que salió de su boca.

- ¿Vamos, entonces? -Paula invitó, mientras asía su mano a la manilla de la puerta del vehículo, como esperando una señal de Beatriz para abrirla finalmente.

- Es que... -alcanzó a decir, antes de que su cuerpo girara involuntariamente, al ser impactado por un chico que pasaba como una bestia empujándola. Sus libros salieron volando de sus brazos, para caer pesadamente en el pavimento de la acera.

- ¡Oye! ¿¡Por qué no te fijas por dónde vas!? -Paula le vociferó, increpando al tipo, quien se reía a carcajadas, mientras se alejaba tan suelto de cuerpo como si nada hubiese hecho.

- Linda, preciosa... -le dijo él, mientras reculaba, observando a Paula por sobre sus anteojos oscuros.

- Imbécil... -Paula masculló enfadada, mientras que se ponía en cuclillas junto a Beatriz, quien ya se hacía de vuelta con sus libros regados por el suelo.

- No hay que pescarlos -Beatriz se puso de pie, mientras observaba el rostro enfurecido de Paula-. Oye, no te conocía esa faceta tuya; primero le reclamas al viejo del profesor, y ahora a éste.

- Es que no los aguanto, estoy harta de ellos, ojalá desaparecieran todos -Paula sonrió nuevamente, mientras se concentraba en el rostro atento de Beatriz en el suyo.

- ¿Eres feminista?

- ¿Tú no acaso? -Paula preguntó con extrañeza, mientras le extendía el único libro que había logrado levantar del suelo.

- No me interesan ellos -sonrió encogiéndose de hombros-. No me van ni me vienen -intentó hacerse con el objeto, pero Paula lo alejó de su alcance, mientras retornaba ese aire de flirteo que a ella parecía encantarle provocar.

- No te lo daré hasta que aceptes entrar en este auto -le dio unas cuantas palmaditas al vidrio, en donde se posó la mirada de Beatriz, mientras meneaba la cabeza de un lado al otro, bajo la insistente mirada de la joven de cabello rizado.

- ¿Tengo alternativa acaso? -preguntó, mientras avanzaba ya hasta el otro lado del automóvil; después de todo, un aventón no le venía mal en un día tan frío y tedioso como ése.

*****

- Me gusta este lugar, ¿hace cuánto vives aquí? -Paula preguntó, mientras inclinaba su cabeza, intentando observar la altura del edificio a través de la ventanilla de su automóvil.

- Hace cinco años -Beatriz respondió, mientras obervaba los rizos de Paula, que era todo lo que podía ver de su cabeza en ese momento. Eran bien formados y muy brillantes; se percibía en su cabello el cuidado que la chica le daba.

- ¿Siempre con tu amiga? -la joven giró su cabeza hacia Beatriz, para luego esbozar una leve sonrisa totalmente dedicada a su persona.

- Sí, siempre con Sandra, sería raro estar lejos de ella, en realidad; es como mi familia -Beatriz explicó, dirigiendo su atención hacia delante. Le hizo una seña a una vecina que pasaba por allí, mientras sentía la mirada de Paula aún en su rostro, y todavía sonriendo-. ¿De qué te sonríes? -preguntó, queriendo despedirse de una vez de ella, bajarse de ese auto, y llegar hasta su departamento y habitación por fin; lejos de todo y de todos, y de las miradas de la joven a su lado, quien no parecía tener intenciones de apartar la vista de su cara.

- Eres linda, por eso me sonrío -unas sutiles risas escaparon de su boca, y finalmente apartó su mirada, notando la incomodidad de Beatriz, llevando su atención hasta la radio, con la intención de cambiar de emisora.

- Bueno, gracias por traerme; creo que yo... -fue todo lo que Beatriz alcanzó a decir, porque en aquel minuto unos golpes en la ventanilla la elevaron unos cuantos centímetros del asiento, mientras que su corazón daba un salto por la sorpresa.

Beatriz giró su rostro hacia la derecha, y para su alivio o desgracia allí estaba Sandra, con una sonrisa de oreja a oreja en su jubiloso rostro, y para colmo de males, paseaba su mirada entre el rostro de Paula y el suyo, con una cara de malicia, que hasta la persona menos perceptiva podría haberlo notado. Levantó su mano, y comenzó a hacerles señas, con el cuerpo inclinado, para tener mejor visibilidad del interior del vehículo, donde sentadas, Beatriz y su acompañante, miraban a la trigueña, quien abría los ojos como platos, mientras su sonrisa no disminuía, sino que parecía aumentar más y más.

Beatriz observó a Paula de reojo, notando que sonreía divertida, mientras que interiormente deseaba que Sandra subiera de una vez por todas al departamento; porque conociéndola de la forma en que lo hacía, sabía tan bien como que en aquel momento Paula estaba sentada a su lado, que su querida amiga era capaz de hacer cualquier cosa, que quisiera o no, iba a avergonzarla hasta decir basta.

Retornó su mirada afligida hacia una feliz Sandra, quien comenzaba ya a hacer gestos para que Beatriz bajase la ventanilla, acompañándose de su aguda voz.

- ¿No le vas a abrir a tu amiga? -Paula interrogó, mientras observaba la expresión de fastidio de Beatriz.

- Creo que eso no es una buena idea; si la conocieras un poco, entenderías por qué -Beatriz dijo, mientras miraba con resignación a Paula.

- Abrámosle, que quizá te quiere decir algo importante -Dicho y hecho, Paula movió su cuerpo, extendiéndose lo suficiente, como para que su brazo, que intentaba alcanzar la manilla de la ventana, diera con su objetivo.

Beatriz pegó su cuerpo atrás, adhiriéndose lo que más podía al respaldo del asiento, con una mirada de espanto, como si Paula tuviese la intención de atacarla.

Paula le observó desde cerca, mientras giraba su cuello hacia el rostro de Beatriz, sabiendo que la distancia que las separaba no era lo suficientemente grande, como para que sus cuerpos no se tocaran. Le sonrió mirándola a los ojos, y parecía no importarle lo que para Beatriz significaba la sentencia misma del hostigamiento próximo a venir de parte de su mejor amiga.

Esperó impaciente porque Paula terminase por fin, y por dios que la chica se estaba tomando todo el tiempo del mundo, mientras que Beatriz con el sudor apunto de salirle por los poros, se mantenía estática en una misma postura; hundiendo en la medida que le fuese posible el estómago, y poniendo su espina tan recta como nunca antes, pegándola a la superficie del asiento. No quiso mirar a Sandra, pero percibía su sonrisa, y su mirada clavada en su rostro y en los movimientos de Paula, hasta el punto que parecía ver el resplandor que producían sus dientes, los cuales adornaban esa sonrisa de felicidad que podía ver por el rabillo del ojo.

- Ya está -finalmente, Paula se apartó, no sin antes darle una última mirada, tan cerca de su rostro, que pudo sentir su aroma infiltrándose por sus fosas nasales, y su respiración chocar contra su piel.

- ¡Hola chicas! -la voz aguda de Sandra, retumbó en los oídos de Beatriz, robando su atención, mientras ésta esperaba por lo que fuese que Sandra tenía que decirles, e interiormente rogaba que no fuera nada demasiado vergonzoso para su persona-. ¿Andaban paseando? -preguntó con ese tonito de voz, que a Beatriz le estaba molestando mucho. Y se puso en cuclillas, apoyando sus brazos en el marco de la ventana, mientras que le alzaba las cejas a Beatriz, y miraba sonriente a Paula.

- No, Paula sólo me hizo el favor de traerme, pero yo ya me voy bajando -hizo ademán de cerrar la ventanilla en plena cara de su amiga.

- ¡Oye!, imprudente -regañó a Beatriz, mientras le daba palmadas en las manos, alejándolas de su objetivo-. ¿Por qué no invitas a la Pauli a que suba un rato? ¿Quieres subir? -se dirigió a la chica de cabello rizado.

- Vale -le suplicó con la mirada a Sandra que se retirara; su amiga la observaba satisfecha, sabiendo que si Beatriz acababa de acceder a invitar a Paula al departamento, por más que lo quisiera, no podría retractarse; ya que eso llevaría consigo una vergüenza mayor.

- Las voy a estar esperando, eh. Bye, Pauli -les lanzó un montón de besos antes que Beatriz cerrara con diligencia la ventanilla, y no se oyera más la voz de Sandra, de quien se percibían aún sus labios moviéndose, diciéndoles quién sabe qué cosa.

Beatriz esperó con impaciencia a que la trigueña retomara su camino nuevamente; pero aquello era demasiado pedir. Sandra comenzó a dibujar corazones en el cristal, no sin antes lanzar su aliento en la superficie de éste, para luego estampar sus labios contra él.

- Tu amiga está besuqueando el vidrio de mi auto, ¿o son ideas mías? -Paula preguntó en forma casual, mientras observaba con atención los movimientos de Sandra, a quien parecía no importarle en lo absoluto la aflicción en el rostro de Beatriz, y sus ojos que pedían a gritos que se largase de una vez por todas.

- Ojalá fueran ideas tuyas, Paula -Beatriz respondió, resignada a que una vez que Sandra diese por terminado su acto cómico del día, subiría satisfecha de una vez más haberle causado algún sonrojo a su amiga; aunque de aquello ni siquiera llegara a enterarse.

De repente Sandra se irguió de un salto, y se fue rápido del lugar, como si repentinamente hubiese recordado algo importante. Beatriz y Paula siguieron sus movimientos; la primera relajándose al fin, y la segunda interesada en tan extraños comportamientos, y más aún en la forma de caminar de la chica. Allá a lo lejos, Sandra se movía con su habitual desparpajo, y esa gracia que sólo ella poseía, olvidándose por completo de los minutos previos, de su amiga y de su compañera.

- Te dije que no era una buena idea abrirle, ¿viste? -Beatriz sonrió, mientras retornaban sus deseos de escapar de aquel automóvil tan rápido como le fuese posible hacerlo.

- A mí me cae bien; y ahora que la miro mejor, no está nada de mal... un poco flaca, quizá -Paula soltó el comentario, y recibió una mirada de extrañeza de parte de Beatriz-. ¿Qué?, ¿acaso te molesta que encuentre linda a Sandra? -sonrió, mientras miraba a Beatriz de lado, entrecerrando los párpados-. Tú no eres la única persona a la que encuentro linda; así que si no atinas luego...

- Bueno, desde ya te digo que Sandra es hétero -Beatriz dijo, sin ánimos de continuar con el incipiente coqueteo de Paula hacia ella.

- Podrá ser hétero, pero siempre puede haber una excepción, ¿o no?, nunca tan cerrada -Paula sonrió, apagando de golpe la radio. Beatriz siguió el movimiento de su mano, y aquello logró ponerle tensa; la música en realidad le servía de compañía, y era, al fin y al cabo, un impedimento para mantener cualquier conversación seria-. De todas formas, sólo dije que no estaba mal, no que me gustara -Paula se puso de costado, girando su cabeza completamente hacia Betriz, cuya incomodidad iba aumentando, tanto, como segundos pasaba dentro de ese automóvil-. Tú sabes cómo me gustan las chicas; rubias, menudas, con la naricita repingona, y que se sonrojen cuando algo las avergüenza -rozó suavemente su mejilla, con su dedo índice.

Por un momento, Beatriz temió realmente que Paula la besara, o que por lo menos le tomara la mano. Tragó saliva nerviosa. ¿Por qué se ponía tan torpe con las chicas? Era sencillo, simplemente tenía que salir del lugar, o mirar a Paula a la cara, y hacerle ver y sentir que no estaba dispuesta a nada más que una simple conversación de amigas.

- Creo que yo me voy, ahora así, ¿vale? Gracias por traerme -estiró la mano, y se hizo con la manilla; pero Paula le impidió aquel movimiento, agarrándola de una muñeca, de una manera que más que ser brusca, resultaba ser suave, y como midiendo sus fuerzas para no presionar más de la cuenta. Beatriz giró su cabeza hacia el rostro de la joven, temerosa, con los nervios de punta, si hubiese tenido que preguntarse a sí misma y contestar con honestidad.

- Disculpa, ¿la embarré? En realidad no quiero incomodarte -Paula soltó su muñeca, sabiendo que si mantenía el contacto, sus palabras no tendrían coherencia con sus actos-. Me gusta estar contigo, pero siento que no te abres a mí. ¿En realidad te interesa esto que tenemos?, esta "amistad". O sea, dímelo francamente.

Beatriz la observó por algunos segundos, allí como suplicándole por una oportunidad, por una mínima chance. ¿Qué debía hacer? No quería dañarla, no deseaba mentirle; pero Paula le caía bien, y lejos de todos sus sonrojamientos, nervios y tonterías varias, se sentía bien con ella, y en conclusión le agradaba.

- Ya te lo dije el otro día, ya hablamos sobre esto Paula; me gusta tu persona, y sí me interesa nuestra amistad, es sólo que no estoy en un buen momento ahora, y si habitualmente tengo problemas para abrirme a las personas, ahora es peor -Beatriz la observó, esperando que la chica la pudiese comprender, y que por dios no le preguntase por Gema, porque si oía nuevamente su nombre de boca de alguna persona, moriría sin remedio.

- ¿Qué pasó el día en que fuiste a mi casa?, me asustaste mucho; llegaste sangrando de una mano y súper alterada... -las facciones de Paula cambiaron a una de preocupación, mientras que escudriñaba el rostro de la joven de cabellos rubios, intentando sacarle aquella respuesta-. Mira, yo sé que pierdo el tiempo preguntándote por ello, porque no me lo vas a decir; pero por lo menos dime que estás bien, no sé, que estabas borracha o que te habías fumado algo; cualquier cosa, para saber que ahora te encuentras bien, y entender por qué estabas así.

- Es difícil de explicar...

- Intenta, por favor.

- Si te pidiera que olvidaras eso, y que no me preguntaras más, ¿crees que podrías hacerlo? Yo de verdad siento haber llegado de esa forma ese día, pero no puedo explicártelo, sencillamente no puedo -Beatriz terminó de pronunciar aquellas frases, y observó a Paula a los ojos, dejándole claro con aquella mirada, que ni una palabra más sobre ello, saldría de su boca.

- Sólo dime si ahora estás bien -Paula observó a Beatriz, llevando su atención hacia sus manos, mientras que éstas parecían buscar refugio la una en la otra, sobre su regazo.

- Estoy trabajando en ello Paula, estoy intentando.

Beatriz cerró los ojos un momento, con pesar, mientras sentía aquel nudo formarse en su garganta; ese nudo que parecía acompañarla en cada paso que daba, en cada pensamiento que nacía en su cabeza, y en cada día de su vida. Apretó los dientes con fuerza, intentando que aquellas lágrimas que luchaban por brotar de sus ojos y caer sin descanso de ellos, se quedasen dentro y no se asomaran, que no aflorasen en aquel momento, que tuvieran la paciencia suficiente, como para esperar a que su dueña saliera de aquel lugar, llegase hasta su habitación y las dejara libres, sin tapujos, y sin límites; como tantas veces ya había hecho, y como tantas otras, probablemente haría.

Sintió la mano de Paula acariciando su mejilla, y por poco la quita de un manotazo. Que no la tocara, no quería que ninguna persona le dedicara caricias que no fuesen fraternales; y las de la chica ciertamente iban más allá de aquello. Su rostro se movió inconscientemente, provocando que la joven se llevase su mano consigo, captando aquel mensaje, y siendo consciente que ni siquiera la más ínfima posibilidad se le había abierto, luego de aquel extraño día en el que Beatriz había llegado a su casa totalmente enajenada. Ni por todas las palabras que le dijera, ni por todas las caricias que intentara proporsionarle; Beatriz estaba fuera de su alcance, no la quería, no la deseaba consigo, ni para ella; por más que Paula quisiera lo contrario, y por más que se esmerase en procurar aquello.

Paula puso sus manos en el volante, mientras esperaba por el siguiente movimiento de Beatriz el cual no tardó en venir; la joven salió del automóvil cabizbaja, tan sólo le hizo una seña con la mano, intentando provocar en su rostro lo que Paula interpretó por un esbozo de sonrisa, demasiado triste para serlo. Se alejó caminando lentamente, como ahorrando movimientos, como si no quisiera traspasar ciertos límites de aquella calle, mientras mantenía la cabeza gacha.

Y Paula supo que ya le había olvidado, que probablemente no tenía ya recuerdos de aquellos escasos minutos que habían compartido juntas. Y sintió rabia; rabia por no lograr lo que deseaba, por no conseguir que Beatriz pudiera sentirle, aunque fuera en un mínimo grado; por no tener a Gema enfrente y darle unos buenos golpes, o por lo menos reclamarle el por qué teniendo a una persona por la cual ella daría lo que fuese, no era capaz de hacerla feliz, de devolver ese amor que Beatriz seguro, por más que le costara aceptarlo, sentía por aquella joven absolutamente desconocida a sus ojos.

*****

Oía su propio respirar, mientras que los latidos de su corazón producían aquellas leves sacudidas de su cuerpo. Apretaba sus párpados, los presionaba fuertemente, impidiendo que sus ojos pudiesen ver la oscuridad de la cual estaban rodeados. Pero su espíritu no pudo cegarse, no logró escapar, no consiguió alejarse, ni correr lejos de aquella penumbra dentro de la cual vivía; no alcanzó a escudarse tras aquellas sutiles esperanzas, a las cuales su dueña intentaba asirse con todas sus fuerzas; y liberarse, desprenderse de la falta de luz en la cual día y noche había estado habitando.

Se aferró a su almohada, consciente de que aquel objeto inanimado no le devolvería aquel abrazo. Y suspiró; y de qué forma dolía aquel aire metiéndose en sus pulmones. Parecía como si de un día para el otro, su aparato respiratorio se hubiese averiado; como si cada función de su cuerpo actuara en forma intempestiva y la dañase interiormente. Se tensó su mandíbula, hasta que dolieron sus encías y sus sienes. Y acabó girándose, buscando alguna posición que con suerte le mitigase el dolor interno, que le trajese consigo el rápido sueño, el descanso de sus sentidos, y el de sus emociones, que parecían estarla ahogando, la mataban, le reventaban el corazón.

Sus ojos miraban directamente hacia el techo; si tan sólo sus párpados no hubiesen estado impidiendo su visión, podría haber divisado aquellas sombras que parecían formarse alrededor, y aquellas luces que revoloteaban libremente, sin percatarse de su presencia. Pero su mirada continuaba cegada por aquella tela de piel; no podía mirar, no podía, ni deseaba tampoco ser partícipe de cualquier cosa que sucediese alrededor. No le importaba nada en lo absoluto; no quería, no deseaba continuar su existencia en este mundo; este mundo que parecía ufanarse delante de su propia cara, de poseerla a ella, mas no poseer a Gema consigo a su lado.

Apretó sus puños, sus dedos intentando destrozar las palmas de sus manos, de traspasarlas, y revelarse contra esta vida; desgarrándose, acabando consigo misma. Y es que ya ni siquiera parecía estar palpitando su corazón en su pecho, y es que le parecía como si en sus venas el flujo de sangre hubiese parado de viajar, estancándose, muriendo poco a poco, pudriéndose dentro de su ruta.

Ella no podía... no deseaba continuar en esta seudo vida, en la cual continuaba aún viviendo. No quería compartir aquellas ínfimas muestras de alegrías, que parecían tan sólo una sombra de las ya pasadas. No lograba... no era capaz de mirar a la cara a un ser humano y dedicarle una mirada de afecto, de cariño, o de simple respeto, tan sólo; porque cualquiera de ellas sería sólo un recuerdo programado por las facciones de su rostro, de lo que algún día había sido. Y Beatriz no deseaba... no deseaba continuar en esta tierra, siendo un ente, una marioneta, un monigote de su pasado yo; de aquella que algún día, un día no tan lejano del que ahora vivía, había reído verdaderamente, y había sentido en su interior la felicidad real, el éxtasis, el nirvana, que tan sólo había llegado a tocar con Gema a su lado.

Por Dios, que ya no entendía cómo sus ojos se las arreglaban para hacer brotar más y más lágrimas, por Dios que no sabía cómo su llanto había comenzado a estar presente en sus días, más que la luz misma que ingresaba por su piel, y sus poros. Su voz no estaba en ese cuadro, pero su voz continuaba gritando por dentro; aún se mantenía acompañando a aquel líquido que se deslizaba por sus mejillas, y aún la llamaba a ella, le suplicaba a ella, y le pedía a ella que volviese, que estuviera a su lado, que la tocara, que le demostrara que algún día había realmente estado en su vida, que alguna vez en realidad la había acariciado, que algún instante en verdad había existido con ella.

Un susurro escapó de su garganta, un susurro que contenía su nombre; aquel nombre que continuaba sonando en sus oídos como aquella misma palabra sagrada, que había conocido una noche como esa, una noche cualquiera, una noche en la cual no sabía cómo, ni por qué, en su retina se había formado la figura misma de la perfección. Gema... dejó escapar denuevo, casi silenciosamente, casi imperceptiblemente, casi sin que ella misma se oyese, ni estuviese segura de que en realidad su voz había producido aquellas cuatro letras articuladas por su boca; mas, su deseo vociferaba una súplica dolorosa, tan diáfana, tan infinitamente verdadera; que le parecía imposible que todo aquello no fuese respondido, que no fuese contestado su llamado.

Su pulso pareció frenar definitivamente, su corazón le dio la seguridad de no habitar más en su pecho, y se congeló su aliento, en aquella última espiración emergida de su boca. Ahí su cabeza cayó, su cabeza chocó contra la almohada; aquella almohada que ya no sentía bajo la piel, con su espalda que ya no estuvo más bajo el gobierno de su mente, como tampoco lo estuvieron sus miembros, ni sus dedos, tampoco sus párpados, ni aquel conjunto que formaban aquella parte exterior de lo que Beatriz solía ser. Mas, su angustia, su dolor, aquello que era tan diferente a la felicidad, continuó presente en su espíritu, emociones, y aquello que en metáfora continuaba siendo su corazón.

Beatriz se sorprendió a sí misma, observando ese invento de claridad, que invadía aquel que parecía ser el lado izquierdo de su cama. Recostada sobre su hombro y el costado de su cuerpo, permanecía estática, sin vida, sin movimientos; y allí ella estaba sin aquel estremecimiento de su tórax al palpitarle el corazón. No habían sonidos que le robaran la atención, no parecía haber ningún tipo de vida alrededor, ni siquiera fuera de aquella habitación donde el mundo parecía haber dejado de existir, ya no se percibía más.

Entonces, la sintió; no le veía, no le tocaba, no le estaba acariciando; mas la sintió. Se giró pálida y confusa; sus movimientos vacilantes y temerosos la acompañaron en su búsqueda. Gema la estaba observando, parada en medio de la habitación, a los pies de su cama, sin que el más mínimo halo de luz cayera sobre su cuerpo, sin que algún rayo de claridad, de luna, o lo que fuese, penetrase por algún resquicio de aquellas paredes, y bañara el rostro de la chica.

Ella permanecía silenciosa e inerte, como si se encontrase ausente; mas, tan presente y tan palmaria, como cada vez que le había obsequiado su presencia. Ella se mantenía allí parada, con toda aquella penumbra rodeándola, que impedía que aquel azul de sus ojos brillase para ella; no dejando que el color de sus labios encandilaran sus ojos, atrayeran su atención, como tantas veces lo habían hecho, hasta llegar a ser desquiciante el simple hecho de no poder llegar hasta ellos. Gema continuaba allí, observándola; quizá parpadeando, tal vez con los ojos cerrados, acaso tan sólo posando su mirada sobre ella, sin verle en realidad.

Beatriz se enderezó lentamente, despacio, sin provocar ruido alguno en la cama, ni en sus propios huesos, intentando que aquel silencio que hasta aquel momento se había mantenido entre ambas, no acabase. La observó más de cerca, todavía sin movimientos, aún sin palabras; tan sólo su silueta adornando aquel lugar en donde sus pies se habían situado. Se aferró al cobertor, y lo echó a un lado, descubriendo su cuerpo cubierto por un pijama de indefinido color. Abandonó su cama, sus pies se posaron en el piso, y le dieron el impulso suficiente como para ponerse de pie, y comenzar a caminar. Avanzaba paso a paso, sin apuros; como temiendo que al llegar hasta ella, simplemente desaparecería, se esfumaría, se iría de su lado.

Estiró su brazo temerosa, sin preámbulos, sin decir nada en lo absoluto, sin pedirle a Gema explicaciones de por qué y cómo se encontraba ahí. No le importaba saber, no le era necesario aquel conocimiento; tan sólo sentirla; moría por volver a sentir sus manos, su piel, tan sólo estar junto a ella. Apretó sus párpados fuertemente, los oprimió hasta que sus globos oculares dolieron; y metió aire una última vez a sus pulmones. Y esperó simplemente, por que ella la tocase, o desapareciera finalmente de allí.

Su piel se erizó desde la punta de los dedos de sus pies, hasta el sitio más alto en el cual se juntaban las últimas fibras de su cuero cabelludo. Y tembló; no de frío, tampoco de nerviosismo, ni mucho menos por temor. Su cuerpo tembló; tembló porque así reaccionaba al estar entre sus brazos, porque así se comportaba su esqueleto cuando ella la tocaba, porque así sencillamente era Beatriz con Gema a su lado. Así era, así había sido, y así sería, cada vez que ella tuviese la compasión de regresar a su lado; cada vez que su excelsa presencia encendiera su vida, su ser, la pasión en su sangre, la cual parecía haber retornado a sus venas; cada vez que su bendita existencia decidiera regalarle, aunque fuese el leve toque de sus dedos, o el abrazo firme de sus brazos, y el beso que llegaba a ser doloroso de sus labios en los suyos.

Abrió los ojos por fin, sus párpados dejaron que le mirase de frente, tan cerca, tan juntos sus cuerpos, que sentía el calor que se desprendía de ella. Percibió, y apenas pudo ver, sus manos unidas, el resto de sus cuerpos aún no se habían tocado; mas Beatriz había sentido como si Gema la hubiese abrazado fuerte, como si ya en aquel minuto en que sus manos apenas comenzaban a rozarse, la joven se hubiera aferrado fuertemente a ella. Tragó saliva, mientras sentía aquel momento mágico, tan mágico como cada vez que había estado con ella, como cada vez que su figura había aparecido frente a su mirada, como cada vez que en su destino se marcaba el día, la hora, el minuto, en que Gema reaparecería en su vida, y podría volver a sentirla una vez más.

Se dejó guiar; Gema la estaba llevando consigo, caminando delante suyo, tan dueña de su mano, como lo era de su corazón, y la obligaba a ir tras ella, a seguir sus pasos. De pronto, Beatriz pareció temer, se sintió incapaz de mirar su rostro, sentía que no podría observarla, que no sería capaz de llevar su mirada hasta sus ojos. Bajó la cabeza, mientras podía percibir la claridad ingresando por la ventana y dar directamente contra el rostro de Gema, absolutamente absorto en el suyo. Temía, qué miedo sentía de verla, y percatarse que era otra a quien estaba viendo; que no era la misma a quién recordaba, que no era el mismo ser que ella deseaba con todas sus ansias, con toda su alma tocar; aunque fuese una vez más, aunque tan sólo fuera por un segundo, aunque simplemente fuese porque su deseo debía a cualquier costo, hacerse realidad.

Sintió sus dedos cálidos rozando su mentón, presionando suavemente la piel de su rostro, y levantando su cabeza, obligándola a que por fin dirigiera sus ojos hacia ella. Y así fue; su respiración agitada era el único sonido que se oía en aquel lugar; aún temblando, le costaba mantener su mandíbula quieta, y que sus dientes no castañearan, produciendo aquel sonido, que tan sólo rompería el momento que sentía estar viviendo.

Sus ojos verdes dieron de lleno contra los azules de Gema; y qué dulces se veían, aun bajo aquella sutil luminosidad, qué hermosos se percibían, y tan azules como siempre, apesar de las condiciones. Y allí también se encontró con sus labios, sus labios entreabiertos, que existían en su rostro para acentuar aun más la belleza de su Gema, que parecía imposible de ser y existir. Ella le sonrió, le dedicó toda su sonrisa tan sólo a ella, y sus dientes blancos parecieron desprender un resplandor que duró algunos segundos reverberando alrededor de su cuerpo, como un aura que la mantenía dentro de sí.

Entonces quiso llorar, y deseó decirle tantas cosas; tuvo la certeza en su interior que debía reclarmarle, que debía cuestionarla, que debería por lo menos suplicarle que le dijera quién era, por qué había aparecido en su vida, y por qué, por qué se encontraba junto a ella en ese momento. Mas, todas aquellas cosas sobraban; no podía, sencillamente era incapaz de siquiera atreverse a pensar en estropear aquel momento. Beatriz ya no medía más ninguna consecuencia, tan sólo la veía a ella allí, allí enfrente suyo, tomando su mano, haciéndole sentir que moría, que no podría resistir el simple hecho de sentirla acariciándole.

Entonces la observó cuidadosamente, detallando cada rasgo de su rostro; aquellos que alcanzaba a divisar, aquellos que ya conocía de memoria, aquellos que conocía más, mucho más, que los propios que tenían lugar en el suyo. Y pensó en aquello; meditó la posibilidad de haber muerto, de haber dejado ya este mundo; lo pensó clara y obsesionantemente. Hasta que ella la abrazó, hasta que ella se aferró a su cuerpo, hasta que su presencia en sus brazos le retornó a la vida.

Sintió su aliento cerca de su oído, y escuchó su voz levemente, casi inaudible diciéndole algo; provocando con ello que los cabellos de su nuca se erizaran tanto o más, que hace segundos atrás. Y sentía sus labios besándola tan lentamente, tan suavemente, que apenas percibía su roce deslizándose por sobre la superficie de su piel; la cual le era imposible definir de qué lugar exacto se trataba. Pero ella la estaba recorriendo, tan segura, tan tiernamente, y con tal pasión a la vez; y la hacía sentirse suya; una vez más produjo aquella sensación de encontrarse bajo su total y completo dominio. Y de qué manera adoraba ese sentimiento, tanto, como aquellos momentos en que ella misma pasaba a ser dueña de aquella persona que ahora se daba la libertad de acariciarla, de besarla, de causarle cosas que no podía, que no era capaz de describir, ni ponerles nombres; todo aquello con Gema a su lado era único e inefable.

Sentía sus labios cálidos hacer contacto con su piel, y el calor emanando de cada poro de su ser, chocando, acariciando la superficie de su cuerpo, sus pliegues, sus curvas, sus contornos. Y le provocaba apretar sus dientes, y retorcerse bajo su piel, presionándole aun más hacia sí. Y ahora no la dejaría escapar, ahora no permitiría que ella la soltase, y el día de mañana despertar sin Gema a su lado. Porque no podía, no quería, no deseaba hacerlo, ya no, nunca más. Antes que eso prefería morirse, prefería quedarse en el limbo o donde fuera que la gente permanecía entre la vida y la muerte.

Beatriz no podía regresar a su vida, a aquella vida diaria en la cual Gema no existía, en la cual Gema tan sólo permanecía viviendo bajo su imaginación, su deseo, su amor. Entonces, se aferró más a ella, tanto como pudo, tanto como sus huesos y su piel podían soportar, sin romperse literalmente. Y le pidió, le rogó, le suplicó que no la dejase, que no la abandonara por lo que más quisiera; le pidió no tener ni un día más, ni un un minuto más, ni un segundo más en esta vida sin ella a su lado; que se la llevara, que se la llevara donde quisiera, donde fuera que ella habitaba; aunque fuesen sus sueños o su propia mente, que la arrastrase consigo. Prefería terminar de volverse loca, y no estar consciente y con su mente lúcida en una vida que no tenía razón de ser sin ella a su lado.

*****

Beatriz ingresó a la sala, esperando tener un momento de relajo, viendo televisión, tal vez, oyendo algo de música, o simplemente dejándose caer en el sofá sin hacer nada en lo absoluto.

Aquellas últimas semanas no habían sido fáciles de vivir, ni de entender; tampoco había sido sencillo el hecho de relacionarse con la gente, aquellas mismas personas con las cuales convivía a menudo, esas mismas personas que compartían sus vivencias, sus alegrías, sus penas, y su tiempo con ella. Y dolía, no le hacía bien el tener aquellos constantes pensamientos de querer escaparse del mundo, de desear que todo alrededor desapareciera, de esperar por aquella hora en que nadie más la buscase, ni para hablar, ni para verla, ni para estar junto ella; y desvanecerse, esfumarse, que su mente, sus principios, y su cordura misma tan sólo dejasen su cuerpo; y correr, correr hacia Gema.

- ¿Qué estás haciendo? -Beatriz observó a Sandra en medio de la sala, moviéndose alrededor, mientras una cueca sonaba de fondo. Paseó su mirada alrededor, notando que la joven había cambiado de sitio los muebles, o más bien, tan sólo los había alejado de en medio, para hacerse un mayor espacio.

- Estoy bailando cueca, ¿qué no ves?, ¿que no oyes? -Sandra se dio algunos segundos para mirarla, mientras agitaba un pañuelo en la mano, de una manera mucho menos sutil de lo que realmente debería estar haciendo, sin parar de hacer medias lunas, y arrastrando los pies en una forma que se alejaba bastante de la que se suponía debía ser la correcta.

- ¿¡Cueca!? ¿Desde cuándo te interesa aprende a bailar cueca? -Beatriz se dejó caer en el sofá, el cual yacía varios metros más allá de su posición habitual, mientras se mordisqueaba una uña y observaba divertida a su amiga, quien no paraba, ni pretendía dejar aquel nuevo pasatiempo, el cual Beatriz, ya hacía cuentas mentales, de cuánto tiempo le iba a durar.

- ¡Bea! ¿¿Me llamas antipatriota?? Nada que ver -Sandra la miró con una mueca de indignación, abandonando aquel ritual que se había montado tan sólo con la música, y su pañuelo rojo como compañía.

- No; pero que yo sepa tú no eres del tipo de ir a ramadas y esas cosas. ¿O pretendes hacerlo este año? -Beatriz sonrió, mientras observaba el rostro pensativo de Sandra; probablemente, no meditando la posibilidad de efectivamente celebrar como Dios manda las fiestas patrias, sino que la manera de inventarle alguna excusa satisfactoria, que la convenciese absolutamente, de que tenía razones contundentes para estarse esmerando tanto en aquella danza.

- ¡No me desconcentres! -Sandra chilló, mientras el pañuelo salía volando de su mano-. ¿Que acaso una no puede querer aprender cosas nuevas simplemente? -le reclamó, alzando su mirada hacia ella, mientras se hacía, nuevamente, con el objeto.

- A-a, te conozco demasiado bien ya -Beatriz le arrebató de un tirón el pañuelo de las manos, mientras la miraba sonriente, y entrecerraba los párpados, en una clara mueca de no creerle ni media palabra.

- ¡Tengo que aprender a bailar cueca, Bea! -chilló desesperada-. ¡De aquí a Septiembre, tengo que saber! -intentó recuperar la tela, pero Beatriz fue más rápida, y lo alejó, sacándolo del alcance de sus manos, que hacían lo imposible por atrapar entre ellas aquello que se afanaban por conseguir.

- Primero me dices el por qué, y después te paso el pañuelito -Beatriz intentó negociar, mientras se ponía de pie sobre el sofá, y estiraba las manos intentando quedarse con el pedazo de género, mientras que Sandra pegaba saltos como una loca, tratando de hacerse con él de vuelta.

- ¡¡Ya!! ¡Contigo no se puede! -Sandra se dejó caer en el suelo, para luego cruzarse de brazos, y estirar el labio inferior, haciendo un puchero digno de una criatura-. Diego me contó que tiene una compañera, que según él es top bailando cueca; hmm... -se mantuvo en silencio por un momento-. ¡¡Ninguna tipeja puede ser más top que yo, haciendo ninguna cosa, ante los ojos de mi pololo!! -la mueca se intensificó aun más en su rostro, mientras se ponía roja de furia, y elevaba sus puños agitándolos en el aire, y poco faltaba para que se tirara de los pelos.

- ¿¿Quieres aprender a bailar cueca, porque Diego te dijo que una tipa baila bien?? Estás loca... -Beatriz dijo, mientras reía divertida, y observaba la cara de dos metros de Sandra, que a los ojos de cualquiera hubiese parecido como si la joven tuviese un problema enorme aquejándola-. Eres la persona más caprichosa que he conocido en mi vida.

- Y la más linda, y la más top, y la que mejor baila cueca, ¿o no? -Sandra se puso de pie de un salto, mientras parecía olvidar sus repentinas ansias de convertirse en la mejor bailarina de cueca, y arrojándose encima de Beatriz, clavándole los huesos en el cuerpo, y provocando una mueca de dolor en su rostro, que probablemente dejaría algún moretón como adorno, y el recuerdo de una de sus tantas brusquedades-. ¿¡O no!? -la agarró de las muñecas, y por dios que Sandra era delgada, pero tenía una fuerza, que Beatriz no alcanzaba a comprender de donde la sacaba.

- Ene y o, ¡No! -le respondió riendo, mientras intentaba zafarse.

- Ya verás como te hago cambiar de opinión; observa a la maestra -se plantó en el centro de la sala pañuelo en mano, agarró el control remoto del equipo de música, y avanzó hasta la pista número dos, la cual de inmediato comenzó a sonar en los oídos de ambas, inundando la habitación, y probablemente, varios departamentos vecinos-. ¡Tiquitiquití! ¡Tiquitiquití! -Sandra vociferaba, mientras aplaudía haciendo sonar sus palmas con un sonido seco, que apenas lograba oírse por sobre la música-. Déjame que te llame La Consentida, porque todo consigues mi vida con tus porfías... ¡Y vuelta! -cantaba, mientras le movía las caderas, y los hombros a Beatriz, de una forma que no tenía nada que ver con el baile nacional; pero que resultaba gracioso a la vista de cualquiera. El pañuelo salía volando de su mano cada dos segundos, y Sandra se empeñaba en recogerlo una y otra vez, provocando las risas de su amiga, quien aplaudía entusiasmada siguiendo el ritmo-. ¡Tú! -le apuntó con un dedo a Beatriz, para luego hacer movimientos aun más divertidos con su cuerpo, los cuales rayaban en el estilo disco, invitándola a acercarse hacia ella. Avanzó el poco espacio que las separaba, mientras la música aún se oía, y agarró a Beatriz de una mano, obligándola a ponerse de pie, e ir junto a ella al medio de la sala.

- No tengo ganas de bailar Sandra, no quiero -Beatriz rezongaba, intentando liberarse de la firme mano de Sandra, mientras buscaba dirigirse de vuelta a la cómoda posición anterior; sentada en el sofá.

- ¡Pero lo harás de todas formas! -exclamó Sandra riendo, mientras le daba un tirón a su brazo, el cual resultó un tanto más brusco que los anteriores, al coincidir con el jalón que provocó Beatriz intentando soltarse de su mano.

Los ojos de ambas siguieron aquel pequeño frasquito volando de un bolsillo de Beatriz, el cual dio contra el piso y se mantuvo algunos segundos rodando, hasta chocar contra la pata de la mesa.

Beatriz observó a Sandra, y al segundo estaba hincada en el suelo estirando la mano para atrapar el objeto perdido. Se puso de pie con el nerviosismo patente en sus ojos, mientras se apuraba en regresarlo a su bolsillo; pero aquello era demasiado pedirle a la curiosidad de su amiga, quien al instante se encontraba junto a ella tomándole la mano, la cual se esmeraba por permanecer cerrada y cobijar dentro de sí el frasco de color blanco, que a Beatriz parecía importarle con demasiada vehemencia mantener lejos de la mirada de su amiga.

- ¿Qué es? ¿Qué es, qué es, qué es? -Sandra reía aún, luchando por separar los dedos de Beatriz, que se veían enrojecidos de tanto ser presionados sobre la superficie plástica.

- ¡Nada! Ya, déjame -le dio un empujón a su amiga, pareciendo verdaderamente molesta; lo cual, le extrañó a tal punto a Sandra, que en aquel segundo dedujo que no se trataría de nada que fuera de su agrado. Apagó la música, que todavía sonaba de fondo, sin estar acompañando bailes, ni a los intentos de Sandra por mantener el pañuelo entre sus dedos.

- Pásamela -ordenó poniéndose seria, mientras extendía la mano esperando por el objeto-. Que me la pases te digo -su voz no tenía rastros de aquella chillona, aguda, y generalmente risueña, que Beatriz conocía en ella.

- Me voy a mi pieza -Beatriz hizo ademán de dejar la sala, en dirección a su habitación.

- Ven para acá -Sandra dijo, mientras la tomaba firmemente de un brazo, y le arrebataba a la fuerza el frasco, el cual al segundo tenía frente a su mirada; dándole la claridad, finalmente, de qué se trataba aquello, y el por qué Beatriz se empeñaba en mantenerlo fuera, y bien lejos de su vista.

- ¡Sandra! -exclamó, mientras hacía lo imposible por adueñarse del objeto perdido, nuevamente.

- ¿¡Qué cresta significa esto, Bea!? -Sandra la estaba mirando como si nunca antes la hubiese visto; como si fuera una extraña a la cual estaba pidiendo explicaciones por parecerse tanto a su amiga-. ¿Desde cuándo estás tomando de éstas? -esperó por una respuesta, que jamás obtuvo-. ¡¡¿Desde cuándo?!! -chilló, ya no procurando el tono más agudo de su voz, tampoco aquellos grititos que generalmente seguían a esos alborotos que la trigueña armaba de vez en cuando; sino que al tono más grave que consiguió reproducir. La cabeza de Beatriz fue obligada a levantarse, y mirar a la chica a los ojos, mientras que estos parecían echar chispas de enfado, de preocupación, de indignación; Beatriz no supo definirlo claramente.

- No sé... hace algunos días; es que he tenido problemas para dormirme, es sólo eso -buscó refugio en la punta de sus zapatos, pero no encontró el consuelo necesario en ello; mas, mantuvo su cabeza gacha y la mirada pegada en aquel color oscuro.

- ¡Mentira! -exclamó Sandra, haciéndole dar un respingo por la sorpresa-. Vamos para allá -la tomó de una mano y la condujo consigo quién sabe dónde.

- ¿Para qué?

- Hace frío aquí, y estás temblando -Sandra se volteó por un segundo, y la miró a los ojos. Por algún motivo Beatriz sintió vegüenza, y deseó que el maldito frasco jamás se hubiera escapado de su bolsillo.

- Sandra, sólo las tomo de vez en cuando; son para dormir bien, estoy un poco estresada. ¿Por qué te alteras tanto? -Beatriz dijo, meneando la cabeza, e intentando reproducir el tono de voz más casual que pudo lograr, mientras se dejaba caer sobre su cama, y no se dignaba a dirigir sus ojos hacia los de su amiga, los cuales sentía clavados en su rostro.

- Me parece increíble que después de más de dieciocho años que hemos compartido juntas, tengas el descaro de mentirme, y todavía esperar a que yo me lo trague -Sandra dijo tristemente, mientras quitaba la mirada del rostro de su amiga, sentándose sobre la cama, para luego comenzar a quitarle pelusas inexistentes a un peluche, el cual Beatriz había lanzado hacia un lado en forma descuidada.

- ¿Aún llevas la cuenta? -Beatriz sonrió con ternura, mientras observaba a una cabizbaja Sandra, sentada sin cuidar que su espalda estuviese recta.

- Siempre -respondió, sin dirigir su mirada hacia su amiga-. Éste te lo regalé yo, ¿te acuerdas? -Sandra cambió de postura, dejando su estómago descansar sobre la superficie de la cama, mientras continuaba pendiente del peluche, moviéndole las patas y las manos, mientras le hacía caras, como esperando a que el juguete le devolviese aquellas muecas.

- Es mi favorito; cuando me siento triste duermo abrazada a él -Beatriz observaba la interacción de Sandra con el objeto inanimado, estirada a lo largo de la cama, con las rodillas flexionadas, y las piernas cruzadas a la altura de sus tobillos, mientras se balanceaban lentamente en el aire-. Sandra... yo... siento hacerte pasar por todo esto -aquellas palabras escaparon con pesar, tristeza, culpabilidad. Bajó la mirada, abandonando el cuadro que había estado observando, y que casi la había hecho olvidar lo recientemente pasado-. En realidad estoy intentando, es sólo que a veces... -calló, no por no tener nada más que decir, tampoco por no hallar la palabra correcta; sino porque sencillamente estallaría en llanto, al instante que le permitiese a su boca dejar escapar la siguiente vocal.

- Si ella no existe y lo sabes, ¿por qué continúas aferrándote a ella, Bea? ¿Por qué? -Sandra abandonó finalmente a su suave amigo, y dirigió la mirada hacia el rostro de Beatriz; ella parecía ausente, lejana, solitaria, aun junto a ella.

- No lo sé, Sandra... -dijo casi en un susurro-. Lo único que sé, es que hay noches en las que ella viene, y sólo sentir el roce de sus dedos en mi piel me hace temblar; y sus besos... sus besos me reviven de esta vida que estoy intentando llevar... Y cuando me abraza, y me dice: Beatriz... yo no puedo pensar en ninguna otra cosa que no sea ella, sólo en ella, y en que ella está conmigo; y soy tan feliz... soy feliz, porque ella es mía, y me llena por completo, y ya no me importa nada más, nada. Aunque ella viva tan sólo en mi mente, y aunque me volviera loca o ya lo esté, no me importa nada; porque ella ha sido la única persona capaz de hacerme sentir de esta manera; como si mi corazón explotara, de una forma en que mis emociones se colman absolutamente, como si gritaran en mi interior. Cómo describrírtelo, Sandra... si siento que estoy en el cielo...

- Ella no existe Beatriz, no existe; tienes que dejarla ir, no pensar más en ella o en lo que sea que es. Olvídala, pon los pies en la tierra y mira la realidad; ésta es tu vida, conmigo y toda la gente que te quiere y existimos en verdad, y estamos a tu lado. Esto no es un cuento de hadas, ni una de tus historias; tus personajes no tienen vida, Bea; no existen y punto.

- No me digas eso...

- Claro que te lo digo, porque tienes que metértelo de una vez por todas en la cabeza; anduve averiguando por pubs donde tocara una tal Gema, y no hay nadie con ese nombre. Y ya sé que tú misma me lo dijiste; pero la forma en que me lo contaste hace tiempo, no sé... No logro entender las cosas, no comprendo; lo único que sé es que te estás hundiendo más y más, y no sé cómo ayudarte, cómo sacarte de esto. Dime cómo, Beatriz, ¿cómo lo hago?

- Déjame así Sandra; reconozco lo real de lo irreal.

- ¿Reconoces lo real de lo irreal? ¿Cómo puedes decir una cosa así, si me acabas de contar que "ella" te viene a ver por las noches? Me lo dices como si en realidad hubiese pasado, Bea; estoy confundida -la frustración de Sandra podía verse a metros de distancia-. No quiero saber más que estás tomando somníferos si no los necesitas, ¿oíste? Gema es irreal.

- El sentimiento es real, y es lo único que me importa; lo que ella me hace sentir es real, ¿por qué tendría que dejarla ir entonces? No quiero saber de nada, Sandra; lo único que sé, es que anoche estuvo en mis brazos, y que hoy, todavía me parece sentir su olor impregnado en mi piel... Eso es lo único que necesito, lo único real para mí...

Continuará...


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